Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 32

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Capítulo 32

Después de acortar la clase para dar un paseo, Celaena y Nehemia se pusieron a recorrer los espaciosos corredores del castillo seguidas por un grupo de guardias. Pensara lo que pensase del tropel de guardias que seguían a Celaena a todas partes, Nehemia no decía nada. A pesar de que faltaba un mes para Yulemas —y el duelo final tendría lugar cinco días después de esa fecha—, todas las tardes, durante una hora antes de cenar, Celaena y la princesa dividían su tiempo a partes iguales entre el eyllwe y la lengua común. Celaena hacía que Nehemia leyese de sus libros de la biblioteca y luego la obligaba a copiar una letra tras otra hasta que las hacía perfectas.

Desde que habían empezado las clases, la princesa había cogido mucha soltura en el idioma común, aunque las muchachas seguían hablando en eyllwe. Quizá fuese por comodidad, quizá para ver cómo arqueaban todos las cejas y se quedaban boquiabiertos al oírlas, quizá para mantener sus conversaciones en privado. Independientemente del motivo, la asesina prefería ese idioma. Al menos había aprendido algo en Endovier.

—Hoy estáis muy callada —dijo Nehemia—. ¿Pasa algo?

Celaena sonrió con timidez. Claro que pasaba algo. Había dormido muy mal la noche anterior, hasta el punto de desear fervientemente que amaneciese. Había muerto otro campeón. Eso por no hablar de las órdenes de Elena.

—Me quedé leyendo hasta tarde, nada más.

Entraron en una parte del castillo que Celaena no había visto nunca.

—Detecto mucha preocupación en vos —dijo Nehemia de pronto—, y oigo muchas cosas que no decís. Nunca expresáis vuestros problemas, aunque vuestros ojos os traicionan.

¿Tan transparente era?

—Somos amigas —susurró Nehemia—. Cuando me necesitéis, aquí estaré.

A Celaena se le hizo un nudo en la garganta y puso una mano sobre el hombro de Nehemia.

—Hace mucho tiempo que nadie me llama amiga —dijo la asesina—. Yo… —una negrura impenetrable se coló en un rincón de su memoria y ella intentó hacerle frente—. Hay partes de mí que… —entonces oyó el sonido que la atormentaba en sueños. El ruido atronador de cascos. Celaena negó con la cabeza y el sonido cesó—. Gracias, Nehemia —añadió con sinceridad—. Sois una amiga de verdad.

Tenía el corazón en carne viva y tembloroso, y la oscuridad se desvaneció.

—La reina me ha pedido que vea a una compañía de actores interpretar una de sus obras favoritas esta noche —se quejó Nehemia de pronto—. ¿Haréis el favor de acompañarme? Me vendría bien una traductora.

Celaena frunció el ceño.

—Me temo que…

—No podéis ir.

La voz de Nehemia estaba teñida de irritación, y Celaena se disculpó con la mirada.

—Hay ciertas cosas que… —comenzó a decir Celaena, pero la princesa negó con la cabeza.

—Todos tenemos nuestros secretos…, aunque me intriga saber por qué os vigila tan de cerca el capitán y os encierra en vuestros aposentos por la noche. Si fuese una necia, diría que os tienen miedo.

La asesina sonrió.

—Los hombres siempre se comportan como unos tontos con ciertas cosas —pensó en lo que había dicho la princesa y se le hizo un nudo en el estómago de pura preocupación—. Entonces, ¿os lleváis bien con la reina de Adarlan? Al principio… no hicisteis ningún esfuerzo en ese sentido.

La princesa asintió con la cabeza y levantó la barbilla.

—Ya sabéis que la situación entre nuestros países no es nada agradable en estos momentos. Aunque fui un poco fría con Georgina al principio, comprendí que si me esforzaba, podría beneficiar a Eyllwe. Por eso llevo varias semanas hablando con ella, con la esperanza de que se dé cuenta de cómo podríamos mejorar nuestras relaciones. Creo que el hecho de que me haya invitado esta noche es una señal de que podría estar avanzando algo.

Celaena comprendió que, a través de Georgina, Nehemia también podría hacerse oír por el mismísimo rey de Adarlan.

Celaena se mordió el labio, pero sonrió rápidamente.

—Estoy segura de que vuestros padres estarán complacidos —doblaron por un pasillo y el ladrido de los perros lo invadió todo—. ¿Dónde estamos?

—En las perreras —dijo Nehemia, y sonrió de oreja a oreja—. Ayer el príncipe me enseñó los cachorros…, aunque creo que solo estaba buscando una excusa para escaparse un rato de los compromisos sociales de su madre.

Bastante malo era ya que pasearan juntas sin Chaol, pero entrar en las perreras…

—¿Tenemos permiso para estar aquí?

Nehemia se puso recta.

—Soy la princesa de Eyllwe —dijo—. Puedo ir a donde quiera.

Celaena siguió a la princesa a través de una enorme puerta de madera. Arrugó la nariz ante el repentino olor y pasó junto a jaulas y compartimentos llenos de perros de muchas razas diferentes.

Algunos eran tan grandes que le llegaban por la cadera, mientras que otros tenían las patas de la longitud de su mano, con cuerpos tan largos como su brazo. Las razas eran todas fascinantes y bonitas, pero los elegantes perros de caza la dejaron asombrada. Su parte inferior arqueada y sus patas largas y esbeltas estaban llenas de gracia y velocidad; no ladraban igual que los otros perros, sino que se quedaban sentados absolutamente inmóviles y la miraban con sus oscuros y sabios ojos.

—¿Todos estos son perros de caza? —preguntó Celaena, pero Nehemia había desaparecido.

Oyó su voz, y la voz de otra persona más, y luego vio una mano que se extendía desde dentro de un compartimento y que la llamaba. La asesina avanzó apresuradamente hasta allí y miró hacia abajo por encima de la puerta.

Dorian Havilliard le sonrió mientras Nehemia tomaba asiento.

—¡Vaya! Hola, Lady Lillian —susurró, y apartó a un cachorro marrón y dorado—. No esperaba veros aquí. Aunque teniendo en cuenta la pasión de Nehemia por la caza, no puedo decir que me sorprenda que por fin os haya arrastrado.

Celaena se quedó mirando a los cuatro perros.

—¿Estos son los chuchos?

Dorian cogió uno y le acarició la cabeza.

—Una pena, ¿verdad? Pero no puedo resistirme a su encanto.

Cuidadosamente, mientras observaba a Nehemia reírse porque dos perros le habían saltado encima y la habían sepultado bajo sus lenguas y sus colas en movimiento, la asesina abrió la puerta del compartimento y se deslizó dentro.

Nehemia señaló a un rincón.

—Ese perro ¿está enfermo? —preguntó.

Había un quinto cachorro, un poco más grande que los demás, y su pelo era sedoso al tacto y de un color dorado plateado que brillaba en las sombras. Abrió sus ojos negros como si supiese que estaban hablando de él y los miró. Era un animal precioso y si Celaena no lo hubiese sabido, habría pensado que era de raza.

—No está enfermo —dijo Dorian—. Lo que pasa es que no es muy sociable. No se acerca a nadie, ni humano ni canino.

—No me extraña —contestó Celaena pasando por encima de las piernas del príncipe heredero para acercarse al quinto cachorro—. ¿Por qué iba a tocar a alguien como vos?

—Si no se relaciona con los humanos, habrá que matarlo —dijo Dorian con brusquedad, y un chispazo recorrió el cuerpo de Celaena.

—¿Matarlo? ¿Matarlo? ¿Por qué motivo? ¿Qué os ha hecho?

—No será una mascota adecuada, que es justo en lo que van a convertirse todos estos perros.

—¿Lo mataríais por su temperamento? ¡No puede evitar ser como es! —Celaena miró a su alrededor—. ¿Dónde está su madre? Quizá la necesite.

—Su madre solo los ve para amamantarlos y durante unas cuantas horas de socialización. Normalmente crío estos perros para correr y cazar…, no para abrazarlos.

—¡Me parece una crueldad apartarlo de su madre! —La asesina estiró los brazos, sacó al cachorro de entre las sombras para cogerlo y lo abrazó contra su pecho—. No dejaré que le hagáis daño.

—Si su comportamiento es extraño —añadió Nehemia—, podría ser una carga.

—Una carga ¿para quién?

—No hay que preocuparse —dijo Dorian—. Todos los días se entierra indoloramente a muchos perros. No veo por qué vos tenéis que oponeros a eso.

—¡Pues a este no lo matéis! —exclamó ella—. Dejad que me lo quede…, aunque solo sea para que no lo matéis.

Dorian se quedó mirándola.

—Si tanto os molesta, no ordenaré que lo maten. Le buscaré una casa e incluso pediré vuestra aprobación antes de tomar una decisión definitiva.

—¿De verdad haríais eso?

—¿Qué me importa la vida del perro? Si así os place, así sucederá.

A Celaena le ardió la cara cuando él se levantó y se quedó de pie muy cerca de ella.

—¿Me… me lo prometéis?

Él se llevó una mano al corazón.

—Juro por mi corona que el cachorro vivirá.

Celaena se dio cuenta de repente de que estaban a punto de tocarse.

—Gracias.

Nehemia los miró desde el suelo con las cejas arqueadas hasta que uno de sus guardias personales apareció al otro lado de la puerta.

—Ya es hora de irse, princesa —dijo en eyllwe—. Tenéis que vestiros para vuestra velada con la reina.

La princesa apartó a los cachorros, que no paraban de dar saltos, y se puso en pie.

—¿Queréis acompañarme paseando? —le preguntó Nehemia a Celaena en el idioma común.

Celaena asintió con la cabeza y abrió la puerta. A continuación la cerró y miró al príncipe heredero.

—Y ¿bien? ¿Es que no venís con nosotras?

Dorian se dejó caer en la perrera y los cachorros saltaron inmediatamente sobre él.

—Quizás os vea más tarde esta noche.

—Si tenéis suerte —susurró Celaena, y se alejó. Sonrió para sí mientras caminaban a buen paso por el castillo.

Finalmente, Nehemia la miró.

—¿Os gusta?

Celaena puso mala cara.

—Por supuesto que no. ¿Por qué habría de gustarme?

—Conversáis afablemente. Parece que tengáis… una conexión.

—¿Una conexión? —Celaena se atragantó con la palabra—. Solo disfruto provocándolo.

—No sería un crimen que lo consideraseis atractivo. Reconozco que lo juzgué mal; lo tenía por un idiota pomposo y egoísta, pero no es tan malo.

—Es un Havilliard.

—Mi madre era hija de un jefe que intentaba derrocar a mi abuelo.

—Estamos tontas. No es nada.

—Parece que le interesáis mucho.

Celaena volvió la cabeza con los ojos llenos de una furia que había olvidado hacía tiempo y que hacía que se le revolviese el estómago.

—Preferiría arrancarme el corazón a amar a un Havilliard —gruñó.

Continuaron su paseo en silencio y, cuando se separaron, Celaena le deseó rápidamente a Nehemia una velada placentera antes de encaminarse dando grandes zancadas a su parte del castillo.

Los pocos guardias que la seguían se mantenían a una distancia respetuosa…, una distancia que cada día se hacía mayor. ¿Seguían acaso órdenes de Chaol? Acababa de anochecer y el cielo conservaba un tono azul oscuro que teñía la nieve que se amontonaba sobre los cristales de las ventanas. Podría salir del castillo fácilmente, a pie, aprovisionarse en Rifthold y estar a bordo de un barco en dirección al sur a la mañana siguiente.

Celaena se detuvo ante una ventana y se inclinó hacia delante para acercarse al cristal. Los guardias también se quedaron parados y no dijeron nada mientras esperaban. El frío de la noche se coló a través del cristal y la besó en la cara. ¿Esperarían de ella que fuese al sur? Quizá lo más inesperado sería dirigirse al norte; nadie iba al norte en invierno a menos que desease morir.

Algo se movió en el reflejo de la ventana y Celaena se volvió al ver al hombre que estaba de pie detrás de ella.

Pero Cain no le sonrió de la manera burlona en la que lo hacía habitualmente, sino que se limitó a jadear abriendo y cerrando la boca como un pez al que hubiesen arrancado del agua. Tenía los ojos oscuros como platos y llevaba una mano alrededor de su enorme cuello. A Celaena la embargó la esperanza de que se estuviese ahogando.

—¿Pasa algo? —preguntó con dulzura, apoyándose contra la pared.

Él miró de un lado a otro, a los guardias, a la ventana…, antes de que su mirada se cruzase con la de la asesina. Se agarró el cuello con más fuerza, como para acallar las palabras que pugnaban por salir, y el anillo negro de su dedo brilló débilmente. A pesar de que debería haber sido imposible, parecía que había ganado media arroba de músculo en los últimos días. De hecho, cada vez que lo veía, Cain le parecía más grande que antes.

Celaena frunció el ceño y descruzó los brazos.

—Cain —dijo, pero él salió corriendo por el pasillo como una liebre, más rápido de lo que cualquiera hubiese dicho que podía correr. Miró varias veces por encima del hombro…, pero no a ella, ni a los confusos guardias que no paraban de murmurar, sino a algo que estaba más allá.

Celaena esperó a que cesase el sonido de sus huidizos pasos y volvió apresuradamente a sus aposentos. Les envió sendos mensajes a Nox y a Pelor en los que, sin explicarles sus razones, les decía que se quedasen en sus dependencias esa noche y no le abriesen la puerta a nadie.

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