Tres meses
Capítulo 14
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Dejé el plato torpemente sobre la mesa y me giré en redondo hacia ella, que estaba sentada a mi lado.
—¿Alguna idea de qué hacer ahora? —pregunté, levantando y bajando las cejas.
Porque yo tenía muchas. Demasiadas.
Y le sobraba ropa para todas y cada una de ellas.
Aunque aceptaba sugerencias, claro. Quería que mi pequeña Jen se pusiera en modo pervertida.
En cuanto vi que me ponía mala cara y dejaba el vaso también sobre la mesa, deduje que eso no pasaría.
—Deberías dormirte un poco —murmuró.
¡¿Dormir?! ¿Era una broma?
—Tengo de todo menos sueño —le aseguré.
Bueno, si lo hacía con ella igual lo consideraba.
—Ross... —me miró con mala cara.
—Jennifer... —le sonreí como un angelito.
—Duérmete.
—No, gracias.
Sonreí ampliamente cuando suspiró, invocando paciencia.
—Quiero hablar contigo —aclaré, inclinándome hacia ella.
Y besarla, y tocarla... quería hacer muchas cosas.
Pero mejor empezábamos por hablar.
Me sorprendió que me pusiera una mano en el pecho cuando intenté acercarme un poco más a su rostro. Tenía la cabeza agachada y evitaba mirarme, pero el ligero rubor de sus mejillas era inconfundible. Lo había visto demasiadas veces en nuestra habitación como para no saber qué significaba.
Dios, yo la deseaba. Y ella me deseaba a mí. ¿Por qué tenía que ser tan complicado todo? ¿Por qué no podía dejar que la besara y terminar con esta maldita tensión?
—Mañana —aclaró con un hilo de voz—, cuando estés mejor...
—Ahora estoy bien —le aseguré.
Ella se aclaró la garganta, evitando mi mirada de nuevo.
—Supongo que quieres dormir aquí, ¿no?
No, quería dormir encima o debajo de ella.
Pero supuse que eso no era una opción.
—No quiero dormirme ahora. ¿Te quedarás a vivir aquí?
Vamos, Jen, solo tenía que decir que sí. Solo eso. Y ya está.
Pero no lo hizo. Solo me empujó suavemente para que me quedara tumbado en el sofá, mirándola cuando recogió un cojín y una manta para traérmelos. Los dejó a un lado cuando se acercó para quitarme los zapatos.
—¿Te vas a quedar a vivir aquí? —insistí. Necesitaba que me dijera que sí.
—Ya hemos hablado de eso esta tarde, Ross —me dijo sin mirarme.
Tragué saliva cuando me echó una ojeada y dejó mis zapaos a un lado.
—¿Vas a venir a mi premiere? —pregunté sin pensar.
No sé si quería que viniera. Creo que no. Si lo hacía y veía la película... me odiaría. Y con razón.
—No sé si querrás eso cuando estés sobrio —murmuró.
Yo tampoco, la verdad.
Me puso la manta por encima y yo me ajusté el cojín detrás de la cabeza, siguiéndola con la mirada. Cuando la estiró para que me cubriera hasta los hombros, me miró un momento con una expresión casi tierna.
—Duérmete —susurró.
Cerré los ojos y escuché que se marchaba. Sin embargo, no pude dormirme. No podía hacerlo sabiendo que ella estaba al otro lado del pasillo y no podía tocarla. La necesitaba un poco más cerca. Mucho más.
Me puse de pie y fui dando tumbos hacia el pasillo. Me apoyé torpemente en el marco de la puerta de nuestra habitación, pero no me atreví a entrar. Solo la miré.
Jen estaba sentada en mi lado de la cama, pasándose las manos por la cara. Al instante en que la vi tan cerca de ese lugar donde habíamos pasado tanto tiempo juntos... sentí que lo único que quería era dormir con ella.
¿Dormir con ella? Mhm... habría que ser estratégico, pero no era imposible.
Estaba pensando ya en una estrategia cuando ella levantó la cabeza y me miró, extrañada. Yo tiré torpemente del cordón de mi sudadera, mirándola con una sonrisita.
—Te has dejado esto —insinué sin poder evitar el tono calenturiento.
Ella se ruborizó un poco, pero trató de ocultarlo tanto como pudo con una expresión neutral.
—¿No puedes quitártelo tú solito? —entrecerró los ojos.
—Estoy muy débil —y me llevé una mano al corazón dramáticamente.
Al final, conseguí que volviera conmigo al salón y esbocé una sonrisita triunfante cuando me colocó las manos en los hombros y me mantuvo quieto, mirándome con una ceja enarcada.
Vale. No moverme. Lo pillaba.
Seguí cada uno de sus movimientos cuando sujetó los bordes de mi sudadera, respiró hondo y tiró hacia arriba. Dejé que me la sacara por la cabeza y, cuando volví a captar su mirada, vi que se le había acelerado ligeramente la respiración.
De hecho, el ambiente entre nosotros dos era mucho más pesado que antes. En el mejor de los sentidos.
—¿Por qué no quieres vivir aquí? —le pregunté en voz baja.
Ella tragó saliva.
—Tú no quieres que viva aquí —me dijo con un hilo de voz.
¿Yo...? ¿Qué? ¿Era una broma?
Cuando hizo un ademán de alejarse para llevar mi sudadera al sillón con mi chaqueta, la sujeté inconscientemente de la muñeca, deteniéndola a mi lado.
—¿De verdad crees eso?
—¿Qué? —murmuró, mirándome.
—¿Crees que no te quiero aquí? —me incliné hacia ella—. ¿De verdad lo crees?
Era imposible. Me conocía demasiado como para creerse eso.
—Ross —empezó con un hilo de voz—, anoche tú...
—Tú sabes cuándo miento, Jen.
Le solté la muñeca, acariciando su piel tanto tiempo como me fue posible antes de que el contacto entre nosotros se rompiera, pero no dejamos de mirarlos el uno al otro.
Estaba como hipnotizado, con los ojos clavados en los suyos. Era como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Solo existía ella.
—¿Quieres que viva aquí? —preguntó en voz baja.
Cerré los ojos. No podía mentirle. Era incapaz de hacerlo.
—No puedo volver a dejar que te vayas. No otra vez.
Su respiración temblaba cuando respiró hondo. Abrí los ojos y vi que iba al sillón y dejaba ahí mi sudadera, como si quisiera ganar tiempo antes de mirarme de nuevo.
Y ya no pude aguantarlo más. Necesitaba saberlo.
—¿Le querías? —pregunté en voz baja.
Ella me miró con una expresión que no entendí, pero sabía a quién me refería. A su maldito exnovio. O novio. No... ya no era su novio. Naya me lo había dicho. Pero necesitaba saberlo igual.
Negó con la cabeza y yo sentí que el alivio me relajaba los músculos de todo el cuerpo, pero eso no era suficiente. Todavía quedaba lo peor. Y la respuesta que más miedo me daba.
—¿Y por qué él sí y yo no? —susurré.
Jen empezó a retorcerse los dedos, nerviosa. Me acerqué a ella, que evitaba mi mirada.
—¿Por qué, Jennifer? —murmuré, pasándole los dedos por la mejilla.
Me di a mí mismo el placer de colocarle el mechón de siempre tras la oreja. Jen movió la cabeza para mantener el contacto de mi piel con la suya más tiempo, cerrando los ojos.
—Jack... —murmuró.
—Quiero saberlo —insistí.
No, necesitaba saberlo.
Ella levantó la cabeza y mis dedos se quedaron en su nuca cuando me miró fijamente con una expresión de... ¿culpabilidad?
—Si quieres saberlo, pregúntamelo cuando no estés borracho.
—Quiero saberlo ahora —murmuré, casi desesperado.
Negó con la cabeza, pero no apartó mi mano. De hecho, dio un paso hacia mí como si le doliera estar separada. A mí también me dolía. Apreté los dedos en su nuca, pero Jen no me tocó. Necesitaba que me tocara otra vez.
Cuando intenté encontrar su mirada, vi que ella la apartaba aún con más ahínco, dolida.
—¿Me añadiste a tu lista? —pregunté en voz baja.
—¿A qué lista?
—A tu lista de errores.
Le recorrí la cara con los ojos, acariciándole la mejilla con los nudillos y memorizando todos y cada uno de los detalles de su expresión.
—No quiero ser tu error.
Apreté los labios cuando ella los entreabrió, inclinándose hacia mí. Pareció que quería decirme algo, pero me adelanté a ella.
—He sido un imbécil contigo estos días, ¿verdad? —me incliné tan cerca de ella que el olor tan familiar de su pelo me invadió y me envolvió—. He sido un controlador compulsivo.
—Ross, no es...
—No puedo evitarlo —confesé en voz baja. Ojalá pudiera hacerlo. Lo había intentado. Podía seguir intentándolo, si es lo que ella quería. Daba miedo lo dispuesto que estaba a intentarlo por ella.
Moví la mano a su nuca de nuevo y la obligué a mirarme. Tenía los ojos muy abiertos y llenos de preocupación, pero no dejé de hablar.
—Nunca había estado en la situación de que... alguien que quisiera pudiera irse. Y menos por segunda vez. No sé qué hacer cuando te tengo alrededor. No sé cómo reaccionar. Solo sé... que no quiero que te vayas.
Jen me sostuvo la mirada por lo que pareció una pequeña eternidad hasta que, de pronto, sentí que sus dedos envolvían mi muñeca y apoyaba la mejilla contra mi mano.
—No me estoy yendo a ninguna parte —me dijo en voz baja.
Cerré los ojos un momento, intentando contener las ganas de besarla, y me incliné hasta apoyar la frente en la suya. Ella no se movió. Solo apretó los dedos en mi muñeca y soltó una bocanada de aire, pegando inconscientemente su cuerpo al mío.
—No quiero ser como él, Jen —le dije, mirándola.
No quería ser el motivo de su infelicidad. No como había sido su estúpido exnovio.
O... como había sido mi padre.
Mirando atrás, darme cuenta de que yo mismo había usado todos y cada uno de los métodos que él usaba para hacerme sentir mal cuando era pequeño... me entraban ganas de vomitar. No. Yo no era él. No podía seguir comportándome como él.
—No eres como él —me dijo, como si pudiera adivinar lo que pensaba.
—No hay tanta diferencia, ¿no? Ya no.
—No sois ni remotamente parecidos, Jack —me dijo firmemente—. No digas eso nunca más.
—¿Te hizo sentir alguna vez igual de mal de lo que lo hice yo anoche?
No dijo nada. No necesitaba que lo hiciera para saber la respuesta. Moví la mano hacia su mandíbula, acariciando su suave piel con las yemas de los dedos.
Y, por vergüenza que me diera admitirlo... tenía que saber la verdad. Y yo tenía que asumirla si quería cambiar.
—No lo decía de verdad, ¿sabes? —le dije en voz baja, sin atreverme a mirarla, avergonzado—. Solo... quería que sintieras algo parecido a lo que sentí yo cuando me dejaste.
Hubo un momento de silencio. Si se echaba hacia atrás y me apartaba bruscamente, sabía que me lo merecería. Esperé con los ojos cerrados, sin atreverme a mirarla.
Pero no lo hizo. Solo noté que se tensaba.
—¿Y... sigues queriendo eso?
—No —casi le juré. Nunca iba a hacérselo otra vez. Jamás. No podría perdonármelo. No sé ni cómo me lo estaba perdonando ella.
Jen me miró, esperando que terminara de hablar. Y tenía razón. Quedaba algo más por decir.
—Solo quiero poder verte cada día —añadí en voz baja.
Ya no podía aguantarlo más. Si seguía pegado a ella de esa forma, iba a terminar besándola. No quería que pasara eso. No así.
Me aparté y ella se tambaleó un momento, buscando equilibrio, hasta que se aclaró la garganta y miró mi camiseta, como si quisiera quitármela.
Bueno, era un buen cambio de tema.
Respiré hondo y sentí que volvía a relajarme un poco al tirar del borde de la prenda.
—Deberías irte a dormir —dijo rápidamente al ver mis intenciones.
En cuando puso la mano encima de la mía para detenerme, no pude evitar sonreírle de lado.
—No puedo dormir con esto puesto, Mushu.
Ella dio un respingo con esa última palabra, cosa que me hizo inesperadamente feliz.
Tomé su muñeca y tiré de ella hacia mí para volver a tenerla tan cerca como me fuera posible. Jen me quitó la camiseta con cuidado de no tocarme a no ser que fuera estrictamente necesario. Yo mismo me la terminé sacando por el cuello, impaciente, y tirándola al suelo.
Bueno, bueno... creo que había llegado su turno de desnudarse, ¿no?
¿De qué nos desharíamos primero? ¿De esa sudadera? ¿O de esos pantaloncitos malignos y tentadores?
Mhm... los pantaloncitos parecían una opción maravillosa.
Pero me distrajo de mis intenciones perversas cuando vi que me miraba el torso con la boca abierta, pasmada.
—¿Algo que eches de menos? —insinué con una sonrisita perversa.
—¿Qué... qué te has hecho?
—Un año es mucho tiempo, ¿quieres un resumen o...?
—¿Por qué te has hecho eso? —me interrumpió, alarmada.
Miré abajo. Ah, sí, el tatuaje del pecho. Había sido en Francia, en una noche de borrachera.
—Porque una noche me emborraché y tenía doscientos dólares —sonreí ampliamente.
Ella me puso mala cara, aunque tenía un ligero brillo de diversión en los ojos.
—No es gracioso, Ross, es...
—Es una mierda, sí —a ver, no era el tatuaje más bonito del mundo, seamos sinceros—. Soy bastante consciente de ello.
Ella sacudió la cabeza y me empujó suavemente. Sus manos pequeñas contra mi pecho desnudo avivaron sensaciones que ya ni recordaba que tuviera.
—Intenta dormirte —me dijo en voz baja, claramente alterada.
Oh, no. De eso nada.
En cuanto hizo un ademán de apartarse, la sujeté de la muñeca y tiré de ella hacia mí. Jen me miró, confusa, de pie entre mis piernas.
—Ross, ¿qué...?
—Duerme conmigo.
Ella abrió mucho los ojos, mirándome fijamente, como si se estuviera planteando hasta qué punto lo quería. Hice un ademán de incorporarme, pero me sujetó los hombros para mantenerme en mi lugar.
—¿Estás seguro?
¡Bien! ¡Estaba accediendo!
—Sí —le aseguré enseguida.
—Pero...
—Solo quiero dormir contigo, Jen.
—Mira, estás borracho —me dijo lentamente—, no quiero que mañana te arrepientas de esto.
—¿Te crees que no es lo que he querido hacer desde que te volví a ver?
Esta vez no se apartó cuando tiré ligeramente de su muñeca, echándome hacia atrás para dejarle sitio delante de mí. Jen tragó saliva y se tumbó delante de mi cuerpo, hecha un ovillo y mirando la televisión apagada. Cerré los ojos, aliviado, y le rodeé los hombros y la cintura con los brazos, desde atrás, intentando pegarla tanto a mi cuerpo como me fue posible.
Dios, no me podía creer que la hubiera echado tanto de menos.
Hundí la nariz en su pelo y noté que ella sujetaba uno de mis brazos con las manos, soltando una bocanada de respiración agitada.
Al final, me conformé con pegar la mejilla a su pelo, cerrando los ojos y disfrutando de su compañía.
—Buenas noches, Jen —murmuré contra su pelo.
Ella tardó unos pocos segundos en responder, relajándose entre mis brazos.
—Buenas noches, Jack.
Pero yo no quería dormirme tan rápido. Quería disfrutar de ese momento.
Esperé unos minutos y su respiración se volvió acompasada. Aproveché que estaba dormida para levantar la cabeza y mirarle el perfil. Tenía los ojos cerrados y la expresión calmada, perfecta. Tal y como la recordaba.
¿Cuántas noches me había contentado observándose mientras dormía cuando yo era incapaz de dormirme? Ver a Jen durmiendo era... extrañamente relajante. Podría hacerlo durante horas y horas sin cansarme.
Levanté el brazo y le coloqué unos cuantos mechones de pelo suelto tras la oreja.
Y, justo en ese momento, vi que esbozaba una pequeña sonrisa y, sin abrir los ojos, me atrapaba la mano. Contuve la respiración cuando se la llevó a los labios y me dio un suave beso en la palma antes de entrelazar sus dedos con los míos y colocar nuestras manos junto a su cara.
—Deja de mirarme y duérmete —murmuró, medio dormida.
—¿Cómo demonios sabes que estoy mirándote si tienes los ojos cerrados?
Abrió un ojo y pareció risueña cuando comprobó que no se había equivocado.
—Jack, a dormir. Es muy tarde.
—¿Ahora qué eres? ¿Mi madre?
—Soy la que te dará un puñetazo destructor como no te duermas ya.
—Adoro tus puñetazos destructores —sonreí.
Ella cerró los ojos de nuevo, pero tenía una pequeña sonrisa.
—Jack, o te duermes ya o me voy a la habitación.
Me tumbé al instante. Ella se echó a reír.
¿Cuándo había sido la última vez que la había hecho reír? Parecía que me había pasado una eternidad...
La estreché entre mis brazos y, esta vez, cuando cerré los ojos, logré quedarme dormido.