Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 38

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Capítulo 38

Metros y metros de seda, nubes de polvos, cepillos, peines, perlas y diamantes destellaban ante los ojos de Celaena. Mientras Philippa colocaba con cuidado el último rizo de la muchacha alrededor de su rostro, le ajustaba un antifaz a los ojos y a la nariz y depositaba una pequeña tiara de cristal sobre su cabeza, la asesina se sintió, muy a su pesar, como una auténtica princesa.

Philippa se arrodilló para sacar brillo al detalle de cristal de los zapatos plateados de Celaena.

—Si no supiera la verdad, diría que sois la mismísima reina de las hadas. Parece m… —Philippa se mordió la lengua antes de pronunciar la palabra que el rey de Adarlan había prohibido de manera tan tajante. Enseguida se apresuró a añadir—: ¡Apenas os reconozco!

—Bien —repuso Celaena.

Era la primera vez que asistía a un baile con otro propósito que no fuera el de matar a alguien. En realidad se proponía evitar que Nehemia se hiciera daño o lastimase a un miembro de la corte, pero… un baile era un baile. Con algo de suerte, hasta podría dar unos pasos.

—¿Estáis segura de que es buena idea? —le preguntó Philippa con voz queda, plantada ante ella—. Al capitán Westfall no le va a hacer ninguna gracia.

Celaena obsequió a la criada con una mirada torva.

—Te he dicho que no hagas preguntas.

Philippa resopló.

—Muy bien, pero no vayáis diciendo que yo os he ayudado cuando os arrastren de vuelta.

Celaena reprimió su irritación y caminó a grandes zancadas hacia el espejo, con Philippa pisándole los talones. De pie ante su propio reflejo, la muchacha se preguntó si sus ojos no la estarían engañando.

—Es el vestido más bonito que he llevado en mi vida —reconoció con los ojos brillantes.

No era de un blanco inmaculado, sino más bien tirando a gris. Tanto la falda de organza como el corpiño llevaban infinidad de pedrería de cristal que a Celaena le hacía pensar en la superficie del mar. Los remolinos de seda cosidos al cuerpo creaban rosas de tela que bien podrían haber sido obra de un maestro pintor. Un volante de encaje ribeteaba el escote y dotaba al vestido de unas delicadas mangas que cubrían apenas los hombros. Pequeños diamantes en forma de gota le adornaban las orejas, y se había rizado el pelo para recogerlo en lo alto entre sartas de cuentas. Llevaba la máscara de seda gris bien ajustada al rostro. El antifaz no representaba ningún motivo en concreto, pero sin duda una mano muy diestra había tallado los delicados cristales y había creado los motivos de perlas.

—Hasta un rey caería rendido ante vos —opinó Philippa—. O quizás un príncipe heredero.

—¿Dónde en Erilea has encontrado un vestido así? —musitó Celaena.

—No hagáis preguntas —repuso la anciana.

Celaena soltó una risilla de suficiencia.

—Es justo.

Se preguntó por qué el corazón no le cabía en el pecho y los pies apenas la sostenían. No debía olvidar el motivo que la llevaba al baile; tenía que mantener la cabeza fría.

El reloj dio las nueve y Philippa echó un vistazo a la puerta, lo que proporcionó a Celaena la ocasión que necesitaba para ocultar la improvisada daga en el corpiño del vestido sin que la otra lo advirtiese.

—Y ¿cómo, exactamente, pensáis acceder al baile? No creo que los guardias os dejen salir así como así.

Celaena miró de soslayo a Philippa.

—Ambas vamos a fingir que el príncipe heredero me ha invitado… y ahora mismo tú vas a empezar a armar tanto alboroto diciendo que llego tarde que no pondrán ninguna objeción.

Philippa se abanicó el rostro congestionado. Celaena la cogió de la mano.

—Te prometo —dijo— que si me meto en algún lío, juraré y perjuraré que te he engañado y que tú no estabas al corriente de nada.

—Pero no os vais a meter en ningún lío, ¿verdad?

Celaena esbozó una sonrisa encantadora.

—Claro que no. Solo estoy harta de que me dejen al margen mientras ellos se divierten de lo lindo.

En parte, decía la verdad.

—Que los dioses me ayuden —musitó Philippa antes de inspirar profundamente—. ¡Id! —exclamó de repente empujando a Celaena hacia la puerta que conducía al pasillo—. ¡Marchaos o llegaréis tarde! —gritaba demasiado como para resultar convincente pero… Philippa abrió la puerta—. ¡El príncipe heredero se disgustará si os retrasáis!

Celaena se detuvo en el pasillo e hizo un gesto a los cinco guardias apostados en el exterior. Luego se volvió a mirar a Philippa.

—Gracias —le dijo.

—¡No os demoréis más! —La azuzó la doncella.

Celaena estuvo a punto de perder el equilibrio cuando Philippa la empujó al otro lado de la puerta antes de cerrarla.

La asesina se volvió a mirar a los guardias.

—Estás muy guapa —comentó uno de ellos, Ress, con timidez.

—¿Vas a la fiesta? —Sonrió otro.

—Resérvame un baile, ¿quieres? —añadió el tercero.

Ninguno de los tres le hizo preguntas.

Celaena sonrió y tomó el brazo que Ress le ofrecía. Procuró no reírse cuando lo vio sacar pecho. Sin embargo, conforme se fueron acercando al salón y la música del vals llegó hasta ellos, un montón de mariposas empezaron a revolotear en su estómago. No podía olvidar a qué había ido. Había representado aquel papel otras veces en el pasado, pero siempre con el propósito de matar a un extraño…, no de enfrentarse a una amiga.

Las puertas de cristal rojo y dorado aparecieron ante ella y Celaena atisbó las espirales de humo de las velas que decoraban el enorme salón de baile. Todo habría sido más sencillo si hubiera podido colarse por una puerta lateral, sin que nadie reparase en ella, pero no tenía tiempo de ponerse a explorar los túneles secretos en busca de otro acceso a la sala. Además, a esas alturas, no podía buscar una entrada alternativa sin levantar sospechas. Ress se detuvo y le hizo una reverencia.

—A partir de aquí, tendrás que seguir sola —anunció con tanta circunspección como pudo, aunque no separaba la vista del baile que se desplegaba al pie de las escaleras—. Que tengáis una velada maravillosa, Lady Lillian.

—Gracias, Ress.

Celaena hubiera querido echar a correr hacia sus aposentos para vomitar. En cambio, se despidió del hombre con una graciosa reverencia. Solo tenía que bajar la escalinata e ingeniárselas para convencer a Chaol de que la dejara quedarse. Luego podría pasarse la noche vigilando a Nehemia.

Los zapatos parecían frágiles, y Celaena dio unos pasos hacia atrás. Haciendo caso omiso de los guardias que flanqueaban la puerta, levantó un pie cuanto pudo y volvió a posarlo en tierra para comprobar la fuerza de los zapatos. Cuando se convenció de que los tacones resistirían incluso un buen salto, se acercó a lo alto de las escaleras.

Alojada en el corpiño, la daga casera se le clavaba en la piel. Rogó a la diosa, a todos los dioses que conocía, al Wyrd, a quienquiera que fuese responsable de su destino no tener que usarla.

Celaena irguió los hombros y dio un paso adelante.

¿Qué estaba haciendo ella allí?

A Dorian casi se le cae la bebida cuando vio a Celaena Sardothien en lo alto de la escalinata. La reconoció a pesar de la máscara. Desde luego, Celaena podía tener sus defectos, pero nunca hacía nada a medias. Se había superado a sí misma con aquel vestido. Pero ¿qué estaba haciendo allí?

Por un momento, el príncipe se preguntó si estaría soñando, hasta que algunas cabezas, y luego muchas más, se volvieron a mirarla. Aunque el vals estaba en pleno apogeo, todo aquel que no bailaba contemplaba sin aliento cómo la misteriosa enmascarada se recogía las faldas y daba un paso, luego otro. El vestido parecía confeccionado con las mismísimas estrellas del firmamento, y las cuentas de cristal de la máscara gris destellaban con cada movimiento.

—¿Quién es? —preguntó un joven cortesano al lado de Dorian.

Ella bajaba sin mirar a nadie. Incluso la reina de Adarlan se puso en pie para presenciar la llegada de aquella invitada de última hora. Nehemia, sentada junto a la soberana, se levantó también. ¿Acaso Celaena se había vuelto loca?

«Camina hacia ella. Tómale la mano». Por desgracia, Dorian tenía los pies paralizados y no pudo hacer nada salvo contemplarla. Le ardía la piel del rostro bajo la pequeña máscara negra. No sabía por qué, pero al mirarla se sentía un hombre. Ella parecía algo sacado de un sueño, un sueño en el que él no era un príncipe mimado sino un rey. Celaena llegó al pie de las escaleras y Dorian dio un paso adelante.

Por desgracia, alguien le tomó la delantera. Cuando la vio sonreír y hacerle una reverencia a Chaol, Dorian apretó los dientes con tanta fuerza que se hizo daño. El capitán de la guardia, que ni siquiera se había molestado en ponerse una máscara, le tendió la mano. Celaena miraba solo a Chaol con aquellos ojos de estrella, y sus dedos, largos y pálidos, flotaron en el aire para tomar su mano. La multitud recuperó el habla cuando Chaol se la llevó hacia la fiesta y se fundieron con el gentío. Fuera cual fuese la conversación que estaban a punto de mantener, no sería divertida. Mejor no estar presente.

—Por favor —dijo otro cortesano—, decidme que Chaol no ha tomado esposa de repente.

—¿Quién, el capitán Westfall? —contestó el que había hablado primero—. Y ¿por qué iba un bellezón como ella a casarse con un guardia? —Al recordar quién estaba a su lado, se volvió hacia Dorian, que seguía mirando las escaleras alelado—. ¿Quién es, alteza? ¿La conocéis?

—No, no la conozco —musitó Dorian antes de alejarse.

El vals sonaba a toda potencia, tan alto que Celaena casi no podía oír ni sus propios pensamientos cuando Chaol la empujó hacia una alcoba en sombras. Como era de esperar, no llevaba máscara; seguro que le parecían ridículas. De modo que la furia que le arrugaba la cara saltaba a la vista.

—Y bien —masculló Chaol, que apretaba la muñeca de Celaena con fuerza—, ¿me quieres decir cómo se te ha pasado por la cabeza hacer semejante tontería?

La muchacha intentó zafarse de la mano de Chaol, pero este no la soltó. Al otro lado del salón, Nehemia, sentada junto a la reina de Adarlan, miraba de vez en cuando en dirección a Celaena. Parecía nerviosa; ¿o quizá solo estaba sorprendida de verla allí?

—Tranquilizaos —siseó la muchacha al capitán de la guardia—. Solo quería divertirme un poco.

—¿Divertirte? ¿Tu idea de la diversión es colarte en un baile de gala?

La asesina pensó que de nada serviría discutir con él; seguro que estaba furioso porque había conseguido escabullirse de sus aposentos. De modo que hizo un mohín de pena.

—Me sentía sola.

Él soltó una risilla.

—¿No eres capaz de pasar ni una noche a solas?

Celaena apartó la mano por fin.

—Nox está aquí… ¡y es un ladrón! ¿Por qué a él lo dejan asistir, con todas esas joyas brillando por todas partes, y a mí no? ¿Cómo voy a ser la campeona del rey si no confiáis en mí?

En realidad, se había hecho varias veces aquella pregunta.

Chaol se llevó una mano a la frente y soltó un larguísimo suspiro. Celaena procuró no sonreír. Había ganado la partida.

—Si te pasas un pelo de la raya…

Ella fingió seriedad.

—Lo consideraré vuestro regalo de Yulemas.

El capitán le lanzó una mirada de advertencia, pero dejó caer los hombros.

—Por favor, no hagas que me arrepienta de esto.

La asesina le dio unas palmaditas en la mejilla y echó a andar.

—Sabía que erais un buen chico.

Sin responder, Chaol la siguió de vuelta al centro de la fiesta. Celaena había asistido a otros bailes de máscaras, pero a pesar de eso le resultaba inquietante no poder ver las caras de las personas que la rodeaban. Casi toda la corte, Dorian incluido, lucía máscaras de tamaños, formas y colores variados. Algunos diseños eran sencillos, otros, muy complicados, inspirados en animales. Nehemia, que seguía junto a la reina, llevaba una máscara en tonos dorados y turquesas en forma de flor de loto. Estaba enzarzada en una conversación muy seria, y los guardias que la escoltaban, plantados junto al estrado, ya parecían aburridos.

Chaol no se separaba de ella mientras Celaena buscaba un espacio libre entre el gentío. Cuando encontró uno apropiado, se paró. Era una posición inmejorable. Desde allí, lo veía todo: el estrado, la escalinata principal, la pista de baile…

Dorian bailaba con una morenita de pechos grandes que él miraba de vez en cuando sin tomarse la molestia de disimular. ¿Acaso no la había visto llegar? Incluso Perrington se había fijado en ella cuando Chaol la había arrastrado al rincón. Por suerte, el capitán se la había llevado antes de que tuviera que intercambiar ninguna palabra con el duque.

Sus ojos se cruzaron con los de Nox, que la miraba desde el otro lado del salón. El ladrón coqueteaba con una joven que ocultaba la cara tras una máscara de paloma, y alzó la copa en dirección a Celaena antes de devolver la atención a la chica. Nox había optado por una máscara azul que solo le tapaba la zona de los ojos.

—Bueno, procura no divertirte demasiado —se burló Chaol, y cruzó los brazos.

Disimulando su irritación, Celaena se cruzó de brazos también y comenzó su vigilancia.

Una hora después, Celaena empezaba a maldecir su propia estupidez. Nehemia charlaba tan tranquila con la reina y apenas había mirado un par de veces en su dirección. ¿Cómo se le había pasado por la cabeza que Nehemia, precisamente ella, se proponía atacar a todos?

Las mejillas de la asesina ardían de vergüenza bajo la máscara. No merecía la amistad de la princesa. Todos aquellos campeones muertos, tanto poder misterioso y aquella absurda competición la habían vuelto loca.

Celaena, algo enfurruñada, alisó la tela de su vestido. Chaol seguía a su lado, sin decir nada. Aunque al final la hubiera dejado quedarse, el capitán no se lo perdonaría. Y estaba segura de que los guardias se iban a llevar la bronca de su vida aquella misma noche.

La asesina se irguió al ver que Nehemia se levantaba de repente de su asiento. Los guardias reaccionaron también. La vio saludar a la soberana con una inclinación de cabeza, entre los destellos que la luz de las velas arrancaban a su máscara, y alejarse del estrado con paso vivo.

A Celaena se le aceleró el corazón cuando vio que Nehemia se abría paso entre la multitud, seguida de sus guardias, para acercarse a ella.

—Estáis guapísima, Lillian —le dijo la princesa en la lengua común, con un acento tan fuerte como de costumbre.

Celaena recibió el comentario como una bofetada; Nehemia había hablado con absoluta fluidez aquella noche en la biblioteca. ¿La estaba advirtiendo de que no la delatase?

—Vos también —respondió Celaena, incómoda—. ¿Os estáis divirtiendo?

Nehemia jugueteó con un pliegue de su traje; un verdadero vestido de gala. Y, por el aspecto de la suntuosa tela azul, regalo de la reina de Adarlan.

—Sí, pero no me encuentro bien —se disculpó la princesa—. Voy a retirarme a mis aposentos.

Celaena la saludó con un rígido gesto de la cabeza.

—Espero que os mejoréis pronto —fue todo lo que se le ocurrió decir.

Nehemia la miró durante un largo momento, con los ojos brillantes de algo que parecía tristeza, y se marchó. Celaena la siguió con la vista mientras la princesa subía las escaleras y no apartó los ojos hasta que hubo desaparecido.

Chaol carraspeó.

—¿Me vas a contar a qué ha venido eso?

—No es asunto vuestro —replicó ella.

Todavía podía ocurrir algo. Aunque Nehemia se hubiese ido, podía ocurrir algo. Pero no. La princesa no pagaría el dolor con más dolor. Era demasiado buena para hacer algo así. Celaena tragó saliva con fuerza. La daga del corpiño le pareció un peso muerto.

Sin embargo, aunque Nehemia no planease lastimar a nadie aquella noche, eso no demostraba su inocencia.

—¿Qué pasa? —La presionó Chaol.

Dispuesta a olvidar por un momento la vergüenza y la preocupación, Celaena levantó la barbilla. Puesto que Nehemia se había ido y aunque no quería bajar la guardia, podía divertirse un poco.

—Con vos ahí mirando mal a todo el mundo, nadie me va a sacar a bailar.

Chaol enarcó sus oscuras cejas.

—No miro mal a nadie.

No había terminado de hablar cuando Celaena lo vio fulminar con la mirada a un cortesano que se había fijado en ella.

—¡Basta ya! —cuchicheó—. Nadie se acercará a mí si seguís haciendo eso.

Él le lanzó una mirada exasperada y echó a andar. La asesina lo siguió hasta el borde de la pista de baile.

—Quédate aquí —propuso Chaol, plantado ante el mar de volantes y faldas—. Así todo el mundo sabrá que estás esperando a que alguien te saque a bailar.

Desde allí, Celaena también podía asegurarse de que ninguna bestia horrorosa se abalanzase de repente sobre la multitud. Sin embargo, Chaol no tenía por qué saberlo. Se volvió a mirarlo.

—¿Queréis bailar conmigo?

Él se echó a reír.

—¿Contigo? No.

Ella se quedó mirando el suelo de mármol con el corazón en un puño.

—No hace falta que seas tan cruel.

—¿Cruel? Celaena, Perrington está aquí mismo. Estoy seguro de que no le hace ninguna gracia que estés aquí, de modo que no llamaré su atención más de lo necesario.

—Cobarde.

La expresión de Chaol se suavizó.

—Si no estuviéramos aquí, te habría dicho que sí.

—Eso se puede arreglar fácilmente, ¿sabéis?

Él negó con la cabeza mientras se ajustaba la solapa de su túnica negra. Justo en aquel momento, Dorian pasó bailando junto a ellos, arrastrando a la morenita con él. Ni siquiera volvió la vista hacia Celaena.

—Además —prosiguió Chaol señalando a Dorian con un gesto de la barbilla—, creo que tienes pretendientes mucho más interesantes que compiten por tu atención. Soy una compañía aburrida.

—A mí no me importa estar aquí con vos.

—No, claro que no —contestó él con indiferencia, aunque la miraba a los ojos.

—Lo digo en serio. Y ¿vos? ¿Por qué no bailáis con nadie? ¿No hay ninguna dama que sea de vuestro agrado?

—Soy el capitán de la guardia; no me consideran un buen partido.

Sus ojos delataban cierta tristeza, aunque muy oculta en el fondo.

—¡No hablaréis en serio! Sois mejor que cualquiera de los que están aquí. Y vos sois…, sois muy guapo —objetó ella mientras tomaba la mano del capitán.

El rostro de Chaol reflejaba belleza…, además de fuerza, sentido del honor y lealtad. Celaena dejó de oír a la muchedumbre y se le secó la boca cuando el capitán la miró. ¿Cómo había tardado tanto en darse cuenta?

—¿De verdad pensáis eso? —preguntó él pasado un rato, mirando sus manos unidas.

Ella le apretó la mano con más fuerza.

—Ya lo creo. Si yo no fuera…

—Y vosotros dos ¿por qué no bailáis?

Chaol le soltó la mano. De mala gana, Celaena se separó del capitán.

—Y ¿con quién voy a bailar, alteza?

Dorian estaba impresionante con una túnica cubierta de polvo de peltre. El atuendo del príncipe heredero casi hacía juego con el vestido de la misma Celaena.

—Estás radiante —la elogió—. Y tú también estás muy guapo, Chaol —añadió guiñándole un ojo a su amigo. En aquel momento, la mirada de Dorian se cruzó con la de ella, y la sangre de Celaena se convirtió en una lluvia de estrellas—. Y ¿bien? ¿Debo echarte un sermón sobre la tontería que has cometido al colarte en el baile o puedo, en vez de eso, sacarte a bailar?

—No creo que sea buena idea —intervino Chaol.

—¿Por qué? —preguntaron los otros dos al unísono.

Dorian se acercó un poco más a ella. Aunque se sentía avergonzada de haber pensado cosas tan terribles sobre Nehemia, saber que Dorian y Chaol estaban a salvo le compensaba.

—Porque llamaríais demasiado la atención, por eso.

Celaena puso los ojos en blanco y Chaol la fulminó con la mirada.

—¿Debo recordarte quién eres?

—No. Me lo recordáis a diario —replicó ella.

La mirada del capitán se ensombreció. ¿Qué sentido tenía ser amable con ella si al momento siguiente la insultaba?

Dorian posó una mano en el hombro de la asesina y obsequió a su amigo con una sonrisa encantadora.

—Tranquilizaos, Chaol —dijo, y su mano se deslizó hacia la espalda de Celaena y rozó con los dedos su piel desnuda—. Tomaos la noche libre —Dorian se volvió a mirarla—. Te sentará bien —añadió luego por encima del hombro, pero su voz había perdido la alegría.

—Voy a por una bebida —musitó Chaol antes de alejarse.

Ella siguió al capitán con la mirada.

Sería un milagro si la consideraba su amiga. Dorian le acarició la espalda y ella posó los ojos en el príncipe. El corazón le dio un brinco, y Chaol desapareció de su pensamiento como niebla bajo el sol de la mañana. Se sentía mal por ser tan voluble, pero… pero… Oh, deseaba a Dorian, no podía negarlo. Vaya si lo deseaba.

—Estás preciosa —dijo Dorian con voz queda, y la acarició con la vista de un modo que la hizo ruborizar—. No he podido dejar de mirarte.

—¿En serio? Pensaba que ni siquiera habíais reparado en mí.

—Chaol se me ha adelantado cuando has llegado. Además, me ha hecho falta mucha presencia de ánimo para acercarme a ti —sonrió—. Tu aspecto intimida. Sobre todo con la máscara.

—Y supongo que la cola de damas que aguardaba para bailar con vos también ha tenido algo que ver.

—Ahora estoy aquí, ¿no?

A Celaena se le encogió el corazón y comprendió que no era esa la respuesta que esperaba. ¿Qué quería de ella?

Dorian tendió la mano e inclinó la cabeza.

—¿Me concedes este baile?

¿Estaba sonando la música? Ni siquiera se había dado cuenta. El mundo se había reducido a nada, se había disuelto en el brillo dorado de las velas. Sin embargo, sus pies seguían allí, y su brazo, su cuello y su boca. Sonrió y tomó la mano que el príncipe le tendía, pero no perdió de vista a la multitud que la rodeaba.

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