Trono de cristal
Capítulo 22
Página 25 de 60
Capítulo 22

El viento tiró de ella, pero Celaena siguió concentrada en Nox, que caía a toda velocidad, lejos de sus manos extendidas.
Por debajo de ella gritó la gente, y la cegó la luz al rebotar en el castillo de cristal. Pero allí estaba Nox, a una mano de distancia de sus dedos, con los ojos grises abiertos como platos y agitando los brazos como si pudiese transformarlos en alas.
En un segundo, Celaena le rodeó la cintura con los brazos y se estampó contra él con tanta fuerza que se quedó sin aliento. Juntos cayeron como una piedra, más y más hacia el suelo, que parecía alzarse a su encuentro.
Nox se agarró a la cuerda, pero ni siquiera eso bastó para aliviar el atroz impacto contra el torso de Celaena cuando la soga se tensó. La muchacha se agarró a Nox con todas sus fuerzas, con la esperanza de que sus brazos no soltasen al ladrón. La soga hizo que avanzasen a toda velocidad hacia la pared. Celaena apenas alcanzó a apartar la cabeza de la piedra y recibió el impacto en el hombro y el costado. Se agarró con fuerza a Nox y concentró su atención en sus brazos y en su respiración superficial. Se quedaron allí colgados, pegados a la pared, jadeando mientras miraban al suelo, a diez metros por debajo de ellos. La cuerda aguantó su peso.
—Lillian —resolló Nox. Apretó su cara contra el pelo de Celaena—. Por los dioses del cielo.
Desde el suelo se oyó una ovación que ahogó sus palabras. A Celaena le temblaban tanto los brazos que tuvo que concentrarse en agarrar a Nox, y el estómago se le revolvió una y otra vez.
Pero aún estaban en mitad de la prueba… y aún debían completarla, así que Celaena miró hacia arriba. Todos los campeones se habían quedado parados para ver cómo salvaba al ladrón. Todos menos uno, que estaba encaramado muy, muy por encima de ellos.
Celaena se quedó boquiabierta cuando Cain arrancó la bandera y bramó para celebrar su triunfo. Se oyeron más ovaciones y Cain agitó la bandera para que la viesen todos. A Celaena le hirvió la sangre.
De haber tomado el camino fácil, habría ganado. Habría llegado en la mitad de tiempo que Cain, pero Chaol le había dicho que no llamase la atención. Y su recorrido había sido mucho más impresionante y más adecuado para demostrar sus habilidades. Cain solo había tenido que saltar y balancearse: así escalaban los aficionados. Además, si hubiese ganado ella, si hubiese tomado el camino fácil, no habría salvado a Nox.
Celaena apretó los dientes. ¿Podría llegar allí arriba a tiempo? Quizá Nox podría quedarse la cuerda, y ella escalaría la pared con las manos desnudas. Pero mientras lo pensaba, Verin, Tumba, Pelor y Renault escalaban los últimos metros hasta llegar al lugar donde antes estaba la bandera, le daban una palmada y se disponían a descender.
—Lillian. Nox. Daos prisa —gritó Brullo, y Celaena miró hacia abajo, en dirección al maestro de armas.
La muchacha frunció el ceño y comenzó a deslizar los pies por las grietas de la piedra en busca de un punto de apoyo. Su piel, en carne viva, le escocía al encontrar un hueco donde meter los dedos de los pies. Poco a poco, muy poco a poco, se fue aupando.
—Lo siento —susurró Nox, y sus piernas golpearon las de ella mientras buscaba él también un punto de apoyo.
—Tranquilo —contestó ella.
Temblorosa y entumecida, Celaena volvió a escalar por la pared y dejó que Nox encontrase por su cuenta el modo de subir. Qué estupidez. Salvarlo había sido una estupidez. ¿En qué había estado pensando?

—Anímate —dijo Chaol, y bebió de su copa de agua—. El puesto decimoctavo no está mal. Al menos, Nox ha quedado por detrás de ti.
Celaena no respondió y se limitó a apartar las zanahorias en su plato. Habían hecho falta dos baños y una pastilla de jabón entera para limpiarse la brea de sus doloridos manos y pies, y Philippa se había pasado treinta minutos limpiando y vendando sus heridas. Aunque Celaena había dejado de temblar, aún podía oír el grito y el ruido sordo de Ned Clement al estrellarse contra el suelo. Se habían llevado su cadáver antes de que Celaena terminase la prueba. Solo su muerte había salvado a Nox de la eliminación. A Tumba ni siquiera lo habían reprendido. No había reglas contra el juego sucio.
—Estás haciendo las cosas tal como las habíamos planeado —prosiguió Chaol—. Aunque yo no diría que tu valiente rescate haya sido especialmente discreto.
Celaena lo fulminó con la mirada.
—Aun así, he perdido.
Dorian la había felicitado por haber salvado a Nox, y el ladrón la había abrazado y le había dado las gracias una y otra vez; solo Chaol había fruncido el ceño al acabar la prueba. Aparentemente, los rescates atrevidos no formaban parte del repertorio de una ladrona de joyas.
Los ojos marrones de Chaol brillaron con tonos dorados al sol de mediodía.
—¿Es que aprender a perder con gracia no formaba parte de tu formación?
—No —contestó ella con amargura—. Arobynn me dijo que el segundo puesto no era más que un título agradable para el primer perdedor.
—¿Arobynn Hamel? —preguntó Chaol dejando la copa sobre la mesa—. ¿El Rey de los Asesinos?
Celaena miró hacia la ventana y hacia la brillante extensión de Rifthold apenas visible al otro lado. Le resultaba extraño pensar que Arobynn estaba en la misma ciudad…, que ahora estaba muy cerca de ella.
—¿No sabíais que había sido mi maestro?
—Se me había olvidado —dijo Chaol. Arobynn la habría azotado por salvar a Nox y poner en peligro su propia seguridad y su puesto en el torneo—. ¿Supervisó tu adiestramiento personalmente?
—Me entrenó en persona, y luego recurrió a tutores traídos de toda Erilea. Los maestros luchadores de los arrozales del continente meridional, los expertos en venenos de la selva Bogdano… Una vez me envió con los asesinos silenciosos del desierto Rojo. Para él ningún precio era demasiado alto. Ni para mí —añadió pasando un dedo por el refinado hilo de su bata—. Hasta que no cumplí los catorce años no me dijo que tendría que pagar por todo lo que había hecho por mí.
—¿Te adiestró y luego te hizo pagar el adiestramiento?
Celaena se encogió de hombros, pero fue incapaz de esconder el arrebato de ira.
—Las cortesanas viven la misma experiencia: las aceptan en la corte a una edad temprana y acaban en los burdeles hasta que son capaces de devolver hasta la última moneda de lo que costó su instrucción, mantenimiento y vestuario.
—Eso es despreciable —le espetó el capitán, y Celaena parpadeó al oír su voz airada; una ira que, por una vez, no iba dirigida contra ella—. ¿Se lo devolviste?
Una sonrisa fría que no tuvo reflejo en sus ojos le cruzó la cara.
—Hasta el último penique. Y luego fue a gastárselo todo. Más de quinientas mil monedas de oro. Las dilapidó en tres horas —Chaol dio un respingo en su asiento. Ella enterró el recuerdo tan profundamente que dejó de dolerle—. Aún no os habéis disculpado —dijo cambiando de tema antes de que Chaol pudiese hacer más preguntas.
—¿Disculparme? ¿Por qué?
—Por todas las cosas horribles que dijisteis ayer por la tarde cuando estaba entrenando con Nehemia.
El capitán entornó los ojos y mordió el anzuelo.
—No pienso disculparme por decir la verdad.
—¿La verdad? ¡Me tratasteis como si fuese una criminal demente!
—Y tú dijiste que me odiabas más que a nadie en el mundo.
—Lo decía en serio —respondió ella. Sin embargo, esbozó una sonrisa… que enseguida encontró reflejo en la cara del capitán. Chaol le lanzó un trozo de pan que ella cogió con la mano y volvió a lanzárselo a él, que lo atrapó fácilmente—. Idiota —añadió Celaena sonriendo abiertamente.
—Criminal demente —repuso él, sonriendo también.
—Os odio de verdad.
—Al menos no he sido yo quien ha ocupado el puesto dieciocho —dijo Chaol.
Celaena resopló enfadada y el capitán hizo todo lo posible para esquivar la manzana que la muchacha le lanzó a la cabeza.
Poco más tarde, Philippa les puso al corriente de la noticia: al campeón que no se había presentado en la prueba lo habían encontrado muerto en una escalera del servicio, brutalmente destrozado y desmembrado.

El nuevo asesinato empañó las dos siguientes semanas y las dos pruebas que tuvieron lugar en ese tiempo. Celaena pasó las pruebas —sigilo y rastreo— sin llamar demasiado la atención ni jugarse el pellejo para salvar a nadie. No asesinaron a ningún campeón más, afortunadamente, pero Celaena no paraba de mirar por encima del hombro, alerta, aunque Chaol parecía considerar que los dos asesinatos no habían sido más que incidentes desafortunados.
Cada día se le daba mejor correr: recorría más distancia y más rápido. Además, había logrado controlarse para no matar a Cain cuando este la provocaba en los entrenamientos. El príncipe heredero no se molestó en aparecer más por sus aposentos, y solo lo veía durante las pruebas, cuando este se limitaba a sonreírle, le guiñaba un ojo y le hacía sentir un cosquilleo y un calor ridículos.
Pero tenía cosas más importantes de las que preocuparse. Solo quedaban nueve semanas hasta el duelo final y algunos de los otros, incluido Nox, lo estaban haciendo tan bien que esos cuatro puestos empezaban a parecer muy preciados. Obviamente, Cain ocuparía uno, pero ¿quiénes serían los otros tres finalistas? Ella siempre había estado muy segura de que sería una de ellos.
No obstante, si era sincera consigo misma, Celaena ya no estaba tan segura.