Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 47

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Capítulo 47

Kaltain se ciñó la capa roja e intentó pensar en algo que no fuera el frío. ¿Por qué se celebraban los duelos al aire libre? ¡Se iba a quedar helada esperando a la asesina! Palpó el frasco que llevaba en el bolsillo y echó un vistazo a las copas que aguardaban sobre la mesa de madera. La de la derecha era para Sardothien. No debía confundirse.

Miró a Perrington, que aguardaba de pie a su lado. El duque no tenía ni idea de lo que Kaltain se proponía hacer en cuanto quitaran a Lillian de en medio; en cuanto Dorian fuera libre. Su sangre burbujeó y se caldeó.

El duque se acercó, pero Kaltain mantuvo los ojos fijos en el mirador embaldosado donde se iba a celebrar el duelo. Perrington se colocó frente a ella de tal modo que los otros miembros del consejo no pudieran verla.

—Demasiado frío para un duelo en el exterior —comentó.

Kaltain sonrió y dejó que los pliegues de su capa cayeran sobre la mesa mientras él le besaba la mano.

Con la mano libre oculta tras un velo rojo, Kaltain retiró sigilosamente la tapa del frasco y vertió el contenido en el vino. Cuando el duque se incorporó, el frasco ya estaba de vuelta en su bolsillo. Solo lo suficiente para debilitar a Sardothien; para marearla y desorientarla.

Un guardia cruzó el umbral del castillo, y luego otro. Entre los dos, caminaba una tercera figura. Celaena llevaba ropas de hombre, pero Kaltain tenía que admitir que la chaqueta negra y dorada era exquisita. Le costaba creer que una mujer fuera una asesina, pero viéndola en aquel momento todas sus excentricidades y defectos cobraban sentido. Kaltain pasó un dedo por la base de la copa y sonrió.

El campeón del duque Perrington surgió por detrás de la torre del reloj. Kaltain enarcó las cejas. ¿Consideraban a Sardothien tan hábil como para vencer a un hombre así si no la envenenaban?

La dama se separó de la mesa y Perrington se sentó junto al rey mientras esperaban a los otros dos campeones. Sus rostros ansiosos pedían sangre.

Plantada en el enorme mirador que rodeaba la torre del reloj de obsidiana, Celaena intentó no temblar. No entendía por qué celebraban los duelos al aire libre; bueno, a no ser que lo hicieran para fastidiar aún más a los campeones. Miró con añoranza las ventanas de cristal que se alineaban en el muro del castillo y luego volvió la vista al jardín helado. Ya tenía las manos entumecidas. Las hundió en los bolsillos forrados de piel y se acercó a Chaol, que esperaba al borde del gigantesco círculo de tiza que habían dibujado sobre las baldosas.

—Hace un frío que pela —se quejó Celaena. El cuello y las mangas de la chaqueta negra estaban forrados de piel de conejo, pero no era suficiente—. ¿Por qué no me dijisteis que los duelos se celebraban en el exterior?

Chaol negó con la cabeza. Miró a Tumba y a Renault, el mercenario de la bahía de la Calavera, quien, para alivio de Celaena, también parecía muerto de frío.

—No lo sabíamos. El rey acaba de decidirlo —le explicó Chaol—. Al menos durarán poco.

Esbozó una leve sonrisa, pero ella no se la devolvió.

El cielo, de un azul brillante, estaba despejado. Celaena apretó los dientes cuando una fuerte ráfaga de viento la azotó. Se fueron ocupando los trece asientos de la mesa, presidida por el rey y Perrington. De pie detrás del duque, Kaltain lucía una hermosa capa roja forrada de piel blanca. Las miradas de ambas se cruzaron y Celaena se preguntó por qué la mujer le sonreía. Kaltain desvió la vista hacia la torre. La asesina siguió su mirada y comprendió.

Cain aguardaba apoyado contra la pared de la torre. La saya que llevaba apenas alcanzaba a contener sus músculos. Cuánta fuerza robada… ¿Qué habría pasado si el ridderak la hubiera matado a ella también? ¿Qué aspecto tendría Cain? Lo que era peor, lucía el atuendo rojo y dorado de los miembros de la guardia real, el guiverno estampado sobre la amplia pechera. La espada que descansaba a su lado era hermosa. Sin duda, regalo de Perrington. ¿Sabía el duque los poderes que poseía su campeón? Aunque ella intentara decírselo, nadie la creería nunca.

Le entraron arcadas, pero Chaol la cogió del codo y la guio al otro lado del mirador. Celaena advirtió que dos ancianos sentados a la mesa lanzaban miradas nerviosas en su dirección. Los saludó con un gesto de la cabeza.

«Lord Urizen y Lord Garnel. Parece ser que habéis conseguido aquello que deseabais con tanto empeño como para matar por ello».

Hacía dos años la habían contratado, por separado, para asesinar al mismo hombre. Celaena no se había molestado en revelar la coincidencia, como es natural, y había aceptado ambos pagos. Le guiñó un ojo a Lord Garnel y él palideció, tan nervioso que tiró una taza de cacao caliente y estropeó los papeles que tenía delante. Qué exagerados, pensaba guardar sus secretos; de lo contrario, arruinaría su reputación. Ahora bien, si alguna vez su libertad se sometía a voto… Sonrió a Lord Urizen, que desvió la mirada. Luego desplazó la vista hacia otro hombre, que la miraba fijamente.

El rey. Se echó a temblar por dentro, pero inclinó la cabeza.

—¿Estás lista? —le preguntó Chaol.

Celaena se quedó en blanco antes de recordar que el capitán estaba a su lado.

—Sí —respondió, aunque no era verdad.

El viento azotó el cabello de la asesina y se lo enredó con sus gélidos dedos. Dorian se acercó a la mesa, tan sobrecogedoramente guapo como de costumbre, y la obsequió con una sonrisa triste antes de meterse las manos en los bolsillos y volverse hacia su padre. El último consejero del rey se sentó a la mesa. Celaena ladeó la cabeza cuando apareció Nehemia y se colocó al borde del gran círculo blanco. La princesa buscó sus ojos y levantó la barbilla como dándole ánimos. Lucía un atuendo impresionante: calzas ajustadas, una saya en varias capas con remaches de hierro y botas altas hasta la rodilla. Además, había llevado su báculo de madera, tan alto como ella misma. Para honrarla, se dijo Celaena con lágrimas en los ojos. El saludo de una guerrera a otra.

Cuando el rey se levantó, se hizo el silencio. A Celaena se le petrificaron las entrañas y se sintió torpe y pesada, pero también débil y ligera como un recién nacido.

Chaol le propinó un codazo antes de indicarle por gestos que se dirigiera a la mesa. Ella se concentró en sus pies y procuró no mirar a la cara del monarca. Afortunadamente, Renault y Tumba la escoltaron. De haber tenido a Cain al lado, le habría roto el cuello para acabar de una vez. Había tantos espectadores…

Se detuvo a unos diez metros del rey de Adarlan. La muerte o la libertad aguardaban en aquella mesa. Su pasado y su futuro estaban sentados en un mismo trono de cristal.

Posó la mirada en Nehemia, cuyos ojos ardientes y compasivos la reconfortaron hasta la médula y apaciguaron el temblor de sus brazos.

El rey de Adarlan habló. Consciente de que si lo miraba a los ojos perdería la fuerza que le acababa de insuflar Nehemia, Celaena no posó la vista en él, sino en el trono que tenía detrás. ¿Sabían los consejeros quién era ella, lo sospechaban? Se preguntó si la presencia de Kaltain significaba que el duque Perrington le había contado quién era ella en realidad.

—Hace unos meses, os arrancamos de vuestras miserables vidas para daros la oportunidad de demostraros a vosotros mismos que merecíais convertiros en guerreros sagrados de la corona. Tras largos entrenamientos, ha llegado el momento de decidir quién será el campeón. Os batiréis en duelo de dos en dos. Se proclamará vencedor aquel que deje a su oponente en posición de recibir una muerte segura. Sin llegar más lejos —añadió a la vez que lanzaba una mirada de advertencia en dirección a Celaena—. Cain y el campeón del consejero Garnel se enfrentarán en primer lugar. A continuación, la campeona de mi hijo se batirá con el del consejero Mullison.

Como era de esperar, el rey solo conocía el nombre de Cain. Puestos a ello, podría haber declarado campeón a esa bestia directamente.

—Los ganadores se enfrentarán entre sí en un duelo final. El vencedor se proclamará campeón del rey. ¿Ha quedado claro?

Los cuatro asintieron. Por un fugaz instante, Celaena vio al rey con absoluta claridad. Solo era un hombre. Un hombre con demasiado poder. Y durante ese momento efímero, dejó de temerlo. «No tengo miedo», susurró para sí, dejando que el antiguo lema envolviese su corazón.

—Pues que comiencen los duelos a una orden mía —ordenó el rey.

Considerando la frase como una señal de que podían abandonar el círculo de tiza, Celaena se dirigió a donde aguardaba Chaol y se quedó a su lado.

Cain y Renault se inclinaron ante el rey. Luego se hicieron una reverencia mutua y sacaron las espadas. La asesina observó el cuerpo de Renault mientras este adoptaba la posición de ataque. Lo había visto enfrentarse otras veces a Cain; nunca lo ganaba, pero siempre se las arreglaba para resistir más de lo que ella esperaba. A lo mejor lo vencía.

Entonces Cain levantó su espada. Tenía un arma mejor. Y le pasaba unos centímetros a Renault.

—¡Qué empiece el combate! —ordenó el rey.

El metal destelló. Las espadas entrechocaron y se retiraron. Renault, decidido a no adoptar un papel defensivo, se abalanzó hacia delante y asestó unos cuantos mandobles a la hoja de Cain. Celaena se obligó a sí misma a relajar los hombros, a respirar el aire frío.

—¿Debo considerar mala suerte —le murmuró a Chaol— que me haya tocado en segundo lugar?

Él no perdía detalle del duelo.

—Seguro que te dan un poco de tiempo para descansar —señaló con la barbilla a los dos contendientes—. A veces Cain se olvida de proteger su costado derecho. Mira —Celaena observó el ataque de Cain, que retorcía el cuerpo con el costado derecho totalmente expuesto—. Renault ni siquiera se ha dado cuenta.

Cain gruñó e hizo presión sobre la hoja del otro hasta obligar al mercenario a retroceder.

—Ha desperdiciado la ocasión —dijo el capitán de la guardia.

El viento rugía en torno a ellos.

—Mantén la cabeza fría —recomendó Chaol a la asesina, sin apartar los ojos del duelo. Renault flaqueaba, y cada mandoble de Cain lo obligaba a retroceder más y más hacia la línea de tiza dibujada en el suelo. Un paso fuera del círculo y quedaría descalificado—. Intentará sacarte de quicio. No te enfades. Céntrate únicamente en su hoja y en ese lado vulnerable.

—Ya lo sé —repuso ella, y devolvió la mirada al duelo justo a tiempo de ver cómo Renault caía hacia atrás con un grito. Le salía sangre de la nariz y golpeó el suelo con fuerza. Cain, con el puño manchado de la sangre de Renault, se limitó a sonreír mientras apuntaba al corazón de su adversario con la espada. El mercenario palideció y enseñó los dientes con la mirada fija en el vencedor.

Celaena echó un vistazo al reloj de la torre. Renault no había durado ni tres minutos.

Se oyeron algunos aplausos educados y la asesina advirtió que la furia asomaba al semblante de Lord Garnel. Celaena no se atrevía ni a pensar cuánto dinero acababa de perder el hombre.

—Un esfuerzo loable —declaró el rey.

Cain hizo una reverencia y no se molestó en tender la mano a Renault para ayudarlo a levantarse antes de echar a andar hacia el otro extremo del mirador. Con más dignidad de la que Celaena esperaba, Renault se puso en pie y saludó al rey al mismo tiempo que le daba las gracias. Agarrándose la nariz, el mercenario se alejó. ¿Qué acababa de perder exactamente? Y ¿adónde iría a continuación?

Al otro lado del círculo, Tumba sonrió a Celaena mientras apretaba con fuerza la empuñadura de su espada. Ella reprimió una mueca al ver el aspecto de sus dientes. Cómo no, le había tocado batirse en duelo con el más grotesco. Al menos, los dientes de Renault parecían limpios.

—Empezaremos dentro de un momento —declaró el rey—. Preparad las armas.

Dicho eso, se giró hacia Perrington y, al amparo del rugido del viento, se puso a hablar con él en voz demasiado queda como para que nadie oyera lo que decían.

Celaena se volvió a mirar a Chaol, quien, en vez de tenderle la vulgar espada con la que solía entrenarse, le alargó su propia arma. El pomo en forma de águila destelló al sol del mediodía.

—Toma —dijo.

Ella miró la hoja de hito en hito y, despacio, alzó la vista hacia él. Descubrió en sus ojos las onduladas colinas del norte. Reflejaban una lealtad hacia su país que superaba con creces la de cualquier hombre sentado a aquella mesa. En lo más profundo de su ser, Celaena encontró una cadena de oro que la vinculaba a él.

—Cógela —insistió Chaol.

El corazón de Celaena latía con fuerza. Alzó la mano para coger el arma, pero alguien le tocó el codo.

—Si me permitís —dijo Nehemia en lengua eyllwe—. Me gustaría ofreceros esto.

La princesa le tendió el exquisito báculo tallado con la punta de hierro. Celaena desplazó la mirada de la espada de Chaol al báculo de su amiga. Naturalmente, la espada era la opción más inteligente, y le había dado un brinco el corazón al ver que Chaol le ofrecía su propia arma, pero el báculo…

Nehemia se acercó a Celaena y le susurró al oído:

—Que sea un arma de Eyllwe la que los someta —su tono de voz se volvió más agudo—. Que la madera de los bosques de Eyllwe derrote al acero de Adarlan. Que el campeón del rey sea alguien capaz de comprender el sufrimiento de los inocentes.

¿Acaso Elena no había dicho casi lo mismo, varios meses atrás? Celaena tragó saliva. Chaol bajó la espada y retrocedió un paso. Nehemia la miraba a los ojos.

La asesina sabía lo que le estaba pidiendo la princesa. Como campeona del rey, se las podría ingeniar para salvar incontables vidas, para socavar la autoridad del rey.

Y aquel precisamente, comprendió Celaena, era el deseo de Elena, la antepasada del rey.

Aunque la mera idea le provocaba escalofríos, aunque la cercanía del rey era lo único que desafiaba su valor hasta límites insoportables, no podía olvidar las tres cicatrices que llevaba en la espalda, ni a los esclavos a los que había dejado en Endovier, ni a los quinientos rebeldes masacrados de Eyllwe.

Celaena tomó el báculo de manos de Nehemia. La princesa le dedicó una sonrisa radiante.

Chaol, para sorpresa de la muchacha, no puso objeciones. Se limitó a envainarse la espada y saludó a Nehemia con una inclinación de cabeza. Cuando Celaena se disponía a alejarse, la princesa le dio una palmada en el hombro.

La asesina probó el báculo haciéndolo girar varias veces a su alrededor. Proporcionado, sólido, fuerte. La punta de hierro redondeada podía quitarle el sentido a un hombre.

La vara aún conservaba el aceite de las manos de Nehemia y la madera olía al perfume de su amiga, esencia de flor de loto. Sí, se las arreglaría con el báculo. Había derribado a Verin con las manos desnudas. Esto bastaría para vencer a Tumba y a Cain.

Celaena echó una ojeada al rey, que seguía hablando con Perrington, y se encontró, en cambio, con la mirada de Dorian. Sus ojos color zafiro reflejaban el azul del cielo, aunque se oscurecieron un poco cuando los desvió para mirar a Nehemia. Dorian tenía muchos defectos, pero sin duda no era ningún tonto; ¿había comprendido lo que simbolizaba la oferta de Nehemia? Rápidamente, la asesina desvió la vista.

Ya se preocuparía de eso más tarde. Al otro lado del círculo, Tumba se puso a andar de un lado a otro mientras aguardaba a que el rey devolviera la atención al duelo y diese la orden de empezar.

Temblando, Celaena soltó el aliento que había estado conteniendo. Allí estaba por fin. Cogió el báculo con la mano izquierda para imbuirse de la fuerza del bosque, de la fuerza de su amiga. Podían pasar muchas cosas en unos minutos. Todo podía cambiar.

Antes de entrar en el círculo se colocó ante Chaol. El viento le arrancó algunos mechones de la trenza y ella se los sujetó detrás de las orejas.

—Pase lo que pase —le dijo—, quiero daros las gracias.

El capitán ladeó la cabeza.

—¿Por qué?

A Celaena se le saltaban las lágrimas, pero lo atribuyó al fuerte viento y parpadeó para contenerlas.

—Por haber dado sentido a mi libertad.

Él no respondió. Se limitó a estrecharle los dedos con la mano derecha y a dejarlos allí, mientras le acariciaba el anillo con el pulgar.

—Que empiece el segundo duelo —gritó el rey, y agitó la mano en dirección al mirador.

Chaol le apretó la mano, un contacto cálido en aquel ambiente gélido.

—Acaba con ellos —le dijo.

Tumba entró en el círculo y sacó la espada.

Tras retirar la mano de entre los dedos de Chaol, Celaena se irguió y penetró el círculo. Dedicó una rápida reverencia al rey y luego se inclinó ante su contrincante.

Las miradas de los dos contendientes se encontraron, y Celaena, sonriendo, se arrodilló y tomó el báculo con ambas manos.

«No tienes ni idea de lo que te espera, hombrecillo».

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