Tres meses
Capítulo 18
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Capítulo 18
Ya no estaba seguro que el año sin Jen hubiera sido el peor momento de mi vida, porque... joder, esto estaba siendo horrible.
Sinceramente, no entendía cómo seguía aquí, conmigo.
Yo ya sabía que iba a ser una mierda. Will también. Pero los demás no. Especialmente Jen. Una parte de mí esperaba que se asustara y se marchara, aunque fuera solo por un tiempo, hasta que yo estuviera mejor. Y la verdad es que si lo hiciera no podría culparla.
Al inicio intenté ocultar la jaqueca, los espasmos dolorosos en el estómago o la cantidad de veces que empezaba a marearme solo por moverme, pero no pude hacerlo por mucho tiempo. Era inútil. No podía hacer otra cosa que no fuera pasarme horas y horas tirado en la cama con la cabeza contra la almohada, intentando mejorar un poco antes de que ella volviera y me encontrara así. Nunca servía de nada.
El dolor siguió. Especialmente el de la cabeza. Había momentos en que era tan intenso que no podía ni pensar. Y llegué a un punto en que me resultaba difícil mantenerme de pie.
Era humillante.
Intenté ducharme varias veces yo solo, pero una de esas veces terminé casi desmayándome en la ducha. Y cometí el grave error de decírselo a Jen al día siguiente.
—Yo te ayudo —me dijo enseguida.
Me crucé de brazos, solo con los pantalones puestos, junto a la ducha.
—Ni de coña —murmuré con la voz ligeramente más grave de lo normal. Hacía días que me dolía incluso la garganta.
—Jack...
—No —repetí.
—¡Podrías hacerte daño!
—He dicho que n...
—¿Y si me meto contigo en la ducha?
Hubo un momento de silencio.
—Bueno, vale.
Ella sonrió ampliamente y yo observé con cierta fascinación cómo cerraba la puerta y empezaba a quitarse ropa. De hecho, no me di cuenta de que era mi turno hasta que se detuvo delante de mí solo con sujetador y bragas y tiró ligeramente de uno de los cordones de mis pantalones.
—Bueno —enarcó una ceja—, ¿vas a deshacerte de esto o lo has pensado mejor?
—¿Y si animamos lo de la ducha y voy a por un condón?
—No estás en condiciones para hacer eso —replicó, cruzándose de brazos.
—Yo siempre estoy en condiciones de hacer eso —le aseguré—. Especialmente si te paseas desnuda delante de mí.
—Jack, métete en la ducha antes de que me cabree.
Suspiré y me bajé los pantalones y la ropa interior mientras ella sacaba las toallas. Me metí en la ducha y apoyé torpemente la espalda en la pared, mirando de reojo cómo se paseaba en ropa interior. Esbocé una sonrisita.
—Creo que nunca te he visto enfadada de verdad —le dije, pensativo, viendo con mucha atención cómo se quitaba el sujetador—. Seguro que eres de esas personas que cuando se enfadan se ponen a gritar y a aterrorizar al mundo.
—Reza porque nunca tengas que comprobarlo —bromeó.
Mi sonrisita aumentó cuando se bajó las bragas y las dejó junto a mi ropa. Se metió en la ducha conmigo, cerró la mampara y, en cuanto vio mi sonrisita estúpida, empezó a reírse.
—Deja de mirarme y abre el agua.
—Si siempre va a ser así, empezaré a ducharme diez veces al día.
—¡Jack!
—¡Vale!
Abrí el agua cálida y, en cuanto empezó a caer sobre nuestras cabezas, yo noté que se me quitaban las ganas de bromear. Un espasmo de dolor me cruzó el cuerpo y cerré los ojos, intentando aguantarme en la pared con una mano.
Jen apareció enseguida y me rodeó con sus brazos para sujetarme, acariciándome la espalda. Cuando abrí los ojos, vi que me miraba con una mueca preocupada.
—¿Quieres sentarte?
Negué con la cabeza. Ella me observó unos segundos más antes de comprobar que no iba a caerme y alcanzó el champú. Sonreí un poco cuando vi que tenía que ponerse de puntillas para llegarme bien a la cabeza. Y más cuando vi su mueca de concentración.
—Puedo hacerlo yo —murmuré.
—Cierra la boca y déjame cuidarte, Jack.
Al cabo de unos segundos de insistir, terminé cediendo y la verdad es que fue sorprendentemente relajante tener los dedos de Jen masajeándome con suavidad la cabeza. Me dolía todo el cuerpo, pero al menos eso ocultaba un poco el dolor. Era casi como un sedante.
Cuando vi que me aclaraba el pelo y ella se lo enjabonaba a toda velocidad, no pude evitar ofrecerme a hacérselo yo. Casi me tiró el jabón a la cabeza, diciendo que me centrara en no caerme.
Qué cariñosa era siempre Jen.
La parte de enjabonarme el cuerpo fue... bueno, más interesante.
La observé con una sonrisita cuando vi que empezaba con mucha confianza pero iba cambiando y su cara iba enrojeciendo a medida que se pegaba más y más a mí. Al final, vi que tragaba saliva con dificultad.
—¿Seguro que no quieres que vayamos a por el condón? —sugerí.
Ella se puso todavía más roja y se apartó de mí, murmurando que terminara yo. Puse los ojos en blanco y lo hice con una mano —sujetándome para no caerme con la otra— mientras ella se enjabonaba dándome la espalda.
En realidad, si lo que pretendía era que cambiara de opinión al darme la espalda... estaba consiguiendo lo contrario. Porque la visión de sus manos pequeñas enjabonándose las nalgas empezó a hacer que me hirviera la sangre.
Al final, no pude aguantarme y tiré de su brazo hacia mí, dándole la vuelta para que se acercara. Su cuerpo chocó con el mío, pero me dio igual y le sujeté la cabeza para besarla.
No la había besado desde que todo esto había empezado. Ya habían pasado unas cuantas semanas. Y... mierda, echaba de menos tocarla. Y besarla. Y todo lo que pudiera implicarla a ella.
Jen correspondió al beso enseguida y abrió la boca bajo la mía, envolviéndome con los brazos mientras el agua chocaba contra nuestras cabezas. Noté que un sonido de placer emergía de su garganta cuando bajé las manos por su espalda resbaladiza, caliente y suave y la agarré el culo con ambas manos para acercarla a mí y cortar cualquier tipo de distancia que pudiera haber entre nuestros cuerpos.
—Jack... —empezó, dudando, tan cerca de mi boca que sus labios rozaron los míos al hablar.
Intenté decir algo, pero al instante en que abrí la boca, un latigazo de dolor me recorrió el cráneo. Solté un sonido de protesta y me apoyé en la pared con el hombro. Jen cerró el agua enseguida, mirándome con los ojos muy abiertos.
—¡Te he dicho que no hicieras tonterías! —protestó, y se apresuró a salir de la ducha para ir a por las toallas.
Adiós, diversión.
El dolor desapareció un poco cuando me obligó a sentarme sobre la tapa cerrada del inodoro y empezó a secarme la cabeza con una toalla y mueca de concentración pese a que había querido hacerlo yo. No pude evitar soltar una risita al verle la expresión.
Ella se detuvo un momento y frunció el ceño, confusa.
—¿Qué?
—Si cuando termine todo esto sigues aquí, voy a tener que compensarte durante muuuuchas noches por lo que estás haciendo.
—No lo estoy haciendo para que me compenses, idiota —sonrió, sacudiendo la cabeza.
—Ya lo sé, pero vamos a tener que recuperar mucho tiempo perdido. Yo estoy dispuesto a sacrificarme y hacerlo, Jen.
Empezó a reírse y me quitó la toalla de encima de la cabeza.
—Seguro que sufrirás mucho haciéndolo —enarcó una ceja, divertida.
—Oh, sí. Será mucho trabajo acumulado. Tendremos que estar mucho tiempo juntitos y desnudos, Michelle.
Ella hizo una pausa y se ajustó mejor la toalla que se había puesto alrededor del cuerpo. Fruncí el ceño cuando vi que su cara pasaba de ser divertida a ser un poco triste.
—¿Qué pasa? —pregunté, preocupado.
Jen agachó un poco la cabeza antes de mirarme.
—¿Si cuanto termine todo esto sigues aquí? —repitió—. Jack, no me voy a ir a ningún lado. La otra vez lo hice porque fui... una ilusa. Pero no volvería a hacerlo.
Entreabrí los labios, sorprendido, y empecé a negar con la cabeza.
—Jen, no quería decir eso. Me refiero a que esto es una mierda. Y... sé que va a ponerse peor. Ojalá no fuera así. Pero ya lo he pasado. Y sé que llegará un momento en que empezaré a estar de mal humor y portarme como un gilipollas. Y querrás irte.
—Jack, estoy más que acostumbrada a tu yo gilipollas —sonrió un poco.
—Vaya, gracias.
Ella suspiró y, para mi sorpresa, se sentó en mi regazo y me rodeó el cuello con los brazos, mirándome. Sus ojos castaños brillantes me recorrieron la cara entera antes de detenerse en los míos.
—¿Cuándo vas a meterte en la cabeza que no me iré a ninguna parte sin ti?
Se inclinó hacia mí, acunándome la cara con las manos, y me dio un beso tan suave en los labios que ni siquiera fui capaz de corresponderle. Me había quedado medio embobado.
—Si me das otro beso así creo que empezaré a convencerme —dije enseguida.
Ella sonrió, divertida, y me dio otro. Y otro. Y antes de darme cuenta el beso tierno ya no era tan tierno y ella me besaba con ganas, apretando los dedos en mis mejillas. Yo la había rodeado con los brazos, apretándola contra mi cuerpo.
Sin embargo, se detuvo antes de que la cosa fuera a más y respiró hondo. El pecho de ambos subía y bajaba rápidamente cuando escondió la cara en la curva de mi cuello. La abracé con más fuerza, amoldándola a mi cuerpo.
—Tienes que afeitarte —murmuró de repente, todavía con las manos en mis mejillas.
Sonreí, divertido.
—También podría dejarme una barba de esas gigantes. Yo creo que me daría un look muy sexy.
—Oh, no, por favor —murmuró contra mi cuello, riéndose.
—O podría dejarme bigote. Y girar las puntas hacia arriba para darme un toque más enigmático.
—¡Jack! —murmuró, todavía riéndose.
Con el buen humor del momento, se había olvidado incluso lo muchísimo que me dolía todo el cuerpo. Solo podía pensar en alargar el tiempo que pasaría con ella antes de irnos a dormir.
Y solo se me ocurrió una cosa.
—¿Quieres ver una película?
Jen se quedó muy quieta un momento antes de levantar la cabeza de golpe y mirarme, pasmada.
—¿Quieres... ver una película? —preguntó, perpleja. No había querido ver nada desde que todo esto había empezado.
Asentí con la cabeza y vi que intentaba con todas sus fuerzas ocultar su mueca de felicidad.
—Claro que sí —murmuró, acariciándome las mejillas con los pulgares—. ¿Cuál quieres ver?
Su expresión fue cambiando hasta volverse desconfiada cuando vio que esbozaba una sonrisita malvada.
—Mulán.
Bueno, está claro que esa noche hubo muchas bromas respecto a Mushu, ¿no?
De hecho, llegó a un punto en que me estampó una almohada contra la cabeza y luego vino casi corriendo, aterrada, por si me había hecho daño. Yo solo podía reírme a carcajadas.
El dolor fue remitiendo durante las semanas siguientes, aunque mi humor también fue agriándose. Cada vez me resultaba más difícil dormirme o quedarme quieto durante mucho tiempo seguido. Estaba de los nervios. Podía notar los cosquilleos en las piernas y los brazos cuando estaba más de diez segundos sin moverme.
Y me volvía loco con cualquier tontería. Incluso llegué a tener una discusión con Naya, aunque ni siquiera recordaba muy bien por qué había sido.
Sí recordaba a Will advirtiéndome que, como volviera a hacer llorar a su novia, iba a darme un puñetazo que iba a desencajarme la mandíbula.
Sí, Will. Amenazando con puñeatazos.
Habíamos llegado a ese punto.
Está claro que me disculpé con Naya un rato más tarde. De hecho, me acerqué a ella al sofá con una mueca de vergüenza, pero me sorprendió ver que ella estaba tan tranquila mirando la televisión mientras devoraba una tableta de chocolate.
—Eh... ejem... —me aclaré la garganta y me miró—. Siento lo de antes, Naya, no quería...
—Bah —murmuró y me hizo un gesto como restándole importancia.
Parpadeé, confuso. ¿Ya estaba? ¿Se le había pasado?
De pronto, completamente de la nada, ella soltó la tableta de chocolate y empezó a llorar.
Pero a llorar de verdad. Incluso con convulsiones, sollozos y aporreando el sofá con los puños.
¿Qué...?
—¡Esto es una mierda! —gritó, frustrada, mirándome—. ¡No puedo dejar de comer!
Espera, ¿era eso?
Solté un suspiro de alivio, aunque seguía sin saber demasiado bien qué hacer al respecto.
—Eh... bueno, supongo que es normal —le dije torpemente—. Estás embarazada, Naya, ahora comes por dos.
Además, su barriga había estado creciendo durante este tiempo y ya se podía ver la pequeña curva en su estómago.
—¡Pues este bebé es un adicto a la comida basura, porque es lo único que me apetece! —masculló, casi furiosa mientras se miraba el estómago—. Pero ¿a ti qué te pasa? ¿Es que no sabes lo que son las verduras? Por tu culpa vamos a tener una salud horrible, que lo sepas.
—Naya...
—Necesito un abrazo.
Y abrió los brazos hacia mí. Yo di un paso atrás, incómodo.
—Eh... voy a llamar a Will. O a Jen.
—No, quiero un abrazo tuyo —se enfurruñó.
—No me gustan los abrazos, Naya.
—Dámelo y te perdono haber sido un gilipollas hace un rato. Es mi condición.
Suspiré y, tras unos segundos, me acerqué al sofá y ella me rodeó felizmente con lo brazos, apretujándome contra ella con una sonrisita en los labios.
—¿Te das cuenta de que vas a ser el tío Ross? —preguntó, casi estrangulándome con ese abrazo.
—Espero que los niños se me den mejor de lo que creo.
—Seguro que sí. Así practicas para cuando Jenna y tú tengáis hijos.
—¿Q-qué...?
—Oh, no —puso una mueca y se separó—. Mierda, ya vuelvo a tener hambre.
Y fue de mal humor a la cocina a robar más comida. Negué con la cabeza, observándola.
Después de ese incidente con Naya, evité hablar con los demás cuando notaba que mi mal humor empezaba a alcanzar extremos que no me gustaban. Simplemente me metía en nuestra habitación y empezaba a hacer ejercicio compulsivamente, intentando calmarme. No solía servir de mucho.
Y Jen se daba cuenta de ello. Siempre intentaba que durmiera un rato con ella, pero no servía de nada. El mal humor aumentó con la falta de sueño. Era un ciclo constante y horrible.
Hasta que un día, Jen abrió la puerta de la habitación con una sonrisa entusiasmada que me pilló completamente desprevenido.
—¡Vístete, he tenido una idea! —exclamó, rebuscando entre mis cosas por la cómoda.
Me puse de pie y la miré con una ceja enarcada.
—¿Finalmente vais a matarme?
—No, tonto —sonrió ampliamente y me pasó ropa de deporte—. Vamos, póntelo. Esto te va a encantar.
Gruñí a modo de respuesta, pero gran parte del mal humor se me escapó cuando ella se puso de puntillas y me dio un beso largo y delicioso en los labios. Cuando se separó y se fue al pasillo, seguí si culo perfecto con la mirada.
Me puse la ropa que me había dado, algo confuso porque hubiera elegido precisamente esa, y fui al salón. Naya y Sue estaban sentadas en el sofá y el sillón, pero Mike, Will y Jen me esperaban en la entrada.
Espera, ¿Mike? ¿Qué hacía él aquí? Ni siquiera había venido en semanas, desde que había dejado las drogas.
Bueno, en el fondo lo entendía. Tampoco sería fácil para mí ver a alguien desintoxicándose de esta mierda después de haber pasado por lo mismo.
—¿Dónde vamos? —pregunté, confuso.
—Vamos —me insistió Will.
—No.
—Vamos —me insistió Jen.
—Vale.
Will sonrió, divertido, cuando dejé felizmente que ella me guiara de la mano hacia la puerta.
Recogí las gafas de sol por el camino, cosa que agradecí al llegar al coche. Si ya de por sí el dolor de cabeza era difícil de aguantar, añadiendo el sol era todavía peor. Puse una mueca y me recosté en el asiento.
—¿Dónde me lleváis? —pregunté por enésima vez.
Y por enésima vez fui ignorado.
Genial.
Will sonreía cada vez que lo miraba con expresión inquisitiva, pero tampoco dijo nada.
Yo estaba tan enfrascado en poner mala cara al mundo que apenas me di cuenta de que había detenido el coche hasta que escuché que abrían las puertas. Bajé, de mal humor, y fui directo a Jen. Ella estaba abriendo el maletero con una sonrisita entusiasmada que seguía sin entender muy bien.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Ten un poco de paciencia —murmuró, rebuscando.
—No quiero. Exijo saberlo.
—Y yo exijo que te calles.
Intenté no sonreír con todas mis fuerzas.
Sin embargo, no pude evitar una mueca de sorpresa cuando Jen sacó una pelota de baloncesto y me la lanzó. La atrapé, confuso, y Jen me miró como si estuviera esperando una reacción.
Y entonces me di cuenta.
¡Este era el maldito campo de baloncesto al que había ido con Will durante años!
Miré a mi alrededor, pasmado. Dios, había pasado tantas horas aquí que no entendía cómo no había asociado que sería nuestro destino. Era el lugar perfecto. Estaba un poco alejado de la ciudad, así que siempre estaba vacío y, además, no muy lejos estaba el camino a la casa del lago.
Recordaba haber ido ahí miles de veces, especialmente en veranos, cuando íbamos a pasar un mes a la casa del lago y yo quería alejarme de mi padre. Mike vino conmigo en algunas ocasiones. Y Will y algunos otros amigos del instituto también.
Mierda, ¿cuánto hacía que no venía aquí? ¿Cuánto hacía que no jugaba? ¿Desde lo de la cicatriz?
Reboté la pelota, entusiasmado, y tiré las gafas de sol sobre mi asiento. Avancé rebotando la pelota, sorprendido por la forma en que todavía me acordaba de hacerlo, y llegué a la mitad del campo. La lancé mordiéndome el labio inferior y sonreí cuando vi que entraba perfectamente.
—Veo que todavía te acuerdas —bromeó Will, que la atrapó y la encestó desde más cerca.
—¿Creías que ibas a ganarme o qué? —lo provoqué.
Will sonrió y me pasó la pelota, que atrapé casi sin mirar y empecé a rebotar. La pasé por debajo de mi pierna y luego se la devolví. Él se acercó a la canasta y encestó de nuevo mientras Jen y Mike se acercaban.
—Bueno —Mike se frotó las manos—, ¿cuáles son los equipos?
Jen dio un respingo enseguida.
—¿Eh? Si yo no sé jugar.
—Solo es botar una pelota, Jenna —Will le sonrió, burlón—. Seguro que incluso tú sabes hacerlo.
Jen puso los brazos en jarras, muy indignada. Yo sonreí. No me importaría enseñarle a jugar. Especialmente si llevaba ese conjuntito ajustado puesto. No podía despegar mis ojos de ella.
—¿Hacemos un hermanitos contra amiguitos? —sugirió Mike de repente.
Accedí, divertido, y Will y Jen se alejaron para empezar a murmurar entre ellos. Supuse que Will le estaba enseñando qué hacer o algo así.
Mike se acercó a mí, rebotando la pelota como si no lo hubiera hecho en su vida. Cuando se le escapó y le dio en la cara, puso una mueca.
—Mhm... bueno, yo me encargaré de cubrir a Will mientras tú haces todo lo demás —concluyó, devolviéndomela.
Negué con la cabeza, sonriendo.
El partido empezó y me hice rápidamente con la pelota. Sonreí ampliamente cuando vi que Jen empezaba a perseguirme por el campo, intentando robármela. No sirvió de mucho. Cada vez que dejaba que acercara un poco la mano, botaba la pelota entre sus piernas y salía corriendo por detrás de ella, recuperando la pelota y riendo mientras Jen soltaba maldiciones.
Un rato más tarde, Mike se dio por vencido y se tumbó en el suelo, junto al campo, abanicándose con una mano dramáticamente mientras nosotros tres seguíamos jugando.
Y, no es por presumir, pero los estaba destruyendo yo solito.
Will me quitó la pelota cuando llegué a la mitad del campo y sonrió, pasándosela a Jen. Ella abrió mucho los ojos, entrando en pánico, y la miró como si no supiera qué hacer con ella.
Me detuve delante de Jen en posición defensiva, sonriendo ampliamente.
—Esto a va ser muy divertido —murmuré.
Jen, claro, me puso mala cara y, mientras lo hacía, casi se le escapó la pelota intentando botarla con elegancia. La recuperó rápidamente con la cara roja de vergüenza.
—Tenemos que mejorar esa coordinación, Mushu —la provoqué.
—¿Quieres que te mejora la cara de un golpe?
Hice como si fuera a quitarle la pelota y ella la pegó a su pecho instintivamente, abrazándola con fuerza.
Maldita pelota suertuda.
Cuando intentó salir corriendo con la pelota abrazada como si fuera lo más valioso que había en su vida, la atrapé desde atrás y pegué su espalda a mi pecho, levantándola con facilidad. Jen empezó a removerse, enfadada.
—¡Suéltame! —pero ni así soltó la pelota, la testaurda.
Empecé a reírme y la sujeté todavía más alto. Jen soltó un chillido que me hizo reír todavía más cuando nos di una vuelta.
—¡Will! —pataleó, mirándolo—. ¡Eso es trampa! —y luego intentó darme un codazo sin soltar la pelota—. ¡Suéltame!
—¿Y dónde está el árbitro? —bromeé.
—¡Está...! —la levanté un poco más arriba—. ¡JACK!
Vale, hora de soltarla antes de que me diera un puñetazo destructor de los suyos.
La dejé en suelo y esquivé el puñetazo justo a tiempo, haciéndome con la pelota y saliendo corriendo con ella.
Ya casi estaba anocheciendo cuando dejé de jugar yo solo —los demás se habían cansado hacía un buen rato— y me giré hacia ellos. Will y Mike hablaban y fumaban junto al coche, pero Jen seguía indignada, sentada en el suelo y mirándome con los ojos entrecerrados.
En cuanto me acerqué y le sonreí, ella me sacó el dedo corazón.
—Yo no tengo la culpa de que seas mala, Jen —canturreé.
—No es que yo sea mala, es que tú eres un tramposo.
—Eres una mala perdedora, ¿eh?
—¡Y tú eres un pésimo ganador!
—Al menos yo soy un ganador, Michelle.
—Cállate —y volvió a cruzarse de brazos, enfurruñada, soltando un gruñido de frustración para dejarme claro que no eso no se le iba a pasar en un buen rato.
Vale, hora de hacer que me quisiera hora vez.
Me puse en cuclillas delante de ella.
—¿Quieres intentarlo? —ofrecí.
—¿Intentar qué? —me miró con desconfianza.
—Encestar —me puse de pie otra vez y le ofrecí una mano, sonriendo—. Venga, ven.
La conduje al área de la canasta y la dejé delante de mí, sujetándola de los hombros.
—Vamos a enseñarte las bases del lanzamiento, Jennifer Michelle Brown —sonreí.
—No hagas que me arrepienta de esto, Jack Ross.
Sonreí y empecé a indicarle todo lo que había que hacer. Lo siguió muy bien y enseguida adoptó la postura correcta.
—¿Y ya está? —preguntó, confusa.
—Bueno, eso de que ya está... tendremos que ver tu puntería. Si es tan buena como tu coordinación, dudo que ya esté.
Ella se giró hacia mí con cara de asesina.
—Jack, tu cabeza está muy cerca de la pelota. Ten cuidado.
—Cierto. Mejor me callo.
Y lanzó... y no encestó.
Intenté no reírme cuando me miró con la advertencia grabada en los ojos.
Fui a por la pelota y me detuve un poco cuando vi su mueca de decepción. Oh, no. Eso no iba a permitirlo. Ni de coña.
Me acerqué a ella y me coloqué detrás de su cuerpo. Jen me miró por encima del hombro, confusa, cuando coloqué mis manos sobre las suyas en la pelota.
—¿Qué...?
—A ver... unidos no seremos vencidos, ¿no? —murmuré, apuntando a la canasta—. Uno, dos y...
Impulsé sus manos hacia arriba y la pelota fue directamente a la canasta. Solté a Jen al ver que acertaba y no pude evitar reírme cuando empezó a dar saltitos de alegría, entusiasmada.
—¡¿Has visto eso?! —me preguntó, emocionada—. ¡Tengo que decírselo al imbécil de mi profesor de gimnasia del instituto! ¡Seguro que no se lo cree!
Ella chocó mis manos con las suyas, entusiasmada, y admito que su entusiasmo se me contagió.
—¿Se metía contigo tu profe de gimnasia? —me burlé juguetonamente.
—Me dijo que jamás encestaría cuando hicimos baloncesto en gimnasia —puso una mueca e intentó rebotar la pelota que acababa de pasarle.
—¿Y qué hiciste? —bromeé—. ¿Le diste un puñetazo?
Dejó de botar la pelota un momento y tragó saliva, empezando a ponerse nerviosa.
Oh, oh... conocía esa expresión.
Seguro que había matado a ese pobre hombre sin querer.
—No —murmuró, avergonzada.
—Oh, no —sonreí—. ¿Qué le hiciste a ese pobre hombre?
—¿Por qué asumes que le hice algo? A lo mejor solo... mhm... abandoné gimnasia.
—No se puede abandonar —la cosa mejoraba por momentos—. ¿Qué le hiciste?
Su cara se volvió roja al recordarlo.
—¡Fue sin querer! —me aseguró.
—Necesito oír esa historia.
—¡No fue nada importante! Solo... eh... se me resbaló la pelota y... mhm... fue a parar a su cara.
Empecé a reírme a carcajadas sin poder evitarlo.
—Dios, ¿por qué no fui a tu instituto? —pregunté, divertido—. Me perdí tantas cosas maravillosas...
Jen me dio la pelota, enfurruñada.
—Porque eres asquerosamente rico. Y, ahora, ¿podemos volver? Estoy sudando y me da mucho asco.
Empecé a seguirla hacia el coche, sonriente, y me incliné hacia ella para hablarle en voz baja junto a la oreja.
—A mí me gustas así, sudadita —le aseguré—. No me importaría ser yo la razón por la que sudes un poco más.
Me sacó un dedo corazón, pero conocía esa cara. A Jen en el fondo le gustaba que le dijera esas cosas. Y a mí me encantaba decírselas. Era la combinación perfecta.
Me rezagué un poco y suspiré cuando vi como aceleraba el paso delante de mí y su culo se movía un poco más al caminar.
—¿Cómo es que nunca te había visto en esos pantalones ajustados, Jennifer Michelle?
Estaban empezando a ser una competencia muy dura para esos vaqueros perfectos que tenía.
Jack Ross: presidente del club de fans del culo de dimensiones insuficientemente perfectas de Jennifer Michelle Brown.
—Porque solo me los pongo para hacer ejercicio y nunca lo hago —murmuró, mirándome por encima del hombro y sacándome de mi ensoñación—. Para salir a correr, estos son incómodos.
—Tomo nota. Tenemos que hacer más ejercicio. No quiero que esos pantalones salgan de mi vida. Las vistas de tu culo son demasiado perfectas.
—¿Qué...? —Jen se giró hacia mí, completamente roja, y yo ya no pude evitarlo y le di una palmada en el culo—. ¡Jack!
—¿Qué? —sonreí como un angelito.
Mi humor mejoró un poco en los días siguientes, pero no lo suficiente como para que dejara de sentirme lleno de energía que necesitaba descargar de alguna forma. Y no sabía cuál.
Estaba haciendo flexiones en el suelo cuando Jen entró en la habitación. Ya llevaba el pijama y se había lavado los dientes. Me miró con una mueca un poco preocupada.
—Necesitas descansar —me dijo suavemente.
Me puse de pie y estiré el cuello, pero seguía notando mi cuerpo inquieto.
—No puedo —le aseguré.
—¿Quieres escuchar música? —sugirió.
Negué con la cabeza casi al instante.
—¿Película?
¿Ahora? Uf, no. Volví a negar.
—¿Quieres que vayamos con...?
—No —prefería estar a solas con ella.
—¿Puedes tumbarte conmigo, al menos?
Oh, eso podía hacerlo sin problemas.
Jen se tumbó en medio de nuestra cama y yo me dejé caer suavemente sobre ella, acomodando la cabeza en su pecho. Cerré los ojos cuando empezó a acariciarme el pelo con los dedos con esa suavidad que siempre usaba al hacerlo. Su corazón latía suavemente bajo mi oreja.
Oh... era tan relajante.
Pero no lo suficiente.
De hecho, de alguna forma, noté que esa caricia inocente empezaba a hacer que mi cuerpo se calentara. Giré un poco la cabeza y hundí la nariz en el hueco de su clavícula, inspirando hondo. Adoraba el olor a Jen. Ella se encogió un poco cuando la rocé con la punta de la nariz.
Y ese simple gesto empezó a hacer que me hirviera la sangre.
Subí las manos por sus costillas y su camiseta me acompañó hacia arriba, hasta que quedó justo debajo de sus pechos.
Jen había dejado de acariciarme. Me apoyé sobre una mano para mirarla, dudando en si seguir. No lo habíamos hecho en todo este tiempo.
Cuando me devolvió la mirada, mi respiración se agitó. Y su pecho empezó a subir y bajar rápidamente. Cuando bajó la mirada a mis labios, ya no pude aguantarlo más y me acerqué bruscamente a ella, pegando mi boca a la suya.
Apenas unos segundos más tarde, me separé solo para arrancarle la camiseta. Jen soltó una bocanada de aire contra mi boca cuando empecé a acariciarla con tanta suavidad como pude reunir. De pronto, estaba ansioso. La necesitaba. Ya.
Y... bueno, la verdad es que resultó ser un método de calmarme bastante efectivo.
Y bastante gustoso, también.
Y... vale, sí, lo admito. Puede que el aumento dramático y repentino de mi buen humor tuviera... ejem... algo que ver con eso.
Después de eso, algunas mañanas salí a correr con Jen. Me gustaba ver cómo se agotaba antes que yo y se enfadaba consigo misma por ello, así que terminé fingiendo que me cansaba mucho antes de que ella para que me dedicara esa sonrisita que tanto me gustaba.
También volví a cenar con los demás cada día, cosa que no gustó mucho a Sue porque significaba que había un día más en que ella no elegía qué comer —volvía a tocarme a mí— pero me dio bastante igual, porque la verdad es que iba a volverme loco como siguiera en esa habitación por mucho más tiempo.
Una de esas noches, mientras esperaba a que Jen terminara de cepillarse los dientes, apoyado en la encimera del cuarto de baño, no pude evitar poner una mueca.
—Hace unos cuantos días que no siento... nada malo —murmuré.
Jen escupió la pasta de dientes y me miró, confusa.
—¿Qué?
Sonreí y le quité el resto de pasta de dientes de la comisura de la boca con el pulgar.
—Que hace unos cuantos días que no me siento acelerado, ni me duele nada... es como si estuviera volviendo a la normalidad.
—¿En serio? —pareció ilusionada.
Asentí.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que empecé todo esto? —murmuré.
Jen lo pensó un momento.
—Unos... tres meses.
Oh, venga ya.
Apenas una semana más tarde, confirmé que ya no sentía nada parecido a lo que había sentido esas semanas. Estaba... bien. Extrañamente bien.
Había estado tan mal tanto tiempo que estar bien era, simplemente... extraño.
Esa noche, no sé por qué, pero no dejaba de acercarme a Jen y a apretujarla contra mí. Es decir, más que de costumbre. Y ella no se quejaba en absoluto. Solo me miraba con esa sonrisita inocente que me volvía loco.
Al final, no pude evitarlo y tiré de ella hasta que la tuve tumbada delante de mí en el sofá, olvidándome de la existencia de los demás. Ella se quedó entre el respaldo y yo, sonriendo con cierta sorpresa.
—¿Qué te pasa hoy? —murmuró para que solo yo pudiera oírlo.
—Estoy de buen humor —sonreí.
—Me encanta tu buen humor.
—A mí me encantas tú.
Soltó una risita y yo no pude contenerme. Le atrapé la cintura con una mano y la nuca con otra, acercándola a mí. La besé en una comisura de los labios. Y en la otra. Y en las mejillas, y en la nariz... no podía parar. Era adictiva. Ella no dejaba de sonreír. Supongo que yo tampoco.
Cuando por fin la besé en los labios, noté que sus manos formaban puños con la tela de mi camiseta, tirando de mi cuerpo hacia ella.
—Vamos a la habitación —murmuró enseguida.
Sonreí.
—¿Tienes prisa, Mushu?
—Sí, la tengo por tu culpa, provocador.
Doña pantaloncitos sexys llamándome provocador.
Eso sí que era ironía.
La seguí dócilmente hacia nuestra habitación y cerré la puerta cuando ella se dejó caer en la cama. Cuando me tumbé a su lado, se colocó a horcajadas sobre mí y yo la sujeté automáticamente del culo, acariciándose esos pantaloncitos sexys con las palmas de las manos.
Pero cuando la besé, me sorprendí a mí mismo haciéndolo de forma... casi tierna.
¿Cuándo demonios había besado yo a alguien con ternura? Ni siquiera sabía que pudiera hacerlo.
Me separé de Jen y le pasé el pulgar por el labio inferior. Estaba enamorado de su boca. Y de su cara. Y de toda ella. Nunca me cansaría de esto.
—No te has ido en todos estos meses —murmuré.
—¿Todavía creías que lo haría? —sonrió un poco.
—A veces, me cuesta seguirte —y era cierto.
Jen negó con la cabeza y me besó en los labios.
—No me iré. Y lo sabes.
—¿Y si...?
—Jack, honestamente, creo que ya he visto lo peor de ti —enarcó una ceja, mirándome—. Si me hubiera querido ir, lo habría hecho hace tiempo. ¿Crees que me iré ahora que vuelves a ser el de siempre?
Cerré los ojos un momento. ¿Por qué no podía relajarme y asumir que no iba a marcharse de repente otra vez? ¿Por qué era tan difícil asumirlo?
—Sé que es una tontería —la miré—, pero necesito que lo digas otra vez.
Jen se tensó un poco. Me daba la impresión de que seguía intimidándola un poco decirlo, por eso no lo había repetido ni una sola vez. Pero yo necesitaba volver a oírlo.
—¿Me quieres? —pregunté.
Jen por fin me miró y sonrió un poco, acariciándome la mandíbula con los dedos.
—No —murmuró, y mi corazón se encogió, pero entonces ella me sonrió—. Te amo.
Abrí mucho los ojos.
¿Q-qué...?
Creo que mi cerebro ni siquiera lo había asumido cuando ella se echó a reír. Su risa hizo que mi cuerpo reaccionara y empecé a notar cómo mi corazón se aceleraba bruscamente.
—¿Eh? —murmuré con un hilo de voz.
Jen seguía riéndose de mi cara de estupefacción.
—Sinceramente, Jackie, me esperaba una reacción un poco más positiva.
—P-pero... yo... es decir... ¿eh?
—Que te amo —repitió, acercándose a mí y dándome un suave beso en los labios.
Me incorporé, quedando sentado con ella en mi regazo. Jen seguía sonriendo cuando me rodeó el cuello con los brazos y la cintura con las piernas.
—¿No vas a decir nada? —me preguntó, divertida.
Iba a responder, pero me callé cuando tiró de mi cuello y pegó su boca a la mía. El beso que me dio hizo que mi cuerpo empezara a acelerarse, como cada vez que me dedicaba sus pequeñas sonrisas pervertidas.
—¿Qué hay de ti, Jack? —preguntó, separándose un poco para mirarme.
—¿Eh? —repetí como un idiota.
—¿Me amas?
Por fin, después de esos segundos de shock inicial, sentí que mi cabeza se movía y empezaba a asentir.
—Claro que te amo, Jen. Joder, claro que lo hago. ¿En serio tenías alguna duda? ¿Me has visto? ¿Has visto cómo me afectas?
—¿Y eso es bueno? —bromeó, sonriente.
—Eres la única persona en mi vida por la que he querido cambiar a mejor, Jen.
Ella dejó de sonreír al instante, mirándome. Vi que tragaba saliva.
—Eres mi punto débil —le aseguré en voz baja—. Y no sabes lo aterrador y emocionante que es eso.
—Jack...
Se le habían llenado los ojos de lágrimas. Negué con la cabeza y la acerqué a mí, pegando mi frente a la suya.
—Nunca pensé que me dirías eso —murmuré finalmente.
Jen tragó saliva de nuevo y me sujetó la cara con las manos, obligándome a mirarla.
—Pues métetelo en la cabeza, porque eso no va a cambiar.
—¿No? —sonreí.
—No voy a dejar de amarte por muy idiota que puedas llegar a ser, así que prepárate para aguantarme por mucho más tiempo.
—¿Cuánto tiempo? —bromeé.
—Hasta que te canses de mí.
Sonreí, mirándola.
—Pues prepárate para hacerlo toda la vida.