Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 35

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Capítulo 35

La noche siguiente, Chaol Westfall estaba de pie en la segunda planta del castillo mirando en dirección al patio. Debajo de él, dos figuras avanzaban lentamente a través de los setos. La capa blanca de Celaena la hacía fácil de distinguir, y Dorian se caracterizaba por el vacío que lo rodeaba siempre.

Él debería estar allí abajo, a un metro de distancia por detrás, vigilándolos, asegurándose de que ella no agarraba a Dorian y lo usaba para escapar. El sentido común y sus años de experiencia le gritaban que debía estar con ellos, por más que los siguiesen seis guardias. Aquella muchacha era mentirosa, astuta y despiadada.

Pero era incapaz de moverse.

Cada día que pasaba sentía que las barreras se iban derritiendo. Era él quien las dejaba derretirse. Por culpa de su risa auténtica, porque una noche la había sorprendido durmiendo con la cara entre las páginas de un libro y porque sabía que iba a ganar.

Era una criminal: una máquina de matar, una reina de los bajos fondos… y aun así…, aun así no era más que una niña a la que habían enviado a Endovier con diecisiete años.

Se ponía enfermo cada vez que lo pensaba. A los diecisiete años, él estaba entrenando con los guardias, pero vivía allí, tenía un techo sobre la cabeza, buena comida y amigos. Con esa misma edad, Dorian había estado cortejando a Rosamund, sin ninguna otra preocupación.

Pero a ella —con diecisiete años— la habían enviado a un campo de exterminio. Y había sobrevivido.

Chaol no estaba seguro de si él podría sobrevivir a Endovier, y mucho menos durante los meses de invierno. Nunca lo habían azotado y nunca había visto morir a nadie. Nunca había pasado frío ni hambre.

Celaena se echó a reír por algo que había dicho Dorian. Había sobrevivido a Endovier y aun así seguía siendo capaz de reír.

Aunque lo aterrorizaba verla allí abajo, a una mano de distancia del cuello desprotegido de Dorian, lo que más lo aterrorizaba era que confiaba en ella. Y no sabía lo que eso quería decir sobre sí mismo.

Celaena iba caminando entre los setos y no pudo evitar sonreír de oreja a oreja. Iban andando cerca el uno del otro, pero no tan cerca como para poder tocarse. Dorian se la había encontrado poco después de cenar y la había invitado a dar un paseo. De hecho, él se había presentado tan deprisa después de que los criados se llevasen su comida que Celaena podría haber pensado que el príncipe había estado esperando fuera.

Por supuesto, si deseaba agarrarlo del brazo y absorber su calor se debía exclusivamente al frío. La capa blanca forrada de piel no lograba evitar que el aire glacial le congelase todo el cuerpo. Solo podía pensar en cómo reaccionaría Nehemia a aquellas temperaturas. Después de enterarse de la suerte que habían corrido los rebeldes, la princesa había comenzado a pasar casi todo el tiempo en sus aposentos y había declinado las repetidas ofertas de Celaena para salir a pasear.

Habían pasado más de tres semanas desde su último encuentro con Elena, y no la había visto ni oído, a pesar de las tres pruebas a las que se había sometido desde entonces. La más emocionante había sido una carrera de obstáculos que había logrado superar tan solo con unos arañazos y contusiones sin importancia. Por desgracia, a Pelor no le había ido tan bien y por fin lo habían enviado a casa. Pero había tenido suerte: habían muerto otros tres competidores. A todos los habían encontrado en pasillos olvidados y todos estaban mutilados hasta resultar irreconocibles. Incluso Celaena había empezado a asustarse al oír cualquier ruido extraño.

Ahora solo quedaban seis: Cain, Tumba, Nox, un soldado y Renault, un mercenario despiadado que había sustituido a Verin como mano derecha de Cain. Como era lógico, la actividad favorita de Renault era provocar a Celaena.

Procuró dejar de pensar en los asesinatos mientras pasaban junto a una fuente, y vio que Dorian la miraba con admiración por el rabillo del ojo. Por supuesto que no había estado pensando en Dorian al elegir un vestido color lavanda tan bonito para ponerse esa noche, ni al asegurarse de que iba cuidadosamente peinada y de que sus guantes blancos estuviesen inmaculados.

—Y ahora ¿qué hacemos? —preguntó Dorian—. Ya hemos recorrido dos veces el jardín.

—¿No tenéis obligaciones principescas que atender? —Celaena entornó los ojos cuando una ráfaga helada le arrancó la capucha e hizo que se le helasen las orejas. Cuando volvió a cubrirse con la capucha, vio que Dorian le estaba mirando el cuello—. ¿Qué? —preguntó envolviéndose en la capa.

—Siempre llevas ese colgante —dijo el príncipe—. ¿Es otro regalo?

Aunque la muchacha llevaba guantes, Dorian se quedó mirándole la mano, donde llevaba el anillo de amatista que le había regalado Chaol, y sus ojos dejaron de brillar.

—No —se tapó el amuleto con la mano—. Lo encontré en mi joyero y me gustó. Sois insoportablemente territorial.

—Tiene un aspecto muy antiguo. Has estado robando de las arcas reales, ¿verdad? —Le guiñó un ojo, pero ella no sintió ninguna calidez detrás del gesto.

—No —repitió Celaena de manera cortante.

Aunque un colgante no iba a protegerla del asesino, y aunque Elena tenía algunos planes que no quería desvelarle, Celaena no pensaba quitárselo. Su sola presencia la consolaba en las largas horas que pasaba sentada en la cama, mirando la puerta.

Dorian siguió mirándole la mano hasta que ella la apartó de su cuello. El príncipe examinó el colgante con atención.

—De pequeño leía historias sobre los albores de Adarlan; Gavin era mi héroe. Debo de haber leído todas las leyendas que hablan de la guerra contra Erawan.

«¿Cómo puede ser tan inteligente? No ha podido adivinarlo tan pronto». Celaena hizo todo lo posible para aparentar un interés inocente.

—¿Y?

—Elena, la primera reina de Adarlan, tenía un amuleto mágico. En la batalla contra el Señor Oscuro, Gavin y Elena se quedaron indefensos contra él. Cuando el Señor Oscuro estaba a punto de matar a la princesa, apareció un espíritu y le dio el colgante a Elena. Y cuando se lo puso, Erawan ya no pudo hacerle daño. La princesa vio al Señor Oscuro como lo que era y lo llamó por su verdadero nombre. A este le sorprendió tanto que se distrajo y Gavin lo mató —Dorian miró al suelo—. A su colgante le dieron el nombre de Ojo de Elena. Lleva siglos perdido.

Resultaba curioso oír a Dorian, el hijo del hombre que había prohibido y proscrito todo rastro de la magia, hablando de amuletos poderosos. Aun así, se echó a reír lo mejor que pudo.

—Y ¿pensáis que esta baratija es el Ojo? A estas alturas ya debe de haberse convertido en polvo.

—Supongo que no —dijo él, y se frotó los brazos con fuerza para entrar en calor—. Pero he visto unas cuantas ilustraciones del Ojo y tu colgante se parece a él. Quizá sea una réplica.

—Quizá —enseguida buscó otro tema de conversación—. ¿Cuándo llega vuestro hermano?

Dorian miró hacia el cielo.

—Tengo suerte. Hemos recibido una carta esta mañana que dice que la nieve de las montañas impide a Hollin volver a casa. Va a tener que quedarse en la escuela hasta después del segundo trimestre, y está furioso.

—Vuestra pobre madre… —dijo Celaena esbozando una sonrisa.

—Probablemente envíe a algún criado para entregarle sus regalos de Yulemas, a pesar de la tormenta.

Celaena no oyó su respuesta y, aunque estuvieron hablando durante más de una hora después, deambulando por los jardines, ella no logró tranquilizarse. Elena tenía que haber sabido que alguien reconocería su amuleto… y si aquel era el auténtico… El rey podía matarla en el acto por llevar no solo una reliquia de familia, sino un objeto de poder.

Aun así, no pudo evitar preguntarse cuáles serían realmente los motivos de Elena.

Celaena levantó la vista del libro y miró el tapiz de la pared. La cómoda seguía estando donde la había colocado ella, a empujones, justo delante del pasadizo. Negó con la cabeza y regresó al libro. Aunque leyó las frases, no retuvo ninguna de las palabras.

¿Qué quería Elena de ella? Las reinas muertas no solían volver para darles órdenes a los vivos. Celaena agarró con fuerza el libro. Tampoco es que estuviese obedeciendo la orden de Elena de ganar el torneo: se habría empleado a fondo de todos modos para convertirse en la campeona del rey. Y en cuanto a lo de buscar y derrotar el mal que moraba en el castillo…, bueno, ahora que aquello parecía guardar relación con la persona que estaba asesinando a los campeones, ¿cómo no iba a intentar averiguar su procedencia?

Se cerró una puerta en alguna parte de sus aposentos. Celaena dio un respingo y el libro se le escapó de las manos. Agarró el candelabro metálico que había junto a la cama, lista para saltar del colchón, pero volvió a dejarlo en su sitio cuando oyó el canturreo de Philippa al otro lado de la puerta del dormitorio. Soltó un gruñido al levantarse del calor de su cama para recuperar el libro.

Había caído bajo el lecho. Celaena se arrodilló en el suelo helado y se estiró para alcanzar el libro. Como no llegaba a palparlo, cogió la vela. Lo vio inmediatamente, pegado a la pared, pero cuando sus dedos ya podían tocar la tapa, el brillo trémulo de la luz de la vela dibujó una línea blanca en el suelo por debajo de la cama.

Celaena tiró del libro y se puso en pie sobresaltada. Le temblaron las manos al empujar la cama para moverla de su sitio y los pies le resbalaron en el suelo casi helado. La cama acabó moviéndose lentamente, pero ya la había desplazado lo suficiente para ver lo que habían dibujado en el suelo.

Se le heló la sangre en las venas.

Marcas del Wyrd.

Alguien había dibujado docenas de marcas del Wyrd en el suelo con tiza. Formaban una gigantesca espiral con una marca grande en el centro. Celaena tropezó al retroceder y se golpeó contra el vestidor.

¿Qué era aquello? Se pasó una mano temblorosa por el pelo y se quedó mirando la marca del centro.

No era la primera vez que veía aquella marca. La había visto dibujada a un lado del cadáver de Verin.

Se le revolvió el estómago. Corrió hasta la mesilla de noche y cogió la jarra de agua. Sin pensárselo, echó el agua sobre las marcas y corrió hasta el cuarto de baño para llenar la jarra. Cuando el agua hubo acabado de reblandecer la tiza, agarró una toalla y restregó el suelo hasta que le dolió la espalda y las manos y las piernas se le quedaron heladas.

Entonces, y solo entonces, se vistió con unos pantalones y una túnica y salió por la puerta.

Afortunadamente, los guardias no dijeron nada cuando les pidió que la acompañasen a la biblioteca a medianoche. Se quedaron en la sala principal mientras ella dejaba atrás las estanterías en dirección a la hornacina olvidada y polvorienta donde había encontrado casi todos los libros que hablaban de las marcas del Wyrd. Se dio toda la prisa que pudo y en ningún momento dejó de mirar por encima del hombro.

¿Sería ella la siguiente? ¿Qué significaba todo aquello? Se retorció los dedos con nerviosismo. Dobló una esquina que estaba a unas diez estanterías de la hornacina y se detuvo en seco.

Nehemia, sentada ante un pequeño escritorio, se quedó mirándola con los ojos como platos.

Celaena se llevó una mano al corazón, que le latía desbocado.

—Maldita sea —dijo—. ¡Me habéis dado un buen susto!

Nehemia sonrió, pero había algo fuera de lugar. Celaena ladeó la cabeza mientras se aproximaba a la mesa.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Nehemia en eyllwe.

—No podía dormir.

La asesina miró el libro que estaba leyendo la princesa. No era el mismo que usaban durante las clases. No, aquel era un libro grueso y antiguo con sus páginas llenas de texto.

—¿Qué estáis leyendo?

Nehemia cerró el libro de golpe y se puso en pie.

—Nada.

Celaena se quedó observando su cara: la princesa tenía los labios fruncidos y la barbilla levantada.

—Pensaba que aún no erais capaz de leer nada de ese nivel.

Nehemia se metió el libro bajo el brazo.

—Entonces, sois igual que todos los necios ignorantes de este castillo, Lillian —dijo con una pronunciación perfecta en el idioma común. Sin darle ocasión de responder, la princesa se alejó dando grandes zancadas.

Celaena la vio marcharse. Aquello no tenía sentido. Nehemia no era capaz de leer libros tan avanzados, no cuando aún le costaba leer una frase detrás de otra. Además, Nehemia nunca hablaba con aquel acento tan perfecto. Y…

En las sombras de detrás del escritorio, había caído un papel entre la madera y la pared de piedra. Celaena lo sacó y desplegó el arrugado papel.

Se giró bruscamente hacia el lugar por donde había desaparecido Nehemia. Con un nudo en la garganta, Celaena se guardó el trozo de papel en el bolsillo y volvió a toda prisa a la gran sala. La marca del Wyrd dibujada en el papel parecía estar quemándole la ropa hasta hacerle un agujero.

Celaena bajó apresuradamente por una escalera y luego recorrió un pasillo con libros a ambos lados.

No, Nehemia no podía haberla engañado así. Nehemia no le habría mentido un día tras otro sobre lo poco que sabía. Nehemia había sido quien le había dicho que los grabados del jardín eran marcas del Wyrd. Sabía lo que eran; le había advertido una y otra vez que se alejase de las marcas del Wyrd. Porque Nehemia era su amiga… Porque Nehemia había llorado al saber que habían asesinado a su gente y había acudido a ella para que la consolase.

Pero Nehemia procedía de un reino conquistado. Y el rey de Adarlan le había arrancado la corona a su padre y le había arrebatado su título. Y a los habitantes de Eyllwe los secuestraban por la noche y los vendían como esclavos, igual que a los rebeldes a los que, según el rumor, tanto apoyaba Nehemia. Además, acababan de masacrar a quinientos ciudadanos de Eyllwe.

A Celaena le escocieron los ojos al ver a los guardias holgazaneando en los sillones de la gran sala.

Nehemia tenía motivos más que suficientes para engañarlos y para conspirar contra ellos. Para poner fin a aquella estúpida competición y ponerlos nerviosos a todos. ¿Qué mejor objetivo que los criminales que vivían allí? Nadie los echaría de menos, pero el miedo se instalaría en el castillo.

Sin embargo, ¿por qué iba Nehemia a conspirar contra ella?

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