Tres meses

Tres meses


Capítulo 13

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Ella me miraba fijamente. Las lágrimas seguían resbalándole por las mejillas, gritándome que estaba llorando por mi culpa, pero no me acerqué. No podía.

Solo me di la vuelta y empecé a alejarme de ella, deseando poder borrar de mi memoria toda esa noche horrible.

—¿Sabes cuál es tu problema? —me preguntó en voz baja.

—No tengo ningún problema.

—Sí, sí lo tienes. Tu problema es que sigues enamorado de mí, Jack.

Apreté los dientes al instante.

Pues claro que lo estaba. Ojalá no fuera cierto, pero lo estaba. Era tan obvio que me merecía que me lo echara en cara.

Estaba furioso. Me giré hacia ella y me acerqué con dos zancadas. No se movió de su lugar cuando me incliné tan cerca de ella que casi podía rozarla.

—Y tú de mí, Jen.

Ella abrió ligeramente los ojos y fue todo lo que necesitaba para confirmarlo

—Estás tan jodidamente enamorada de mí que no soportas vivir aquí. Por eso te fuiste, ¿verdad? Quizá no fue el principal motivo, pero fue uno de ellos. Y por eso quieres irte otra vez. Porque eres demasiado cobarde como para enfrentarte a eso. Como para afrontar que alguien te gusta lo suficiente como para que pueda hacerte daño.

Sí, ese era el maldito problema. Su maldito problema.

—Que estás enamorada de mí —añadí en voz baja—. Porque lo estás. Puedes odiarlo todo lo que quieras, pero es así.

Jen intentó respirar hondo y vi que le temblaba el labio inferior.

—No estoy enamorada de nadie.

Sonreí irónicamente, negando con la cabeza.

No, eso no iba a negármelo. Eso no.

—Pues apártate —le dije en voz baja.

No lo hizo. Solo me miró fijamente, dudando.

—Venga —insistí—, apártate.

Me incliné hacia ella. Casi podía volver a besarla. Casi. No me atrevía a hacerlo.

Eso pareció frustrarla mucho. Tanto que perdió los nervios.

—¡Deja de ser un imbécil, Ross, sabes que no...!

—Oh, ¿lo sé?

—¡Eres un... engreído y... un maldito idiota!

—Puedes mentirte a ti misma todo lo que quieras, Jennifer, a mí no me engañas.

—¡No quiero engañarte! ¡No quiero nada contigo! ¡Tú eres el que tiene sentimientos que no tiene tener, no yo, porque...!

A la mierda.

Ya no podía más.

Sin siquiera ser consciente de lo que estaba haciendo, le sujeté la cara con ambas manos y pegué mis labios a los suyos bruscamente.

Fue como si alguien, de pronto, hiciera que mi cuerpo volviera a la vida después de un año entero estando apagado. Sentí que mi corazón se aceleraba, que me temblaban las manos y que lo único que podía desear en ese momento era seguir besándola hasta olvidarme de una vez de todo lo que habíamos pasado durante ese año.

Solo quería estar con ella.

Pero... no. No podía, ¿verdad?

Vivian tenía razón. O... podía tenerla. No podía volver a arriesgarme.

Nada jamás me había resultado tan complicado como lo fue separarme de un paso de ella, respirando agitadamente.

—¿Lo ves? —me temblaba la voz.

Esbocé una sonrisa triste cuando ella parpadeó, sorprendida.

—Al menos, tenías razón en algo. Tengo sentimientos que no quiero tener. Porque sigo queriéndote. Y no te lo mereces.

Mi pecho se oprimió cuando me di cuenta de lo que estaba a punto de decir.

—Nunca te has merecido que te quisiera, Jennifer. Nunca te lo merecerás. Pero soy lo suficientemente idiota como para seguir haciéndolo toda mi vida.

Ya no podía más. No quería seguir viéndola. Me di la vuelta con la respiración hecha un desastre y agarré mis cosas antes de salir al pasillo.

Me detuve en la ventana y tomé una bocanada de aire, intentando centrarme. La cabeza me daba vueltas, pero ahora por un motivo muy distinto.

La imagen de Jen llorando hizo que tuviera que cerrar los ojos con fuerza.

Mierda, ¿qué había hecho?

Me di la vuelta y volví a entrar en el piso. La puerta de nuestra habitación se cerró justo en ese momento.

Solté la chaqueta y las llaves por el pasillo, pero me dio igual. Llegué a la puerta y mi mano se quedó suspendida en el aire, a punto de abrirla.

Sin embargo, algo me detuvo.

¿Qué iba a arreglar ahora? No podía arreglar nada. No había nada más que hacer. Acababa de conseguir que me odiara. Y yo, por mucho que lo intentara, era incapaz de hacerlo.

Apoyé la frente en la puerta, frustrado, y me alejé de ella hasta que mi espalda chocó con la pared del pasillo. Me dejé arrastrar hasta que estuve sentado en el suelo y hundí la cara entre las manos.

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