Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 23

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Capítulo 23

Celaena se quedó mirando el suelo boquiabierta. Conocía aquellas rocas grises y afiladas. Sabía cómo crujían al pisarlas, cómo olían después de la lluvia, cómo podían cortar la piel fácilmente cuando caía al suelo. Aquellas rocas se extendían durante kilómetros y se alzaban bajo la forma de montañas picudas, similares a colmillos, que atravesaban el cielo lleno de nubes. Con aquel viento helado, llevaba muy poca ropa para protegerse de aquellas ráfagas hirientes. Mientras tocaba sus harapos sucios, se le revolvió el estómago. ¿Qué había pasado?

Giró sobre sus talones, los grilletes hicieron un ruido metálico y contempló la desolada y desierta inmensidad que era Endovier.

Había fracasado y la habían enviado de vuelta allí. No había posibilidad de escapatoria. Había saboreado la libertad, se había acercado mucho, y ahora…

Celaena gritó cuando un dolor insoportable le recorrió la espalda, apenas alertada por el restallido del látigo. Cayó al suelo y la piedra le rozó las rodillas en carne viva.

—¡Levántate! —bramó alguien.

Las lágrimas le escocieron en los ojos y el látigo crujió cuando lo levantaron de nuevo. Esta vez iban a matarla. Moriría de dolor.

El látigo cayó, tocó hueso y reverberó por todo su cuerpo. Hizo que todo se hundiese y explotase en la agonía y arrastrase su cuerpo hasta un camposanto, un…

Celaena abrió los ojos como platos, jadeando.

—¿Estás…? —preguntó alguien a su lado, y la asesina dio un respingo. ¿Dónde estaba?—. Ha sido un sueño —dijo Chaol.

Se quedó mirándolo, echó un vistazo a su alrededor y se pasó una mano por el pelo. Rifthold. Estaba en Rifthold. En el castillo de cristal… No, en el castillo de piedra que había debajo.

Estaba sudando, y el sudor de su espalda le recordaba incómodamente a la sangre. Se sentía mareada, con náuseas, demasiado pequeña y demasiado grande al mismo tiempo. Aunque las ventanas estaban cerradas, una extraña ráfaga de viento recorrió la habitación y le besó la cara. Curiosamente, olía a rosas.

—Celaena, era un sueño —repitió el capitán de la guardia—. Estabas gritando —esbozó una sonrisa—. Pensé que te estaban matando.

Celaena se giró para tocarse la espalda por debajo del camisón. Sintió las tres protuberancias… y otras más pequeñas, pero nada, nada…

—Me estaban azotando —negó con la cabeza para librarse del recuerdo—. ¿Qué hacéis aquí? Ni siquiera ha amanecido todavía.

Celaena se cruzó de brazos y se ruborizó ligeramente.

—Es Samhuinn. He cancelado el entrenamiento de hoy, pero quería saber si tenías pensado asistir al oficio religioso.

—¿Que hoy es… qué? ¿Hoy es Samhuinn? ¿Por qué nadie había dicho nada? ¿Esta noche se celebra un banquete?

¿Era posible que estuviese tan concentrada en el torneo que hubiese perdido por completo la noción del tiempo?

Chaol frunció el ceño.

—Por supuesto, pero no estás invitada.

—Por supuesto. Y ¿esta noche embrujada vais a evocar a los muertos o vais a encender una hoguera con vuestros compañeros?

—No participo en esas estupideces supersticiosas.

—¡Cuidado, mi cínico amigo! —lo advirtió levantando una mano—. Hoy es el día en el que los dioses y los muertos están más cerca de la tierra. ¡Pueden oír hasta el último comentario desagradable que hagáis!

Chaol puso los ojos en blanco.

—Es una festividad ridícula para celebrar la llegada del invierno. Las hogueras solo producen cenizas para cubrir los campos.

—¡Como ofrenda a los dioses para que los mantengan a salvo!

—Para abonarlos.

Celaena apartó las mantas.

—Eso lo diréis vos —dijo levantándose.

Se alisó el camisón empapado. Apestaba a sudor.

El capitán resopló y echó a andar detrás de ella.

—No te tenía por una persona supersticiosa. ¿Cómo encaja eso en tu carrera?

Celaena miró a Chaol por encima del hombro antes de entrar en el cuarto de baño, con él siguiéndola de cerca. Se quedó parada en el umbral.

—¿Vais a entrar conmigo? —preguntó, y Chaol se quedó rígido, consciente de su error. Por toda respuesta, cerró dando un portazo.

Al salir del baño con el pelo chorreando, Celaena se lo encontró esperándola en el comedor.

—¿Es que no tenéis desayuno propio?

—Aún no me has contestado.

—¿El qué? —Celaena se sentó en el otro extremo de la mesa y se sirvió gachas en un cuenco.

Lo único que necesitaba era una cucharada —no, tres cucharadas— de azúcar, leche caliente y…

—¿Vas a ir al templo?

—¿Se me permite ir al templo pero no al banquete?

Se llevó una cucharada de gachas a la boca.

—Las prácticas religiosas no deberían negársele a nadie.

—Y el banquete ¿es…?

—Una demostración de libertinaje.

—Ah, entiendo.

Tragó otro bocado. Le encantaban las gachas, pero quizá necesitaban otra cucharada de azúcar.

—Y ¿bien? ¿Piensas asistir? Si vas a ir, tenemos que salir pronto.

—No —contestó con la boca llena.

—Para ser alguien tan supersticioso, al no acudir te arriesgas a irritar a los dioses. Pensé que una asesina a sueldo se interesaría más por el día de los muertos.

Celaena puso cara de loca mientras seguía comiendo.

—Les rindo culto a mi manera. Quizás haga un sacrificio o dos.

Chaol se levantó dando una palmadita a su espada.

—Ten cuidado mientras no estoy. No te molestes en vestirte con algo demasiado recargado. Brullo me ha dicho que esta tarde sí vais a entrenar. Mañana tenéis una prueba.

—¿Otra vez? ¿No tuvimos una hace solo tres días? —se quejó Celaena. La última prueba había consistido en el tiro de jabalina a caballo, y aún le dolía un poco la muñeca.

Pero el capitán no dijo nada más y los aposentos se quedaron en silencio. Aunque intentó olvidarlo, el sonido del látigo siguió restallándole en los oídos.

Agradecido de que el servicio religioso hubiese acabado por fin, Dorian Havilliard avanzaba a grandes zancadas por los terrenos del castillo. La religión ni lo convencía ni lo conmovía, y después de pasarse horas sentado en un banco, murmurando una oración tras otra, necesitaba desesperadamente tomar el aire. Y estar solo.

Dejó escapar un suspiro a través de los dientes apretados, se frotó la sien y se dispuso a atravesar el jardín. Se cruzó con un grupo de damas que le hicieron una reverencia y se rieron desde detrás de sus abanicos. Dorian asintió con la cabeza al pasar. Su madre había aprovechado la ceremonia para señalarle a todas las damas que reunían los requisitos necesarios. El príncipe se había pasado el servicio entero intentando no gritar a voz en cuello.

Dorian se metió por detrás de un seto y a punto estuvo de chocar con una figura vestida de terciopelo verde azulado. Era el color de un lago montañoso…, ese tono como de joya que no tenía nombre propio. Eso por no mencionar que hacía un centenar de años que el vestido se había pasado de moda. Levantó la vista para mirarla y sonrió.

—Hola, Lady Lillian —dijo haciendo una reverencia, y se dirigió a las dos personas que la acompañaban—. Princesa Nehemia. Capitán Westfall —Dorian volvió a mirar el vestido de la asesina. Los pliegues de la tela, a la manera de las aguas de un río en movimiento, resultaban bastante atractivos—. Os veo muy festiva.

Celaena frunció el ceño.

—Las criadas de Lady Lillian estaban asistiendo al servicio religioso cuando se ha vestido —dijo Chaol—. No tenía otra cosa que ponerse.

Obviamente, los corsés requerían ayuda para ponérselos y quitárselos…, y los vestidos eran un laberinto de broches y lazos secretos.

—Disculpadme, mi señor príncipe —dijo Celaena. Su mirada era brillante y airada, y se le arrebolaron ligeramente las mejillas—. Lamento mucho que mis ropas no sean de vuestro gusto.

—No, no —se apresuró a contestar él, mirándola a los pies. Llevaba unos zapatos rojos…, rojos como las bayas de invierno que comenzaban a aparecer en los arbustos—. Estáis muy bien. Solo que un poco… fuera de lugar —unos cuantos siglos fuera de lugar, en realidad. Celaena lo miró exasperada. El príncipe se dirigió a Nehemia—: Disculpadme —dijo en su mejor eyllwe, que no era nada del otro mundo—. ¿Cómo estáis?

Los ojos de la princesa brillaron divertidos al oír su eyllwe chapucero, pero asintió con la cabeza en señal de reconocimiento.

—Estoy bien, alteza —contestó en el idioma del príncipe.

Dorian reparó en los dos guardias de la muchacha, que acechaban entre las sombras… esperando, observando. A Dorian se le aceleró el pulso.

El duque Perrington llevaba varias semanas presionando para llevar más tropas a Eyllwe y aplastar a los rebeldes de una vez por todas, para que no se atrevieran a desafiar de nuevo el dominio de Adarlan. El día anterior, el duque había presentado un plan: desplegarían más legiones y retendrían a Nehemia para disuadir a los rebeldes de que tomasen represalias. Dorian, que no se sentía muy dispuesto a añadir el secuestro a su repertorio de habilidades, se había pasado varias horas discutiendo con él. Pero aunque algunos miembros del Consejo también habían expresado su desaprobación, la mayoría parecía pensar que la estrategia del duque era irrebatible. Aun así, Dorian los había convencido para que esperasen hasta el regreso de su padre. Eso le daría tiempo para ganarse el apoyo de algunos de los partidarios del duque.

Ahora, de pie frente a ella, Dorian apartó rápidamente la mirada de la princesa. De haber sido cualquier otro en lugar del príncipe heredero, la habría advertido. Pero si Nehemia se marchaba antes de lo que debía, el duque sabría quién se lo había contado e informaría de ello a su padre. Bastante mal estaban ya las cosas entre Dorian y el rey; no necesitaba que lo tachasen de simpatizante de los rebeldes.

—¿Vais a asistir al banquete esta noche? —le preguntó Dorian a la princesa, obligándose así a mirarla y a mantener sus rasgos neutrales.

Nehemia miró a Celaena.

—Y vos, ¿vais a asistir?

Celaena le obsequió con una sonrisa que solo podía significar problemas.

—Por desgracia, tengo otros planes. ¿Verdad, alteza?

No se molestó en ocultar un trasfondo de irritación.

Chaol tosió, muy interesado de repente en las bayas de los setos. Dorian estaba solo.

—No me echéis a mí la culpa —dijo Dorian con soltura—. Fuisteis vos quien aceptó la invitación a esa fiesta en Rifthold hace semanas.

Celaena parpadeó, pero Dorian no cedió. No podía llevarla al banquete, con tanta gente observándolos. Le harían demasiadas preguntas. Por no hablar de que iba a asistir muchísima gente y no sería fácil seguirle el rastro.

Nehemia frunció el ceño.

—Entonces, ¿no vais a asistir?

—No, pero estoy segura de que os lo pasaréis muy bien —dijo Celaena, y cambió al eyllwe para decir algo más. El eyllwe de Dorian le dio para entenderlo en líneas generales—: Su alteza sabe cómo entretener a las mujeres.

Nehemia se echó a reír y Dorian se sonrojó. Aquellas dos muchachas hacían una pareja temible. Que los dioses los asistiesen a todos.

—Bueno, somos muy importantes y estamos muy ocupadas —le dijo Celaena agarrando a la princesa del brazo. Quizá permitirles que se hiciesen amigas fuese una idea horrible y peligrosa—. Tenemos que marcharnos. Que paséis un buen día, alteza —hizo una reverencia y las joyas rojas y azules del cinturón brillaron a la luz del sol. Miró por encima del hombro, le sonrió a Dorian con malicia y se internó en el jardín con la princesa.

Dorian fulminó a Chaol con la mirada.

—Gracias por vuestra ayuda.

El capitán le dio una palmada en el hombro.

—Y ¿eso os ha parecido grave? Deberíais verlas cuando empiezan y no paran.

Dicho esto, echó a andar detrás de las mujeres dando zancadas.

Dorian quería gritar y tirarse del pelo. Había disfrutado viendo a Celaena aquella otra noche… Había disfrutado enormemente. Pero las últimas semanas se las había pasado encerrado en las reuniones del Consejo y recibiendo a la corte y no había podido visitarla. De no ser por el banquete, habría vuelto a verla esa noche. No había querido irritarla al referirse al vestido —aunque, evidentemente, estaba pasado de moda—, ni sabía que le molestaría tanto que no la invitasen al banquete, pero…

Dorian frunció el ceño y echó a andar en dirección a las perreras.

Celaena sonrió para sí y pasó un dedo por un seto muy bien recortado. A ella le encantaba el vestido. «¡Conque festivo!».

—No, no, alteza —le decía Chaol a Nehemia lo bastante lento para que ella lo entendiese—. No soy un soldado. Soy capitán de la guardia.

—No veo la diferencia —repuso la princesa con un acento un tanto acartonado. Aun así, Chaol la entendió lo suficiente como para enfurecerse, y Celaena intentó controlar su júbilo como buenamente pudo.

Había logrado ver a Nehemia un buen número de veces durante las dos últimas semanas…, sobre todo para dar paseos cortos y cenar juntas. En esas ocasiones hablaban de lo que había supuesto para Nehemia criarse en Eyllwe, de lo que opinaba de Rifthold, y de qué miembro de la corte había conseguido irritar a la princesa aquel día. Para deleite de Celaena, habitualmente era casi todo el mundo.

—A mí no me han adiestrado para luchar en batallas —replicó Chaol entre dientes.

—Matáis por orden de vuestro rey.

Vuestro rey. Aunque Nehemia no estuviese muy versada en su idioma, era lo bastante inteligente para comprender la fuerza que tenían aquellas dos palabras: «Vuestro rey», no el suyo. Aunque Celaena podía pasarse horas y horas escuchando a Nehemia despotricar del rey de Adarlan, estaban en un jardín y podía estar oyéndolas alguien más. Celaena se estremeció y la interrumpió antes de que Nehemia pudiese seguir hablando.

—Creo que es inútil discutir con ella, Chaol —dijo Celaena dándole un codazo al capitán de la guardia—. A lo mejor no deberíais haberle dado vuestro título a Terrin. ¿Podéis recuperarlo? Eso evitaría muchas confusiones.

—¿Cómo es posible que te acuerdes del nombre de mi hermano?

Ella se encogió de hombros sin entender del todo el brillo en la mirada del capitán.

—Me lo dijisteis vos. ¿Por qué no iba a acordarme?

Aquel día estaba guapo. Le gustaba el contraste entre su pelo y su piel dorada, los huecos que quedaban entre los mechones y cómo le caía sobre la frente.

—Supongo que disfrutaréis del banquete… sin mí, claro —dijo Celaena con aire taciturno.

Chaol resopló.

—¿Tanto te molesta perdértelo?

—No —contestó ella pasándose el pelo suelto por encima del hombro—. Pero…, bueno, es una fiesta, y a todo el mundo le gustan las fiestas.

—¿Quieres que te traiga alguna chuchería del jolgorio?

—Solo si se trata de una porción considerable de cordero asado.

El aire que los rodeaba era brillante y claro.

—El banquete no es tan emocionante como piensas. Es igual que cualquier cena. Te aseguro que el cordero estará seco y duro.

—Como amigo mío, deberíais llevarme con vos o quedaros para hacerme compañía.

—¿Amigo? —preguntó Chaol.

Celaena se sonrojó.

—Bueno, «acompañante ceñudo» es una descripción mejor. O «conocido reacio», si lo preferís así.

Para su sorpresa, Chaol sonrió.

La princesa agarró a Celaena de la mano.

—¡Vos me enseñaréis! —dijo en eyllwe—. Enseñadme a hablar mejor vuestro idioma… y enseñadme a escribirlo y leerlo mejor que ahora. Así no tendré que soportar a esos viejos terriblemente aburridos a los que llaman tutores.

—Yo… —comenzó a decir Celaena en el idioma común, y se estremeció. Se sintió culpable por haber dejado fuera de la conversación a Nehemia, y el hecho de que la princesa hablase con fluidez los dos idiomas sería divertido. Pero siempre era un lío convencer a Chaol para que le dejase ver a Nehemia…, porque él se empeñaba en estar presente para vigilarlas. Nunca accedería a pasarse las clases sentado con ellas—. No sabría enseñaros mi idioma como es debido —mintió Celaena.

—Tonterías —contestó Nehemia—. Me enseñaréis después de… de lo que sea que hagáis con este. Una hora diaria antes de cenar.

Nehemia levantó la barbilla para dar a entender que negarse no era una alternativa. Celaena tragó saliva e hizo todo lo posible para parecer simpática mientras se volvía hacia Chaol, que las contemplaba con las cejas arqueadas.

—Quiere que le dé clase todos los días antes de cenar.

—Me temo que no es posible —dijo el capitán, y ella tradujo.

Nehemia lo fulminó con la típica mirada que hacía sudar a la gente.

—¿Por qué no? —preguntó, y prosiguió en eyllwe—: Ella es más lista que la mayoría de la gente de este castillo.

Chaol, afortunadamente, entendió el sentido general.

—No creo que…

—¿Acaso no soy la princesa de Eyllwe? —lo interrumpió Nehemia en el idioma común.

—Alteza… —comenzó a decir Chaol, pero Celaena lo hizo callar con un gesto de la mano.

Se estaban aproximando a la torre del reloj…, negra y amenazadora, como siempre. Ante ella estaba arrodillado Cain, con la cabeza gacha, concentrado en algo que había en el suelo.

Al oír el ruido de sus pasos, Cain levantó la cabeza rápidamente, sonrió de oreja a oreja y se puso en pie. Tenía las manos llenas de tierra, pero antes de que Celaena pudiese verlo mejor, o estudiar su extraño comportamiento, le hizo un gesto afirmativo a Chaol con la cabeza y se alejó hasta desaparecer detrás de la torre.

—Bruto asqueroso —dijo Celaena entre dientes, sin apartar la vista del lugar por donde había desaparecido.

—¿Quién es? —preguntó Nehemia en eyllwe.

—Un soldado del ejército del rey —dijo Celaena—, aunque ahora sirve al duque Perrington.

Nehemia buscó a Cain con la mirada, y entornó sus oscuros ojos.

—Al verlo, me apetece darle un puñetazo en la cara.

Celaena se echó a reír.

—Me alegro de no ser la única.

Chaol no dijo nada y echó a andar de nuevo. Nehemia y Celaena lo siguieron y, al cruzar el pequeño patio donde se alzaba la torre del reloj, la asesina miró al lugar donde había estado arrodillado Cain. Había limpiado la tierra que se había metido en los huecos de la extraña marca en la losa y ahora la marca se veía más claramente.

—¿Qué pensáis que es? —le preguntó a la princesa señalando la marca grabada en la piedra. ¿Por qué la habría limpiado Cain?

—Una marca del Wyrd —respondió la princesa dándole un nombre en el idioma de Celaena.

La asesina arqueó las cejas. No era más que un triángulo dentro de un círculo.

—¿Sabéis interpretar esas marcas? —preguntó. Una marca del Wyrd… ¡Qué curioso!

—No —se apresuró a contestar Nehemia—. Forman parte de una antigua religión que murió hace mucho tiempo.

—¿Qué religión? —preguntó Celaena—. Mirad, ahí hay otra —señaló otra marca a unos metros de distancia. Era una línea vertical con un pico invertido que se extendía hacia arriba desde el centro.

—Deberíais dejarlo en paz —le espetó Nehemia, y Celaena parpadeó asombrada—. Esas cosas se olvidaron por una razón.

—¿De qué estáis hablando? —preguntó Chaol, y Celaena le explicó la conversación a grandes rasgos. Al acabar, el capitán frunció el labio superior, pero no dijo nada.

Siguieron andando y Celaena vio otra marca. Tenía una forma rara: un pequeño diamante con dos puntas invertidas que sobresalían de cada lado. Las puntas superior e inferior del diamante se habían alargado en línea recta y parecían simétricamente perfectas. ¿Las habría mandado grabar el rey cuando construyó la torre del reloj, o serían anteriores?

Nehemia se quedó mirándola a la frente.

—¿Llevo la cara manchada? —preguntó Celaena.

—No —contestó Nehemia algo distante, frunciendo el ceño mientras observaba la frente de Celaena. La princesa la miró fijamente a los ojos con una ferocidad que hizo retroceder ligeramente a la asesina—. ¿No sabéis nada de las marcas del Wyrd?

El reloj de la torre dio la hora.

—No —dijo Celaena—. No sé nada de ellas.

—Ocultáis algo —susurró la princesa en eyllwe, aunque no en un tono acusatorio—. Sois mucho más de lo que parecéis, Lillian.

—Yo…, bueno, espero ser algo más que una cortesana boba —dijo con toda la bravuconería de la que fue capaz. Sonrió de oreja a oreja con la esperanza de que Nehemia dejase de mirar fijamente su frente con aquella cara tan rara—. ¿Podéis enseñarme a hablar eyllwe como es debido?

—Si vos me enseñáis vuestro ridículo idioma —contestó la princesa, aunque siguió mirándola con cautela.

¿Qué había visto Nehemia que hacía que se comportase de ese modo?

—Trato hecho —dijo Celaena sonriendo débilmente—. Pero no se lo digáis a él. El capitán Westfall me deja sola a mitad de la tarde. La hora antes de cenar es perfecta.

—Pues iré mañana a las cinco —repuso Nehemia.

La princesa sonrió y echó a andar de nuevo, con un brillo en sus negros ojos. Celaena no pudo hacer otra cosa que seguirla.

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