Trono de cristal
Capítulo 45
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Capítulo 45

Celaena jadeaba mientras ella y Nox bajaban las espadas a una orden de Brullo. El maestro de armas había ordenado a gritos a los cinco campeones que bebieran un poco de agua. Al día siguiente se celebraría la última prueba antes del duelo. Tras hacer unos estiramientos, Celaena obsequió a Nox con una gran sonrisa. Se mantuvo alejada cuando Cain avanzó pesadamente hacia la jarra que descansaba sobre la mesa, al otro lado del salón, pero no lo perdió de vista. Cuando la vio entrar en la sala de entrenamiento, Cain se había limitado a enarcar las cejas y luego había esbozado una sonrisa burlona.
Celaena observó sus músculos, su altura, su volumen; todo robado a los campeones asesinados. Se fijó en el anillo negro que llevaba en el dedo. ¿No guardaría aquel objeto alguna relación con sus horribles habilidades?
—¿Te pasa algo? —preguntó Nox con la respiración entrecortada. Se detuvo a su lado y miró a Cain, Tumba y Renault, que charlaban entre sí—. Parecías tener problemas de equilibrio.
¿Cómo había aprendido Cain a invocar a la criatura? Y ¿qué era aquella negrura de la que había surgido el engendro? ¿De verdad lo hacía solo para ganar el concurso?
—O —siguió diciendo Nox— a lo mejor hay algo que te distrae.
Celaena intentó sacar a Cain de sus pensamientos.
—¿Qué?
Nox le sonrió.
—El día del baile, parecías disfrutar mucho de las atenciones que te dispensaba el príncipe heredero.
—Métete en tus asuntos —replicó ella.
Nox levantó las manos.
—No pretendía entrometerme.
Celaena caminó hacia la jarra de agua. Se sirvió un vaso sin responder a Nox y sin molestarse en ofrecerle uno. Cuando devolvió la jarra a la mesa, el chico se inclinó hacia ella.
—Esas cicatrices que tienes en la mano son nuevas.
Ella se metió la mano en el bolsillo y entornó los ojos.
—Métete en tus asuntos —repitió.
Empezó a alejarse, pero Nox la cogió del brazo.
—La otra noche, me dijiste que me quedara en mis aposentos. Y esas cicatrices parecen marcas de dientes. Dicen que a Verin y a Xavier los mataron unos animales —entrecerró sus grises ojos—. Tú sabes algo.
Celaena miró a Cain por encima del hombro. Este bromeaba tranquilamente con Tumba como si no fuera un maníaco invocador de demonios.
—Solo quedamos cinco. Cuatro se clasificarán para los duelos y la prueba se celebra mañana. Lo que les sucedió a Verin y a Xavier, sea lo que sea, no fue un accidente, no si murieron en el transcurso de los dos días que abarcaron las pruebas —Celaena se zafó de la mano de Nox—. Lleva cuidado —le cuchicheó.
—Dime lo que sabes.
No podía, no sin que la tomaran por loca.
—Si fueras un poco listo, te largarías ahora mismo de este castillo.
—¿Por qué? —Nox echó una ojeada en dirección a Cain—. ¿Qué es lo que no me dices?
Brullo apuró el agua y echó a andar hacia su espada. Dentro de un momento los volvería a llamar.
—Te digo que si tuviera alguna opción de marcharme…, si mi vida no dependiera de ello, a estas alturas ya estaría atravesando Erilea sin mirar atrás.
Nox se frotó la nuca.
—No entiendo ni una palabra de lo que dices. ¿Por qué no tienes otra opción? Sé que tienes problemas con tu padre, pero no creo que él vaya a… —Celaena lo hizo callar con una mirada elocuente—. No eres una ladrona de joyas, ¿verdad? —Ella negó con la cabeza. Nox volvió a mirar a Cain—. Él también lo sabe. Por eso te hace rabiar todo el tiempo. Para obligarte a mostrar quién eres en realidad.
Ella asintió. ¿Qué más daba que Nox supiese la verdad? Tenía preocupaciones mucho más importantes en aquel momento. Por ejemplo, cómo iba a sobrevivir hasta los duelos. O cómo detener a Cain.
—Pero ¿quién eres? —insistió Nox. Celaena se mordió el labio—. Dijiste que tu padre te envió a Endovier, y eso es verdad. El príncipe acudió allí para reclamarte, y hay pruebas de que ese viaje se realizó —miraba más allá de ella mientras hablaba. Celaena prácticamente alcanzaba a ver los engranajes de su cerebro haciendo deducciones—. Y… no estabas en la ciudad de Endovier. Estabas en Endovier. En las minas de sal. Eso explica por qué cuando te conocí estabas escuálida.
Brullo dio unas palmadas.
—¡Venga, chicos! ¡Ejercicios!
Nox y Celaena se quedaron junto a la mesa. Él la miraba con asombro.
—¿Eres una esclava de Endovier? —Ella se quedó sin palabras. Nox era demasiado listo para su propio bien—. Pero si eres casi una niña. ¿Qué hiciste? —La mirada del chico se posó en Chaol y en los guardias que lo acompañaban—. ¿Es posible que haya oído tu nombre alguna vez? ¿Se hizo público tu ingreso en Endovier?
—Sí. Todo el mundo se enteró —respondió por lo bajo, y se quedó mirándolo mientras él repasaba todos los nombres que había oído a lo largo de los últimos años en relación al lugar. Pronto, las piezas encajaron.
—¿Eres tú? ¿Una muchacha?
—Es sorprendente, ya lo sé. Todo el mundo me cree mayor.
Nox se pasó la mano por el oscuro pelo.
—Y si no te proclamas campeona del rey, ¿te enviarán de vuelta a Endovier?
—Por eso me tengo que quedar aquí —Brullo les ordenó a gritos que empezaran con los ejercicios—. Y por eso te digo que te marches del castillo mientras puedas —Celaena se sacó la mano del bolsillo y se la enseñó—. Este mordisco me lo dio una criatura que me siento incapaz de describirte, y aunque lo hiciera tampoco me creerías. Pero quedamos cinco y, puesto que la prueba se celebra mañana, uno de nosotros corre peligro. Varios de los asesinatos se han producido en la víspera de una prueba.
—Sigo sin entender nada —insistió Nox, que no acababa de fiarse.
—No hace falta que lo entiendas. Pero a ti no te van a encarcelar si fracasas, y tampoco vas a conseguir el título de campeón, ni aunque te clasifiques para los duelos. De modo que debes marcharte.
—¿Es mejor para mí que no sepa qué está matando a los campeones?
Al recordar los colmillos y el hedor de la criatura, Celaena reprimió un estremecimiento.
—Sí —contestó, incapaz de disimular el miedo que sentía—. Es mejor que no lo sepas. Solo debes confiar en mí, y confiar en que no pretendo engañarte para eliminarte de la competición.
Algo en la expresión de la muchacha indujo a Nox a darse por vencido.
—Llevo meses pensando que solo eras una niña mimada de Bellhaven que robaba joyas para llamar la atención de su padre. Cómo me iba a imaginar que me encontraba ante la mismísima reina del submundo —sonrió con desgana—. Gracias por avisarme. Podrías haber optado por no decir nada.
—Eres el único que se ha molestado en tomarme en serio —respondió ella con una sonrisa cálida—. Me sorprende que me hayas creído siquiera.
Brullo volvió a gritar, y ambos echaron a andar hacia el grupo. Chaol tenía la mirada clavada en ellos. Celaena sabía que más tarde la interrogaría sobre la conversación.
—Hazme un favor, Celaena —le pidió Nox. El sonido de su verdadero nombre la sobresaltó. El chico se acercó para hablarle al oído—. Arráncale la cabeza a Cain —susurró con una sonrisa malévola.
La asesina sonrió a su vez y luego asintió.
Nox se marchó aquella misma noche. Se escabulló sin despedirse de nadie.

Tocaron las cinco, y Kaltain reprimió el impulso de frotarse los ojos. El opio rezumaba hasta del último poro de su cuerpo. A la luz del ocaso, un fundido de tonos rojos, anaranjados y dorados bañaba los pasillos del castillo. Perrington le había pedido que cenara con él en el salón de gala. Por lo general, Kaltain no se habría atrevido a fumar antes de un acto público, pero la migraña que llevaba toda la tarde fastidiándola no acababa de desaparecer.
El salón parecía extenderse hasta el infinito. Hizo caso omiso de los cortesanos y los criados y eligió concentrarse en el día que declinaba. Alguien se acercó desde el fondo, un manchurrón negro contra la luz dorada y naranja. Las sombras parecían escurrirse de la figura, y se proyectaban contra las losas, las ventanas y los muros como salpicaduras de tinta.
Kaltain intentó tragar saliva al acercarse a él, pero tenía la lengua dormida, la boca seca como papel de lija.
A cada paso que daba hacia él, le parecía verlo crecer ante sus ojos, hacerse más grande, más alto. El corazón de Kaltain latía pesadamente. Quizás el opio le había sentado mal. Tal vez hubiese fumado demasiado aquella vez. En medio del retumbar de oídos y del zumbido de la cabeza, distinguió un susurro de alas.
Entre parpadeo y parpadeo, habría jurado que veía seres que revoloteaban en torno a él en círculos rápidos y violentos, criaturas que planeaban, acechaban, esperaban…
—Milady —la saludó Cain inclinando la cabeza mientras se acercaba a ella.
Kaltain no respondió. Cerró las manos, que le sudaban a mares, y siguió avanzando por el salón de gala. El aleteo prosiguió durante un rato, pero en cuanto llegó a la mesa del duque, Kaltain lo olvidó por completo.

Después de cenar, Celaena descansaba frente a Dorian ante un tablero de ajedrez. El beso que se habían dado la noche del baile no había estado nada mal. En realidad, le había encantado. Como era de esperar, el príncipe había querido verla, pero de momento no había mencionado las cicatrices que Celaena tenía en la mano ni tampoco el beso. Nunca, ni en un millón de años, le hablaría a Dorian del ridderak. Tal vez sintiese algo por él, pero si el príncipe informaba a su padre del poder de las marcas del Wyrd o de las mismas puertas… Se estremeció solo de pensarlo.
Sin embargo, mirando su rostro a la luz del fuego, no encontraba en él ningún parecido con su padre. No, solo veía bondad, inteligencia y quizás una pizca de arrogancia, pero… Celaena rascó la cabeza de Ligera. Confiaba en que el príncipe se mantuviese alejado, que se fijase en otra mujer ahora que ya la había probado a ella.
«Pero, bueno, ¿estás segura de que solo quería probarte?».
Él movió la suma sacerdotisa y Celaena se echó a reír.
—¿Seguro que queréis hacer eso? —le preguntó.
La cara de Dorian reflejó confusión. Ella cogió un peón, lo movió en diagonal y mató la pieza.
—Maldición —exclamó el príncipe, y Celaena soltó una carcajada.
—Tomad —la joven le devolvió la pieza—. Probad otra jugada.
—No. Jugaré como un hombre y aceptaré mis derrotas.
Ambos rieron, pero el silencio pronto se instaló entre ellos. La sonrisa aún no había abandonado los labios de Celaena cuando él le tomó la mano. La muchacha quiso retirarla, pero no se atrevió a hacerlo. El príncipe le colocó la mano sobre el tablero. Despacio, posó la palma contra la de ella y luego entrelazó los dedos con los suyos. Dorian tenía las manos encallecidas, fuertes. Sus manos unidas se desplazaron a un lado de la mesa.
—Hacen falta las dos manos para jugar al ajedrez —dijo Celaena, que se preguntaba en secreto si un corazón podía estallar.
Ligera bufó y se alejó corriendo, seguramente a esconderse bajo la cama.
—Me parece que tú solo necesitas una —Dorian le apretó la mano y ella intentó retirarla, pero el príncipe la retuvo y movió una pieza por el tablero—. ¿Lo ves?
Celaena se mordió el labio. No obstante, optó por dejar la mano donde estaba.
—¿Vais a volver a besarme?
—Me gustaría.
Se quedó petrificada cuando el príncipe se aproximó a ella, cada vez más cerca, mientras la mesa gemía bajo su peso. Dorian se detuvo a un cabello de distancia y la miró a los ojos.
—Hoy me he cruzado con vuestro padre —lo interrumpió la joven.
Dorian volvió a sentarse despacio.
—¿Y?
—Todo ha ido bien —mintió.
El príncipe entornó los ojos. A continuación, con un dedo, la obligó a levantar la barbilla.
—No me habrás contado eso para evitar lo inevitable, ¿verdad?
No, en realidad se lo había contado para seguir hablando, para que Dorian permaneciera a su lado el mayor tiempo posible, para no tener que afrontar una noche a solas sabiendo que la amenaza de Cain se cernía sobre ella. ¿Qué mejor compañía que el hijo del rey en la negra oscuridad de la noche? Cain no se atrevería a hacerle daño.
Sin embargo…, su encuentro con el ridderak significaba que cuanto había leído en los libros era verdad. Menudo poder… Y ¿si Cain era capaz de invocar cualquier cosa, como por ejemplo… a los muertos?
—Estás temblando —le dijo Dorian. Era verdad. Temblaba como una idiota—. ¿Te encuentras bien?
El príncipe rodeó la mesa y se sentó a su lado.
Celaena no se lo podía decir. No, él no debía saberlo. Como tampoco podía contarle que cuando había mirado debajo de la cama antes de cenar había encontrado nuevas marcas de tiza y las había borrado. Cain sabía que Celaena había descubierto cómo eliminaba a sus contrincantes. No conciliaría el sueño aquella noche… ni nunca, mientras no hundiera en Cain la punta de su espada.
—Perfectamente —replicó ella, pero su voz era apenas un susurro. Si el príncipe la seguía presionando, se vería obligada a contárselo.
—¿Seguro que te encuentras…? —empezó a decir Dorian, pero Celaena se abalanzó sobre él y lo besó.
Estuvo a punto de tirarlo al suelo, pero él se cogió al respaldo de la silla mientras con el otro brazo rodeaba la cintura de la muchacha. Celaena dejó que el contacto de Dorian, su sabor, inundara de agua su espacio mental. Siguió besándolo, con la esperanza de robarle algo de aire. Jugueteó con su pelo y, mientras él le devolvía el beso con pasión, la asesina dejó que el mundo se desvaneciera a su alrededor.

El reloj dio las tres. Celaena se sentó en la cama y recogió las rodillas contra el pecho. Tras horas de besos y de charla, y luego más besos en aquel mismo lecho, Dorian se había marchado, hacía apenas unos minutos. Había estado a punto de pedirle que se quedase —habría sido lo más inteligente—, pero la idea de que el príncipe estuviese allí cuando el ridderak fuera a buscarla, o que resultara malherido, la había disuadido.
Excesivamente agotada para leer pero demasiado despierta para dormir, se quedó mirando el fuego que chisporroteaba en el hogar. El menor golpe o paso le provocaba un sobresalto. Se las había ingeniado para sisar unas cuantas agujas del costurero de Philippa cuando no estaba mirando. Por desgracia, una daga casera, un libro pesado y un candelabro no la protegerían de los demonios que Cain era capaz de invocar.
«No deberías haber dejado a Damaris en la tumba». La posibilidad de volver a bajar era impensable, al menos mientras Cain siguiese vivo. Se abrazó las rodillas y se estremeció al recordar la absoluta negrura de la que había surgido el engendro.
Cain debía de haber aprendido a usar las marcas del Wyrd en las montañas Colmillo Blanco, aquella frontera maldita entre Adarlan y los yermos occidentales. Decían que el mal aún moraba en las ruinas del Reino Embrujado… y que por los pasos de las montañas aún vagaban viejas brujas con los dientes de hierro.
Se le puso el vello de punta, y cogió una manta de pieles de la cama para envolverse con ella. Si llegaba viva a los duelos, vencería a Cain y todo habría terminado. Después, volvería a dormir como un tronco, a no ser que Elena le reservara algo más, alguna misión importante.
Celaena apoyó la mejilla contra las rodillas y se quedó mucho rato escuchando el tictac del reloj en la noche.

Unos cascos de caballo resonaban contra el camino helado, más y más veloces con cada azote del jinete. Una espesa capa de nieve y barro cubría la tierra, y algunos copos solitarios flotaban por el cielo nocturno.
Celaena corría, tan deprisa como sus jóvenes piernas se lo permitían. Le dolía todo. Las ramas de los árboles se le enredaban en la ropa y el pelo, las piedras le cortaban los pies. Se abría paso entre los bosques, resollando tanto que ni siquiera conseguía reunir el aire necesario para pedir ayuda. Debía llegar al puente. El engendro no podía cruzar el puente.
Tras ella, una espada fue desenvainada con un zumbido.
Celaena cayó contra las rocas y el barro. Los ruidos del demonio que se acercaba resonaban en la noche mientras ella hacía esfuerzos por levantarse, pero el barro se le adhería a los pies y no podía correr.
Se aferró a un arbusto con las manos ensangrentadas. El caballo se acercaba rápidamente y…

Celaena dio un respingo y despertó. Se llevó la mano al corazón y la dejó allí mientras su pecho subía y bajaba. Lo había soñado todo.
El fuego había mudado en brasas; una luz fría y gris se filtraba a través de las cortinas. Solo había sido una pesadilla. En algún momento de la noche, debía de haberse quedado dormida. Cogió el amuleto que le colgaba del cuello y pasó el pulgar por la piedra del centro.
«Alguna protección me diste cuando aquel demonio me atacó».
Con el ceño fruncido, alisó con suavidad las mantas sin molestar a Ligera y luego acarició la cabeza del perro. Pronto amanecería. Había sobrevivido otra noche.
Suspirando, volvió a tenderse y cerró los ojos.
Algunas horas después, cuando corrió la voz de que Nox se había marchado, se enteró de que la última prueba había sido cancelada. Dos días más tarde se batiría en duelo contra Tumba, Renault y Cain.
Dos días… y su suerte estaría echada.