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Tercera parte. El Bosque de los Obispos » Capítulo 13
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Chocaron contra algo duro después de caer varios metros. La sacudida les hizo soltar las Bergen y las armas.
Estaba oscuro como boca de lobo y hacía un frío que pelaba.
Will alargó inmediatamente la mano hacia Elliott y la encontró en el suelo a su lado.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —respondió ella, y entonces se señaló el casco—. ¿Es seguro que nos quitemos esto ahora?
—Supongo que sí. Tarde o temprano vamos a tener que hacerlo, ya que el aire se agotará. Y si hemos hecho mal la descontaminación, entonces… —Dejó que su voz se fuera apagando. Soltó la juntura del cuello y se sacó el casco de plástico de la cabeza. Elliott siguió su ejemplo, y ambos dieron sus primeras bocanadas metiéndose el gélido aire nocturno en los pulmones.
—Brrrr —Elliott soltó el aire con los dientes empezando ya a castañetearle.
En ese momento ambos cayeron en la cuenta de lo mal preparados que iban para unas condiciones como ésas, después del clima tropical del mundo interior. Y la situación se agravaba no sólo a causa de que sus finos trajes de plástico supusieran una escasa protección contra el frío, sino porque ambos seguían mojados por el proceso de descontaminación.
—No hemos traído ninguna ropa adecuada con nosotros —reconoció Elliott.
—No lo pensamos detenidamente —admitió Will.
Sus voces parecían insignificantes, y no había eco. Fuera donde fuese adonde hubieran llegado, de lo que no había duda era de que estaban al aire libre.
—¡Al menos seguimos vivos! ¡Lo conseguimos! —declaró Will, cuando comprendió que habían sobrevivido al viaje a través del portal brillante.
Elliott se mostraba más calmada, como si no hubiera esperado menos.
—Sí, fantástico, pero ¿dónde estamos exactamente? —Se puso de pie y utilizó la mira de su fusil para echar un vistazo—. ¿Árboles? No veo más que árboles —dijo—. Y tengo verdaderas náuseas —añadió con un gemido, y se volvió a sentar en el suelo mientras se agarraba el estómago.
Will había abierto su Bergen y estaba rebuscando en su interior, pero dejó de hacer lo que estaba haciendo cuando las náuseas también se apoderaron de él.
—Yo también. De pronto me siento realmente fatal —dijo. Bajó la cabeza, pero la volvió a levantar rápidamente al tiempo que soltaba un sonoro eructo—. Ah, eso ha resuelto el problema. —Se volvió hacia Elliott en la oscuridad—. Inténtalo.
—¿El qué? ¿Eructar?
—Sí, vamos. Debe de ser una acumulación de aire, por al cambio de presión o algo parecido.
—Bueno, de acuerdo. —Se produjo un silencio mientras ella tomaba aire y contenía la respiración, tras lo cual lo expulsó convertido en el más apabullante de los eructos (bastante más sonoro que el de Will), que reverberó entre los árboles—. Esto está mejor —reconoció Elliott.
—Te ha quedado muy fino —se burló Will, riéndose entre dientes, y se volvió a sumergir en su Bergen para buscar el dispositivo de visión nocturna. En el mundo interior, donde la luz diurna era una constante, había resultado superfluo, pero lo seguía llevando con él allá donde fuera por la fuerza de la costumbre—. Hace tiempo que no utilizo esto. Espero que siga funcionando —dijo, ajustándose la correa alrededor de la cabeza, tras lo cual bajó el monocular sobre el ojo. Cuando conectó con un rápido movimiento el interruptor de la pequeña caja que colgaba de la unidad mediante un cable, lo único que vio fue la habitual ventisca naranja antes de que la visión se estabilizara—. Sí, árboles, los veo —dijo, echando un vistazo alrededor—. ¿Y eso de allí es un arroyo? —preguntó, señalando el lugar donde las ortigas y la maleza se abrían y algo brillaba bajo la escasa luz de la luna que atravesaba la gruesa capa de nubes.
Pero Elliott estaba ocupada mirando por su mira en el sentido opuesto, inspeccionando la corta pendiente que tenían al lado mientras intentaba distinguir algo colocado en lo más alto.
—Me pregunto dónde estamos —dijo ella.
—Sin duda no parece Londres. Debemos de estar en el campo, en cualquier parte —sugirió Will—. Y tenemos que salir de aquí antes de que muramos congelados —añadió, y se puso a patear el suelo en un intento de mantenerse caliente.
Fue entonces cuando Elliott divisó el asfalto helado de un camino que ascendía por la pendiente.
—¿Qué tal allí arriba? —le sugirió a Will.
Tras reunir su equipo, empezaron a subir por el camino, aunque Will se paró de repente.
—Espera un segundo. —Regresó adonde habían estado y sólo necesitó mirar el suelo un segundo o dos antes de inclinarse a recoger algo—. Confiaba en que estuviera aquí —dijo, levantando la brújula de su padre.
Pero entonces también vio otra cosa en el lugar por el que habían llegado.
—¡Eh!, ¿quieres echar un vistazo a esto? Hemos hecho un corro de brujas —dijo con una carcajada. Rodeándole, había un círculo perfecto como de un metro ochenta de diámetro. Cualquiera que fuera la fuerza que los había transportado hasta allí no sólo había cortado la larga hierba; toda la zona central del círculo también había sido extraída hasta el punto de que el suelo helado quedaba a la vista—. ¿Crees que es así como se hacen todos los corros de brujas? —preguntó en plan bromista.
Pero Elliott ya estaba en lo alto de la pendiente, donde se había agachado detrás de una barandilla metálica baja. Se tocó la coronilla para indicarle a Will que se reuniera con ella Había encontrado algo. Y mientras el chico ascendía como podía por la pendiente para reunirse con ella con el subfusil Sten listo, Elliott hizo otra señal agitando la palma en el aire, indicándole que se mantuviera agachado.
Estaban delante de una calle ancha que seguía hasta girar en una esquina a la derecha de donde se encontraban. Luego descendía en una ligera pendiente hacia la izquierda, y al otro lado de esa parte de la calle había unos edificios.
—Así que no estamos en el campo —susurró Will, mientras ambos asimilaban lo que se extendía ante su vista—. Después de todo, hemos venido a parar a Londres —añadió.
—Sí, eso ya lo había deducido yo solita —le susurró ella.
—¡Pero menudas casas! —comentó Will. Por el tamaño de los edificios sabía que tenían que estar en una de las zonas más ricas de la ciudad.
Elliott estiró el cuello hacia la izquierda para ver lo que había calle adelante.
—No hay luces en ningún sitio —susurró. No tenía mucha experiencia en las ciudades de la Superficie, y añadió—: Eso no es normal, ¿verdad?
Will no respondió de inmediato, pues estaba prestando atención al gañido de un zorro.
—No, no hay ninguna duda de que pasa algo. —Casi enfrente de ellos tenían una calle secundaria flanqueada de más casas grandes—. Echemos un vistazo por allí —sugirió, y entonces levantó la vista hacia el cielo—. No tengo ni idea de lo tarde o temprano que es, pero no queremos quedarnos atrapados al aire libre cuando esto se llene de luz.
—Así es —replicó Elliott—. Así que cúbreme. —Echó a correr medio agachada hasta la esquina del otro lado de la calle, y luego vigiló mientras Will hacía lo mismo. Se aplastaron contra un muro mirando de pasada a los vehículos abandonados a lo largo de la calle, alrededor de los cuales se esparcía la basura y hasta algunas prendas de vestir.
La mirada de Will se posó en un cartel.
—¿Camino del Bosque de los Obispos? —susurró, tratando de recordar si había oído antes el nombre de ese lugar.
—¿Te dice algo? —preguntó Elliott.
Él negó con la cabeza.
—No, pero por el código postal, esto es el norte de Londres, aunque no debe de estar tan al norte como Highfield.
—En esa casa ha habido un incendio —dijo Elliott señalando la vivienda de enfrente, donde unas densas sombras de humo manchaban la blanca fachada georgiana.
—¿Y qué pasa con la siguiente casa? ¿Ves algo allí? —preguntó Will, que entornó el ojo mientras intentaba verla a través del monocular de visión nocturna.
—Si queremos algún lugar seguro para quedarnos, ¿qué tal la casa que tenemos detrás? —propuso Elliott—. La rodea un bonito muro.
Will tardó un instante en sopesar la propuesta. Advirtió que las puertas parecían firmemente cerradas.
—Pues claro. Echémosle un vistazo de cerca.
Una vez traspuesto el muro cruzaron un camino de adoquines e inspeccionaron todas las ventanas en busca de señales de vida. Will intentó abrir la puerta principal, pero estaba cerrada con llave, así que rodeó la casa lentamente hacia la parte posterior pasando junto a un gran invernadero.
Llegaron a una puerta posterior con cristales en la mitad superior, y se pegaron cada uno a un lado de la pared. Will comprobó el picaporte, pero una vez más la puerta estaba cerrada a cal y canto con llave.
—Bueno, ¿rompemos el cristal para entrar? —propuso él—. ¿Y qué pasa con el ruido?
Elliott no respondió de inmediato, y ambos prestaron atención al zorro que seguía gañendo a lo lejos y a las ramas desnudas de los árboles del jardín que el gélido viento agitaba.
—Estoy completamente helado —gruñó Will—. Típico, ¿no? Llevo semanas quejándome del sol y del calor, y ahora me toca esto. —Le echó un vistazo al cielo—. Una oscuridad completa y un tiempo de perros.
—Vamos, rómpelo —se decidió Elliott—. No podemos quedarnos aquí fuera.
—Romper y entrar… Otro intento —dijo Will entre dientes. Golpeó con la culata metálica de su Sten uno de los cristales e hizo una mueca cuando los trozos aterrizaron con estrépito en el suelo del interior. Metió la mano por el agujero y abrió el cerrojo del interior de la puerta—. Ya está. Entremos.
El pasillo estaba revestido de madera oscura y adornado con varios candelabros. Will y Elliott se separaron y recorrieron metódicamente la planta de abajo. Luego se reunieron al pie de la escalera antes de hacer lo propio con los dormitorios de la siguiente planta. El chico meneó la cabeza.
—Para que luego hablen de las casas de los ricos y los famosos. Sólo he visto sitios así en los programas que ve mi madre en la televisión —comentó.
Escogieron la habitación más grande y empezaron a buscar ropa de abrigo. Will abrió una puerta en un rincón, y se encontró en un vestidor con unos preciosos estantes de cedro atestados hasta arriba de ropa de hombre. Llamó a Elliott y ambos eligieron entre todo lo que encontraron a mano; se pusieron unos jerséis, y encima otra capa de ropa con la intención de conservar el calor.
El resto de la noche montaron guardia por turnos en la entrada, mientras el otro dormía.
Will había estado acertado en lo de ponerse a cubierto, porque no pasó mucho tiempo antes de que despuntara el alba. Tras quitarse el monocular de visión nocturna, despertó a Elliott con delicadeza. Su amiga se había desplomado sobre la lujosa cama de matrimonio y tenía cubierta la cabeza con el edredón. Ambos bajaron las escaleras de puntillas, y la luz que entraba desde el exterior les permitió enterarse de lo extravagante que era el interior de la casa.
—No se parece en nada a tu casa —observó Elliott contemplando el pasillo de bruñidas baldosas de mármol mientras Will entraba en una gran habitación, en cuyo interior había un piano de cola rodeado de algunas palmeras en grandes maceteros de barro que parecían bastante necesitadas de agua.
—Y que lo digas —respondió él, riéndose—. ¿Por dónde se va a la cocina?
La encontraron, una estancia que parecía increíblemente cara embaldosada de arriba abajo de blanco y con un equipamiento igualmente blanco. Y en el primer armario que registraron, encontraron varios paquetes de galletas de chocolate dietéticas.
Will no perdió ni un segundo en rasgar el envoltorio de una y pasarle un puñado de galletas a Elliott.
—Un poco insípidas, pero caray, ¡prueba este chocolate! —farfulló Will con la boca llena. Se detuvo delante del doble fregadero que había debajo de la ventana, mirando fijamente el jardín, y siguió comiendo ruidosamente hasta acabar con todo el paquete. No prestó mucha atención cuando Elliott se fue a explorar la casa.
Cuando oyó un ruido detrás de él, giró en redondo.
Un hombre, de unos cincuenta años, barba gris y pelo alborotado, le estaba apuntando con una pistola directamente a la cabeza.
—¿Qué estás haciendo en mi casa? —exigió saber con voz ronca.
Con las migajas cayéndole de la boca, Will intentó responder.
—Veo que has roto una de mis ventanas. ¿Quién eres tú? ¿Un jodido saqueador? —le preguntó el hombre, a quien la ira enronquecía la voz—. ¿Es que las sabandijas del Archway vienen aquí a desvalijarme?
Will por fin consiguió tragar lo que tenía en la boca.
—No, no soy un saqueador —replicó.
—Si no sales de mi propiedad, te juro por… que te pegaré un tiro —le amenazó, apartándose un paso de Will como para darle la oportunidad de que se largara sin montar ningún alboroto.
El chico suspiró.
—¿Por qué siempre soy al que apuntan con un arma? —preguntó cansinamente.
—¿Qué? —preguntó el hombre con un resoplido y perplejo por que Will se estuviera tomando la situación con tanta calma.
Y es que Will se la estaba tomando con calma. Después de todo lo que había pasado durante los dos últimos años, se necesitaba algo más que eso para ponerle nervioso. Sobre todo, porque había reparado en algo.
—¿Así que me va a disparar con esa asquerosa pistola de aire comprimido, no es así? ¿Y luego qué? —preguntó—. Porque eso no me va a hacer mucho daño, y para cuando la haya amartillado y cargado un nuevo perdigón, le habré partido en dos con mi Sten. —Se giró ligeramente para permitir que el hombre viera el subfusil que llevaba colgado del hombro.
—¿Eso es un Sten? —preguntó el dueño de la casa, que parecía notablemente menos seguro de sí mismo.
Se oyó un chasquido cuando Elliott montó su numerito y le quitó el seguro a su fusil mientras empujaba al hombre en la nuca con el cañón.
—¿Necesitas ayuda, Will? —preguntó.
—No, estamos bien —dijo el chico—. Yo y el barbudo sólo estamos hablando, ¿verdad?
El hombre bajó lentamente la pistola de aire comprimido, aunque se quedó contemplando a Will y luego a Elliott con cierta indignación.
—Si me vais a birlar la ropa, ¿no os parece que podrías coger otra cosa que no sean mis mejores trajes? Esos dos están hechos a medida en Savile Row, y son muy caros.
Will no había prestado mucha atención a lo que habían encontrado en el ropero, pero entonces examinó la americana gris que llevaba puesta y el traje azul cruzado escogido por Elliott, que se había arremangado las mangas y las perneras de los pantalones para que le quedaran mejor. Los dos eran unos trajes muy elegantes.
—Lo siento —dijo—. No vinimos aquí con intención de robarle, pero nos estábamos quedando congelados. Llegamos esta mañana temprano y necesitábamos ropa y algún lugar caliente.
—¿Por qué? ¿Y desde dónde «llegasteis»? —inquirió el hombre—. Porque no he oído llegar a un solo vehículo desde hace semanas.
Will asintió con la cabeza.
—Es una larga historia.
El dueño de la casa miró el jardín por las ventanas que estaban a espaldas de Will.
—Bien, si no tenéis intención de volver ahí fuera mientras haya luz (lo que sería una forma muy rápida de suicidarse), os sugiero que me sigáis.
Sin esperar a que le respondieran, pasó directamente por delante de Elliott y salió de la cocina, dirigiéndose hacia una habitación situada en la parte delantera de la casa. Allí, se acercó a un pesado tapiz que colgaba de la pared detrás de una gran mesa de comedor y levantó una esquina para dejar a la vista la puerta escondida detrás.
—Bienvenidos a mi guarida —dijo.
Una vez que Will y Elliott bajaron los peldaños, el hombre cerró la gruesa puerta metálica tras ellos y corrió unos cerrojos en la parte superior e inferior. Encendió su linterna y los condujo por un pasillo, señalando las distintas puertas que salían de allí
—El cine, la bodega, y éste es el baño. No hay gas ni electricidad desde hace un mes, aunque parece que sigue habiendo agua.
Se detuvo junto a una puerta sólida y la golpeó con la palma de la mano.
—Y ésta es la habitación del pánico.
—¿Y eso qué es? —preguntó rápidamente Elliott.
—Es una habitación segura en la que te puedes encerrar bajo llave en caso de emergencia. La hice instalar por mi familia después de que se produjera un robo a mano armada en la casa de un vecino. —El hombre guardó silencio un instante mientras su cara se ensombrecía—. Os lo cuento porque, aparte de una línea telefónica directa con la comisaría de policía, tenía acceso completo a toda la casa por medio de un circuito cerrado de televisión. Y antes de que la corriente se fuera por última vez, podía observar lo que sucedía en la calle…
—¿Y qué es lo que vio? —preguntó Will.
El hombre meneó la cabeza.
—Había unas cosas… realmente no puedo describirlas… que se movían por la calle, pero no fue tanto lo que vi como lo que «oí» esa noche. Los alaridos y gritos pidiendo socorro. Fue terrible.
Luego, cuando continuó por el pasillo, pareció recobrar la compostura.
—A propósito, esas otras habitaciones son un par de almacenes donde he escondido toda la comida, y aquí es donde he estado viviendo —dijo, moviendo la linterna sobre unas puertas dobles antes de abrirlas—. La sala de juegos.
—Mola mogollón —susurró Will cuando entró. Iluminada por una lámpara de queroseno que siseaba sobre una mesa situada en el centro, la sala era casi del tamaño de una pista de baloncesto.
—Esto fue un capricho que les concedí a mis hijos —dijo el hombre.
En uno de los extremos de la estancia había una mesa de ping-pong y un gran televisor con algunas videoconsolas. La otra mitad de la sala estaba menos abarrotada y contenía una cama colocada en un rincón y varias cajas con ropa y libros.
—Asombroso. ¿Y esto ha estado siempre aquí? —preguntó Will.
El hombre negó con la cabeza.
—Hice excavar el sótano cuando mi familia todavía vivía aquí. —Señaló los respiraderos que se abrían encima de sus cabezas—. Aunque no ha habido electricidad para los ventiladores, el aire fresco sigue entrando por ahí. —Señaló el techo con ambas manos—. ¿Veis?, ahora mismo estamos parados justo debajo del jardín. —Entonces echó un vistazo por toda la sala—. Reconozco avergonzado que cuando oí todo aquel griterío en la calle, bajé aquí corriendo. Y aquí llevo escondido desde entonces.
—No le culpo —dijo Will.
El hombre echó un vistazo a la radio situada junto a la cama desecha.
—Mi idea fue que esperaría a que hubiera alguna noticia antes de aventurarme a salir, pero lo único que sintonizo son emisoras europeas, y ninguna parece tener la menor idea de lo que está sucediendo en el Reino Unido. —Quitó la ropa de un par de sillas para que Will y Elliott se sentaran, y luego se posó en el borde de la cama mientras seguía hablando.
El hombre se llamaba David, y era evidente que agradecía tener algo de compañía. Contó que vivía solo en la casa porque su esposa le había abandonado, llevándose a los hijos con ella.
—Se fueron hace seis meses, y supongo que no he salido mucho de casa desde entonces. Pero cuando…
—¿Qué es esto? —le interrumpió Will. Había empezado a recorrer la sala y un mapa de aspecto antiguo que colgaba en la pared de un marco llamó su atención—. El Bosque de los Obispos —dijo, entrecerrando los ojos para leer el nombre escrito en una zona boscosa. Dado que estaba escrito en inglés antiguo, Bifhops, con una efe en lugar de la primera ese, Will supo, por lo que el doctor Burrows le había contado, que el mapa debía de tener varios siglos de antigüedad—. Qué interesante. Estamos en la calle del Bosque de los Obispos, ¿no es así?
—Sí, el nombre proviene de un antiguo bosque. Cuando los obreros estaban metiendo la excavadora para horadar este sótano, descubrieron algunos trozos de madera podridos muy antiguos, así que los urbanistas tuvieron que comprobar que no estuvieran destruyendo nada de interés arqueológico. —David se volvió hacia un punto en la pared justo detrás de él—. Mirad, en esa dirección, justo al otro lado de la calle principal, está el parque donde creen que estaba situado el primitivo Bosque de los Obispos.
—Ahí es donde estuvimos anoche —comentó Will a Elliott—. Entonces, ¿allí había un antiguo bosque? —le preguntó a David.
El hombre asintió con la cabeza.
—El representante del Patrimonio Nacional me contó que era una especie de lugar druídico de gran antigüedad. —Hizo una mueca—. Y por añadidura, un cruce de dos líneas telúricas, siempre que uno crea en esas cosas.
—Creo que quizá yo esté empezando a creer en ellas —dijo Will, provocando que Elliott le mirase.
David se frotó las manos.
—Bueno, no sé vosotros, pero yo estoy empezando a helarme de frío. Por lo general, de noche me envuelvo en un par de edredones para mantenerme caliente, pero tomar habitualmente una taza de algo caliente también ayuda a matar el frío. ¿Puedo ofreceros algo?
Cuando David se marchó para preparar un té para cada uno en otra de las habitaciones, Elliott se volvió hacia Will.
—¿De qué iba todo eso de las líneas telúricas? ¿Qué son?
—Mi padre consideraba que las teorías acerca de ellas no eran más que un montón de bobadas. Se supone que están donde se canaliza la energía de la Tierra o algo parecido —explicó Will—. Tenía un libro que decía que los rituales solían celebrarse en esos lugares, y también que algunos monumentos antiguos, como Stonehenge, se habrían construido por donde discurrían esas líneas.
Elliott sacudió la cabeza.
—No lo entiendo. ¿Y qué son exactamente?
Will tomó aire.
—Es todo un poco extravagante, pero el libro explicaba que señalaban los lugares donde los hombres del Neolítico creían que fluía la energía natural a través de la Tierra. Energía mágica, si quieres llamarla así. —Sonrió—. Si llegamos por la intersección de la que habló David, puede que estuvieran en lo cierto. ¿Es posible que esas líneas telúricas sean una fuente de energía procedente de tu torre del centro del mundo?
David regresó manteniendo en equilibro tres jarras de humeante té sobre una bandeja, y todos empezaron a beberlo con aprecio.
—Bueno, decidme, me muero de curiosidad por saber cómo llegasteis aquí —quiso saber el dueño de la casa.
Will se apresuró a hablarle de los styx y la Colonia, omitiendo cualquier referencia al mundo interior y Nueva Germania, porque habría sido demasiado para que el hombre lo pudiera asimilar.
—Así que salisteis al exterior a un tiro de piedra de esta casa —dijo David—. Teniendo en cuenta lo que ha estado sucediendo por aquí, supongo que estoy preparado para creerme lo que sea. Pero ¿adónde os dirigís a continuación?
Will cedió la palabra a Elliott con un gesto de la mano.
—Pregúntele a ella, es la del plan.