Trono de cristal
Capítulo 55
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Capítulo 55

Al día siguiente, cuando Celaena se acercaba al trono de cristal, echó un discreto vistazo a la cámara del consejo. Era el mismo salón en el que la había recibido el rey meses atrás, solo que esta vez no había más campeones, únicamente ella. Un fuego verdoso brillaba en el hogar que semejaba unas fauces, y trece hombres se sentaban en torno a una mesa alargada, todos con la mirada puesta en Celaena. Dorian, de pie junto a su padre, le sonrió.
«Esperemos que sea una buena señal».
A pesar de la esperanza que prometía aquella sonrisa, no pudo ignorar el terror que se apoderó de su corazón cuando el rey, con los ojos más negros que nunca, posó su mirada en ella mientras la muchacha se acercaba. Solo se oía el crujido de su falda dorada. Celaena apretaba las manos contra su corpiño granate para no retorcérselas.
Se detuvo e hizo una reverencia. Chaol, de pie a su lado, la imitó. El capitán se mantenía más pegado a ella de lo necesario.
—Habéis venido a firmar vuestro contrato —dijo el rey con una voz que hizo que sus huesos temblaran.
«¿Cómo es posible que un hombre tan brutal posea un poder tan grande sobre el mundo entero?».
—Sí, su majestad —contestó ella en el tono más sumiso del mundo, sin levantar la vista de las botas del monarca.
—Acepta ser mi campeona y te convertirás en una mujer libre. Cuatro años de servicio fue lo que negociaste con mi hijo, aunque no puedo imaginar por qué accedió a negociar contigo.
El rey lanzó una mirada letal en dirección a Dorian, que se mordió el labio y guardó silencio.
El corazón subía y bajaba en el pecho de Celaena como una boya. Haría todo lo que le pidiera el rey: cumpliría cualquier misión que le encomendase, por repugnante que fuera, y luego, cuando los cuatro años hubiesen transcurrido, sería libre de llevar la vida que quisiese, sin miedo a que la capturaran o la condenasen a la esclavitud. Volvería a empezar, lejos de Adarlan. Podría marcharse y olvidar aquel horrible reino.
No sabía si sonreír, reír, asentir, llorar o ponerse a bailar. Tendría riquezas suficientes para vivir toda la vida. No tendría que matar. Podría decirle adiós a Arobynn y dejar Adarlan para siempre.
—¿No me vais a dar las gracias?
Celaena hizo una profunda reverencia, casi incapaz de contener su alegría. Lo había vencido; había pecado contra su imperio y emergía victoriosa.
—Gracias por concederme este honor y este privilegio. Soy vuestra humilde servidora.
El rey resopló.
—Mentir no te va a servir de nada. Traed el contrato.
Uno de sus consejeros colocó un trozo de pergamino en la mesa que la asesina tenía delante.
Ella se quedó mirando la pluma y la línea en blanco donde debía escribir su nombre.
Los ojos del rey destellaban con furia, pero Celaena no mordió el anzuelo. La menor señal de rebeldía, cualquier signo de violencia por su parte y la ahorcaría.
—No cuestionarás nada de lo que te ordene. Cuando te diga que hagas algo, lo harás. No te daré explicaciones. Y si eres capturada, negarás cualquier relación conmigo hasta tu último aliento. ¿Entendido?
—Perfectamente, majestad.
El monarca se levantó del trono. Dorian hizo ademán de moverse también, pero Chaol negó con la cabeza.
Celaena miraba al suelo cuando el rey se detuvo ante ella.
—Escucha bien lo que te voy a decir, asesina —expuso el rey. A su lado, Celaena se sentía pequeña y frágil—. Si fallas o no regresas de alguna de tus misiones, lo pagarás caro —el monarca bajó tanto la voz que la muchacha tuvo que hacer esfuerzos para oírlo—. Si no vuelves de alguna de las misiones que te encomiende, tu amigo el capitán lo pagará —el rey hizo una pausa dramática antes de continuar— con la muerte.
La asesina miraba el trono vacío con los ojos abiertos de par en par.
—Si aun así sigues sin volver, haré que ejecuten a Nehemia. Luego a sus hermanos, y a continuación enterraré a su madre con ellos. No creas que no soy tan astuto y sigiloso como tú —Celaena advertía por la voz del rey que estaba sonriendo—. Entiendes el panorama, ¿verdad? —Cambió de tono—. Firma.
La asesina miró el espacio en blanco y sopesó lo que implicaba. Tomó una bocanada de aire larga y silenciosa y, recitando una oración por su alma, firmó. Cada una de las letras le resultaba más penosa de escribir que la anterior. Por fin dejó la pluma sobre la mesa.
—Muy bien. Ahora vete —ordenó el rey señalando hacia la puerta—. Te mandaré llamar cuando te necesite.
El rey volvió a sentarse en el trono. Celaena hizo una cuidadosa reverencia sin apartar la vista del rostro del rey. Solo por un momento miró a Dorian, cuyos ojos color zafiro brillaron con lo que sin duda parecía tristeza antes de dedicarle una sonrisa. Notó que Chaol la cogía del brazo.
Si fallaba, Chaol moriría. Celaena podía ser la causa de su muerte. O de la familia Ytger. Con paso ligero y pesado a un tiempo, abandonó la cámara.
En el exterior, el viento gemía y sacudía el torreón de cristal, pero jamás soplaría tan fuerte como para quebrar aquellos muros.

A cada paso que daba para alejarse de la cámara, Celaena notaba los hombros más ligeros. Chaol guardó silencio hasta que llegaron al castillo de piedra, y entonces se volvió a mirarla.
—Bueno, campeona —dijo.
Seguía sin llevar su espada.
—¿Sí, capitán?
Las comisuras de los labios de Chaol se levantaron una pizca.
—¿Ya estás contenta?
Celaena no ocultó su propia sonrisa.
—Creo que acabo de vender mi alma, pero… sí. Todo lo contenta que puedo estar.
—Celaena Sardothien, la campeona del rey —musitó él.
—¿Qué pasa?
—Me gusta como suena —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Quieres saber cuál va a ser tu primera misión?
Celaena miró aquellos ojos dorados que tantas promesas guardaban en su interior. Cogió al capitán por el brazo y sonrió.
—Ya me lo diréis mañana.