Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 49

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Capítulo 49

Dorian observaba horrorizado cómo Celaena se debatía en el suelo, como si tratara de ahuyentar cosas que solo ella podía ver. ¿Qué estaba pasando? ¿Habían vertido algo en su vino? Pero también había algo raro en la actitud de Cain, plantado junto a ella, sonriendo. ¿Acaso… realmente había algo allí invisible para todos menos para ellos?

Celaena gritó. Fue el sonido más horrible que Dorian había oído en su vida.

—Detén eso —le dijo a Chaol, que había acudido a su lado.

Sin embargo, su amigo se limitaba a mirar boquiabierto cómo la asesina agitaba los brazos. Estaba pálido como un muerto.

Celaena seguía pateando y golpeando el vacío cuando Cain se acuclilló junto a ella y la golpeó en la boca. La sangre manaba profusamente. El soldado solo se detendría si el rey se lo ordenaba o si ella perdía el sentido. O algo peor. Cualquier interferencia externa —aunque solo fuera para denunciar que alguien había vertido veneno en el vino de la asesina— solo serviría para que Cain se declarara vencedor.

La muchacha se alejó a rastras de Cain, dejando un rastro de sangre y saliva en el suelo.

Alguien se colocó junto a Dorian y, por la respiración agitada, el príncipe supo que era Nehemia. Dijo algo en eyllwe y caminó hasta el mismo borde del círculo. Con la mano escondida entre los pliegues de la capa, trazaba símbolos en el aire moviendo los dedos con rapidez.

Cain caminó despacio hacia Celaena. Jadeando, la asesina se dejó caer de rodillas, con la pálida tez teñida de rojo, mirando sin ver el círculo, el público, algo que no era de este mundo quizá.

Esperaba a Cain. Aguardaba…

Su muerte.

Arrodillada en el suelo, Celaena intentó tomar aire, incapaz de encontrar la salida de la alucinación para volver a la realidad. Allí, en aquel mundo oscuro, los muertos la rodeaban, esperando. El tenebroso Cain la observaba de cerca, pero solo alcanzaba a distinguir sus ojos ardientes. La oscuridad ondeaba a su alrededor como jirones al viento.

Celaena iba a morir.

«Luz y oscuridad. Vida y muerte. ¿Dónde encajo yo?».

El pensamiento la sobresaltó tanto que sus manos buscaron a ciegas algo para utilizarlo contra él. Así no. Encontraría la manera… Podía encontrar un modo de sobrevivir. «No tengo miedo». Allá en Endovier, todas las mañanas repetía aquellas mismas palabras, pero ¿de qué le servían en este momento?

Cuando un demonio se acercó a ella, brotó un grito de su garganta; no de terror ni de desesperación, sino de súplica. Una petición de socorro.

El demonio se alejó volando, como si el grito lo hubiera asustado. Cain se acercó un poco más.

Y entonces sucedió algo extraordinario.

Puertas, muchas puertas se abrieron de golpe. Puertas de madera, de hierro, de aire y de magia.

Y llegada de otro mundo, apareció Elena, envuelta en luz dorada. El cabello de la antigua reina brillaba como una estrella errante que pasara sobre Erilea.

Cain soltó una risita y se acercó a la agotada asesina. Levantó la espada y le apuntó al pecho.

Elena estalló entre las filas de muertos y los disipó.

Cain bajó la espada.

Una ráfaga de viento golpeó al soldado con tanta fuerza que lo arrojó contra el suelo y le arrebató el arma, que fue a parar al otro lado del mirador. Encerrada en aquel mundo oscuro y espantoso, Celaena veía en cambio a la antigua reina abalanzarse sobre Cain y derribarlo. Los muertos intentaban detenerla, pero era demasiado tarde.

Alrededor de la reina apareció una luz dorada que actuó como escudo y la protegió de ellos.

Un viento de una fuerza que ninguno de los presentes había conocido jamás seguía bramando en el mirador.

Los demonios rugieron y atacaron de nuevo, pero una espada destelló y el primer demonio fue derrotado. La negra sangre del engendro goteó por la hoja, y la reina Elena enarboló la espada con una mueca feroz. Los estaba desafiando; los retaba a que se enfrentaran a ella, a que pusieran a prueba su ira.

Por sus ojos entrecerrados, Celaena vio que una corona de estrellas rodeaba la cabeza de Elena, al tiempo que su armadura de plata brillaba como una almenara en la negrura. Los demonios retrocedieron y Elena tendió una mano, de la que brotaba una luz blanca. Cuando la luz creó una muralla entre los muertos y ellas, la reina corrió al lado de Celaena y tomó su cara entre las manos.

—No puedo protegerte —susurró Elena, cuya tez desprendía un extraño fulgor. El rostro de la reina también parecía distinto, más definido, más hermoso; su herencia mágica—. No puedo proporcionarte mi fuerza —pasó los dedos por la frente de la asesina—. Pero sí puedo arrancar el veneno de tu cuerpo.

Más allá, Cain intentaba en vano levantarse. El viento, que soplaba con fuerza a su alrededor, lo mantenía en el suelo.

Al otro lado del mirador, un nuevo soplo de aire empujó la cabeza del báculo y la arrastró rodando hacia Celaena. Se detuvo con un tintineo, tentador, a pocos metros de distancia.

Elena posó una mano en la frente de la muchacha.

—Cógelo —ordenó la reina.

La asesina, a caballo entre el soleado mirador y la negrura infinita que rodeaba a la reina, alargó el brazo para alcanzar los restos del báculo. El hombro se le desplazó una pizca y Celaena gritó de dolor. Por fin sentía de nuevo la suave madera tallada, pero también el dolor que le oprimía los dedos.

—Cuando el veneno haya desaparecido de tu organismo, no podrás verme, y tampoco a los demonios —dijo la reina mientras dibujaba signos en la frente de la muchacha.

Al ir a coger su espada, Cain miró al rey. El soberano asintió.

Elena aún sostenía la cara de Celaena entre las manos.

—No tengas miedo.

Al otro lado de la muralla de luz, los muertos chillaban y gemían el nombre de la asesina. Cain, en cambio —acompañado de esa fuerza tenebrosa que moraba en su interior—, traspasó el muro como si nada, haciéndolo trizas a su paso.

—Trucos baratos, su majestad —le dijo el campeón a Elena—. Trucos baratos.

Elena se puso en pie al instante para impedir que Cain llegara hasta Celaena. Las sombras ondeaban en torno a la silueta del soldado y sus ojos ardientes se encendieron aún más. Cain miraba a la asesina cuando dijo:

—Te trajeron aquí con un propósito; todos fuisteis traídos con un propósito. Sois piezas de un juego inacabado. Mis amigos —señaló a los muertos con un gesto— así me lo han dicho.

—Vete —rugió Elena a la vez que formaba un símbolo con los dedos. Una luz azul y brillante surgió de sus manos.

Cain aulló cuando la luz lo golpeó destruyendo al mismo tiempo las tinieblas que lo acompañaban. Entonces desapareció, pero dejó tras de sí el aullante ejército de muertos y malditos. Elena también seguía allí. Los demonios se lanzaron contra ellas, pero la reina, jadeando entre dientes, los rechazó con su escudo dorado. A continuación se arrodilló y cogió a la asesina por los hombros.

—El veneno ya casi ha desaparecido —le dijo.

La oscuridad perdía intensidad. Celaena empezaba a ver grietas de luz.

La campeona asintió. El dolor ya sustituía al pánico. Podía notar el frío del invierno, el dolor de la pierna y el calor de su propia sangre en la piel. ¿Cómo había llegado Elena y qué hacía Nehemia al borde del círculo moviendo las manos de un modo tan extraño?

—Levántate —le dijo la reina.

Se estaba volviendo translúcida. Elena separó las manos de las mejillas de Celaena y una luz blanca inundó el cielo. El veneno había desaparecido del organismo de la asesina.

Cain se acercó a la campeona tendida, de nuevo un hombre de carne y hueso.

Cuánto dolor. Le dolía la pierna, la cabeza, el hombro, el brazo y las costillas.

Levanta —volvió a susurrar Elena, y desapareció. El mundo volvió a su lugar.

Cain estaba muy cerca, sin el menor rastro de sombras a su alrededor. Celaena levantó los restos del báculo. Su visión se aclaró.

Y por fin, temblorosa y destrozada, se puso en pie.

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