Terminal

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Segunda parte. La torre » Capítulo 10

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10

Chester y Martha avanzaban a paso vivo entre dos campos por un sendero vallado, con Stephanie pegada a ellos como una lapa.

—Ya casi estamos en casa, cariño mío —dijo en un arrullo Martha cuando él divisó la pequeña granja más adelante.

Entonces, al mirar por casualidad por encima de la valla hacia uno de los lados, algo llamó la atención del chico e hizo que se detuviera en seco.

—¡Dios mío! ¿Quién demonios hizo eso? —exclamó con un grito ahogado, retrocediendo ante la visión de los cadáveres putrefactos de ovejas que se esparcían por todo el lugar. Los cuerpos brutalmente despedazados habían sido eviscerados, y sus órganos habían sido diseminados por el suelo—. ¿Los Armagi?

—No, fueron mis relámpagos —respondió Martha sin ocultar su orgullo. No había aminorado la marcha y seguía su camino hacia la granja—. Tienen que comer, igual que nosotros.

—No exactamente igual que nosotros —susurró Chester. Se quedó donde estaba y continuó mirando, mientras más adelante en el camino Martha soltó un par de silbidos graves y agitó la mano. Cualquiera habría pensado que estaba dándole órdenes a unos perros pastores y no a aquellas extrañas y fabulosas criaturas de las profundidades de la Tierra.

Como si fueran hilachas de humo o niebla atrapadas en un viento muy fuerte, los relámpagos pasaron a tal velocidad por encima de la cabeza de Chester que le resultó imposible verlos con claridad. Martha silbó una vez más e hizo un rápido movimiento con los dedos en dirección al campo.

—Ah, aquí están —dijo el chico para sí cuando varios relámpagos aparecieron sobre el campo como si se acabaran de materializar de la nada.

Estaban revoloteando a varios metros de altura, y por una vez permanecieron en un lugar a la suficiente distancia para que pudiera distinguir los cuerpos largos y las alas blancas mientras batían el aire.

—¿Qué están haciendo? —se preguntó entre dientes, y entonces reparó en un pequeño hato de ovejas que estaba pastando justamente debajo de los relámpagos. Los rumiantes miraban de forma inexpresiva en dirección a Martha, probablemente preguntándose qué estaba haciendo aquella loca que emitía ruidos absurdos y agitaba los brazos de aquí para allá.

No tenían ni idea de lo que estaba a punto de caerles encima. Acatando un silbido de la mujer, los relámpagos simplemente se lanzaron en picado hacia el suelo. Chester alcanzó a ver a las «hadas» de Martha más próximas a él, distinguiendo las bocas completamente abiertas y las hileras de despiadadas púas serradas que dejaban a la vista. Con las alas marfileñas desplegadas, cada relámpago aterrizó sobre el animal que había escogido y lo inmovilizó contra el suelo, de manera que resultaba casi imposible distinguir a alguno por encima del pasto cubierto de escarcha. Y también era imposible ver lo que les estaban haciendo a las pobres ovejas que tenían debajo, algo por lo que Chester se sintió sumamente agradecido.

—Es nauseabundo —masculló volviendo a mirar las ovejas mutiladas del campo que tenía más cerca, cuando Stephanie se paró a su lado.

—Sí, repugnante —convino ella mientras se apoyó en un poste de la valla—. Pero estoy muy contenta de haber conseguido darte alcance, Chester —dijo sonriendo—. La verdad es que pensé que no te volvería a ver nunca más.

Del lugar donde el relámpago más cercano se estaba alimentando de una oveja, les llegaba el sonido del chupeteo que hacía al arrancar la carne. Cuando batió las alas una vez y se volvió a posar para seguir atiborrándose, desechó algo que relucía por la sangre que fue a parar sobre la hierba helada. Chester hizo una mueca cuando vio que se trataba del corazón de la oveja. Y que seguía latiendo.

Ante su falta de reacción, dedujo que Stephanie no había reparado sin duda en la víscera.

—Y gracias por lidiar con Martha antes. No sabía que fuera así —dijo ella.

Chester había estado totalmente absorto en el macabro espectáculo del campo, pero en ese momento lanzó una mirada a Martha para ver si les estaba mirando y al mismo tiempo se apresuró a apartarse de la chica echándose hacia un lado.

—Pero ¿qué… qué es lo que le dijiste? —le preguntó ella.

—¡Ahora no! —respondió Chester con un susurro ronco, evitando intencionadamente mirarla—. Mantente alejada de mí cuando ella esté cerca. Es muy celosa y te matará.

—Ah —dijo Stephanie, y él echó a andar inmediatamente hacia Martha en dirección a la granja. Stephanie se quedó donde estaba durante unos segundos, aparentemente un poco desconcertada, y luego también siguió avanzando por el sendero.

La casa era una construcción elemental de ladrillo rojo, pero después de la noche que Chester había pasado en el submarino y la revelación sobre Danforth, dio gracias por estar al resguardo del frío y en algún lugar donde pudiera sentarse en silencio durante un rato. Sin molestarse en quitarse el abrigo, se dejó caer en el sofá del salón sujetando todavía la escopeta vacía y se dedicó a observar a Martha, que estaba encendiendo la chimenea. La mujer montó un considerable alboroto hasta que consiguió caldear la pieza con un fuego crepitante. Stephanie, acatando la advertencia de Chester, escogió cuidadosamente algún sitio donde sentarse en la otra punta de la habitación, donde se puso a hojear una vieja revista que había encontrado.

—¿Así que no había nadie en este lugar cuando llegaste? —preguntó Chester.

—Estaba cerrado a cal y canto —contestó Martha, dirigiéndose a la entrada—. ¿Tienes hambre?

—Puedes jurarlo. ¿Qué tenemos en el menú? —preguntó el chico.

—Oveja —respondió Martha—. Es lo único que abunda en los alrededores.

—¿De verdad quieres decir que «sólo» hay oveja? —dijo Chester, incorporándose en el sofá.

—Sí, sólo oveja. Nada más. Te lo prometo —dijo Martha dedicándole una sonrisa aviesa.

—Pu… es, bueeee… no —dijo el muchacho en medio de un bostezo mientras Martha salía a toda prisa hacia la cocina.

En cuanto se hubo ido, Stepahnie carraspeó para llamar la atención de Chester. Cuando éste se giró para mirarla, la expresión ceñuda de la chica le dijo: «¿De qué iba todo eso?», pero él se limitó a negar con la cabeza.

Desde el final del pasillo les llegaba el ruido de Martha trasteando en la cocina.

—Está ocupada allí dentro…, no nos puede oír —susurró Stephanie.

—No te fíes —le respondió él, también en un susurro—. No vale la pena arriesgarse.

Con un encogimiento de hombros Stephanie volvió a hojear su revista y Chester dormitó en el sofá hasta que Martha reapareció finalmente con unos cuencos de comida humeantes, que comieron sentados a la mesa en completo silencio.

Bueno, casi en completo silencio. A Chester le sorprendió el acusado contraste entre la forma de comer de sus dos compañeras de mesa. Martha, con los modales típicos de la mayoría de los colonos cuando se trataba de comer, murmuraba de vez en cuando para sus adentros mientras sorbía el contenido de su cuchara y masticaba con la boca abierta. El ruido era espantoso, y daba la sensación de estar poniendo todo de su parte para resultar lo más repugnante posible.

Y luego estaba Stephanie, arrebatadoramente atractiva en el otro extremo de la mesa, con unos modales impecables mientras manejaba delicadamente el tenedor.

Lo único que ambas mujeres tenían en común era el color rojizo del pelo, aparte de que podrían haber pertenecido perfectamente a especies diferentes.

«Dios mío, me estoy empezando a parecer a Will», pensó Chester. Y a partir de ahí empezó a pensar en su amigo, deseando que tanto él como Elliott hubieran sobrevivido a su misión y estuvieran a salvo en algún lugar. Se acordó entonces de los momentos que habían pasado juntos; de ninguna manera habían sido fáciles, pero habían sabido compartir la carga y los padecimientos. Un vacío doloroso en su interior le recordó lo mucho que echaba de menos su compañía.

—¿Todo bien, cielo mío? —indagó Martha, al darse cuenta de que él había dejado de comer. Chester podía ver las hebras de carne de cordero que asomaban en las oquedades de la dentadura de la mujer.

Asintió con la cabeza y volvió a centrarse en su cuenco, y aprovechando que Martha tenía la cabeza agachada y se llevaba un bocado a la boca, intercambió una sonrisa clandestina con Stephanie.

Pero a pesar de la presencia de la chica, se sentía solo.

Suspiró cuando terminó su cuenco de estofado, que realmente había resultado bastante apetitoso. Cuando Martha también terminó, Stephanie se ofreció a recoger la mesa. Pero la anfitriona nunca lo habría permitido; apiló cuidadosamente los cuencos uno encima de otro, se dirigió a la puerta de entrada y simplemente los arrojó fuera, donde aterrizaron estruendosamente sobre el patio adoquinado.

—Ya está —dijo frotándose las manos.

—El guiso estaba fantástico. Gracias —comentó Chester, ligeramente sorprendido por lo que acababa de hacer la mujer, aunque en absoluto dispuesto a hacer comentario alguno sobre su estilo harto peculiar como ama de casa.

—Sí, gracias —dijo Stephanie.

Martha, que no había mirado ni una sola vez en dirección a la chica, ni durante ni después de la comida, estaba observando embobada a Chester con su habitual sonrisa de oreja a oreja en la cara.

—Debería ir a buscar un poco más de leña para poder seguir avivando el fuego —propuso la mujer—. Quiero que te encuentres cómodo y a gusto aquí dentro.

El chico le hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza, y cuando Martha salió, se acercó a la ventana desde donde podía verla y se apoyó en el alféizar. Aunque ella estaba a unos nueve metros de distancia, sabía que él estaba allí y no dejaba de mirarle y de saludarle con aquel extraño gesto de la mano.

Chester fingió rascarse la nariz para enmascarar que estaba hablando.

—Quédate en ese otro lado de la habitación —le advirtió a Stephanie—. Ni te imaginas lo cerca que estuvo Martha de matarte. ¿En qué estabas pensando cuando me seguiste? No se necesita mucho para hacerla estallar. Y se puede volver loca perdida.

—No lo entiendo… Entonces, ¿por qué has venido con ella? —preguntó Stephanie.

—Porque me traía sin cuidado. Y me trae sin cuidado, y de todas formas, es mejor que estar cerca de Parry y sus apestosas mentiras.

—En su momento, él no supo lo que Danforth andaba planeando —le rebatió ella.

—Pero sí después, y fue demasiado cobarde para decírmelo. Eso es lo que duele —dijo Chester. Aunque estaba lleno de ira, consiguió mostrarle una sonrisa radiante a Martha cuando ella le volvió a saludar con la mano—. Ahora, es mejor que dejemos de hablar. Podría sospechar.

—Antes cuéntame qué le dijiste —preguntó perentoriamente Stephanie.

Chester suspiró.

—Tuve que pensar rápidamente en algo. No me resultó fácil decirlo, pero le dije que ahora que mi madre estaba muerta, ella era mi madre. Y también le dije que la única razón de que tú y yo fuéramos amigos se debía a que me recordabas mucho a mi hermana. —Tomó aire—. ¿Sabías que cuando era niño un idiota que había robado un coche la atropelló y la mató?

—No lo sabía —reconoció Stephanie en voz baja—. ¿Y es verdad eso? ¿De verdad te recuerdo a tu hermana?

—No —respondió él—. No te pareces en nada. Ella era tímida, bajita y un poco regordeta. Pero tenía que darle a Martha una buena razón, o habría supuesto que eras mi novia, y eso habría significado tu fin.

—¿Así que soy tu novia? —Stephanie lo preguntó al cabo de un rato, buscando los ojos de Chester con la mirada.

El chico intentó reprimir una leve sonrisa, entre otras razones porque Martha se dirigía de vuelta a la casa con un brazado de leña.

—Supongo que sí. Si ambos vivimos lo suficiente para que eso signifique algo.

 

 

Werner estaba lo bastante lejos del Kübelwagen para que Karl no le pudiera oír mascullar y maldecir después de terminar la conversación por radio con su hermano.

Por si no fuera suficiente que hubieran sobrevivido a una granizada de piedras y que media jungla pareciera haberse desplomado alrededor de ellos, encontraba lo que su hermano tenía que decirle muy difícil de creer. No sé qué acerca de una nueva torre en la que había contemplado unas vistas de la tierra tomadas desde el espacio exterior. ¿Había perdido completamente la chaveta o había estado bebiendo? «¡Por Dios bendito!», soltó, dándole una patada a una piedra tirada en el camino, lo que lamentó acto seguido al descubrir que era más pesada de lo que había previsto.

Después de recorrer cojeando la distancia que lo separaba del vehículo, recogió a Karl y partieron a pie. El camino, ahora lleno de escombros, era intransitable para las pequeñas ruedas del Kübelwagen. En consecuencia, sus alternativas eran ir a buscar el semioruga adonde Jürgen lo había dejado y abrirse camino por la fuerza para regresar a la ciudad, o hacer todo el camino andando para reunirse con su hermano.

Por lo demás, Werner iba alternando la preocupación por su hermano con su curiosidad por lo que el antropólogo generalmente sensato había estado barbotando por la radio. Pero las pruebas de que había sucedido algo trascendental le rodeaban por doquier, y quería llegar al fondo del asunto por sí mismo.

Sin embargo, el viaje resultó ser un reto considerablemente mayor de lo que había imaginado; en cuanto él y Karl hubieron dejado el sendero principal y se internaron en la selva, ya no fue el ocasional pedazo de sillería el que dificultaba su avance, sino la enorme cantidad de follaje machacado que estaba diseminado por todas partes.

Toda aquella vegetación arrancada y triturada seguía depositándose, porque cada cierto tiempo ramas enteras o raíces que habían quedado colgadas en lo alto de los gigantescos árboles caían al suelo. Así que no sólo tenían que trepar por los restos depositados entre los árboles indemnes de la selva, sino que también se veían obligados a estar atentos a cualquier cosa que pudiera caerles desde arriba.

A medida que siguieron avanzando por la selva, la cantidad de vegetación desplazada fue en aumento, hasta que terminaron por intentar circunnavegar los pequeños montículos que formaba. Entonces, por fin, los árboles se fueron haciendo más escasos, y salieron a una descomunal extensión de tierra pelada.

El niño miró inquisitivamente a su tío.

—Lo sé, es increíble —dijo el hombre—. Mira eso.

Y eso hicieron durante un rato, mirar la nueva forma de la pirámide y luego la increíble visión de la torre a lo lejos.

—Puede que, a fin de cuentas, mi hermano no haya perdido la razón —dijo Werner entre dientes, y empezaron a atravesar los campos de tierra calcinada por el sol de aquel nuevo paisaje.

Jürgen se había apostado junto a la base de la torre atento a su llegada y, cuando los divisó a lo lejos, salió corriendo a recibirlos.

Elliott, todavía ligeramente alterada, se había instalado en la cámara de la entrada de la torre acompañada de su nueva sombra, Tronco. En cuanto entró de nuevo en la torre, experimentó un cambio radical y dio la sensación de sentirse bastante más tranquila. También siguió la sugerencia de Will de que se tumbara con la cabeza apoyada en la cazadora enrollada, y no tardó en abandonarse al sueño.

Jürgen regresó finalmente con su hermano y su hijo. Al ver que Elliott estaba profundamente dormida, le indicó por gestos a Will que tenía la intención de llevar arriba a los otros dos, y los tres se alejaron de puntillas.

El chico se encontró sin nada que hacer. No queriendo alejarse demasiado de Elliott por si se despertaba, mató el tiempo examinando exhaustivamente las paredes de la cámara de entrada, dedicándose a golpearlas con los nudillos para ver si podía encontrar algo. Después volvió su atención a las dos grandes columnas con la intención de conjeturar qué eran y también comprobar si podía producir alguna clase de cambio tocando sus superficies, tal como Elliott parecía ser capaz de hacer. Casi había terminado de explorar hasta el último centímetro a su alcance de las columnas, cuando una voz detrás de él le hizo pegar un respingo.

—Eh, déjame a mí —dijo Elliott. Se restregó los ojos, y no parecía estar totalmente despierta cuando avanzó un paso y rozó con la mano la columna que Will tenía delante de la mano.

No había habido nada que demostrara que la zona concreta que había seleccionado fuera en absoluto diferente al resto de la superficie gris mate, pero bajo la punta de los dedos de Elliott un motivo tridente se iluminó con un azul reluciente. A la derecha del símbolo una puerta se deslizó silenciosamente dentro del cilindro y dejó a la vista una cámara inundada de una luz lechosa.

Will enmudeció. Bien podría haber estado ejecutando un nuevo y extraño baile cuando, cambiando el peso del cuerpo de un pie a otro, tensó los brazos por la frustración y al mismo tiempo intentó encogerse de hombros.

—No lo entiendo —manifestó por fin, girando en redondo hacia Elliott—. ¿Por qué sólo tú puedes hacer que esta cosa funcione?

—No lo sé —admitió ella, masajeándose el hombro para relajar los músculos después de la siesta en el suelo duro. Ya parecía más relajada; el descanso le había ayudado a superar la impresión por lo sucedido en lo alto de la torre. Pero ahora era Will el que se estaba poniendo cada vez más nervioso.

—Pero ¿qué es lo que te hace diferente del resto de nosotros? ¿Es porque eres medio styx? —sugirió él, y la sospecha le hizo entrecerrar los ojos—. ¿O me ocultas algo? ¿Por qué Tronco y sus colegas no manifestaron ninguna muestra de cariño por las gemelas Rebecca, Vane o, ya puestos, por ninguno de los demás styx cuando aparecieron en este mundo?

—¿Es posible que mi sangre le cambiara? —dijo Elliott con el entrecejo fruncido—. O quizá se deba a que Tronco y todos los demás nativos mantenían las distancias. Me contó que pensaban que los styx eran como los neogermanos, nada más que otro montón de gente que entraron en su tierra a la fuerza. —Guardó silencio un instante, y su ceño se intensificó cuando tocó la columna dos veces, haciendo que la puerta se cerrara y se abriera de nuevo—. ¿Y cómo sé estas cosas?, bueno, ya te lo dije, es como algo que recuerdas de un sueño. Parece muy real, pero al mismo tiempo sabes que no puede serlo porque en realidad no sucedió.

—Gracias, eso lo aclara todo tanto —dijo Will levantando una ceja y sonriendo abiertamente— como el barro.

—Sé que parece una locura. —Elliott se miró los pies mientras se frotaba la frente—. Y me siento como si hubiera más aquí dentro, aunque ahora mismo no te puedo decir exactamente qué es.

—¿Hubiera? Pero ¿tienes que tener alguna idea de qué se trata? —replicó él.

Elliott se echó a reír por lo raro que era todo.

—No sabré lo que sé hasta que tenga que saberlo.

—¿Te importa volver a explicarme eso? —Will se rió entre dientes, aunque al mismo tiempo la confusión le hizo sacudir la cabeza. Se volvió hacia la columna donde la puerta continuaba abierta—. Aunque quizá debiéramos averiguar qué están haciendo Jürgen y su hermano allí arriba. Esto es, si se me permite subir en el ascensor y no tengo que pegarme una caminata hasta arriba como el resto de nosotros, los despreciables humanos.

Ella le dio un puñetazo cariñoso en el pecho riéndose.

—Vamos, despreciable humano —dijo.

Como era de esperar, Tronco no iba a ser excluido del paseo, y también se coló en el ascensor.

Elliott tocó un panel liso deslizando la mano hacia arriba, y la puerta se cerró inmediatamente.

Will miraba con atención todo lo que le rodeaba mientras mascullaba:

—Seguro como en casa.

—¿Qué dices? —preguntó Elliott.

—No, nada, sólo me acordaba de lo mucho que Chester detestaba los ascensores —explicó Will—. Después de aquél tan poco fiable de la Colonia.

—Espero que se encuentre bien, dondequiera que esté —comentó Elliott.

—Yo también, pero, vamos… Tronco y yo estamos esperando, ¿por qué no has pulsado el botón de subida? —preguntó él.

—Ya lo he hecho.

La puerta se volvió a abrir y ante ellos estaban Jürgen y Werner, sumidos en lo que parecía un acalorado cruce de palabras, mientras Karl escuchaba a hurtadillas con los ojos muy abiertos a causa del susto que llevaba. Los dos hermanos neogermanos se callaron de inmediato, y su expresión resultó bastante cómica cuando vieron a Elliott salir del ascensor flanqueada por Will y el nativo.

—Ah, hola —dijo Werner.

—Elliott —terció Jürgen antes de que su hermano pudiera decir una palabra más—, supongo que es pedirte mucho, pero ¿te importaría demostrar a estos dos —dijo, indicando a Werner y a Karl— que no estaba alucinando ahí arriba? ¿Te importaría mostrarles lo que puedes hacer en la planta superior?

A Will le indignó la petición.

—¡Oiga, que mi amiga no es ningún mono de feria, sabe! —explotó, y pasó a repetir una frase que le había oído a su padre en una ocasión—: No me parece justo por su parte…

—No hay ningún problema —le interrumpió Elliott, que se aproximó al tramo de escaleras que conducía al nivel superior de la torre. En cuanto estuvo en el piso superior, se dirigió directamente a la pequeña ménsula y posó la mano en la superficie.

Todos observaron atónitos y en silencio cómo el muro circular se llenaba de nuevo con las imágenes múltiples de la tierra y el azul oscuro de los océanos, con las etéreas nubes de la atmósfera y los verdes parduscos de las masas terrestres.

Will volvía a estar fascinado.

—No lo entiendo. Estas vistas tienen que provenir de algo que esté flotando alrededor de la Tierra, como un satélite, o satélites, pero… ¿por qué a estas alturas no habían sido descubiertas? Sobre todo si tenemos en cuenta que deben de llevar allí desde la noche de los tiempos —razonó en voz alta mientras se volvía hacia los hermanos neogermanos. Sin embargo, éstos parecían estar demasiado atónitos para decir algo.

Karl le había cogido la mano a su padre mientras los dos miraban asombrados, y Werner se estaba riendo y sacudía la cabeza sin dejar de repetir: «¿Cómo es posible?» una y otra vez, absortos los tres en las imágenes del mundo exterior en el que en realidad no habían estado nunca.

Entonces Werner interrumpió su salmodia.

—Pero ¿de verdad están tomadas «ahora»?

Will estaba al lado de Elliott cuando ella tocó distintas partes de la ménsula, y las líneas y símbolos azules resplandecieron mientras las yemas de sus dedos bailaban encima.

—Por supuesto que sí —confirmó la chica.

—Entonces, ¿puedes enseñarme Alemania, por favor? —solicitó Werner.

Elliott había estado moviendo los dedos sobre la ménsula, pero entonces se inclinó hacia Will.

—Tendrás que ayudarme a encontrarla.

El chico se dio cuenta en ese momento de que naturalmente no estaba familiarizada con la topografía del mundo, porque ¿cómo lo iba a estar si se había pasado prácticamente toda la vida en la Colonia de las Profundidades?

—Allí —dijo Will señalando—. Cerca de esa parte donde se está poniendo el sol.

Toda Europa Central llenaba ahora las paredes, aunque hacia el oeste una sombra oscura estaba avanzando mientras empezaba a anochecer.

—Ahora, acércate a esa zona… —la guió señalando parte de la pared—, pero más a la izquierda.

—¡Mira, Jürgen, ahí está el Ruhr! —exclamó Werner con excitación—. Y allí Colonia… y Essen, donde crecieron nuestros padres. ¿No es increíble?

No era tan fácil ver el río ni los valles circundantes porque la noche estaba cayendo sobre la zona, aunque las luces del alumbrado público de los diferentes pueblos y ciudades a lo largo del río chispeaban.

—Muy bien, ¿podemos ir ahora al oeste, hacia Inglaterra? Me gustaría echarle otro vistazo —pidió Will, que volvió a indicar a Elliott hacia dónde tenía que mover el foco. El muro titiló, pero se estabilizó cuando apareció Francia, cuyas ciudades brillaban en el cielo nocturno.

—Ahora sube —indicó Will, y Elliott movió la vista a través del canal de la Mancha y allí se detuvo—. ¡Ahí está de nuevo! —exclamó él presa de la excitación, y entonces se hizo un silencio momentáneo—. Pero ¿por qué está tan oscuro?

No les había parecido que sucediera nada anormal la última vez que vieron Inglaterra, aunque es verdad que entonces la había visto a la luz del día. La imagen que los recibió en ese momento era alarmantemente distinta. No había ni rastro de la estela de iluminación que uno esperaría encontrar en Londres o de hecho en cualquiera de las ciudades importantes del sudeste.

—Eso no puede estar bien —observó Will, intentando encontrarle una explicación a la oscuridad—. Acércate un poco más, ¿te importa?

Elliott lo hizo, y así pudieron ver que había un reducido número de zonas de la capital que estaban iluminadas, aunque éstas eran pocas y alejadas entre sí. Y había otras que irradiaban un tipo de luz diferente, de un tono rojizo.

—No. ¿Son incendios? —preguntó Will con voz tenue—. ¿Qué está pasando ahí abajo? —Miró a Elliott—. A menos que haya algún enorme corte de energía eléctrica en todo el Reino Unido, va todo terriblemente mal.

—Bueno, quizá mi padre y Parry no detuvieran la Fase y… —empezó a decir Elliott.

—Y los styx ya le han hecho «eso» a Inglaterra —terminó por ella Will, incapaz de apartar la vista de la preocupante oscuridad que envolvía Londres.

Elliott apartó la mano de la ménsula y la imagen se extinguió inmediatamente.

—No sólo ellos —señaló la chica—. Puede que también tengan algo que ver los Armagi.

Lleno de aprensión, Will aplastó un puño contra la palma de su otra mano.

—Tengo que encontrar la manera de regresar —manifestó—. Si es que no es demasiado tarde ya.

 

 

Drake y Jiggs avanzaron sigilosamente a plena luz del día por el aeródromo abandonado, hasta que encontraron el módulo donde solían situarse los encargados de la seguridad. La puerta no estaba cerrada con llave y no había nadie dentro, ni tampoco indicio de vehículo alguno.

Jiggs le dio al interruptor de la luz varias veces.

—No hay luz. Alguien se olvidó de pagar la factura —comentó.

Drake se había dirigido directamente al teléfono que había encima de una de las mesas.

—Esto también está muerto —dijo. Cuando volvió a dejar el receptor, reparó en un vaso de polietileno que contenía un té sin acabar—. En ese sitio solía haber guardia las veinticuatro horas, pero a esta bebida le están saliendo hongos. Se diría que aquí no ha estado nadie… —hizo una mueca cuando examinó los hongos de la taza— desde hace semanas. Me pregunto por qué. —Drake miró las franjas de luz que penetraban entre las lamas de las persianas, donde las motas de polvo bailaban lentamente—. De todas formas, lo prioritario es ponerse en contacto con mi padre o con Eddie. Determinemos cuál es la manera más rápida de hacerlo sin correr ningún peligro.

Dentro del mismo módulo realizaron una comprobación del equipo, para lo que extendieron cada uno de los utensilios sobre el suelo. El problema era que muchos de los artículos que Drake había llevado consigo o transportado en la Bergen habían resultado quemados seriamente por la explosión nuclear.

—Éste está absolutamente inservible. Tiene los circuitos achicharrados —dijo Drake, lanzándole su teléfono vía satélite a Jiggs, que también probó a hacerlo funcionar—. Bueno, tenemos algunas armas y munición, un par de cohetes propulsores vacíos, mi monocular, un rastreador y un par de balizas.

—Y mi radio de onda corta hecha polvo, que no nos llevará a ninguna parte —añadió Jiggs, poniéndola encima del montón. Cuando empezaron a guardar el equipo de nuevo, Drake se desplomó sobre la silla de una de las mesas.

—Tenemos que llegar a la casa más próxima con teléfono y dejar un mensaje en el servidor remoto —dijo—. Como no tenemos ni idea de adónde ha llegado Parry, es la única manera que se me ocurre de contactar con él y averiguar en qué punto se encuentra la operación aquí en la Superficie.

—Estoy de acuerdo, pero a menos que tengamos suerte y encontremos un vehículo, vamos a tener que ir por la vía lenta, a pie —le retrucó Jiggs, balanceando la Bergen para ponérsela en los hombros.

—Pues que así sea —dijo Drake, que a duras penas consiguió levantarse.

Aunque todavía era invierno, el sol brillaba con intensidad en el cielo sin nubes cuando se metieron por una abertura de la reja perimetral del aeródromo y se dirigieron a la carretera más próxima cruzando un pastizal silvestre.

—Hace calor para esta época del año —comentó Jiggs, desabrochándose otro botón de la camisa.

Drake trataba de que el sol le diera en la cara.

—Esto es gloria bendita. Resulta gracioso la de cosas que uno no valora —dijo conmovedoramente, permitiéndose cerrar los ojos un instante—. He debido de estar bajo el sol de la mañana miles de veces en días exactamente iguales a éste, pero es la primera vez que lo «siento» de verdad.

Atravesaron un seto, bajaron con dificultad un talud cubierto de hierba y se encontraron en una carretera secundaria. Sus botas hacían un ruido sordo sobre el asfalto mientras caminaban todo lo deprisa que podía Drake, sin que ninguno de los dos comentara nada sobre las ramas y escombros esparcidos por todas partes. La carretera no debería haber estado en tan malas condiciones, salvo que hubiera habido vientos tormentosos, y ninguno vio alguna otra prueba de tal cosa.

Drake señaló una pequeña zona boscosa.

—Ahí es donde escondí el Range Rover cuando dejé a Will y al pobre viejo doctor. —Se rió para sí—. Eso no fue hace mucho, pero ahora se me antoja toda una vida.

—Espera —le interrumpió Jiggs, haciendo que ambos se detuvieran—. ¿Ves ese vehículo de ahí delante? —Desabrochó la funda de su cartuchera, pero no sacó su arma corta.

—Entiendo —dijo Drake.

Avanzaron lentamente hacia el coche tomándose su tiempo, porque el vehículo había sido abandonado atravesado en la carretera, lo que imposibilitaba la circulación.

—Alguien se detuvo a toda prisa —observó Drake, dirigiendo a Jiggs hacia las marcas del derrapaje—. ¿Qué ha pasado aquí?

Pero Jiggs ya estaba junto a la puerta del conductor mirándola atentamente.

—Qué extraño es esto. —El panel de la puerta estaba hundido hacia dentro, como si hubiera recibido un impacto lateral de cierta consideración; la ventanilla se había roto y los trozos de cristal estaban esparcidos por la carretera—. La llave sigue en el contacto, y hay sangre seca en el asiento —dijo cuando metió la cabeza en el coche.

—También aquí, por donde alguien fue arrastrado —corroboró Drake mientras se alejaba del coche siguiendo las manchas oscuras de sangre—. Pero no hay rastro de ningún cuerpo, tan sólo algunas pertenencias personales. —Recogió un billetero y un móvil de la cuneta de desagüe en el lateral de la carretera.

—No lo entiendo —dijo Jiggs, tratando de reconstruir lo que había sucedido—. Algo chocó contra el coche, algo duro, ¿y el conductor fue sacado de un tirón por la ventanilla? —preguntó, al tiempo que se agachaba para examinar los trozos de tela desgarrados que se habían enganchado en los bordes rotos del cristal y toda la sangre en el exterior de la puerta.

Drake estaba comprobando si el móvil funcionaba.

—¡Normal! No da señal —dijo—, aunque podría deberse a que la batería está muy baja. —Acto seguido se puso a registrar el billetero que había encontrado—. El conductor era de aquí —empezó a decir, pero entonces dejó caer la cartera súbitamente y empezó a tambalearse.

Al advertir que pasaba algo, Jiggs le ayudó a acercarse al coche.

—Lo siento —se disculpó Drake—. Me fallaron las piernas de repente.

Jiggs miró con preocupación la pátina que el sudor reciente había dejado en su cara y su forma de temblar cuando se apoyó en el coche.

—Es mejor que entres, y que vayamos inmediatamente a buscar el pueblo más próximo —sugirió—. Tengo que llevarte a un hospital.

El coche arrancó sin problemas y se pusieron en marcha por la carretera. No llevaban conduciendo más de cinco minutos cuando llegaron a un pequeño puente curvo, donde tuvieron que detenerse con un chirriar de frenos porque la carretera estaba cortada por un grupo de unos veinte hombres. Algunos empuñaban escopetas y rifles de pequeño calibre, mientras que otros iban armados con zapapicos e incluso con horcas.

—¡Cielo santo! ¿Es que estamos a punto de ser masacrados por una partida de linchamiento? —preguntó Jiggs.

—Supongo que estamos en Norfolk —replicó Drake.

Un hombre corpulento con una chaqueta de tweed salió del grupo.

—Caballeros, ¿les importaría salir del coche? —les pidió—. Y por el bien de todos, ¡apaguen ese motor!

Drake empezó a toser con una tos tan áspera que daba angustia oírle. Jiggs se asomó por la ventanilla rota, pero no apagó el motor.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Y qué es lo que está sucediendo aquí?

—Apague el motor y salgan del coche, y luego se lo contaremos —dijo el hombre corpulento con impaciencia. Comoquiera que Drake continuara tosiendo, el hombre le echó un vistazo a la cabeza y a todas las vendas que le cubrían las quemaduras—. Su amigo… no parece encontrarse en muy buen estado.

—No lo está —respondió Jiggs, estudiando al corpulento cabecilla.

Calculó que debía tener unos sesenta y tantos años, mientras que varios de los demás parecían aún más viejos. También había en el grupo varios hombres jóvenes que a todas luces les gustaba ir armados; se percató de eso por la forma que tenían de sujetar las armas, y enseguida empezó a preocuparse por los dedos crispados sobre los gatillos.

—De acuerdo, voy a salir —aceptó Jiggs, que apagó el motor y abrió lentamente su puerta. Luego, con su fusil de asalto sujeto en alto en una mano, salió a la carretera. Se volvió hacia Drake, que parecía haberse recuperado del ataque de tos. Pero cuando éste salió de detrás de la puerta del coche y levantó por fin la cabeza, llevaba una pistola Beretta en cada mano. Intentando ignorar el dolor que sentía en el hombro herido, estaba apuntando al corpulento cabecilla con una pistola y movía la otra hacia el resto del grupo.

—¿Quiénes son todos ustedes? —exigió saber Drake—. Porque tengo la sensación de acabar de entrar en el plató de El hombre de mimbre. Y nunca me gustó cómo acaba esa película.

—Muy gracioso —le retrucó el corpulento cabecilla—. Sólo somos personas de la comarca que intentamos hacer todo lo que está en nuestras manos para seguir vivos. Así que sugiero que guardemos todos nuestras armas —dijo, en tono autoritario lanzando una mirada a los otros hombres que le rodeaban, que obedecieron inmediatamente—. Y usted debería hacer lo mismo —le espetó a Drake—. Y luego acompáñenme a algún lugar menos desprotegido que éste.

Jiggs llamó la atención de Drake y le hizo un gesto con la cabeza. Éste bajó las pistolas, y luego, con el corpulento cabecilla caminando entre los dos, salieron de la carretera y siguieron subiendo por un campo con una ligera pendiente.

—¿Son militares? Hemos tenido a mucha gente del ejército por aquí —dijo el hombre, moviendo rápidamente la mirada de uno a otro. Estaba jadeando a causa del ejercicio cuando llegaron arriba y se volvió hacia Drake—. ¿Y a usted qué le pasa? Respira con tanta dificultad como yo. ¿Asma?

—No, es el efecto de haber estado expuesto a la radiactividad —respondió Drake respirando entrecortadamente, y su pecho se convulsionó arriba y abajo cuando le asaltó otro ataque de tos. Tardó un momento en recuperarse, y entonces continuó—: Tiene que decirnos qué ha estado sucediendo últimamente. —Arrugó el entrecejo—. En fin, ¿a qué vienen todas esas armas? ¿Y por qué no funcionan las redes de móviles?

—¿De verdad no tiene ni idea? —preguntó con asombro el hombre.

—Suponga que no sabemos nada —replicó Drake.

El cabecilla tomó aire con un sonido sibilante antes de empezar a hablar.

—La televisión y los periódicos informaron de que se estaban produciendo ataques terroristas cuando todo empezó, y luego la cosa se convirtió en algo bastante peor. —Miró con curiosidad a Drake, como si de pronto sospechara de él—. ¿Así que no saben cómo se produjo el colapso de… todo? —preguntó, escogiendo con tiento las palabras adecuadas—. ¿Acaso ustedes dos han estado escondidos en un agujero? —inquirió.

—No anda desencaminado —contestó Drake, y entonces el hombre corpulento les hizo un gesto con la mano para que se acercaran a un bosquecillo.

—Si se han perdido toda la diversión mientras el país se iba al garete, entonces tal vez quieran ver esto —dijo, señalando por la pendiente abajo, adonde varios de los hombres más jóvenes habían permanecido junto al coche. Tenían el capó del vehículo levantado, mientras otro grupo desenrollaba el cable de un tambor—. Creemos que ellos son muy sensibles a las vibraciones que emiten los motores. Eso los atrae desde kilómetros de distancia.

—¿A quiénes se refiere? —se apresuró a preguntar Jiggs.

—A las bestias de cristal… Muy probablemente verán una dentro de un momentito.

—¿Bestias de cristal? —repitió Drake con un graznido.

—La verdad, no sabemos lo que son. Hay un grupo de ellas junto al viejo aeródromo de West Raynham… Si pasaron en coche cerca de allí, tuvieron una suerte loca de llegar tan lejos. Pero dado que han metido ese coche en nuestra zona, no tardarán mucho en dejarse caer por aquí, y no podemos tenerlas cerca o nos invadirán como a los demás pueblos.

—Pero ha hablado de bestias de cristal, ¿qué quiere decir con eso exactamente? —le acosó Jiggs.

—Es difícil describirlas —respondió el hombre—. Caen del cielo, y a veces vienen por el agua, aunque las que vienen por el agua parecen diferentes. Pero todas son igual de salvajes, y se han llevado a más gente de la nuestra que la que me gustaría recordar.

Drake y Jiggs se miraron a los ojos.

—¿Armagi? —sugirió Drake.

—¿Saben algo sobre esas bestias? —preguntó el hombre corpulento.

Drake negó con la cabeza.

—No mucho, aunque nos barruntábamos que esto podía suceder.

—Ahora es mejor que nos quitemos de la vista —dijo el hombre corpulento, y Drake y Jiggs siguieron su ejemplo cuando se tumbó sobre el suelo. Una vez allí, chasqueó los dedos, y otro hombre del grupo se acercó inmediatamente con un bolso que contenía unos telescopios bastante sofisticados colocados sobre unos pequeños trípodes y se los entregó. Cuando Drake levantó las cejas al ver el suyo, el cabecilla explicó—: Tenemos algunos mirones empedernidos en nuestro pueblo, ya sabe, observadores de pájaros, así que siempre nos permitimos el capricho de los mejores telescopios.

Cuando oyeron que el coche se ponía en marcha, el cabecilla explicó:

—Hemos dejado el motor en marcha poniéndole un peso encima al acelerador, nada que haga demasiado ruido, pero si esos seres están sobre la pista, eso los traerá aquí rápidamente, como los ratones acuden al queso. Las bestias de cristal siempre parecen viajar en parejas, y si no las detenemos aquí, siguen buscando hasta que encuentran a alguien.

Los hombres de la carretera se estaban alejando ya del coche rápidamente.

—Enfoque el telescopio sobre el coche, y eche un vistazo a su alrededor. No quiero que se pierda la entrada triunfal —ordenó el corpulento cabecilla riéndose entre dientes—. No es exactamente igual que observar a las aves en Blakeney Point.

A continuación, mientras esperaban, con voz seria y apagada empezó a narrarles a ambos lo que había estado sucediendo en la Superficie, que la policía y el ejército parecían haberse disuelto, que todos los servicios públicos —electricidad, gas, telecomunicaciones— habían dejado de funcionar de buenas a primeras.

—¿Saben?, ustedes dos me recuerdan a ciertos sujetos extraños que anduvieron por el pueblo hace algún tiempo —dijo el hombre de pronto—. Tampoco parecían saber dónde estaban. Y la razón de que me hayan venido a la cabeza es que ambos estaban cubiertos de barro, como si los acabaran de sacar del río Wensum, igual que ustedes.

Drake levantó una ceja.

—¿Y qué aspecto tenían esas personas?

—Entraron tranquilamente en mi tienda del pueblo una mañana temprano antes de abrir. En su momento, le dije a mi esposa que tenía la sensación de que iba a pasar algo pronto, y eso no fue mucho antes de que empezaran todos estos extraños sucesos y el país se fuera al garete.

—¿Podría describirlos? —preguntó Drake.

El corpulento cabecilla pensó durante un instante.

—Uno era un muchacho de aspecto montaraz, con el pelo largo y blanco como la nieve, y otro un viejo, también con el pelo muy largo, que parecía ser su pa…

—¿El viejo llevaba gafas? —le interrumpió Drake, y una gran sonrisa se extendió por su cara—. ¿Qué clase de tienda tiene usted?

El hombre corpulento puso cara de tristeza.

—Tenía. Me temo que me vi obligado a cerrarla ante la imposibilidad de recibir los suministros, pero era la tienda del pueblo, ya sabe, un supermercado con alimentos, periódicos y…

Drake había empezado a reírse entre dientes.

—Por consiguiente, vendía chocolate. ¿Por casualidad, el mayor de los dos no se atiborraría de chocolate como un niño? ¿Verdad que sí? Porque al doctor siempre le encantó el chocolate.

—¡Sí que lo hizo! —prorrumpió el hombre corpulento—. Compró varias tabletas, y le vi zampárselas en la acera.

—Will y el doctor Burrows —le comentó Drake a Jiggs, que parecía confundido—, la primera vez que subieron desde el refugio antinuclear.

El hombre corpulento también parecía bastante desconcertado.

—Pero ¿cómo es que us…?

—Chist —les chistó alguien por detrás de ellos—. La primera bestia ha aterrizado.

Jiggs había estado concentrado en el coche mientras los otros dos hablaban, y había visto al Armagi sobrevolar los árboles y lanzarse a continuación en picado y bajar cerca del vehículo.

Drake avistó al segundo cuando surgió del curso del río debajo del puente.

—¡Dios mío, allí! ¡Ése es un Armagi! —susurró Drake horrorizado—. Adaptado a la vida en el agua.

—Y evidentemente el otro puede volar —añadió Jiggs.

—Se pueden transformar —dijo el hombre corpulento—. Pero observen eso.

Los dos Armagi se acercaron al coche, uno con las alas plegadas a la espalda, y el otro pareciendo cristal líquido cuando el agua que le cubría reflejó el intenso sol. Hubo un momento en que las dos criaturas se volvieron para mirarse una a la otra por encima del techo del vehículo, como si se estuvieran comunicando.

—¡Y buuumba! —murmuró el antiguo tendero.

El miembro del grupo escondido en el campo aplicó corriente a los cables que discurrían hasta el depósito del coche lleno de combustible. La explosión lanzó el vehículo por los aires y la bola de fuego hizo saltar en pedazos a los dos Armagi.

Lo más extraño de todo fue que durante apenas un fugaz instante tanto Drake como Jiggs alcanzaron a ver recortadas contra las llamas, no a las bestias transparentes, sino las siluetas inconfundibles de dos hombres.

El grueso cabecilla ya estaba de pie y les dijo que se levantaran.

—Vendremos más tarde para comprobar que nada haya escapado al fuego. Verán, incineramos hasta el último pedazo de esas bestias inmundas que podamos encontrar.

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