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Segunda parte. La torre » Capítulo 9
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Mientras caminaba por el sendero del acantilado con Martha, Chester creyó oír el ruido de los rotores de un helicóptero por encima del viento.
—¡Por fin, carajo! —dijo entre dientes, porque aquello probablemente significara que Parry se marchaba.
Ahora que había recuperado a Chester, una gran sonrisa se extendía permanentemente por el sucio rostro de Martha.
—Tenemos un sitio precioso al que ir, cariñito —dijo—. Allí estaremos a gusto y calientes.
—Fantástico —contestó el chico con una alegría forzada. Seguía estando tan furioso que apenas podía pensar en otra cosa.
—Y estoy segura de que también te hace falta algo bueno para comer —añadió Martha.
—Esto… —empezó a decir Chester con cierta indecisión—. A ese respecto, sólo una aclaración.
La mujer le miró.
—¿Sí, mi amor?
—Acerca de mi comida, a partir de ahora quiero saber «con exactitud» lo que contiene. ¿Habría algún problema?
—Claro que no, mi dulce niño —dijo Martha—, y en cuanto a esa época, yo…
—No, por favor, no me cuentes nada. No quiero oírlo. No quiero oír nada —repitió Chester con las manos contra las orejas.
—Ja, ja, está bien —dijo Martha riéndose a carcajadas—. Lo único que diré es: «Si no queda más remedio» —añadió mientras seguían su camino—. Si no queda más remedio, amorcito.
Feliz por haber confesado aquello, Chester se empezó a preguntar si no estarían un poco desprotegidos yendo por un camino a todas luces muy transitado, especialmente porque se morían a plena luz del día.
Martha adivinó lo que estaba pensando y le frotó el hombro con afecto con lo que le quedaba de su mano dañada.
—Estaremos a salvo vayamos donde vayamos, cariño, no te preocupes. —Apartó de Chester la punta de sus dedos e hizo un movimiento circular con la mano hacia el cielo—. Mis pequeños protectores mágicos de ahí arriba siempre están al tanto de lo que me pasa. Nunca duermen, al menos durante mucho tiempo. Me avisarán si hay alguien cerca.
—Así que atrapaste al primer relámpago en Norfolk, ¿no? —preguntó Chester sintiendo curiosidad por lo que había ocurrido.
—Sí, después de una larga y dura pelea, yo la engañé a ella para que se metiera en el agua. Y allí la atrapé, aunque no la maté.
—¿A ella? —repitió Chester.
—Sí, la alimenté y la hice prisionera, y para mi sorpresa, tuvo a sus retoños.
Chester arrugó el entrecejo.
—¿Retoños? ¿A qué te refieres?
—Ya sabes, bebés —respondió Martha—. De ahí que pudiera doblegarla. Estaba preñada, y eso la hacía ser lenta. Las crías nacieron en unas pequeñas bolsas y luego se transformaron en relámpagos diminutos, como hadas pequeñitas. Más pequeñas todavía que los pájaros mineros que introdujiste en la Colonia.
—¿Y no arremetieron contra ti ni te atacaron ni nada parecido? —preguntó él.
—No, debido a su madre. La tenía amarrada, y yo mantenía bien alimentadas a las crías con roedores que cazaba mientras me curaba la mano y las costillas. —Martha se frotó su más que rotundo pecho para recalcar cuántos dolores había tenido—. Y cuando llegó el momento de seguir adelante, no tuve entrañas para matarlos. Así que liberé a la madre, pero se quedó conmigo, y como puedes apreciar, sigue conmigo y se dedica a cuidarme.
—Es un verdadero ángel de la guarda —dijo Chester riéndose.
La mujer asintió con la cabeza.
—Creo que hubo un tiempo en que vivieron aquí arriba, en la Superficie, porque se acostumbraron a la gravedad en cuestión de semanas. Puedes ver lo rápidos que son ahora.
—Sí, puede que el doctor Burrows tuviera razón —dijo Chester—. Que antes «vivieran» aquí arriba, y que quizá sean la razón de que tengamos esos cuentos sobre criaturas míticas. Y hasta la idea de los ángeles.
Al oír hablar del doctor Burrows, Martha dejó de sonreír.
—Pero, mi corazón, has pasado por una época terrible, ¿no es así? Te dije que no confiaras en los Seres de la Superficie. Jamás serán tus amigos. Ese hombre de antes mató a tu familia, ¿verdad? ¿Qué le llevó a hacer semejante cosa?
Chester no se sintió preparado para entrar en detalles en ese momento.
—¿Parry? No fue exactamente él, aunque estaba metido en el ajo. Mira, Martha, te lo contaré todo más tarde, pero mi madre y mi padre se vieron involucrados en al…
Se agachó cuando dos relámpagos cruzaron por delante de él en sentidos opuestos.
—Dios mío, sí que son rápidos —comentó. Sólo había visto un fugaz destello blanco cruzándose con otro del mismo color antes de que ambos desaparecieran.
—¡Chiiist! —exclamó Martha—. Y cárgame esto, ¿te importa? —preguntó sin levantar la voz mientras le pasaba la ballesta.
Chester le cogió el arma. La mujer se había visto separada de su ballesta de apariencia arcaica en Norfolk y la había sustituido por otra fabricada sin duda en la Superficie, cuyos materiales más ligeros la hacían más apta para ser utilizada con una sola mano. Y además le había hecho algunas modificaciones, que incluían unas cuantas tiras de arpillera embarrada enrolladas alrededor y algunos torpes toques de pintura de camuflaje.
—Pues claro —respondió afirmativamente el muchacho. Cargó el gatillo del arma y escogió una flecha del carcaj que colgaba del hombro de la mujer. Cuando la acomodó en la ballesta, se dio cuenta de que el asta estaba manchada de sangre y que en la punta estaban pegados unos diminutos trozos de carne.
Martha estaba oteando el camino por detrás de ellos.
—¿Qué pasa? —preguntó Chester en un susurro.
—Mira cómo vuelan bajo y hacia los lados —dijo ella. El chico apenas pudo distinguir las borrosas rayas mientras los relámpagos pasaban volando por encima de los árboles a la izquierda del camino y a sotavento del acantilado por el otro lado. Era como si estuvieran acechando a una presa—. ¿Ves?, mis hadas me avisan de que se acerca alguien —continuó Martha—. Metámonos aquí y esperémosles.
Se metieron entre los árboles, y ella levantó la ballesta. Al poco tiempo, Chester divisó una cabeza que avanzaba moviéndose arriba y abajo mientras alguien subía una pequeña cuesta del camino. Se volvió hacia Martha.
—Parece que sólo es una persona. ¿La atacarán los relámpagos?
—No harán nada sin mi aprobación —susurró ella—. Conoces a esa persona, ¿verdad? ¿No estaba contigo? —preguntó, señalando con la barbilla.
Cuando Chester volvió a mirar, el corazón le dio un brinco.
Donde el sendero ascendía desde una leve depresión, apareció a la vista una solitaria figura que avanzaba decididamente a grandes zancadas.
—¡Es Steph! —exclamó Chester—. Pero ¿qué narices hace viniendo hasta aquí?
Martha se puso enseguida en plan suspicaz.
—Podría ser que te estuvieran tendiendo alguna trampa. Pero si es así, entonces está sola. Lo sé por la manera en que la siguen mis hadas.
Stephanie era totalmente ajena a los letales animales que daban vueltas no muy por encima de ella y por debajo del borde del acantilado a sólo unos pocos metros.
Casi había llegado a donde Martha y Chester estaban escondidos, cuando la mujer salió del escondite con la ballesta levantada a la altura de la chica.
—¿Qué es lo que quieres? —gritó Martha con voz fría y amenazadora.
Stephanie se llevó un susto de muerte.
—Ah, hola, ¿está Chester contigo? —preguntó con voz trémula—. Ah, sí lo estás —dijo Stephanie cuando el chico salió de entre los árboles. Con el abrigado chaquetón, el sombrero de lana y la mochila a la espalda, parecía que estuviera de excursión con el colegio.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Chester en tono imperioso—. ¿Por qué no te fuiste con ese bastardo mentiroso y tu abuelo?
Stephanie se mordió el labio con nerviosismo.
—Porque se han ido, ¿no? Me pareció oír un helicóptero —dijo el muchacho.
Stephanie asintió con la cabeza.
—Entonces, ¿qué estás haciendo aquí? —repitió él.
—Bueno… —respondió la chica—. No podía dejar que te fueras pensando que sabía lo de Danforth y lo que le ocurrió a tu madre y a tu padre, porque no lo sabía. Te juro que no sabía absolutamente nada de eso. Nadie me lo dijo.
—Muy bien, pero no estás respondiendo a mi pregunta —la apremió—. ¿Qué estás haciendo aquí?
La voz de Stephanie apenas era audible por encima del sonido del viento y de las olas que rompían al pie del acantilado.
—Bueno, he venido porque estaba muy preocupada por ti… y porque te marchaste antes de que pudiera hablar contigo. Así que mientras Parry estaba socorriendo al abuelo (que no estaba tan malherido), me escabullí. Cogí todas las cosas tuyas que pude, porque pensé que te gustaría tenerlas. —Se giró ligeramente para que él pudiera ver la Bergen llena a reventar en su espalda, tras lo cual bajó la vista al suelo con nerviosismo—. Y bueno… esto… me preguntaba si te podría acompañar, Chester. Si podríamos estar juntos.
A él le quedó claro que se sentía avergonzada y que habría dicho más cosas si Martha no estuviera allí. Y no tenía ni idea de qué responder. La indignación se había apoderado de él hasta tal punto que había estado insensible a todo lo demás. La verdad era que desde que el primer Armagi había hecho su aparición, a una parte de él le había traído realmente sin cuidado si vivir o morir.
Pero ahora no se trataba de él. Durante las semanas pasadas en la casa de campo, Stephanie no le había mostrado más que amabilidad y afecto, y él la había despreciado. La chica le gustaba muchísimo, y en ese mismo instante estaba muy asustado por ella; Martha era increíblemente posesiva, y eso la convertía en impredecible. Y, de eso no le cabía ninguna duda, en asesina.
Al seguirle, la chica se había metido en la boca del lobo de todas todas.
—Aquí no hay sitio para ti —gruñó Martha. Chester la vio tensar el brazo para afianzar su puntería y alinear el arma para disparar al pecho de Stephanie—. No necesitamos que nadie nos acompañe para retrasarnos —añadió la mujer echando un vistazo a las alturas, sin duda considerando si debía ordenar a sus relámpagos que destrozaran a Stephanie como alternativa a dispararle una flecha.
—Espera un momento —se apresuró a decir Chester, y se acercó a Martha. No fue casualidad que le pusiera una mano en su orondo hombro y se lo masajeara, mientras le susurraba al oído.
Mientras escuchaba, ella se rascó la barbilla con el muñón del dedo.
—¿Es eso verdad? —dijo finalmente, mientras se volvía hacia él.
—Del todo —respondió Chester.
Martha le estaba mirando penetrantemente a los ojos.
—¿Y eso es todo? —preguntó.
—Por supuesto —le confirmó Chester poniendo su sonrisa más dulce y adorable. Martha bajó la ballesta y le lanzó un silbido a los relámpagos—. Ven aquí, chiquilla, y únete a nosotros —le dijo a Stephanie con una amplia sonrisa que dejó a la vista todos sus dientes negros.
Chester soltó por lo bajinis un enorme suspiro de alivio.

—¿Te apetece un trago de esto? —preguntó Jürgen, ofreciendo a Will la petaca que había sacado de la mochila.
El chico la cogió y olisqueó el cuello del recipiente, y entonces arrugó la nariz con asco.
—Ay, no, no me apetece —replicó, devolviéndosela rápidamente—. De todas formas, ¿qué es?
—Aguardiente —respondió Jürgen, que estaba a punto de ofrecérselo a Elliott, pero entonces se lo pensó mejor.
Habían decidido regresar a la base de la torre, en gran medida debido al estado de Elliott. Will nunca la había visto tan desesperada, y se había visto obligado a ayudarla a bajar toda la escalera circular. Como ambos estaban sentados juntos en una de las piedras rotas, ella tenía la cabeza sobre su hombro. Había dejado de llorar, aunque su amigo seguía oyéndola tener aquellos ocasionales ahogos involuntarios, como si las lágrimas no anduvieran lejos.
Jürgen le echó un vistazo al nativo, que estaba acuclillado en el suelo a unos tres metros de ellos, se recostó de nuevo contra la torre y le dio otro trago aún mayor a su petaca. Bebió ruidosamente y luego exhaló el aire haciendo exactamente el mismo ruido.
—Esta cosa es un alegre hechicero para tranquilizar los nervios —comentó el neogermano al cabo de un momento.
—¿Un alegre hechicero? —repitió Will, preguntándose por qué de pronto el lenguaje del neogermano se había vuelto tan extraño.
Jürgen sonrió.
—Perdón, probablemente sea algo que saqué de los libros ingleses que teníamos en la biblioteca de la ciudad. Sin saber cómo, las historias de Jeeves y Wooster encontraron la manera de introducirse en un helicóptero cuando llegaron los primeros colonos.
La radio de Jürgen crepitó inesperadamente, y el hombre se incorporó para rebuscar en un bolsillo y sacarla. Cuando se puso a hablar con su hermano en alemán, agitó efusivamente la petaca en el aire.
Aunque el chico no entendía de qué estaban hablando, por parte de Jürgen la conversación se hizo bastante lacónica al cabo de poco rato.
Will aprovechó la oportunidad para hablar con Elliott.
—¿Estás mejor ya? —le peguntó en voz baja.
Ella asintió con la cabeza, aunque su rostro todavía no demostraba que realmente estuviera mejor.
—Todo esto ha sido demasiado para ti… para todos, vamos. Has recibido un gran impacto emocional, eso es todo —dijo, en un intento de darle una explicación racional.
Ella volvió a asentir, y al mismo tiempo tuvo un escalofrío a pesar del calor.
—No tienes por qué volver a entrar de nuevo —dijo Will—. No, tal vez sea lo mejor. Podemos marcharnos de este lugar, tú y yo, y no volver aquí nunca más.
Jürgen terminó de hablar por la radio. Parecía furioso.
—¿Qué sucede? ¿Werner y Karl van a reunirse con nosotros? —le preguntó Will.
—Sí, pero mi hermano dice que tengo que estar equivocado sobre lo que hemos encontrado. Ha llegado incluso a acusarme de beber demasiado cuando le describí lo que hemos visto. Mi propio hermano no me cree. —Jürgen había estado a punto de darle otro trago a la petaca, pero en vez de eso súbitamente apartó la cabeza con una sacudida, como si algo le hubiera picado—. Pero ¿de qué estamos hablando aquí, Will? —Se hizo un silencio de varios segundos antes de que continuara—: Si aceptamos que la nueva pirámide sin revestimiento y la torre están conectadas, y todos los indicios apuntan a eso…
—Y los antepasados de Tronco construyeron encima de las pirámides hace muchos miles de años… —añadió Will.
—Entonces acabamos de presenciar una demostración de tecnología que podría adelantar la fecha de aparición del Homo sapiens como especie en…, bueno, ¿quién sabe cuánto tiempo? Y el gran interrogante es cómo llegó aquí. Y puede que la respuesta correcta sea que no es terrestre.
—¿Que no es terrestre? —repitió Will con el ceño puesto—. Pero los antepasados de mi padre debieron haber estado por aquí en aquella época, porque vieron esas vistas del planeta.
—¿Cómo deduces eso? —se apresuró a cuestionarle el neogermano.
—Fueron capaces de dibujar sus mapas dentro de la pirámide a partir de esas vistas. Por eso son tan precisos —respondió Will—. De donde se desprende que la tecnología estaba ya en uso.
—Es posible —admitió Jürgen, al que se le ocurrió algo cuando levantaba la petaca—. Pero a propósito de esas vistas… Están tomadas desde el espacio exterior, pero ¿con qué están captadas? —preguntó con una voz extrañamente inexpresiva—. ¿Y de cuándo son? Esto es, ¿de qué época?
Will no había tenido ninguna oportunidad de examinar las escenas mientras éstas habían estado moviéndose en las paredes, pero dado el tamaño y aspecto de Londres en las imágenes, no se le había ocurrido que fueran otra cosa que actuales. Estaba a punto de comentarlo, cuando Elliott se movió.
—De ahora —dijo ella, y su voz resultó apenas audible a causa de que seguía teniendo la cara apretada contra Will.
—¿Así que son actuales? ¿Quieres decir que son imágenes en vivo? ¿Cómo lo sabes? —le preguntó Will gentilmente.
—Lo sé, y punto.
Jürgen había estado mirando fijamente hacia los campos de tierra que se estaban agrisando poco a poco bajo el inclemente calor del sol, pero en ese momento giró la cabeza hacia Will.
—Es evidente que la tecnología, toda la tecnología que hemos visto hasta el momento, parece tener alguna especie de empatía con tu amiga. A excepción de Elliott, ninguno tenemos control alguno sobre ella. Y la razón de ello tiene que ser que lleva la sangre de los invasores.
—Te refieres a los styx —dijo Will, que le dio un achuchón a Elliott con el brazo para consolarla. Habría preferido que ella no estuviera oyendo nada de aquello. Pero también le parecía que sería irracional pedirle al ya ligeramente ebrio neogermano que cerrara el pico, porque podría tomárselo a mal.
Y, además, también la cabeza de Will era un avispero mientras consideraba todas las posibilidades.
—Sí, los styx. —Jürgen avanzó un único paso, como para afianzarse—. Así que, Will, ¿significa eso que los styx, o sus predecesores, estuvieron…? —Pareció fallarle la voz. El neogermano se aclaró la garganta—. ¿Estamos hablando de…?
Will miró al hombre a los ojos, esperando la siguiente palabra.
—¿Hablando de…? —dijo Jürgen en un medio susurro.
Allí, en el sombreado lado de sotavento de la torre, acompañados únicamente del canto de los pájaros y los ocasionales fragmentos de las oraciones masculladas por Tronco, ni Will ni Jürgen se sintieron preparados para decir la palabra.
Era demasiado estrafalario, demasiado grotesco, ¿y cómo se relacionaba con la evolución de los humanos?
¿Y con la historia del mundo?
Las conclusiones eran demasiado grandes para pensar en ellas.
Will le dio otro achuchón a Elliott.
—¿Extraterrestres? —dijo.