Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 48

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Capítulo 48

Tal como Celaena esperaba, Tumba se abalanzó al instante contra ella, directamente hacia el centro del báculo con la intención de romperlo.

La asesina lo esquivó. Cuando Tumba no golpeó otra cosa que aire, le estampó un extremo del cayado en la columna. Él se tambaleó pero logró incorporarse y dio media vuelta sobre un pie para volver a atacarla.

Celaena rechazó la embestida con el báculo inclinado y aprovechó el movimiento para golpear a su contrincante con el extremo inferior. La hoja de Tumba se clavó en la madera, y la muchacha aprovechó la fuerza del golpe para estamparle en la cara la parte superior del cayado. Tumba se echó hacia atrás, pero el puño de la asesina ya estaba preparado. Celaena encajó el puño en la nariz de su adversario sin preocuparse de la explosión de dolor en los dedos ni del crujido de los nudillos. Saltó hacia atrás antes de que él pudiera devolverle el golpe. La sangre brillaba bajo la nariz de Tumba con un destello rojo.

—¡Bruja! —exclamó entre dientes, y le asestó un mandoble.

Ella sostuvo el báculo con ambas manos para parar el ataque y empujó la vara contra la espada sin dejarse arredrar por el crujido de la madera al resquebrajarse.

Con un gruñido, Celaena propinó un último empujón a su adversario y dio un salto. Le estampó el extremo del báculo en la parte trasera de la cabeza y Tumba trastabilló, pero consiguió recuperarse. Jadeando, con lágrimas en los ojos, el contrincante se limpió la sangre de la nariz. Su rostro picado de viruela adquirió una expresión fiera y se lanzó contra ella espada en ristre, apuntando directamente al corazón. Una reacción salvaje, demasiado irreflexiva como para detenerse a tiempo.

Celaena se acuclilló. Cuando la espada le pasó por encima, dio un salto con las piernas hacia delante. Tumba no tuvo tiempo ni de gritar cuando perdió pie, y tampoco pudo sacar el arma antes de ver a la asesina acuclillada sobre él, apuntando a su garganta con la cabeza de hierro del báculo.

La asesina acercó los labios al oído de Tumba.

—Mi nombre es Celaena Sardothien —susurró—, pero el hecho de que me llame Celaena, Lillian o bruja no cambiará las cosas, porque nunca me vencerás.

Celaena le dedicó una sonrisa antes de incorporarse. El otro se quedó mirándola con la nariz ensangrentada. Ella se sacó un pañuelo del bolsillo y se lo tiró al pecho.

—Te lo puedes quedar —le dijo antes de abandonar el círculo.

Chaol la estaba esperando al otro lado de la línea de tiza.

—¿Cuánto he tardado? —preguntó ella.

Nehemia le sonreía a lo lejos y Celaena levantó el báculo a modo de saludo.

—Dos minutos.

La muchacha sonrió al capitán. Apenas resollaba.

—Un tiempo mejor que el de Cain.

—Y mucho más espectacular —bromeó Chaol—. ¿El detalle del pañuelo era necesario?

Celaena se mordió el labio y estaba a punto de responder cuando el rey se levantó. La multitud enmudeció al instante.

—Un brindis para los ganadores —propuso el soberano.

Cain, que aguardaba al borde del círculo, se acercó a grandes zancadas y se situó ante la mesa del rey. Celaena se quedó junto a Chaol.

El rey le hizo un gesto a Kaltain, que al instante tomó la bandeja de plata en la que descansaban las dos copas. Le tendió una a Cain y se dirigió hacia Celaena para tenderle la otra antes de detenerse frente a la mesa real.

—De todo corazón y en honor de la diosa suprema —recitó en un tono tan dramático que Celaena tuvo ganas de atizarle—, presentad vuestros respetos a la diosa que nos engendró a todos. Bebed, y que ella os bendiga y os devuelva las fuerzas.

Pero ¿quién le había escrito aquel discurso? Kaltain saludó a los campeones con una reverencia y la asesina se llevó la copa a los labios. El rey le dedicó una sonrisa mientras bebía. Cuando Celaena hubo apurado el vino, Kaltain tomó la copa, recogió luego la de Cain y se retiró.

«Tienes que ganar. Tienes que ganar. Acaba con él cuanto antes».

—Preparaos para el combate —ordenó el rey—, y empezad a una señal mía.

Celaena miró a Chaol. ¿No iba a poder descansar? Incluso Dorian se volvió hacia su padre con las cejas enarcadas, pero el rey ignoró la protesta silenciosa de su hijo.

Cain sacó la espada y, con una sonrisa torva en los labios, se acuclilló en posición de defensa en el centro del círculo.

La asesina se habría puesto a lanzar improperios allí mismo si Chaol no le hubiera apretado el hombro. Una emoción que Celaena no supo definir inundaba los ojos castaños del capitán. Su rostro reflejaba una fuerza cuya belleza le partía el corazón.

—Ni se te ocurra perder —le susurró Chaol—. No me apetece tener que escoltarte de vuelta a Endovier.

Haciendo caso omiso de la mirada asesina del rey, el capitán de la guardia se alejó con la cabeza alta. A Celaena le costaba enfocar la mirada. Su visión periférica se había emborronado.

Cain se acercó y su espada lanzó un destello amenazante. La asesina inspiró profundamente y penetró el círculo.

El conquistador de Erilea alzó las manos.

—¡Qué empiece el duelo! —rugió, y Celaena sacudió la cabeza para disipar las sombras que le nublaban la visión.

Esgrimiendo el báculo como si fuera una espada, se esforzó por mantener el equilibrio mientras Cain giraba en torno a ella. La invadió una sensación de náusea mientras él flexionaba los músculos. Por alguna razón, una ligera neblina empañaba el ambiente. Celaena parpadeó y apretó los dientes. Aprovecharía la fuerza de Cain en beneficio propio.

El soldado cargó antes de lo que se esperaba. Ella rechazó la espada con el extremo más grueso del báculo, evitando la hoja, y saltó hacia atrás. El rugido del bosque resonaba en sus oídos.

Cain volvió al ataque tan deprisa que Celaena tuvo que parar el filo. La hoja de la espada se hundió en el báculo con fuerza y ella soportó el impacto con los brazos. Sin darle tiempo a recuperarse, Cain arrancó la espada de la madera y se abalanzó contra ella. Celaena retrocedió y rechazó el golpe con la punta de hierro del bastón. La sangre circulaba por sus venas lenta y espesa, la cabeza le daba vueltas. ¿Acaso estaba enferma? Las náuseas no la abandonaban.

Recurriendo a todas sus fuerzas, la muchacha se rehízo con un gruñido. Si de verdad había caído enferma, debía vencer cuanto antes. No era el momento de hacer alarde de su destreza, sobre todo si el libro decía la verdad y Cain acumulaba la fuerza de todos aquellos campeones muertos.

Adoptó una postura ofensiva y se abalanzó con agilidad contra el soldado. Cain rechazó el ataque de Celaena con un barrido de espada. Las astillas de madera revolotearon a su alrededor cuando ella opuso resistencia.

Oía los latidos sordos de su corazón y el fragor del bosque contra el acero resultaba casi insoportable. ¿Por qué todo discurría tan despacio?

Celaena siguió atacando, cada vez más deprisa, con más fuerza. Cain se echó a reír y ella estuvo a punto de gritar de rabia. Cada vez que movía el pie para desequilibrarlo, cada vez que se acercaban demasiado, o bien ella cometía una torpeza o bien él la esquivaba, como si Cain conociera sus planes de antemano. Tenía la frustrante sensación de que el otro jugaba con ella, de que le estaban gastando una broma pesada.

La asesina blandió el báculo en el aire con la esperanza de alcanzarle en el cuello por sorpresa, pero él se escurrió, y aunque Celaena reaccionó embistiendo contra su vientre, el soldado volvió a rechazarla.

—¿No te encuentras bien? —se burló Cain con un destello de su dentadura blanca y deslumbrante—. Tal vez hayas pasado demasiado tiempo…

¡PAM!

Celaena sonrió cuando el báculo golpeó a Cain en el costado. Él se echó hacia delante, y la muchacha aprovechó para hacerle perder el equilibrio. El soldado cayó al suelo y ella alzó el bastón para golpearlo, pero las náuseas se apoderaron de ella, tan fuertes que se le doblaron las piernas. No tenía fuerzas.

Cain rechazó el golpe como si nada y Celaena retrocedió mientras él se levantaba. En aquel momento, la asesina oyó una risilla; queda, femenina y malvada: Kaltain. Trastabilló, pero se mantuvo en pie mientras miraba brevemente a la dama y las copas que descansaban sobre la mesa. En aquel momento comprendió que la copa no solo contenía vino, sino también acónito sanguino, precisamente la droga que no había sabido reconocer en la prueba. En el mejor de los casos, provocaba alucinaciones y mareos. En el peor…

Apenas podía sostener el báculo. Cain se acercó a ella y no tuvo más remedio que rechazar sus golpes, casi sin fuerzas, para poder levantar el arma. ¿Cuánto acónito sanguino le habían administrado? El báculo crujía, se astillaba y chirriaba. Si le hubieran dado una dosis letal, ya estaría muerta. Debían de haber puesto lo suficiente para desorientarla, pero no tanto como para que alguien advirtiera la estratagema. La mirada se le desenfocaba y tenía escalofríos. Cain era tan grande… Parecía una montaña y sus golpes… A su lado, Chaol parecía un niño.

—¿Fatigada? —preguntó el soldado—. Es una pena que todas esas historias que cuentan de ti sean mera palabrería.

Él lo sabía. Sabía que le habían administrado una droga. Celaena gruñó y se abalanzó contra él. Cain la esquivó y la asesina abrió mucho los ojos cuando no alcanzó nada salvo aire, aire hasta que…

Cain le golpeó la espalda y Celaena solo vio las baldosas borrosas antes de estrellarse contra el suelo.

—Patético —dijo él.

La sombra de su adversario se proyectaba sobre ella cuando Celaena se dio la vuelta y retrocedió a rastras antes de que Cain pudiera alcanzarla. Notó el sabor de la sangre. Aquello no podía estar pasando, no era posible que la hubieran traicionado de un modo tan vil.

—Si yo fuera Tumba, me sentiría avergonzado de haber perdido ante ti —se recreó Cain.

A la asesina le faltaba el aliento y las rodillas apenas la sostenían cuando se levantó como pudo para cargar contra él. Sin darle tiempo a rechazarlo, Cain la cogió por el cuello de la camisa y la empujó hacia atrás. Ella avanzó tambaleándose y se detuvo a pocos metros de él.

Cain giraba en torno a ella, esgrimiendo la espada con indolencia. Sus ojos eran oscuros, tan negros como aquel portal al otro mundo. Solo estaba prolongando lo inevitable, como un depredador que juguetea con su presa antes de devorarla. Quería disfrutar al máximo cada momento.

Celaena tenía que poner fin a aquello, antes de que empezasen las alucinaciones. Conocía bien su poder: los adivinos habían utilizado acónito sanguino en cierta ocasión para vislumbrar espíritus de otros mundos. Celaena barrió el aire con el báculo para golpear a Cain. La madera chocó con el acero.

El báculo se partió en dos.

La cabeza de hierro salió volando al otro extremo del mirador y Celaena se quedó con un trozo de madera inservible en la mano. Los ojos de Cain se posaron en los de la asesina instantes antes de tomar impulso y golpearle el hombro con el brazo.

La muchacha oyó el chasquido antes de notar el dolor. Gritó y cayó de rodillas, con el hombro dislocado. Cain le dio una patada y Celaena cayó hacia atrás con tanta fuerza que el hombro se le recolocó con un horrible crujido. El dolor la cegaba; el mundo empezó a desenfocarse. Todo se movía tan despacio…

Cain la cogió por el cuello de la chaqueta para obligarla a ponerse en pie. Ella se tambaleó hacia atrás. El suelo se acercó a cámara lenta y cayó a tierra… con fuerza.

Celaena levantó el asta de madera rota con la mano izquierda. Cain, jadeando y sonriendo, se aproximó.

Dorian apretó los dientes. Algo iba terriblemente mal. Lo había intuido desde el instante en que había empezado el duelo. Y se había puesto a sudar en cuanto la asesina había tenido oportunidad de asestar un golpe definitivo y la había desperdiciado. Pero aquello…

No podía soportar que Cain le pateara el hombro de aquel modo y había estado a punto de vomitar cuando el soldado la había obligado a levantarse y ella había caído otra vez. Celaena no paraba de frotarse los ojos y el sudor le empapaba la frente. ¿Qué estaba pasando?

Tenía que detenerlo. Debía suspender el duelo en aquel mismo instante. Lo aplazaría hasta el día siguiente, cuando ella volviera a estar en plenas facultades, armada de una espada. Chaol maldijo entre dientes y Dorian estuvo a punto de gritar cuando Celaena intentó levantarse y volvió a caer. Cain estaba jugando con ella. No solo quería quebrarle el cuerpo sino también la voluntad. Aquello tenía que terminar.

Cain blandió la espada ante Celaena, que se echó hacia atrás. Demasiado tarde. La asesina gritó cuando la hoja le abrió una brecha en la tela y en la carne del muslo. La sangre tiñó sus calzas. A pesar de todo, la muchacha se volvió a levantar con expresión airada y desafiante.

Dorian tenía que ayudarla. Sin embargo, si interfería, tal vez proclamasen vencedor a su contrincante. De modo que se quedó mirando, cada vez más horrorizado, cómo Cain le asestaba un puñetazo en la mandíbula.

Las rodillas de Celaena se doblaron y cayó al suelo.

Algo empezó a quebrarse en el interior de Chaol cuando Celaena alzó un rostro ensangrentado para mirar a Cain.

—Me esperaba algo mejor —dijo el soldado mientras la muchacha se arrastraba para arrodillarse, sin soltar su báculo inservible.

Celaena jadeaba entre dientes, la sangre manaba de sus labios. Cain escudriñaba su rostro como buscando algo en su expresión, como si pudiera oír algo que los demás no oían.

—Y ¿qué dirá tu padre?

Una mezcla de miedo y confusión asomó al semblante de ella.

—Cállate —replicó con voz temblorosa, como si luchara contra el dolor que le provocaban las heridas.

Cain seguía con la mirada fija en Celaena, cada vez más sonriente.

—Todo está ahí —prosiguió—. Debajo del muro que has construido para contenerlo. Lo veo con absoluta claridad.

¿De qué estaba hablando? Cain levantó la espada y pasó el dedo por la sangre; la sangre de Celaena. Chaol hacía esfuerzos por mantener a raya el asco y el miedo.

Cain lanzó una carcajada forzada.

—¿Qué se siente cuando te despiertas entre tu padre y tu madre, bañada por su sangre?

—¡Cállate! —repitió ella, que arañaba el suelo con la mano libre.

El dolor y la ira retorcían sus facciones. Fuera cual fuese la herida que estaba hurgando Cain, le dolía.

—Tu madre era una mujercita muy guapa, ¿verdad? —siguió diciendo el otro.

¡Cállate!

Celaena intentó levantarse pero la herida de la pierna se lo impidió. Jadeaba, casi sin aliento. ¿Por qué Cain estaba al corriente de su pasado?

El corazón de Chaol latía desbocado ante el terror que irradiaba la muchacha. Pero no podía hacer nada por ayudarla.

Ella lanzó un grito de impotencia que hendió el viento helado mientras se arrastraba para ponerse en pie. Ahogando el dolor en furia, golpeó el arma de Cain con los restos del báculo.

—Bien —resolló él oponiendo tanta resistencia que la hoja se hundió en la madera—. Pero no lo suficiente.

La empujó, y cuando ella dio un paso vacilante hacia atrás, levantó la pierna y le propinó una patada en las costillas. Celaena salió volando.

Chaol nunca había visto a nadie golpear con tanta fuerza. La asesina cayó y siguió rodando hasta estrellarse contra la torre del reloj. Se golpeó la cabeza contra la piedra y Chaol se mordió el labio al oír el grito. Se obligó a sí mismo a permanecer al margen, a quedarse mirando mientras Cain la hacía pedazos, pieza a pieza. ¿Cómo era posible que todo se hubiera estropeado tan rápidamente?

La asesina se estremeció al incorporarse sobre sus rodillas, agarrándose el costado. Todavía se aferraba al resto del báculo de Nehemia, como si fuese una roca en medio de un mar violento.

Celaena notó el sabor de la sangre cuando Cain la arrastró por el suelo y la obligó a levantarse una vez más. La muchacha no opuso resistencia. El soldado podría haberle apuntado al corazón en cualquier momento. Aquello no era un duelo; era una ejecución. Y nadie iba a hacer nada por detenerla. Estaba bajo los efectos de una droga. No era justo. La luz del sol parpadeó y ella se retorció en las manos de Cain a pesar de los terribles dolores que le atenazaban el cuerpo.

Cientos de susurros, risas, voces de otro mundo la rodeaban. La llamaban, pero empleaban un nombre distinto, más peligroso…

Alzó la vista y vio la barbilla de Cain antes de que este la levantara de nuevo y la empujara de cara contra una pared de piedra gélida y lisa. La envolvía una negrura que le resultaba familiar. El impacto le provocó un dolor tremendo, pero su grito agonizante se interrumpió en seco cuando abrió los ojos en la oscuridad y vio lo que surgía de esta. Había algo… algo muerto ante ella.

Era un hombre de piel blanca y pútrida. Tenía unos ojos rojos, ardientes, y la señalaba de un modo desagradable y rígido. Sus dientes, acabados en punta, eran tan largos que apenas le cabían en la boca.

¿Dónde estaba? Las alucinaciones debían de haber empezado. Vio un fogonazo y notó que alguien la arrastraba por detrás. Tenía los ojos desorbitados cuando Cain la lanzó hasta el borde del círculo.

Una sombra tapó el sol. Todo había terminado. Iba a morir. Y si no moría, la enviarían otra vez a Endovier. Todo había terminado. Todo.

Unas botas negras surgieron ante ella. Luego unas rodillas. Alguien se había arrodillado al borde del círculo.

—Levanta —le susurró Chaol.

Celaena no tenía valor para mirarlo a la cara. Todo había terminado.

Cain se echó a reír, y la muchacha notó la reverberación de sus pasos, que se acercaban.

—¿Es esto todo lo que puedes ofrecer? —gritó el campeón en tono triunfante.

Celaena tembló. El mundo estaba inundado de niebla, oscuridad y voces.

Levanta —volvió a decir Chaol, en tono más enérgico.

Ella no podía sino mirar la línea de tiza blanca que marcaba el círculo.

Cain había hablado de cosas que no podía saber. Las había leído en sus ojos. Y si conocía su pasado… Celaena gimió, odiándose por ello y por las lágrimas que le surcaban la cara, se deslizaban por el puente de su nariz y caían al suelo. Todo había terminado.

—Celaena —insistió Chaol con suavidad. En aquel momento, la asesina oyó el roce de su mano, que se acercaba por el suelo. Los dedos del capitán se detuvieron justo al otro lado de la línea blanca—. Celaena —resolló él en un tono cargado de dolor… y esperanza.

Aquello era cuanto le quedaba: la mano tendida de Chaol y una promesa de esperanza, de algo mejor al otro lado de la línea.

El mero hecho de mover el brazo le hizo ver las estrellas, pero lo alargó de todos modos hasta que sus dedos rozaron el otro lado de la línea de tiza. Los dejó allí, casi tocando los de Chaol, ambas manos separadas tan solo por el grueso trazo blanco.

Abrió los ojos para mirar al capitán de la guardia y allí, en su mirada, encontró las fuerzas que necesitaba.

—Levanta —se limitó a repetir él.

Y en aquel momento, sintió que el semblante de Chaol era lo único que importaba. Se revolvió y no pudo evitar el sollozo que brotó de sus labios cuando el dolor estalló en su cuerpo, tan intenso que se dejó caer otra vez. Sin embargo, volvió a concentrarse en los ojos castaños, en los labios apretados que se separaban para susurrar:

—Levanta.

Celaena separó el brazo de la línea y apoyó una palma contra el suelo gélido. Mantuvo la mirada en el capitán mientras colocaba la otra mano bajo el pecho y reprimió un grito de dolor cuando, con el hombro casi desencajado, se apoyó para darse impulso. Deslizó la pierna ilesa por debajo de su cuerpo. Mientras se levantaba, oyó los pasos de Cain que se acercaban. Chaol abrió unos ojos como platos.

El mundo se fundió en negro, niebla y azul cuando Cain la cogió por el cuello y, empujándola una vez más contra el reloj de la torre, le estrelló la cara contra la piedra. Al abrir los ojos, Celaena se encontró en otro mundo. Todo era negrura a su alrededor. Muy en el fondo, supo que no sufría una alucinación, que las cosas que estaba viendo, los seres que la rodeaban existían realmente al otro lado del velo de su mundo; de algún modo, aquella droga le había abierto los ojos de la mente.

Había dos engendros a su lado ahora, y el recién llegado tenía alas. La miraba sonriendo, sonriendo como…

Sin darle tiempo ni a gritar, la criatura alzó el vuelo e intentó atraparla entre sus garras. Celaena se debatió. ¿Qué había pasado con el mundo? ¿Dónde estaba?

Pronto aparecieron más engendros, muertos, demonios, monstruos, y todos intentaban agarrarla. La llamaban por su nombre. Casi todos volaban, y los que carecían de alas remontaban el aire en las garras de sus compañeros.

La golpeaban al pasar, le clavaban las uñas en la carne. Se proponían llevarla al interior de su reino y la torre era el portal. Querían devorarla. El pánico, un terror como jamás había sentido, se apoderó de ella. Celaena se protegió la cabeza y pateó con furia para alejar a todos aquellos seres que se lanzaban en picado sobre ella.

¿Cuándo acabaría aquello? ¿Qué cantidad de veneno le habían administrado? Iba a morir. Libertad o muerte.

La rabia y la rebeldía se mezclaban en sus venas. Agitó el brazo libre y se topó con un rostro fiero que la contemplaba con ojos ardientes como ascuas. La oscuridad cedió y aparecieron los rasgos de Cain, que la miraba de hito en hito. Veía la luz del sol; había regresado a la realidad.

¿Cuánto tiempo tenía antes de que el veneno le provocase una nueva serie de alucinaciones?

Cain intentó aferrarle el cuello, pero ella se echó hacia atrás y solo pudo coger su amuleto. Celaena oyó un fuerte chasquido cuando el soldado le arrancó el Ojo de Elena.

La luz del sol desapareció y el acónito sanguino volvió a apoderarse de su mente. Celaena descubrió ante sí todo un ejército de muertos. La figura en sombras a la que identificaba con Cain alzó el brazo y dejó caer el amuleto al suelo.

Iban a por ella.

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