Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 29

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Capítulo 29

En la tercera prueba, la tarde siguiente, Celaena, cruzada de brazos, observaba en la sala de entrenamiento cómo Cain luchaba contra Tumba. Cain sabía quién era ella; todas sus sonrisas tontas, sus fingimientos y sus secretos no habían servido para nada más que para divertirlo.

Celaena apretó los dientes cuando Cain y Tumba recorrieron el círculo entrechocando sus espadas. La prueba era muy sencilla: a cada uno le asignaban un compañero de entrenamiento; quien ganase el duelo ya no tenía que preocuparse de ser eliminado. Pero los perdedores debían someterse al juicio de Brullo. Quien peor lo hubiese hecho tendría que marcharse.

Tumba aguantó bastante bien contra Cain, aunque Celaena vio que las piernas le temblaban del esfuerzo. Nox, de pie a su lado, silbó cuando Cain empujó a Tumba y lo hizo retroceder tambaleándose.

Cain sonrió durante todo el combate, sin apenas jadear. Celaena apretó los puños y se presionó con fuerza las costillas. En un abrir y cerrar de ojos, Cain acercó la espada al cuello de Tumba y el asesino picado de viruelas le enseñó los podridos dientes.

—Excelente, Cain —dijo Brullo aplaudiendo.

Celaena intentó controlar la respiración.

—Cuidado, Cain —dijo Verin desde detrás de ella. El ladrón de pelo rizado sonrió a Celaena. Ella no se había emocionado cuando anunciaron que debía combatir contra Verin. Pero al menos no era Nox—. La damita quiere hacerte trizas.

—Más te vale tener cuidado tú, Verin —lo advirtió Nox con los ojos grises inyectados en sangre.

—¿Cómo? —dijo Verin.

Ahora, los otros campeones —y todos los demás— los estaban mirando. Pelor, que no estaba lejos, retrocedió unos cuantos pasos. Inteligente decisión.

—Así que la estás defendiendo, ¿eh? —Lo provocó Verin—. ¿Ese es el acuerdo que tenéis? ¿Ella se abre de piernas y tú la proteges durante el entrenamiento?

—Cierra la boca, maldito cerdo —le espetó Celaena.

Chaol y Dorian se apartaron de donde estaban, apoyados contra la pared, para acercarse al círculo.

—Y si no, ¿qué? —dijo Verin acercándose a ella.

Nox se puso rígido y acercó la mano a la espada.

Pero Celaena se negó a amilanarse.

—Si no, te arrancaré la lengua.

—¡Basta! —bramó Brullo—. Dirimid vuestras diferencias en el círculo. Verin. Lillian. Ahora.

Verin sonrió como lo haría una serpiente y Cain le dio una palmada en la espalda cuando entró en el círculo dibujado con tiza y desenvainó la espada.

Nox le apoyó una mano en el hombro a Celaena y esta, por el rabillo del ojo, vio que Chaol y Dorian los observaban atentamente. Hizo como si no los hubiese visto.

Ya estaba harta. Harta de fingir y de hacerse la dócil. Harta de Cain.

Verin levantó la espada y se apartó de los ojos los rubios rizos.

—A ver de qué eres capaz.

Celaena avanzó hacia él con la espada envainada en el costado. Verin sonrió de oreja a oreja al levantar el arma.

Blandió la espada, pero Celaena le dio un puñetazo en el brazo que hizo saltar el arma por los aires. Acto seguido, le golpeó el brazo izquierdo con la palma de la mano. Mientras el ladrón retrocedía tambaleándose, Celaena levantó la pierna y los ojos de Verin parecieron salírsele de las órbitas cuando el pie de la asesina se estampó contra su pecho. El golpe le hizo salir despedido, su cuerpo cayó al suelo con un ruido sordo y se deslizó fuera del anillo. Quedó eliminado instantáneamente. Todos los presentes en la sala se quedaron en silencio.

—Si vuelves a burlarte de mí —le espetó a Verin—, la próxima vez lo haré con la espada —se volvió para darle la espalda y se encontró con la flácida cara de Brullo—. A ver si os sirve de lección, maestro de armas —dijo pasando por delante de él—. Ponedme a luchar contra hombres de verdad. Quizás entonces me moleste en emplearme a fondo.

Se alejó dando grandes zancadas, pasó por delante de un sonriente Nox y se detuvo ante Cain. Se quedó mirándolo a la cara —una cara que podría haber sido bonita de no tratarse de un malnacido—, y sonrió con un dulce veneno.

—Aquí estoy —dijo enderezando los hombros—. Un pequeño perrillo faldero.

—No oigo más que ladridos —contestó Cain con un destello en sus negros ojos.

La mano de Celaena se acercó a su espada, pero la mantuvo a su costado.

—Ya veremos si sigues oyendo ladridos cuando gane esta competición.

Antes de que le diera tiempo a contestar, Celaena echó a andar hacia la mesa del agua.

Nox fue el único que se atrevió a hablar con Celaena después de aquello. Curiosamente, Chaol tampoco la reprendió.

De nuevo en sus aposentos, a salvo después de la prueba, Celaena se dedicó a contemplar los copos de nieve que se movían empujados por el viento, procedentes de las montañas que había más allá de Rifthold. Avanzaban hacia ella, precursores de la tormenta que estaba a punto de llegar. El último sol de la tarde, encerrado tras una pared plomiza, teñía las nubes de un color gris amarillento que hacía que el cielo estuviera inusitadamente brillante. Parecía surrealista, como si el horizonte hubiese desaparecido detrás de las montañas. Celaena estaba atrapada en un mundo de cristal.

Se apartó de la ventana, pero se detuvo frente al tapiz con la representación de la reina Elena. A menudo había deseado vivir aventuras con antiguos hechizos y reyes malvados, pero no sabía que sería así: una lucha por su libertad. Y siempre se había imaginado que habría alguien que la ayudaría: un amigo leal, un soldado de un solo brazo o algo parecido. No se había imaginado que estaría tan… sola.

Deseó que Sam estuviese allí con ella. Él siempre había sabido qué hacer y siempre la había protegido, tanto si ella quería como si no. Hubiese dado cualquier cosa, lo que fuera, porque él aún siguiese con ella.

Le escocían los ojos. Se llevó una mano al amuleto. Notó el cálido metal bajo los dedos…, casi reconfortante. Retrocedió un paso del tapiz para verlo mejor en su totalidad.

En el centro había un ciervo, espléndido y viril, que miraba de soslayo a Elena. Era el símbolo de la casa real de Terrasen, del reino que había fundado Brannon, el padre de Elena. Un recordatorio de que aunque Elena se había convertido en la reina de Adarlan, aún pertenecía a Terrasen. Como le ocurría a Celaena, no importaba adónde fuese Elena, no importaba cuán lejos, Terrasen siempre formaría parte de ella.

Celaena se quedó escuchando el aullido del viento. Dejó escapar un suspiro, negó con la cabeza y se dio media vuelta.

Tenía que encontrar el mal que moraba en el castillo…, pero lo único verdaderamente malo en el mundo era el hombre que lo dominaba.

En la otra punta del castillo, Kaltain Rompier aplaudió sin ganas cuando una compañía de acróbatas finalizaron sus volteretas. Por fin había acabado la función. No le apetecía ver a unos palurdos vestidos de llamativos colores dando saltos durante horas, pero a la reina Georgina le gustaba y la había invitado a sentarse junto al trono. Era un honor y se había organizado a través de Perrington.

Perrington la deseaba y ella lo sabía. Si lo presionaba, podía lograr fácilmente que él le ofreciese convertirla en su duquesa. Pero el título de duquesa no le bastaba…, y menos estando soltero Dorian. Le había dolido la cabeza durante la última semana y aquel día parecía latirle con las palabras: «No basta. No basta. No basta». Hasta en sus sueños se había filtrado el dolor y los había transformado en pesadillas tan vívidas que al despertar no podía ni recordar dónde estaba.

—Qué delicioso, majestad —dijo Kaltain mientras los acróbatas recogían sus cosas.

—Sí, ha sido emocionante, ¿verdad?

Los verdes ojos de la reina brillaron y le sonrió a Kaltain. Pero entonces Kaltain sintió un dolor agudo en la cabeza, tan fuerte que le hizo apretar los puños y esconderlos en los pliegues de su vestido naranja.

—Ojalá el príncipe Dorian hubiese podido verlos —repuso Kaltain—. Su alteza me dijo ayer lo mucho que le gustaba venir aquí —mintió como si nada, y de alguna manera hizo que el dolor de cabeza remitiese.

—¿Dorian dijo tal cosa? —preguntó la reina Georgina levantando una ceja color caoba.

—¿Os sorprende, majestad?

La reina se llevó una mano al pecho.

—Creía que mi hijo no soportaba estas cosas.

—Majestad —susurró la muchacha—, ¿juráis no decir una palabra?

—Una palabra ¿sobre qué? —respondió la reina en voz baja.

—El príncipe Dorian me contó una cosa.

—Y ¿qué os contó? —La reina le tocó un brazo a Kaltain.

—Me dijo que si no viene a menudo a estas celebraciones de la corte, es porque es bastante tímido.

La reina se apartó de ella mientras se desvanecía el brillo de sus ojos.

—Ah, me ha dicho eso un centenar de veces. Esperaba que me contaseis algo interesante, Lady Kaltain. Como por ejemplo si ha conocido a alguna muchacha que le guste.

Kaltain se puso colorada y la cabeza comenzó a latirle sin piedad. Deseó tener a mano su pipa, pero a aquella sesión en la corte aún le quedaban horas por delante y no hubiese sido decoroso marcharse antes que Georgina.

—He oído decir —dijo la reina entre dientes— que hay una joven, pero ¡nadie sabe quién es! O al menos, cuando oyen su nombre, no les resulta familiar. ¿Vos la conocéis?

—No, majestad.

Kaltain intentó que la frustración no asomase a su rostro.

—Qué pena. Confiaba en que vos lo supieseis. Sois una muchacha muy lista, Kaltain.

—Gracias, majestad. Sois muy amable.

—Tonterías. Lo que pasa es que tengo buen ojo para la gente; supe lo extraordinaria que erais en cuanto entrasteis en la corte. Solo vos sois adecuada para un hombre del valor de Perrington. ¡Qué pena que no conocieseis primero a mi Dorian!

«No basta. No basta», cantaba el dolor. Su momento había llegado.

—Aunque lo hubiese conocido antes —comentó Kaltain entre risas—, no habríais aprobado nuestra relación, majestad. Soy demasiado humilde para las atenciones de vuestro hijo.

—Vuestra belleza y riqueza lo compensan con creces.

—Gracias, majestad —a Kaltain se le aceleró el corazón.

Si la reina lo aprobaba… Kaltain apenas podía pensar mientras la reina se arrellanaba en su trono y daba dos palmadas. La música comenzó a sonar, pero ella no la oyó.

Perrington le había dado los zapatos. Había llegado el momento de salir a bailar.

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