Tres meses
Capítulo 14
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Capítulo 14
—¿Ross?
Gruñí algo, medio dormido, y volví a notar que me movían el hombro.
—Ross, despierta, vamos.
Finalmente abrí los ojos. La cabeza me dolía como si me la estuvieran martilleando, pero no fue nada comparado con la punzada de dolor que sentí en el cuello al incorporarme de golpe.
Naya estaba agachada a mi lado con cara de sueño.
—¿Qué haces durmiendo aquí? —preguntó, extrañada.
Me froté la nuca con la mano, intentando acordarme de cómo demonios había terminado durmiendo en el maldito pasillo.
Ah, sí... Jen. Mierda.
Me entraron ganas de darme con la cabeza en la pared.
Naya intercambió una mirada entre mi expresión y la puerta y levantó las cejas.
—Oh... —murmuró, sin saber qué decir.
—¿Qué haces despierta? —pregunté, confuso.
—Tengo hambre —puso una mueca—. Venga, ven conmigo. Debes estar muy incómodo ahí sentado.
Acepté su mano y me puse de pie, con la espalda y el cuello doloridos.
Naya fue tan felizmente como siempre al salón. Intenté que se me contagiara un poco de su felicidad por el camino, pero la verdad es que no lo conseguí. Fui directo al sofá y me dejé caer en él, mirando el techo. Escuché que ella rebuscaba por la cocina y volvió con un tarro de galletas de chocolate.
—Para cuando terminen estos nueve meses voy a engordar doscientos kilos —murmuró, sentándose a mi lado en el sofá de piernas cruzadas—. Pero la verdad es que me da igual.
Sonreí un poco y negué con la cabeza.
—Enhorabuena —murmuré—. Lo siento, todavía no te había dicho nada.
—Ah, no pasa nada —me dijo con la boca llena—. Bueno, ¿quieres hablar de lo que ha pasado o mejor fingimos que somos todos felices comiendo galletas y hablando de mi embarazo?
—Me quedo con la segunda opción.
—Como quieras —me ofreció el tarro y robé unas cuantas galletas. La verdad es que tenía hambre.
Pero, claro, no había dado dos mordiscos a la galleta y ya había cambiado de opinión.
—Soy un gilipollas —murmuré.
Ella me miró, pero no lo negó.
—No tanto como un gilipollas —aclaró—. Solo... um... cuando estás de mal humor eres un poco... ejem... ogro.
—Vaya, gracias.
—¡No te lo tomes como algo malo! Eres mi ogro favorito.
—Naya, a veces no sé si me estás halagando o insultando.
—Si te quisiera insultar no sería tan creativa —me aseguró, todavía devorando galletas.
La observé unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Si tú discutieras con Will... mhm... y dijeras algo de lo que te arrepientes mucho... ¿cómo lo arreglarías?
Naya me dedicó una mirada pensativa mientras cerraba el tarro de galletas. Se había comido casi la mitad en tiempo récord. Ni siquiera sabía dónde podía meter tantas galletas teniendo un cuerpecito tan pequeño.
—Bueno —dijo al final—, yo me iría a dormir, intentaría calmarme y luego, por la mañana, cuando los estuviéramos más calmados... intentaría explicarle que estaba cabreada y dije algo sin pensar. Will lo entendería.
—Ya...
—Y Jenna también —añadió con una sonrisita.
—¿Quién ha hablado de Jen? —murmuré, enfurruñado.
—Oh, nadie, nadie... solo digo que ella es muy comprensiva —sonrió, divertida por mi reacción tan obvia—. Solo digo que en remotísimo caso de que dijeras algo de lo que pudieras arrepentirte... ella lo entendería. Es muy comprensiva.
Me miró, curiosa.
—¿Te ha servido de algo?
—Creo que sí.
—Nunca creí que llegaría a darte consejos matrimoniales, Ross —dijo, divertida.
Puse los ojos en blanco y me tumbé dándole la espalda. Escuché su risita cuando fue a dejar las galletas a la cocina y sus pasitos hacia el pasillo. No tardé mucho en quedarme dormido otra vez.
Sin embargo, me desperté de nuevo cuando noté que me sacudían el hombro. Abrí los ojos, confuso, y vi que ya era de día. ¿Cuánto tiempo había dormido?
—¡Ross Rossi Ross! ¡Despierta, venga!
Naya seguía sacudiéndome con suficiente fuerza como para arrancarme un brazo, la muy bruta.
—¡Que ya estoy despierto! —protesté—. ¡Deja de sacudirme!
—¡Es que he tenido una gran idea!
—Me das miedo.
—¡Escúchame! —protestó—. ¡Podemos hacer tortitas de esas que hiciste el año pasado!
—¿En serio, Naya? ¿Tú y yo en una cocina? Se me ocurren pocas combinaciones peores.
—Oh, vamos, ¿qué puede pasar que sea tan malo?
—Que muramos todos en un incendio —enarqué una ceja.
Ella no pareció muy asustada. Solo se puso a sacar las cosas de los armarios.
—¡Vamos, a Jenna le encantaron! Podrías hacerle unas cuantas. Y pintarles un corazón con sirope o algo así. Las tortitas del amor.
La idea era tan estúpida y brillante a la vez... que no pude negarme.
Y así terminé haciendo tortitas con Naya a las cinco y media de la madrugada.
¿En qué momento había acabado ahí?
Bueno, siendo sincero... tampoco estuvo tan mal. Naya en general me ponía de los nervios, pero era como una hermana pequeña y pesada. Y cuando coincidíamos en algo poníamos de los nervios a Will, cosa que nunca estaba de más. Era divertido verle perder los nervios por nuestra culpa.
Hablando de cierto señorito... escuché pasos por el pasillo y miré por encima del hombro, ilusionado, pero solo era Will en pijama con cara de extrañeza.
—¿Huele a... tortitas? —preguntó, pasmado.
—¡Sí, mira, amor! —Naya ya se estaba comiendo una y fue corriendo hacia él para darle un bocado—. Toma, pruébala. ¡Está genial!
Will miró la tortita con desconfianza, como si fuera una bomba antes de explotar.
—Pero... ejem... ¿la habéis hecho vosotros dos? —preguntó, todavía más desconfiado.
—Yo las llevo comiendo un rato y sigo viva —protestó Naya, y le metió el tenedor en la boca.
La cara de sorpresa de Will al notar que estaban buenas fue un poco ofensiva, la verdad.
—Vale, os lo concedo: están muy bien —sonrió y dio un beso en los labios a Naya—. Buenos días.
—Buenos días —ronroneó ella con una sonrisita... y empezaron a morrearse.
Qué bien.
Puse los ojos en blanco y me giré hacia mi plato de tortitas, intentando ignorar la escena amorosa que tenía detrás de mí.
En serio, ¿Jen y yo nos veíamos tan estúpidos el año pasado?
Yo sé que no te importaría verte estúpido con ella otra vez.
—¿Son para Jenna? —preguntó Will directamente al ver que no tocaba las restantes. Seguro que había oído la discusión de anoche.
—Sí —murmuré.
—Pero... ¿a ella no le gustaban con sirope de chocolate?
Y... mierda.
Sabía que algo fallaría.
El amor no es fácil, querido mío. Y menos contigo.
En serio, necesitaba una conciencia nueva. No me gustaba la que tenía.
Pues soy la que te ha tocado. Te jodes.
—¿Qué piensas tanto? —Will frunció el ceño.
—Nada —dije rápidamente. No quería que pensara que me había vuelto loco—. Voy yo a comprarlo.
Tanto Naya como Will me miraron, sorprendidos, cuando empecé a vestirme rápidamente y salí de casa.
Para ser honesto, quizá tardé un poco más de lo necesario. Quería alargar el tiempo antes de verla, y quería tener mejor aspecto del que tenía. Parecía que no había dormido en años y la cabeza me seguía doliendo. Y lo peor es que sabía por qué.
Al menos, Viv me había dado material de sobra para aguantar unos días más sin ir a verla. Aunque me asqueara pensar en ello.
Subí las escaleras con el dichoso sirope casi una hora más tarde. Había dado tiempo de sobra a Jen para que levantarse, salir a correr y decidir si quería las tortitas. Si todo iba bien, solo tendría que darle su sirope de chocolate.
Pero... no estaba ahí.
Me quedé de pie en el vestíbulo. Will estaba lavando los platos. El de las tortitas seguía intacto. Apreté los labios.
—¿Y Naya y Sue? —pregunté para disimular el disgusto.
—Sue ha venido a por su helado, ha desayunado y se ha vuelto a encerrar en su habitación. Naya se ha quedado dormida en el sofá y la he llevado a la cama —sacudió la cabeza.
La pregunta estaba en el aire. Faltaba que hablara de una persona.
Pero no lo hizo, el asqueroso. Quería que lo preguntara yo.
—¿Escuchaste la discusión de anoche? —pregunté sin rodeos, sentándome en uno de los taburetes.
—Sí —murmuró, un poco menos animado.
—Creo que se acabó —murmuré yo—. No sé qué había exactamente entre nosotros, pero... se acabó. Fui demasiado lejos.
—No —me dijo, y luego lo pensó mejor—. No tanto.
Me quedé en silencio, jugando con el bote de sirope de chocolate que acababa de comprar. No pude evitar apretar los labios al recordar lo que había pasado.
—¿No ha salido? —pregunté en voz baja.
Will suspiró sin mirarme.
—No.
Solté el bote y me pasé las manos por el pelo, pegando la frente a la fría barra. Cerré los ojos un momento.
—No es muy normal en ella no salir a correr —le dije, mirándolo.
Will había dejado de trastear por la cocina y me miraba, muy serio.
—Ross, no creo...
Se detuvo y suspiró, como si no supiera qué decirme.
—Mira —siguió—, anoche... te dije que mantuvieras las distancias.
—Lo intenté —le dije sinceramente—. No pude.
Ojalá lo hubiera hecho. Ojalá hubiera esperado a hablar con Jen esta mañana en lugar del día anterior.
¿Por qué demonios nunca le hacía caso al pesado y sabio Willy Wonka?
—Sí, lo sé —se cruzó de brazos—. Y mira cómo terminasteis.
Le sostuve la mirada unos segundos y noté que empezaba a marearme otra vez. Mierda, tener mono y pensar en todo eso no era una muy buena mezcla.
Suspiré al apartar la mirada.
—Estoy harto de esto —le dije en voz baja.
—Lo sé.
—De todo —aclaré, mirándolo significativamente.
Él me miró con su intento de no parecer decepcionado porque me hubiera vuelto a enganchar a esa mierda. Casi lo consiguió.
—Lo sé —repitió.
Eché una ojeada al plato de Jen y pensé que quizá debería acabar yo con todo y llevárselo a la cama. La gente hacía eso, ¿no? Llevar el desayuno a la cama. Era... mhm... ¿una señal de tregua?
—¿Crees que...?
—No —me cortó al ver mis intenciones.
Me quedé en silencio un momento antes de ponerle mala cara.
—¿Por qué eres tan sabio? —protesté—. Se supone que tienes mi edad. ¿Por qué sabes tanto de... todo?
—Soy muy observador —me dijo con una sonrisita orgullosa.
—Odio que siempre tengas razón. A la vez, me encanta. Pero también lo odio. Que lo sepas.
—Oh, ya lo sé. Lo sé todo, ¿recuerdas?
—Hablar contigo es como hablar con un Yoda negro.
Se echó a reír a carcajadas y yo sonreí, negando con la cabeza. La sonrisa se borró un poco cuando miré el plato de tortitas.
—Dáselas a Naya cuando se despierte. Seguro que le gustarán.
Will no dijo nada, pero asintió con la cabeza.
Subí a la azotea a fumarme un cigarrillo y ya aproveché para terminar con el mono y hablar con Joey por teléfono mientras me pasaba el antebrazo bajo la nariz. Ella me echó mi bronca matutina de siempre.
Supongo que era su forma de darme los buenos días.
Cuando bajé de nuevo las escaleras, puse una mueca al escuchar la voz de Mike y Sue mezclándose en el sofá. Se callaron en cuanto pasé por su lado.
—Buenos días, hermanito —canturreó Mike felizmente.
—Cállate —mascullé.
—Vale, todavía no se han reconciliado —dedujo en voz baja.
—Pues claro que no —le dijo Sue—. Anoche discutieron.
—Ah, pero yo creo que acabaran juntos igual.
—Sí, seguro. Son igual de pesados. Hacen buena pareja.
Me detuve antes de entrar en el pasillo y los miré con mala cara. Ellos sonrieron como angelitos.
—Sabéis que puedo escucharos, ¿no?
—Pues claro que lo sabemos —Sue puso los ojos en blanco—. Si no quisiéramos que escucharas, bajaríamos la voz.
—Es que estamos enganchados a vuestra extraña relación —me dijo Mike felizmente.
Vaya dos...
A mí me gustan.
¿Por que será que eso no me sorprendió?
Negué con la cabeza y me giré para ir al cuarto de baño, pero me detuve en seco cuando me encontré de frente con Jen.
Sentí que se me encogía el corazón cuando vi que evitaba mi mirada e iba rápidamente al salón, pretendiendo que no me había visto.
Bueno, supongo que me lo merecía.
Nooooo, ¿tú crees?
Apreté los labios y me metí en el cuarto de baño, enfurruñado. Me di la ducha más rápida de mi vida. Necesitaba alejarme un poco de ese piso y pensar en frío. Después de todo, no sabía qué demonios hacer con mi vida.
Salí del cuarto de baño ya vestido en tiempo récord e hice un ademán de ir hacia la puerta, pero me detuve en seco cuando escuché la vocecita de Jen resonando en el salón.
—...me dijo que el mío era el mismo —murmuró con voz baja, apagada—. Que también sigo enamorada de él.
Me tensé. ¿Por qué hablaba de nuestra discusión con esas dos hienas?
Casi esperaba que se burlaran o hicieran una broma, pero no. Solo hubo unos instantes de silencio.
—¿Y sigues estándolo? —preguntó Mike de repente.
Oh, mierda.
—¿Eh? —soltó Jen con un hilo de voz.
Apoyé la espalda en la pared y cerré los ojos.
—Enamorada de él —aclaró Mike—. ¿Sigues estándolo?
Dejé de respirar cuando la habitación se quedó en silencio.
Honestamente, no sé qué esperaba. Si un sí o un no. No sé que me pondría más nervioso. O me haría sonreír.
Una parte de mí quería que dijera que sí solo para sentir que no era el único idiota enganchado a nuestra historia.
La otra... bueno, la otra sentía que no me merecía ese sí.
Abrí los ojos y asumí que Jen ni siquiera iba a responder cuando, de pronto, escuché que se aclaraba la garganta. Mi cuerpo entero se tensó, esperando.
—Dudo que alguna vez haya dejado de estarlo.
Me quedé mirando fijamente un punto cualquiera de la pared sin saber cómo sentirme. Mi cuerpo entero se había destensado automáticamente, pero... en el fondo no estaba muy seguro de si eso era mejor o peor que una negativa.
Al final, mi única conclusión fue que no entendía nada.
Y que tenía una maldita entrevista. Y llegaría tarde.
Genial, lo ideal para empezar el día.
***
La entrevista fue tan aburrida como esperaba, y lo peor había sido que durante todas las pausas Vivian había estado bombardeándome a preguntas sobre Jen.
No respondí ni una, claro. Lo que me faltaba.
—Esta noche tengo fiesta —sonrió ella ampliamente mientras salíamos del edificio—. Barra libre. ¿Vendrás?
—No creo.
—¿Seguro?
—Sí.
—Creo que irá la actriz de esa película de terror que tanto te gusta.
—Hoy estoy cansado.
—Bueno... si cambias de opinión, sabes dónde vivo.
Y me dio un beso sonoro en la mejilla antes de marcharse felizmente hacia su coche, donde su conductor la esperaba.
Cuando volví al piso esa tarde estaba más cansado que de costumbre. Solo quería tirarme en el sofá y dejar que pasara otro estúpido día más. Y así hasta morirme de algo.
Qué asco daban las entrevistas. Me quitaban las ganas de todo.
Pero no pude tirarme sobre el sofá porque ya estaba ocupado por un culo odiosamente perfecto.
Jen pareció casi espantada al verme, cosa que no entendí. Dejé la chaqueta en el sillón, incómodo, y escuché que se aclaraba la garganta antes de hablar.
—Yo... eh... —hizo un gesto hacia el pasillo.
Una parte de mí deseó decirle que se marchara si quería, pero la otra... bueno, solo quería poder mirarla un rato más.
—No te molestes —murmuré, yendo a la cocina y haciéndome con una cerveza.
En cuanto me senté en otro sofá y miré la televisión, noté que me miraba fijamente. No devolverle la mirada fue mucho más complicado de lo que habría esperado. Especialmente cuando vi de reojo que se retorcía los dedos.
Oh, no. Estaba nerviosa, ¿por qué? ¿Qué había hecho ahora?
¿O qué había hecho yo?
—Ross... —empezó, y solo con esa palabra supe que esa conversación no iba a gustarme.
Bueno, estaba claro. Esa mañana no me había mirado, anoche nos habíamos peleado... estaba claro.
Quería irse.
—Yo... —murmuró—, creo que deberíamos hablar.
Apreté los dientes inconscientemente. Solo quería posponer esa conversación lo máximo posible.
—Creo que anoche ya dijimos todo lo que teníamos que decir.
—No, anoche no estábamos hablando —aclaró—. Estábamos discutiendo.
—¿No te has dado cuenta de que todas las conversaciones que hemos tenido desde que decidiste aparecer de nuevo por aquí han terminado en discusiones? —pregunté, a la defensiva, mirándola—. ¿Qué te hace pensar que esta será diferente?
Jen me sostuvo la mirada. Durante varios segundos.
Por favor, que no dijera lo que no quería oír y sabía que diría.
—Mira —empezó, respirando hondo—, he estado pensando toda la noche, y... y esta tarde... yo...
Cuando vi que agachaba la cabeza, sentí que se me tensaba el cuerpo. No quería oírlo.
—...esto no es sano —concluyó.
Y lo peor es que tenía razón. Tragué saliva, viendo cómo el mechón de siempre se le descolocaba y ella lo recogía detrás su oreja inconscientemente.
Y, claro, dijo justo lo que sabía que diría:
—No... no creo que sea bueno para ninguno de los dos que esté viviendo aquí.
Intenté decir algo, pero se me quedaron las palabras agolpadas en la garganta. Ella debió notarlo, porque siguió hablando.
—Y sé que fui yo misma quien volvió a meterse aquí —me dijo en voz baja—. Yo no... si hubiera sabido que estabas aquí... bueno, eso no importa.
Sí, sí importaba. Todo en ella importaba.
Maldita sea, se iba. Otra vez. Apreté los dientes.
—Yo... voy a pedirle a Chris que me deje quedarme con él en la residencia durante el tiempo que falte para que haya una habitación disponible. Creo... que es lo mejor. Para los dos.
No. No era lo mejor para mí. Mierda, ¿por qué no me había callado anoche? ¿Por qué coño había seguido hablando?
Ella levantó la mirada hacia mí. No supe cuál era mi expresión, pero la suya estaba devastaba. Odiaba verla así. Daba igual lo que hubiera pasado entre nosotros, simplemente era incapaz de verla así y no sentir nada.
Bajé los ojos a la cerveza, tratando de calmarme. No funcionó.
—Sé que tienes mucho en lo que pensar —susurró—. Y yo también. Y no... eh... no quiero ser una distracción para ti. Quería que fueras el primero en saberlo. Después de todo, es tu casa y... bueno, podrías haberme echado.
Jamás haría eso. Y ella lo sabía perfectamente.
Por muy cabreado que estuviera, no lo haría.
—Y no lo has hecho —añadió—. Yo... te lo agradezco, pero sé que tampoco eres feliz conmigo aquí. Es... creo que es lo más maduro que podemos hacer.
No. No era cierto. Yo no iba a ser feliz si se iba.
Pero... ¿y si se quedaba? ¿Qué pasaría? ¿Lo mismo que había pasado hasta ahora? No, eso tampoco nos haría felices a ninguno de los dos.
La miré. Estaba preciosa aunque tuviera ese aspecto triste.
—Me iré mañana por la noche —me dijo con un hilo de voz.
No dije nada. No había nada que decir.
Se iba a marchar. Otra vez.
Y yo, también otra vez, estaba ahí de brazos cruzados sin hacer nada. ¿Qué podía hacer?
Dios, ojalá fuera Will. Seguro que él sabría qué decir en una situación así.
—Puedes... —hizo una pausa, incómoda—, la habitación es tuya. Es decir... puedo dormir esta noche aquí y...
—No quiero la habitación —le dije bruscamente—. Quiero...
A ti. Te quiero. Quédate.
Pero no lo dije.
Solo fui capaz de pasarme una mano por la nuca, frustrado conmigo mismo.
¿Qué iba a reclamarle? ¿Qué iba a pedirle? Tenía razón.
Ella no quería estar conmigo... y yo no podía estar con ella.
¿Qué sentido tenía seguir juntos?
—Muy bien —dije en voz baja—. Haz lo que quieras.
—No es...
Pero no la escuché. Solo quería irme de ahí. Quizá, si no la volvía a ver hasta que viviera en un sitio distinto, todo sería más sencillo. Esperaba que lo fuera.
—Ross —Jen se puso de pie, también—, estamos hablando.
—Tú estabas hablando —remarqué.
Solo quería marcharme, pero ella insistía en seguirme hacia la entrada.
—Te estaba consultando algo —aclaró, molesta—. Por saber si te parece bien.
Frustrado, me detuve de golpe y la miré.
—¿Y qué quieres que te diga? ¿Qué te vayas? ¿Para que te sientas mejor?
—No es... —repitió, y pareció perder la paciencia cuando agarré mis cosas para marcharme—. ¡Deja de huir, Jack!
Me detuve a medio camino de abrir la puerta y la miré fijamente.
—¿Huir? —repetí en voz baja—. ¿Yo?
—Sí, siempre que intento hablar contigo, terminas yéndote. Huyendo.
¿Huyendo? ¿Tal y como había hecho ella? Una repentina oleada de tristeza me invadió, y supe que tenía que irme antes de decir algo que no quisiera decir... otra vez.
Pero fui incapaz de contenerme, como siempre.
—Parece que por fin tenemos algo en común —le dije en voz baja.
Me aparté de ella sin querer ver su reacción y cerré la puerta.
***
—¡Ross! —chilló Viv, entusiasmada, cuando vio que había ido a su fiesta.
En realidad, no estaba muy seguro de qué hacía ahí. Es que no se me había ocurrido otro lugar la que ir.
—Hola —murmuré, levantando el vaso de alcohol para que no lo tirara al suelo al lanzarse para abrazarme con fuerza.
—¡No sabes lo feliz que estoy de que hayas venido! —exclamó, separándose y tomando mi mano—. ¡Ven, voy a presentarte a todo el mundo!
—En realidad... —me solté de su mano, ya iba demasiado borracho como para fingir educación—. No me apetece hablar con nadie.
Ella se detuvo en medio de su enorme salón, mirándome con algo de decepción en sus ojos. La música me retumbaba en los oídos y yo volví a apoyarme en la barra, terminándome la copa de un trago. Vivian seguía observándome como si no supiera qué decirme.
—¿Por qué no? —dijo al final.
—Porque estoy bien aquí.
—Bueno, puedo quedarme contigo —sonrió y se pegó a mí.
No sé por qué, pero esa perspectiva no se me antojó demasiado agradable.
De hecho, me entró dolor de cabeza solo al pensar en Vivian hablando y hablando de sus nuevos amigos por mucho rato seguido.
—No tardaré mucho en irme —aclaré, intentando sonar lo más suave posible.
—¿Por qué? —puso una mueca.
—Porque... —y me quedé sin excusas. Genial.
Hubo un momento de silencio entre nosotros. Ella me miró fijamente, analizando mi reacción, y de pronto vi que se le crispaba la mirada.
—¿Qué? —espetó—. ¿Vas a volver con ella?
Oh, lo que me faltaba.
—No sé de qué estás hablando —le dije sin alterarme.
—Lo sabes perfectamente. ¿Vas a volver corriendo con tu... exnovia?
Me dio la sensación de que, por la entonación, iba a decir algo mucho menos suave, pero se contuvo.
—Vivian —le dije lentamente—, yo nunca te he pedido explicaciones de nada.
—Pero podrías hacerlo.
—Pero no quiero hacerlo. Y tú tampoco deberías querer pedírmelas a mí. No somos pareja. ¿Lo entiendes?
Intenté sonar lo más diplomático posible, pero no sirvió de nada. Ella solo me miraba fijamente, furiosa.
—¡Pues vete con ella! —me gritó por encima del ruido de la música—. ¡Me paso el día... arrastrándome porque me hagas un poco de caso! ¡Estoy harta de siempre dar y nunca recibir!
—¿Y qué quieres recibir exactamente?
—¡Un poco de... de...! —soltó un gruñido de exasperación—. ¡Un poco de amor no estaría mal, Ross!
Respiré hondo, tratando de calmarme antes de decirle nada malo de lo que pudiera arrepentirme. Igual que había hecho con Jen la noche anterior.
Jen... mierda, ¿se habría ido ya? No. Había dicho que se iba mañana.
Si volvía, todavía la encontraría en el piso.
Si volviera... quizá...
—¿Me estás escuchando? —Vivian me empujó del brazo, furiosa.
Suspiré y la miré.
—Eso no va a pasar, Viv.
Ella se detuvo en seco y me miró.
—¿El qué?
—Eso del amor —aclaré, negando con la cabeza—. Y sabes por qué.
Vivian me miró fijamente unos segundos que parecieron eternos. Yo no sabía cómo decírselo para que lo entendiera y, a la vez, no hacerle daño.
—¿Por qué? —preguntó en voz baja.
Apreté los labios un momento antes de decirle lo más obvio que había soltado en mi vida.
—Porque estoy enamorado de Jen —aclaré—. Lo he estado más de un año y probablemente lo esté muchos más. Eso no va a cambiar, Vivian. Ni por ti, ni por nadie. Lo siento.
No estaba muy seguro de querer ver su reacción, pero tampoco podía marcharme y dejarla así, así que le sostuve la mirada. Ella tensó la mandíbula gradualmente.
—¿Y qué haces aquí en lugar de estar con ella, eh? —musitó, casi escupiendo las palabras—. ¿Por qué no te vas con ella, si tanto la quieres?
Dejé el vaso sobre la barra, pensativo.
—Buena pregunta —murmuré—. Y creo que tienes razón. ¿Qué demonios estoy haciendo aquí?
Ella parpadeó, confusa, como si esa no fuera la respuesta que esperara.
—Espera... —empezó, dudando—. No... no te estaba echando, Ross. Quédate un rato más. Y... mhm... ¿quieres una bolsita o...?
—No quiero nada —señalé mi vaso—. Me emborrachado para no pensar en usar esa mierda, Viv.
—No es ninguna mierda. Te ha ayudado mucho.
—Adiós, Vivian. Pásatelo bien.
Noté que mantenía los ojos clavados en mi nuca cuando pasé entre la gente hacia la salida con un solo objetivo: intentar convencer a Jen de que no volviera a marcharse.
¿Por qué? No lo sé.
Pero bueno, ese era el objetivo.
Misión imposible: activada.
Salí de su casa dando tumbos y sacando las llaves de mi bolsillo. No sé cómo no se me cayeron al suelo cuando me apoyé torpemente sobre mi coche, tratando de acertar para meterlas en la ranura. Llevaba ya tres intentos inútiles cuando escuché que carraspeaban a mi espalda.
—Señor Ross —dijo formalmente el conductor de Vivian—, si me permite la intromisión... no creo que esté en condiciones de conducir.
Me giré hacia él tan rápido que casi me caí de culo al suelo. Él enrojeció un poco cuando le puse las manos en los hombros.
—Tienes razón, Dimitri. Así me gusta, que seas un ciudadano responsable.
—En realidad, ejem... me llamo Daniel.
—Gente como tú es la que falta en el mundo, Dorian.
—Señor... eh...
—Nuestro mundo sería un lugar rosa y bello si todos fueran como tú, Diego.
—Que no me llamo...
—Oye, Dean, ¿me llevas?
Él suspiró cuando me encaminé hacia su coche.
El pobre hombre debía estar harto de mí cuando llegamos a mi edificio. Había estado contándole tooooda mi historia con Jen por el camino.
Con detalles. Y sexuales.
Pobre señor.
—Eso sí que eran horas aprovechadas —le dije, riendo, al recordarlo.
Él estaba rojo, pero no decía nada, intentando mantener la profesionalidad.
—Ya hemos llegado, señor.
—¿Eh? Ah, sí, sí... Gracias, Dennis.
—De nada —masculló.
—Ya nos veremos, ¿eh? Deséame suerte. A ver si triunfo, Deacon.
Le di una palmadita amistosa en el hombro y salí del coche dando tumbos hacia las escaleras. En cuanto estuve por la mitad del camino me pregunté por qué demonios no había ido en ascensor. Iba tan mareado que me caí y me levanté casi cinco veces antes de llegar por fin a nuestro pasillo.
Y, claro, volví a caerme al suelo.
Me quedé mirando el techo y solté una risita, pensando en la cara que pondría mi abuela si abriera la puerta y me viera.
Probablemente se uniría a la fiesta.
Fruncí el ceño cuando escuché una melodía que parecía lejana. Levanté la cabeza, extrañado, y vi que se trataba de mi móvil. Me había caído unos pocos metros atrás. Me arrastré hacia él y apoyé la espalda en la pared, descolgando.
—¿Qué? —pregunté, jugueteando con las llaves.
Ya casi estaba preparado para la bronca de Joey, pero no fue ella la que habló.
—¿Ross? —preguntó, Jen, extrañada.
Un momento, ¿Jen? ¿Llamándome? Mhm... sospechoso.
—¿Jen? —entrecerré los ojos, divertido—. Vaya, vaya, vaya... qué sorpresita nos ha traído la noche.
Una muy agradable.
—¿Estás borracho? —preguntó en tono de reprimenda.
—¿Yo? —me señalé a mí mismo, como si la tuviera delante—. No.
Solté una risita cuando ella suspiró. ¿Por qué era tan divertido irritarla?
—¿Dónde estás?
—En un lugar llamado mundo.
De nuevo, un sonidito de exasperación. Sonreí como un idiota.
—Ross —remarcó mi nombre—, lo digo en serio.
—¿Ahora te preocupa dónde estoy?
—Dímelo. Ahora.
—¿O qué? —otra risita—. ¿Me vas a dar uno de tus puñetazos destructores?
Oh, qué sexy había estado ese día destrozando la nariz a ese pobre chico.
Mi señorita pantaloncitos-sexys era todavía más sexy cuando se cabreaba.
—Ross —estaba perdiendo la paciencia—, dímelo ya.
—En la puerta.
Empecé a reírme cuando se quedó en silencio, confusa. Apenas unos segundos más tarde, la puerta se abrió y yo miré automáticamente sus piernas asquerosamente perfectas con esos estúpidos pantaloncitos.
En serio, no estaba muy seguro de si quería quemárselos o besarlos.
O besar lo que había debajo.
Mhm... sí, eso sonaba mejor. Muuucho mejor.
Echaba de menos sacar mi lado pervertido con ella.
Levanté la mirada hacia ella recorriéndola lentamente. Parecía cabreada. Perfecto para que mi pervertido interior sonriera perversamente.
—Hola —le dije, divertido.
Jen bajó el móvil de su oreja, acercándose a mí. Nunca superaría cómo se balanceaba de forma tan perfecta al moverse. ¿Es que no se daba cuenta? Debería poner más espejos en casa...
Me preguntó algo, pero no la entendí, así que solo sonreí como un idiota, mirándola medio embobado.
—¿Puedes ponerte de pie? —preguntó suavemente.
—Me lo enseñaron cuando era pequeño, creo que todavía me acuerdo.
Pese a que me ofreció una mano, me negué a aceptarla por dos motivos:
1)Todavía me quedaba dignidad —poca, pero algo quedaba— y quería intentarlo solo.
2)No quería tocarla. Estaba demasiado borracho como para disimular lo que me hacía sentir al tocarla.
Al final, conseguí meterme en casa yo solito. Apoyé la espalda en la pared de la entrada y cerré los ojos, tratando de centrarme. Escuché que ella cerraba la puerta y se plantaba delante de mí.
—¿Estás bien? —preguntó.
Abrí un solo ojo y la recorrí de arriba abajo otra vez.
—¿Eso es lo que me preguntarás después de un año de mierda, Jen? ¿Si estoy bien?
Vale, no. Ese no era el camino de la felicidad.
El camino de la felicidad terminaba en esos pantaloncitos.
Y, si seguía hablando, el camino terminaría en un puñetazo destructor.
—¿Has bebido? —preguntó, pero sonaba más a reproche que a pregunta.
—Muy bien, Einstein —le sonreí de lado.
—Ross, tú nunca bebes.
Y se suponía que tú no ibas a dejarme, Jen.
Pero no dije nada. No quería decírselo en voz alta. Bastantes cosas nos habíamos reprochado ya el uno al otro. Solo la miré unos segundos.
Todavía no se había ido. Menos mal. Todavía tenía tiempo. Y tenía que hacer las cosas rápido si quería que cambiara de opinión.
Di un paso hacia ella, vacilante, y Jen abrió mucho los ojos cuando le sujeté la cara con ambas manos, recorriéndosela entera con la mirada, bebiendo de su expresión atónita y ligeramente ruborizada.
Había echado tanto de menos esa expresión...
—Así que sigues aquí —le dije en voz baja.
Miré sus labios y ella los entreabrió involuntariamente. Se me secó la boca al instante y solté una bocanada de aire.
No, no podía volver a besarla. Ya lo había hecho una vez desde que había vuelto y no había sido como yo quería que fuera.
Intenté que mi sonrisa fuera sincera, pero se quedó en una especie de mueca triste.
—Ojalá nuestro segundo primer beso hubiera sido mejor de lo que fue.
Ella cerró los ojos, pero se había relajado y no se apartaba de mí. La tentación de acercarme y hundir la nariz en su pelo, de recorrerle la mandíbula con los labios, de echarle e pelo hacia atrás con los dedos... ese tipo de tentación era difícil de resistir cuando se trataba de Jen.
—Una discusión no es la mejor manera de decirle a alguien que sigues enamorado de él, ¿verdad? —le dije con una sonrisa amarga.
Ella abrió los ojos y me dedicó una mirada tan tierna que estuve a punto de mandar a la mierda todas las normas que me había impuesto a mí mismo esa noche y besarla.
No. Me separé, intentando negármelo a mí mismo, y ella se apresuró a sujetarme por el brazo. Ni siquiera me había dado cuenta de estar tambaleándome. Solté una maldición entre dientes mientras me ayudaba a ir al sofá con expresión preocupada.
—¿Estás bien, Ross? —me preguntó cuando cerré los ojos, echando la cabeza hacia atrás en un penoso intento de que se me pasara el mareo.
—Tengo la boca seca —confesé.
Y no era por el alcohol. Era por todo lo que me provocaba estar tan cerca de ella sin poder tocarla.
La recorrí con los ojos por enésima vez cuando fue rápidamente a la cocina y volvió con un vaso. Se sentó a mi lado, al borde del sofá, y estuve a punto de agarrarlo cuando me lo ofreció, pero a última hora lo pensé mejor.
—Vas a tener que ayudarme —le dije con mi sonrisita más inocente.
Si me aprovechaba un poco para que se acercara a mí... ¡no era incumplir mis normas!
—¿Seguro que no puedes levantar el brazo? —preguntó, enarcando una ceja.
—¿Vas a arriesgarte a que me caiga tooodo por encima... o vas a ayudarme?
Ella negó con la cabeza, pero me puso una mano justo debajo de la oreja para sujetarme cuando me acercó el vaso a los labios. La miré fijamente y vi que sus mejillas se enrojecían al intentar no mirarme de vuelta.
Y, justo cuando yo estaba empezando a disfrutar de la situación, noté que el líquido me llegaba a los labios y puse una mueca de asco.
—¿Agua? —pregunté, asqueado.
—Sí... —pareció confusa—. ¿No has dicho que tenías la boca seca?
—¿Y tu conclusión ha sido que quería agua?
Ella se puso muy seria, todavía con la mano bajo mi oreja.
—No te voy a dar alcohol, así que ya puedes ir olvidándote de eso.
Bueno, uno era libre de soñar.
Cerré los ojos y me permití a mí mismo disfrutar un rato de su mano en mi piel. Especialmente cuando noté que movía el pulgar a través de mi mandíbula.
Mis propios dedos empezaron a cosquillear por las ganas contenidas de acariciarla. Por todas partes.
—¿Ross?
Abrí los ojos, despertándome de mis pequeñas fantasías.
Admito que no me esperaba su expresión preocupada.
—¿Eh?
—¿Estás bien?
¿Bien? ¡Estaba de maravilla!
Bueno, lo estaría un poco más si cerraba la distancia entre nosotros y se sentaba en mi regazo, pero dudaba que la propuesta fuera a gustarle
Y ella debió malinterpretar mi silencio, porque vi que su expresión se llenaba de preocupación.
—Voy a avisar a Will.
¿Eh? ¡No, al Yoda negro no!
La sujeté del brazo casi al instante y la volví a sentar a mi lado. No... yo quería estar solo con ella.
—No —dije, y me sorprendió lo seguro que soné.
—No sé que hacer si estás así de mal —insistió en voz baja, asustada—, necesito a Will.
¡No! Yo solo la necesitaba a ella. Solo a ella. A nadie más.
—No —repetí fervientemente.
—Pero...
—Estoy bien —me puse de pie para demostrárselo, y miré a mi alrededor—. ¿Quedan cervezas o...?
—¡Ross, para ya!
Whoa, ¿ahora estaba enfadada?
Y luego yo era el difícil de seguir...
Tiró de mi brazo y volvió a sentarme bruscamente. Yo la miré, parpadeando con aire de confusión.
—¿Cuánto has bebido? —preguntó.
Dios, ¿por qué era tan sexy cuando se cabreaba conmigo?
—¿Te quedarás a vivir aquí? —dije sin poder contenerme.
—Ross, tú no solías beber.
—Hay muchas cosas que no solía hacer y que ahora hago —sonreí, divertido.
Como intentar contenerme con ella alrededor, por ejemplo.
Y pensar que el año pasado podría haberla besado sin miedo a que me rechazara... no había sabido apreciarlo lo suficiente.
Ella señaló mi vaso de agua de repente.
—Deberías beber algo.
—Ahora empezamos a entendernos...
—Agua.
—Retiro lo de antes.
Ella se exasperó, claro, y me hizo sonreír.
—¡Ross! —masculló, dándome bruscamente el vaso.
Bueno, pues nada. A beber agua. No quería que terminara matándome por un maldito vasito. Me lo terminé en tiempo récord y me sonreí con orgullo. Ella solo me entrecerró los ojos.
Y no pude evitar volver a preguntarlo.
—¿Te quedarás a vivir aquí?
Di que sí, Jen, vamos, vamos...
—¿Tienes hambre? —cambió de tema—. He guardado tu cena.
¿Mi... cena?
Espera... ¿se había acordado de mí?
Eso hizo que se me hinchara el pecho sin siquiera pretenderlo. Sonreí ampliamente con la perspectiva de ella acordándose de mí cuando no estaba, aunque fuera por esa tontería.
—¿En serio me la has guardado? —murmuré.
—¿Tienes hambre o no? —preguntó, avergonzada.
Asentí, entusiasmado, y la seguí con la mirada otra vez cuando fue a recalentar la cena. Necesitaba que algo me distrajera para no mirarla fijamente durante todo el rato, así que al final opté por poner un canal cualquiera y tratar de centrar mi atención en él.
Pero no pude evitar sonreír como un crío cuando me dejó el plato en el regazo y vi que era mi hamburguesa favorita.
Ay, Jen... ¿cómo podría no estar enamorado de ella?
Comí algo más rápido que de costumbre. Solo quería volver a centrarme en la conversación y que me dijera que iba a quedarse viviendo conmi... con nosotros.