Trono de cristal
Capítulo 39
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Capítulo 39

Estaba perdido…, perdido en un mundo con el que siempre había soñado. Notaba el cuerpo de Celaena, cálido al contacto, los dedos suaves alrededor de su propia mano. La hizo girar y la condujo por la pista, bailando con toda la suavidad del mundo. Ella no fallaba ni un solo paso, ni tampoco parecía importarle que hubiera toda una colección de mujeres que miraban furiosas cómo finalizaba una pieza y otra volvía a empezar sin que los dos bailarines cambiasen de pareja.
Por supuesto, se consideraba una falta de delicadeza que un príncipe concediese todos los bailes a una misma dama, pero Dorian no podía pensar en nada más que en su pareja y la música que los arrastraba.
—Desde luego, sois incansable —le dijo ella.
¿Cuándo habían hablado por última vez? Quizás hacía diez minutos, tal vez hubiese transcurrido una hora entera. Los rostros enmascarados que los rodeaban se fundían borrosos.
—Si bien algunos padres azotan a sus hijos, los míos me castigaban con lecciones de baile.
—En ese caso, debisteis de ser un niño muy travieso.
Celaena miró a su alrededor, como si buscase algo, o a alguien.
—Haces unos cumplidos encantadores esta noche.
El príncipe la hizo dar una vuelta. La falda del vestido titiló bajo la araña del techo.
—Hoy es el día de Yulemas. En estas fiestas, todo el mundo es amable.
Un destello de algo semejante a dolor brilló en los ojos de ella, pero desapareció antes de que Dorian pudiera estar seguro.
La cogió por la cintura sin dejar de mover los pies al compás de la música.
—Y ¿cómo está tu regalo?
—Pues se ha escondido debajo de mi cama y luego en el comedor. Allí la he dejado.
—¿Has encerrado al perro en el comedor?
—Y ¿dónde iba a dejarlo? ¿En mi habitación, para que arruinase las alfombras? ¿O en la sala de juegos, donde podía ahogarse con alguna pieza de ajedrez?
—A lo mejor deberías haberla enviado al criadero, que es donde deben estar los perros.
—¿El día de Yulemas? ¡Ni en sueños iba a dejarla en ese lugar tan horrible!
De repente, Dorian sintió el impulso de besarla, con fuerza, en la boca. Pero aquel sentimiento, por desgracia, nunca podría ser real. Porque en cuanto el baile hubiera acabado, ella volvería a ser una asesina y él seguiría siendo un príncipe. Dorian tragó saliva con fuerza. Aquella noche, sin embargo…
La estrechó contra sí. Todo cuanto los rodeaba se transformó en una gran sombra en la pared.

Molesto, Chaol miraba cómo su amigo bailaba con la asesina. De todos modos, él no podía sacarla a bailar. Y se alegraba de no haber reunido el valor necesario para pedírselo, sobre todo después de ver el color de la cara del duque Perrington cuando había descubierto a la pareja entre los danzarines.
Un cortesano llamado Otho se detuvo junto a Chaol.
—Pensaba que estaba con vos.
—¿Quién? ¿Lady Lillian?
—¡De modo que se llama así! Nunca la había visto. ¿Acaba de llegar a la corte?
—Sí —contestó Chaol.
Al día siguiente tendría unas palabras con los guardias por haber dejado salir a Celaena. Era de esperar que, para entonces, se le hubieran pasado las ganas de entrechocar sus cabezas.
—Y ¿qué tal os va, capitán Westfall? —preguntó Otho al mismo tiempo que le daba unas palmadas en la espalda con más ímpetu de la cuenta. El aliento le olía a vino—. Ya nunca cenáis con nosotros.
—Hace tres años que dejé de cenar con vosotros, Otho.
—Deberíais volver; echamos de menos vuestra conversación.
Era mentira. Otho solo quería sacarle información sobre la joven forastera. Su reputación de conquistador lo precedía; de hecho, en el castillo tenía tan mala fama que debía abordar a las cortesanas en cuanto llegaban o desplazarse a Rifthold a buscar a otro tipo de mujeres.
Dorian estaba pendiente de Celaena, y Chaol veía cómo las sonrisas se extendían por los labios de ella, cómo sus ojos se iluminaban con cada palabra del príncipe. Leía la felicidad en cada rasgo de la asesina, aun con la máscara puesta.
—¿Y él está con ella?
—Lady Lillian es dueña de sí misma. No pertenece a nadie.
—Entonces ¿no está con él?
—No.
Otho se encogió de hombros.
—Qué raro.
—¿Por qué?
De repente, a Chaol le entraron ganas de estrangularlo.
—Porque se diría que el príncipe está enamorado de ella —respondió antes de alejarse.
Por un momento, la mirada de Chaol se desenfocó. Justo entonces Celaena se echó a reír, y vio los ojos de Dorian clavados en ella. El príncipe no había separado la vista de la asesina ni una sola vez. Su expresión reflejaba… algo. ¿Alegría? ¿Asombro? Bailaba con los hombros erguidos, la espalda recta. Tenía el aspecto de un hombre. De un rey.
Era imposible que tal cosa hubiera ocurrido; y ¿cuándo había pasado? Otho era un borracho y un conquistador. ¿Qué sabía él del amor?
Dorian hizo girar a Celaena con destreza y ella se dejó caer en sus brazos con el cuerpo tenso de la emoción. Pero ella no estaba enamorada del príncipe; Otho no había dicho eso. No había observado apego por parte de ella. Y Celaena jamás cometería una estupidez semejante. El necio era Dorian; sería el príncipe el que acabaría con el corazón roto si es que en verdad la amaba.
Incapaz de seguir mirando a su amigo más tiempo, el capitán de la guardia abandonó el baile.

Rabiosa y desesperada, Kaltain miraba al príncipe heredero de Adarlan, que seguía bailando con Lillian Gordaina. Aunque hubiera llevado una máscara mucho más discreta, la habría reconocido a las primeras de cambio. Además, ¿qué clase de persona escogía el color gris para asistir a un baile de gala? Kaltain bajó la vista hacia su propio vestido y sonrió. En brillantes tonos de azul, verde esmeralda y marrón claro, su vestido y la máscara de plumas de pavo a juego costaban tanto como una vivienda pequeña. Todo se lo había regalado Perrington, por supuesto, junto con las joyas que le cubrían gran parte del cuello y los brazos. Nada que ver con el deplorable amasijo de cristal que llevaba aquella ramera calculadora.
Perrington le acarició el brazo y Kaltain se volvió a mirarlo dejando caer los ojos.
—Estáis guapísimo esta noche, amor mío —le dijo al mismo tiempo que le ajustaba la cadena de oro a la saya roja.
Al momento, el rostro de él se puso del color de su túnica. Kaltain se preguntó si llegaría a vencer la repulsión que le inspiraba la idea de besarlo. Siempre podía seguir rehusando, como llevaba haciendo todo el mes, pero cuando estaba tan borracho…
Debía encontrar una solución cuanto antes. Por desgracia, seguía sin estar más cerca de Dorian ahora que a principios de otoño, y desde luego no haría ningún progreso mientras Lillian estuviese de por medio.
Un abismo se abrió a sus pies. Un dolor leve, instantáneo, le latió en las sienes. No tenía otro remedio. Debía eliminar a Lillian.

Cuando el reloj dio las tres y la mayoría de los invitados —incluidos la reina y Chaol— se hubo marchado, Celaena juzgó que podía retirarse sin peligro. Aprovechando que Dorian había ido a buscar bebidas, se escabulló del baile y descubrió que Ress la estaba esperando para acompañarla de vuelta. Reinaba el silencio en el castillo mientras volvían a los aposentos de la joven por los corredores del servicio para evitar que los cortesanos más curiosos obtuviesen demasiada información. Aunque las razones que la habían llevado al baile no hubieran sido las mejores del mundo, se había divertido bastante bailando con Dorian. Sonriendo para sí, se hurgó las uñas mientras recorría el pasillo que conducía a su habitación. La euforia de sentir que Dorian solo tenía ojos para ella, que solo le hablaba a ella, que la trataba como a una igual o algo más que eso no la había abandonado del todo. Quizá su plan no hubiese fracasado, después de todo.
Ress carraspeó, y Celaena, alzando la vista, descubrió que Dorian la esperaba junto a la puerta de sus aposentos charlando con los guardias. No podía haberse quedado mucho rato más en el baile si había llegado allí antes que ella. El corazón le dio un brinco en el pecho pero se las ingenió para esbozar una sonrisa tímida cuando Dorian le hizo una reverencia, le abrió la puerta y entró tras ella. Que Ress y los guardias pensasen lo que quisieran.
Celaena se quitó la máscara y la lanzó al centro de la salita. Suspiró cuando el aire le refrescó la piel.
—Y ¿bien? —preguntó, y se apoyó en la pared, junto a la puerta del dormitorio.
Dorian se acercó a ella despacio. Cuando por fin se detuvo, sus bocas estaba a un dedo de distancia.
—Te has marchado del baile sin despedirte —le reprochó apoyando un brazo en la pared, a la altura de la cabeza de Celaena.
Ella levantó los ojos y miró la tela negra de la manga que caía justo por encima de su pelo.
—Es impresionante lo deprisa que habéis llegado hasta aquí. Y sin que vuestra corte de admiradoras os siguiese. Quizá deberíais probar suerte como asesino.
Él se apartó el pelo de la cara con una sacudida de la cabeza.
—No me interesan las cortesanas —dijo con voz ronca, y la besó.
Tenía la boca cálida, los labios suaves, y Celaena perdió cualquier sentido del tiempo y del espacio mientras le devolvía el beso con parsimonia. Él se apartó un instante, la miró a los ojos cuando ella los abrió y volvió a besarla. Aquel beso fue distinto, más profundo y ansioso.
Celaena sentía los brazos pesados y ligeros a un tiempo. La habitación parecía dar vueltas y más vueltas a su alrededor. Le gustaba…, le gustaban sus besos, su olor, su sabor, las sensaciones que le provocaba.
El príncipe le rodeó la cintura con el brazo y la estrechó contra sí sin separar sus labios de los de ella ni un momento. Ella lo cogió por el hombro y le clavó los dedos en el músculo tenso bajo la piel. ¡Cuánto había cambiado su relación desde el día en el que se conocieron en Endovier!
Celaena abrió los ojos. Endovier. ¿Por qué estaba besando al príncipe heredero de Adarlan? Aflojó los dedos y dejó caer el brazo.
Él se separó de ella y sonrió. Rebosaba carisma. Volvió a inclinarse hacia delante, pero ella posó dos dedos en su boca con suavidad.
—Debería irme a dormir —se disculpó. Dorian enarcó las cejas—. Sola —añadió.
Él se apartó los dedos de la boca e intentó volver a besarla, pero Celaena se escabulló por debajo del brazo del príncipe y cogió el pomo de la puerta del dormitorio. La abrió y cruzó el umbral antes de que él pudiera detenerla. Luego se asomó a la salita, donde él seguía sonriendo.
—Buenas noches —se despidió Celaena.
Dorian se apoyó en la puerta y acercó su rostro al de ella.
—Buenas noches —susurró a su vez.
Esta vez no lo rechazó cuando volvió a besarla. Dorian se separó a mitad del beso, y Celaena estuvo a punto de caerse al suelo cuando él se apartó. El príncipe se rio por lo bajo.
—Buenas noches —repitió ella, un poco ruborizada.
Luego el príncipe se marchó.
Celaena se dirigió al balcón y abrió las puertas de par en par para dejarse inundar por el aire fresco. Se llevó la mano a los labios y se quedó mirando las estrellas, mientras su corazón crecía, crecía, crecía dentro de su pecho.

Dorian caminó despacio hacia sus propios aposentos, con el corazón desbocado. Aún podía notar la caricia de los labios de Celaena, oler el aroma de su cabello, ver el oro de sus ojos que titilaban a la luz de las velas.
Al cuerno las consecuencias. Se las ingeniaría para que la historia funcionase; encontraría el modo de estar con ella. Tenía que hacerlo.
Había saltado al abismo. Ya solo podía rezar para que hubiera una red al fondo.

En el jardín, el capitán de la guardia miraba el balcón de la joven, donde ella bailaba en solitario, perdida en sus sueños. Aunque Chaol sabía que los pensamientos de Celaena no le pertenecían.
La asesina se detuvo y alzó la mirada. Aun a aquella distancia, el capitán veía el rubor de sus mejillas. Parecía muy joven; no, nueva. El corazón se le encogió en el pecho.
A pesar de todo, siguió mirándola, observándola hasta que ella suspiró y volvió al interior sin molestarse en mirar abajo.