Trono de cristal
Capítulo 42
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Capítulo 42

Cain.
La persona que se había vuelto más fuerte y mejor conforme avanzaba el torneo. Celaena lo había atribuido al entrenamiento, pero no. En realidad se estaba valiendo de las marcas del Wyrd y del monstruo que estas invocaban para robar la fuerza de los campeones muertos.
Cain arrastró la mano por el suelo, ante la oscuridad, y unas luces verdosas brotaron por donde había pasado los dedos antes de que el vacío las aspirase como fantasmas al viento. Le sangraba la mano.
Celaena contuvo el aliento cuando atisbó algo moviéndose en la oscuridad. Sonó el repiqueteo de una garra contra la piedra y un siseo como de una llama que se apaga. A continuación, caminando hacia Cain, caminando sobre unas piernas con las rodillas del revés —como las patas traseras de un animal— apareció el ridderak.
Parecía algo sacado de las pesadillas de un dios antiguo. Su lisa y grisácea piel se tensaba sobre una cabeza deforme, y dejaba a la vista una enorme boca repleta de colmillos negros.
Los mismos colmillos que habían arrancado y devorado los órganos internos de Verin y de Xavier; colmillos que habían engullido sus cerebros. El cuerpo, vagamente humano, se hundía por la parte de las ancas. Al caminar, arrastraba unos brazos largos por el suelo. Las piedras chirriaban al contacto de sus uñas. Cain levantó la cabeza y se puso en pie despacio cuando el engendro se arrodilló ante él y bajó los oscuros ojos. En actitud sumisa.
Celaena solo se dio cuenta de lo mucho que temblaba cuando retrocedió un paso para dar media vuelta y echar a correr como alma que lleva el diablo. Elena había dicho la verdad: aquello era el mal, pura y simplemente. En el pecho de la asesina, el amuleto latía como si la apremiara a huir. Con la boca seca y el pulso acelerado, Celaena retrocedió.
Cain se volvió a mirarla y el ridderak levantó la cabeza al instante para olisquear dos veces con su hocico hendido. La muchacha se quedó petrificada, pero justo entonces se levantó un viento huracanado que la empujó desde atrás y la obligó a entrar en la cámara trastabillando.
—No te tocaba a ti esta noche —observó Cain, pero Celaena solo tenía ojos para el monstruo, que se había puesto a jadear—, aunque la ocasión es demasiado buena para desperdiciarla.
—Cain —fue lo único que ella atinó a responder.
Los ojos del ridderak…, jamás había visto algo parecido. No reflejaban nada salvo pura hambre; un hambre insaciable, infinita. La criatura no era de este mundo. Las marcas del Wyrd funcionaban. Los portales existían. Se sacó el cuchillo casero del bolsillo. Le pareció minúsculo; ¿qué daño podía hacer un alfiler de pelo en el pellejo de aquel animal?
Cain avanzó con tanta rapidez que ella apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el soldado se colocara a su espalda. De alguna manera, también le había arrebatado el cuchillo. Nadie —ningún ser humano— se podía mover a esa velocidad, como si su cuerpo estuviera hecho de sombras y viento.
—Lástima —susurró Cain desde el umbral mientras se guardaba el cuchillo de Celaena en el bolsillo. La asesina miró a la criatura, luego a él, por último detrás de ella—. Nunca llegaré a averiguar cómo has conseguido llegar hasta aquí —el soldado abarcó el pomo de la puerta con la mano—. Aunque tampoco es que me importe. Adiós, Celaena.
La puerta se cerró.
La luz verdosa seguía brotando de las marcas del suelo —signos que Cain había grabado con su propia sangre—, iluminando a la criatura que la observaba con aquellos ojos hambrientos y crueles.
—Cain —susurró Celaena mientras retrocedía hacia la puerta y empezaba a toquetear el pomo.
Intentó girarlo y tiró de él. La puerta estaba cerrada. En aquella habitación no había nada salvo piedra y polvo. ¿Cómo era posible que se hubiera dejado desarmar tan fácilmente?
—Cain —la puerta no cedía—. ¡Cain! —gritó, y golpeó la puerta con el puño, tan violentamente que se lastimó.
El ridderak la acechaba desplazándose sobre sus cuatro miembros como una araña, sin dejar de olisquearla. Celaena se quedó quieta. ¿Por qué no la había atacado de inmediato? El monstruo volvió a olfatearla y rascó el suelo con una mano en forma de garra, con tanta fuerza que arrancó un trozo de piedra.
La quería viva. Cain había dejado inconsciente a Verin mientras invocaba a la criatura; le gustaba la sangre caliente. De modo que buscaría un modo de inmovilizarla y después…
No podía respirar. No, así no. No en aquella cámara, donde nadie la encontraría nunca, ni siquiera Chaol, que jamás sabría por qué había desaparecido y la maldeciría por siempre jamás, donde nunca tendría oportunidad de decirle a Nehemia que la había juzgado mal. Y Elena… Elena le había pedido que la acompañara a la tumba para que viera…, para que viera ¿qué?
Y de repente lo supo.
La respuesta estaba allí mismo, a su derecha, en el pasadizo que descendía varios niveles más por debajo de la tierra.
La criatura se apoyó en las patas traseras preparada para saltar, y en ese momento a Celaena se le ocurrió el plan más temerario y valiente que había urdido jamás. Dejó caer la capa al suelo.
Con un rugido que sacudió los cimientos del castillo, el ridderak echó a correr hacia ella.
Celaena se quedó ante la puerta, viendo cómo el monstruo arremetía al galope en su dirección; saltaban chispas del suelo cuando sus patas golpeaban la piedra. A unos tres metros de ella, la criatura se abalanzó contra sus piernas.
La asesina, sin embargo, ya había echado a correr directamente hacia aquellos colmillos negros y pútridos. El ridderak se lanzó contra ella y Celaena sobrevoló de un salto aquella mezcolanza de gruñidos y rugidos. Un estrépito ensordecedor inundó la cámara cuando el ridderak hizo añicos la puerta de madera. La muchacha no quería ni imaginar qué habría sido de sus piernas de haberla alcanzado. Pero no había tiempo para pensar. Aterrizó rodando y volvió a abalanzarse hacia la puerta resquebrajaba, donde la criatura se abría paso entre los trozos de madera.
Celaena corrió por el pasadizo, torció a la izquierda y se precipitó escaleras abajo. Jamás conseguiría llegar viva a sus aposentos, pero si corría lo bastante quizá pudiera alcanzar el sepulcro.
El ridderak volvió a rugir y la escalera tembló. La asesina no se atrevía a mirar atrás. Se concentró en sus propios pies, en no dar un traspié mientras descendía los peldaños como una exhalación hacia el rellano del fondo, iluminado por la luz de la luna que se filtraba desde la cámara funeraria.
Celaena llegó al rellano, corrió hacia la puerta del sepulcro y rezó a dioses cuyos nombres había olvidado pero que, con algo de suerte, tal vez no la hubiesen olvidado a ella.
«Alguien quiso que bajara aquí el día de Samhuinn. Alguien sabía que esto sucedería. Elena quería que lo viera… para que pudiera sobrevivir».
La criatura alcanzó el fondo de la escalera y se abalanzó hacia ella. La tenía tan cerca que podía oler su aliento putrefacto. La puerta del sepulcro estaba abierta de par en par. Como si hubiera alguien allí esperando.
«Por favor… Por favor…».
Cogida a la jamba de la puerta, se dio impulso para entrar. Ganó unos segundos preciosos mientras el ridderak se detenía en seco al reparar en que había pasado la cámara de largo. Solo tardó unos momentos en reaccionar. Cuando volvió a la carga, se llevó consigo un trozo de puerta.
Las pisadas de Celaena resonaban por el sepulcro mientras corría entre los sarcófagos buscando a Damaris, la espada del antiguo rey.
Expuesta en su soporte, la hoja brillaba a la luz de la luna; aunque tenía más de mil años, el metal conservaba todo su esplendor.
La criatura gruñó, y Celaena oyó su respiración y el roce de las uñas contra la piedra cuando el ridderak cargó contra ella. Alcanzó la espada con un último esfuerzo y ciñó la fría empuñadura con la mano izquierda antes de darse la vuelta sobre sí misma blandiendo la espada.
Sin ver nada más que los ojos y la piel borrosa de la criatura, hundió a Damaris en la cara del ridderak.
Un fuerte dolor le atravesó la mano cuando ambos se estrellaron contra la pared y cayeron al suelo entre monedas y joyas. Una sangre negra y hedionda la salpicó.
Celaena no se movió. Se quedó allí tendida, mirando aquellos ojos negros abiertos a pocos centímetros de los suyos, viendo su mano derecha entre los dientes negros de la criatura. Su propia sangre se derramaba por la barbilla del ridderak. La muchacha se limitó a jadear y temblar, sin atreverse a separar la mano izquierda de la espada, ni siquiera cuando advirtió que los ojos del monstruo adquirían un brillo vidrioso y que el cadáver se aflojaba sobre su cuerpo.
Solo parpadeó cuando volvió a notar el latido del amuleto. A partir de aquel momento, sus movimientos fueron una serie de pasos orquestados, un baile que debía ejecutar a la perfección si no quería caer en redondo allí mismo y no volver a levantarse.
Empezó por retirar la mano de entre los dientes de la bestia. Le escocía horrores. Un arco de puntos ensangrentados le rodeaba el pulgar. Apartó al ridderak de un empujón y se puso en pie de un salto. El monstruo pesaba poquísimo, como si tuviera los huesos huecos o fuese puro pellejo. Aunque el mundo empezaba a desdibujársele, arrancó a Damaris del cráneo del engendro.
Usó su propia camisa para limpiar la sangre de la espada de Gavin y volvió a depositarla en el lugar que le correspondía. ¿Por eso le habían mostrado la cámara funeraria en Samhuinn? ¿Para que viera a Damaris y llegado el momento pudiese salvarse?
Dejó a la criatura donde estaba, derrumbada sobre un montón de joyas. Quienquiera que la hubiese salvado tendría que encargarse de ella. Celaena no daba más de sí.
Pese a todo, la asesina se detuvo un momento ante el sarcófago de Elena y miró las hermosas facciones talladas en mármol.
—Gracias —dijo con voz ronca.
Con la visión borrosa, y apretando la mano herida contra su pecho, abandonó la tumba y remontó las escaleras a duras penas.
En cuanto estuvo sana y salva en sus aposentos, Celaena se dirigió a la puerta de su dormitorio y se apoyó contra ella, jadeando, para abrirla. La herida no se le había cerrado y la sangre seguía resbalando por su muñeca. Oía el sonido de las gotas al estrellarse contra el suelo. Tenía que ir a los baños a lavarse la mano. La tenía helada. Tenía que…
Se le doblaron las piernas y cayó al suelo. Le pesaban tanto los párpados que acabó por cerrarlos. ¿Por qué el corazón le latía tan despacio?
Celaena abrió los ojos y se miró la mano. No podía enfocar la vista y apenas vio un borrón rojo y rosado. El helor de la mano le subía por el brazo y bajaba por sus piernas.
Oyó un estallido. Un pom-pom-pom seguido de un gemido. A través de los párpados entrecerrados vio una luz en la habitación a oscuras.
Luego oyó un grito —femenino— y unas manos cálidas le tomaron el rostro. El frío era tan intenso que casi quemaba. ¿Alguien había dejado la ventana abierta?
—¡Lillian!
Era Nehemia. Sacudió a Celaena por los hombros.
—¡Lillian! ¿Qué ha pasado?
La asesina apenas recordaría nada de los momentos siguientes. Unos fuertes brazos la levantaron en volandas y la transportaron a toda prisa a los baños. Nehemia jadeaba mientras llevaba a Celaena a la bañera. Allí, le quitó la ropa. La mano le escocía tanto que cuando entró en contacto con el agua la retiró, pero la princesa se la sostuvo con fuerza mientras recitaba algo en una lengua desconocida. La luz de la sala latía y Celaena notó un cosquilleo en la piel. Descubrió que tenía los brazos cubiertos de unas marcas brillantes color turquesa: marcas del Wyrd. Nehemia la sostenía en el agua sin dejar de mecerla.
La oscuridad la engulló.