Terminal

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Segunda parte. La torre » Capítulo 6

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—Se encuentran ustedes en un verdadero atolladero —estaba diciendo el presidente de Estados Unidos—. Nuestras bases en Inglaterra están en el máximo nivel de alerta y estamos ya muy adelantados en la retirada del personal y recursos militares, en especial los aviones de combate. No podemos permitir que esos tales styx les echen sus zarpas encima.

Pronunció stikes en lugar de styx, lo que provocó que Chester arqueara de golpe las cejas durante un segundo, pero ya había mosqueado a la mujer de la Seguridad Nacional cuando trató de corregirla. Y al fin y a la postre, aquél era el presidente, así que podía pronunciarlo como le diera la gana.

—Hemos puesto en marcha la monitorización integral y las revisiones con el Purgador en todas las llegadas de nuestros aeropuertos y puertos marítimos y con cualquiera que cruce nuestras fronteras —siguió diciendo el presidente—. Después de la atrocidad contra el Capitolio, estábamos alertas a los terroristas suicidas, pero ahora también buscamos a los pasajeros sometidos a la Luz Oscura. Bob me dice que estamos en deuda con usted por suministrarnos los diagramas del Purgador. Además, y lo que es más importante, comandante, le puso sobre aviso muy pronto sobre la actividad de los stikes, así que teníamos un plan alternativo listo para su ejecución cuando todo esto estalló el año pasado. Por ese motivo, Estados Unidos tiene una tremenda deuda de gratitud con usted.

En ese momento el presidente estaba mirando con atención a Parry, que respondió con una breve inclinación de cabeza. Entonces el mandatario entrelazó los dedos y se recostó en su silla.

—Bueno, comandante, ¿qué podemos hacer por ustedes?

—Bien, como usted ha dicho, aquí estamos metidos en un verdadero atolladero —empezó diciendo Parry—. El Reino Unido ha sido realmente aislado por el resto de sus socios de la OTAN. Ninguno quiere acercarse por miedo a que se propague la podredumbre. Dejándonos de rodeos, señor, acudo a usted para pedirle una intervención militar. No veo de qué forma podemos arreglar las cosas aquí sin una fuerza terrestre convencional que tome el control y erradique a los styx.

El presidente bajó la mirada como si lo que estaba a punto de decir fuera difícil, pero aun así Parry siguió adelante.

—Señor presidente, señor, a nuestros dos países siempre les ha unido su especial relación, y ésta es una hora aciaga para nosotros, puede que la más aciaga de nuestra historia. Necesitamos su ayuda para recuperarnos. Y en cuanto a cómo llegamos a esta crisis, bueno…, quiero que oiga directamente de mi amigo Chester, aquí presente, los detalles sobre cómo se produjo esta situación… y cómo él y Will Burrows se encontraron con la ciudad subterránea, y cómo, mientras huían de los styx, descubrieron su plan para propagar el virus Dominion.

A Chester le pareció increíble que de pronto le hubieran metido en la conversación. Miró a Parry con desesperación. No podía hablar con el presidente de todo aquello; él no era lo bastante importante.

—Y gracias a la información que obtuvimos de Chester y Will —continuó Parry—, pudimos adelantarnos a la Fase. Creo que ya no habría ninguna Inglaterra que salvar si estos dos muchachos no hubieran actuado sobre el terreno y realizado la misión de reconocimiento para nosotros.

—Ah, sí, Chester —dijo el presidente, moviendo la mirada hacia el chico. Antes de volver a hablar, el dignatario apretó los labios en una expresión de condolencia. El muchacho se lo había visto hacer después de algunas inundaciones, atentados con bomba y otros grandes desastres acaecidos en Estados Unidos—. Tengo entendido que recientemente has sufrido un terrible sacrificio en el cumplimiento del deber, la muerte de tu padre y tu madre. Lamento profundamente tu pérdida.

Como Chester no contestara de inmediato de tan cohibido que se sentía, el presidente pareció incómodo, como si le hubieran dado mal la información.

—Siento mucho… lo de tu padre y tu madre… Es así, ¿verdad? —preguntó, lanzando una rápida mirada a Bob.

Chester trató de decir «Sí», pero lo simultaneó con un sonido gutural, así que lo que realmente le salió fue algo de lo más extraño. Quiso abofetearse. «Ay, Dios mío. El presidente de Estados Unidos me acaba de dar el pésame por la muerte de mis padres y ¡yo le suelto un graznido!»

El mandatario hizo como si estuviera buscando la hoja correcta delante de él para disimular su incomodidad.

—Bueno, ya he leído el informe de Bob acerca de… de…

Llegados a ese punto, Bob le susurró al oído.

—Acerca de la Colonia —continuó el presidente—, y también de ese mundo germánico del centro de la Tierra, y tengo que admitir que toda la historia me ha resultado bastante difícil de digerir. Por lo que he entendido un grupo de insurgentes clandestinos (verdaderamente clandestinos) han salido del subsuelo y están utilizando sus armas biológicas y tecnología de andar por casa para poner a su país de rodillas, pero el resto de lo ocurrido ahí abajo… se me antoja más el argumento de una mala película de ciencia ficción. Así que me gustaría oír tu versión de las cosas, Chester, porque tú estuviste allí. Has pasado por todo eso. —Levantó el informe de Bob—. Convénceme de que esto es real.

El chico boqueó sintiendo que el camarote se bamboleaba, aunque la circunstancia no tuvo nada que ver con el mar hostil del exterior.

Eso sí que era ponerle a uno en un brete.

¡El presidente de Estados Unidos le estaba pidiendo que diera su versión de los acontecimientos!

¿Cómo iba él, Chester Rawls, antiguo vecino de Highfield, donde asistía al instituto hasta que tuvo que salir por pies, empezar siquiera a contarle al líder del mundo libre lo que había sucedido?

—Chester —como no hablaba, Parry le animó—, sé que esto no te resulta fácil, chaval, pero se te acabó el tiempo.

—Pero… pero ¿por dónde empiezo? —graznó Chester, que por fin encontró la voz.

—Por el principio —le sugirió el presidente—. Tenemos todo el tiempo que necesitemos.

Parry le puso la mano en el hombro al muchacho.

—Desde la desaparición del doctor Burrows, cuando tú y Will os encontrasteis en el túnel que discurría por debajo de su casa.

—De acuerdo —dijo Chester. Respiró hondo y empezó a contar su historia.

En cada ocasión que Chester desfalleció, Parry estuvo presto al quite y le ayudó. Cuando el chico empezó a hablar de los momentos previos a la muerte de sus padres en el Complejo, le resultó tan doloroso que Parry tomó el relevo y terminó el relato por él.

—Y no es necesario que le diga cuál es la situación a día de hoy, señor —dijo Parry cuando terminó.

—Gracias a los dos. Menuda historia —dijo el presidente, y se recostó en su silla—. ¿Puedes decirme una cosa, Chester? Has estado en el ajo de todo esto más tiempo que nadie… Esos stikes (ya sé que son distintos a nosotros)… pero ¿qué es lo que los mueve? ¿Cuál es su objetivo último? ¿Acabar con toda vida humana?

—Bueno… —empezó a decir Chester.

—Supongo que lo que realmente te estoy preguntando es si podemos negociar con ellos —añadió el presidente.

—Mmm... ¿negociar? —dijo el chico, sorprendido por la pregunta, aunque la consideró—. No creo que quieran matar a «todas» las personas; sólo quieren debilitarnos lo suficiente para que no supongamos una amenaza y puedan hacerse con el control de la Superficie. Es como si creyeran que les pertenece. Supongo que usted podría intentar negociar con ellos (están abiertos a los acuerdos), aunque es imposible que pueda confiar en ellos. No nos consideran sus iguales. Llevan siglos fastidiándonos con epidemias y sabotajes.

El presidente se estaba frotando la barbilla.

—¿Así que el acto de agresión actual no tiene nada que ver con el dinero ni con el afán de tener su propio país?

—¿Su propio país? —Chester no pudo reprimir una sonrisa—. Podría ofrecerles tal cosa, pero debería saber… —estaba mirando fijamente al presidente—, debería saber que, aunque aceptaran eso como una oferta, algún día irán a por ustedes, a por Norteamérica. Nada se interpone en su camino cuando quieren algo, y lo quieren todo.

—Muy bien, ha quedado bastante claro. —El presidente cogió uno de los informes de Bob y leyó unas cuantas líneas antes de volver a levantar la vista—. Comandante, dejémonos de rodeos, ¿de acuerdo? Sus vecinos europeos se niegan a tener nada que ver con ustedes, pero ustedes le piden a mi país que adquiera un enorme compromiso militar para salvarles. Y eso después de todo el apoyo financiero que nos hemos visto obligados a darle a Europa debido a que su sistema bancario estaba amenazando con arrastrar al nuestro a una depresión de órdago.

—Señor, yo… —empezó a decir Parry.

El presidente levantó la mano.

—Un segundo, comandante, para tratar esto tengo que incluir a otra parte en la conferencia. Bob, por favor, conéctalos ya.

La pantalla más a la izquierda de Chester se ennegreció durante un segundo, y cuando volvió a conectarse, se hizo visible una mesa ovalada en torno a la cual se sentaban unas doce personas, muchas con uniforme.

—Hola, Dave —saludó el presidente, mirando también a la pantalla más a su izquierda—. Ya estáis visibles. ¿Lo habéis pillado todo? —Obama se volvió de nuevo a la cámara antes de que recibiera una respuesta de las personas que llenaban la nueva estancia—. Comandante, quiero que su primer ministro oiga nuestra conversación. No tenemos tiempo para andarnos con chismes que desvirtúen lo que aquí hablemos.

Parry ni si inmutó ante el giro de los acontecimientos.

—Buenas noches, señor —dijo al hombre situado en el centro de la imagen, que mostraba una expresión de contrariedad, antes de examinar los demás rostros situados a ambos lados de aquél—. Veo que tiene al Gabinete de Guerra con usted.

Chester se quedó boquiabierto por segunda vez; mientras había relatado a trancas y barrancas su historia, el primer ministro británico había estado escuchando, y muy probablemente también observándole. Se preguntó quién más iba a aparecer en las pantallas acto seguido.

El primer ministro entornó los ojos con toda la arrogancia de un director de escuela malhumorado.

—Comandante, no entiendo por qué me ha puenteado y hablado directamente con el presidente. ¿Por qué no utilizó los canales habituales y acudió primero a mi despacho?

Parry se mostró descarado.

—¿Los canales habituales, dice? ¿En una época como ésta? Por dos razones: la primera, que no sabía en quién podía confiar. No sabía a quiénes habían pescado los styx. Según creo, usted mismo ha sido sometido a la Luz…

—Todos recibimos sesiones del Purgador hace mucho tiempo —le cortó el primer ministro, haciendo un gesto de indiferencia con la cabeza—. Hace ya algunas semanas que se ha certificado el buen estado de salud del gabinete y de todo el personal del número diez.

La respuesta pareció suscitar el escepticismo de Parry.

—Confío en que no fuera sólo una sesión de Purgador, ¿no? Usted y sus colegas del gobierno deberían ser examinados a intervalos regulares a lo largo del día.

—No necesito que me dé consejos acerca de mis medidas de seguridad —le soltó el primer ministro, levantando la voz para dejarle claro que no le gustaba que le cuestionaran—. ¿Y su segunda razón, comandante?

—Que no podemos arreglar esto solos. Necesitamos la intervención exterior de un país que no haya sido contaminado por los styx. —Parry se calló de pronto, y su frente se arrugó con un intenso ceño—. ¿Puedo preguntarle dónde se encuentran ahora? Esa habitación me resulta familiar.

—Ya que parece que le interesa, le diré que convoqué a todos aquí, en el sanctasanctórum de Westminster. Desautoricé a los cuerpos de seguridad, porque no estaba dispuesto a abandonar Londres y dejar que los amigos styx pensaran que habíamos huido.

Sin previo aviso, Parry se había levantado de su asiento y estaba gritando.

—¡Es usted un completo idiota! ¿Es que no leyó el comunicado que le envíe hace meses?

—Comandante, por favor —le rogó el presidente de Estados Unidos, tratando de restaurar el orden.

—Sí, eso, tranquilícese, amiguito —dijo el primer ministro, a quien evidentemente le divertía la angustia de Parry.

—No, escúcheme usted, esto es de vital importancia. ¡Salgan de ahí ahora mismo! —Era tal la vehemencia con la que Parry estaba hablando que hasta se le escapaban salivajos—. En lugar de hacer caso de mi advertencia, ha reunido a todos en el Parlamento, donde son presas fáciles. Se ha metido directamente en las garras de los styx. Chester y mi hijo se enteraron de que la Ciudad Eterna, la inmensa caverna que hay bajo Westminster, tiene un punto débil en el techo que los Limitadores podrían decidir aprovechar en cualquier momento. ¡Podrían hacerlo saltar por los aires!

—Es cierto —apostilló Chester, cuya voz fue ahogada por el primer ministro, que no se molestó en ocultar su desdén.

—Ah, por supuesto, ¡como si pudieran hacer semejante cosa! —vociferó—. No hemos visto ninguna prueba fiable de que esa mítica ciudad perdida de la que habla exista realmente. Me temo que quizás el exceso de alcohol antes de irse a la cama le haya hecho hacerse pipí demasiado a menudo soñando con todo este asunto. —Mientras remedaba el acento escocés de Parry, el primer ministro no ocultó su regocijo por el chascarrillo que acababa de soltar; como el asno rebuznador que era, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada incontenible, a la que se unieron todos los circundantes que le acompañaban a la mesa.

De pronto, la imagen del primer ministro y su Gabinete de Guerra se tambaleó y luego se congeló.

Lo que Chester y Parry se quedaron mirando en la pantalla no parecía estar demasiado bien, como si todos, el primer ministro incluido, estuvieran súbitamente mucho más pegados a la cámara porque hubieran sido lanzados por encima de la mesa.

Y, en ese instante captado, ninguno parecía seguir riéndose; sin embargo, el desfase entre la imagen y el sonido supuso que la escandalosa carcajada colectiva siguiera resonando en el camarote unos segundos más.

Luego sobrevino un silencio escalofriante.

El presidente de Estados Unidos tragó saliva y carraspeó cuando la imagen congelada se perdió en una tormenta de interferencias.

—Bob, ¿podemos averiguar qué le ha ocurrido a la transmisión?

Parry estaba de nuevo en su silla, apretándose las manos con fuerza.

—Oh, no —susurró.

Chester nunca le había visto tan pálido.

—¿No creerás que…? —le preguntó el muchacho.

—Espero sinceramente que no, la verdad.

—¿No hay señal? ¿Ninguna? —le estaba diciendo el presidente a Bob, que en ese momento atendía dos teléfonos al mismo tiempo—. Bueno, ¿podemos echarle un ojo al Parlamento? ¿Tenemos algún avión no tripulado sobre la zona?

—¿Un avión no tripulado? ¿Allí? —preguntó Parry, pero su pregunta fue ignorada mientras Bob consultaba con el presidente, que estaba perdiendo rápidamente la paciencia.

—Bien, si «tenemos» cobertura vía satélite, consigue que salga en la pantalla inmediatamente —ordenó, pegando un puñetazo en la mesa.

La pantalla de la izquierda revivió con una vista aérea de Londres. El Támesis centelleante por las primeras luces del alba discurría por el centro de la imagen.

—Sí, amplíala a un cuarto cuadrante y mejora la definición digitalmente, ¿de acuerdo? —dijo Bob, que ya sólo estaba utilizando un teléfono para transmitir las órdenes.

A Chester le pareció increíble de lo que era capaz el satélite espía, que iba ampliando la imagen con sucesivos saltos hasta que los tejados de los edificios de ambas orillas se hicieron visibles uno a uno. Y cuando se mejoró la definición para condiciones de baja intensidad lumínica como Bob había pedido, el Támesis pareció una serpiente plateada.

—La Torre de Londres —dijo Parry cuando la reconoció en la pantalla.

—Tened un poco de paciencia…, vamos a seguir el curso del río —les informó Bob, y la imagen avanzó rápidamente por el Támesis y dejó atrás los diferentes puentes.

Entonces, cuando la cámara del satélite mostró lo que estaban esperando ver, la imagen se estabilizó.

—Ay, Dios, no —dijo el presidente.

—¿Qué sucede? —preguntó Chester en un murmullo, confundido por la imagen.

Parry se llevó la mano a la sien. Estaba temblando.

—Es un enorme agujero en el suelo.

Chester vio a qué se refería. Cuando miró, los edificios todavía se iban desmoronando y cayendo dentro de los bordes de una fisura que no paraba de crecer, como si lo hicieran a cámara lenta. Ya no había ningún Parlamento, ni Big Ben ni puente de Westminster, y cuando el Támesis se coló formando un remolino por la oquedad negra como el carbón, quedaron a la vista varios tramos del lecho del río.

—Efectivamente lo hicieron —dijo Chester sin aliento—. Volaron el techo de la Ciudad Eterna. Tal como Drake imaginó que podrían hacer.

Mientras todos intentaban asimilar lo que estaban viendo se hizo el silencio.

—¡Maldita sea! —El presidente tenía la cabeza entre las manos, ocultando la cara—. ¿Cómo le voy a contar esto a la esposa y los hijos del primer ministro? Se encuentran en Camp David. ¿Qué les voy a decir? —preguntó, sin dirigirse a nadie en particular. Entonces levantó súbitamente la vista y miró a Parry—. ¿Qué hay de su punto fuerte, comandante…, del topo que tiene en las filas de los stikes? ¿Por qué no recibió ninguna alerta acerca de eso?

—Señor —terció Bob—, esa información no se puede difundir.

Chester lanzó una mirada a Parry, que hizo una mueca. Parecía extremadamente incómodo.

—Ahora no estamos para semejantes sutilezas —le espetó el presidente a Bob. Entonces sacudió la cabeza—. Volveremos a ponernos en contacto con ustedes, caballeros —dijo.

Lo último que vio Chester fue la imagen del presidente haciendo un rápido gesto de degüello pasándose la mano por el cuello mientras se volvía hacia Bob, y entonces las pantallas se apagaron sin más.

 

 

—Pobrecita, parece que te han dejado para el arrastre. Son un montón, ¿verdad? —dijo la señora Burrows, acariciándole la cabeza a Colly. Estirada a su lado mientras los gatitos mamaban con avidez, la gata estaba agotada, aunque aun así se esforzó en ronronear ruidosamente.

Cuando alguien entró en la habitación, Colly levantó la vista y su ronroneo se hizo más sutil.

—Va todo bien, chiquilla —informó la señora Burrows, intentando tranquilizarla. Al igual que todos los Cazadores, la gata era tremendamente protectora con sus crías y bufaba y gruñía a cualquiera que se acercara, aunque la señora Burrows había resultado ser la excepción a la regla.

—Me alegraré mucho cuando recupere mi cocina —refunfuñó el Primer Agente, pasando sobre los juguetes que los gatitos habían dejado esparcidos por el suelo. Era una vieja tradición de los colonos ayudar cuando una Cazadora tenía una nueva camada, ya que era toda una tarea cuidar y limpiar después a las vivarachas crías. Habían sido numerosos los regalos de comida y mantas viejas dejados junto a la puerta de entrada, pero otro de los regalos favoritos eran los muñecos de trapo que la gente hacía para que jugaran los gatitos. Con sus bigotes de hilo de algodón y unas cuentas brillantes por ojos, por lo general se parecían a las distintas variedades de ratas que se esperaba que los gatos cazaran de adultos.

El Primer Agente se sentó, y entonces soltó un gruñido por el esfuerzo al inclinarse para recoger un juguete que le llamó la atención. No era una rata, sino un hombrecillo vestido de negro y la cara blanca que sostenía en la mano un diminuto libro de tela con la letra C bordada encima.

—Ajá, un styx, ¡y hasta está sujetando el Libro de las Catástrofes! Los hay con sentido del humor —dijo, riéndose entre dientes—. Si hubieran pillado a alguien haciendo esto, se habría ganado a pulso el Destierro o incluso la muerte en la horca.

La señora Burrows se volvió hacia el Primer Agente.

—Ah, eso es un styx, ¿verdad? Pensé que aspiraba a parecerse a ti, cariño —dijo la mujer, levantando una ceja.

El Primer Agente se rió por lo bajinis, pero dejó de hacerlo cuando le asaltó la duda de si lo había dicho o no de broma. Aunque la señora Burrows tenía la vista considerablemente disminuida, la mayor parte de las veces su sentido increíblemente desarrollado del olfato le compensaba con creces cuando circulaba por la Colonia, ayudando al Primer Agente a controlar las cosas. Pero cada vez más a menudo, el hombre se acordaba de que la mujer apenas podía ver algo.

—No, estoy bastante seguro de que pretende ser un Cuello Blanco —dijo. Sacudió el muñeco de un lado a otro, sujetándolo por una de las mordisqueadas piernas. De pronto, uno de los gatitos, que había reparado en lo que estaba haciendo, se abalanzó hacia el juguete—. ¡Hala! —exclamó el Primer Agente cuando el gatito le arrancó el juguete de la mano y se metió como una bala debajo de la mesa con su trofeo—. ¡Casi pierdo un par de dedos del golpe!

Colly ya no ronroneaba, sino que emitía un gruñido sordo mientras miraba fijamente al Primer Agente con sus ojos amarillos.

—Y dile a esa condenada Cazadora que no soy ninguna amenaza para sus crías, ¿te importa? —dijo el Primer Agente—. Al fin y a la postre, en otro tiempo fue «mi» Cazadora.

La señora Burrows se echó reír.

—No lo hace en serio. Y volverá a ser tu Cazadora en cuanto sus niveles hormonales vuelvan a la normalidad.

El gatito salió de debajo de la mesa y se levantó de un salto, de manera que sus dos patas delanteras quedaron apoyadas en el muslo del Primer Agente. Debía de tener menos de dos meses de vida, pero ya era más grande que cualquier gato doméstico de la Superficie.

La cría de Cazador sacudió la cabeza y dejó caer el muñeco de trapo styx en el regazo del Primer Agente.

—Bueno, ¿te puedes creer esto? Me parece que he hecho un amigo. Quiere jugar.

—Ah, ése —dijo la señora Burrows con un soplido— es el más grande y codicioso de todos. Igual que Bartleby.

—También es el vivo retrato de su viejo. Así que quizá deberíamos llamarle así: Bartleby, en memoria de su padre —sugirió el Primer Agente mientras mandaba volando el muñeco de trapo al otro extremo de la cocina para que el minino fuera a buscarlo. Colly volvió a gruñir, esta vez aún con más fuerza—. Aunque no creo que su madre quiera dejarlo ir.

Se hizo un silencio abrumador en la habitación hasta que la señora Burrows habló.

—Hablando de dejarlo ir, cuanto más pienso en ello… Nunca debería haber dejado ir a Will a esa misión. ¿Qué clase de madre soy? —No le concedió tiempo al Primer Agente para que contestara porque enseguida añadió—: Lleva ya tanto tiempo fuera que tengo el terrible pálpito de que debe de haberle ocurrido algo.

El Primer Agente hizo un gesto con la cabeza, pero luego hizo un ademán hacia el techo.

—Pero ahí arriba todo se está desmoronando. Puede que haya regresado y esté escondido en alguna parte…, en algún lugar seguro. Después de todo, Drake y los demás estaban con él. Habrán velado por él, y tal vez ninguno pueda recibir nuestros mensajes a causa del bloqueo.

Bajo la dirección de la señora Burrows y el Primer Agente, la Colonia se había aislado de la Superficie debido a la tremenda envergadura de los problemas allí arriba, y existía el miedo permanente a que los styx pudieran volver a centrar finalmente su atención en la Colonia y restablecer su régimen. Ya había habido bloqueos en el pasado, pero habían sido impuestos por los styx, siendo el más reciente cuando Will se había fugado con Cal después de no conseguir sacar a Chester del Búnker. Pero aquel nuevo bloqueo no era para castigar a la gente de la Colonia, sino para protegerla. Y la buena noticia era que, aparte de prescindir de los envíos de fruta fresca, volvía a ser casi autosuficiente en lo tocante al propio sustento. Los campos replantados de Boletus edulis estaban empezando a dar sus cosechas, y el programa de crianza de ganado también estaba en marcha.

—Mira… cualquier día aparecerá por aquí, y pronto. Todo saldrá bien —dijo el Primer Agente tratando de tranquilizar a la señora Burrows. Cuando el minino reapareció con el juguete y volvió a ponerle las patas en la pierna de un salto, el hombre le frotó la piel de la ancha cabeza. El gatito soltó un maullido agradecido. En un abrir y cerrar de ojos, Colly estaba levantada y tenía el lomo arqueado.

—Me parece que deberías dejar tranquilo al gatito Bartleby antes de que Colly te ataque —le aconsejó la señora Burrows.

—Faltaría más —dijo el Primer Agente con un suspiro, levantándose lentamente de la silla con las dos manos abiertas en el aire, como si se estuviera rindiendo—. Lejos de mi intención el crear problemas. Sólo es mi casa y mi coci…

—Pasa algo grave —prorrumpió la señora Burrows, que giró de pronto la cabeza para mirar la pared desnuda—. ¡Acaba de suceder algo!

—¿Qué…?, ¿en la pared? —preguntó el Primer Agente.

La señora Burrows miró hacia arriba y puso los ojos en blanco.

—Agua…, tanta que no te lo creerías… Y corre hacia nosotros.

—¿De dónde?, ¿a qué distancia? —le apremió el Primer Agente.

La señora Burrows se estremeció.

—En la otra punta de la Colonia, en esa dirección. —Señaló la pared.

El Primer Agente ya se había ido corriendo hacia la puerta.

—¡Debe de estar acercándose por el Laberinto! —gritó—. Debe haber habido un derrumbe en alguna parte. —Se detuvo en la entrada, y el gatito Bartleby le miró con curiosidad—. ¡Dios mío! ¡Si es en el Laberinto, entonces puede que la brecha esté en la Ciudad Eterna! ¿Recuerdas lo que Eddie le dijo a Drake acerca de una grieta en el techo? ¿Es posible que se trate de eso?

En cuanto se hallaron en la calle, la señora Burrows y el Primer Agente pararon a la primera persona con la que se toparon para que diera la alarma. Con los setenta bien cumplidos y sin que diera la menor señal de que fuera a dejar de hacer la tarea que llevaba realizando desde hacía medio siglo, Ruby Withers transportaba su escalera de mano para proceder a quitarle el polvo a las relucientes esferas que coronaban las farolas. El Primer Agente le dijo apresuradamente que fuera a la iglesia más próxima y tocara la campana para dar la alarma.

Ruby captó la idea enseguida. Todos los colonos vivían con tres temores fundamentales: el Descubrimiento (cuando los habitantes de la Superficie descubrieran la ciudad y la invadieran), un gran incendio y, por último, ser pillados por una inundación.

Al cabo de unos minutos, la solitaria campana que repicaba en la iglesia más cercana provocó que tañera una segunda en una zona vecina, y luego otra, hasta que los tañidos y el griterío se extendieron por todos los rincones de la Colonia.

Al principio reinó la confusión entre los habitantes porque no había ningún peligro aparente, e incluso el Primer Agente se permitió albergar la esperanza de que la señora Burrows se hubiera equivocado y todo fuera una falsa alarma. Pero cuando llegaron al borde de la Caverna Meridional, el agua ya manaba a borbotones por el sendero que discurría por el centro del empinado túnel y llevaba al Barrio.

—Ya ha empezado —dijo la señora Burrows.

El Primer Agente ascendió pesadamente todo lo deprisa que pudo por la pronunciada escarpa del túnel y se introdujo en el primer pasadizo que se desviaba de él. Justamente al final de éste había una pesada puerta de hierro, una de las muchas que conducían al Laberinto desde la Colonia. Había sido soldada herméticamente, y aunque por su base corría un hilo de agua, no había ninguna señal de que algo fuera mal.

Al menos hasta que el Primer Agente limpió el cristal de la ventanilla de inspección de la puerta y trató de dirigir el haz de su linterna por ella.

—Ay, no —se lamentó.

La señora Burrows no necesitó que le dijera que había visto crecer rápidamente el nivel del agua al otro lado de la puerta. Sus superpoderes le indicaban que todos los portales de acceso al Laberinto estaban soportando cada vez más presión, a medida que miles de litros de agua afluían a raudales por sus túneles.

A cada segundo que transcurría aparecían más colonos. Hasta los nuevos Gobernadores se estaban repartiendo el trabajo; el Primer Agente vio a Cuchilla utilizar su nada despreciable corpulencia en tirar de una carreta cargada de bloques de piedra, mientras Chillidos y Gappy Mulligan la empujaban por detrás.

Aunque muchos de los artesanos especializados —canteros, ingenieros y demás especialistas encargados del mantenimiento de las cavernas y servicios públicos de la Colonia— les habían sido escamoteados por los styx para su programa de reproducción, los que habían quedado no tardaron en movilizarse. Y las carretas con piedras y equipamiento sacadas de los patios de los edificios de la Colonia no paraban de llegar.

Conscientes de que una brecha a gran escala causaría que su ciudad subterránea fuera inundada por miles de litros de agua, lo que muy probablemente la hiciera inhabitable, los colonos trabajaban sin descanso para reforzar y apuntalar los portales de entrada al Laberinto levantando muros de contención de lado a lado. Y en aquellos portales que se consideraban lo bastante fuertes para soportar el peso del agua, los colonos calafateaban a martillazos las juntas alrededor de las puertas metálicas en un intento de cortar de raíz cualquier filtración.

La señora Burrows estaba cerca para proporcionar cuanta información pudiera, aunque cada vez le resultaba más difícil porque el enorme volumen de agua llenó completamente la red del Laberinto, y eso impedía que sus capacidades olfativas penetraran allí.

Y ésa fue la mejor parte de las veinticuatro horas antes de que los colonos se tomaran un descanso de sus esfuerzos. Cansados, empapados y cubiertos de polvo, se reunieron todos en la vía principal, donde el agua seguía afluyendo, aunque no parecía estar yendo a peor.

—Tanta cantidad de agua no puede provenir de otra parte que no sea el Támesis, ¿verdad? —le preguntó la señora Burrows al Primer Agente.

—Me temo que es así —respondió él—. Han volado la bóveda de la Ciudad Eterna. Justamente como Drake vaticinó que harían algún día.

La señora Burrows sacudió la cabeza.

—Pero si han llegado tan lejos, ¿qué más van a hacer los styx? Tenemos que averiguar qué está sucediendo en la Superficie —dijo ella—. Podrían necesitar nuestra ayuda.

—No sé… —dijo el Primer Agente, que plantó su voluminosa bota encima de las pequeñas corrientes de agua y se dedicó a observar cómo buscaban un nuevo curso en la tierra mojada—. Ya tenemos bastantes problemas aquí. Lo último que queremos es abrir un portal y permitir que los Cuellos Blancos se abatan sobre nosotros una vez más.

 

 

Caminaban en silencio, Will lanzando ocasionales miradas a Elliott sin saber muy bien qué pasaba, porque su amiga no parecía ser ella misma. Aunque estaba acostumbrado a su franqueza, su comportamiento con Jürgen no era típico de ella, y el chico ignoraba el motivo.

Sólo cuando estuvieron más cerca de la torre la pudieron apreciar en toda su magnitud porque se clavaba en el brillante cielo. El exterior era totalmente liso y gris, y sólo se distinguía del suelo por una desigual mancha. La estructura discoidal a modo de saliente de la parte superior era difícil de mirar a causa de la intensidad del sol, pero en cuanto estuvieron lo bastante cerca, al menos les proporcionó algo de sombra.

Y allí estaba Tronco, parado como un centinela al pie de la torre donde el terreno estaba sembrado de montones de piedras destrozadas y grandes cantos rodados. Will le restó importancia atribuyéndolo al hecho de que, al prorrumpir del suelo, la torre había sacado los estratos de las profundidades hasta la corteza terrestre.

Tronco observó atentamente a Elliott mientras se dirigían hacia él. Ya no parecía tener ningún recelo a mirarla a los ojos; de hecho, desde que se produjera el inexplicable suceso en la pirámide, el minúsculo hombrecillo con gafas de sol y sombrero ridículo había dejado de ser el miembro estrafalario aunque inofensivo del grupo, para transformarse en otro bastante inquietante, al punto de que tanto Will como Jürgen empezaban a desconfiar de él.

Pero quedó patente que Elliott no compartía ninguna de tales reservas cuando se dirigió directamente hasta el nativo. Éste se apartó para mostrar que detrás de él había otro de los símbolos con los tres rayos divergentes.

Will no vio que hubiera ningún otro rasgo sobre la curva exterior de la torres, sólo los tres rayos hendidos en la pared totalmente lisa y sin marcas.

—Se parece al panel que tocaste en la pirámide —observó.

Y, como si existiera alguna especie de tácito entendimiento entre Tronco y la chica, el nativo clavó los ojos en las tres hendiduras cuando Elliott estiró una mano hacia ellas.

—¡No, no lo hagas! ¡De ninguna manera! —gritó Will inmediatamente, abalanzándose para sujetarla y apartarla del símbolo—. ¡No voy a permitir que lo hagas!

Elliott reaccionó con calma.

—No pasa nada, Will. No entraña ningún peligro para ninguno. De verdad.

El muchacho la soltó y dejó caer los brazos a los costados sin fuerzas.

—Piensa en la última vez que lo hiciste.

Ella negó con la cabeza.

—Eso no va a volver a ocurrir.

Will elevó el tono de voz en la misma medida que aumentó su frustración.

—Ah, claro, eso es algo que «sabes» con total certeza, ¿no es así? ¿Y en qué te basas? Estamos en medio de algo que no comprendemos, y quién sabe en qué va a acabar todo esto si pegas la mano ahí. Esta vez podrías resultar herida de gravedad. —Miró a Tronco con cara de pocos amigos—. Pregúntale qué es esta torre y para qué está aquí, ¿te importa?

Elliott le habló al nativo en styx, y éste contestó con una expresión inescrutable. Ella le volvió a hacer otra pregunta, y una vez más él le respondió en el chirriante idioma de los styx.

—No sabe más de lo que sabemos nosotros —le dijo Elliott a Will.

—Pues no da esa impresión —le retrucó su amigo.

La chica suspiró con exasperación.

—Mira, he intentado sonsacarle. Lo único que dice es que esto estaba predestinado. Utiliza una palabra que no reconozco, aunque creo que debe de significar destino o sino o algo por el estilo. Puede que sea styx antiguo. —Se inclinó para coger su fusil, que estaba en el suelo junto a sus pies, y se incorporó de nuevo.

—¿Es que no lo sientes, Will? —dijo ella—. Está a nuestro alrededor.

Él negó con la cabeza.

—No paras de decir eso. ¿Sentir qué exactamente?

—Aquí hay algo, y es…, bueno, mucho más grande que nosotros —respondió su amiga.

Will y Jürgen se miraron. Una desperdigada bandada de buitres picoteaba sobre el suelo roturado, y tres de los más grandes y desagradables de aspecto se peleaban por un suculento bocado. Soltaban penetrantes y estridentes graznidos mientras reñían, pero en cierto modo aquello se adecuaba al momento.

—No, no percibo nada diferente. —Will levantó la vista hacia lo alto de la torre con evidente recelo—. Mira, deseo averiguar de qué va todo esto como el primero, pero hemos de tener cuidado. No tenemos ni la más remota idea de para qué está aquí esta torre, así que tenemos que ir paso a paso.

—Lo siento, Will. Nadie me dice lo que tengo que hacer —declaró Elliott inexpresivamente. El chico había dejado claras sus reservas, y aparte de sujetarla físicamente, no había nada más que él pudiera hacer. Así que mantuvo la boca cerrada cuando ella le lanzó una última mirada y se dirigió hacia el símbolo. Por si acaso volvía a ser lanzada hacia atrás, Will procuró estar bien situado para agarrarla.

Elliott estiró lentamente la mano y colocó los dedos en las tres hendiduras.

Cuando una abertura circular de unos tres metros y medio de diámetro apareció en la torre a la izquierda del símbolo, retrocedió. No hubo ningún ruido, salvo el provocado por el desprendimiento de algunas piedras que se esparcieron por el suelo en el interior de la nueva abertura.

Will permaneció donde estaba, pero Jürgen se acercó inmediatamente a Elliott y empezó a examinar la entrada.

—El revestimiento exterior tiene varios centímetros de grosor. No logro ver el marco de la puerta o panel. ¿Y cómo… adónde se ha replegado?

—Pasó lo mismo con la trampilla de la pirámide —comentó Will. Lo dijo en un tono que hizo que Elliott le lanzara una rápida mirada. A pesar de todo lo que estaba sucediendo, se sentía profundamente decepcionado con su amiga. No le había hecho ni caso.

Jürgen, ajeno a todo esto, seguía con sus investigaciones, dando golpecitos en varios sitios alrededor de la abertura, aunque sus nudillos apenas hacían ningún ruido.

—No sabría decirte qué material es éste… No parece ni piedra ni metal.

—¿Ves?, no corríamos ningún peligro, ¿vale? ¿Qué te dije? —le reprochó Elliott a Will, esforzándose en sonreírle mientras se dirigía recoger su fusil del suelo.

Él no correspondió a la sonrisa, y en su lugar fingió que miraba atentamente el interior de la abertura. Entonces agitó la mano hacia allí.

—¿Y ahora qué? ¿Entramos? ¿Y si se vuelve a cerrar y nos quedamos atrapados dentro?

Elliott le miró con cara de póquer.

—¡Uf, ya llevas demasiados días en plan gatito cagón! ¿Qué ha sido del gran explorador? ¡Te estás haciendo mayor!

—No me estoy haciendo mayor —respondió Will; e inmediatamente pasó hecho una furia junto a Jürgen, que le miró un poco sorprendido cuando entró en la torre sin pensárselo dos veces.

 

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