Trono de cristal
Capítulo 21
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Capítulo 21

Celaena estaba colgando de la muralla de piedra del castillo; las piernas le temblaban al introducir los dedos de manos y pies, manchados de brea, en las grietas entre los gigantescos bloques de piedra. Brullo les gritó algo a los diecinueve campeones restantes que estaban escalando las murallas del castillo, pero a una altura de unos veinte metros el viento se llevó sus palabras. Uno de los campeones no se había presentado a la prueba… y ni siquiera sus guardias sabían adónde podía haber ido. A lo mejor había intentado escapar. Arriesgarse a huir parecía mejor que aquella estúpida prueba. Celaena apretó los dientes, levantó la mano lentamente y se aupó otro pie.
A seis metros de altura y a unos diez metros de distancia ondeaba el objeto de aquella descabellada carrera: una bandera dorada. La prueba era muy sencilla: debían escalar el castillo hasta donde ondeaba la bandera, a treinta metros de altura, y cogerla. El primero que agarrase la bandera y bajase con ella recibiría una palmada en la espalda. El último que alcanzase el lugar designado sería enviado de vuelta a la cloaca de la que hubiese salido.
Sorprendentemente, nadie se había caído todavía. Quizá porque el camino que llevaba hasta la bandera era relativamente fácil: balcones, alféizares y espaldares cubrían casi todo el espacio. Celaena subió unos cuantos metros más. Le dolían los dedos. Mirar hacia abajo siempre era una mala idea, por más que Arobynn la hubiese obligado a quedarse de pie en el borde de su fortaleza de los asesinos durante horas y horas para acostumbrarse a las alturas. Jadeó al agarrarse a otro alféizar y lograr auparse. Era lo bastante profundo para poder ponerse en cuclillas dentro y dedicar unos segundos a contemplar a los otros competidores.
Obviamente, Cain iba en primera posición y había tomado el camino más fácil hacia la bandera; Tumba y Verin lo seguían, Nox les iba a la zaga y Pelor, el joven asesino, no estaba lejos. Había tantos competidores siguiéndolo que sus pertrechos a veces se enredaban. A todos les habían dado la oportunidad de elegir un objeto para ayudarse en la subida —cuerdas, picas, botas especiales—, y Cain había ido directo a la cuerda.
Celaena había elegido un pequeño bote de brea. Al salir del alféizar, sus manos negras y pegajosas y sus pies desnudos se asieron fácilmente a la pared de piedra. Había usado un trozo de cuerda para atarse el tarro al cinturón; antes de salir de la sombra del alféizar, se restregó un poco más por las palmas. Alguien jadeó por debajo de ella y Celaena resistió el impulso de mirar hacia abajo. Sabía que había elegido un camino más difícil, pero aun así era mejor que tener que enfrentarse a todos los competidores que habían elegido el camino fácil. No le habría extrañado que Tumba o Verin la hubieran empujado y arrojado al vacío.
Sus manos se adhirieron como una ventosa a la piedra y Celaena se aupó justo a tiempo de oír un grito, un golpe seco y, a continuación, silencio, seguido por los gritos de los espectadores. Un competidor se había caído… y había muerto. Celaena miró hacia abajo y vio el cadáver de Ned Clement, el asesino que se hacía llamar Guadaña y había pasado varios años en los campos de trabajos forzados de Calaculla para pagar por sus crímenes. Celaena se estremeció. Aunque el asesinato del Comeojos había hecho que muchos de los campeones se calmasen, a los patrocinadores no parecía importarles que aquella prueba pudiese matar a unos cuantos más.
Trepó por un tubo del desagüe, con los muslos apretados contra el hierro. Cain enganchó su larga cuerda al cuello de una gárgola de mirada lasciva y, balanceándose, salvó una extensión de pared lisa para aterrizar en el interior de un balcón a cinco metros por debajo de la bandera. Celaena reprimió su frustración subiendo más y más por la tubería.
Los otros competidores siguieron el camino de Cain. Se oyeron unos cuantos gritos más; Celaena miró hacia abajo y vio que Tumba estaba provocando un embotellamiento porque no era capaz de enganchar su cuerda alrededor del cuello de la gárgola como había hecho Cain. Verin apartó al asesino a sueldo de un codazo y lo adelantó, enganchando fácilmente su propia soga. Nox, que ahora iba por detrás de Tumba, intentó hacer lo mismo, pero Tumba comenzó a insultarlo y Nox se detuvo y levantó las manos en un gesto de apaciguamiento. Celaena sonrió y apoyó los pies ennegrecidos en un soporte del tubo del desagüe. No tardaría en hallarse en paralelo a la bandera. Y entonces solo la separarían de ella diez metros de piedra desnuda.
Celaena siguió escalando fácilmente por la tubería, con los dedos de los pies pegados al metal. Cinco metros por debajo de ella, un mercenario estaba agarrado a los cuernos de una gárgola mientras le enganchaba la cuerda a la cabeza. Parecía que había tomado el camino más rápido yendo de una gárgola a otra. Luego tendría que balancearse hasta un saliente a unos seis metros antes de llegar a las gárgolas donde ahora discutían Tumba y Nox. Celaena no corría peligro: el mercenario no iba a escalar por el tubo del desagüe ni iba a molestarla. Dedo a dedo siguió escalando, con el viento azotándole el pelo en una y otra dirección.
Fue entonces cuando oyó gritar a Nox, y miró justo a tiempo de ver a Tumba empujarlo y tirarlo de su posición privilegiada en la espalda de la gárgola. Nox se balanceó colgado de la cuerda que llevaba atada a la cintura. La cuerda se tensó y Nox se estrelló contra la pared del castillo. Celaena se quedó helada y contuvo la respiración mientras Nox intentaba agarrarse a la piedra con las manos y los pies.
Pero Tumba aún no había terminado. Se agachó como si fuese a ajustarse una bota y Celaena vio que una pequeña daga brillaba a la luz del sol. Que hubiese logrado engañar a sus guardianes y colar el arma ya era una proeza en sí misma. El viento se llevó el grito de advertencia de Celaena mientras Tumba trataba de cortar la cuerda de Nox, amarrada a la gárgola. Ninguno de los campeones que había cerca se atrevió a hacer nada, aunque Pelor se paró un momento antes de pasar junto a Tumba. Si Nox moría, era un competidor menos…, y si se inmiscuían, podía costarles la prueba. Celaena sabía que debía seguir avanzando, pero algo hizo que se quedase clavada en el sitio.
Nox no encontraba ningún asidero en la pared de piedra, y sin un saliente ni una gárgola cercanos a los que agarrarse, solo podía caer. En cuanto se rompiese la cuerda, caería.
Una por una, las hebras de la soga se fueron partiendo bajo la presión de la daga de Tumba; Nox, que sentía las vibraciones, miró horrorizado al asesino a sueldo. Si caía, no había posibilidad de sobrevivir. Unos cortes más de la hoja de Tumba y la cuerda quedaría segada por completo.
La soga crujió y Celaena se puso en marcha.
Bajó deslizándose por el tubo del desagüe; la carne de pies y manos se le desgarraba a medida que el metal le cortaba la piel, pero no se paró a pensar en el dolor. El mercenario que había sobre la gárgola que tenía debajo se vio obligado a pegarse a la pared cuando Celaena cayó sobre la cabeza de la criatura y la agarró por los cuernos para afianzarse. El mercenario ya había atado un cabo de su soga al cuello de la gárgola; Celaena lo agarró y se ató la otra punta alrededor de la cintura. La soga era lo bastante larga y fuerte, y las cuatro gárgolas situadas junto a la suya le darían suficiente espacio para correr.
—Toca esta cuerda y te destripo —advirtió al mercenario, y se dispuso a entrar en acción.
Nox le gritó a Tumba, y ella se atrevió a mirar al lugar donde colgaba el ladrón. Otra hebra de la cuerda en tensión se rompió, y Nox chilló de miedo e ira. Celaena echó a correr por la espalda de las cuatro gárgolas y se lanzó al vacío.