Trono de cristal
Capítulo 30
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Capítulo 30

—No te estás concentrando.
—¡Claro que sí! —dijo Celaena entre dientes, tensando aún más la cuerda del arco.
—Pues adelante —contestó Chaol señalando un objetivo lejano en la pared, en el otro extremo del pasillo abandonado. Una distancia imposible para cualquiera…, menos para ella—. A ver si lo consigues.
Celaena puso los ojos en blanco y estiró la espalda ligeramente. La cuerda del arco tembló en su mano y la asesina levantó un poco la punta de la flecha.
—Vas a darle a la pared de la izquierda —dijo el capitán cruzándose de brazos.
—Voy a darle a vuestra cabeza si no os calláis —respondió ella, y giró la cabeza para mirarlo a los ojos. Chaol arqueó las cejas y Celaena, sin dejar de mirarlo, sonrió malévolamente y disparó la flecha a ciegas.
El zumbido de la flecha resonó por todo el pasillo de piedra antes de oírse el ruido sordo y leve del impacto. Pero ambos se quedaron mirándose el uno al otro. El capitán tenía unas ligeras ojeras… ¿Acaso no habría dormido en las tres semanas que habían pasado desde el asesinato de Xavier?
Desde luego, ella tampoco había dormido bien. Cualquier ruido la despertaba y Chaol aún no había descubierto quién podía estar matando a los campeones uno tras otro. El quién no importaba tanto como el cómo: ¿cómo los estaba seleccionando el asesino? No había ninguna pauta; cinco habían muerto asesinados y no había ninguna relación entre ellos aparte del hecho de que todos participaban en el torneo. Celaena no había podido ver ninguna otra escena del crimen para saber si allí también habían pintado marcas del Wyrd con sangre. La asesina dejó escapar un suspiro y echó los hombros hacia atrás.
—Cain sabe quién soy —susurró bajando el arco.
—¿Cómo? —repuso Chaol con el rostro inexpresivo.
—Se lo dijo Perrington. Y Cain me lo dijo a mí.
—¿Cuándo?
Celaena nunca lo había visto tan serio. Aquello la hizo ponerse tensa.
—Hace unos cuantos días —mintió. Habían pasado semanas desde su enfrentamiento—. Estaba en el jardín con Nehemia… y con mis guardias, no os preocupéis…, y se acercó a nosotras. Lo sabe todo sobre mí… y sabe que me contengo cuando estoy con los otros campeones.
—¿Te insinuó que los otros campeones también lo saben?
—No —contestó ella—. No lo creo. Nox no tiene ni idea.
Chaol puso una mano sobre la empuñadura de su espada.
—No pasa nada. Solo hemos perdido el elemento sorpresa, nada más. Aun así, vencerás a Cain en los duelos.
Celaena esbozó una sonrisa.
—¿Sabéis? Empezáis a hablar como si confiaseis en mí. Más os vale tener cuidado.
Chaol comenzó a decir algo, pero los pasos de alguien que corría se oyeron al doblar la esquina y se quedó callado. Dos guardias se detuvieron ante ellos y los saludaron. Chaol les dio unos segundos para recuperar el aliento.
—¿Sí? —preguntó.
Uno de los guardias, un hombre mayor con el pelo ralo, lo saludó por segunda vez.
—Capitán…, os necesitan.
Aunque sus rasgos no se alteraron, Chaol movió los hombros y levantó ligeramente la barbilla.
—¿Qué sucede? —preguntó un poco demasiado rápido como para parecer indiferente.
—Otro cadáver —replicó el guardia—. En los pasillos de los criados.
El segundo guardia, un hombre delgado y con aspecto delicado, estaba mortalmente pálido.
—¿Has visto el cadáver? —le preguntó Celaena. El guardia asintió con la cabeza—. ¿Está fresco?
Chaol la fulminó con la mirada.
—Creen que es de anoche… porque la sangre está medio seca —contestó el guardia.
Chaol tenía la mirada perdida. Estaba pensando…, planteándose qué hacer. Se puso recto.
—¿Quieres demostrar lo buena que eres? —le preguntó a Celaena.
La asesina puso los brazos en jarras.
—¿Creéis que necesito hacerlo?
Chaol les hizo una seña a los guardias para que encabezasen la marcha.
—Acompáñame —le dijo a Celaena por encima del hombro.
Esta, a pesar del cadáver, esbozó una sonrisa y echó a andar tras él.
Cuando ya se marchaban, Celaena miró la diana.
Chaol no se había equivocado. Había fallado el tiro por quince centímetros… a la izquierda.

Afortunadamente, alguien había creado algo parecido al orden antes de que llegasen. Aun así, Chaol tuvo que abrirse paso a través de una multitud de guardias y criados allí reunidos, con Celaena siguiéndolo de cerca. Cuando llegaron al lugar donde estaba el cadáver y lo vieron, las manos de Celaena cayeron flácidas a ambos lados de su cuerpo y Chaol maldijo con una violencia impresionante.
Ella no supo adónde mirar primero: si al cadáver, con la caja torácica abierta y el cerebro y la cara ausentes; si a las marcas de garras en el suelo; o si a las dos marcas del Wyrd dibujadas con tiza a ambos lados del cadáver. Se le heló la sangre. Ahora ya no había manera de negar la relación.
La gente siguió hablando mientras el capitán se acercaba al cadáver. Se giró en dirección a uno de los guardias que lo observaban.
—¿Quién es? —preguntó.
—Verin Ysslych —dijo Celaena antes de que el guardia pudiese contestar. Habría reconocido el pelo rizado de Verin en cualquier parte. El ladrón había estado a la cabeza de la competición desde el principio. Fuera lo que fuese lo que lo había matado…
—¿Qué clase de animal deja marcas como esas? —le preguntó a Chaol, pero no necesitaba oír su respuesta para saber que el capitán tenía tantas probabilidades como ella de acertar. Las marcas de garras eran profundas: al menos un cuarto de centímetro. Celaena se puso en cuclillas junto a una y pasó el dedo por el borde interior. Era irregular, pero el corte en el suelo de piedra era limpio. Frunció el ceño y examinó las otras marcas.
—En estas marcas de garras no hay sangre —dijo girando la cabeza para mirar a Chaol por encima del hombro. El capitán se arrodilló a su lado mientras ella las señalaba—. Están limpias.
—¿Qué significa eso?
Celaena frunció el ceño y un escalofrío le recorrió los brazos.
—La criatura que hizo esto se afiló las uñas antes de destriparlo.
—Y ¿por qué te parece importante?
Celaena se levantó y miró a ambos lados del pasillo. Luego volvió a agacharse.
—Significa que esa criatura tuvo tiempo de hacerlo antes de atacarlo.
—Pudo haberlo hecho mientras lo esperaba tumbada.
La muchacha negó con la cabeza.
—Las antorchas de la pared están prácticamente consumidas. No hay nada que indique que se apagaron antes del ataque. No hay ni rastro de agua con hollín. Si Verin murió anoche, esas antorchas seguían ardiendo cuando murió.
—¿Y?
—Fijaos en este pasillo. La puerta más cercana está a doce metros y el recodo más cercano está un poco más lejos. Si esas antorchas estaban encendidas…
—Verin lo habría visto mucho antes de llegar aquí.
—Y ¿por qué se acercó? —preguntó ella, más para sí misma que otra cosa—. Y ¿si no era un animal, sino una persona? Y ¿si esa persona hubiese incapacitado a Verin durante el tiempo suficiente para invocar a aquella criatura? —Celaena señaló las piernas de Verin—. Alrededor de los tobillos tiene unos cortes limpios. Le cortaron los tendones con un cuchillo para impedirle huir —se acercó al cadáver con cuidado de no tocar las marcas del Wyrd grabadas en el suelo. Levantó la mano rígida y fría de Verin—. Fijaos en sus uñas —tragó saliva—. Las puntas están agrietadas y rotas —utilizó su propia uña para sacar la suciedad de debajo de las uñas del muerto y la restregó por la palma de su mano—. ¿Lo veis? —Le enseñó la mano a Chaol—. Polvo y trocitos de piedra —apartó el brazo de Verin para ver las tenues rayas en el suelo de piedra—. Marcas de uñas. Intentó huir desesperadamente…, arrastrándose, si era necesario. Estaba vivo mientras esa criatura se afilaba las uñas en la piedra y su amo miraba.
—Y eso ¿qué significa?
Celaena le sonrió gravemente.
—Significa que estáis metido en un buen lío.
Y, mientras Chaol palidecía, Celaena se sobresaltó al darse cuenta de que quizás el asesino de campeones y la misteriosa fuerza malvada de Elena fuesen la misma cosa.

Sentada a la mesa del comedor, Celaena fue pasando las páginas del libro.
«Nada, nada, nada». Página tras página fue buscando cualquier pista de las dos marcas del Wyrd que habían dibujado junto al cadáver de Verin. Tenía que haber alguna relación.
Se detuvo al encontrar un mapa de Erilea. Los mapas siempre le habían interesado; había algo cautivador en el hecho de conocer la ubicación precisa de uno mismo en relación con otros en la tierra. Suavemente recorrió con un dedo el contorno de la costa este. Comenzó por el sur, en Banjali, la capital de Eyllwe, y fue subiendo, girando y serpenteando hasta Rifthold. Luego subió hasta Meah, y a continuación hacia el norte y el interior, hasta Orynth, para retroceder hasta el mar, a la costa de Sorian, y llegar por fin a la parte alta del continente y al mar del Norte, que se encontraba más allá.
Se quedó mirando el punto que señalaba Orynth, aquella ciudad de luz y aprendizaje, la perla de Erilea y capital de Terrasen. Su lugar de nacimiento. Celaena cerró el libro de golpe.
La asesina echó un vistazo a sus aposentos y soltó un largo suspiro. Cuando lograba dormir, sus sueños se llenaban de antiguas batallas, de espadas con ojos, de marcas del Wyrd que daban vueltas alrededor de su cabeza y la cegaban con sus intensos colores. Podía ver la brillante armadura de hadas y guerreros mortales, oír el ruido metálico de los escudos y los gruñidos de bestias salvajes y oler la sangre y los cadáveres en descomposición a su alrededor. La carnicería la perseguía hasta el momento del despertar. La Asesina de Adarlan se estremeció.
—Bien. Esperaba que siguieses despierta —dijo el príncipe heredero, y Celaena se levantó del asiento de un salto y vio que Dorian se acercaba a ella. Parecía cansado y despeinado.
La asesina abrió la boca y negó con la cabeza.
—¿Qué hacéis aquí? Es casi medianoche y mañana tengo una prueba.
No podía negar que su compañía resultaba un alivio: el asesino únicamente parecía atacar a los campeones cuando estaban solos.
—¿Has pasado de la literatura a la historia? —Dorian echó un vistazo a los libros que había sobre la mesa—. Breve historia moderna de Erilea —leyó—. Símbolos y poder. Cultura y costumbres de Eyllwe —arqueó una ceja.
—Leo lo que me place.
El príncipe se dejó caer en una silla junto a la de ella; su pierna rozaba las de Celaena.
—¿Hay alguna relación entre todos estos?
—No.
No era del todo una mentira…, aunque habría deseado encontrar en todos ellos algo sobre las marcas del Wyrd, o sobre su significado junto a un cadáver.
—Supongo que os habréis enterado de la muerte de Verin.
—Por supuesto —contestó él, y una expresión oscura se instaló en su atractiva cara.
Celaena era muy consciente de lo cerca que estaba la pierna de Dorian, pero no hizo nada por moverse.
—¿No os preocupa que la bestia salvaje de alguien haya asesinado brutalmente a tantos campeones?
Dorian se inclinó hacia ella y la miró a los ojos.
—Todos esos asesinatos se produjeron en pasillos oscuros y solitarios. A ti siempre te acompañan varios guardias… y tus aposentos están bien vigilados.
—No estoy preocupada por mí misma —dijo ella bruscamente, apartándose un poco. No era del todo cierto—. Solo creo que lo que está sucediendo da una mala imagen de vuestro estimado padre.
—¿Desde cuándo te preocupa a ti la reputación de mi «estimado» padre?
—Desde que me convertí en la campeona de su hijo. A lo mejor deberíais dedicar más recursos a resolver estos asesinatos, antes de que gane esta absurda competición solo porque sea la única que quede viva.
—¿Alguna exigencia más? —preguntó Dorian, que aún estaba lo bastante cerca para que los labios de Celaena rozasen los suyos si ella se atrevía a tal cosa.
—Ya os lo haré saber si se me ocurre.
Sus miradas se cruzaron y Celaena esbozó una leve sonrisa. ¿Qué clase de hombre era el príncipe heredero? Aunque no quería reconocerlo, le gustaba tener a alguien cerca, aunque fuese un Havilliard.
Apartó de sus pensamientos las marcas de garras y los cadáveres sin cerebro.
—¿Por qué estáis tan despeinado? ¿Es que Kaltain os ha estado arañando?
—¿Kaltain? Afortunadamente, no en los últimos tiempos. ¡Pero vaya día tan deprimente he tenido! Los cachorros son chuchos y… —se llevó las manos a la cabeza.
—¿Cachorros?
—Una de mis perras ha parido una camada de perros mestizos. Antes eran demasiado pequeños para saberlo, pero ahora… En fin, me esperaba animales de raza.
—¿Estamos hablando de perros o de mujeres?
—¿Qué prefieres? —Dorian sonrió con picardía.
—Oh, callaos —dijo Celaena entre dientes, y él se echó a reír.
—¿Se puede saber por qué estás tú tan despeinada? —Al príncipe se le cortó la risa—. Chaol me ha dicho que te llevó a ver el cadáver; espero que no fuese una experiencia demasiado terrible.
—En absoluto. Lo que pasa es que no he dormido bien.
—Yo tampoco —reconoció Dorian, y se estiró—. ¿Puedes tocar el pianoforte para mí?
Celaena dejó caer el pie hasta el suelo y se preguntó cómo podía haber cambiado de tema con tanta facilidad.
—Por supuesto que no.
—Tocabas de maravilla.
—De haber sabido que alguien me estaba espiando, no habría tocado.
—¿Por qué la experiencia de tocar es algo tan personal para ti? —preguntó Dorian reclinándose en la silla.
—No puedo escuchar ni tocar música sin… Da igual.
—No, di lo que ibas a decir.
—Nada interesante —contestó ella apilando los libros.
—¿Te trae recuerdos?
Celaena lo miró en busca de alguna muestra de burla.
—A veces.
—¿Recuerdos de tus padres? —Dorian estiró el brazo para ayudarla a apilar los libros restantes.
Celaena se puso en pie de repente.
—No me hagáis preguntas tan estúpidas.
—Lamento haberme entrometido.
Ella no contestó. La pregunta había abierto una rendija en la puerta mental que siempre tenía clausurada, y ahora estaba intentando cerrarla a toda costa. Al ver la cara de Dorian y al verlo tan cerca de ella… La puerta se cerró y Celaena echó la llave.
—Lo que pasa… —dijo él, totalmente ajeno a la batalla que acababa de librar Celaena—. Lo que pasa es que no sé nada de ti.
—Soy una asesina —contestó ella mientras se tranquilizaba—. No hace falta que sepáis nada más.
—Sí —dijo Dorian con un suspiro—. Pero ¿qué tiene de malo que quiera saber más? Por ejemplo, cómo te convertiste en asesina… y cómo era tu vida antes de eso.
—No es interesante.
—No lo encontraría aburrido.
Ella no contestó.
—Por favor. Una pregunta… y prometo que no será nada demasiado delicado.
Celaena torció el gesto y se quedó mirando la mesa. ¿Qué tenía de malo una pregunta? Podía elegir no responder.
—De acuerdo.
Dorian sonrió.
—Necesito un momento para pensar una buena —ella puso los ojos en blanco, pero se sentó. Pasados unos segundos, el príncipe preguntó—: ¿Por qué te gusta tanto la música?
Celaena hizo una mueca.
—¡Habéis dicho que nada delicado!
—¿Tanto me estoy entrometiendo? ¿Qué diferencia hay con preguntarte por qué te gusta leer?
—No, no. La pregunta está bien —dejó escapar un largo resoplido por la nariz y miró la mesa—. Me gusta la música —dijo lentamente— porque cuando la escucho me… me pierdo dentro de mí misma, no sé si eso tiene sentido. Me vacío y me lleno al mismo tiempo y siento que el mundo entero gira a mi alrededor. Cuando toco, no estoy…, para empezar, no estoy destruyendo, sino creando —se mordió el labio—. Antes quería ser curandera. Cuando era… mucho antes de que este se convirtiese en mi oficio, cuando era casi demasiado joven para acordarme, quería ser curandera —se encogió de hombros—. La música me recuerda esa sensación —se echó a reír entre dientes—. Nunca se lo he contado a nadie —reconoció, y entonces vio a Dorian sonreír—. No os burléis de mí.
El príncipe negó con la cabeza y la sonrisa se borró de sus labios.
—No me estoy burlando de ti. Simplemente no…
—¿No estáis acostumbrado a que la gente os hable con el corazón en la mano?
—Exacto.
Celaena esbozó una sonrisa.
—Ahora me toca a mí. ¿Hay alguna limitación?
—No —se puso las manos en la nuca—. No soy ni de lejos tan reservado como tú.
Celaena hizo una mueca al pensar en la pregunta.
—¿Por qué aún no estáis casado?
—¿Casado? ¡Tengo diecinueve años!
—Sí, pero sois el príncipe heredero.
Dorian se cruzó de brazos. Celaena intentó no fijarse en los músculos que se le marcaban por debajo de la camisa.
—Hazme otra pregunta.
—Quiero oír vuestra respuesta… Si tan vehementemente os resistís, debe de ser interesante.
Dorian miró por la ventana los copos de nieve que se arremolinaban al otro lado del cristal.
—No estoy casado —dijo en voz baja— porque no soporto la idea de casarme con una mujer inferior a mí en mente y espíritu. Eso supondría la muerte de mi alma.
—El matrimonio es un contrato legal…, no es algo sagrado. Siendo como sois el príncipe heredero, deberíais haber renunciado a esas ideas descabelladas. Y ¿si os ordenan casaros por el bien de una alianza? ¿Declararíais una guerra por culpa de vuestros ideales románticos?
—Las cosas no son así.
—¿Ah? ¿Vuestro padre no os ordenaría casaros con una princesa para así fortalecer su imperio?
—Mi padre ya tiene un ejército para eso.
—Podríais amar a alguna otra mujer aparte. El matrimonio no significa que no podáis amar a otras personas.
Sus ojos color azul zafiro brillaron.
—Uno se casa con la persona a la que ama… y con ninguna otra —dijo, y Celaena se echó a reír—. ¡Te estás burlando de mí! ¡Te estás riendo en mi cara!
—¡Os merecéis que se rían de vos por tener esas ideas tan estúpidas! Yo os he hablado con el corazón; vos solo habláis desde el egoísmo.
—Eres increíblemente sentenciosa.
—¿Qué sentido tiene tener un cerebro si no lo usas para hacer juicios?
—¿Qué sentido tiene tener un corazón si no lo usas para ahorrarles a los demás los duros juicios de tu cerebro?
—¡Bien dicho, alteza! —Dorian se quedó mirándola con resentimiento—. Vamos. No os he ofendido tanto.
—Has intentado echar por tierra mis sueños y mis ideales. Bastante tengo ya con mi madre. Estás siendo cruel conmigo.
—Estoy siendo práctica. Hay una diferencia. Y vos sois el príncipe heredero de Adarlan. Estáis en una posición desde la que tenéis la posibilidad de mejorar Erilea. Podríais contribuir a crear un mundo donde no fuese necesario el amor verdadero para asegurar un final feliz.
—Y ¿qué clase de mundo necesitaría crear para que eso sucediese?
—Un mundo en el que los seres humanos se gobernasen a sí mismos.
—Estás hablando de anarquía y de traición.
—No estoy hablando de anarquía. Llamadme traidora si queréis. Ya me han condenado por asesina.
Dorian se acercó a ella y sus dedos rozaron los de Celaena: estaban encallecidos, calientes y duros.
—No puedes resistirte a responder a todo lo que digo, ¿verdad?
La asesina se sintió inquieta…, pero al mismo tiempo estaba increíblemente inmóvil. A ojos del príncipe, algo cobró vida y volvió a dormirse.
—Tienes unos ojos muy curiosos —dijo—. Nunca había visto ningunos con un anillo dorado tan brillante.
—Si estáis intentando cortejarme con halagos, me temo que no va a funcionar.
—Simplemente estaba observando; no tengo nada en mente —se miró la mano, que aún estaba en contacto con la de la muchacha—.
¿De dónde habéis sacado ese anillo?
Ella cerró el puño y lo apartó de él. La amatista del anillo brilló a la luz del fuego.
—Fue un regalo.
—¿De quién?
—Eso no es de vuestra incumbencia.
Dorian se encogió de hombros, aunque Celaena sabía de sobra que no debía decirle quién se lo había regalado. Es más, sabía que Chaol no querría que Dorian lo supiese.
—Me gustaría saber quién ha estado regalándole anillos a mi campeona.
El modo en el que el cuello de la chaqueta negra de Dorian entraba en contacto con su cuello hacía que a Celaena le resultase imposible sentarse quieta. Quería tocarlo, repasar con el dedo la línea entre su piel morena y el forro dorado de la tela.
—¿Billar? —preguntó ella poniéndose en pie—. Me vendría bien otra clase.
Celaena no esperó su respuesta y echó a andar hacia la sala de juegos. Deseaba con todas sus fuerzas estar cerca de él y sentir el cálido aliento del príncipe en su piel. Le gustaba aquella sensación. Y lo que era peor, comprendió que le gustaba él.

Chaol observó a Perrington sentado a la mesa en el comedor. Cuando le contó al duque la muerte de Verin, Perrington no pareció preocupado. Chaol echó un vistazo por toda la sala, grande y oscura; de hecho, casi todos los patrocinadores de los campeones estaban haciendo lo de costumbre. Idiotas. Si Celaena estaba en lo cierto, el responsable de la muerte de los campeones podía estar entre ellos. Pero ¿cuál de los miembros del Consejo del rey podía estar tan desesperado por ganar para hacer tal cosa? Chaol estiró las piernas por debajo de la mesa y volvió a concentrarse en Perrington.
Había crecido a la sombra del duque, y había visto cómo este usaba su estatura y su título para ganar aliados en el Consejo del rey y evitar que sus rivales lo desafiasen. Pero esa noche no eran sus estratagemas lo que había llamado la atención del capitán de la guardia, sino los momentos entre las sonrisas y la risa, cuando el rostro del duque se ensombrecía. No era una expresión de ira ni de asco, sino una sombra que le nublaba los ojos. Resultaba tan extraño que, al verlo por primera vez, Chaol había decidido alargar la cena para ver si sucedía de nuevo.
Unos segundos después volvió a suceder. Los ojos de Perrington se oscurecieron y su rostro se aclaró, como si lo hubiese visto todo tal como era en realidad y no le hubiese alegrado ni divertido en modo alguno. Chaol se reclinó en la silla y le dio un sorbo a su copa de agua.
No sabía gran cosa del duque y nunca había confiado plenamente en él. Dorian tampoco, y menos después de lo que había dicho de usar a Nehemia como rehén para obligar a los rebeldes de Eyllwe a que colaborasen. Pero el duque era el consejero de mayor confianza del rey…, y no había dado razón alguna para desconfiar de él más allá de su firme creencia en el derecho de conquista de Adarlan.
Kaltain Rompier estaba sentada a unas sillas de allí. Chaol levantó las cejas ligeramente. La muchacha también estaba mirando a Perrington: no con el deseo de una amada, sino con una contemplación fría. Chaol volvió a estirarse y levantó los brazos por encima de la cabeza. ¿Dónde estaría Dorian? El príncipe no había acudido a cenar y tampoco estaba en las perreras con la perra y sus cachorros. Chaol volvió a mirar al duque. Allí estaba de nuevo… ¡durante un instante!
La mirada de Perrington se posó sobre el anillo negro que llevaba en la mano izquierda y se oscureció, como si sus pupilas se hubiesen dilatado para abarcar la totalidad de cada ojo. Luego desapareció… y sus ojos volvieron a la normalidad. Chaol miró a Kaltain. ¿Se habría percatado ella de aquel extraño cambio?
No. Su cara había permanecido impasible. No se había reflejado en ella extrañamiento ni sorpresa algunos. La mirada de la muchacha se volvió superficial, como si estuviese más interesada en cómo podría hacer juego la chaqueta del duque con su vestido. Chaol se estiró y se levantó y se acabó de comer su manzana mientras salía del comedor dando grandes zancadas. Por curioso que pudiese parecer, ya tenía bastantes preocupaciones. El duque era ambicioso, pero desde luego no suponía una amenaza para el castillo ni sus habitantes. Sin embargo, mientras se dirigía a sus aposentos, el capitán de la guardia no pudo evitar la sensación de que el duque Perrington también había estado observándolo a él.