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Segunda parte. La torre » Capítulo 7
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Chester y Parry habían vuelto a ser depositados en la costa por los marines en una de sus lanchas neumáticas de alta velocidad. Después de todo lo que había sucedido y de la emoción de estar en un submarino, se hacía raro estar de nuevo en la playa azotada por el viento.
—Bueno, ¿crees que podemos excluirlos? A los norteamericanos, digo —preguntó Chester cuando empezaron a andar hacia el acantilado.
—Eso parece —contestó Parry con expresión seria—. No me sorprende que el presidente se deshiciera de nosotros como si fuéramos una patata caliente; aunque fuera a enviar a sus tropas, ya no queda nadie para gobernar este país.
Durante lo que se les antojaron horas, ambos habían continuado en el camarote del submarino, esperando a saber si la conferencia se reanudaría. Pero a pesar de sus muchos intentos de hablar con la Casa Blanca, el hombre del traje azul que los acompañaba no logró que le confirmaran si les concederían otra audiencia con el presidente. Al final, el capitán del submarino había entrado en la cabina y les había comunicado que tenía órdenes de sumergirse, por lo que Chester y Parry serían escoltados de vuelta a la costa.
—Todos los problemas, todas las matanzas, parecen algo tan lejano —reflexionó Chester mientras el sol ascendía lentamente sobre el lejano horizonte del mar, y los acantilados empezaban a brillar tenuemente con la luz rosácea del nuevo día.
Aunque sus pensamientos no paraban de volver a lo que había presenciado en Londres, algo de los últimos momentos de la conferencia le estaba fastidiando.
—Parry, el presidente mencionó algo acerca de un topo en las filas de los styx…, ¿es eso cierto? ¿Has conseguido introducir a alguien allí? —se atrevió finalmente a preguntar en el momento que alcanzaban el sendero que discurría por lo alto del acantilado.
Parry murmuró:
—No, no era nada —aunque a Chester no se le escapó que desviaba la mirada y también que aceleraba el paso cuando giraron tierra adentro hacia la casa de campo, abriéndose paso a través de las matas de tojos.
El hombre no volvió a hablar hasta que estuvieron en el último tramo.
—Gracias por acompañarme, Chester —dijo—. Era mucho pedir después de la tragedia de tus padres. Siento haberte involucrado una vez más.
—No pasa nada —le tranquilizó el chico—. Creo que me ha ido bien salir. Me había quedado como atascado en la depre. —Sonrió cariñosamente a Parry, contento de que su presencia fuera valorada—. Aunque no estoy seguro de haberte ayudado demasiado.
—Sí lo hiciste, enormemente —respondió Parry—. El presidente debe de haber acabado abrumado por los miles de informes que ha leído sobre lo que ha estado sucediendo en nuestro país. Pero tú le diste a nuestra difícil situación un toque humano, y me di cuenta de que eso le abría los ojos y empezaba a inclinar la balanza a nuestro favor. Puede que ésa fuera la razón de que los styx actuaran cuando lo hicieron.
—Sí, ¿cómo supieron que tenían que volar el techo de la caverna en ese preciso instante? —preguntó Chester, cuando cayó en la cuenta.
—Los styx tenían a alguien dentro, lo que les debió de resultar bastante fácil, puesto que mi recomendación de realizar revisiones periódicas con el Purgador había sido ignorada —dijo Parry—. Así que alguien del equipo del primer ministro les puso sobre aviso.
Chester asintió con la cabeza.
—Ya hemos llegado —dijo Parry cuando salieron de los tojos y la casa apareció a la vista. El chico no vio ninguna luz dentro, pero aquello era normal: el Viejo Wilkie era un tiquismiquis en lo tocante a mantener a oscuras las ventanas de noche.
Y cuando Parry abrió la puerta principal, el anciano estaba en su puesto habitual en la silla del pasillo, con la escopeta en el regazo y completamente despierto. Entraron en el salón, donde las brasas resplandecían todavía en el hogar. Stephanie también se había quedado levantada, envuelta en una manta para mantenerse caliente.
—¡Por fin habéis vuelto! ¡Lleváis siglos fuera! —exclamó alegremente, antes de arrugar el entrecejo—. Y a propósito, ¿adónde habéis ido?
—No te creerás lo que… —empezó a decir Chester, pero se contuvo—. ¿Pasa algo si se lo digo? —preguntó a Parry.
Éste asintió con la cabeza.
—Adelante, debe saberlo. Y yo informaré al Viejo Wilkie en la cocina. —Miró su reloj—. Espero que todos hayáis hecho el equipaje, porque no disponemos de mucho tiempo antes de que nos evacuen. —Él y el anciano cruzaron la puerta situada al otro lado del hogar y entraron en la cocina.
Cuando se quedaron solos, Stephanie dijo:
—Vamos, quiero saberlo todo. —Le tocó el brazo a Chester, y entonces retiró la mano—. ¡Estás hecho una sopa! ¿Tanto llueve ahí fuera?
—Ah, eso es del viaje de vuelta desde el submarino —respondió el chico—. Donde estuvimos hablando con el presidente de Estados Unidos y el primer ministro… Bueno, con el primer ministro poco tiempo, hasta que algo terrible suce…
—¿Estás de broma? —Stephanie le estaba mirando mientras en sus labios flotaba una sonrisa. El muchacho reparó entonces en que se había tomado la molestia de peinarse y también de ponerse un poco de maquillaje, y en lo guapísima que estaba—. ¿Sabes?, no me importa que me estés tomando el pelo —dijo ella—. Vuelves a comportarte como el Chester de siempre. Lo echaba de menos. Y te echaba de menos a ti.
Antes de que él tuviera tiempo para responder, le había cogido del brazo y le estaba conduciendo hasta el sofá. Stephanie había conseguido sintonizar una emisora de radio extranjera, y sentados allí, con la música de fondo, le escuchó mientras él le contaba todo sobre la salida con Parry. Ella no dio crédito a sus oídos cuando le explicó lo que había ocurrido en Westminster y la enorme grieta del suelo que se había tragado los edificios.
Cuando la radio perdió la señal y la música cesó, Chester se dio cuenta de su ronquera.
—Con todo lo que le conté de mi vida al presidente, ¡no creo que jamás haya hablado tanto! —Se echó a reír—. La verdad, me vendría bien algo de beber.
Empezó a dirigirse a la puerta de la cocina, que estaba un poco entreabierta. Aunque Parry estaba hablando en voz baja, la casa estaba tan silenciosa que Chester no tuvo mucha dificultad en oír lo que estaba diciendo. Como parecía muy serio, el muchacho se contuvo de entrar directamente, pensando que primero debía anunciarse.
Se oyó entonces el grave murmullo de la voz del Viejo Wilkie, al que Parry retrucó inmediatamente:
—No, ¿cómo se lo vamos a decir? Y menos después del catastrófico desenlace en el Complejo.
—¿Qué sucede, Chester? ¿Por qué te has quedado ahí? —le susurró Stephanie desde el sofá.
El chico no le respondió porque algo le estaba perturbando.
Se acercó lentamente un poco más a la puerta para poder oír también la parte de conversación del Viejo Wilkie.
—Me alegra que no me lo contaras antes; me habría puesto en una situación muy incómoda con el muchacho. —Se hizo un silencio antes de que el Viejo Wilkie continuara—. Comprendo que la jugada de la infiltración ha sido crucial, pero Danforth es demasiado impredecible tanto para su bien como para el nuestro —dijo.
«¿Danforth?», se preguntó Chester y sacudió la cabeza cuando las palabras del presidente acudieron de nuevo a él: «El topo que tiene en las filas de los stikes».
Comprender aquello fue como recibir un balazo. Ni en un millón de años habría sospechado lo que había estado tramando Danforth. Durante una milésima de segundo dudó si derrumbarse y echarse a llorar o ponerse a gritar con toda la ira que surgió en su interior.
Ganó la ira. Cegado por una neblina roja abrió la puerta con semejante fuerza que casi la saca de sus goznes. Detrás de él, Stephanie soltó un aullido. Sentados con sendos vasos en las manos y una botella de whisky entre ambos encima de la mesa, Parry y el Viejo Wilkie se quedaron boquiabiertos por la repentina irrupción del chico.
—¡Así que mis padres murieron por culpa del estúpido plan de Danforth! —vociferó Chester con una furia que le hizo temblar la voz—. ¿Es eso cierto, Parry?
Por una vez, el comandante se encontró completamente perdido; tartamudeó algo mientras se levantaba.
—Chester —empezó a decir—, sé que parece…
—¡No! ¡Se acabaron las mentiras! —le gritó el chico—. Sabías lo que Danforth andaba tramando, sabías exactamente lo que estaba haciendo —protestó—. Pero no te molestaste en decírmelo, ¿verdad? ¡Total, sólo eran mis padres!
Parry dio un paso hacia él, pero el muchacho agarró la escopeta del Viejo Wilkie de encima de la mesa. Montó el arma con un chasquido y le quitó el seguro. No llegó tan lejos como para apuntar con ella a ninguno de los dos hombres, aunque la estaba sosteniendo como si fuera en serio.
El comandante le habló en un tono conciliatorio.
—Sé lo que parece esto, pero tienes que tranquilizarte, muchacho, así que escucha lo que…
—¿Qué? ¿Que escuche más mentiras sobre ese traidor? —le interrumpió Chester—. Si Danforth estaba de nuestro lado, ¿por qué se cargó los sistemas del Complejo y nos dejó casi sin aire? Si ni siquiera pudimos pedir auxilio porque jodió el equipo.
Parry sacudió la cabeza.
—Danforth fue más que concienzudo, quería que resultara convincente, y no quería que anduviéramos por el Complejo por si los styx descubrían su localización. —Volvió a sacudir la cabeza—. Mira, Chester, la verdad es que no creyó que Jeff intentaría na…
—¡Ni te atrevas siquiera a pronunciar el nombre de mi padre! ¡No eres digno de eso! —aulló el chico—. Y no viniste aquí porque te preocupara cómo estábamos, ¿verdad Parry? —Seguía vociferando—. Ah, no, viniste porque te convenía para tu encuentro con los norteamericanos. Ni yo ni ninguno de nosotros te importamos un bledo.
—Chester —dijo Stephanie cuando el muchacho volvió a entrar en el salón. Que la chica estuviera detrás de él le hacía sentir vulnerable, consciente de que ella era muy capaz de desarmarle si quería.
—No, mantente lejos de mí también —le dijo, moviéndose de lado de espaldas al hogar mientras se dirigía a la otra puerta.
Parry y el Viejo Wilkie le estaban siguiendo ya cuando entró en el pasillo, donde se detuvo un instante.
—No me puedo quedar aquí —dijo—. Me voy.
—Por favor, Chester, no te precipites —le imploró Parry.
—Pero ¿adónde vas a ir? —le preguntó Stephanie con una vocecilla asustada.
A Chester le seguía cegando la furia cuando abrió la puerta principal de un tirón y la cruzó hecho un basilisco.
—No te puedes marchar así. Primero hablemos, y luego puedes decidir lo que quieres hacer —sugirió Parry, recuperada en parte la firmeza de su voz cuando él y los demás se unieron al muchacho en el exterior.
—¿Por qué no esperas un segundo y escuchas lo que Parry quiere decirte? —le suplicó Stephanie. Se había parado fuera, con lágrimas en los ojos y la manta todavía sobre los hombros.
Chester se había alejado a grandes zancadas, pero entonces se paró en seco y giró en redondo.
—¡No! ¡Y os lo advierto, que ninguno intente detenerme!
—No sabes lo que estás haciendo, Chester. Estás fuera de ti —dijo Parry, que avanzó varios pasos hacia el chico y extendió la mano.
—¡Atrás! —exclamó Chester, levantando la escopeta.
El Viejo Wilkie se estaba acercando lentamente por un lado.
Parry dio otro paso.
—No supe nada de eso con antelación, pero déjame que te explique lo que Danforth trataba de conseguir y la importancia que tenía para nosotros desde el punto de vista general.
Ante la simple mención del nombre de Danforth, Chester se puso a gritar:
—¡Todo eso me importa un comino! Y no quiero oír nunca más el nombre de ese apestoso traidor.
—Danforth ha conseguido lo imposible y se ha infiltrado con éxito entre los styx. Se ha puesto una soga al cuello; ha estado arriesgando su propia vida porque ha estado trabajando para nosotros. Lo que está haciendo es vital para nuestro espionaje —argumentó Parry.
—Sí, claro, pues no ha sido un gran poli en todo esto, ¿no te parece? No te avisó de que nuestro primer ministro iba a ser tragado por un agujero, ¿o sí? —le contradijo Chester.
—No siempre puede conseguir que los mensajes… —empezó a explicarle Parry, pero se interrumpió cuando Chester comenzó a gritar al darse cuenta repentinamente de lo mucho que se le había acercado el Viejo Wilkie.
—¡No, no sigas! Tratáis de acercaros a mí desde diferentes direcciones, ¿no es eso? —les reprochó a ambos hombres. Levantó la escopeta hacia el cielo y efectuó un disparo por encima de la cabeza del anciano. La detonación resonó por todas partes.
El Viejo Wilkie tenía levantadas las manos para mostrar que no iba armado.
—No intentaba nada.
—Como que te voy a creer. ¡No te muevas ni un centímetro! ¡Ninguno! —les amenazó.
—Ojalá no hubieras hecho eso —refunfuñó Parry.
—¿Por qué?, ¿porque tus muchachos del ejército acudirán corriendo? —replicó Chester.
—No, porque el sonido del disparo se propagará varios kilómetros a la redonda. Y los Armagi podrían captarlo.
—Ah, sí, claro. Por aquí no hay nada. Sólo intentas meterme el miedo en el cuerpo —le espetó, desdeñoso—. Bueno, no puede traerme más sin cuidado. Los Argami me importan…
Durante un instante el Viejo Wilkie estaba todavía con las manos en alto, y al siguiente salió despedido por los aires. Cayó entre Chester y Parry boca abajo y se quedó inmóvil.
—¡Abuelo! —gritó Stephanie.
El viejo gimió. Tenía la ropa de la espalda desgarrada y ello dejaba a la vista la carne lacerada.
—¡Carajo! —masculló Chester.
Donde había estado parado el Viejo Wilkie había algo casi transparente que desviaba la luz del sol que lo atravesaba. De la altura de un hombre, cuando aterrizó sobre la hierba cubierta de escarcha apenas hizo ruido.
El Armagi había acuchillado al anciano con los bordes de sus alas de murciélago, y en ese momento las estaba recogiendo detrás de su espalda. Bien podrían haber sido de cristal por la manera en que atraían la luz.
Uno de los móviles vía satélite de Parry empezó a vibrar. Chester supuso que sería el equipo del SAS que esperaba en las proximidades con el helicóptero, y que habría oído el disparo. Pero sin duda el comandante no iba a contestar. En su lugar, sin apenas mover los labios, le murmuró a Chester.
—Chaval, eres el único que tiene un arma aquí
Pero Chester, paralizado por la impresión, no supo reaccionar.
Salvo por sus negros ojos, era difícil distinguir los rasgos de la cabeza picuda del Armagi, porque los órganos internos, cada uno de diferente grado de transparencia, eran visibles a través de su cráneo. Por sus venas o arterias parecía correr un fluido y algo de una tonalidad verde oscura latía en la parte superior de su cráneo. Pero la criatura había vuelto la cabeza hacia Parry al hablar éste, y empezó a dirigirse hacia él.
—Chester… ¡Chester! —gritó Stephanie.
El chico reaccionó por fin. Levantó el arma hacia el Armagi y apretó el gatillo. Pero al haber girado apresuradamente la escopeta, se precipitó en el disparo y descargó el segundo cañón antes de que estuviera alineado con su blanco.
El disparo no alcanzó al Armagi en el tórax, como había sido su intención, sino que le desmochó lo que venía a ser el hombro. Una infinidad de trozos relucientes se esparcieron por el aire como hielo arrastrado por el viento.
A pesar de la fuerza del impacto, la criatura permaneció erguida, una garra clavada en el suelo y la otra en el aire. Entonces se giró hacia Chester.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó el chico—. Estoy acabado. —Lanzó una mirada hacia Stephanie—. ¡Huye! —gritó—. Le entretendré.
En esta ocasión no había ninguna duda de que el Armagi iba a por él.
Chester le arrojó la escopeta, pero la criatura repelió el arma con un diestro movimiento de su extremidad sana. Tal vez estuviera herida, pero no por eso era una amenaza menor.
El muchacho no se molestó en huir.
Cerró los ojos, se postró de rodillas y esperó.
En ese fugaz instante pensó en sus padres.
—Mamá, papá, pronto me reuniré con vosotros —dijo en un susurro, mientras procuraba controlar su miedo. Aunque no lo consiguió, y a pleno pulmón gritó—: ¡Ayudadme!
Se oyó como un silbido.
Chester abrió los ojos.
Parry seguía allí, rodeando a Stephanie con el brazo.
El Armagi se había replegado contra el suelo y le sobresalía algo de la nuca.
El chico se dio la vuelta para mirar detrás de él.
—¡Martha! ¡No me lo puedo creer!
La mujer había salido de entre las matas de tojo con el pelo rojo tan desaliñado como siempre y la voluminosa ropa igual de sucia.
—Hola, amorcito mío —dijo acercándose a él, y le acarició la mejilla.
Chester era incapaz de articular palabra.
—¿Dónde…? ¿Cómo demo…? ¿Cómo…?
—Mi niño maravilloso, sólo tenías que pedir socorro —dijo ella mirándole con veneración mientras le apartaba el flequillo de la frente—. Sabías que siempre acudiría, ¿a que sí?
El muchacho paseó la mirada desde la ballesta que Martha sostenía en la mano al inmóvil Armagi.
—¿Le has matado?
Chester reaccionó con retraso cuando vio lo que había allí en ese momento.
Estirado y boca abajo, en lugar de la criatura lo que había era un styx desnudo.
—No, no está muerto… sólo aturdido —respondió Martha—. Tienen un lugar detrás de la cabeza en el que si puedes clavarle una flecha en la columna consigues dejarlos fuera de combate de un único disparo. Habilidad y suerte —añadió, a todas luces sumamente complacida consigo misma.
Sin poder dar crédito a sus ojos todavía, Chester se aventuró a acercarse un paso y examinar al styx desde arriba.
—Pero, pero… ha cambiado… —balbució—. ¿Cómo lo ha hecho?
Martha también se acercó al postrado styx y paseó la mirada en él.
—Es la única manera de que alguna vez consiga tener a un hombre desnudo a mis pies —dijo con tristeza. Entonces cogió del brazo a Chester y empezó a apartarle—. Ten cuidado, no te acerques tanto.
—Pero tiene que estar muerto, ¿no? —preguntó el chico—. Sin duda lo parece.
Martha negó con la cabeza.
—Muerto, no. La única manera de estar seguros de que estas cosas están muertas es quemarlas hasta que no quede nada, incluidas las uñas de los pies.
—Sí, se regeneran —dijo Parry, dando un paso adelante.
Como si el chico hubiera olvidado por completo dónde estaba, en ese momento levantó la vista hacia el comandante y tardó un segundo en centrarse en él.
—¡No, no te muevas! ¡Mantente alejado de mí! —gruñó Chester.
—Muchacho, tienes que enten… —empezó a decir Parry, pero no terminó nunca porque Stephanie volvió a gritar, señalando hacia los árboles de un bosquecillo próximo.
Un segundo Argami descendió sobre el suelo a unos seis metros de distancia. Parecía estar buscando a la otra criatura.
—¿Y tu ballesta? —le preguntó Chester a Martha, acordándose de que acababa de dispararla.
—No hay nada que hacer —contestó la mujer—. No la puedo volver a cargar en tan poco tiempo. Sólo me quedó una mano sana después de que me atrapara el relámpago.
El Armagi estaba avanzando hacia ella y Chester, aunque parecía sumamente tranquilo.
—Martha, ¿qué hacemos? —preguntó el chico fuera de sí. Había creído que ya no corrían peligro, pero no podía haber estado más equivocado.
—Puede que haya perdido una mano con el relámpago, pero… —Martha se calló para silbar.
Chester pensó que le pasaba algo a su vista. Unos objetos blancos convergieron sobre el Armagi cayendo en picado desde todos los lados, moviéndose con la misma rapidez que la criatura. Puede que fueran ligeramente más pequeños que el Armagi, pero éste no tuvo ni la más remota posibilidad; como si estuviera atrapado en medio de un tornado, su cuerpo fue despedazado y los trozos acabaron desperdigados por donde había estado parado.
—… eso no significa que no lo atrapara y domesticara —terminó de decir Martha.
—¿Domesticarlo? —preguntó Chester, sin acabar realmente de entender lo que le estaba diciendo.
—Sí, domestiqué al relámpago —dijo la mujer con orgullo.
Cuando el tornado se detuvo, lo que quedó a la vista de Chester no fue un único relámpago, sino toda una horda de ellos. Estaban revoloteando en el aire sobre los restos del Armagi, y sus brillantes escamas blancas reflejaban la luz.
—Ángeles —dijo Chester con una carcajada, y recordó lo que el doctor Burrows había dicho sobre ellos—. Pero hay muchos, ¡no sólo uno!
—Sí, siete. —Martha silbó y agitó su mano buena. En menos tiempo de lo que se tarda en parpadear, los relámpagos se habían precipitado por el aire y los rodearon a ambos, y allí se quedaron, revoloteando en círculo con un suave zumbido de sus alas y las auras brillando tenuemente. Y aunque tenían un no sé qué bastante repelente, no carecían de cierta belleza.
—Son asombrosos —comentó Chester entre risas.
—Son mis protectores. Y ahora también son los tuyos. —Martha le hizo una cariñosa caricia en la cabeza—. Con ellos estaremos a salvo donde quiera que vayamos.
—Pero no lo entiendo. ¿Cómo supiste dónde estaba? —preguntó el muchacho.
Martha señaló a los relámpagos con la mano.
—En cuanto les muestras un mínimo rastro, lo pueden seguir como sabuesos, incluso a cientos de kilómetros. Así es como te puedo encontrar siempre, estés donde estés.
—Esto, Chester —dijo Parry. Seguía protegiendo a Stephanie, a la que rodeaba con un brazo, mientras ambos miraban embobados el espectáculo de Martha y sus relámpagos—. No estarás pensando seriamente en marcharte con esa mujer, ¿verdad? ¿Y menos después de lo que te hizo pasar? —preguntó.
El chico recogió la escopeta, regresó junto a Martha y le cogió del brazo de forma inequívoca.
—Sí, lo estoy pensando. Cuando estábamos en Norfolk, sólo cuidaba de mí, ahora lo entiendo. Se preocupaba por mí de verdad, lo cual es mucho más de lo que tú has hecho jamás. Mira lo que le hiciste a mi madre y mi padre.
La cara mugrienta de Martha surcada de vasos capilares era la imagen misma de la felicidad mientras escuchaba a Chester.
—Sí, sólo cuidaba de ti. Sabía que habías sido expuesto a la Luz Oscura y que intentabas hacer señales a los styx. Eso lo sabía.
—Así que esto es una despedida —anunció Chester a Parry.
—Quizá querréis ocuparos de vuestro amigo —sugirió Martha, cuando el Viejo Wilkie gruñó, empezando a despertarse. Stephanie se acercó inmediatamente a él, aunque Parry permaneció donde estaba, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
—Chester, al menos llévate esto, por si necesitaras ponerte en contacto. —Sacó un teléfono vía satélite del bolsillo y se lo ofreció.
El chico no dijo ni palabra, pero Parry se lo tiró y él lo atrapó.
—La batería está cargada —dijo el comandante—. Conéctalo y escucha los mensajes de tanto en tanto, ¿de acuerdo? ¿Me prometes que lo harás?
Tras meterse el teléfono en el bolsillo, Chester siguió sin responder cuando, cogido del brazo con Marta, ambos se dieron la vuelta en dirección al mar y empezaron a alejarse; los siete relámpagos los acompañaban girando a su alrededor como un carrusel.