Trono de cristal
Capítulo 34
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Capítulo 34

Celaena estaba sentada junto a una ventana de su habitación viendo el baile de los copos de nieve en el aire nocturno. Hacía un buen rato que Nehemia había regresado a sus propios aposentos con las lágrimas secas y la cabeza bien alta. El reloj dio las once y Celaena se estiró, pero se quedó quieta en cuanto el dolor le atenazó el vientre. Se inclinó hacia delante, se concentró en su respiración y esperó a que pasase el calambre. Llevaba así más de una hora. Se envolvió con las mantas, ya que el calor de la chimenea no llegaba del todo a donde estaba sentada, junto a la ventana. Afortunadamente, entró Philippa y le ofreció una taza de té.
—Tomad, chiquilla —dijo—. Esto os ayudará —la dejó sobre la mesa que había al lado de la asesina y apoyó una mano en el sillón—. Es una pena lo que les ha pasado a esos rebeldes de Eyllwe —dijo con una voz lo suficientemente baja para asegurarse de que nadie más podría oírla—. No puedo ni imaginarme cómo debe de sentirse la princesa —Celaena sintió la rabia bulléndole por dentro al mismo tiempo que el dolor en el vientre—. Pero tiene suerte de poder contar con una buena amiga como vos.
Celaena le tocó la mano a Philippa.
—Gracias.
Agarró la taza de té y soltó un bufido. A punto estuvo de caérsele en el regazo cuando se quemó la mano con la taza de agua hirviendo.
—Tened cuidado —dijo Philippa entre risas—. No sabía que las asesinas a sueldo pudiesen ser tan torpes. Si necesitáis algo, avisad. A mí me ha tocado sufrir los dolores mensuales muchas veces.
Philippa le alborotó el pelo a Celaena y salió de la habitación. La muchacha le habría vuelto a dar las gracias, pero sintió otra oleada de calambres y se inclinó hacia delante mientras se cerraba la puerta.
El peso que había ganado durante los últimos tres meses y medio había propiciado la vuelta de sus dolores mensuales después de que el estado de inanición en Endovier los hubiese hecho desaparecer. Celaena soltó un gruñido. ¿Cómo iba a entrenar así? Solo faltaban cuatro semanas para el duelo.
Los copos de nieve centelleaban y resplandecían al otro lado del cristal de la ventana, dando vueltas y flotando de camino al suelo en un vals que se escapaba a la comprensión humana.
¿Cómo podía esperar Elena que derrotase al mal que moraba en el castillo cuando había tanto mal suelto por ahí fuera? ¿Qué era aquello comparado con lo que estaba ocurriendo en otros reinos y en lugares tan cercanos como Endovier y Calaculla? La puerta de su habitación se abrió y alguien se acercó.
—He oído lo de Nehemia.
Era Chaol.
—¿Qué hacéis…? ¿No es tarde ya para que estéis aquí? —preguntó tirando de las mantas.
—Pues… ¿Estás enferma?
—Estoy indispuesta.
—¿Por lo que les ha pasado a esos rebeldes?
¿Es que no lo entendía? Celaena hizo una mueca.
—No. Me encuentro mal de verdad.
—A mí también me da ganas de vomitar —murmuró Chaol mirando al suelo con cara de odio—. Todo. Y después de ver Endovier… —se frotó la cara, como si así pudiese olvidarlo—. Quinientas personas —susurró.
Celaena no pudo evitar quedarse mirándolo, asombrada ante la confesión del capitán.
—Escucha —comenzó a decir, y se puso a recorrer la habitación—. Ya sé que a veces soy distante contigo, y sé que te has quejado a Dorian, pero… —se volvió para mirarla—. Me alegro de que te hayas hecho amiga de la princesa, y valoro tu sinceridad y tu amistad inquebrantable con ella. Ya sé que corren rumores sobre la conexión de Nehemia con los rebeldes de Eyllwe, pero… pero me gustaría pensar que si conquistasen mi país, yo tampoco dudaría en intentar devolverle la libertad a mi pueblo a toda costa.
Celaena le habría respondido de no haber sido por el fuerte dolor que envolvía la parte baja de su columna y por el estómago revuelto.
—Podría… —comenzó a decir Chaol mirando por la ventana—. Podría haberme equivocado.
El mundo comenzó a dar vueltas y Celaena cerró los ojos. Siempre había sentido esos horribles calambres, acompañados habitualmente por las náuseas, pero no iba a vomitar. No en este momento.
—Chaol —alcanzó a decir, y se tapó la boca con la mano cuando las náuseas se apoderaron de ella.
—Lo que pasa es que me enorgullezco de mi trabajo —prosiguió el capitán.
—Chaol —repitió ella.
Estaba a punto de vomitar.
—Y tú eres la Asesina de Adarlan. Pero me preguntaba si… si querrías…
—Chaol —lo advirtió.
Mientras él se daba la vuelta, Celaena vomitó en el suelo.
El capitán hizo un ruido de asco y retrocedió de un salto. Los ojos de la asesina se llenaron de lágrimas cuando el sabor amargo le llenó la boca. Se inclinó hacia delante apoyada sobre sus rodillas, y dejó que las babas y la bilis se derramasen por el suelo.
—Estás… ¡Por el Wyrd! Estás enferma de verdad, ¿no?
Llamó a una criada y la ayudó a levantarse. Ahora todo estaba un poco más claro. ¿Qué había estado preguntándole?
—Vamos. Te ayudaré a meterte en la cama.
—No estoy enferma en ese sentido —protestó ella.
Chaol la sentó en la cama y retiró la manta. Entró una criada, frunció el ceño al ver que el suelo estaba hecho un desastre y gritó pidiendo ayuda.
—Entonces, ¿en qué sentido?
—Pues… eh… —la cara le ardía tanto que pensó que se le iba a derretir y a derramarse por el suelo. «¡Será idiota!»—. Por fin me han vuelto los dolores mensuales.
La cara del capitán se puso de repente tan blanca como la de ella y se alejó pasándose una mano por su pelo castaño y corto.
—Yo…, si… Entonces, me iré —dijo tartamudeando, e hizo una reverencia.
Celaena levantó una ceja y, acto seguido y sin poder evitarlo, sonrió al ver que Chaol salía de la habitación tan rápidamente como podía sin echar a correr, y tropezaba ligeramente en el umbral al acceder tambaleándose a los aposentos que había al otro lado de la puerta.
Celaena miró a las criadas que estaban limpiando.
—Lo siento mucho —comenzó a decir, pero ellas le hicieron un gesto como quitándole importancia.
Avergonzada y dolorida, la asesina se metió en la cama y se acurrucó bajo las mantas con la esperanza de que el sueño no tardase en llegar.
Pero el sueño no llegó y, pasado un rato, la puerta volvió a abrirse. Oyó que alguien se reía.
—Me he cruzado con Chaol y me ha informado de tu «condición». Cualquiera pensaría que un hombre en su posición no sería tan impresionable, y menos después de haber examinado tantos cadáveres.
Celaena abrió un ojo y frunció el ceño al ver que Dorian se sentaba sobre la cama.
—Estoy en un estado de dolor insoportable y no quiero que nadie me moleste.
—No será para tanto —dijo el príncipe sacando una baraja de cartas de la chaqueta—. ¿Quieres jugar?
—Ya os he dicho que no me encuentro bien.
—Yo diría que tienes buen aspecto —se puso a barajar las cartas hábilmente—. Solo una partida.
—¿Es que no pagáis a gente para que os entretenga?
Dorian la fulminó con la mirada y cortó la baraja.
—Deberías sentirte honrada por mi compañía.
—Me sentiría honrada si os marchaseis.
—Para ser alguien cuya suerte depende de su buena relación conmigo, eres muy atrevida.
—¿Atrevida? Si apenas he comenzado.
Se tumbó de lado y pegó las rodillas al pecho.
Dorian se echó a reír y se guardó la baraja en el bolsillo.
—Tu nuevo amigo canino está muy bien, por si querías saberlo.
—Marchaos. Solo quiero morirme —protestó ella contra la almohada.
—Ninguna hermosa doncella debería morir sola —dijo él tocándole la mano—. ¿Quieres que te lea en tus últimos momentos? ¿Qué historia te gustaría?
Celaena apartó la mano.
—¿Qué tal la historia del príncipe idiota que no quería dejar en paz a la asesina a sueldo?
—¡Ah, me encanta esa historia! Además, tiene un final feliz. Resulta que la asesina estaba fingiendo que se encontraba mal para llamar la atención del príncipe. ¿Quién lo hubiese dicho? Qué chica tan lista. Y la escena del dormitorio es tan bonita… que vale la pena leer todas sus innumerables bromas.
—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Dejadme en paz y marchaos a coquetear con otra! —Agarró un libro y se lo lanzó. Dorian lo atrapó antes de que le rompiese la nariz y Celaena abrió los ojos como platos—. No tenía intención de… ¡No os estaba atacando! Era una broma… No quería haceros daño, alteza —dijo atropelladamente.
—Hubiese esperado que la Asesina de Adarlan me atacase de un modo un poco más digno. Al menos con una espada o un cuchillo, aunque si puedo elegir, prefiero que no sea por la espalda.
Celaena se agarró el vientre y se dobló. A veces no soportaba ser mujer.
—Por cierto, me llamo Dorian, no «alteza».
—De acuerdo.
—Dilo.
—Que diga ¿el qué?
—Di mi nombre. Di: «De acuerdo, Dorian».
Celaena puso los ojos en blanco.
—Si así le place a su magnánima santidad, os llamaré por vuestro nombre de pila.
—¿«Magnánima santidad»? Vaya, eso me gusta —Celaena esbozó una sonrisa y Dorian bajó la vista hacia el libro—. ¡Este no es uno de los libros que te envié! ¡Yo ni siquiera tengo ningún libro así!
Celaena se echó a reír débilmente y cogió el té que le ofreció la criada.
—Por supuesto que no, Dorian. He mandado a las criadas a por un ejemplar hoy.
—Pasiones al atardecer —leyó el príncipe, y abrió el libro por una página al azar para leer en voz alta—: «Sus manos acariciaron suavemente sus marfileños y sedosos pe…» —abrió los ojos como platos—. ¡Por el Wyrd! ¿De verdad lees esta basura? ¿Qué ha sido de Símbolos y poder y Cultura y costumbres de Eyllwe?
Celaena se acabó la bebida; el té de jengibre le asentó el estómago.
—Os lo puedo prestar cuando lo acabe. Si lo leéis, vuestra experiencia literaria estará completa. Además —añadió con una sonrisa coqueta—, os dará algunas ideas creativas de cosas que podéis hacer con vuestras amigas.
—No pienso leerlo —contestó Dorian entre dientes.
Ella le quitó el libro de las manos y se reclinó en la cama.
—Ya veo que sois igual que Chaol.
—¿Chaol? —preguntó el príncipe cayendo en la trampa—. ¿Le has pedido a Chaol que lea esto?
—Se ha negado, por supuesto —mintió la asesina—. Ha dicho que no era adecuado leer esta clase de material aunque se lo diese yo.
Dorian le arrebató el libro.
—Dámelo, mujer demoníaca. No pienso tolerar que nos enfrentes el uno al otro.
Miró de nuevo la novela y le dio la vuelta para ocultar el título. Celaena sonrió y se concentró otra vez en la nieve que caía. Hacía un frío atroz y ni siquiera el fuego podía calentar las ráfagas de viento que se colaban por las rendijas de las puertas del balcón. Notó que Dorian la estaba mirando… y no precisamente con la cautela con la que Chaol la miraba a veces. Dorian parecía estar mirándola porque disfrutaba haciéndolo.
Y ella también disfrutaba mirándolo a él.

Dorian no se dio cuenta de que Celaena lo había sorprendido mirándola hasta que ella se estiró y preguntó:
—¿Qué estáis mirando?
—Eres hermosa —dijo Dorian antes de que le diese tiempo a pensar.
—No seáis estúpido.
—¿Te he ofendido?
El corazón comenzó a latirle a un ritmo extraño.
—No —contestó ella, y rápidamente volvió a mirar por la ventana.
Dorian vio que se ponía cada vez más colorada. Nunca había conocido a mujer atractiva durante tanto tiempo sin cortejarla…, excepto a Kaltain. Y no podía negar que estaba deseando saber qué se sentía al besar los labios de Celaena, a qué olía su piel desnuda y cómo reaccionaría al contacto de sus dedos sobre su cuerpo.
La semana previa a Yulemas era un tiempo de relajación, dedicado a celebrar los placeres carnales que lo mantenían a uno caliente en una noche de invierno. Las mujeres se soltaban el pelo; algunas incluso se negaban a llevar corsé. Era una fiesta para darse un festín con los frutos de la cosecha y con los de la carne. Naturalmente, Dorian deseaba su llegada todos los años, pero ahora…
Ahora tenía un nudo en el estómago. ¿Cómo podía celebrarlo cuando acababa de llegar la noticia de lo que les habían hecho los soldados de su padre a unos rebeldes de Eyllwe? No habían perdonado una sola vida. Quinientas personas…, todas muertas. ¿Cómo iba a poder mirar a la cara a Nehemia? Y ¿cómo podía él gobernar un país cuyos soldados habían sido entrenados para sentir tan poca compasión por la vida humana?
A Dorian se le secó la boca. Celaena era de Terrasen, otro país conquistado, la primera conquista de su padre. Era un milagro que Celaena se molestase en reconocer su existencia…, o quizás había pasado tanto tiempo en Adarlan que ya no le importaba. Dorian no sabía por qué, pero dudaba mucho que se tratase de esto último… y menos teniendo aquellas tres enormes cicatrices en la espalda que le recordarían para siempre la brutalidad de su padre.
—¿Pasa algo? —preguntó Celaena con cautela y curiosidad.
Como si le importase. Dorian respiró hondo y se acercó a la ventana, incapaz de mirarla. El cristal estaba frío al tacto. Vio los copos de nieve estrellarse contra el suelo.
—Debes de odiarme —murmuró—. A mí y a mi corte por nuestra frivolidad y nuestra estupidez cuando tantas cosas horribles están sucediendo fuera de esta ciudad. He oído lo de esos rebeldes masacrados y estoy… estoy avergonzado —dijo apoyando las manos en la ventana. La oyó levantarse y dejarse caer en una silla. Las palabras le salieron atropelladamente, una tras otra, y no pudo evitar pronunciarlas—: Comprendo por qué matas con tanta facilidad a los míos. Y no te culpo.
—Dorian —contestó Celaena en voz baja.
El mundo exterior al castillo se había vuelto oscuro.
—Sé que nunca me lo contarás —prosiguió expresando lo que llevaba un tiempo queriendo decir—. Pero sé que cuando eras joven te sucedió algo terrible, quizás algo que fue obra de mi padre. Tienes derecho a odiar Adarlan por apoderarse de Terrasen tal como lo hizo…, por apoderarse de todos los países y del país de tu amiga.
El príncipe tragó saliva. Le escocían los ojos.
—No me creerás, pero… no quiero formar parte de algo así. No puedo considerarme un hombre cuando permito que mi padre aliente tales atrocidades imperdonables. Aunque le suplicase clemencia para los reinos conquistados, no me escucharía. Al menos en este mundo. Este es el mundo en el que te elegí para ser mi campeona únicamente porque sabía que eso irritaría a mi padre —ella negó con la cabeza, pero él siguió hablando—: Pero si me hubiese negado a patrocinar a un campeón, mi padre lo habría visto como una señal de desacuerdo, y aún no soy lo bastante hombre para enfrentarme a él de ese modo. Por eso elegí a la Asesina de Adarlan como campeona, porque la elección de mi campeón era la única elección que tenía.
Ya estaba claro.
—La vida no debería ser así —dijo Dorian, y sus miradas se cruzaron cuando él hizo un gesto señalando la habitación—. Y… el mundo no debería ser así.
La asesina se quedó en silencio escuchando los latidos de su corazón antes de contestar.
—No os odio —dijo en un susurro. Dorian se dejó caer en la silla que había frente a la de Celaena y se sujetó la cabeza con la mano. Parecía increíblemente solo—. Y no creo que seáis como ellos. Yo… siento mucho si os he ofendido. La mayor parte del tiempo bromeo.
—¿Ofendido? —preguntó él—. ¡Claro que no me has ofendido! Solo… solo has hecho las cosas un poco más entretenidas.
Celaena ladeó la cabeza.
—¿Solo un poco?
—Quizás una pizca más que eso —estiró las piernas—. Ah, ojalá pudieses acompañarme al baile de Yulemas. Da gracias por no poder asistir.
—¿Por qué no puedo asistir? Y ¿qué es el baile de Yulemas?
—Nada especial —se quejó Dorian—. Tan solo un baile de disfraces que se celebra en Yulemas. Y creo que sabes exactamente por qué no puedes asistir.
—Chaol y vos disfrutáis arruinando cualquier diversión que pudiera tener. Me encanta asistir a fiestas.
—Cuando seas la campeona de mi padre, podrás asistir a todos los bailes que quieras.
Celaena puso mala cara. Dorian quería decirle que, de haber podido, le habría pedido que fuese con él; que quería pasar tiempo con ella, que pensaba en ella incluso cuando no estaban juntos; pero sabía que ella se habría echado a reír.
El reloj dio las doce de la noche.
—Creo que debería irme —dijo Dorian estirando los brazos—. Mañana tengo el día lleno de reuniones del Consejo, y no creo que al duque Perrington le guste verme medio dormido en todas.
Celaena esbozó una sonrisa de complicidad.
—Acordaos de saludar al duque de mi parte.
Le resultaba imposible olvidar cómo la había tratado aquel día en Endovier. Dorian tampoco lo había olvidado. Y la imagen del duque tratándola así le hizo sentir ira de nuevo.
Sin pensarlo, se agachó y besó a Celaena en la mejilla. Ella se puso tensa cuando la boca de Dorian tocó su piel, y, aunque el beso fue breve, él aspiró su olor. Le costó mucho apartarse de ella.
—Que descanses, Celaena —dijo.
—Buenas noches, Dorian.
Al marcharse, se preguntó por qué ella parecía de pronto tan triste, y por qué no había pronunciado su nombre con ternura, sino con resignación.

Celaena se quedó mirando la luz de la luna que bañaba el techo. ¡Un baile de disfraces en Yulemas! Aunque la de Erilea fuese la corte más corrupta y ostentosa, se le antojaba como algo terriblemente romántico. Y, por supuesto, no le permitían asistir. Dejó escapar un largo resoplido y se llevó las manos a la nuca. ¿Era eso lo que había querido ofrecerle Chaol antes de que ella vomitase…, una invitación al baile?
Negó con la cabeza. No. Lo último que haría el capitán sería invitarla a un baile real. Además, los dos tenían cosas más importantes de las que preocuparse. Por ejemplo, la identidad del asesino de campeones. Quizá debería haberlo avisado del comportamiento tan extraño de Cain aquella misma tarde.
Celaena cerró los ojos y sonrió. No podía ocurrírsele un mejor regalo de Yulemas: que Cain apareciese muerto a la mañana siguiente. Aun así, mientras el reloj iba dando las horas, Celaena se mantuvo despierta…, a la espera, preguntándose qué era lo que acechaba en los pasillos del castillo, e incapaz de dejar de pensar en los quinientos rebeldes de Eyllwe, muertos, enterrados en alguna tumba sin nombre.