Tres meses

Tres meses


Capítulo 1

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Capítulo 1

 

Qué dolor de cabeza.

Me froté los ojos en cuanto me desperté, mirando a mi alrededor. Estaba en mi habitación. ¿Cómo demonios había llegado? Apenas recordaba nada de anoche. Solo una chica. Ah, sí... había llegado a casa con ella. Esperaba que ya se hubiera marchado.

Al mirar a mi izquierda, puse una mueca al ver que seguía en mi cama, durmiendo boca abajo. Mierda. Tenía que irse.

Me puse incorporé sin mucho cuidado y ella no tardó en despertarse al notar que me estaba moviendo por la habitación. Me subí unos pantalones de algodón y noté que me miraba, desnuda, sonriendo un poco mientras bostezaba.

—¿Ya te vistes? —preguntó, mirándome de arriba abajo con una sonrisa que dejaba claro lo que pensaba.

La miré fijamente unos segundos, intentando acordarme. ¿Cómo se llamaba?

—Sí, —murmuré al final, mirando la hora en mi móvil—. Tengo cosas que hacer.

No era cierto, pero ella no tenía por qué saberlo. Solo quería que se fuera para poder seguir durmiendo.

La chica —su nombre seguía siendo un misterio— dejó de sonreír.

—¿Eh?

—Tengo cosas que hacer —repetí—. Puedo llamar a un taxi, si quieres.

—Vinimos en mi coche —me recordó.

—Ah. Pues te acompañaré a la puerta.

Ella tardó unos segundos, pero al final se incorporó mirándome con aire confuso.

—¿No quieres echar un polvo mañanero o...?

—Odio las mañanas —enarqué una ceja.

Otra mentira. Pero mi cabeza estaba a punto de explotar.

—Como quieras —masculló, ofendida.

Vi que agarraba su ropa interior, su vestido y sus tacones y se los ponía sin prisa. Me dedicó unas cuantas miradas de soslayo, como si esperara que me lo pensara mejor. No iba a hacerlo. Odiaba compartir mi cama.

Cuando terminó, se estiró y me siguió por el pasillo. Will y Sue, mis dos compañeros de piso, estaban en el salón cuando llegamos. Hice un gesto a la chica hacia la puerta. No nos prestaron demasiada atención.

—Llámame esta noche —sonrió la chica, inclinándose para darme un beso en la mejilla.

—¿Tengo tu número?

La miré un momento. Escuché una risa ahogada y mal disimulada de Sue.

Ella, por su parte, me levantó la mano y vi que lo tenía ahí apuntado. Después de lo que pareció una eternidad, por fin se marchó. Suspiré, aliviado.

Resoplé y me dejé caer en uno de los sofás. Sue leía un libro mientras que Will parecía demasiado centrado en algo de su móvil como para hacer caso a mi mirada acusadora.

—Buenos días, ¿eh? —protesté—. Gracias por preguntarme cómo he dormido.

—Sabemos cómo dormiste —Sue me dedicó una mirada mordaz—. ¿Es que tienes un radar para detectar a las más ruidosas o qué?

—Me gustan ruidosas —la irrité—. Podrías decir buenos días, al menos.

—Son las doce —remarcó, mirándome de reojo.

—Pero acabo de despertarme, ¿no?

Ella optó por ignorarme.

—Oye —Will levantó la cabeza hacia mí—. Necesito que me hagas un favor.

Casi resoplé.

—¿Qué favor?

—Necesito que lleves las cosas de Naya a su residencia. Tienes la llave en la barra.

—Las cosas de Naya —repetí, incrédulo—. ¿Y no puedes hacerlo tú? ¿No es tu novia?

—Estaré toda la mañana con mi padre —me dijo él con el ceño fruncido—. Y ella no puede ocuparse.

—Qué pena.

—Vamos, Ross. ¿No puedes hacerlo tú?

—Supongo que la opción de preguntárselo a Sue estaba descartada.

—Espero que no estuviera ni planteada —remarcó ella.

Al final, no me quedó más remedio que hacerlo. Después de comer algo, me vestí y me encaminé al coche de Will, que guardaba una maleta gigante y pesada de color chillón. Puse una mueca —pesaba una tonelada, maldita Naya— mientras la transportaba a mi coche y me dirigía a la residencia.

Si había algo peor que la resaca, era tener que pasear por el sol con resaca.

Me daba la sensación de que alguien me estaba aporreando la cabeza con un martillo cuando me deslicé con la maleta de Naya entre la gente, suspirando. Había demasiadas familias ahí. Demasiadas chicas llorando. Demasiados hermanos y novios afligidos. Madre mía. Ni que las enviaran a la guerra. Solo era la Universidad.

—...es muy sencillo. Somos pareja. Nos queremos, pero... podemos acostarnos con otras personas. Sin sentimientos ni nada, solo sexo.

Miré de reojo a mi derecha, donde vi a un chico hablándole en voz baja a la que supuse que sería su novia. Puse una mueca sin fijarme demasiado en ellos. Solo con verle la cara al chico ya supe qué clase de imbécil era. Pobre chica. Esperaba que le dijera que no o lo dejara.

Menos mal que yo no tenía esos dramas estúpidos de pareja.

Había una cola corta delante de Chris, el hermano de Naya y recepcionista de la residencia, pero él se deshacía rápidamente de todo el mundo. En cuanto me vio, sus labios se apretaron al mismo tiempo que los míos formaban una sonrisa.

—Hola, Chrissy.

Su frente se crispó por la irritación, como siempre.

—¡No me llames Chrissy!

—Vale, Chrissy —señalé la maleta—. Necesito subir a la habitación de tu hermana, pero no sé cuál es.

—El primer día está prohibido que suban chicos no-familiares —remarcó.

—Si somos casi familia.

—En ese casi están las normas de la residencia.

—Venga, ¿qué habitación es?

—Es la 62, pero de verdad que no puedes subir. Si mi jefa se entera...

—Le diré que soy el hermano de su compañera, ¿qué más da?

—¡Naya me ha pedido que te advierta que no molestes a la pobre chica que sea su compañera!

—¿Por qué? —sonreí burlonamente—. ¿Le da miedo que la asuste?

—A mí me da miedo que vengas por aquí a verla.

—Los dos sabemos que eso no pasará. No es mi estilo.

—Lo hiciste con Lana.

—Y sigo teniendo pesadillas con ello.

Lo pensó un momento, cavilando.

—Su compañera todavía no ha llegado —me dijo finalmente—. He estado mirando su ficha y parece una buena chic...

—Espera, ¿eso es legal? ¿Mirar las fichas?

Hubo un momento de silencio. Él enrojeció hasta las orejas.

—¡Es mi hermana, solo quiero saber con quién le ha tocado! —Chris se quedó en silencio un momento—. Y... creo que es la chica que viene ahora.

Bueno, esa conversación era muy interesante, pero quería volver a casa para poder hibernar en paz.

—¿No puedes hacer una excepción? —le pregunté, señalando las escaleras con la cabeza.

—No puedo dejarte subir, Ross. El primer día está prohibido.

Suspiré largamente. Después de haberme obligado a tener que transportar eso, ¿no me dejaría subir?

—¿Por qué me discriminas así? —protesté.

—Porque es una residencia femenina. Y tú no me pareces una chica.

—Ni tú tampoco, pero veo que trabajas aquí.

Cuando vi que Chris se ponía rojo, sonreí ampliamente. ¿Por qué era tan divertido irritar a la gente?

—Yo soy un trabajador competente y profesional que...

Oh, no. No iba a escuchar un sermón sobre aptitudes profesionales teniendo ese dolor de cabeza. Ni de coña.

—Bueno —lo corté, inclinándome hacia delante—, ¿le vas a decir tú a Naya que tiene que subirse las cosas? Porque no me va a quedar otra que echarte la culpa, Chris.

Él pareció querer decir algo, pero se detuvo en seco, pensativo.

—¿Y por qué no lo hace Will? Es su novio.

Así que el problema no era que subiera un no-familiar. Era que subiera yo.

¿Tan poco se fiaba de mí?

Bueno, es comprensible.

—Porque Will está ocupado haciendo un examen y se cree que tengo cara de chico de los recados —me inventé rápidamente—. ¿Puedo subir o no? Esto pesa.

—Está bien... —murmuró por fin—. ¡Pero márchate enseguida, que si te ven...!

Le sonreí.

—Si yo soy muy discreto... —murmuré.

Su mirada se clavó en mi derecha, por lo que supuse que estaría la chica en cuestión.

—Tengo mucho trabajo —confirmó mis sospechas—, así que si me disculpas...

—El hombre ocupado —puse los ojos en blanco y fui a las escaleras.

Sin embargo, algo me llamó la atención cuando me alejé del mostrador. Y ese algo era la chica que estaba hablando ahora con Chrissy.

Ella estaba apoyada con los brazos en el mostrador. Tenía una maleta pequeña al lado y se ponía un mechón de pelo tras la oreja casi cada vez que hablaba, pero creo que no se daba cuenta de ello. Sonreí disimuladamente y pensé en acercarme, pero decidí detenerme. ¿Esa era la compañera de habitación de Naya?

Llevaba puesto un jersey color mostaza con unos vaqueros estrechos que, en esos momentos, me entraron ganas de comprar para dar a cada chica que conociera en mi vida. Pero dudaba que les quedaran la mitad de bien. O igual pensaba eso porque estaba aburrido y necesitaba una distracción. Su culito redondo era una muy buena distracción.

Creo que ya no tengo ni dolor de cabeza.

De todas formas, me conformé con subir a las escaleras. Después de todo, ella iba a dormir en la residencia, ¿no? Eso quería decir que no podía hacer nada. A no ser que quisiera estar evitándola por el resto del año. Y no era mi perspectiva de curso ideal. Además, si no recordaba mal, era la chica a la que su novio le había preguntado lo de acostarse con otras. No había estado nunca con alguien con pareja. No iba a empezar ahora. Ni siquiera por un culo perfecto.

Saqué la llave del bolsillo y la metí en la cerradura, pero algo me impidió abrir la puerta. Me detuve con el ceño fruncido y me mordí el interior de la mejilla, pensativo. No podía hacer nada con ella. Por todo lo dicho y, también, porque Naya iba a matarme si se enteraba.

Pero... hablar inocentemente con la chica no haría daño a nadie, ¿no?

Con una pequeña sonrisa malvada, saqué la llave de la cerradura y me la guardé en el bolsillo.

Esto iba a ser divertido. Esperaba que saliera bien.

Dejé la maleta de Naya en el pasillo y volví a bajar las escaleras, donde la chica todavía hablaba con Chrissy. Noté la mirada de ella sobre mí cuando me deslicé por el mostrador.

—Déjame la llave —le dije a Chris—. Tu hermana no está.

No me la dejes. No me la dejes.

—¿Y dónde está?

—Oye, es tu hermana, no la mía. Deberías saberlo mejor que yo.

—No tengo otra copia de la llave, Ross.

No me la dejes. Vamos, Chrissy. Haz algo bien.

Por su cara, deduje que no iba a ayudarme. Así que tuve que arriesgar el plan a un todo o nada.

—Muy bien —sonreí—. Pues su maleta se queda en el pasillo.

Chris sabía que eso no era una buena idea. Lo sabía demasiado bien. Él suspiró largamente y sonreí más porque sabía que había ganado esa ronda.

—Puedes esperar un momento a que termine de hacerle la presentación individual a Jennifer y luego ella te abrirá la puerta. Si no hay ningún problema, claro.

Te quiero, Chrissy.

¿Jennifer? Mhm...

¿Esa inocente alma iba a ser la compañera de Naya? Pobrecita. No tenía ni idea de lo que se le venía encima.

Ella me seguía mirando y me di el lujo a mí mismo de hacer lo mismo. Tenía una cara bonita; nariz pequeña, ojos castaños, labios rosados y piel pálida. Apartó la mirada al instante en que se chocó con la mía y estuve a punto de sonreír cuando me dio un repaso, pero me contuve.

Especialmente porque la llave seguía en mi bolsillo. Tenía que disimular un poco.

Pero... no pasaba nada por mirar, ¿no? No haría daño a nadie. Especialmente a mí, que prácticamente estaba babeando sobre el mostrador.

Seguía esperando una respuesta, por cierto. Ella dudó un momento.

Di que sí. Di que sí. Di que sí, vamos.

—Eh... no hay problema —murmuró,

Tuve que contenerme para no esbozar una sonrisa de triunfo.

Dios, me encantó incluso su voz. ¿Por qué demonios tenía que ser la compañera de habitación de Naya? ¿Por qué no podía conocerla en un bar cualquiera?

Por un breve momento, mis ojos la recorrieron de arriba abajo. Tenía las piernas y la cintura delgadas. Tuve que suponer lo de la cintura porque el jersey era ancho y no dejaba entrever demasiado, pero sí podía ver los dos pequeños bultos que eran sus pechos. Mhm... tenía el cuello delgado y pálido, y el pelo castaño llegándole un poco más arriba de la línea del sujetador.

Intenté centrarme en Chrissy antes de que mi mente se pusiera en su modo pervertido.

—Mira —lo miré—, un poco de simpatía para variar.

Chris estaba dispuesto a ignorarme para soltarle el mismo sermón que soltaba a todas las novatas, distrayéndome de las vistas perfectas que tenía al lado.

—Si necesitas algo, me llamo Chris y soy...

—El que se encarga de que no entren los chicos sin permiso —murmuré.

Mis palabras tuvieron el efecto que deseaba. Los ojos castaños de Jennifer volvieron a mí y, por un instante, me pareció que iba a sonreír.

Pero el idiota de Chris tuvo que volver a hablar.

Ya no te quiero, Chrissy.

—...el encargado de mantener la paz en esta residencia —me corrigió él—. Me alojo en la habitación 1. Está en ese pasillo de ahí. Si necesitas algo pasadas las doce de la noche, me encontrarás ahí.

—Y si no, lo encontrarás jugando al Candy Crush aquí —añadí.

Esta vez me dedicó una sonrisa divertida y creo que nunca me he alegrado tanto de haber tomado una decisión como la de dejar la maldita llave en mi bolsillo.

—No pongas en duda mi autoridad, que luego nadie me hace caso —me dijo Chris, pero no le presté la más mínima atención.

Honestamente, podría haber caído un rayo a mi lado y dudo que mi mirada se hubiera despegado de ella.

Volví a repasarla con los ojos y ni siquiera se dio cuenta de que se estaba colocando de nuevo un mechón en la oreja. Me entraron ganas de hacerlo a mí. Joder, ¿por qué tenía que ser la maldita compañera de Naya? Me habría saltado todas mis reglas de no haber sido por ese detalle.

Vi que sus labios se curvaban hacia arriba al decir algo a Chris e, irremediablemente, bajé los ojos a su culo otra vez.

—La seguridad es lo primero —escuché que decía Chris—. Regalo de la facultad. Solo uno.

En cuanto vi que sus mejillas se teñían de rosa pálido, me giré para ver qué lo había ocasionado. Una cesta de condones. Tuve que contenerme para no reírme al ver su cara de espanto.

—Yo te recomiendo los de fresa —le dijo Chris—. A no ser que no te guste, claro.

—¿A ver? —murmuré, rebuscando en la cestita.

—Solo uno —protestó él.

Agarré uno cualquiera. Multifruta. Ya lo había probado.

Ella también había aceptado uno. Sus mejillas se volvieron a teñir de rosa al mirarlo y metérselo en el bolsillo. Casi parecía que no sabía qué hacer con él.

Podríamos probarlo juntos.

—Que tengáis un buen día —sonrió Chris ampliamente—. ¡SIGUIENTE!

Ella dio un respingo mientras yo le daba lo que creía que era ya el tercer repaso consecutivo. En serio, ¿por qué no podía dejar de mirarla? ¿La de anoche me había dejado un trauma o algo así?

—Entonces... —vi que Jennifer no reaccionaba y me obligué a hablarle—, ¿tienes la llave?

Ella abrió la mano para mí. Tenía las manos pequeñas y los dedos delgados. Se mordía las uñas. Tuve que contener una sonrisa al ver la copia exacta de la llave que yo había escondido.

—A no ser que me haya engañado, la tengo.

Oh, así que teníamos un poco de sentido del humor, ¿eh?

—Genial —contuve una sonrisa—. Vamos, te ayudaré.

Levanté su maleta —aunque hubiera preferido levantarla a ella—. No pesaba ni la mitad que la de Naya. Escuché sus pasos siguiéndome y, por un momento, me arrepentí de todas las decisiones que me habían llevado al momento en que ella no se había colocado delante para tener una vista panorámica de su culo. Tuve que conformarme con mirarlo mientras Jennifer metía la llave y yo me apartaba con la excusa de dejarle espacio.

La habitación era una mierda, igual que había sido la de Lana hace un tiempo. Casi pude leer la decepción en su expresión. La pobre intentó disimularlo, pero sus ojos eran demasiado sinceros. Seguro que era una mentirosa pésima.

—Bueno —empezó, forzando una sonrisa—. No está tan mal.

Casi me miraba como si esperara que yo lo confirmara. No quería arruinarle el primer día, así que me contuve.

—No es un basurero —murmuré, intentando no reír.

Empujé las dos maletas. La de Naya seguía dándome dolor de espalda. Aunque ya no me arrepentía tanto de que Will me hubiera obligado a venir. Especialmente cuando le acerqué la otra maleta a Jennifer y pude volver a repasarla.

Levanté los ojos al instante en que se giró hacia mí, señalando la cama de Naya. No me había pillado. Menos mal.

—¿Conoces a la chica que dormirá ahí? —preguntó inocentemente.

Estuve a punto de usar mi sarcasmo, pero me contuve. Parecía preguntarlo en serio. Y me pareció extrañamente tierna. No había mucha ternura en mi vida.

Pero... no pude evitarlo.

—¿Yo? No —sonreí, divertido—. Es que me gusta transportar maletas de desconocidos. Es la pasión de mi vida.

Igual que mirar el culo a las dueñas de esas maletas.

A ella se le tiñeron las mejillas de rojo y me arrepentí un poco de haberlo dicho de esa forma.

—Es la novia de mi mejor amigo —añadí, extrañamente arrepentido de haber hecho que se sintiera mal—. Se llama Naya.

Y será tu peor pesadilla.

—¿Y es...? —otra vez el mechón de pelo—. ¿Simpática?

—Cuando le interesa —pensé en advertirla sobre sus gritos con Will, pero supuse que se daría cuenta sola y fui por otro lado—. También puede llegar a ser muy persuasiva.

—¿Persuasiva?

Me miraba como un corderillo asustado. Era más divertido de lo que debería ser.

—Ya lo entenderás cuando te veas a ti misma haciendo cosas que no te apetecía hacer porque ella ha conseguido convencerte.

Di un paso a ella y creo que ni se dio cuenta, así que di otro, probándola. No se movió. Pensé en dar otro y probar mi suerte colocándole el mechón de pelo, pero me detuve. Ella seguía mirándome, esperando que dijera algo. Mierda. Tenía que parar. Era la compañera de Naya. Y la volvería a ver, seguro.

—Bueno —di un paso atrás, conteniéndome a mí mismo—, si me disculpas, mi trabajo de transportista ha concluido.

Jennifer parpadeó como si volviera a la realidad.

—Sí, claro —murmuró, pasándose una mano por el cuello que me quedé mirando—, gracias por ayudarme con la maleta.

Sonreí, pero dudo mucho que supiera el por qué.

—Un placer —murmuré.

Demasiado placer.

No me di la vuelta al alejarme, dejándola sola en la habitación.

***

—¿Te encuentras bien, Ross? —me preguntó Sue de repente.

Yo dejé el móvil a un lado. Al final había mandado un mensaje a la chica de esa mañana. Y no me parecía un plan tan disparatado. No tenía mucho más que hacer. Además, eso de quedarme para ver la reunión de Romeo y Julieta que iban a organizar Will y Naya no era mi plan ideal.

Ross: Te paso a buscar en una hora.

Chica de anoche cuyo nombre no recuerdo: Genial :)

Tendría que preguntarle el nombre disimuladamente.

—¿Por qué no iba a estar bien? —murmuré, mirando a Sue.

Ella estaba en el sillón, cambiando de canal.

—Porque sigues aquí —remarcó—. ¿No tienes una cita? ¿Tus días de libertinaje han llegado a su fin?

—Ya te gustaría. Tengo la cita en una hora.

—Genial. Cuando volváis, ¿puedes no hacer ruido? Porque estoy un poco harta de no poder dormir.

—Sabes que hay una cosa que se llama tapones para los oídos, ¿no?

—Sabes que hay una cosa que se llama motel, ¿no?

Sonreí y negué con la cabeza. La chica seguía mandándome mensajes, pero los ignoré.

—¿Y tú vas a quedarte? —le pregunté—. ¿En serio quieres ver la reunión de esos dos? Todos sabemos que estarán cuatro horas besuqueándose e ignorándonos.

—No tengo nada más que hacer.

—Pues yo pienso desaparecer en cuanto crucen la puerta —murmuré.

—¿En serio? —Sue agudizó su mirada—. Creo que vienen con alguien más.

Estaba a punto de ponerme de pie para ir a cambiarme de ropa, pero me detuve en seco.

—¿Eh?

—Will me ha mandado un mensaje avisándome hace un rato. Parece que Naya tiene una nueva amiguita y la han invitado.

Mi cerebro tardó dos segundos en volver a la cara de la chica que compartiría habitación con Naya.

Mhm...

—¿Te ha dicho cómo se llama?

—No. Me ha dicho que es la compañera de habitación de Naya.

Mi subconsciente esbozó una sonrisa malvada.

A ver, no había hecho nada esa mañana. Me había portado bien. Había sido un buen amigo. Pero... si me la traían directa a casa, no podían pretender que ni siquiera lo intentara.

—¿No tenías que prepararte para tu cita? —preguntó Sue con los ojos brillándole curiosidad.

Justo en ese momento, escuché la puerta abriéndose y esbocé una sonrisita malvada.

—¡Por fin! Me estaba muriendo de hambre.

Sue me miró y negó con la cabeza, divertida. Yo simulé una postura natural al ver que se acercaban.

—Yo también me alegro de verte, Ross —me dijo Naya.

Iba a centrarme directamente en lo que me interesaba, que era la chica que estaba de pie a su lado, claramente un poco intimidada. Pero decidí ser un poco más discreto e irritar a Naya.

—Genial, hemos pasado de la tranquilidad absoluta a tener que escuchar gritos en estéreo todo el el día.

—Si yo nunca me enfado.

—¿Y quién ha hablado de enfadarse?

Joder, cuando se ponían a hacerlo eran insoportables.

Algo me voló a la cara. La chaqueta de Will. La lancé al sillón, riendo. Sue, mientras, seguía negando con la cabeza por mi cancelación de la cita mientras se abría la bolsa de comida y observaba a la chica nueva.

Yo aproveché para mirar a Jennifer, que se había cambiado de jersey. Ese era más estrecho. Y confirmó su cintura también perfecta. La recorrí con los ojos y no se dio cuenta. Naya sí. Vi que le clavaba un codazo a Will, alertándolo. Les sonreí inocentemente. Oh, ella se iba a enfadar mucho.

Pero, honestamente, valía la pena el riesgo.

—Veo que aún no has salido corriendo —le dije a Jennifer

—No la asustes, Ross —me advirtió Naya—. Es mi compañera de habitación. Y quiero que siga siéndolo.

Ella había clavado los ojos en mí, pero me obligué a mirar a Naya, haciéndome el inocente.

—¿Qué insinúas?

—Que eres un pesado —remarcó, sujetando a su amiga—. Ven, siéntate.

Casi me entraron ganas de ir a por ella cuando vi que Naya me fulminaba con la mirada y se la llevaba al otro sofá, alejándola de mí lo máximo posible. Habría que arreglar eso en algún momento.

Mhm... si no podía acercarme a ella, tendríamos que atraer su atención.

—Acaba de llegar y ya me está insultando —le dije a Will.

Él sonrió, pero a Naya no le hizo ninguna gracia.

—No la espantes —me advirtió.

Jennifer parpadeó, sorprendida, y me miró en busca de algo que pudiera espantarla. Mierda. No quería asustarla tan rápido. Apreté un poco los labios a Naya. No iba a joderme esto. Desviación de atención. Eso nunca fallaba.

—¡Yo no espanto a nadie! —la miré—. Además, si quiere vivir contigo tendrá que saber que tú y Will sois como un combo. Aguantar a uno implica aguantar al otro.

—¿Qué? —ella me miró.

Buen trabajo.

—Cuando cada noche de la semana no puedas dormir por el ruido que hacen, ya volveremos a tener esta conversación.

Will vio que su novia se estaba enfadando y decidió poner paz al asunto, como siempre.

—Déjalo, Jenna. Todos hemos aprendido a ignorarlo.

Naya se apresuró a tomar la delantera de nuevo, señalándonos a mí y a Sue y presentándonos. Sonreí un poco al ver que Jenna solo me miraba a mí al hacerlo, ignorando a Sue.

—¿Ross? —podía acostumbrarme a oír mi nombre con su voz—. ¿Es el diminutivo de algo?

Fingí que me centraba en cualquier otra cosa, acercándome a la comida china y deshaciendo unos palillos.

—Es mi apellido —murmuré—. Me llamo Jack Ross, pero todo el mundo me llama Ross.

—Su padre también se llama Jack —dijo Will por mí.

Sí, y no iba a dejar que me llamaran como a ese gilipollas.

—Y yo dije que, como me llamaran Jack Ross Junior, me cortaría las cenas —concluí.

Ella sonrió al adelantarse para robar comida.

Y empezó a hablar de que era del sur de estado y de no sé qué de universidades mientras yo intentaba participar y, a la vez, decía a la chica de anoche que se olvidara de mí. Estaba ocupado. Y lo que esperaba que me mantuviera ocupado estaba diciendo que tenía una relación abierta con su novio o algo así.

—No sé si se lo ha inventado él —estaba murmurando—, pero dice que es cuando dos personas se quieren, pero pueden acostarse con otras.

Yo había aprovechado mi oportunidad y la había deslizado a mi lado, por lo que ahora la tenía sentada junto a mí. Miré disimuladamente sus rodillas y ella se dio cuenta, por lo que tuve que improvisar.

—Nunca entenderé la vida en pareja. ¿Te vas a comer todo eso?

—Todo tuyo —sonrió, tendiéndomelo.

Era demasiado inocente para su propio bien. Mientras recogía el plato con una sonrisita, Naya me crucificaba con la mirada desde el otro lado del salón.

—Me gusta esta chica —le dije para irritarla.

Will se giró enseguida para distraerla y evitar que me matara.

—Deberíamos intentarlo, cariño —bromeó—. Ya sabes, eso de acostarnos con otros.

—Como lo hagas, te mato mientras duermas —casi me reí al oír a Naya, que seguía de mal humor por verme repasando a su amiga con los ojos—. Yo no podría dormir tranquila pensando que éste puede estar tirándose a otra.

—Pero sería sin amor, ¿no? —sugerí.

No me importaría intentarlo con tu compañera, te lo aseguro.

—Sí, supongo —Jenna se encogió de hombros, ajena a las miradas de asesina que Naya me lanzaba.

Me distraje un momento porque la chica seguía mandándome mensajes. Al final, decidí dejar de responderle y levanté la mirada. Fruncí un poco el ceño cuando vi que Sue abrazaba su cojín favorito y Jenna se apartaba de ella. Por consiguiente, se pegaba a mí.

No estaba tan mal.

—Pedir perdón no soluciona nada —le dijo Sue de malas maneras.

Oh, había intentado tocar sus cosas.

Sin embargo, me distrajo el hecho de que se había acercado tanto que podía olerle el pelo. Mhm... mi pervertido interior estaba cada vez más feliz.

—No te lo tomes como algo personal —le dije—. Está así de loca con todo el mundo.

—¡No estoy loca! —me dijo Sue.

—Vale, vale. Entonces, no estás loca. Solo estás mal de la azotea.

La ignoré cuando vi que me sacaba el dedo corazón. Jenna miró de reojo a Will y Naya, que se besuqueaban. Parecía incómoda. Como si quisiera irse.

Y... asumí que era mi momento de gloria.

—¿Vamos arriba? —pregunté, en general, aunque mi mirada estaba clavada en ella.

Sue se marchó y la ignoré. Esos dos seguían ocupados. Jenna dudó, mirándolos.

Venga, di que sí. Di que sí.

—Yo voy —dijo, al final.

Que empiece la fiesta.

—Menos mal que hay alguien no aburrido —murmuré.

Ella se me quedó mirando cuando salí de casa y empujé la ventana del final del pasillo. Parecía confusa.

—¿Qué haces? —se acercó—. Hace frío.

Déjame calentarte y no tendrás tanto frío.

—Tenemos que pasar por aquí, te ayudaré.

Y lo haré encantado.

—¿A qué? —parpadeó inocentemente.

Como siguiera mirándome así por mucho tiempo, no iba a poder seguir disimulando mucho más. ¿Por qué me gustaba tanto que pareciera no darse cuenta de que era un pervertido?

—¿Vamos a subir por ahí? —ella puso una mueca, viendo la escalera de incendios.

Y, esta vez, tú vas delante.

—Es seguro. O, al menos, nadie se ha matado en lo que llevamos viviendo aquí.

—Seguro que yo soy la primera...

Sonreí cuando se acercó a mí. Metí una pierna en la ventana y le ofrecí una mano. Me sorprendió que no lo dudara. Su mano se sentía pequeñita y caliente en la mía. Era una sensación extrañamente agradable. Lástima no tener una excusa para alargarla.

Mierda, ¿qué tenía? ¿Catorce años? Tenía que centrarme un poco.

Empujé la ventana tras disfrutar de las vistas de ella subiendo y luego la seguí, cruzando la escalera en tiempo récord. Vi que se metía las manos en los bolsillos traseros y juro que la sangre empezó a circularme demasiado rápido en lugares demasiado inapropiados al imaginarme que esas manos eran las mías. Vale, necesitaba distraerme un poco. ¿Qué me pasaba?

—No está mal, ¿eh? —murmuré, pasando por su lado. Necesitaba no poder verla desde atrás si quería centrarme.

Me dejé caer en una de las sillas de cámping que teníamos ahí montadas y ella se sentó en la de al lado, mirándome.

—¿Qué hacéis cuando llueve? —preguntó, mirando a su alrededor.

Me agaché a la nevera. Vale, no podía emborracharme si quería estar centrado. La cerveza parecía una buena opción.

—Correr a esconderlo todo —murmuré.

—¿Y si no llegáis a tiempo?

—Entonces, esperamos a que se seque. ¿Tienes sed?

Asintió con la cabeza, sonriendo, y me quedé parado un momento antes de pasarle una cerveza. Me rozó al agarrarla y no hizo un solo gesto de haberse dado cuenta, mientras que yo tuve que aclararme la garganta para volver a centrarme.

—¿A vuestros vecinos no les importa que tengáis esto aquí? —me preguntó inocentemente mientras yo intentaba centrarme en cualquier otra cosa de la terraza que no fuera ella.

—Nadie sube nunca aquí —dije, tras aclararme la garganta otra vez.

Joder, ¿cómo le pueden quedar a alguien tan bien unos vaqueros?

—¿Y si lo hacen?

¿O un jersey ancho?

—El plan A es invitarlos a una cerveza.

Tengo que mandar una carta de agradecimiento a la empresa que ha fabricado esos pantalones.

—¿Y el plan B?

Y, encima, huele demasiado bien.

—Tirarlos hacia abajo —sonreí, enseñándole la cerveza—. No puede haber testigos del crímen.

Tuvo el resultado esperado; se puso a reír. Música para mis oídos.

—Pues es un sitio precioso —me aseguró, dando un sorbo a su cerveza—. Quitando las fábricas abandonadas de fondo.

—Si pretendes que son bosques, parece más bonito.

Cuando ella se quedó mirando la ciudad, dándome en bandeja de plata la posibilidad de darle otro repaso, decidí encenderme un cigarro para pensar en otra cosa. Pero, ¿qué estaba mal conmigo? ¿Por qué estaba tan alterado?

—¿Y hace mucho que conoces a Naya? —me preguntó.

Yo le había dado una manta para que se cubriera y dejara de distraerme. Vi que se la subía a la barbilla.

—Desde que empezó a salir con Will hace... —ahora, al no verla bien, me arrepentía de haberle dado la manta. ¿De qué hablábamos? Ah, sí. Los tortolitos—. No sé ni cuánto hace ya. Llevan como... toda la vida juntos. Son muy pesados.

Dudaba que yo pudiera hacer eso jamás. No me imaginaba a mí mismo saliendo con alguien. Solo de pensar en pasar más de un mes con una persona, me entraban ganas de salir corriendo.

—Siete años —me dijo—, según lo que me ha dicho Naya.

—¿Siete años ya? —madre mía, qué rápido pasaba el tiempo.

No quería hablar de ellos, pero no quería preguntarle directamente por su vida. Tendría que encontrar una forma más discreta de sacar el tema.

—¿Cuándo la has conocido? —pregunté.

—Hace como... dos o tres horas.

Sonreí al ver que ella ladeaba la cabeza en mi dirección.

—Sí que se te da bien integrarte.

Yo te integraría en mi cama.

Mi conciencia necesitaba una ducha fría.

—Qué más quisiera yo. En mi instituto no tenía muchos amigos.

Eso me distrajo. Especialmente por la mueca que puso, como si acabara de arrepentirse de lo que había dicho.

—¿No?

—No —dijo apresuradamente—. Pero era un lugar muy... peculiar. Parecía sacado de una película de Lindsay Lohan del 2000.

—¿Por qué? —no pude evitar sonreír.

—A ver —lo consideró un momento—, porque estaban los populares, los pringados, los invisibles...

—No, espera —la detuve, interesado—. Déjame adivinarlo. Se me dan bien estas cosas.

Ella también se giró hacia mí, sonriendo y concediéndomelo.

—Había una chica muy mala pero muy guapa que se metía con todas las chicas que consideraba inferiores a ella —empecé.

—Bingo. Aunque a mí nunca me dijo nada.

—Y un chico malo que se saltaba todas las clases y hablaba mal a los profesores pero que, sorprendentemente, siempre gustaba a todas las chicas.

—A mí nunca me gustó.

—Y había un club de teatro, una banda de música... donde todos los integrantes eran considerados pringados.

—De hecho, fui miembro de la banda de música por un tiempo.

Me detuve un momento para empezar a reírme.

—No puede ser. ¿Y qué hacías? ¿Tocar la flauta?

—Mhm... no exactamente.

Oh, oh. Se le habían encendido las mejillas. Me incliné hacia delante, más interesado.

—¿La guitarra? —sugerí.

Hubo un momento de silencio.

—Tocaba el triángulo.

Contuve una risa cuando me miró, avergonzada.

Dios, me encantaba. Me daba igual no conocerla, ya me encantaba. Y no solo físicamente.

—Me imagino que no te llenaba mucho —bromeé.

—No. Lo dejé en dos semanas. Y empecé con otra cosa.

—Como... ¿cantar?

—Si me oyeras cantar, utilizarías el plan B contra ti mismo.

Lo dudaba mucho. Sonreí y la miré, un poco más interesado de lo que querría estar.

—Mhm... ¿bailar?

—Ajá.

Por su cara, no necesité más.

—Por favor, dime que no bailabas ballet.

—No estaba tan mal —masculló, confirmándolo.

—¿Eso es un sí? —sonreí ampliamente.

—Durante un tiempo, sí. Y era muy buena, por cierto. Pero tuve que dejarlo.

Ya me la estaba imaginando enfundada en un traje de esos blancos ajustados y tuve que volver a centrarme.

—¿Por qué?

—Mi profesora —apartó la mirada— me dijo que, si quería seguir, tenía que adelgazar cinco kilos.

¿Era una broma? ¿Su profesora había visto ese culo?

—¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra?

—No lo sé. Estaba un poco mal de la cabeza.

Me dio la impresión de que le restaba importancia pero que, en su momento, le había afectado bastante. No quería que le afectara y ni siquiera entendí el por qué.

—Quería dejarte en el infrapeso —bromeé, mirándola de arriba abajo.

—No, si la historia no termina ahí... —se aclaró la garganta—. Mi madre se enteró y se enfadó tanto que se plantó en la academia, la insultó y terminó tirándole café a la cara.

Vale, ya no solo era ella la que me encantaba. También era su familia.

—Me cae bien tu madre —le aseguré, riendo.

—¿Ya has terminado de adivinar? —me sonrió, enarcando una ceja.

Oh, esa sonrisa... iba a ser mi perdición.

—Oh, no —enarqué también una ceja—. A ver, a ver... ¿eras parte del grupo de los invisibles?

Me devolvió a sonrisa.

—Se podría decir que sí —se colocó un mechón de pelo tras la oreja.

Me distraje momentáneamente con sus dedos en su pelo.

—Y tu novio no lo era.

—No lo era, no.

—Seguro que tu novio era el típico chico popular que jamás habías pensado que se fijaría en ti, ¿no?

—Eres bueno —parpadeó, mirándome.

Mierda, que no siguiera haciendo eso de parpadear y sonreír así. Creo que ni siquiera era consciente de que lo hacía, pero me estaban entrando ganas de terminar esa conversación y seguir en mi dormitorio.

—Y cuando lo hizo —volví al tema—, el instituto entero estuvo una semana hablando de vuestra relación.

—Casi —se rio suavemente—. Dos semanas.

—He estado cerca.

Me sostuvo una mirada que esperé que entendiera. Por un momento, me dio la sensación de que me la devolvía.

Pero, después, me di cuenta de que no había estado flirteando conmigo. Al menos, no conscientemente. Porque puso una mueca, sacándome de mi ensoñación.

—¿Tu instituto también era así o qué?

Ahora mismo, mi instituto me importa una mierda, créeme.

—No. Pero he visto demasiadas películas con el mismo argumento.

—A veces, los clichés están bien —se encogió de hombros.

—No he dicho que lo estuvieran. Tu vida parece una novela de Nicholas Sparks.

—¿Quién es ese?

Me detuve un momento para mirarla. ¿No había dicho que estaba en filología? Parecía no tener ni genuina idea.

—¿Estás estudiando literatura y no sabes quién es? —pregunté, confuso.

—Es que no me gusta leer.

—¿Estás estudiando literatura y no te gusta leer? —reí.

—Es que no sabía qué estudiar, ¿vale? —sus mejillas se tiñeron de rosa.

—¿Y no te has leído ninguno de sus libros? ¿Ni siquiera has visto alguna película suya?

No me lo podía creer.

—¿Cuáles son?

Empecé a enumerar, pero ella no conocía ninguna. Le conté que a mi madre le encantaban. Y era cierto. Podía visualizar su estantería con libros y películas suyos.

—No me gusta el cine, tampoco.

Oh, no.

Intenté tomármelo con humor, aunque lo cierto era que la decepción había sido bastante notable.

—¿Y qué haces para vivir? ¿Mirar las paredes? ¿Escuchar música?

—La música no está mal, pero soy muy selectiva, así que no escucho demasiada.

—¿Y se puede saber qué te gusta?

—Pues... me gustaba bailar ballet. Hasta que a mi madre bañó el café a mi profesora.

Intenté no reírme porque estaba demasiado intrigado. ¿De qué galaxia había salido esa chica?

—¿Y ahora?

—Mhm... me gustan los realities de la tele. Especialmente si se pelean mucho.

Bueno, la perfección no existe.

—Vale, volvamos al tema de las películas —me centré—. ¿No has visto ninguna película?

Era imposible.

—Claro que sí.

Menos mal.

—Buscando a Nemo.

Lo retiro.

—La cumbre del cine de cultura —murmuré.

—Es que me aburren las películas.

No seas cabrón. No respondas mal.

—Será porque no las ves bien.

—¿Se pueden ver mal? —preguntó, perpleja.

—Pues claro que sí —me incliné, intrigado—. A ver, ¿no has visto nada de Disney?

—Sí.

Menos mal.

—¿Cuál?

—Buscando a Nemo.

Lo vuelvo a retirar.

—Ni siquiera estoy seguro de que eso sea de Disney.

—Entonces, no. ¿Qué tiene de malo?

¡¿A parte de todo?!

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