Tres meses
Capítulo 17
Página 26 de 35
Capítulo 17
—No me puedo creer que realmente creyeras que diría que no a una lasaña.
Puse los ojos en blanco.
—¡Déjame en paz ya con el tema! —protesté, mirando al frente.
Jen se cruzó de brazos, también mirando al frente. No me podía creer que me hubiera estado torturando con la maldita lasaña durante todo el camino.
Mike, por cierto, solo se reía de mí en el asiento trasero.
—Por cosas como esta me alegra estar solo —murmuró felizmente.
—Y así seguirás —mascullé, molesto.
—Bueno, siempre tendré a mi hermanito querido.
—No.
—Y a mi cuñadita querida.
Jen le dirigió una mirada de ojos entrecerrados un instante antes de quedarse en silencio por un buen rato. De hecho, parecía tan concentrada en algo que me vi obligado a pincharle el brazo con un dedo para que volviera a la vida.
—¿En qué piensas tanto?
—En que deberías estar agradecido por esa sudadera tan bonita y nueva que llevas puesta.
Bueno, vale. La sudadera que me había comprado me gustaba.
Pero ¿admitirlo? ¿Yo? Jamás.
Llegamos a casa de mis padres y dejé el coche en el garaje. Mike fue el primero en entrar y saludar a mamá.
Menos mal que Jen todavía cerraba la puerta del garaje cuando mi madre se acercó con una sonrisita feliz y me estrujó las mejillas con los dedos.
—Me alegra que hayáis venido los dos juntitos —canturreó.
—Mamá... —mascullé, avergonzado, intentando apartarme.
Al menos tuvo la piedad de soltarme cuando Jen llegó.
—Hola, querida —le dijo mamá con su sonrisita encantada—. ¿Cómo estás?
—Bien. Gracias por invitarme —Jen sonaba bastante tímida.
—Gracias por venir. Jackie me había dicho que quizá no querrías.
Jen me dirigió una mirada rencorosa, desenterrando el hacha de guerra por enésima vez.
—Madre mía, tampoco he matado un perrito —mascullé—. No me mires así.
Y empezaron a burlarse de mí. Puse los ojos en blanco. Hora de ir a ver a mi abuela.
Casi me caí de culo al suelo cuando la vi masacrando un supermercado con mi hermano en la consola.
—¿Tengo que matar a ese? —le preguntó a Mike con una mueca de concentración.
—¡Sí, rápido o sacará una ametralladora y...! —ahogó un grito cuando la pantalla se volvió roja—. ¡ABUELA! ¡Ya te ha matado!
—Pero... ¡si era un niño!
—Abuela, tenía treinta años.
—Pues eso, un niño.
—¡Saca ya las granadas o...! ¡¡ABUELA!! ¡Vas a hacer que nos maten a los dos!
—¿Sabes lo que contamina una granada, jovencito? No usaré eso.
Jen me dedicó una sonrisita divertida antes de que ambos nos acercáramos a ellos. Creo que ninguno de los dos se dio cuenta de nuestra presencia hasta que estuvimos justo al lado y mi abuela miró a Jen con una sonrisita encantada que era casi la misma que la de mi madre.
Por favor, ¿no podían disimular un poco que se alegraban de volver a verla viniendo por aquí?
—Hola, Jennifer —le dijo felizmente—. ¿Has visto esto? Me estoy modernizando.
—¿Estás segura de que quieres empezar esto de los videojuegos disparando? —pregunté, divertido.
—Relaja bastante. Creo que me compraré una consola de esas para mi casa. Y mataré a la gente cada vez que me sienta frustrada.
Mi abuela, todo un encanto.
Estuvimos con ellos hasta que mi padre bajó las escaleras. No nos miramos el uno al otro. Había cierta tensión en el ambiente, como cada vez que nos veíamos. Noté que Jen me echaba una ojeada en cuanto él desapareció en la cocina, pero fingí que no me daba cuenta.
Fuimos todos a la mesa y me acomodé junto a Jen, que parecía algo nerviosa, también. Sin embargo, me distraje cuando vi que mi padre no se sentaba, solo daba tumbos con aire ansioso.
—¿Qué haces? —preguntó mamá, mirándolo.
—Estoy esperando... oh, ahí está.
Apenas había sonado el timbre y ya había ido a toda velocidad a la entrada. Miré a mamá con la pregunta grabada en los ojos, pero ella se encogió de hombros con aire perdido. Tampoco sabía nada.
Es decir... que no iba a gustarnos a ninguno de los dos. Si no, lo sabríamos.
Noté que Jen daba un respingo a mi lado y me obligué a mí mismo a mirar a mi padre, que como ya sospechaba... no vino con nada que fuera a gustarme demasiado ver.
Vivian, a su lado, me dedicó la sonrisita perfecta que usaba en las entrevistas.
—¿Vivian? —preguntó mamá, sorprendida.
Papá le señaló a Vivian la silla libre que había entre él y la abuela Agnes. Parecía encantado.
—Pensé que sería una buena idea que viniera. Para que conociera a la familia.
¿Y para qué demonios tenía que conocer Vivian a mi familia?
De mi padre me lo esperaba, pero... ¿de ella? ¿Para qué había accedido? Sabía que no me gustaría. No entendía a esa chica.
—¿Para que conociera a la familia? —repitió mamá, con el tono que solía usar para regañarnos a mí o a Mike, pero que nunca había usado con mi padre.
Espera, ¿mi madre estaba hablando con firmeza a mi padre?
Levanté las cejas, sorprendido, mientras Vivian se sentaba y decía no sé qué. Yo solía podía mirar fijamente a mi madre. Verla respondiendo a mi padre sin miedo a las consecuencias era... extrañamente agradable. Nunca había visto esa faceta en ella.
Pero ahora no era el momento. Primero, tenía que asesinar a mi padre con la mirada. Así que lo hice por un rato para sentirme realizado conmigo mismo.
La conversación de esa cena fue... considerablemente incómoda. Me daba la sensación de que solo hablaba Vivian. Y no dejaba de hacerlo. Eché unas cuantas ojeadas a Jen, pero me daba la sensación de que tenía la misma expresión intimidada que la primera vez que se había encontrado con Vivian. Y eso me frustraba bastante.
Y lo peor es que Vivian sabía que provocaba eso en ella, porque cuando la miré con mala cara se limitó a sonreírme dulcemente, aumentando mi mal humor.
—Bueno —dijo mi abuela, cortando en seco una frase Vivian y dirigiéndose a Jen—, no pude felicitarte por tu cumpleaños. Felicidades atrasadas, querida.
Jen levantó la mirada por primera vez desde que nos habíamos sentado y le dedicó una pequeña sonrisa.
—Oh, es cierto —mamá también la miró—. Felicidades, Jennifer. ¿Has recibido algún regalo?
Noté que mis hombros se relajaban cuando Jen me dirigió una sonrisita bastante privada.
—Jack me dijo que le habías aconsejado a la hora de elegirlo.
La verdad es que me daba un poco de vergüenza que a mi madre se le iluminara la mirada cada vez que me llamaba Jack en lugar de Ross.
—Oh, sí. Espero que te guste el óleo.
—Y pintar —añadió Mike, a quien casi no le cabía espacio en la boca para respirar porque parecía querer ahogarse a sí mismo en lasaña.
—Me encanta —le aseguró Jen, y se le iluminó la expresión, como siempre que hablaba de algo que le gustaba—. No puedo esperar a estrenar la caja.
—No entiendo eso de pintar —murmuró Mike—. Es decir... ¿no te aburres? Parece aburrido.
—Es que destrozar un micrófono a gritos es mucho más entretenido —enarqué una ceja.
—Pues tiene su arte —protestó Mike, muy digno—. Y te desahogas.
Sonreí un poco cuando vi que la cosa se había calmado, pero todo volvió a irse a la mierda cuando escuché que Vivian se aclaraba la garganta y Jen la miraba.
—Y... ¿cuántos añitos cumpliste?
Estoy seguro de que pudo notar los puñales que le lanzaba con la mirada.
Y más cuando empezó a burlarse de ella.
Me contuve para no decir nada inapropiado porque supe que a Jen no le gustaría ni aunque fuera por defenderla. Solo estuve callado como un idiota todo el rato, mirando fijamente a Vivian como si quisiera desintegrarla.
Ya había pasado un rato cuando noté que ella buscaba mi mirada. La ignoré unos segundos, pero al final la clavé en ella, enfadado. ¿Ahora qué demonios quería?
Vivian me sonrió con dulzura y se señaló la nariz de forma significativa antes de señalar a Jen y guiñarme un ojo. Noté que se me tensaba todo el cuerpo.
Jen sabía lo que había estado haciendo ese año. Y sabía que seguía con ello, pero... no estaba muy seguro de si sabía hasta qué punto seguía enganchado a esa mierda. Y no quería que Vivian fuera la que se lo dij...
—¿Estás bien?
Noté que una oleada de pánico me invadía cuando miré a Jen, que tenía una mueca preocupada.
—Sí —dije enseguida.
—¿Estás seguro?
—Sí —mascullé más secamente de lo que pretendía.
Me arrepentí al instante, y más cuando vi que la sonrisita triunfal de Vivian se acentuaba. Jen apretó los labios y murmuró algo antes de subir las escaleras, supongo que al cuarto de baño.
Y, claro, yo me giré en seco hacia mi padre, que seguía bebiendo vino como si no hubiera nada malo en esa situación.
—¿En qué momento se te ha ocurrido venir con ella? —mascullé, señalando a Vivian con la cabeza.
Mi padre se limitó a mirarme con cierto desprecio en los ojos.
—¿En qué momento se te ha ocurrido a ti venir con ella? —preguntó, señalando las escaleras por las que Jen había desaparecido.
—Esta cena supuestamente era por su cumpleaños —la defendió mamá.
—Pero Jack dijo que no iba a venir, ¿no?
Vivian, mientras toda la conversación transcurría, se limitó a mirarnos a todos sin una sola pizca de vergüenza.
—¿Y tú? —le pregunté sin poder contenerme.
—¿Yo qué? —enarcó una ceja.
Apreté los labios y me puse de pie, señalando la entrada con la cabeza.
—¿Podemos hablar un momento, Vivian?
—Siempre tengo tiempo para ti.
Casi echaba humo por las orejas cuando me detuve en el pasillo de la entrada, alejado de los demás. Vivian me siguió sin decir nada y se cruzó de brazos delante de mí con una pequeña sonrisa.
—¿Esa sudadera es nueva? —preguntó—. Intenté comprarte ropa cuando estuvimos en Francia y no me dejaste. Veo que has cambiado de opinión.
—Pues me la ha comprado Jen.
Ella por fin perdió parte de esa sonrisita para mirarme casi con rencor.
—Sigo sin entender qué ves en ella.
—¿Qué haces aquí, Vivian? —le pregunté directamente.
—Tu padre me invitó. No podía decirle que no.
—Sí que podías. Y no lo hiciste.
—Bueno, puede que no quisiera.
—Esta cena es por el cumpleaños de mi nov... de mi exnovia. Si ella no está cómoda contigo aquí, lo mínimo que podrías hacer es irte.
—¿Y por qué no está cómoda conmigo? —preguntó, dando un paso hacia mí—. ¿Le has contado lo que pasó entre nosotros?
—No, porque ni siquiera lo recuerdo —dije entre dientes.
—A lo mejor debería contárselo yo, que sí me acuerdo.
—Vivian, lárgate de aquí.
Me sostuvo la mirada por lo que pareció una eternidad hasta finalmente asentir una vez y girarse hacia el salón.
—Voy a despedirme y...
—No —la corté, ya estaba demasiado enfadado—. Vete, ahora.
—Pero...
—Lo digo en serio.
Ella me dedicó una mirada resentida antes de mascullar un insulto e ir directa hacia la puerta principal. Me quedé ahí de pie en el pasillo unos segundos intentando calmarme antes de volver, pero entonces escuché unos pasos acercándose.
—Jackie —mi madre se detuvo delante de mí, y me sorprendió ver que parecía algo nerviosa—, ¿por qué no vas a buscar a Jennifer? Hace un rato que está arriba.
—Déjala, mamá. Creo que se ha cabreado. Es mejor que se tranquilice y baje cuando ella quie...
—Es que... mhm... tu padre acaba de subir también —aclaró en voz baja—. No quiero ponerte nervioso, pero... bueno, ve a buscarla, ¿vale?
Me quedé mirándola un momento antes de reaccionar e ir hacia las escaleras. Las subí a una velocidad sorprendente y crucé el pasillo. Conociendo a Jen, seguro que había usado el cuarto de baño de mi antigua habitación. Tragué saliva y noté que los nervios aumentaban cuando me acerqué a la puerta entreabierta y...
—¿Qué te crees que quiere? ¿A ti?
Me detuve en seco al escuchar la voz de mi padre y me quedé mirando fijamente la puerta, pasmado.
¿Estaban hablando de...?
—Por favor, Jennifer. Los dos sabemos que no eres lo mejor para él.
—Tú no sabes lo que es mejor para él. Nunca lo has sabido.
Y esa era Jen, solo que sonaba... sorprendentemente enfadada. A mí nunca me había hablado así, y eso que la había cabreado mil veces.
Una parte de mí quería entrar y llevarme a Jen lejos de ese imbécil, pero la otra... no era capaz de moverse.
—Puede que no lo conozca tanto como me gustaría —siguió mi padre—, pero sé lo que es mejor para su futuro.
—¿Su futuro? —Jen soltó un bufido despectivo—. No, lo de la escuela, lo de Vivian... que quieras todo eso para él no tiene nada que ver con su futuro. Solo quieres tener el poder de presumir de que tu hijo ha hecho todas esas cosas.
—Sabes que eso es una bobada.
—No, no lo es. La única bobada de esta historia fue escucharte cuando me dijiste todas esas... tonterías... en Navidad.
¿En Navidad? ¿En su casa?
Eso había sido justo antes de que las cosas entre nosotros terminaran. ¿Qué...?
—¿Y qué te dije, Jennifer? —siseó mi padre—. ¿Que lo dejaras? ¿Yo dije eso? Porque no lo recuerdo así.
Espera, ¿qué?
Di un paso atrás, entreabriendo los labios.
—Sabías muy bien lo que estabas haciendo —le dijo Jen en voz baja, furiosa.
—Solo tuve una conversación contigo. En ningún momento te dije que lo dejaras.
—¡Me estabas manipulando!
—Querida, eres demasiado fácil de manipular, pero yo no te dije que lo dejaras tirado. Fue decisión tuya.
Entreabrí los labios. ¿Qué...? ¿Por eso me había dejado?
¿Porque él... la había convencido de hacerlo?
Y ahora estaba haciendo lo que hacía siempre que yo le acusaba de manipularme, girar la situación para que el culpable pareciera la otra persona. Apreté los dientes.
—¡No, pero me metiste la idea en la cabeza, y lo sabes perfectamente! —insistió Jen, frustrada—. ¡Lo hiciste a propósito! ¡Y yo fui lo suficientemente idiota como para escuchar media palabra de lo que decías! ¡Debí hacer caso a Jack e ignorarte!
Sí, para una vez que daba un buen consejo a alguien... ¡no me escuchaba!
Maldita sea, ¿todos estos meses...? ¿Había sido todo por culpa de ese imbécil? ¿Por qué demonios Jen no me había dicho nada hasta ahora? ¿Por qué no había hablado conmigo antes de irse de esa forma?
Me pasé las manos por la cara. Era demasiada información en muy poco tiempo. Y ellos no dejaban de hablar.
—¿Y qué harás ahora? —le preguntó mi padre—. ¿Le dirás la verdad? En el mejor de los casos, consigues que te crea y me eche la culpa. Pero... él pierde a su padre. En el peor de los casos, te echa a ti toda la culpa y te deja. Él pierde a su novia.
Hizo una pausa, y yo apreté los puños. Me frustraba saber perfectamente saber lo que estaba haciendo porque lo había visto miles de veces antes.
—Hagas lo que hagas, va a perder a alguien —siguió él en voz baja—. Por tu culpa. Otra vez.
Él hizo una pausa, y yo cerré los ojos. Tenía que entrar, pero a la vez... quería saberlo. Quería saber si Jen caería otra vez en lo mismo. Una parte de mí tenía la esperanza de que esta vez no se dejara manipular.
—¿Vas a decírselo, Jennifer? —insistió—. ¿Vas a volver a tirar toda su felicidad por la borda por una decisión impulsiva?
—Nunca te ha importado su felicidad —casi susurró ella.
—Más de lo que te crees. ¿Qué creías? ¿Que iba a permitir que sacrificara toda su carrera por una relación con alguien que conocía desde hacía pocos meses? ¿Por alguien como tú?
—Él era mucho más feliz antes que ahora. Y sí, quizá gran parte de la culpa sea mía, pero eso no quita que tú también la tengas.
—Algún día, Jennifer, cuando te deje y se dé cuenta de cómo es la vida real, me lo agradecerá.
—¿Cómo te agradeció lo que fuera que hicieras por él en el instituto?
Me tensé de pies a cabeza al recordarlo, pero mi expresión era de sorpresa.
Bueno... no puedo decir que no me gustara esa Jen destruye-padres-capullos.
—Ten cuidado —advirtió él en voz baja.
—No sé lo que hiciste, pero los destrozaste. No solo a Jack, a Mike también. ¿Qué clase de padre hace eso?
—Un padre que sabe lo que es mejor para su hijo.
—¡Tenía veinte años, no diez! ¡Era lo suficientemente mayor como para saber lo que era bueno para él y debimos dejar que lo decidiera por sí mismo!
—Mi hijo es un desagradecido, Jennifer, pero...
—¿Desagradecido? —Jen casi escupió la palabra, y yo no supe muy bien cómo sentirme al respecto.
—¿Sabes cuántos ingresos desinteresados tuve que hacer a su instituto para que no le expulsaran cada vez que hacía una de sus tonterías? ¿Sabes la cantidad de veces que tuve que pagar sus fianzas porque se metía en peleas y tenía que ir a buscarlo a la comisaría como si hubiera criado a un criminal?
Un sentimiento amargo se extendió por todo mi cuerpo y agaché la cabeza.
—¡No sabías si era un criminal o no! —insistió Jen—. ¡Estabas demasiado ocupado pensando en lo buen padre que eras como para intentar serlo!
—¿Quieres que te haga una factura de lo que me debe?
—Eso es todo para ti, ¿verdad? ¡El dinero!
Sí. Era exactamente eso. Yo lo había aprendido hacía tiempo.
—¡Está aquí gracias a mi dinero! ¡Debería estar de rodillas agradeciéndome todo lo que he invertido en él en lugar de andarse con tonterías de novias y escuelas! ¡Sin mí, no sería más que un criminal drogadicto tirado por algún callejón!
—¡Sin ti, sería un chico normal y corriente, sin problemas, que habría cumplido su sueño por su talento!
—¿Y tú qué sabrás?
—¡Sé que un niño necesita amor, no dinero! ¡Lo que necesitaba no era que le pagaras las fianzas, sino que te sentaras con él para entender qué estaba mal! ¡No pagar al colegio para que no lo expulsaran, sino darte cuenta de lo que estaba pasando en su vida e intentar hacérselo más llevadero! ¡Intentar ayudarlo! ¡Quererlo! ¡Demostrarle que no está solo! ¡Eso es lo que hace un padre que quiere a su hijo, no pagarle todo para poder echárselo en cara más tarde, como si te debiera algo!
Parpadeé, perplejo, mirando la puerta de mi habitación.
—¿Qué insinúas? ¿Qué no quiero a mi hijo?
—¡No, no le quieres! ¡Solo... te quieres a ti mismo! ¡Ni Jack, ni Mike han recibido la mitad del amor que se merecían, y todo por tu culpa!
Miré inconscientemente las escaleras. Estaban gritando, así que seguro que Mike lo había oído todo. Apreté un poco los labios.
—¿Y tú qué sabrás? Eres una niña.
—Una niña que quiere más a Jack que su propio padre.
Espera, ¿qué...?
¿Acababa de decir...?
—Cincuenta mil —mi padre cortó mi hilo de pensamientos frenéticos—. Es mi última oferta.
Jen soltó lo que pareció un bufido cansado.
—No lo entiendes, ¿verdad? Nunca vas a tener el dinero suficiente como para eso. No hay una cifra. Nunca la habrá.
Mi cerebro seguía medio entumecido cuando escuché pasos acercándose a la puerta del cuarto de baño, y luego a la de mi habitación. Seguía sin poder moverme de mi lugar cuando Jen la abrió de golpe, furiosa, y se quedó pasmada al verme ahí.
Por un momento, solo nos miramos el uno al otro. Ni siquiera levanté la mirada cuando mi padre salió detrás de ella. No sabía ni cómo reaccionar.
—Jack... —empezó Jen en voz baja.
Y solo pude ser capaz de formular una pregunta:
—¿Te fuiste por eso?
Jen dudó visiblemente y, tras cerrar los ojos un momento, me miró con la culpabilidad grabada en ellos.
—Sí —me dijo con un hilo de voz.
Todo este tiempo pensando que se había ido con el otro idiota, que me había dejado porque realmente lo nuestro no había significado nada para ella... ¿y había sido por la maldita película? ¿Por mi padre?
No reaccioné hasta que noté que las manos de Jen me cubrían las mejillas, obligándola a mirarla.
Parecía tan preocupada que me entraron ganas de decirle que no pasaba nada, pero era incapaz de decir nada.
—Sé que debí decírtelo antes —empezó con un hilo de voz—. Lo siento mucho, Jack, no quería que...
—Lo he oído todo —mascullé. Sobraban las explicaciones.
Ella se tensó visiblemente.
—¿T-todo?
Sí, todo.
Miré a mi padre, furioso, y él se hizo pequeñito en su lugar.
Me quité las manos de Jen de las mejillas sin despegar la mirada de él. En cuanto Jen se apartó, confusa, di un paso hacia mi padre que él retrocedió al instante.
—¿La convenciste para que se marchara? —le pregunté directamente.
—Jack —ni siquiera me había dado cuenta de que mi madre hubiera subido, pero ahí estaba—. Cariño, creo que deberías irte antes de que hagas algo de lo que te arrepientas.
De lo único que me arrepentía era de no haberme ido de esa casa mucho antes.
Miré a mi padre con las ganas de darle un puñetazo aumentando a cada segundo que pasaba, pero entonces vi que él echaba una ojeada a Jen y, habiendo visto esa mirada tantas veces... ya supe lo que iba a hacer.
Iba a echarle toda la culpa a ella, ¿verdad?
Ojalá hubiera podido decir que me sorprendía, pero no lo hacía. En absoluto. La única pregunta era hasta qué punto sería capaz de llegar.
—Sí —dijo Jen de repente, acercándose a mí con cautela—. Jack, tengo que explicártelo todo y...
—¿Explicarme todo? —solté directamente, mirándola—. ¿Que te fuiste por una maldita tontería? Soy bastante consciente de ello, gracias.
Ella abrió mucho los ojos, sorprendida, pero no dejé que eso me desviara de mis intenciones. Ya me disculparía con Jen, pero ahora tenía que comprobar esto.
—Pero...
—¿Por qué demonios lo escuchaste? Te lo dije. Te dije que no lo hicieras.
—Lo sé, pero...
—¿Por eso no querías que te hiciera más preguntas el otro día?
—Jack, yo no...
—No, no me hables como si fuera un idiota. Estoy harto de esto. De tus mentiras.
Jen me miró como si le hubiera dado una bofetada, y estuve a punto de echarme atrás al instante en que lo vi, pero me contuve cuando ella se aclaró la garganta.
—Todo... todo fue por mi culpa —admitió en voz baja.
No dije nada, pero sí vi que empezaba a jugar compulsivamente con sus dedos, como cada vez que mentía. Tragué saliva y esperé que mi padre dijera algo, pero no lo hizo.
—Yo... —siguió Jen sin mirarme—, creí que... que era lo mejor para ti. Y lo hice. Y me arrepentí, muchas... muchas veces. Demasiadas. Pero... al final... al final has conseguido cumplir tu sueño. No fue para nada.
De nuevo, esperé en completo silencio, pero mi padre no dijo nada. Me giré hacia él con los labios apretados, pero no parecía tener ninguna intención de intervenir.
—¿Eso es verdad? —le pregunté directamente.
Él ni siquiera parpadeó a la hora de mentirme.
—Sí, es verdad.
No me lo podía creer. Era tan miserable que no me lo podía creer. Lo miré fijamente unos segundos antes de, sin poder evitarlo, soltar una risa amarga y despectiva.
—Eres un miserable —le dije en voz baja.
Él levantó la cabeza de golpe, sorprendido.
—¿Eh?
—¿Ibas a dejar que se echara toda la culpa? ¿De verdad?
Di un paso hacia él, que se encogió en su lugar.
—Jack, sé que ahora no puedes verlo —empezó con un hilo de voz—, pero...
—Oh, lo veo perfectamente. Veo a alguien que era capaz de dejar que la odiara con tal de que no me duela que mi padre sea un imbécil... y a ti. Créeme, lo veo perfectamente, papá.
Bajé la voz, intentando controlarme a mí mismo y no lanzarme sobre él. No quería ser así. No quería ser como él.
—No has cambiado nada desde el instituto, ¿verdad? —le pregunté en voz baja—. Quizá tu estilo ya no sea dar palizas, sino manipular a la gente, pero no has cambiado nada. Sigues siendo igual de miserable.
Él no dijo nada, tal y como esperaba. Nunca habíamos hablado tan abiertamente de eso. Era como si nadie quisiera mencionarlo. Pero yo ya estaba harto. No podía seguir así. Necesitaba sacarlo y no volver a solucionar las cosas como él me había enseñado a hacerlo.
—Pero ahora ya no soy un niño, ¿no? —seguí en voz baja—. Ya no puedes darme una bofetada para que haga lo que quieras. Ahora, sabes que eso ya no funciona. Y tienes que usar otros métodos. Porque sabes que podría hacerte mucho más daño yo a ti... que tú a mí.
En cuanto vi que se encogía, negué con la cabeza. No. Ya no iba a seguir solucionando las cosas con violencia. Estaba harto de ser así.
—No te molestes en hacer eso. Yo no soy tú. Puede que haya cometido algunos errores en el pasado, pero ya no soluciono las cosas como un puto animal.
Respiré hondo para calmarme e hice un ademán de girarme hacia Jen, pero me volví de nuevo hacia mi padre casi al instante.
—Pero si me entero de que has vuelto a hablar con ella, de lo que sea, en las circunstancias que sean —añadí en voz baja—... se me olvidará toda esa mierda de ser mejor persona que tú.
Lo miré unos segundos y él fue incapaz de decir nada. Eso era mi padre: muy valiente cuando la situación estaba a su favor, pero un cobarde de mierda en cuanto las cosas se torcían un poco.
Y no quería seguir estando en la misma casa que él.
Me di la vuelta y miré a Jen, dudando, antes de sujetarla de la mano. Ella parecía pasmada.
—Vamos a casa —le dije casi en un susurro.
Ella me miró durante unos instantes, todavía muda de la impresión, antes de asentir con la cabeza.
—Está bien —dijo con un hilo de voz.
Miré de reojo a mi madre al pasar, que no se atrevió a decir nada. Al igual que mi hermano. Tuvo que ser mi abuela quien nos dijera que fuéramos a casa. Todos habían escuchado todo. Y ahora todos estarían tristes por culpa de un miserable como papá.
Conduje en silencio hacia casa con Jen al lado, pensativa. No sabía qué decirle. O cómo sentirme. No me estaba dando a mí mismo la oportunidad de sentirme aliviado todavía. Necesitaba asegurarme de que no volvería a hacer eso de marcharse por mi bien.
En cuanto llegué al garaje y aparqué el coche, nos quedamos sumidos en ese mismo silencio por unos segundos más, hasta que me vi obligado a decir algo.
—Ahora ya lo sabes —le dije en voz baja.
Jen me miró de reojo, como si no se atreviera del todo a hablar de ello.
—¿El qué?
—Por qué nos llevábamos tan mal.
Jen apretó los labios y extendió una mano hacia mí, poniéndomela en el hombro.
—Os... golpeaba, ¿no? —murmuró con un hilo de voz.
Y ahí fue cuando decidí contárselo todo.
Estaba harto de no hablar de eso con nadie. Nunca lo había hecho. Sentía que con las únicas personas con las que podía hablarlo no querrían hacerlo. O le quitarían importancia. Jen no era así. Ella solo me escucharía e intentaría hacer que me sintiera mejor. Y era... justo lo que necesitaba.
Jen siempre era justo lo que necesitaba y quería. Solo esperaba ser justo lo que necesitaba y quería ella.
Le conté todo. Desde lo de Mike hasta lo de la cicatriz. Sentí un tremendo alivio cuando ella no se enfadó por no habérselo dicho antes. Solo escuchó con atención e hizo unas cuantas preguntas más, mirándome fijamente.
—¿Mary nunca...? —empezó, dudando—. ¿Nunca hizo nada? ¿O Agnes? ¿O... Mike? ¿Para defenderte?
Tragué saliva cuando se me formó un nudo en la garganta al recordarlo.
—Mi abuela nunca lo ha sabido —le dije en voz baja—. Cree que nos llevamos mal por... bueno, porque todos tenemos unos caracteres de mierda.
—¿Y los demás?
—No hicieron nada.
Ojalá eso no hubiera sido cierto, pero lo era.
—¿Nunca? —repitió Jen como si no se lo creyera—. Pero... ¿lo sabían?
—Lo sabían, sí. Y no hicieron nada. Nunca.
Apreté los dientes cuando Jen se quedó en silencio. Sin poder evitarlo, me giré hacia ella.
—Nunca me había defendido nadie. Nunca. Hasta hoy. Hasta que has llegado tú.
Jen tenía los ojos llenos de lágrimas cuando apartó la mirada hacia cualquier cosa que no fuera yo, no supe si emocionada o avergonzada —como cada vez que le decía un piropo—. O ambas cosas.
—He oído toda la conversación —añadí en voz baja, observando su reacción—. Incluida la parte en la que le decías que me querías. ¿Es... cierto?
Jen volvió a mirarme, y vi que seguía intentando contenerse para no ponerse a llorar.
—Sabes que es cierto, Jack.
Sí, pero necesitaba oírlo. Nunca me lo había dicho.
—Dilo —mascullé, un poco más ansioso de lo que me hubiera gustado demostrar. No me podía creer que esa noche tan horrible hubiera terminado con esta conversación tan perfecta.
—Jack...
—Si es verdad, dime que me quieres.
Jen entreabrió los labios y, por un horrible segundo, tuve la impresión de que iba a echarse atrás. Pero no. Solo respiró hondo y asintió con la cabeza.
—Te quiero.
Solté todo el aire que estaba reteniendo de golpe, como si mi cuerpo se hubiera relajado al instante.
Dudé antes de estirar el brazo hacia Jen y sujetarle una mejilla con la mano para acercármela. Apoyé la frente en la suya y me contuve antes de besarla. Necesitaba que me dijera algo más.
—No más secretos —le pedí en voz baja—. Prométemelo.
—Te lo prometo —dijo también en voz baja.
—Nunca más —insistí, mirándola—. Quiero que hables conmigo, no que te vayas corriendo porque crees que es lo mejor para mí.
—Lo sien...
—No digas que lo sientes —mascullé, odiaba que se disculpara conmigo—, solo dime que no volverás a hacerlo.
Ella asintió un poco antes de poner su mano sobre la mía, en su mejilla.
—No volveré a hacerlo. Te lo prometo.
Y por fin, después de un año, me daba la sensación de que todo volvía a estar bien.
Ya no pude aguantarlo más. Corté por completo la distancia entre nosotros y la besé en los labios con mucha más intensidad de la que pretendía. Hacía demasiado tiempo que me contenía.
Pero no. No íbamos a hacer eso en mi maldito coche, en medio del aparcamiento del edificio.
Por ahora.
Me separé intentando contenerme y ella me miró, sorprendida.
—Mañana me desharé de toda esa mierda —y casi se evaporó mi felicidad al recordar cómo había sido la primera vez que lo había conseguido.
—Hazlo cuando estés listo —murmuró Jen, mirándome.
—Ya lo estoy. Pero, ahora mismo, estoy pensando en hacer otra cosa muy distinta. Y mucho mejor.
Sonrió un poco cuando bajé del coche y fuimos al ascensor. Jen se apoyó con la espalda en la pared mientras yo le daba al botón, mirándola. No me lo podía creer. No me podía creer que esto estuviera pasando de verdad. Era demasiado bonito para ser cierto.
Sin poder contenerme, me acerqué a ella y le sostuve la cara con las manos para besarla. Apoyé mi cuerpo contra el suyo cuando noté que me sujetaba la espalda con las manos y apretaba los dedos.
De hecho, creo que me habría quedado ahí para siempre de no haber sido porque ella se separó riendo y metió la mano entre las puertas del ascensor, que se estaba cerrando. Ni me había dado cuenta de haber llegado.
Salí del ascensor buscando como un loco las llaves en mis pantalones. Cuando por fin las encontré y metí la correspondiente en la cerradura, vi de reojo que Jen me observaba con aire divertido.
—¿Algo que te parezca gracioso, Michelle? —entrecerré los ojos.
—Me enfadaría contigo por lo de Michelle, pero tu ansiedad me hace demasiada gracia.
Enarqué una ceja cuando su sonrisita divertida aumentó.
¡¿Cómo podía estar divertida en un momento así?! ¡Yo estaba frenético!
Finalmente abrí la dichosa puerta y ya no pude evitar acercarme a Jen, que se había detenido en medio del salón, y rodearla con un brazo por debajo del culo para levantarla e ir a la habitación de una vez. Ella soltó una risita divertida por el camino, pero dejó de reírse en cuanto cerré la puerta y quedamos los dos ahí dentro.
La dejé caer sobre la cama y clavé una rodilla entre sus piernas para sostenerme sobre ella, que empezó a quitarse el jersey y la camiseta que llevaba debajo rápidamente. Yo hice lo mismo con la sudadera, y sonreí un poco al ver que mientras la tiraba al suelo ella empezaba a deshacerme el cinturón frenéticamente.
—¿Algo que te parezca gracioso, Jackie? —entrecerró los ojos hacia mí.
Sonreí y levanté un poco su espalda del colchón para deshacerme de su sujetador. Casi empecé a babear y apenas la había tocado.
—Me enfadaría contigo por lo de Jackie, pero tus ganas se me están contagiando demasiado.
—Pues... —enganchó mi pantalón con un dedo y tiró hacia ella— ven aquí.
Y lo hice encantado.
***
—¿Jack?
Murmuré algo contra la almohada, pero no abrí los ojos. Aún así, noté un dedo pinchándome la mejilla.
—Jackie... despierta...
Finalmente abrí un ojo y miré a Jen, que estaba tumbada justo delante de mí, desnuda, con el pelo perfectamente despeinado, las mejillas sonrojadas y una sonrisita en los labios.
—Estoy dormido —le dije, y cerré los ojos.
—Yo creo que no.
—Jen, nunca creí que te diría esto, pero... no puedo más.
—Yo creo que puedes un poquito más.
—Solicito un descanso. Yo creo que me lo he ganado.
Empezó a reírse de mí y abrí los ojos de nuevo cuando volvió a pincharme la mejilla.
—A lo mejor debería buscarme un novio que me pueda seguir el ritmo —bromeó para irritarme.
—Oye, yo cumplo muy bien con mis funciones de novio —protesté, ofendido.
—Mhm... sigues sin tener un diez.
—Sigo sin creerme que no quieras darme un diez. He trabajado muy duro.
Volvió a echarse a reír y se acercó a mí. Se subió a mi espalda y esbocé una sonrisita cuando noté que se tumbaba sobre mí y me rodeaba con los brazos.
—¿Qué ha sido de don nos-queda-tiempo-para-un-asalto-más? —preguntó, asomándose por encima de mi hombro—. El año pasado lo decías mucho, ¿recuerdas?
—Me he vuelto viejo y amargado.
—¿En un año?
—Ahora soy un hombre, Michelle. Antes era un niño. Los niños tardan más en cansarse.
—Claaaro.
—Venga, a dormir.
—Tengo que ir al baño —me dijo, divertida, y se incorporó.
La miré de reojo ir felizmente hacia la puerta recogiendo mi camiseta por el camino y poniéndosela. Admito que disfruté más de lo que debería con el espectáculo.
Ya casi me había quedado demasiado embobado como para oírla cuando se detuvo justo antes de salir y me dedicó una sonrisita traviesa.
—A lo mejor dejo la puerta entreabierta... por si quieres terminar lo que dejamos a medias el año pasado.
Y tras ese reto imperdonable, se marchó felizmente.
Oh, vamos, no podía dejar que me ofreciera eso y no aceptarlo. Estaba en contra de mi naturaleza.
Me puse de pie y sentí que todo el cansancio se me iba de golpe cuando crucé el pasillo y efectivamente me encontré la puerta entreabierta. La abrí con una ceja enarcada y vi que estaba sentada en la encimera esperándome con una sonrisita.
—¿No estabas cansado?
—Tienes un don para hacer que se me vaya el cansancio de golpe —le aseguré, cerrando la puerta.
—¿Y se te ocurre algo que hacer ahora que estamos aquí los dos solitos?
Sonreí y me acerqué a ella. Jen dio un respingo cuando la sujeté de los tobillos para dejarla sentada al borde de la encimera y le separé las piernas para colocarme en medio de ellas. Cuando apoyé las manos en sus muslos, ella las apoyó en mis hombros. Ya tenía la respiración acelerada, igual que yo.
—La mejor reconciliación de la historia —murmuré.
Ella sonrió ampliamente y se inclinó hacia mí para besarme con ganas. Me encantaba que hiciera eso. Y más cuando hundía las manos en mi pelo para acercarme más a ella.
Bueno, honestamente, me encantaba todo de Mushu.
Me separé un momento para besarle en la curva del cuello. Ella cruzó los tobillos en la parte baja de mi espalda para acercarme lo máximo posible a su cuerpo.
¿Cómo había sobrevivido un año sin esto?
Cuando metí una mano entre sus piernas, Jen apretó los muslos entorno a mis caderas y echó la cabeza hacia atrás. Yo me separé un poco para verle la expresión, encantado.
Jen me detuvo por la muñeca para poder centrarse y estiró la mano hacia un lado. En cuanto vi que me daba un pequeño cuadradito plateado, abrí la boca fingiendo escandalizarme.
—¿Un condón? —pregunté, exageradamente alarmado.
—Sí, Jack, un condón. ¿Por qué no te lo pones?
—¡Pero bueno, Mushu! ¿Acaso me has traído aquí con intenciones malignas? ¿Eres una pervertida?
—¿Quieres que vaya a pedirle a alguien más que se ponga ese condón?
Vale, cuando Jen tenía ganas de hacerlo y la provocaba para alargar el momento, se cabreaba. Anotado para el futuro.
—No, señora —dije felizmente, alcanzándolo.
Y, justo cuando iba a abrirlo, escuché que alguien aporreaba la puerta. Jen y yo nos giramos hacia ella al instante.
—Maldita sea —masculló Sue desde el otro lado—. ¿Ya estáis otra vez haciéndolo en el baño, Will? ¡Luego tengo que desinfectarlo todo yo! ¡Sois asquerosos! ¡Mañana voy a matarte, que lo sepas!
Y se marchó furiosa a su habitación otra vez. Yo esbocé una sonrisita malvada al girarme hacia Jen.
—¿Debería decírselo o dejo que haga sufrir un poco al pequeño Willy Wonka?
—Creo que ahora mismo tenemos otras prioridades —me dijo ella, señalando el condón.
—Ah, sí. Tenemos que desinfectarlo todo.
—¡Jack!
—¡Vale, vale!
Y rompí felizmente el envoltorio del condón.