Tres veces tú
Noventa y cuatro
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NOVENTA Y CUATRO
En el Teatro delle Vittorie hay un montón de gente en movimiento. Todos están alegres, bromean, se ríen, los chicos y las chicas charlan, alguno tantea el terreno, algún otro sueña con que pueda surgir una historia entre ellos. Este es el ambiente cuando se tiene éxito, cuando un programa de televisión va bien. Todo se hace más fácil y ligero, y las grabaciones terminan casi sin que se enteren. En cambio, cuando un programa va mal, se hacen montones de cambios, es como si todos estuvieran autorizados a hablar, cada uno dice lo que le parece, se invierten los papeles, hay un nerviosismo general, se pierde la cabeza hasta por las cosas más estúpidas, se discute, incluso se llega a las manos. El fracaso deja a la gente al descubierto. El éxito hace que finja mejor. Este último, afortunadamente, es nuestro caso.
Roberto Manni está charlando con una atractiva chica morena. Por su manera de hablar, por esa amabilidad que no le es propia, por la sonrisa constante y continua, veo que está tejiendo la telaraña con la esperanza de que pronto se convierta en un sofá o un colchón. La chica también sonríe, pero está tensa, como si todavía no hubiera decidido si rendirse o no. Llegamos nosotros y la sacamos del apuro.
—¡Buenos días!
El director se vuelve y recupera la compostura, abandonando a la azafata sin disculparse siquiera.
—¡Qué bonita sorpresa! —Viene hacia nosotros con un sorprendente entusiasmo y me estrecha la mano—. ¡Estás muy bronceado! ¿En qué bonito sitio has estado?
—En las islas…
—Ah, es verdad, ya me dijeron que te habías casado; felicidades, enhorabuena, ¿qué es lo que se dice? ¡¿Sabes?, yo ya voy por mi segundo matrimonio, pero todavía no he aprendido! —Entonces me guiña el ojo y se acerca, como si tuviéramos una gran complicidad—. ¿Qué vas a hacer?, ¿crees que aguantarás, me atraparás o hasta me superarás? —Y empieza a reírse solo, como el idiota que es.
En otros tiempos creo que le habría dado una buena colleja, de las fuertes, de las que se dan con la mano abierta y hacen que el cuello se ponga muy colorado, así se daría cuenta de lo gilipollas que es. Pero esos tiempos ya pasaron, de modo que le sonrío con amabilidad.
—¡Creo que aguantaré!
—¡Muy bien, me gustas! Eres un tipo duro.
No añado nada más aparte de: «Disculpa, voy a saludar a Fulvio», y me marcho con Renzi, que en cuanto nos alejamos un poco no resiste más.
—Lo he visto en el suelo…
Le sonrío.
—Imposible, nunca le he levantado la mano a nadie, es solo una leyenda.
Vamos hacia el rincón del estudio donde he visto a Fulvio sentado. Se está tomando una Coca-Cola, pero cuando nos acercamos más, me doy cuenta de que no está solo. También está Karim.
Fulvio se halla de espaldas y no nos ve llegar. Se ríe y tiene una mano apoyada en el brazo de Karim.
Él es quien nos ve y, naturalmente, avisa a Fulvio en voz baja, que enseguida retira la mano y se vuelve hacia nosotros.
—¡Hola! —Se lo ve incómodo, pero logra reponerse bastante deprisa—. Y ¿tú qué haces por aquí?
Le sonrío y me encojo de hombros.
—Soy el productor.
—Pero los productores, cuando las cosas van bien, no se dejan ver, no le encuentran el gusto a compartir el éxito. Solo vienen cuando pueden tocar los huevos.
Y se vuelve hacia Karim, que, por supuesto, se ríe con él. Se me ocurre pensar que, dijera lo que dijese Fulvio, Karim se reiría. Entonces Fulvio se acuerda de algo, baja del taburete y me estrecha con fuerza la mano.
—Discúlpame, pero no te había dicho nada, no te he dado las gracias y nunca te lo agradeceré lo bastante. No te mandé ningún mensaje porque me pareció demasiado triste y luego me enteré de que estabas de luna de miel. Y, hablando de eso, felicidades, enhorabuena, mejor dicho, buena suerte.
¡Oh, Dios, no sé qué se dice en estos casos!
Él y el director son idénticos, opuestos pero idénticos. Puede que Fulvio tenga más excusa que el director, porque nunca se ha casado, al menos, que yo sepa.
—«Felicidades» está bien.
—Bueno, pues felicidades y otra vez gracias, gracias, gracias. Me has hecho un hombre más que feliz.
Asiento satisfecho por mi gestión, aunque no tengo la menor idea de lo que está hablando. Miro a Renzi, porque debe de ser obra suya. Veo que me sonríe como diciendo: «Sí, es exactamente así, no te lo he dicho, perdona, jefe».
Pero al instante Fulvio nos arrolla con su entusiasmo.
—No, aunque ahora tienes que decírmelo. ¿Cómo pudiste darte cuenta?, ¿cómo lo supiste?
—Pues sí… —Intento ganar tiempo—. ¿Cómo lo hice?… Bueno, los secretos del productor.
—No, no, tú ahora me lo dices. —Se empecina, incluso da un golpe con el pie como si eso se hubiera convertido en una cuestión de principios.
—Pero venga… —Renzi sale en mi ayuda—. Estás haciendo tantas entrevistas que ya no te acuerdas de lo que dices. ¡«Estoy loco por “Looking”», en Vanity Fair, el número anterior!
—¡Ah, sí, es verdad! Ahí también hablé muy bien acerca de este programa…
—Cierto. —Añado enseguida—. Lo leí justo cuando recibí la nota de prensa, me pareció lo mínimo después de lo que dijiste.
Fulvio de repente parece casi conmovido.
—¿Sabes que en todos estos años nadie había tenido nunca un detalle tan bonito? A lo mejor te envían flores, una botella de champán, bombones…, pero todos son regalos impersonales, sin una sola señal de afecto. Como en el fondo es nuestro mundo…
—A lo mejor los otros no habían leído nunca tus entrevistas.
Fulvio se echa a reír como un loco.
—¡Es que siempre tienes la frase apropiada en el momento oportuno, eres increíble! —Naturalmente, Karim también se ríe, luego Fulvio prosigue—: Pues ¿sabes que con tu cajita pasé una noche fantástica? Fui a Le Sicilianedde, en el viale Parioli, y solo compré productos sicilianos: sfincione, parmesana de berenjenas, arancini, ensalada de gambas, rollitos de pez espada, e invité a un montón de amigos a ver «Looking» en mi nuevo ático, en el viale Romania.
Karim añade divertido:
—Yo también estaba. ¡Llevé brioches y granizados de pistacho, mora negra y almendra; a todos les encantó!
—Al día siguiente fuimos a correr para quemar todo lo que habíamos comido.
Sonrío divertido.
—Me lo imagino, pero os veo en forma de todos modos…
Entonces se oye una voz perentoria que dice:
—Preparaos, empezamos a grabar dentro de un momento, gracias.
Leonardo, el ayudante de plató, llama a todos al orden. Fulvio y Karim se disculpan.
—El deber nos llama.
—Sí, por favor.
Los vemos marcharse y, en cuanto están un poco lejos, me sale la pregunta de forma espontánea:
—Pero…
—No me digas nada —me pide Renzi frenándome—. Es peor de lo que puedas imaginarte. No sé muy bien si es verdad que los pillaron practicando sexo en los servicios del estudio. Bueno, algo parecido a George Michael en los baños públicos…
—Pero, perdona, Fulvio también tiene su camerino.
—Si fuera por eso, ha pedido también uno para Karim al lado del suyo.
—Vamos bien…
—Todavía no ha aparecido ningún reportaje; de todos modos, Karim, dejando a un lado esta historia de amor, que espero que no nos complique la vida, ha sido una excelente idea. Nos ha dado mucha visibilidad y, cuando bromean y se toman el pelo, subimos dos puntos en las audiencias.
—¿En serio?
—Sí, el poder es de los gais, aceptémoslo.
—¿Bromeas? ¡Vivan los gais!
—¡Eh! ¡Por fin has llegado! —De repente, una voz nos sorprende a nuestra espalda—. ¿No me presentas a tu amigo?
Nos damos la vuelta. Quien ha hablado es una guapa chica castaña, no muy alta, pero perfectamente proporcionada y con una buena delantera. Tiene la boca carnosa y dos pequeños lunares que la hacen todavía más sensual, una especie de Marilyn, solo que un poco más moderna.
Renzi sonríe.
—No es un amigo mío, o, mejor dicho, espero que lo sea, pero más que nada es mi jefe. ¡Y también el tuyo! Te presento a Stefano Mancini; Dania Valenti.
—Hola, mucho gusto.
Sonríe divertida mientras me estrecha la mano.
—El gusto es todo mío; ¿sabes que eres el jefe más guapo que he conocido nunca?
—Bueno, me alegro.
—Y estás tan moreno… Los presentadores están morenos, los jefes están todos blancos.
—¡No todos! En cualquier caso, tienes razón; por lo general no estoy así, es que he estado de viaje de luna de miel y me he bronceado mucho, y por lo general tampoco estoy de viaje de luna de miel.
—¡Qué guay! ¡Seguro que la que haya conseguido echarte el lazo debe de ser guapísima! ¿Es del mundo del espectáculo?
—No, pero también existen mujeres hermosas e interesantes fuera de este mundo.
—Exacto. ¡Ostras, además dices las cosas bien dichas! Tendría que haberte conocido antes… Bueno, me voy, que vamos a grabar. —Entonces mira a Renzi, le sonríe con especial dulzura, se vuelve y se va corriendo, sin ningún tipo de sensualidad.
—Pues esta es la hija de Calemi.
—Ya sabes… No está mal. Hay que tratar bien a Calemi. Y ¿qué tal es la tal Dania?
—Es… interesante.
—Renzi, me parece que sabes más de lo que finges saber. He visto cómo se ha despedido de ti.
—Siempre lo hace así. También ha dicho que debería haberte conocido antes… de que te casaras.
—O antes… para salir en otros programas. Yo le intereso solo como productor; en cambio, tú no. —Ladeo la cabeza como para mirarlo mejor—. A ver si vas a acabar como Simone. Cambiando de tema, vamos a ver qué están tramando nuestros guionistas.
Entonces nos marchamos del estudio y nos dirigimos a la redacción.
—Hola.
—Buenos días.
—¿Cómo va?
—¡Qué sorpresa!
Todos nos saludan.
—¡Felicidades otra vez! —Simone se acerca y me estrecha la mano—. Estoy realmente contento de que hayas vuelto. ¿Has visto qué gran éxito? Esta noche vamos a probar algo que, si sale, nos hará dar un salto, nos los vamos a comer. Toma, aquí está la escaleta. Si te apetece seguir el programa…
—Claro, me quedaré un rato.
Se me acerca Vittorio Mariani.
—Hola, Stefano, ¿todo bien? ¿Cómo ha ido por ahí?
—Bien, he visto al menos tres clases de peces que no conocía.
Me sonríe.
—Bienvenido, estamos todos contentos por este éxito de Futura.
—Y yo lo estoy con vosotros. Luego tengo que decirte una cosa, cuanto tengas un momento ven a verme al patio de butacas.
—¡Por supuesto!
Entonces salgo con Renzi.
—Esperad, esperad…
Simone nos alcanza.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Algún problema?
—No, en absoluto, quería enseñaros algo.
Mientras proseguimos por el pasillo, en dirección al estudio, decido pedirle también su opinión.
—¿Cómo va Fulvio?
—Muy bien, me parece que mejor de lo habitual; se lo ve más alegre, más fresco, siempre está animado.
—Ah, bien. ¿Y Karim?
Simone se vuelve hacia mí y me sonríe.
—Todavía mejor, es él la felicidad de Fulvio. Es su droga natural. —Entonces Simone se dirige hacia el patio de butacas. En una esquina está sentada una chica mona, pero no demasiado vistosa—. Bueno, me encantaría presentárosla: ella es Angela, mi novia. Ha venido a visitarme con una amiga y quería ver la grabación.
—Hola, encantado. Soy Stefano Mancini.
—Giorgio Renzi.
Simone nos lo cuenta mejor.
—Su amiga ha ido a dar una vuelta por Roma, no la conoce. En cambio, ella quería ver el concurso, es una fan de Karim. Se lo tomó fatal cuando le di la noticia.
Angela nos mira divertida.
—¡Todavía no me lo creo, me parece que se lo ha inventado porque tenía celos!
—¡Ah, ahora resulta que el celoso soy yo! Quería que dimitiera de Futura porque hay todas esas bailarinas.
—¿Qué tiene que ver?… —Angela ríe un poco incómoda—. Tampoco sabía que estaba Karim.
Como explicación, la verdad es que no tiene nada que ver, pero Renzi y yo, como es natural, fingimos que no nos damos cuenta.
—¡Silencio, gracias! Vamos a grabar.
—Nosotros vamos a sentarnos —decimos disculpándonos.
Simone le da un beso y se sitúa cerca de la cámara central, mientras Renzi y yo nos sentamos en primera fila.
—En tu opinión, ¿quiere convencernos o está sinceramente enamorado? —Miro a Renzi.
—Mitad y mitad.
—¿Crees que todavía la llama?
Renzi me mira y de repente se pone serio.
—Todos los días, por lo menos dos veces.
—¿Tienes pruebas?
—Lo tengo a él. Hoy hemos conocido a Angela; pon en un plato de la balanza sus fantasías con ella y en el otro plato las fantasías con Giovanna Segnato. ¿La recuerdas?
—Perfectamente.
—¿Y bien?
—Que la llama más de dos veces al día y le envía un alud de mensajes de WhatsApp.
—Eso es. Ahora reconozco a mi jefe.
Justo en ese momento empieza la sintonía. Un grupo de ocho chicas aparecen de la nada y se contonean al ritmo de un tema de Justin Timberlake, Can’t Stop the Feeling[50]. Bailan bien, alegres, divertidas, sincronizadas a la perfección. Algunas son morenas, una es pelirroja y tres son rubias.
Pero entre todas tengo que admitir que destaca la hija de Calemi. Me vuelvo hacia Renzi y me fijo en que él lo está mirando un poco todo, incluso los planos de las cámaras. No está tan obcecado como pensaba, mejor. Acaba la sintonía y Vittorio Mariani se sienta a mi lado, dejándose caer en la butaca.
—Ya estoy aquí.
Hablo bajo para no molestar, en vista de que Fulvio ha empezado el programa.
—Quería saber cómo está yendo y si te encuentras a gusto con Simone. Lo hemos metido en el programa porque necesitábamos tener a dos guionistas que estén de nuestra parte y, además también, para que crezca.
Vittorio sonríe.
—Pues bien, el programa va estupendamente. Hay un ambiente excelente y somos un buen equipo.
Simone es simpático y es muy rápido, ¡no creo que tenga necesidad de crecer! Conoce más programas que los otros guionistas, ha visto televisión desde que nació y parece hecho para este trabajo. También tiene una excelente memoria. A veces yo tengo que mirar la escaleta, y él, en cambio, sabe muy bien todos los cortes y lo que viene después.
—Bien, gracias.
Vittorio me sonríe.
—En serio, me siento a gusto con él… —Y nos deja para seguir al tanto del concurso.
Miramos un rato más la grabación. Fulvio y Karim bromean y ríen con mucha soltura, y después veo el brazo de la Jimmy Jib levantándose y yendo a encuadrar el marcador sin problema.
—¡Pero, oye, todo funciona de verdad!
—Sí, es increíble; mientras no estabas hemos obligado a hacer a todos un curso acelerado.
—¡Pues ha salido bien! ¿Volvemos a la oficina? Tengo que realizar algunas llamadas.
—De acuerdo.
Renzi se levanta primero, yo lo sigo, pero no puedo dejar de fijarme en que la hija de Calemi busca su mirada para que la salude. Renzi no se vuelve y va directo hacia la salida. A ella eso le sienta mal y, casi por desquite, cuando se encuentra con mi mirada, no me saluda. La situación es más grave de lo que podía imaginar.