Tres meses

Tres meses


Capítulo 15

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—¡Que no...! —intentó insistir, pero la corté al volver a apretujarle las mejillas.

—Eres un desastre, Will tiene razón —dije, divertido—.

Y mira que a mí se me dan mal estas cosas, pero superarte es cada vez más difícil. En fin, feliz cumpleaños. ¿Cuántos cumples? ¿Doce añitos? ¿Diez?

Ella me puso mala cara y me apartó la mano, irritada, pero no me podía importar menos.

Definitivamente, había valido la pena irme de ahí. Aunque la bronca de Joey iba a ser interesante.

***

—¡Irte de tu propia premiere! ¡¿Cómo se te ocurre, Ross?!

Y... ahí estaba la bronca de Joey.

Tenía la frente pegada a la mesa y mis ganas de morirme aumentaban a cada grito que soltaba Joey, furiosa, dando vueltas por el camerino. Había tenido que ir a otra entrevista aburrida. Vivian se estaba arreglando el maquillaje con una sonrisita mientras escuchaba la bronca.

—Tenía cosas que hacer —me limité a decir.

—¡Sí, atender a tus seguidores!

—¡Seguro que ni siquiera se dieron cuenta de que no estaba ahí!

—¡Pues claro que se dieron cuenta, Ross! ¿Qué era tan importante como para irte así?

—Mi novia.

Lo solté sin siquiera pensar. Vivian se dio la vuelta en seco hacia mí y yo me aclaré la garganta, incómodo.

—Mi exnovia —corregí en voz baja.

Joey había suavizado su expresión con eso último, pero igualmente me puso mala cara.

—Podrías haberme avisado, al menos.

—Me habrías dicho que no.

—¡Pero te habrías ido igual y al menos me habría enterado!

Sonreí un poco, divertido.

—Vale, la próxima vez te avisaré.

—¿La próxima vez? ¡No debería haber próxima vez!

—Pues resulta que tengo que irme —sonreí como un angelito—. Sigue siendo su cumpleaños. Tengo que ir a su fiesta.

—¿Yo no estoy invitada? —masculló Vivian, de mal humor.

No respondí. Solo dediqué a Joey mi sonrisita más encantadora al estrujarla en un abrazo.

—No te enfades conmigo, en el fondo sabes que te quiero —le dije felizmente.

—Deja de tocarme o voy a darte una patada, Ross.

—¿Sabes? —me separé, divertido—, me recuerdas a Sue, mi compañera de piso. Ella también tienda a darme patadas cuando intento abrazarla.

—Pues ya me cae bien —sonrió, pero se distrajo cuando su móvil empezó a sonar—. Venga, vete a ese cumpleaños y pásalo bien. Yo me encargo de la próxima entrevista.

—¡Eres la mejor, Joey! —le planté un beso en la mejilla y ella estuvo a punto de darme un manotazo, pero la esquivé justo a tiempo.

Definitivamente, Sue y ella se llevarían bien.

Conseguí llegar a casa en tiempo récord. Y lo primero que vi al entrar fue al amiguito de Jen estrujándola en un abrazo. Tuve que contenerme para no poner mala cara.

—Estás senssssacional —le chilló su amiguito.

—Hola, Charlie —enarqué una ceja sin poder evitarlo.

Jen puso los ojos en blanco cuando él se separó de un salto y se fue con los demás. Cuando me puso mala cara, fingí que no me daba cuenta.

—Bueno, bueno —Naya levantó dos cervezas felizmente—, ¿quién quiere beber algo?

Está claro que ella no, porque en cuanto hizo un ademán de abrir una cerveza Will se la quitó y ella se puso a gimotear, lamentándose.

Al final, me quedé sentado en el sofá junto a Jen, mirando las botellas de alcohol con cierta incomodidad. No había tomado nada de alcohol desde la noche en que había aparecido borracho. Y hacía todavía más tiempo que no me tomaba nada de lo otro. No me gustaba mucho eso de tener la tentación tan cerca de mí. Aparté la mirada y me aclaré la garganta.

Y, justo en ese momento, noté que Jen acercaba su mano hacia mí. Me estaba ofreciendo un refresco. Ella también tomó uno para sí misma, aunque podría haber bebido alcohol perfectamente. Oh, Jen...

Abrí el refresco y le di un trago mientras los demás ponían música y se ponían a hablar y cantar. La verdad es que yo estaba un poco nervioso respecto al regalo de Jen. No estaba muy seguro de si le gustaría. Ni siquiera había mencionado nada sobre pintura desde que había vuelto. Esperaba que siguiera gustándole.

Creo que ya llevábamos tres canciones horribles elegidas por Naya cuando no pude más y me dejé caer contra el respaldo del sofá, resoplando.

—¿Quién le ha enseñado cultura musical a esta mujer?

Jen soltó una risita divertida y se acurrucó a mi lado. Tuve la tentación de pasarle un brazo por encima de los hombros, pero me contuve. Mejor no arriesgar demasiado.

—La radio, probablemente —me dijo, divertida.

—Bueno, eso estaba claro.

—No todo el mundo tiene un buen profesor que le enseñe estas cosas.

Si supiera todo lo que podía seguir enseñándole...

La miré de reojo. Estaba más cerca de mí de lo que había creído que estaría, y tuve que hacer un verdadero esfuerzo para no mirarle los labios. Especialmente si sonreía de esa forma. Me recordaba a la sonrisita que ponía cuando estábamos en la cama y empezaba a quitarle la ropa.

Vale, si empezaba a pensar en eso no podría concentrarme en ninguna conversación. ¡Concentración!

—Sí, todavía me acuerdo de cuando no conocías ni a Simba —bromeé.

—Ahora forma parte de mi vida diaria.

Le devolví la sonrisita y ya no pude evitar bajar la mirada a sus labios. Se los había pintado de un color bastante discreto, pero le brillaban más que de costumbre.

Y, justo cuando yo tragué saliva, ella dio un respingo y miró su móvil. Murmuró algo rápidamente y se alejó para responder a la llamada. No pude evitar mirarla de reojo unos segundos antes de girarme hacia delante. Naya me estaba pinchando una rodilla con un dedo, entusiasmada.

—¿Ya le has dado el regalo? —preguntó en voz baja.

Vale... puede que también le hubiera pedido ayuda a ella a la hora de elegirlo.

—Todavía no —puse una mueca.

—¡Cuando terminemos de jugar se lo das! Yo quiero ver su reacción. Seguro que le encantará.

Naya se separó de un salto y fingió que no me prestaba atención en cuanto Jen volvió a sentarse a mi lado. Su expresión había decaído un poco, pero preferí no preguntar mientras Naya echaba a Mike de encima de la mesa, donde estaba bailando como un loco mientras Sue lo grababa.

—¡Venga, fuera! —insistió Naya cuando vio que iba a tirar todas las botellas al suelo.

—¡Es mi momento! —protestó Mike.

—¡No, es el momento de los juegos!

Jen, a mi lado, abrió mucho los ojos.

—¿De los juegos?

—Sí, mira —casi tiró a Mike fuera de la mesa. No entendía cómo esa chica tan pequeñita podía tener la fuerza de Hulk—, he pensado que podríamos jugar a verdad o reto.

—Yo me apunto —dijo Lana enseguida.

—Y yo —Sue esbozó una sonrisita—. Siempre y cuando pueda hacer preguntas malvadas.

Mike se cruzó de brazos. Seguía enfurruñado porque nadie hubiera querido verlo bailar.

—Yo me apunto con la condición de que alguien me rete a bailar.

—Venga, yo también jugaré —sonrió Will.

Miré de reojo a Jen, que estaba dudando visiblemente.

—Y yo —dije sin pensar.

—Nosotros también —añadió Charlie.

—¡Genial, entonces jugamos todos! —exclamó Naya justo antes de que Jen pudiera protestar, cosa que me hizo sonreír.

Naya hizo girar la botella, que apuntó a Sue. No presté demasiada atención hasta que le hizo su pregunta.

—¿Con cuántos chicos has tenido sexo?

Sonreí disimuladamente cuando recordé que Sue solo había traído chicas a casa. Creo que nunca la había visto con un chico. Y con muy pocas chicas.

—Besarse no cuenta como sexo, ¿no? —preguntó.

—No —Charlie sonrió.

—Pues con ninguno.

Todo el mundo pareció sorprendido menos Will y yo, que intercambiamos una mirada divertida.

Sue, por otro lado, parecía casi ofendida.

—¿Por qué me has preguntado tan específicamente? ¿No puedo haber tenido sexo con chicas?

—Muy bien, ¿con cuántas chicas has tenido sexo?

—Supongo que los besos siguen sin contar.

—Así es.

—Oh, entonces... solo con sesenta y cinco.

Me atraganté con el refresco casi al instante.

Un momento... ¿tantas? ¿Cuándo demonios lo había hecho? ¡Si casi nunca traía a nadie y casi nunca salía de aquí!

—¿Sesenta y cinco? —repitió Jen, pasmada.

—Sí, ¿qué psa?

—Pero... —Naya, por primera vez en la historia, no tenía palabras—, ¿cuándo...?

—Que no hable de mis ligues no quiere decir que no existan.

Mike se había quedado con la boca abierta durante una pequeña eternidad, pero la cerró cuando Sue dijo eso último.

—Entonces, ¿eres lesbiana?

—Yo no he dicho eso.

—Acabas de decir...

—He dicho que he tenido sexo con chicas, no que solo me gustaran ellas.

Sonreí, divertido al ver la expresión de mi hermano cuando se dejó caer contra el sillón.

—Creo que voy a tomarme un momento para imaginarme eso y... un momento, ¡¿has estado con más chicas que yo?!

—Y que yo —masculló Charlie.

Jen me miró de reojo y yo fingí que estaba muy centrado en quitarme una pelusa del pantalón, aclarándome la garganta.

Mejor no decir nada.

Y así siguió el juego sin que prestara demasiada atención. De hecho, me limité a empezar a rasgar la etiqueta del refresco con un dedo distraídamente cuando fue el turno de Jen y la retaron a intentar engañarnos con unas cartas o no sé qué.

—Mhm... —murmuró ella, girando la primera—. El seis de tréboles.

Puse los ojos en blanco casi al instante.

—Mentira —dije sin necesidad de mirarla.

Jen me puso mala cara al instante, ofendida, cosa que me hizo llegar a la conclusión de que lo había adivinado.

—¿Qué te hace pensar que es mentira? —protestó.

—Lo es.

—¿Es mentira? —preguntó Chrissy, sorprendido.

Jen me fulminó con la mirada y yo intenté no echarme a reír cuando les enseñó el tres de corazones a los demás. Agarró otra carta y vi que se mordía un poco el labio al levantar la mirada y clavarla en mí. Ya sabía que iba a mentir y ni siquiera había abierto la boca. Era tan transparente...

—El ocho de...

—Mentira.

Jen puso una expresión tan ofendida que esta vez no pude evitarlo y me eché a reír.

—¡Ni siquiera he podido terminar! —protestó.

—No era necesario.

Enfadada, agarró otra carta cualquiera, y me miró fijamente tras echarle un vistazo rápido.

—El as de picas —casi sonó a amenaza.

Me di unos pocos segundos para disfrutar del momento antes de responder.

—Verdad —sonreí.

Furiosa mientras los demás se burlaban de la situación, Jen sacó otra carta más. ¿Cuándo iba a rendirse? Por mí, podíamos pasarnos la noche así.

—Cinco de rombos —espetó.

—Mentira —negué con la cabeza.

—¡Pues... era verdad! —enrojeció.

—Otra mentira.

—¡No estoy mintiendo!

—Y otra mentira.

Muy ofendida mientras todos los demás se reían a carcajadas, Jen dejó la carta bruscamente sobre la mesa y se cruzó de brazos, irritada.

—No quiero seguir jugando a esto —dijo, matándome con la mirada.

—¿La niñita no sabe perder? —le sonreí ampliamente.

Recogí todas las cartas que había dejado tiradas sobre la mesa distraídamente mientras ella seguía enfurruñada en su rincón del sofá.

—Seguro que las estabas viendo —masculló.

—No hacía falta.

No hacía falta —me imitó, molesta.

Empecé a reírme sin poder evitarlo.

—Bueno, ¿cuál es su reto? —preguntó Chrissy a Lana—. Porque está claro que ha perdido.

Vi que ella y Naya hablaban en voz baja y, de pronto, tuve una idea.

—Yo tengo uno —les dije.

Jen dio un respingo, temiéndose lo peor. Y tenía buenas razones, porque no iba a gustarle demasiado, pero yo iba a disfrutarlo cada segundo.

—¿Cuál? —preguntó Lana.

Me giré hacia Jen con una sonrisa maligna.

—Tienes que ver una película de terror.

Ella abrió los ojos de par en par al instante, negando frenéticamente con la cabeza.

—No —casi chilló.

—¡Yo quiero ver una película de terror! —chilló Mike.

—Yo no —Naya también tenía cara de horror.

—Yo sí —sonrió Charlie.

—Pues decidido —sonreí.

—¡Eh! —Jen me sujetó el brazo enseguida—, ¿cómo que decidido? ¡No todo el mundo ha hablado! Y mi voto vale por dos. Es mi cumpleaños.

—El mío vale por dos, también. Es mi casa.

—El mío vale por tres. Esa mantita es mía.

—El mío por cuatro. La televisión es mía, y el sofá donde has posado tu bonita culo de dimensiones insuficientes, también.

Sonreí como un angelito y ella se cruzó de brazos, frustrada.

—¿Podemos seguir? —pregunté felizmente.

En cuanto empezamos a elegir la película y ella se pegó a mí de brazos y piernas por debajo de la mantita, asustada, supe que había elegido el mejor reto de la historia.

—Te odio —masculló Jen mientras yo pasaba las películas.

—Más quisieras —sonreí.

Seguí pasando, intentando elegir alguna cualquiera para que siguiera así de pegada a mí un rato más.

—A ver... ¿la basada en hechos real...?

—¡No! —Jen dio un respingo—. No, no, no. Esa no.

—Es sobre una muñequita bonita, Jen —me burlé, divertido, señalando la muñeca fea de la pantalla.

—¿Eso es... bonito? ¡Es horrible!

—Sí, se llama Annabelle. Quiere ser tu amiguita.

Al final, ella eligió y yo me acomodé mientras me estrujaba con los brazos y las piernas, encantado. Apenas habían pasado unos minutos cuando empezó a dar respingos y a asomarse por encima de mi hombro cuando había momentos de tensión. Intenté no reírme con todas mis fuerzas.

—¿Qué hace? —masculló Jen cuando el niño de la película se acercó a la habitación maldita—. ¿Por qué se mete ahí? ¡No te metas ahí, idiota!

—Sabes que no puede oírte, ¿no? —le dijo Charlie, divertido.

—Cállate —masculló Jen, pero me atrapó la muñeca y se rodeó a sí misma los hombros con mi brazo, apretujándose contra mí. Sonreí felizmente.

Cuando terminó la película, yo apenas podía sentir el brazo. Jen me miró de reojo, avergonzada, mientras vi que su madre la llamaba y se apresuraba a responderle, alejándose del grupo. Miré de reojo a Mike, que estaba empezando a abrir las botellas de alcohol.

—Ni se te ocurra —le advirtió Will a Naya cuando ella miró las botellas con deseo.

—¡No iba a beber, solo quería... oler!

—No te lo crees ni tú —sonreí.

—¡Y tú no te metas! —se indignó, dándome un cojín en la pierna.

Divertido, tuve el impulso de agarrar una de las botellas de alcohol que Mike había abierto, pero me detuve justo a tiempo y agarré un refresco. Robé otro para Jen y la miré de reojo. Seguía hablando en voz baja con su madre.

Y, al instante, supe que algo iba mal.

No sé si fue por la forma en que se había quedado muy quieta por lo tensos que estaban sus hombros, pero me detuve en seco y me quedé mirándola unos segundos antes de ponerme de pie.

Jen estaba mirando fijamente un punto cualquiera de la pared. Estaba lívida. Fruncí el ceño y le sujeté el mentón suavemente, obligándola a mirarme. Era como si me mirara pero a la vez no pudiera verme. ¿Qué le pasaba?

—¿Qué pasa? —pregunté, confuso.

Ella no dijo nada, pero le estaba temblando el labio inferior. Tras dudar unos instantes, le quité el móvil de la mano y me lo llevé a la oreja.

—¿Jenny? —la voz ansiosa de su madre me sorprendió—. Jenny, por favor, respóndeme, ¿qué...?

—Soy Jack —aclaré, y tuve que carraspear—. Jen se ha quedado... pálida. ¿Qué pasa?

—Oh, Jackie, cielo... la abuela de Jenny, mi suegra... ha fallecido —me dijo con voz temblorosa—. Ha sido muy rápido. Apenas hemos tenido tiempo para asimilarlo. Y Jenny... ella la quería mucho.

Oh, mierda.

Cerré los ojos un momento antes de mirar a Jen. Ella seguía lívida, solo que ahora tenía los ojos llenos de lágrimas. Le puse una mano en la nuca y la acerqué a mí hasta que tuve su mejilla pegada al pecho.

—Lo siento mucho, señora Brown —murmuré.

—No te preocupes por mí, cielo. Solo... voy a comprarle un billete a Jenny para que pueda venir al entierro. Si pudieras estar con ella hasta entonces... no creo que quiera estar sola ahora mismo.

—No se preocupe, estaré con ella —le aseguré enseguida.

—Gracias, cielo —y sonó tan aliviada que casi pareció que iba a ponerse a llorar ella también—. Tengo que colgar, hay que avisar a los demás familiares y... bueno, cuida de mi niña, Jack.

Bueno, si algo podía tener seguro, era eso.

Nos despedimos rápidamente —era obvio que ella solo quería terminar con las llamadas a familiares y poder pasar el luto en paz— y me metí el móvil de Jen en el bolsillo. Miré a Will por encima de la cabeza de Jen. Todos se habían quedado mirándome con expresiones confusas.

Apreté los labios y le dediqué una mirada significativa. Él no entendió qué pasaba, pero sí que quería que se fueran todos, así que él y Naya empezaron a encargarse de cancelar la fiesta mientras yo me llevaba a Jen a nuestra habitación.

En cuanto estuvimos solos, empecé a apartar las sábanas y a no saber qué hacer. No sabía cómo manejar esto. Nunca había tenido que lidiar con la muerte de un familiar. La única había sido la de mi abuelo, pero yo era tan pequeño que apenas lo recordaba.

Miré a Jen, dubitativo, y noté que me paralizaba por completo cuando vi que ella estaba a punto de llorar.

—Joder, lo siento mucho, Jen —musité, acercándome y abrazándola con fuerza. No sabía qué hacer—. Estoy aquí, tranquila. Lo siento mucho.

Y... bueno, fue una noche bastante jodida. No sé cuántas horas se pasó llorando Jen y cuántas durmiendo, pero yo no pude dormirme. Estaba demasiado frustrado conmigo mismo por no saber qué hacer para ayudarla. No sabía cómo afrontar esas situaciones, así que simplemente me quedé con ella. Era lo único que podía hacer.

Por la mañana, mientras ella se despedía de los demás en el salón, me acerqué a su armario y lo revisé con los ojos. Iba a estar en casa de sus padres tres días, no necesitaba gran cosa, pero... bueno, metí unas cuantas cosas que había visto que se ponía mucho y mi mano se quedó suspendida cuando vi la sudadera de Pumba que le había dado el año pasado.

Espera, ¿la había guardado?

Me quedé mirándola unos segundos antes de meterla en la mochila junto con lo demás y cerrarla, colgándomela del hombro.

Jen no dijo gran cosa de camino al aeropuerto. Will se había ofrecido a conducir, así que ella simplemente tenía la cabeza apoyada en mi hombro y de vez en cuando se pasaba el dorso de la mano por debajo de los ojos. Naya y Will fingieron que no se daban cuenta cuando le pasé un brazo por encima de los hombros y le quité las lágrimas con los pulgares. Jen me dedicó una pequeña sonrisa triste.

Vale, no quería que se fuera, pero tenía que irse. No me gustaba dejarla sola estando así de triste. Incluso aunque supiera que su familia la estaba esperando en su casa.

Tragué saliva cuando Naya y Will se despidieron de ella ya dentro del aeropuerto. Mierda, quería ir con ella. Y, por la mirada que me echó cuando se acercó, me dio la sensación de que ella también quería que fuera, pero no estaba muy seguro. Y era un momento muy íntimo para su familia. No quería molestar.

Así que me limité a colgarle la mochila del hombro y sujetarla por la nuca.

—Aunque no esté ahí físicamente, no estarás sola —murmuré—. No lo estarás en ningún momento, ¿vale?

Ella asintió con la cabeza y le di un beso en la frente antes de soltarla. Jen me miró unos segundos y, tras respirar hondo, se dio la vuelta y se perdió entre la gente.

Y, así de fácil, ya se había marchado otra vez.

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