Trono de cristal
Capítulo 43
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Capítulo 43

Celaena abrió los ojos.
No tenía frío, y las velas brillaban con un resplandor dorado. El aire olía a flor de loto con un toque de nuez moscada. Exhaló un pequeño gemido y, parpadeando, intentó levantarse de la cama. ¿Qué había pasado? Solo recordaba haber subido las escaleras, haber colocado el tapiz para ocultar la puerta secreta…
Sobresaltada, Celaena se palpó la túnica y se quedó pasmada al descubrir que alguien la había sustituido por un camisón. Luego levantó la mano y la contempló maravillada. Estaba curada, completamente curada. El único rastro de la herida era una cicatriz en forma de media luna entre los dedos índice y pulgar y las pequeñas marcas que habían dejado los dientes inferiores del ridderak. Se pasó el dedo por cada una de aquellas cicatrices blancas, resiguió la curva y luego movió los dedos para comprobar que los nervios de la mano estaban intactos.
¿Cómo era posible? Alguien la había curado como por arte de magia. Se incorporó y descubrió que no estaba sola.
Sentada en una silla, junto a la cama, Nehemia la miraba. No sonrió, y Celaena se revolvió inquieta al advertir una sombra de desconfianza en los ojos de la princesa. Ligera yacía a sus pies.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Celaena.
—Eso mismo iba a preguntar yo —respondió la princesa de Eyllwe. Señaló con un gesto el cuerpo de su amiga—. Si no os hubiera encontrado, ese mordisco os habría matado en cuestión de minutos.
Incluso había limpiado la sangre del suelo.
—Gracias —dijo Celaena. Entonces descubrió con sobresalto el cielo oscuro al otro lado de las ventanas—. ¿Qué día es hoy?
Si habían transcurrido dos días y se había perdido la última prueba…
—Solo han pasado tres horas.
Celaena respiró aliviada. No se la había perdido. Al día siguiente podría entrenarse y al otro presentarse a la prueba.
—No lo entiendo. ¿Cómo…?
—Eso da igual ahora —la interrumpió Nehemia—. Quiero saber dónde estabais cuando habéis recibido ese mordisco. Solo había sangre en vuestro dormitorio. No he visto manchas en el pasillo ni en ninguna otra parte.
Abriendo y cerrando la mano derecha, Celaena observó cómo las cicatrices se expandían y se contraían. Había estado a punto de morir. Echó un vistazo a la princesa y volvió a mirarse la mano. Fuera cual fuese el papel de Nehemia en todo aquello, no estaba conchabada con Cain.
—No soy quien finjo ser —empezó a decir la asesina con voz queda, incapaz de mirar a su amiga a los ojos—. Lillian Gordaina no existe.
Nehemia no dijo nada. Celaena se obligó a sí misma a posar la mirada en el rostro de la princesa. Su amiga la había salvado. ¿Cómo había podido pensar, ni por un momento, que era Nehemia la que controlaba a la criatura? Cuando menos, merecía saber la verdad.
—Me llamo Celaena Sardothien.
Los labios de Nehemia se separaron. Despacio, negó con la cabeza.
—Pero si os enviaron a Endovier. Se suponía que estabais en Endovier con… —la princesa abrió mucho los ojos—. Habláis el Eyllwe de los campesinos…, de los esclavos de Endovier. Lo aprendisteis allí —a Celaena le costaba respirar. Los labios de Nehemia temblaban—. Habéis estado… ¿Habéis estado en Endovier? Es un campo de exterminio. Pero… ¿Por qué no me lo dijisteis? ¿Acaso no confiáis en mí?
—Claro que sí —repuso Celaena. Sobre todo sabiendo, sin la menor sombra de duda, que la princesa no estaba detrás de los asesinatos—. El rey me ordenó que no revelara ni una palabra de esto.
—Ni una palabra ¿de qué? —le espetó Nehemia mientras intentaba contener las lágrimas—. ¿El rey sabe que estáis aquí? ¿Obedecéis sus órdenes?
—Estoy aquí para entretenerlo —la asesina se incorporó en la cama—. Estoy aquí para participar en un concurso del que saldrá proclamado el campeón del rey. Y cuando gane, si es que gano, tendré que trabajar para él durante cuatro años como sirvienta y asesina. Luego me liberará y limpiará mi nombre.
Nehemia se quedó mirándola con ojos vacíos, acusadores.
—¿Creéis que a mí me gusta estar aquí? —exclamó Celaena, pese a que eso hizo que le martilleara la cabeza—. No tenía elección. O aceptaba o me quedaba en Endovier —se llevó las manos al pecho—. Antes de que empecéis a sermonearme, o antes de que corráis a esconderos detrás de vuestra guardia personal, quiero que sepáis que no transcurre ni un solo momento sin que me pregunte cómo me sentiré cuando tenga que matar en su nombre; ¡en el del hombre que destruyó todo cuanto yo amaba!
Apenas podía respirar, no mientras la puerta de su mente siguiera abriéndose y cerrándose, no mientras las imágenes que tanto se había esforzado en olvidar continuasen desfilando ante sus ojos. Las ahuyentó, ansiosa de oscuridad. Nehemia permanecía callada. Ligera gimió. En el silencio, personas, lugares y palabras resonaban en el pensamiento de Celaena.
Entonces oyó unos pasos que la devolvieron a la realidad. El colchón chirrió y Nehemia se sentó a su lado. Un instante después, Celaena notó otro peso más leve: Ligera.
La princesa estrechó la mano de su amiga con la suya, cálida y seca. Celaena abrió los ojos pero clavó la vista en la pared.
Nehemia le apretó la mano.
—Sois mi amiga más querida, Celaena. Me duele, más de lo que jamás habría pensado, que nuestra amistad se haya enfriado. Leer la desconfianza en vuestros ojos cuando me miráis. Y no quiero que volváis a mirarme jamás de ese modo. De forma que deseo concederos algo que reservo para muy pocas personas —sus oscuros ojos brillaron—. Los nombres no son importantes. Solo importa lo que albergamos en nuestro interior. Sé lo mucho que sufristeis en Endovier. Sé lo que soporta allí mi pueblo, día tras día. Pero vos no dejasteis que las minas os endurecieran, vuestra alma no ha cedido el paso a la vergüenza de la crueldad.
Apretando con fuerza, la princesa trazó una señal sobre la mano de Celaena.
—Lleváis muchos nombres, y yo os voy a bautizar también —alzó la mano hasta la frente de su amiga y dibujó una marca invisible—. Os llamaréis Elentiya —besó la frente de la asesina—. Yo os bautizo para que empleéis el nombre con honor, para que lo uséis cuando los demás os pesen demasiado. Os llamaréis Elentiya, «espíritu inquebrantable».
Celaena estaba petrificada. Sintió que el nombre se posaba sobre ella como un velo tembloroso. Acababa de recibir un gesto de amor incondicional. No sabía que existiesen amigos así. ¿Cómo era posible que fuera tan afortunada como para haber encontrado uno?
—Venga —quiso animarla Nehemia—. Contadme cómo llegasteis a convertiros en la Asesina de Adarlan y cómo acabasteis en este castillo exactamente…, y explicadme los pormenores de ese absurdo concurso.
Celaena sonrió apenas. Ligera agitó la cola y lamió el brazo de Nehemia.
La princesa le había salvado la vida…, no sabía cómo. Las respuestas a aquel enigma podían esperar. De modo que Celaena empezó a hablar.

Al día siguiente, Celaena caminaba junto a Chaol con los ojos fijos en el suelo de mármol del pasillo. El sol se reflejaba en la nieve del jardín con tanta fuerza que la luz inundaba el corredor con una intensidad casi cegadora. El día anterior, se había sincerado con Nehemia. Se había guardado ciertos detalles que jamás revelaría a nadie y tampoco había mencionado a la criatura de Cain. Nehemia no había vuelto a preguntarle por la procedencia del mordisco, pero se había quedado con ella toda la noche, acurrucada en la cama, charlando. Celaena, que no sabía si podría volver a conciliar el sueño sabiendo como sabía las cosas de las que Cain era capaz, había agradecido la compañía. Se ciñó la capa. La mañana era anormalmente fría.
—Estás muy callada —Chaol caminaba con la mirada al frente—. ¿Te has peleado con Dorian?
Dorian. Había pasado a verla la noche anterior, pero Nehemia lo había ahuyentado antes de que pudiera entrar en el dormitorio.
—No. Llevo sin verlo desde ayer por la mañana.
Tras los acontecimientos de la víspera, le parecía que había transcurrido una semana.
—¿Te divertiste la otra noche bailando con él?
¿Había cierto retintín en sus palabras? Se volvió a mirarlo mientras doblaban una esquina para dirigirse a un salón de entrenamiento privado.
—Vos os retirasteis muy pronto. Pensaba que no ibais a separaros de mí en toda la noche.
—Ya no precisas mi vigilancia.
—Nunca la he precisado.
Chaol se encogió de hombros.
—Ahora ya sé que no irás a ninguna parte.
En el exterior, un viento ululante levantó una ráfaga de nieve que revoloteó en el aire como chispas de cristal.
—A lo mejor vuelvo a Endovier.
—No lo harás.
—Y vos ¿cómo lo sabéis?
—Lo sé.
—Gracias por la inyección de confianza.
Él dejó escapar una risilla mientras seguían andando hacia el salón de entrenamiento.
—Me sorprende que el perro no te haya seguido, después de lo mucho que ha protestado.
—Si tuvierais perro, no os burlaríais —le reprochó ella.
—No tengo mascotas; nunca he querido tenerlas.
—Sin duda es una suerte para cualquier perro haberse librado de pasear a vuestro lado.
Chaol le propinó un codazo. Celaena sonrió y se lo devolvió. Quería hablarle de Cain. Había sentido el impulso de contarle lo sucedido cuando él había ido a buscarla por la mañana. Deseaba explicárselo todo.
Sin embargo, él no podía saberlo. Porque, tal como había comprendido la noche anterior, si le hablaba de Cain y de la criatura a la que había invocado, Chaol querría ver los restos del monstruo, lo cual implicaría enseñarle el pasadizo secreto. Y si bien confiaba lo bastante en ella como para dejarla a solas con Dorian, no sabía cómo reaccionaría si descubría que tenía acceso a una salida sin vigilancia.
«Además, he matado al engendro. Todo ha terminado. El misterioso monstruo de Elena ha sido derrotado. Ahora venceré a Cain en duelo y nadie llegará a enterarse».
Chaol se detuvo ante la puerta no señalizada del salón de prácticas, pero se volvió de repente hacia ella.
—Te voy a preguntar esto solo una vez y luego nunca volveré a referirme a ello —la miraba con tanta intensidad que Celaena se revolvió inquieta—. ¿Sabes dónde te estás metiendo con Dorian?
Ella soltó una carcajada forzada.
—¿Ahora me aconsejáis sobre mi vida amorosa? Y ¿quién os preocupa exactamente, Dorian o yo?
—Los dos.
—No sabía que yo os importara hasta ese punto. Ni siquiera lo había sospechado.
Chaol fue lo bastante listo como para no morder el anzuelo. Se limitó a abrir la puerta.
—Solo te digo que uses la cabeza, ¿de acuerdo? —respondió por encima del hombro, y entró en la sala.

Una hora más tarde, sudando y jadeando tras las prácticas de combate con espada, Celaena se secó la frente con la manga mientras ambos caminaban de regreso a sus aposentos.
—El otro día te vi leyendo Elric y Emide —comentó Chaol—. Pensaba que detestabas la poesía.
—Eso es distinto —contestó Celaena haciendo girar los brazos—. La poesía épica no es aburrida… ni pretenciosa.
—Ah, ¿no? —Una sonrisa socarrona se extendió por las facciones del capitán—. ¿Un poema que trata de grandes batallas y amor infinito no es pretencioso?
Celaena le propinó un puñetazo cariñoso en el hombro y él se echó a reír. Encantada de verlo de tan buen humor, la muchacha soltó una carcajada. Justo en aquel momento doblaron la esquina y se dieron de bruces con un montón de guardias. Entonces lo vio.
El rey de Adarlan.