Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 54

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Capítulo 54

Varias horas después, Chaol miraba la puerta de los aposentos de Celaena. No sabía muy bien qué hacía allí, pero había buscado a Dorian en sus habitaciones sin encontrarlo, y sentía la necesidad de decirle que las cosas no eran lo que parecían cuando los había visto hacía un rato. Se miró las manos.

El rey apenas había hablado con él en toda la semana y el nombre de Cain no había salido a colación en ninguna de sus reuniones. No era de extrañar, dado que Cain no era sino un peón en un juego pensado para entretener al rey, y desde luego no formaba parte de la guardia real.

Con todo y con eso, estaba muerto. Por su culpa, los ojos de Cain no volverían a abrirse. Por su culpa, no volvería a respirar. Por su culpa, su corazón había dejado de latir.

La mano de Chaol se desplazó hacia el lugar donde solía estar su espada. La había arrojado a una esquina de su dormitorio en cuanto había vuelto del duelo, la semana anterior. Afortunadamente, alguien había limpiado la sangre de la hoja. Quizá los guardias que lo habían acompañado a sus aposentos y le habían dado un trago. Se habían quedado allí en silencio hasta que él había recuperado un mínimo sentido de la realidad, y entonces se habían marchado sin una palabra, sin esperar siquiera a que Chaol les diera las gracias.

El capitán se pasó una mano por el pelo y abrió la puerta del comedor de Celaena.

La muchacha picoteaba la cena, retrepada en el asiento. Al verlo, enarcó las cejas.

—¿Dos visitas el mismo día? —bromeó mientras dejaba el tenedor sobre la mesa—. Y ¿a qué debo el placer?

Chaol frunció el ceño.

—¿Dónde está Dorian?

—Y ¿por qué iba a estar aquí?

—Suele pasar a verte a esta hora.

—Bueno, pues no creo que lo veáis mucho por aquí a partir de ahora.

El capitán se acercó y se quedó parado junto a la mesa.

—¿Por qué?

Celaena se metió un trozo de pan en la boca.

—Porque lo he dejado.

—¿Que has hecho qué?

—Soy la campeona del rey. Comprenderéis cuán inapropiado sería que mantuviera una relación con un príncipe.

Los ojos de la asesina chispearon. Chaol se preguntó por qué había hecho hincapié en la palabra «príncipe», y por qué a él le había brincado el corazón.

El capitán se esforzó por reprimir su propia sonrisa.

—Me estaba preguntando cuándo recuperarías la sensatez.

¿Se angustiaba Celaena tanto como él? ¿Pensaba constantemente en sus manos manchadas se sangre? Aunque a juzgar por su arrogancia, su vanidad y sus contoneos…

No obstante, había algo dulce en sus facciones. Celaena alimentaba su esperanza, esperanza en que no había condenado su alma al matar a Cain, en que podría reencontrar su propia humanidad y recuperar el honor. Ella había pasado por Endovier y aún era capaz de reír.

Celaena se retorció un mechón con el dedo. Aún llevaba puesto aquel camisón ridículamente corto, que todavía dejó más al descubierto cuando la muchacha puso los pies sobre la mesa. Chaol procuró concentrarse en su cara.

—¿Por qué no os unís a mí? —preguntó ella, y señaló la mesa con un gesto—. Es un asco celebrar algo a solas.

Chaol la miró, a ella y a esa media sonrisa que asomaba a su cara. Lo sucedido con Cain, lo sucedido en el duelo… lo perseguiría aún mucho tiempo, pero en aquel momento…

El capitán retiró la silla que tenía delante y se sentó. Celaena le llenó una copa de vino y se la tendió.

—Por los cuatro años que me separan de la libertad —dijo con la copa levantada.

Él alzó la suya a su vez.

—Por ti, Celaena.

Los ojos de ambos se encontraron, y él no ocultó la alegría que le producía la sonrisa de la muchacha. Quizá cuatro años con ella no fueran suficientes.

De pie ante la tumba, Celaena supo que estaba soñando. A menudo visitaba el sepulcro en sueños en los que volvía a matar al ridderak, se quedaba encerrada en el sarcófago de Elena o se encontraba con una joven sin rostro de pelo dorado que llevaba una corona demasiado pesada para ella… Aquella noche, sin embargo, solo estaban Elena y ella, la luz de la luna inundaba la cámara y el cadáver del ridderak no se veía por ninguna parte.

—¿Qué tal va tu recuperación? —le preguntó la reina, apoyada en su propio sarcófago.

Celaena se quedó en el umbral. La armadura de la reina había desaparecido y había sido reemplazada por la vaporosa túnica de costumbre. Tampoco sus rasgos reflejaban fiereza.

—Muy bien —respondió Celaena. Echó un vistazo a su propio cuerpo. En el mundo del sueño, las heridas habían desaparecido—. No sabía que fuerais una guerrera —añadió, y señaló con la barbilla el soporte donde descansaba la espada Damaris.

—Hay muchas cosas acerca de mí que la Historia ha olvidado —los azules ojos de Elena destellaron de rabia y tristeza—. Luché contra Erawan en las guerras de los demonios; junto a Gavin. Así fue como nos enamoramos. Por desgracia, las leyendas me pintan como una damisela que aguardaba a su heroico príncipe en una torre ayudándolo con un medallón mágico.

Celaena tocó el amuleto.

—Lo siento.

—Tú podrías ser distinta —siguió diciendo Elena con voz queda—. Podrías llegar muy alto. Más que yo, más que cualquiera de nosotros.

Celaena abrió la boca, pero ninguna palabra acudió a sus labios.

Elena dio un paso hacia ella.

—Podrías alcanzar las estrellas —susurró—. Podrías hacer cualquier cosa que te propusieses. Y muy en el fondo, lo sabes. Eso es lo que más te asusta.

Caminó hacia Celaena, y la asesina sintió deseos de abandonar el sepulcro y echar a correr. Los ardientes ojos de Elena, de un azul hielo, brillaban tan etéreos como su maravilloso rostro.

—Te enfrentaste al mal que Cain había traído al mundo y lo venciste. Y ahora eres la campeona del rey. Has hecho lo que te pedí.

—Lo hice para conseguir la libertad —repuso la asesina.

Elena le dedicó una sonrisa tan burlona que Celaena tuvo ganas de ponerse a gritar, pero guardó la compostura.

—Eso dices. Pero cuando pediste ayuda, cuando el amuleto se rompió y expresaste tu necesidad, sabías que alguien respondería. Sabías que yo respondería.

—¿Por qué? —se atrevió a preguntar la asesina—. ¿Por qué me contestasteis? ¿Por qué tengo que ser la campeona del rey?

Elena levantó el rostro hacia la luz de la luna que se filtraba en la cámara.

—Porque hay personas que necesitan que las salves tanto como tú precisas ser salvada —contestó—. Puedes negarlo todo lo que quieras, pero hay personas, amigos tuyos, que necesitan tu presencia aquí. Tu amiga, Nehemia, te necesita aquí. Yo estaba durmiendo, un sueño largo, eterno, y una voz me despertó. Y la voz no pertenecía a una persona, sino a muchas. Algunas susurraban, otras gritaban, algunas ni siquiera eran conscientes de que pedían ayuda. Pero todas quieren lo mismo.

Tocó a Celaena en el centro de la frente. Ella notó un calor ardiente, y una luz azul iluminó la cara de Elena apenas un instante, hasta que la marca de la frente de la asesina se desvaneció.

—Y cuando tú estés lista, cuando empieces a oír tú también sus llamadas de socorro, sabrás por qué vine a buscarte, por qué me he quedado a tu lado y por qué seguiré cuidando de ti, por mucho que me pidas que me vaya.

A Celaena le escocían los ojos. Dio un paso hacia atrás, hacia la entrada.

Elena sonrió con tristeza.

—Hasta que llegue ese día, estás justo donde debes estar. Al lado del rey, donde sabrás exactamente lo que hay que hacer. Pero, por ahora, disfruta de lo que has conseguido.

Celaena sintió náuseas al preguntarse qué más iba a tener que hacer, pero asintió.

—Muy bien —dijo con un hilo de voz.

Ya se disponía a marcharse cuando se detuvo un momento en la entrada. Miró por encima del hombro en dirección a la reina, que la contemplaba con ojos tristes.

—Gracias por salvarme la vida.

Elena inclinó la cabeza.

—Los vínculos de sangre no se pueden romper —susurró, y luego desapareció.

Aquellas palabras se quedaron resonando en el silencio del sepulcro.

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