Tres meses

Tres meses


Capítulo 15

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Capítulo 15

 

❤️Mini maratón 1/2❤️

Bueno... era el día de la premiere.

Qué asco.

Suspiré pesadamente al terminar de abrocharme la camisa delante del espejo de la habitación. Estaba muy raro tan arreglado. ¿Dónde estaban mis sudaderas? Las echaba de menos.

Mientras me ponía la americana y recogía la corbata que había comprado con Jen esa mañana, no pude evitar echar una ojeada al interior del armario. Sus cosas volvían a estar ahí. Vi el jersey rojo, los pantalones negros con los que me torturaba continuamente y las botas que siempre usaba. Era extraño. Y reconfortante.

Estaba peleándome a muerte con la estúpida corbata cuando la puerta se abrió y Will se asomó para mirarme con una sonrisita burlona.

—Mírate, qué prestigioso —bromeó—. ¿Puedo hacerme una foto contigo para presumir con mis amigos?

Le dediqué una mirada furibunda y él se echó a reír, señalando mi corbata.

—¿Te ayudo?

—Puedo yo solo —me enfurruñé.

—No, no puedes.

—¡Que sí que puedo!

—Creo que voy a tener que llamar a alguien a quien no podrás decirle que no, entonces.

Apenas unos segundos después de que desapareciera, volvieron a abrir la puerta, pero esta vez era Jen.

Maldito y sabio Willy Wonka.

Jen se acercó a mí intentando no sonreír al verme. Intenté que eso no me afectara, pero no lo conseguí.

—¿Qué es tan gracioso? —mascullé, empezando a contemplar la posibilidad de ahogarme a mí mismo con la corbata.

—¿Alguien no sabe atar su corbatita?

—Cállate. Sé hacerlo —y me enfurruñé todavía más.

Madurez en estado puro.

Jen se acercó un poco más a mí y ladeó la cabeza, divertida.

—Puedo ayudarte —se ofreció.

Con todas las cosas con las que podía ayudarme... y solo se ofrecía para atarme una corbatita estúpida.

—¿Sabes atar una corbata? —pregunté, extrañado.

—Aunque te parezca mentira, mi instituto era de uniforme. Tenía que hacerme el nudo de la corbata cada mañana. Creo que me las puedo arreglar.

Quité las manos dócilmente cuando ella deshizo mi desastroso nudo e intentó quitar las arrugas de mi pobre corbata aplanándola con la mano.

—Tengo que admitir que nunca creí que te vería en traje y corbata —murmuró con una sonrisita—. Aunque es una corbata preciosa. Seguro que quien te la recomendó tiene un gusto excelente.

Yo sí que tenía un gusto excelente, porque la que me lo había recomendado era lo que más me gustaba de toda la situación.

—O una pesada que no me dejó comprar lo que quería —enarqué una ceja.

¡Yo quería sudaderas, no corbatas!

—Serás idiota —masculló, divertida.

Le dediqué una sonrisa fugaz mientras intentaba mover los hombros, pero era como si esa estúpida americana me estuviera oprimiendo la vida.

—Si no me obligaran a no hacerlo, iría en sudadera.

Ella esbozó una gran sonrisa al mirarme.

—En una sudadera de Tarantino —añadió.

Y por esas cosas me encantaba la pequeña Michelle.

—O de The Smiths —entrecerré los ojos.

—O de Pumba.

—O de Mushu.

Esbocé una sonrisita malvada cuando me entrecerró los ojos. Así que seguía molestándole, ¿eh?

—¿A que te haces tú el nudito, listo? —masculló.

—Vale, vale —y levanté las manos en señal de rendición.

Bajó la mirada hacia mi corbata y yo noté que tiraba suavemente de la tela mientras hacía el nudo concienzudamente. Pero no pude evitar mirarla a ella. Hacía mucho tiempo que no la tenía tan cerca de mí sin estar en una situación tensa. Casi podía rozarle el pelo con la nariz. Inspiré profundamente e intenté calmarme antes de que ella se separara un poco.

—Listo —murmuró, y me dio una palmadita en el pecho.

Ella no quitó la mano de mi pecho cuando levantó la mirada, y noté que empezaban a cosquillearme los dedos por la necesidad de alargar la mano y sujetarla de la cintura para volver a acercarla, como antes. Pero no me atreví a hacerlo. No sabía cómo reaccionaría.

Y pensar que el día siguiente era su cumpleaños... y que ella no venía a la premiere. No podría verla a las doce de la noche. Apreté un poco los labios. Por un lado, quería invitarla, por el otro...

Mierda, ¿por qué había hecho esa película? Si la hubiera hecho sobre cualquier otra cosa, podría invitarla sin miedo a que no volviera a hablarme.

—Bueno... —ella carraspeó y finalmente bajó la mano de mi pecho—, supongo que deberíais iros y...

—Sabes que puedes venir, ¿no?

Oh, no.

¿Por qué era tan impulsivo?

Jen se quedó mirándome con una mueca de incredulidad y yo sentí la imperiosa necesidad de decir algo más.

—No es tarde —añadí torpemente.

Ella no dijo nada por lo que pareció una eternidad en que mi incomodidad fue aumentando drásticamente. Finalmente, sacudió un poco la cabeza, dubitativa.

—Ross, no creo...

—Puedes venir —añadí. De hecho, quería que viniera. Me daba igual la película—. Después de todo, no tengo pareja con la que acudir.

Esperaba que eso último le aclarara las dudas de por qué la estaba invitando, pero solo conseguí que retrocediera un paso y negara con la cabeza.

—¿Y dejar que el prestigioso director que tengo delante de presente a su propia premiere con una chica vestida así? Ya lo veré por televisión. O me la descargaré ilegalmente por Internet —sonrió un poco—. Viviendo al límite.

No supe qué decirle, y Jen no pareció querer esperar demasiado, porque murmuró algo sobre llegar tarde y volvió al salón. No me quedó otra que seguirla, recorriéndola con los ojos.

En serio, nunca iba a quitarme esa obsesión por recorrerla con los ojos, ¿no?

Admito que ignoré un poco a los demás mientras parloteaban. No dejaba de pensar en posibles excusas para darle a Joey y escabullirme de esa estúpida premiere. Quería quedarme en casa y mirar una película, no ir disfrazado a hablar con un montón de desconocidos.

De hecho, solo reaccioné de verdad cuando noté que Jen daba un respingo a mi lado. Mamá, la abuela Agnes y mi padre estaban entrando al piso. Seguía sin sentirme muy cómodo con el hecho de que mi padre estuviera aquí, pero supuse que por ese día tendría que aguantarlo.

Mamá se detuvo delante de Jen, perpleja y encantada a partes iguales.

—Jennifer... no sabía... oh, querida, es un placer volver a verte.

—Igualmente —le sonrió Jen cuando la abrazó.

Mamá me miró por encima de su hombro y me guiñó un ojo, gesticulando un ¡ya ha vuelto!. Noté que se me calentaban las orejas y aparté la mirada, avergonzado.

Mi abuela también la saludó felizmente. Las dos adoraban a Jen. Lo habían hecho desde el primer día. Y me alegraba ver que eso no había cambiado.

Aunque la cara de mi padre era tan tensa como siempre, claro.

—¿Has venido a enderezar a este cenutrio? —espetó mi abuela de repente, señalándome—. Ya va siendo hora de que alguien haga que se comporte.

Jen enrojeció al instante, claro, y yo le puse mala cara.

—Abuela... —empecé.

—Bueno, bueno, yo solo lo digo —no pareció muy arrepentida—. A veces, un grito a tiempo es lo mejor del mundo. Yo no se lo di a su abuelo y te aseguro que los cuarenta años que pasé con él fueron eternos.

Jen sonrió ampliamente, sacudiendo la cabeza, pero dejó de hacerlo en cuanto mi padre se acercó a ella con su expresión distante y fría de siempre.

—Jennifer —murmuró sin mucho entusiasmo—. Me alegra volver a verte por aquí. ¿Has venido a ver a Jack en la premiere?

—Eh... —Jen se había puesto muy nerviosa, y yo fulminé a mi padre con la mirada—. En realidad, yo... eh...

—Vive conmigo —aclaré.

No entendía por qué Jen estaba tan nerviosa por aclarar eso. Después de todo, el año pasado ya habíamos dejado bastante claro que la opinión de mi padre me importaba una mierda.

Mamá y la abuela intercambiaron una mirada encantada y me miraron con un gran entusiasmo que, menos mal, Jen no vio.

—¿Hace mucho? —preguntó mi padre secamente.

—Unas semanas —dije, mirándola solo a ella—. ¿Estás bien, Jen?

Miré a mi padre con una ceja enarcada cuando Jen le echó una ojeada incómoda. Él, muy sabiamente, retrocedió un paso.

—Solo... —noté que la mano pequeña de Jen me apretaba ligeramente el brazo al mirarme—. Estoy orgullosa de ti.

No pude evitar entreabrir la boca, sorprendido, pero toda buena sensación fue sustituida por el más absoluto horror cuando noté un movimiento en la entrada y me giré hacia ella, quedándome pasmado al ver a Vivian ahí de pie, furiosa.

Oh, no.

Me tensé de pies a cabeza. Mierda. Miré de reojo a Jen. Si le decía algo de la droga... o de cualquier cosa... por favor, que se callara.

Vivian se detuvo delante de mí. Realmente parecía furiosa.

—¿Por qué sigues aquí, Ross? Necesito veinte minutos más de maquillaje al llegar y lo sabes. Y tenemos solo una hora para hacernos fotos. ¡No nos va a dar tiempo a saludar a todo el mundo! ¿Por qué no estamos ya de camino?

¿Era una broma? ¿Qué coño hacía aquí, en mi casa? ¿En qué momento...?

Oh, espera...

Era para ver a Jen, ¿no?

Noté que se me crispaba la expresión cuando la miré fijamente, y vi que las mejillas de Vivian se teñían un poco de rosa por debajo del maquillaje, confirmando mis sospechas. Solo había subido para ver a Jen.

—¿Quién te ha dicho que subieras? —mascullé.

—Ross, cariño... —empezó, ahora ya no tan segura.

Sin embargo, se detuvo cuando se dio cuenta de que no estábamos solo nosotros tres. Sonrió de forma encantadora a mis padres y a mi abuela mientras yo echaba una ojeada a Jen.

Oh, no. Ella parecía completamente desolada al mirar de arriba abajo a Vivian. Apreté los dientes cuando Jen agachó la mirada y clavó en sus manos.

Y solo con eso ya supe que se estaba sintiendo inferior a Vivian. ¿Por qué siempre tenía que sentirse inferior a todo el mundo? ¿Por qué siempre tenía que compararse a sí misma sin darse ningún crédito? Si le dijera cómo la veía yo...

—Oh, señor y señora Ross —saludó Vivian amablemente, y miró a mi abuela—. Agnes.

Mi abuela entrecerró los ojos.

—También soy la señora Ross.

Vivian se aclaró la garganta, incómoda, y volvió a girarse hacia mí casi al mismo instante que mi padre.

—Jack —me dijo él—, no deberías hacer esperar a tu acompañante.

—No es mi acompañante.

Vivian hizo un verdadero esfuerzo por fingir que eso no le importaba, y quizá habría tenido más tacto con ella en otra ocasión, pero ahora mismo estaba cabreado. ¿Por qué había subido?

—Como sea —murmuró Vivian, sacudiendo la mano—. Venga, andando. Llegaremos tarde y es mi gran noche.

—¿No es la de los dos? —preguntó Naya.

—La pobre Joey está abajo —insistió Vivian, ignorándola.

—Joey puede esperar —mascullé.

Jen nos miraba a todos como si habláramos en otro idioma.

—¿Quién es Joey? —preguntó en voz baja.

Por primera vez desde que había entrado, Vivian la miró directamente. Y no me gustó nada la mirada que le dirigió a Jen. En absoluto.

—Mi manager —aclaré en voz baja antes de girarme hacia mi familia—. ¿Podéis iros ya con ella? Yo vendré después.

Necesitaba despedirme de Jen. Y Vivian debió darse cuenta, porque vi que apretaba los labios.

—Ross, es tu maldito estreno —espetó—, no puedes venir después.

—¿Tengo cara de estar pidiéndote tu opinión, Vivian?

Vivian empezó a enrojecer, pero esta vez de rabia. Me daba igual. Había cruzado un límite y solo para hacer que Jen se sintiera mal. No me gustaba eso. Y lo sabía perfectamente y aun así lo había hecho.

Sin embargo, me distraje cuando noté que Jen me rodeaba la muñeca con la mano y me giré hacia ella al instante.

—Sea lo que sea que tengas que hacer, seguro que puede esperar a que vuelvas —me dijo suavemente.

Maldita sea Jen y su necesidad de no meterme en problemas.

Esperé a que los demás se fueran de todas formas. Jen los siguió con la mirada mientras yo me preguntaba a mí mismo internamente si debería quedarme con ella, después de todo.

Pero ella no querría eso. Probablemente se pondría nerviosa porque podría meterme en un lío. No, tenía que irme. Aunque no quisiera.

Cuando por fin estuvimos solos y ella se giró hacia mí, no pude evitar clavar los ojos en sus labios. Estaban demasiado cerca de mi boca como para no centrarme en ellos.

Jen tragó saliva.

—¿Vuelves a necesitar ayuda con la corbata o...?

—Volveré temprano —la corté.

Y no pude evitarlo. Simplemente no pude. La sujeté de la barbilla y pegué mis labios a los suyos.

Apenas había pasado un segundo cuando me separé con el cuerpo entero acelerado por ese breve contacto. Miré a Jen un momento más y decidí irme antes de tentarme demasiado y besarla de verdad.

Mi padre, que había estado esperando en el pasillo del edificio, clavó la mirada sobre mí mientras cerraba la puerta, respiraba hondo y me encaminaba hacia la limusina.

Todos los demás estaban animados ahí dentro. Mike había abierto otra botella de alcohol y estaba sirviendo a todo el mundo entre risas y bromas, Sue negaba con la cabeza, Naya ponía muecas cuando Will le quitaba todas las copas que agarraba y mi abuela agarró una botella disimuladamente para ella sola.

Por otro lado, mis padres estaban hablando en voz baja en un rincón de los asientos. Apreté un poco los labios cuando vi que mamá intentaba decirle algo y él le decía bruscamente que se callara. Ella tragó saliva y apartó la mirada.

Me distraje cuando Vivian, que se había sentado a mi lado, me puso una mano en la rodilla y me dio un ligero apretón en ella.

—Así que esa era la famosa Jen, ¿eh?

Respiré hondo antes de agarrarle la muñeca y dejarle su mano en su regazo. Vivian me puso una mueca.

—Solo yo la llamo Jen —aclaré, molesto.

—Ah, perdona —pero no parecía muy ofendida—. Es... interesante.

Eso hizo que me girara hacia ella al instante con el ceño fruncido.

—¿Interesante? —repetí con una mirada de advertencia.

—Bueno, por la forma en que la describías... me la imaginaba más guapa.

—Jen es preciosa.

—No tanto.

Los dos sabíamos perfectamente que, si se hubiera metido conmigo, la habría ignorado. De hecho, me habría dado completamente igual. Pero no me daba igual si se metía con Jen. En absoluto.

—No te compares con ella, Vivian —le dije en voz baja—. Saldrás perdiendo en todos los aspectos posibles.

Y me giré hacia delante, cabreado. Noté que ella me miraba fijamente unos segundos antes de hacer lo mismo, furiosa.

En cuanto llegamos, Joey vino casi corriendo, furiosa, hablando de horarios y quejándose de habíamos tardado demasiado. Me quedé al margen mientras arreglaba el maquillaje a Vivian a toda velocidad e indicaba a los demás por dónde ir.

—Vale, respondemos unas cuantas preguntas y entramos —nos dijo Joey—. No hay tiempo para más.

—Si Ross no se hubiera entretenido... —murmuró Vivian.

No dije nada. La verdad es que últimamente era muy fácil ignorarla.

Sin embargo, cuando Vivian salió con mis padres hacia la zona de los periodistas, Joey me detuvo por el brazo.

—Oye, Ross —me miró con gesto severo—, no sé que pasa contigo y Vivian, pero no puedes mirarla como si te aburriera en las fotos.

—Es que me aburre.

—Bueno, a mí me da igual, pero a la prensa no —aclaró, enarcando una ceja—. Créeme, si no quieres que seáis portada mañana en todas las revistas de cotilleo, haz el esfuerzo de no apartarte cada vez que se acerca a ti. O, al menos, no pongas cara de asco.

Puse los ojos en blanco, cansado.

—¿Y si me acerco a ti, Joey? —insinué con media sonrisita.

—Entonces, te daré una patada —me aseguró, divertida—. Venga, vete a hablar con esos buitres.

Así llamaba cariñosamente a esos reporteros que prácticamente te clavaban el micrófono en la cara.

Me acerqué a ellos. Estaban hablando con mi padre. Suspiré cuando Vivian me puso una mano en la nuca y, en contra de mi voluntad, no me moví. Solo eché una ojeada a Joey, que asintió con la cabeza.

Mientras hablaban con Vivian y con mis padres, eché una ojeada al cartel de la película y no pude evitar poner una mueca. ¿En qué momento había creído que Vivian podía representar a Jen? No tenía su expresión inocente. Ni sus ojos castaños brillantes. Ni los labios sonrosados. No tenía nada de ella.

—Ross —Joey casi me empujó contra los periodistas—. Vamos, tienes que hablar con ellos aunque sea cinco minutos.

—Cinco minutos —aclaré.

—¡Vale, vale, pero di algo!

Solté una palabrota entre dientes y me acerqué a ellos, que casi se lanzaron sobre la valla para empezar a hablarme todos a la vez. Puse una mueca y, por enésima vez, me pregunté por qué no me había quedado en casa con Jen.

—¿Podéis hacer las preguntas de uno en uno? —mascullé.

Para mi sorpresa, lo hicieron. Bueno, un pequeño consuelo.

—¿Te sientes nervioso al saber que tu película va a proyectarse en tu ciudad natal? —me preguntó uno.

Le puse mala cara.

—No.

—¿Cómo te sientes? ¿Orgulloso? ¿Preocupado? —preguntó otro.

Le puse mala cara.

—Indiferente.

—¿Qué piensas del resultado final de la película? ¿Te sientes orgulloso del proyecto? —y otro más.

Le puse mala cara.

—Supongo.

—¿Hay algún cambio que te gustaría hacer? —y otro. ¿De dónde salían tantos periodistas?

Le puse mala cara.

—No.

—¿Has venido sin acompañante? —preguntó otro—. ¿Te acompaña Vivian Strauss?

Le puse mala cara.

—No.

—Dicen que mantienes una relación con ella, ¿es eso...?

Esta vez no le puse mala cara, sino expresión de asesino.

—No.

Vale, pareció captar la indirecta, porque se apartó para dejar a los demás acercarse. Sin embargo, una chica no pareció quedarse tan contenta con la respuesta.

—¿Hay alguien importante en tu vida? —me preguntó.

—Preguntas sobre la película, por favor —dijo Joey, salvándome de lanzar el micrófono de la chica al otro lado del recinto.

—Ross —otro me hizo gestos para que me centrara en él—, ha rumores de que la historia de la película es una historia real. ¿Es verdad eso?

Bueno, alguien tenía ganas de morir.

Intenté calmarme antes de responderle con toda la paz interior que pude reunir, que fue más bien poca.

—¿La has visto? —enarqué una ceja.

—¿Eh? —él parpadeó, confuso.

—¿La has visto? —insistí, dando un paso hacia él—, ¿has visto la película?

—No... bueno, iba a verla ahora y...

—¿Y por qué te crees los rumores si ni siquiera la has visto?

Joey se aclaró significativamente la garganta detrás de mí y suspiré cuando tiró de mi brazo hacia la entrada del establecimiento, disculpándose con los periodistas. En cuanto estuvimos lejos de ellos, se detuvo y negó con la cabeza.

—Y así es como se conquista a la prensa —murmuró, divertida.

—Ahora tendrán algo de lo que hablar —me encogí de hombros.

—Ross... —se detuvo y me miró de arriba abajo, confusa—. Sabes que nunca me meto en lo que haces, pero... ¿no te parece que deberías estar un poco más animado? Es tu premiere.

¿Debería? Me pasé una mano por la nuca, incómodo, y me encogí de hombros.

—Estoy bien —me limité a decir.

—¿Vivian se ha puesto en modo irritante por el camino? —Joey enarcó una ceja.

—Sí, pero ya estoy acostumbrado. Solo... creo que me iré más temprano.

Eso pareció descolocarla por completo.

—¿Qué? De eso nada. Tienes que dejarte ver por la fiesta de después, Ross, es en tu honor.

—No quiero ir a ninguna fiesta.

—¿Prefieres ir a casa? —preguntó, escéptica.

Prefería ir con Jen.

—Sí —le dije, sinceramente.

Joey pareció querer decir algo, pero los dueños del establecimiento empezaron a hacerle gestos frenéticos.

—Mierda, ya va a empezar la película —empezó a empujarme hacia la sala—. Venga, o llegarás tarde.

Puse los ojos en blanco, pero hice lo que me decía.

Después de una ronda de aplausos cuando los actores principales, el productor y yo nos quedamos de pie delante de la pantalla para presentar la película, fui a sentarme algo desganado al lugar que tenía una marca con mi nombre. Estaba entre mi madre y Will, mis invitados. Los demás actores también estaban ahí con su familia. Incluso los padres de Vivian habían venido.

Mamá sonrió cuando me senté a su lado y me colocó mejor la corbata que yo mismo había descolocado hace un momento.

—¿Estás nervioso? —me preguntó en voz baja.

—No —murmuré.

Ella me observó por unos segundos, pensativa, mientras las luces de la sala empezaban a apagarse.

—Jackie, cielo... —empezó, dudando—, parece que estás en un funeral.

—Es que no me gustan estos eventos —le dije, y era cierto.

—¿Y no tendrá nada que ver con no haber invitado a Jennifer?

Pero ¿en qué momento se había hecho tan fácil leerme las expresiones? Fruncí el ceño, incómodo.

—Sí la he invitado —mascullé—. Lo he hecho antes. Ha dicho que no.

—Bueno, Jackie, no te ofendas, pero yo también te habría dicho que no si me hubieras avisado con cinco minutos de antelación.

—Has sido diez —me enfurruñé.

Nos quedamos en silencio un momento cuando empezaron a salir los créditos iniciales de la película. Cuando vi el nombre del personaje de Vivian, cerré los ojos un momento. En realidad, me alegraba de que Jen no hubiera venido. No sé si alguna vez querría que viera esa maldita película.

—Mañana es su cumpleaños —le dije a mi madre en voz baja.

—Lo sé. Me pediste consejo para comprarle lo de las pinturas hace poco —me dijo, divertida.

Y sabía por qué estaba divertida; me había dado nombres raros de marcas de pintura y había tenido que deletrearlos varias veces para que pudiera apuntarlos. Y se había estado burlando de mí todo el rato.

—No me lo recuerdes —mascullé.

—Nunca me habías pedido consejo en cuanto a chicas —añadió, divertida.

—No era en cuanto a chicas, era en cuanto a pintura.

—En cuanti pintura para una chica.

—Mamá, no ayudas.

—Jackie —suspiró y me puso una mano en el brazo—, está claro que no quieres estar aquí, ¿por qué no te vas a casa?

Me quedé quieto un momento antes de mirarla, sorprendido.

—No puedo irme —remarqué—. Joey me matará.

—Yo me encargo de Joey. Venga, vete a casa.

La miré unos instantes, todavía perplejo, antes de esbozar una gran sonrisa.

—Vale —dije, encantado—. Te debo una, mamá.

—Tranquilo, ya me cobré mi deuda cuando me pude burlar de ti el otro día con las pinturas.

—No hay nada como una madre comprensiva y cariñosa —ironicé.

—Venga, vete antes de que cambie de opinión.

Esbocé una sonrisita malvada y me levanté algo agachado para que los de las filas de atrás no me vieran. Todos mis amigos se inclinaron hacia delante para mirarme con extrañeza. Mi padre pareció furioso. Mi abuela ya estaba roncando en el asiento y la película ni siquiera había empezado.

Cuando salí de la sala, casi esperaba ver a Joey o Vivian persiguiéndome para que volviera, pero no había nadie. Fui a la salida trasera del edificio y, tras asegurarme de que no había prensa, salí y escaneé a toda la gente que había en el aparcamiento. ¿Quién podía...?

Mi mirada se iluminó cuando vi al salvador de mi noche.

—¡Dimitri!

El chofer de Vivian levantó la mirada distraídamente y casi pude ver cómo se lamentaba cuando me vio acercándome felizmente.

—Señor Ross —murmuró, casi llorando.

—Hola, Deacon, ¿me has echado de menos?

—Mi nombre sigue siendo Daniel, señor.

—Pues eso. Dorian. Oye, ¿puedes llevarme a casa?

Él subió a su coche con un suspiro lastimero y yo me quedé en medio de los dos asientos traseros, asomándome para mirarlo con una sonrisita.

—A lo mejor debería contratarte para ser mi chofer —comenté.

Me puso cara de horror al instante.

—B-bueno... yo ya trabajo para la señorita Strauss y...

—No, es que me gusta conducir, no necesito chofer —sonreí mientras él avanzaba por el aparcamiento hacia la carretera—. Bueno, Dean, ¿en qué punto de mi historia con Jen nos quedamos? ¡Ahora puedo seguir contándotelo!

Él soltó un suspiro lastimero.

Cuando llegamos a casa, yo ya iba por la parte en la que Jen había vuelto a casa. Y me daba la sensación de que el pobre hombre intentaba no estampar la cabeza contra el volante repetidas veces.

Me despedí de él y subí las escaleras, algo más tenso de lo que creía que lo estaría solo por ver a Jen. ¿Debería darle ya el regalo? ¿O era mejor esperar a la fiesta que le harían mañana? Mhm... probablemente era mejor esperar. Además, todavía no eran las doce.

Abrí la puerta de casa y escuché que la televisión estaba encendida. Ya estaba mirando uno de sus programas de cambios radicales. Casi puse los ojos en blanco.

Ella estaba tumbada en el sofá con el pijama y la mantita. Ah, y las gafas. Hacía mucho que no la veía con las gafas puestas.

Jen se incorporó de golpe cuando me vio ahí plantado. Casi me reí cuando vi su expresión estupefacta.

—¿Qué haces aquí?

Iba a responder, pero mi atención se clavó con el plato lleno que había sobre la mesa. Prácticamente no había comido nada.

—¿No has cenado?

—¿Eh? No...

Vale, mejor no quejarme o se iba a enfadar. Y era preferible que no se cabreara conmigo tan temprano.

En lugar de eso, me quité la chaqueta y la tiré al sillón, agradeciendo no tener que seguir llevando esa cosa puesta. Jen soltó un ruidito de desaprobación.

—Jack, no puedes tirarlo así, se va a arrugar.

—El drama de mi vida —murmuré.

Tiré torpemente del nudo de la corbata y solo conseguí apretarlo más. Jen se reía disimuladamente de mí, tal y como lo había hecho antes en la habitación.

—¿Riéndote de mí otra vez? —enarqué una ceja.

—Ven —se ajustó las gafas, divertida—, déjame ayudarte.

Me quitó la corbata sin mucho esfuerzo y me senté a su lado. Me dolía un poco la cabeza. Llevaba casi un día entero sin tomar nada. Pero intenté ignorarlo. Necesitaba una distracción. La comida nunca era mala distracción. Agarré su plato y empecé a comer como si la vida me fuera en ello.

Jen me miraba con el ceño fruncido.

—Estará frío.

—Está bien —murmuré—. Se te da bien cocinar.

Ahora que lo pensaba... ¿cuánto hacía que no daba a los demás el placer de cocinarles mi prestigioso chili? Tenía que volver a cocinarlo algún día.

—¿No tenías un estreno al que asistir? —preguntó Jen, confusa—. Tu propio estreno, de hecho.

Si fuera consciente de lo igual que me daba ese estreno...

—Sí.

—Y... estás aquí.

—Sí.

—¿Puedo... preguntar por qué?

Porque quería estar contigo.

—Quería estar aquí —dije, sin embargo.

Jen me observó unos segundos mientras yo me terminaba su cena ahora fría e, incluso antes de que abriera la boca, ya supe que iba a ponerse en modo regañina.

—Ross, ¿te has ido de tu propia premiere? —preguntó, no muy contenta con ello.

—Créeme, nadie me echará de menos.

Y era verdad. Después de todo, lo que más les interesaba no era yo, sino los actores y la película en sí.

—Es tu película —insistió ella, confusa.

—Por eso. Han ido a ver la película. No a mí. ¿Qué más les da que esté contigo y no con ellos?

Dejé el plato en la mesa, pero me seguía doliendo la cabeza. Apreté los dientes. Necesitaba una distracción urgente. Miré de reojo a Jen y vi mi distracción ideal, perfecta y magnífica justo ahí.

—¿Puedo tumbarme contigo? —pregunté sin pensar.

Jen parpadeó, pasmada.

—No.

Eché la cabeza hacia atrás, confuso, y ella empezó a negar frenéticamente con la cabeza, enrojeciendo.

—Es decir... eh... no en el sofá —aclaró casi tartamudeando—. En la... mhm... cama... estaremos mejor.

Si supiera el susto que me había dado por un momento...

Esbocé una sonrisa divertida. Cuando se ponía tan nerviosa era divertida.

—¿Me vas a ayudar a transportar mis cosas ahí? —le pregunté.

Después de todo, ahora el salón de mi casa estaba ocupado por el viejo parásito de Mike y el nuevo parásito de Chrissy. ¿En qué momento mi casa se había convertido en una pensión?

Bueno, al menos había tenido una excusa para volver a dormir con Jen, cosa que no estaba nada mal.

—¿Yo? —preguntó ella, todavía nerviosa—. Oh, sí, claro...

Me puse de pie y le ofrecí una mano que ella aceptó torpemente y me soltó enseguida, apresurándose a ir a la cómoda. Bueno, bueno, bueno... alguien se había puesto nerviosa por la perspectiva de ir conmigo a la habitación. No podía negar que eso me gustara.

Y, sin embargo, todos sus nervios desaparecieron de golpe para transformarse en una mueca cuando abrió el cajón de la cómoda. Empezó a abrir los demás, perdida, y frunciendo cada vez más el ceño.

—¿Qué? —pregunté al ver su expresión.

Oh, vamos, ¿y ahora qué había hecho?

—¿Eso es todo? —me miró, perpleja, señalando mi único y triste cajón.

—¿Qué más quieres?

—¡Esto es una miseria! ¡Solo tienes tres sudaderas y dos pantalones!

—También tengo camisetas —murmuré como un crío.

—¡Ross, necesitas más ropa!

Y se puso a sacar mis pocas cosas mientras negaba con la cabeza.

—No necesito más ropa —protesté.

—Claro que la necesitas. Eres famoso. No puedes ir por la vida de cualquier manera.

—¿Qué tiene de malo mi ropa? —me ofendí.

Ella levantó mi sudadera favorita, la de Pulp Fiction, y señaló el logo desgastado de tanto usarla.

—¿A parte de todo?

Si había una persona en el mundo a la que pudiera perdonarle que se metiera con mi sudadera de Pulp Fiction... esa era Jen.

Porque con el resto de la humanidad me habrían entrado instintos asesinos.

—¡Esa es genial! —protesté.

—¡Si ya casi no se ve el logo!

—¡Porque me gusta mucho y la uso a menudo!

—No, la usas a menudo porque no tienes nada más. Tienes que comprar más.

¡A mí me gustaba su logo desgastado! Me crucé de brazos, irritado.

—Pues, para no gustarte, bien que me robabas sudaderas cada vez que podías.

¿Por qué no lo había vuelto a hacer? No me importaría verla paseándose otra vez con mi ropa.

—¡Y las usaba de pijama! —protestó—. ¡No para ir por el mundo!

No para ir por el mundo —imité su voz chillona de enfado.

Jen me entrecerró los ojos y empezó a cargar cosas, poniéndose de pie.

—Encima, no está bien doblada —masculló, viendo las arrugas—. Eres un desastre.

—¿Doblada? Si es ropa.

—¡Ross, la ropa se dobla!

—Ah, ¿sí?

—¡Pues claro!

Hubo un momento de silencio. Yo fruncí el ceño. Ella me lo frunció más.

—¿Para qué? —pregunté.

—¡Para que no se arrugue!

—¡Si luego se arruga igual!

Jen puso los ojos descaradamente en blanco y pasó por mi lado. ¡Ella sabía que yo tenía razón!

Justo cuando empecé a seguirla, me habló sin siquiera mirarme.

—¡Más te vale no seguirme a la habitación con las manos vacías, Ross!

Ups. Me detuve en seco y volví rápidamente al salón para recoger las pocas cosas que se había dejado.

Al final, empecé a meter las cosas en la cómoda de la habitación a toda velocidad. No quería estar doblando ropa cuando fueran las doce. No sería una gran forma de desearle un feliz cumpleaños a cierta señorita.

Y, justo cuando estaba a punto de terminar, Jen me dio un manotazo en el hombro.

—Por Dios —murmuró, negando con la cabeza—, ya sé cómo se siente mi hermana cuando dejo mi habitación hecha un desastre. ¡No dejes las cosas de esa manera!

—Madre mía, ¿estoy haciendo algo bien?

—¡No!

—¡Estás destrozándome la autoestima!

—Oh, pobrecito —ironizó antes de apartarme—. Quita, yo me encargo.

Al final, me desterró a la cama mientras ella arreglaba mi desastre. Suspiré y miré la hora. Todavía tenía cinco minutos. Escondí el móvil rápidamente cuando Jen se giró hacia mí, todavía sentada en el suelo.

—Vas a tener que comprar más ropa —me dijo.

—¿Yo? ¿Por qué?

—¡Jack, apenas tienes!

—A mí me vale.

—¿Y qué harás si algún día te quedas sin ropa limpia!

Desnudarme.

—Poner la secadora.

—¿Si la pierdes o la rompes también pondrás la secadora para arreglarlo? —enarcó una ceja.

—Vale —la detuve, divertido—. ¿En qué momento hemos pasado a ser un matrimonio de sesenta años?

—Di lo que quieras. Vas a comprarte más ropa.

—Sí, Michelle.

Oh, mierda.

Supe que había puesto mi vida en peligro incluso antes de que ella se girara hacia mí con la niña del Exorcista.

—Es decir... —empecé, echándome hacia atrás inconscientemente.

—¿Quieres morir? —me señaló, furiosa.

A veces.

—No, señora.

—¿Vas a volver a llamarme Michelle, Ross?

Probablemente.

—No, señora.

—Eso me había parecido —y agitó el dedo delante de mí de forma que supuse que pretendía que fuera amenazadora.

Salió de la habitación y me apresuré a seguirla mientras iba hablando sobre no sé qué. Miré de nuevo la hora. Tres minutos. Mierda, no quedaba mucho tiempo. ¿Qué tenía que decirle? ¿Solo felicitarla? ¿No sería muy aburrido o...?

Me detuve de golpe cuando me di cuenta de que me miraba fijamente, confusa.

—¿Eh? —murmuré.

—¿Me estabas escuchando?

—Sí, sí.

—¿Y qué decía? —enarcó una ceja, divertida.

—Que... ¿algo sobre un coche?

Me puso mala cara. Vale, respuesta incorrecta.

—¡He dicho Gucci, no coche! ¿Qué te tiene tan distraído? —me dio un repaso con los ojos.

—Nada.

—Ross...

—Nada —oh, no, maniobra de distracción, ¡rápido!—, ¿qué miras tú?

—¿Eh?

—Me acabas de dar un repaso con los ojos. Lo he visto.

Jen dio un paso atrás y su cara delató que era verdad.

—¿Eh? —repitió, empezando a enrojecer—. No, yo no...

—Sí, tú sí —sonreí ampliamente.

—¡Que no!

—¡Que sí!

—¡Que no!

—¡Que sí, Mich...! —y me dio un manotazo en el estómago—. ¡Auch!

—¡Que no me llames Michelle, pesado!

Se marchó muy enfadada y le miré el culo antes de seguirla, divertido.

—¿Sabes que eso es maltrato? Y por tercera vez en una noche. Podría denunciarte.

—Pues búscate a otra que te ajuste las corbatas y te ordene el armario. Y que te aguante.

Sonreí, encantado, y miré el móvil de nuevo antes de acercarme a ella. Jen se había sentado en el sofá, así que le aparté las piernas para tener lugar y, bueno... quizá también para robarle el mando de la televisión.

—¿Qué es esta basura? —pregunté, señalando el reality que estaba viendo.

—¿Por qué solo es basura cuando no te gusta a ti?

—Porque yo tengo buen gusto.

Y ella era la prueba, después de todo.

—¿Quién te ha dado permiso para cambiar de canal? —se enfurruñó.

—Los papeles del piso. Y de la televisión. ¿A que no sabes qué pone en esos papeles?

Estuve a punto de añadir un Michelle al final, pero me contuve para salvar mi vida.

—¿Que son tuyos? —sugirió, entrecerrando los ojos.

—Bingo —me llevé la mano al corazón dramáticamente—. Eres muy lista.

Cambié de canal con una sonrisita triunfante mientras ella seguía matándome con la mirada.

—Y en esta casa no se miran realities basura —añadí para irritarla.

—¡No son basura!

—Son muy basura.

—Tú sí que eres basura.

—Tú más.

—No, tú más.

—No, tú mucho más.

—No, tú muchísimo más.

—No, tú muchisísimo más.

—No tú much... —suspiré, todavía cambiando de canal—. ¿Por qué demonios no hacen nada que valga la pena?

—Porque saben que tú tienes el mando.

Sonreí, divertido. ¿Por qué había tardado tanto en volver? Echaba de menos que me callara con bromas crueles.

—No te metas conmigo o volveré a llamarte Michelle —amenacé.

—¿Tú puedes meterte conmigo y yo contigo no?

—Exacto.

—Pues me parece fatal. Todos mis amigos han hecho eso siempre.

—Pues tendremos que cambiar eso. Aquí los derechos a meterse contigo están reservados.

—¿Y solo tú puedes meterte conmigo?

—Sí, solo yo.

Y en todos los aspectos, querida Michelle.

Volví a mirar el móvil. Un minuto. Estaba nervioso. ¿Por qué demonios estaban nervioso?

Justo cuando vi que Jen se incorporaba para ver qué miraba con tanta atención, me apresuré a esconder el móvil.

—¿Qué demonios mir...?

—Sht —y le puse un dedo sobre los labios, divertido.

Ella miró el dedo y luego me puso mala cara, apartándose.

—Oye, ¿qué...?

Ah, no. Cuando intentó volver a asomarse, le cubrí la cara entera con la mano. No pude evitar empezar a reírme cuando se frustró conmigo.

—¡Suéltame! —y me pellizcó la muñeca sin piedad—. ¡No puedo ver nada!

—Esa es la idea.

—¡Suéltame!

—¡Espérate, pesada!

Miré el móvil. Ya casi...

—¿Esperar a qué?

—Que te esperes.

—¡¿A qué quieres que esp...?!

La solté de golpe y le estrujé ambas mejillas con una mano, enseñándole el móvil felizmente. Las doce en punto. Perfecto.

Pero... claro, Jen solo se quedó mirándolo con una mueca de confusión.

—Precioso fondo de pantalla —me dijo.

Oh, iba a matarla.

Ella me miró, confusa.

—¿Me vas a decir ya qué...?

—Feliz cumpleaños, Jen.

Me quedé en silencio con una sonrisita orgullosa, esperando el momento en que ella reaccionara.

Pero... nada.

Pasaron unos cuantos segundos y lo único que hizo fue abrir mucho los ojos.

—Oh —masculló, pasmada.

—No me digas que se te había olvidado —enarqué una ceja.

Y se puso roja, claro.

—¿Eh? —murmuró torpemente—. ¡Claro que no se me había olvidado!

—Claro que sí se te había olvidado —sonreí, divertido.

Qué desastre era Jen. Pero bueno, era mi desastre.

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