Trono de cristal
Capítulo 33
Página 36 de 60
Capítulo 33

Kaltain se pellizcó las mejillas al salir del vestidor. Sus criadas le echaron perfume y la joven bebió agua con azúcar antes de apoyar la mano en la puerta. Estaba fumando una pipa cuando habían anunciado al duque Perrington. Se había metido en el vestidor y se había cambiado de ropa con la esperanza de librarse del olor. Si el duque averiguaba lo del opio, ella podía echarles la culpa a los terribles dolores de cabeza que había tenido últimamente. Kaltain cruzó el dormitorio para entrar en el vestíbulo y acto seguido en el salón.
El duque parecía listo para la batalla, como siempre.
—Excelencia —dijo Kaltain haciendo una reverencia.
El mundo se le antojaba nebuloso y le pesaba el cuerpo. El duque le besó la mano cuando ella se la ofreció y sintió sus labios mojados contra la piel. Sus miradas se cruzaron cuando él levantó la vista de la mano y una parte del mundo se desvaneció. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar la joven para asegurarse un puesto al lado de Dorian?
—Espero no haberos molestado —dijo el duque soltándole la mano.
De pronto aparecieron las paredes de la sala, y luego el suelo y el techo, y Kaltain tuvo la clara sensación de que estaba atrapada en una caja, una jaula encantadora llena de tapices y cojines.
—Tan solo estaba dormitando, Milord —contestó ella sentándose. El duque olfateó el aire; Kaltain se habría sentido inmensamente nerviosa de no haber sido por la droga, que le envolvía el cerebro—. ¿A qué debo el placer de esta visita inesperada?
—Deseaba interesarme por vos. No os he visto en la cena.
Perrington se cruzó de brazos…, unos brazos que parecían capaces de aplastarle el cráneo.
—Estaba indispuesta.
La muchacha resistió el impulso de apoyar la cabeza, que sentía demasiado pesada, en el sofá.
El noble le dijo algo, pero ella comprendió que sus oídos habían dejado de oír. La piel del duque pareció endurecerse y vidriarse, y sus ojos se convirtieron en unas implacables esferas de mármol. Hasta su pelo ralo estaba congelado en piedra. La muchacha se quedó boquiabierta al ver que la blanca boca de Perrington seguía moviéndose y dejaba ver una garganta de mármol tallado.
—Lo siento —dijo Kaltain—. No me encuentro bien.
—¿Os traigo agua? —preguntó el duque poniéndose en pie—. ¿O preferís que me vaya?
—¡No! —repuso ella, casi gritando. El corazón le dio un vuelco—. Lo que quiero decir es que… estoy lo bastante bien para disfrutar de vuestra compañía, pero debéis disculpar mi despiste.
—Yo no os llamaría despistada, Lady Kaltain —dijo él sentándose de nuevo—. Sois una de las mujeres más inteligentes que conozco. Su alteza me dijo eso mismo ayer.
A Kaltain le crujió la columna al estirarse. Vio la cara de Dorian y la corona que descansaba sobre su cabeza.
—¿El príncipe dijo eso… de mí?
El duque le puso una mano sobre la rodilla y la acarició con el pulgar.
—Por supuesto, luego lo interrumpió Lady Lillian antes de que pudiese decir nada más.
Kaltain volvió la cabeza.
—Y ¿qué hacía ella con él?
—No lo sé. Ojalá hubiese sucedido de otro modo.
Debía hacer algo para poner fin a aquella situación. La muchacha actuaba rápido…, demasiado rápido para sus estratagemas. Lillian había hecho caer al príncipe heredero en su trampa y ahora Kaltain debía liberarlo. Perrington podía hacerlo. Él podía hacer que Lillian desapareciese y no la encontrasen jamás. No… Lillian era una dama, y un hombre tan honorable como Perrington jamás le haría daño a alguien de noble cuna. ¿O sí? Unos esqueletos se pusieron a bailar dando vueltas alrededor de su cabeza. Pero ¿qué pasaría si el duque pensase que Lillian no era una dama…? Su dolor de cabeza cobró vida con un repentino estallido que la dejó sin aliento.
—Yo tuve la misma reacción —dijo ella frotándose la sien—. Cuesta creer que alguien con tan mala fama como Lady Lillian haya conquistado al príncipe —quizá los dolores de cabeza cesaran cuando lograse estar al lado de Dorian—. Tal vez estaría bien que alguien hablase con su alteza.
—¿Mala fama?
—Alguien me dijo que su pasado no es tan… puro como debería ser.
—¿Qué habéis oído? —preguntó Perrington.
Kaltain se puso a juguetear con una joya que colgaba de su pulsera.
—No me dieron detalles, pero algunos de los nobles no la consideran una compañía digna para nadie de esta corte. Me gustaría saber más cosas sobre Lady Lillian. ¿A vos no? Como súbditos leales de la corona, nuestra obligación es proteger a nuestro príncipe de tales fuerzas.
—Y tanto que sí —contestó el duque en voz baja.
Algo salvaje y extraño gritó en su interior, destrozó el dolor que le atenazaba la cabeza, y los pensamientos de adormideras y jaulas se desvanecieron.
Tenía que hacer lo que fuera necesario para salvar la corona… y su futuro.

Celaena levantó la vista de un antiguo libro de teorías sobre las marcas del Wyrd en cuanto oyó que la puerta se abría con un crujido y las bisagras gritaban lo bastante alto para despertar a los muertos. El corazón le dio un vuelco e intentó aparentar indiferencia. Pero no fue Dorian Havilliard quien entró, ni tampoco una criatura feroz.
La puerta se abrió del todo y Nehemia, ataviada con una maravilla de vestido bordado en oro, apareció ante ella. No miró a Celaena, ni tampoco se movió, sino que se quedó plantada en el umbral. Tenía la mirada fija en el suelo y por las mejillas le caían lagrimones de kohl.
—¿Nehemia? —preguntó Celaena levantándose—. ¿Qué ha pasado con la obra de teatro?
Nehemia levantó los hombros solo para dejarlos caer de nuevo. Lentamente, levantó la vista y mostró sus ojos enrojecidos.
—No… no sabía adónde ir —dijo en eyllwe.
A Celaena le costaba respirar.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Entonces Celaena reparó en el trozo de papel que Nehemia llevaba en las temblorosas manos.
—Los han masacrado —susurró Nehemia con los ojos como platos. Negó con la cabeza, como si estuviese negando sus propias palabras.
Celaena se quedó inmóvil.
—¿A quiénes?
Nehemia dejó escapar un sollozo ahogado y una parte de Celaena se vino abajo al intuir todo el dolor que encerraba aquel sonido.
—Una legión del ejército de Adarlan capturó a quinientos rebeldes de Eyllwe que estaban escondidos en la linde del bosque de Oakwald con los Pantanos de Piedra —las lágrimas resbalaron de las mejillas de Nehemia y cayeron en su vestido blanco. Arrugó el trozo de papel que llevaba en la mano—. Mi padre dice que iban a enviarlos a Calaculla como prisioneros de guerra, pero que algunos de los rebeldes intentaron escapar durante el viaje y… —Nehemia respiró hondo para intentar pronunciar aquellas palabras—. Y los soldados los mataron a todos como castigo, incluidos los niños.
A Celaena se le revolvió el estómago. Quinientas personas… masacradas.
La asesina reparó en los guardias personales de Nehemia, plantados en el umbral; tenían los ojos brillantes. ¿Cuántos de los rebeldes habrían sido conocidos suyos… a los que Nehemia habría ayudado y protegido?
—¿De qué sirve ser princesa de Eyllwe si no puedo ayudar a mi pueblo? —dijo Nehemia—. ¿Cómo puedo considerarme su princesa cuando pasan estas cosas?
—Lo siento mucho —susurró Celaena.
Como si esas palabras hubiesen roto el hechizo que había mantenido inmóvil a la princesa, Nehemia se echó en los brazos de la asesina. Sus joyas de oro se le clavaron en la piel. Nehemia no podía parar de llorar. Incapaz de decir nada, Celaena se limitó a abrazarla… todo el tiempo que fue necesario para aliviar su dolor.