Trono de cristal
Capítulo 31
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Capítulo 31

Había alguien de pie a los pies de su cama.
Celaena se dio cuenta mucho antes de abrir los ojos, así que metió la mano por debajo de la almohada y sacó el cuchillo que se había fabricado con alfileres para el pelo, cordel y jabón.
—No será necesario —dijo una mujer, y Celaena se incorporó en la cama al oír el sonido de la voz de Elena—. Y sería completamente inútil.
Se le heló la sangre al ver el brillante espectro de la primera reina de Adarlan. Aunque Elena parecía sólida, los bordes de su cuerpo relucían como si estuviese hecha de luz de estrellas. Su pelo, largo y plateado, le caía a los lados de su hermosa cara, y sonrió cuando Celaena soltó su lamentable cuchillo.
—Hola, niña —añadió la reina.
—¿Qué queréis? —preguntó Celaena, pero sin levantar la voz. ¿Estaba soñando, o podrían oírla los guardias? Puso las piernas en tensión, preparada para saltar de la cama…, quizás hacia el balcón, ya que Elena se interponía entre ella y la puerta.
—Simplemente recordarte que debes ganar esta competición.
—Eso tengo pensado —¿la había despertado para eso?—. Y no es por vos —añadió fríamente—. Lo hago para recuperar mi libertad. ¿Tenéis algo útil que decir o solo habéis venido a molestarme? O quizá podríais contarme algo más sobre el mal que está dando caza a los campeones uno tras otro.
Elena suspiró y levantó la vista hacia el techo.
—Sé tan poco como tú —como Celaena no dejaba de fruncir el ceño, Elena añadió—: Aún no confías en mí. Lo comprendo. Pero tú y yo estamos en el mismo bando, lo creas o no —bajó la vista para mirar a la asesina y la inmovilizó con la intensidad de su mirada—. He venido para advertirte que no quites ojo a tu derecha.
—¿Cómo? —Celaena ladeó la cabeza—. Y eso ¿qué significa?
—Mira a tu derecha. Allí encontrarás las respuestas.
Celaena miró a su derecha, pero solo vio el tapiz que ocultaba la tumba. Abrió la boca para contestar, pero cuando volvió a mirar a Elena, la reina había desaparecido.

En la prueba del día siguiente, Celaena examinó todas las copas que había en la mesita que tenía delante. Habían pasado más de dos semanas desde Samhuinn, y aunque había superado una prueba más —de lanzamiento de cuchillos, afortunadamente para ella—, dos días antes habían encontrado muerto a otro campeón. Decir que en los últimos tiempos estaba durmiendo poco era quedarse muy corto. Cuando no estaba buscando pistas para descifrar las marcas del Wyrd que había alrededor de los cadáveres, se pasaba casi toda la noche en vela, observando sus puertas y ventanas, escuchando con atención por si oía un ruido de garras arañando la piedra. Los guardias reales que había apostados junto a las puertas de sus aposentos no servían de nada. Si aquella bestia era capaz de arañar el mármol, estaba claro que podía destrozar a unos cuantos hombres.
Brullo estaba de pie en la parte delantera de la sala de entrenamiento con las manos a la espalda, observando a los doce competidores restantes, que esperaban ante doce mesas. Echó un vistazo al reloj. Celaena también lo miró. Le quedaban cinco minutos…, cinco minutos durante los cuales no solo tenía que identificar los venenos que había en las siete copas, sino colocarlos en orden: del más inocuo al más letal.
Pero la verdadera prueba llegaría pasados los cinco minutos, cuando tuvieran que beber de la copa que hubieran juzgado más inocua. Si elegían mal…, aun con los antídotos a mano, no sería una experiencia agradable. Celaena estiró el cuello y se llevó una de las copas a la nariz para olerla. Dulce…, demasiado dulce. Movió el vino de postre que habían usado para disimular la dulzura, pero en la copa de bronce era difícil ver el color. Metió el dedo en la copa y estudió el líquido morado que le goteaba de la uña. Estaba claro: era belladona.
Miró las otras copas que había identificado. Cicuta. Sanguinaria. Acónito. Adelfa. Puso las copas en orden y colocó la belladona justo antes de la copa que contenía una letal dosis de adelfa. Quedaban tres minutos.
Celaena cogió la penúltima copa y la olisqueó. Y volvió a olerla. Su olor no se parecía a ninguna otra cosa.
Apartó la cara de la mesa y olfateó el aire con la esperanza de despejar sus orificios nasales. Al probarse perfumes, la gente solía perder el sentido del olfato después de oler demasiados. Por eso los perfumistas solían tener algo a mano para ayudar a limpiar el aroma de la nariz. Volvió a oler la copa y metió el dedo. Olía a agua y parecía agua…
Quizá fuese simplemente agua. Dejó esa copa y cogió la última. Al olerla, el vino de dentro no tenía ningún olor inusitado. Todo parecía en orden. Se mordió el labio y miró el reloj. Quedaban dos minutos.
Algunos de los otros campeones estaban maldiciendo entre dientes. Aquel que estuviese más equivocado en el orden tendría que hacer las maletas.
Celaena volvió a oler la copa de agua y repasó mentalmente una lista de venenos inodoros. Ninguno podía combinarse con el agua sin teñirla. Cogió la copa de vino y agitó el líquido. El vino podía disimular unos cuantos venenos avanzados…, pero ¿de cuál se trataba?
En la mesa de su izquierda, Nox se pasó la mano por el pelo moreno. Tenía tres copas delante y las otras cuatro estaban alineadas detrás. Quedaban noventa segundos.
Venenos, venenos, venenos. A Celaena se le secó la boca. Si perdía, ¿la atormentaría Elena por puro rencor?
Miró a su derecha y vio a Pelor, el joven asesino desgarbado, que a su vez estaba mirándola a ella. Le faltaban por ordenar las mismas dos copas. Celaena lo vio colocar la copa de agua en el último lugar —el más venenoso— y la copa de vino en el otro extremo.
Pelor la miró y agachó la barbilla en un gesto afirmativo apenas perceptible. Se metió las manos en los bolsillos. Había terminado. Celaena miró hacia sus propias copas antes de que Brullo pudiese pillarla mirando a donde no debía.
Venenos. Eso era lo que había dicho Pelor durante la primera prueba. Estaba versado en venenos.
Lo miró de soslayo. Estaba de pie a su derecha.
«Mira a tu derecha. Allí encontrarás las respuestas».
La recorrió un escalofrío. Elena le había dicho la verdad.
Pelor se quedó mirando el reloj, viendo cómo se consumían los últimos segundos de la prueba. Pero ¿por qué querría ayudarla?
Colocó la copa de agua en último lugar y la copa de vino en el primero.
Porque aparte de a ella, el campeón al que más le gustaba atormentar a Cain era Pelor. Y porque cuando había estado en Endovier, los aliados que había hecho no habían sido los mimados por los capataces, sino aquellos a quienes los capataces más odiaban. Los menos favoritos cuidaban los unos de los otros. Ninguno de los otros campeones se había molestado en prestar atención a Pelor. Hasta Brullo, aparentemente, había olvidado las palabras que había pronunciado Pelor el primer día. De haberlo sabido, nunca les habría permitido hacer la prueba en público.
—Se acabó el tiempo. Poned las copas en orden —dijo Brullo, y Celaena se quedó mirando su fila de copas durante unos segundos más. Desde un extremo de la sala, Dorian y Chaol la miraban cruzados de brazos. ¿Habrían reparado en la ayuda de Pelor?
Nox maldijo sonoramente y colocó las copas restantes de cualquier manera. Muchos de los otros competidores hicieron lo mismo. Los antídotos estaban a mano por si alguien cometía un error, y a medida que Brullo se paseaba por delante de las mesas y conminaba a los campeones a beber, se los entregaba con frecuencia. La mayoría había supuesto que el vino insípido era una trampa y lo habían colocado hacia el final de la selección. Hasta Nox acabó tomándose un frasco de antídoto, ya que había colocado la sanguinaria en primer lugar.
Y a Cain, para deleite de Celaena, acabó poniéndosele la cara morada después de probar la belladona. Mientras se tragaba el antídoto, la asesina deseó que a Brullo se le hubiese acabado. Hasta el momento, nadie había ganado la prueba. Un campeón se bebió el agua y cayó al suelo antes de que Brullo pudiese darle el antídoto. Acónito sanguino…, un veneno horrible y doloroso. Aunque solo se consumiese un poco podía provocar intensas alucinaciones y desorientación. Por suerte, el maestro de armas lo obligó a tragarse el antídoto, aunque tuvieron que trasladar al campeón de emergencia a la enfermería del castillo.
Finalmente, Brullo se paró ante su mesa para inspeccionar el orden de las copas.
—Adelante —dijo con el rostro impasible.
Celaena miró a Pelor, cuyos ojos color avellana brillaron cuando ella se llevó la copa de vino a los labios y bebió un trago.
Nada. Ningún sabor extraño ni ninguna sensación inmediata. Algunos venenos tardaban más en hacer efecto, pero…
Brullo le acercó la mano cerrada en un puño y a ella le dio un vuelco el estómago. ¿Estaría dentro el antídoto?
Pero sus dedos se abrieron y se limitó a darle una palmada en la espalda.
—Era la correcta: no es más que vino —dijo, y los otros campeones murmuraron por detrás de él.
Brullo avanzó hasta la mesa de Pelor —el último campeón— y el joven bebió de la copa de vino. Brullo le sonrió y lo agarró del hombro.
—Otro ganador.
Los patrocinadores y los entrenadores comenzaron a aplaudir y Celaena lanzó una sonrisa agradecida al joven asesino. Este le devolvió la sonrisa y se puso colorado desde el cuello hasta el pelo cobrizo.
Celaena había hecho trampa, pero había ganado. Podía soportar compartir la victoria con un aliado. Y sí, Elena estaba cuidando de ella…, pero eso no cambiaba nada. Aunque su camino y las exigencias de Elena estuviesen unidos, no pensaba convertirse en la campeona del rey solo para servir a los planes de un fantasma…, unos planes que Elena había evitado revelarle en dos ocasiones.
Aunque le hubiese dicho lo que debía hacer para ganar la prueba.