Tres meses

Tres meses


Capítulo 1

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—Es que no entiendo cómo has podido pasar por la vida sin ver películas como... yo que sé... ¿El rey león?

Juro que se me hundió un poco el pecho cuando negó con la cabeza.

—No me suena.

Otra vez a enumerar películas sin que le sonara ninguna.

—Y yo que creía que tenía una vida desgraciada...

—Soy muy feliz así —sonrió.

—De eso nada. Tienes que ver El rey león.

Pareció sorprendida cuando me puse de pie.

Conseguí que bajara conmigo e ignoré como pude a los tortolitos que se metían mano en el sofá. De pronto, tenía mucha prisa por llegar a la habitación con Jenna. Lancé mi libreta a un lado y me dejé caer en la cama escuchando que cerraba la puerta.

—Prepárate para que cambie tu vida —murmuré.

Sin embargo, me detuve en seco cuando me di cuenta de que estábamos los dos solos en mi habitación.

Nunca había estado en mi habitación con una chica sin terminar como quería terminar con ella.

Mierda. Tragué saliva cuando se acarició distraídamente el cuello, dejándome una vista perfecta de sus piernas al darse la vuelta Sus botas no me dejaban verle los tobillos.

—Pues quitarte las botas —me escuché decir.

Ella me miró un momento y lo hizo, agachándose delante de mí. Mierda. Tenía que centrarme. No podía empezar a pedirle que se quitara lo demás. Aunque fuera lo que quería.

Las dejó a un lado y volví a recorrerla al pasearse por la habitación.

Me daba igual Naya. Y Will. No iba a poder evitar intentarlo. Ya lo veía claro. Me tenía demasiado obsesionado. Y acababa de conocerla.

—¿Cuál es esta? —preguntó de repente.

Parpadeé y vi el poster que señalaba.

—¿Esa? Kill Bill —casi me reí. Era la primera persona del mundo que no la conocía, seguro—. De Tarantino. Un clásico.

—Tampoco la he visto.

—Me lo imaginaba.

—¿Y si la vemos?

Esta vez, no pude evitarlo y, ante su mirada inocente, me empecé a reír.

—Te recomiendo empezar tu inmersión cinéfila con Disney. No creo que estés psicológicamente preparada para Tarantino.

Ella me sonrió sin comprender y tuve que contenerme para no pedirle que se acercara.

—¿Te gusta el baloncesto?

Parpadeé. ¿Qué?

La miré y vi que me sonreía mientras sostenía uno de mis trofeos. Mi espalda me recordó con un pequeño pinchazo que nunca volvería a ganar algo así y tuve que esforzarme por no amargar mi buen humor. No sé ni por qué seguía teniendo esos trofeos ahí. Debería devolverlos a casa de mis padres.

—Me gustaba —murmuré—. Ahora me aburre.

Jenna pareció algo decepcionada cuando miró la colección y lo devolvió a su lugar.

—Parece que eras bueno.

Si te enseñara todo en lo que soy bueno...

—Sigo siéndolo —dije con el tono más neutral que pude reunir—. Ven. Ya tengo la película.

Observé cada movimiento que hizo cuando se acercó a mí y se subió a la cama. Tragué saliva cuando se acercó para poder ver mejor, casi rozándome con la rodilla. La recorrí entera con los ojos mientras ella sonreía a la pantalla.

Mierda. ¿Por qué me esta costando tanto centrarme? Me removí en la cama y puse la película solo para no tener que volver a mirarla. Necesitaba centrar mi atención en otra cosa. En cualquier otra.

Creo que ni me enteré de la película, pero daba igual. Me la sabía de memoria. Como casi todo el mundo normal. Incluso intenté no girarme a ver sus expresiones porque olía demasiado bien y yo me estaba distrayendo demasiado mal.

—¿Y bien? —pregunté cuando la película terminó.

Me permití girarme y me arrepentí al instante. Su cabeza estaba a centímetros de la mía. Pero ella miraba la pantalla con una pequeña sonrisa. Mis ojos fueron irremediablemente a sus labios y se me secó la boca.

—No ha estado mal —me dijo, mirándome.

Eso me distrajo completamente.

—¡¿Que no ha estado mal?! —repetí, perplejo—. Acabas de ver mi infancia en una hora y media, ¿y tu conclusión es que no ha estado mal?

Ella pareció intentar no sonreír.

—A ver, sí, vale, me ha gustado.

—Sabía que no podrías resistirte a los encantos de Simba —bromeé.

Espero que tampoco puedas resistirte a los míos.

—Pues el que más me ha gustado ha sido Pumba.

Me puse a buscar alguna otra película al sonreír. No quería que se fuera tan rápido pese a que ya sabía perfectamente que no haríamos nada de lo que me hubiera gustado hacer con ella.

Eso quizá debería haberme decepcionado, pero no lo hizo. De hecho, estaba conforme con solo tenerla ahí sentada, mirando una película conmigo.

—¿Por qué?

—No lo sé. Me ha parecido muy tierno.

—¿Tierno en el sentido de que te lo comerías o en el sentido de ternura?

Jenna pareció completamente alarmada y me hizo gracia.

—Dios mío, en el sentido de ternura. Comerse a Pumba sería como... pisar una flor en peligro de extinción.

—Qué profunda. Quizá sí tengas espíritu poeta, después de todo.

Podría ser tu musa.

No sé por qué, pero accedió a quedarse conmigo más tiempo. Y, tampoco sé por qué, pero me alegró que lo hiciera. Especialmente porque, mientras ella miraba la película y murmuraba cosas que yo pretendía escuchar, tenía vista directa sobre su cuerpo entero. Y, además, a la mitad de la última película se acercó un poco más y su rodilla se pegó a la mía. Lo intenté, pero apenas pude despegar la mirada de ahí en toda la película.

Tampoco sé por qué, pero le expliqué que quería ser director de cine y, para mi sorpresa, pareció interesarle.

—Wow. Ahora entiendo todo lo de las paredes.

Miré a mi alrededor. Sí. Era un poco exagerado.

—¿No te gusta?

—Es original —miré su cuello cuando lo estiró para ver cada póster con más atención—. Mi habitación no tiene ni uno. Aunque tampoco es que me gusten muchas cosas.

—Ahora puedes poner uno de Pumba.

Ella empezó a reírse y no pude evitar una pequeña sonrisa de triunfo cuando vi sus labios curvándose solo para mí.

—Seguro que a Naya no le extraña nada entrar y ver la foto de un cerdo rojo en mi pared —me dijo, divertida.

Me quedé mirando sus labios. Joder, ¿por qué me gustaba tanto? Era guapa, sí, pero tampoco era la chica más guapa que había visto en mi vida. Entonces, ¿por qué demonios no podía dejar de mirarla?

Ella se volvió a colocar un mechón tras la oreja, divertida, y estuve a un segundo de estirar la mano y hacerlo yo mismo...

...justo cuando Naya tuvo que abrir la maldita puerta.

Me giré con cara de fastidio.

—¿Estáis haciendo algo que no pueda presenciarse? —preguntó, tapándose los ojos. Ojalá lo estuviéramos haciendo—. Genial. ¿Quieres que nos vayamos?

Clavé los ojos en Jenna. No quería que se la llevara tan pronto, pero por la mirada que me dedicó Naya, supe que ella sí quería. Casi me retó con los ojos.

—¿Ya habéis terminado? —le pregunté, enarcando una ceja.

—Cállate —me puso una mueca antes de girarse hacia ella—. Vamos, Jenna, he llamado a un taxi y debe estar abajo.

No pude evitar apretar un poco los labios cuando el peso de la cama se cambió al deslizarse fuera de ella. Naya me sacó el dedo corazón y yo hice lo mismo antes de girarme a contemplar el culo de Jenna por última vez mientras se ponía las botas.

Esta bostezando cuando siguió a Naya hacia la puerta, que parecía tener demasiada prisa. Borré mi expresión de fastidio cuando Jenna se detuvo en la puerta. Entrecerré los ojos, curioso, cuando pareció pensarlo un momento antes de darse la vuelta hacia mí.

—Buenas noches, Ross —me dijo con una pequeña sonrisa.

La observé un momento antes de hacerle un gesto con al cabeza. Ella se dio la vuelta y me dejó solo con el portátil, que cerré y dejé a un lado, pasándome una mano por la cara.

Acababa de irse y sólo podía pensar en cuándo volvería a verla.

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