Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 46

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Capítulo 46

Al día siguiente, Dorian cabalgaba por un bosque helado y silencioso. La nieve caía de los árboles en grandes grumos cuando pasaba por debajo. Sus ojos recorrían velozmente los arbustos y las ramas. Había sentido la necesidad de salir de caza, aunque solo fuera para disfrutar del aire gélido.

Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Celaena. Era la dueña de sus pensamientos, le despertaba el deseo de llevar a cabo grandes hazañas en su nombre, quería demostrarle que era merecedor de la corona.

Sin embargo…, desconocía los sentimientos de ella. Celaena lo había besado —con ansia, era verdad—, pero estaba acostumbrado a que las mujeres se mostrasen ansiosas en su presencia. Todas las damas a las que había amado en el pasado lo habían mirado con adoración, mientras que ella parecía un gato jugando con un ratón. Dorian se irguió al advertir un movimiento muy cerca de donde estaba. A unos diez metros, divisó un ciervo que arrancaba corteza de árbol. Detuvo al caballo y sacó una flecha del carcaj. Sin llegar a disparar, bajó el arco.

Al día siguiente, Celaena se batiría en duelo.

Si le pasaba algo… No, sabía cuidar de sí misma. Era fuerte, inteligente y rápida. Dorian había traspasado el límite; nunca debería haberla besado. Porque ya no importaba qué futuro hubiera vislumbrado o con quién hubiera previsto compartirlo; no concebía la vida sin ella ni desearía nunca a ninguna otra mujer.

La nieve empezó a caer en aquel bosque silencioso. Dorian miró brevemente el cielo gris y siguió cabalgando por el coto de caza.

De pie ante las puertas del balcón, Celaena miraba en dirección a Rifthold. La nieve aún cubría los tejados y las luces brillaban en todas las ventanas. La estampa le habría parecido hermosa de no haber sabido que la corrupción y la depravación campaban a sus anchas, y de no haber conocido la monstruosidad que lo gobernaba todo. Esperaba que Nox estuviese ya muy lejos de allí. Celaena les había dicho a los guardias que no quería recibir visitas esa noche, y que la disculpasen incluso ante Chaol y Dorian si aparecían. Alguien había llamado, solo una vez, pero Celaena no había respondido y el visitante se había marchado sin insistir. Posó la mano sobre el cristal y se recreó en el frío contacto. El reloj dio las doce.

Al día siguiente —¿o tal vez ese mismo día?— se enfrentaría a Cain. Nunca se había batido en duelo con él durante las prácticas. Los demás campeones siempre se peleaban por entrenarse con él. Si bien Cain era fuerte, ella lo superaba en rapidez. No obstante, él poseía una gran resistencia. Tendría que fatigarlo primero. Rezó para que tanta carrera con Chaol la ayudase a aguantar más que él. Si perdía…

«Ni siquiera lo pienses».

Apoyó la frente en el cristal. ¿Qué sería más honroso, morir en duelo o volver a Endovier? ¿O tal vez fuera más digno perder la vida que convertirse en la campeona del rey? ¿A quién tendría que asesinar en su nombre?

Cuando era la Asesina de Adarlan, su opinión siempre se había tenido en cuenta. Aunque Arobynn Hamel gobernaba su vida, Celaena ponía sus propias condiciones. Nada de niños. Nadie de Terrasen. El rey, en cambio, podría ordenarle que matara a cualquiera. ¿Esperaba Elena que se negase a cumplir alguna orden cuando fuese la campeona? Se le revolvió el estómago. No era el momento de ponerse a pensar en eso. Tenía que concentrarse en Cain, en cómo vencerlo.

Sin embargo, por más que lo intentaba, no podía dejar de pensar en la asesina famélica y desahuciada a la que un hosco capitán de la guardia real había arrancado de Endovier un lejano día de otoño. ¿Cuál habría sido su respuesta a la oferta del príncipe de haber sabido que llegaría a un punto en el que tendría tanto que perder? ¿Se habría echado a reír si alguien le hubiera dicho entonces que ciertas cosas —ciertas personas— llegarían a importarle tanto o más que la libertad?

Celaena tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta. Quizás en el duelo del día siguiente hubiese más cosas en juego de las que estaba dispuesta a reconocer. Tal vez no quería abandonar el castillo tan pronto. Era posible que… quisiera quedarse por motivos que no tenían nada que ver con la promesa de libertad. Aquella asesina desesperada de Endovier jamás lo hubiera creído.

Sin embargo, era verdad. Quería quedarse.

Lo cual complicaba aún más el día que se avecinaba.

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