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Tercera parte. El Bosque de los Obispos » Capítulo 14
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La luz se estaba desvaneciendo rápidamente cuando salieron al jardín. Will y Elliott llevaban puesta más ropa de David —pantalones de pana y unas gruesas gabardinas—, esta vez cogida con sus bendiciones.
Tras esperar a que cayera la noche, se despidieron del hombre y abandonaron el sótano por la puerta del comedor. El olor a quemado aderezaba el aire frío y vigorizante cuando salieron a hurtadillas por la parte posterior de la casa. Will miró el césped bajo sus pies mientras avanzaban, pensando en lo extraño que resultaba que David estuviera justo debajo, escondido en su versión moderna de caverna con la esperanza de que mal que bien todo volviera de nuevo a la normalidad. Se preguntó cuántos más estarían haciendo lo mismo en todo el país.
—Un segundo —dijo, rebuscando en lo hondo de uno de los bolsillos laterales de su Bergen. Sonrió cuando encontró lo que había estado buscando y, como si estuviera a punto de realizar un truco de magia, exhibió una pequeña caja negra con un ademán ostentoso.
—¿Eso es lo que pien…? —preguntó Elliott mirando la caja con atención, que era del tamaño de una baraja y tenía una antena de cable colgada de ella.
—Por supuesto que lo es —le interrumpió él—. Me había olvidado por completo de que me seguían quedando algunas balizas hasta que saqué el monocular de Drake. —Will sostuvo en alto el dispositivo electrónico—. Ésta la tenía de repuesto por si necesitábamos alguna más para señalar la ruta en el mundo interior. —Encontró el diminuto microinterrumptor situado junto a la antena y lo desplazó—. Bien —dijo—, conectado.
Elliott miró la baliza frunciendo el entrecejo.
—¿Seguro que es una buena idea?
Él se encogió de hombros.
—Aparte de pegarnos la caminata para llegar a la hacienda de Parry en Escocia (lo que podría ser una absoluta pérdida de tiempo, dado que es probable que él no regrese jamás allí), no tenemos ningún medio de informarles ni a él ni a Eddie de que volvemos a estar en la Superficie, ¿no? —Will lanzó por el aire el transmisor y lo volvió a coger cuando caía—. Pero nunca se sabe, podrían captar la señal emitida por esto. Y si lo hacen, eso les conducirá directamente hasta nosotros.
Elliott asentía con la cabeza.
—Supongo que no tenemos nada que perder, a no ser que los styx también puedan rastrear la señal.
—Creo que debemos correr ese riesgo —dijo Will, sin creer ni un momento que hubiera riesgo alguno.

Una alarma metálica había sonado con insistencia por toda la planta; Danforth había aparecido como un rayo sobre la pantalla donde parpadeaba el indicador. Tras silenciar la alarma, acababa de empujar a un lado a la persona encargada del puesto para poder ver la pantalla adecuadamente, cuando el viejo styx entró a grandes zancadas en la sala.
—¿Qué fue eso? —exigió saber.
—Un VLF, una señal de muy baja frecuencia —contestó Danforth con cierta sorpresa, mientras contemplaba la larga ondulación que serpenteaba a lo largo de la parte inferior de la cuadrícula de la pantalla—. Pero, según los sensores, no tiene ninguna codificación secundaria.
—¿Y eso que significa? —preguntó el viejo styx.
—Que no lleva ninguna información. Es sólo alguna clase de indicador. —Señaló la siguiente pantalla de la mesa—. Y acaba de encenderse en Londres.
—¿Alguna idea de lo que podría ser? —inquirió el viejo styx—. ¿Tiene un origen militar?
—Yo no me precipitaría a llegar a esa conclusión. No está en una frecuencia de las que utilizan; y es tan baja que está rozando el mismísimo fondo del espectro.

La verdad era que Danforth sabía perfectamente lo que podía ser, porque había sido él quien había perfeccionado la tecnología VLF que habían utilizado en diversas misiones al mundo interior, en especial en la última para precintarlo. Pero no podía revelar al viejo styx por qué estaba tan interesado en aquel descubrimiento; aquello significaba que alguien había logrado regresar de aquella última misión. Era el primer indicio de que había algún superviviente.
Si Danforth hubiera previsto que una de las balizas aparecería de repente en la Superficie de aquella manera, habría limitado el alcance de los detectores, o bien habría programado un punto negro para ocultar la señal de esos dispositivos. Se lamentó por haber sido tan concienzudo al sobrecargar el sistema de detección para los styx en aquella instalación, aunque había querido demostrarles su valía.
—¿Vamos a hacer algo al respecto? —preguntó al viejo styx.
—Sabemos dónde está; podemos enviar a algún Armagi al lugar para que eche un vistazo, pero en este momento no es una prioridad —dijo el viejo styx, entrelazando sus dedos largos y pálidos delante del pecho—. Porque tengo que darle algunas noticias agradables.
Danforth esperó a que prosiguiera.
—Hemos decidido comenzar la ofensiva contra la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno. Vamos a entrar hoy a última hora. Y sé que a usted también le gustaría unirse.
—Eso es fantástico. Gracias. —Danforth asintió con la cabeza, aunque aquél era uno de los últimos lugares en la Tierra en el que querría estar.

Drake estaba inclinado sobre la valla lateral del campo apoyado en su brazo bueno, mientras vomitaba violentamente.
Jiggs lo observaba con preocupación; las náuseas iban evidentemente en aumento, como había esperado que sucediera.
—Nuestro grueso amigo del pueblo del Norfolk tenía razón en lo de que nos iba a proporcionar un medio de transporte vetusto —dijo Drake con un gruñido sin levantar la vista—. Esto sí que es mandarle a una de vuelta a la Edad Media.
—Cumplen su función —le retrucó Jiggs.
Drake soltó un gruñido.
—Por supuesto, pero ser sacudido arriba y abajo encima de ese condenado animal no me está ayudando lo más mínimo.
—No hagas caso. No lo dice en serio, compadre —susurró Jiggs al oído del caballo de Drake mientras le acariciaba el cuello. Estaba sujetando sus riendas y las de su montura mientras esperaba a que su amigo se recuperara—. Lo cierto es que piensa que eres un caballo fabuloso. Lo que ocurre es que en este momento no es él mismo —añadió dirigiéndose al animal con aire conspirador.
—Si le estás hablando de mí a mis espaldas a ese refugiado de una fábrica de pegamento, voy a… —dijo Drake, pero se interrumpió cuando el calambre de su estómago le hizo doblarse por la cintura.
Jiggs meneó la cabeza con tristeza, lamentando no poder hacer más por su amigo. Habían estado evitando las carreteras principales y las zonas urbanizadas, lo cual no era lo ideal, porque una dosis alta de un antiemético conseguido en una farmacia o un hospital habría mejorado el estado de Drake.
Aunque Jiggs no necesitaba realmente consultarlo debido a su excepcional sentido de la orientación, se sacó el mapa del bolsillo y comprobó de nuevo la ruta campo a través que pretendían seguir hasta la hacienda de Parry en Escocia. En circunstancias normales, se habrían sentido atraídos de forma natural por Londres, porque habría sido un buen lugar para intentar enterarse del paradero de Parry. Pero si las cosas estaban en el sur tan mal como el hombre corpulento y los aldeanos percibían, no sería un lugar en el que Jiggs quisiera quedarse atrapado, al menos no con Drake tan enfermo. Así que habían decidido que la hacienda de Parry era el mejor lugar y el más cercano al que dirigirse; aunque el comandante no estuviera allí, lo más probable es que hubiera uno o dos teléfonos vía satélite escondidos por la casa.
Jiggs estaba guardando el mapa cuando oyó un débil chasquido proveniente de algún lugar cercano.
—Ajá, ¿qué ha sido eso? —preguntó, frunciendo el ceño. Aguzó el oído, y cuando el ruido se repitió al cabo de unos segundos, se dio cuenta de que debía de provenir de la Bergen amarrada al lomo de su caballo.
Cuando Drake regresó arrastrando los pies, encontró a Jiggs entre los caballos, con la Bergen a los pies, mirando fijamente un rastreador.
—Esto acaba de despertar —dijo Jiggs, levantando el dispositivo para que Drake pudiera ver la aguja, que estaba mostrando unas insignificantes fluctuaciones en el extremo inferior de la escala, y oyera las ocasionales series de chasquidos, que recordaban a un grillo adormilado.
—¿De qué dirección viene la señal? —preguntó Drake débilmente—. Puede que sea un eco de alguna de las balizas subterráneas.
—Esto es algo sorprendente. No creo que sea eso —contradijo a su amigo cuando, sujetando el rastreador delante de él, lo hizo girar noventa grados hacia la dirección por la que acababan de venir—. De hecho, proviene del sur.
—¿Del sur? —repitió Drake.
Jiggs fue moviendo el rastreador cada vez un poco más hasta que la señal llegó al máximo, emitiendo un chasquido regular, mientras la aguja se mantenía notablemente estable.
—No hay ninguna duda acerca de la dirección. Y por el rumbo, apuesto lo que quieras a que Londres es el origen.
—Bueno, ¿qué es lo que sabes? —preguntó Drake, visiblemente reanimado—. Pero la única razón para que alguien activara una baliza aquí en la Superficie es que quisiera atraer la atención…, la nuestra, porque ¿quién más podría tener la tecnología para detectar una señal VLF o estaría atento siquiera a las transmisiones en ese extremo del espectro?
—Y en la Superficie no quedó ninguna baliza, ¿no es así? Se llevaron todas al mundo interior. Así que ¿cómo se las ha arreglado ésta para encontrar el camino de vuelta? —dijo Jiggs, anticipándose a lo que Drake estaba a punto de decir.
—Eddie y yo pudimos localizar y librar a Chester de Martha gracias a su baliza, pero en esta ocasión no es él. Así que tiene que ser alguien de nuestro equipo —concluyó Drake—. Alguien que ha conseguido volver a casa, incluso después de la explosión nuclear.
—¿Will? —sugirió Jiggs.
Drake se encogió de hombros.
—O Elliott, o Sweeney, o, si nuestra misión fue un completo fracaso, hasta podrían ser los styx —dijo, aupándose sobre el caballo—. Y sólo hay una manera de averiguarlo. Nos vamos a Londres.
—¿De verdad te encuentras en condiciones de hacerlo? —preguntó Jiggs—. Sería más prudente que nos ciñéramos al plan inicial y fuéramos a casa de tu padre.
—Ni lo sueñes —replicó Drake. Extendió la mano para acariciar las crines del caballo—. Ojalá que esta cosa viniera con una suspensión mejor.

—Bueno, cuéntame —dijo Will en un susurro—, ya hemos saltado un total de cuatros vallas y atravesado tres jardines traseros, pero ¿adónde nos dirigimos? ¿En serio que lo sabes?
Desde que abandonaran la casa de David, Elliott había encabezado la marcha colina arriba a través de los jardines de los vecinos para evitar utilizar la calle. En ese instante levantó el brazo sin el menor titubeo y señaló.
—Sí, es por ahí.
—¿Hay algún motivo en particular para que quieras ir por ahí? Porque aquí fuera no estamos demasiado seguros, ¿sabes?
Elliott se disponía a contestar, pero él le puso suavemente un dedo en los labios.
—No te preocupes, no tienes que responderme. Recuerda que sólo soy un despreciable humano que está aquí para obedecer tus órdenes.
—Bah, cierra el pico, Will —le soltó mientras se zafaba de su mano, aunque estaba sonriendo.
Elliott abrió la marcha, y él le siguió sin preguntar mientras trepaban por la siguiente valla y aterrizaban silenciosamente en el otro lado.
Aquella casa era descomunal, incluso comparada con la de David, pero Will reparó en algo cuando la inspeccionó a través de su monocular de visión nocturna.
—Una residencia de ancianos —comentó al ver un solitario andador en la terraza.
Estaba enfrente del invernadero que discurría por la parte posterior de la finca y había muchos sillones de cara al jardín.
—Teníamos muchas en Highfield para los ancianos, pero ¿por qué han dejado ese andador ahí fuera? —se preguntó Will.
Cuando examinó la parte trasera del edificio con más detenimiento, vio que había más andadores en la terraza y el césped, pero que estaban volcados. Y algunos de los grandes paneles de cristal del invernadero estaban destrozados.
—Me pregunto adónde habrán ido los ancianos —masculló para sí, porque Elliott se había adelantado y ya no le llegaba su voz mientras seguían avanzando, repitiendo el proceso de trepar por las vallas y atravesar un jardín tras otro.
Acababan de aterrizar en otro más cuando Will se paró en seco.
—¡Increíble! —soltó, y se ajustó el monocular cuando la luna surgió entre las nubes para bañar el escenario con una luz etérea—. ¡In… creí… ble! —repitió, ante la visión de los animales ornamentales diseminados por el jardín; había un gallo y un águila uno frente al otro, pero era imposible ver qué eran supuestamente las demás criaturas, porque hacía tiempo que los setos no se habían recortado. Cuando avanzaron, Will y Elliott repararon en las ventanas a oscuras de la casa; tuvieron la sensación de que los estaban observando.
Él empezó a tomarse interés por la casa.
—El jardín mola bastante, pero fíjate en eso —dijo con un soplido. El tejado se elevaba hasta formar una aguda punta y tenía unos aleros tallados de madera oscura. Y las ventanas eran todas muy estrechas y estilizadas.
—Es sólo una casa —replicó Elliott.
—Sí, pero parece sacada de un cuento. Mi padre habría dado lo que fuera por vivir en un sitio así —dijo Will—. Es un ejemplo notable de arquitectura gótica —añadió, pareciéndose un poco al doctor Burrows.
Al igual que todas las demás casas, aquella parecía estar deshabitada, aunque era imposible saberlo con certeza. Elliott se volvió hacia el edificio y lo examinó con atención antes de encaminarse hacia él a grandes zancadas. Will echó a correr para alcanzarla, y la cogió del brazo.
—Esto…, no he querido decir que debiéramos entrar —aclaró—, si es en lo que estás pensando.
Elliott señaló la casa con un movimiento circular de la mano.
—¿Y por qué no? Ya oímos lo que dijo David, pero ¿no te parece que deberíamos averiguar lo que está sucediendo por nosotros mismos? Al fin de cuentas, todavía nos queda un largo camino, y tenemos que saber con qué nos podríamos encontrar.
—¿Nos queda mucho? ¿Tenemos que saber? —intentó aclarar Will cuando Elliott apretó repentinamente el paso en dirección a la casa. Exasperado, soltó un gruñido y esprintó para alcanzarla.
Encontraron la puerta delantera abierta de par en par. Elliott pareció titubear un instante mientras miraba fijamente hacia la primera planta, y Will creyó que había cambiado de idea. Pero entonces ella le quitó el seguro a su fusil y se dispuso a entrar.
Con las armas en ristre, entraron juntos. No había un vestíbulo propiamente dicho, sino una gran sala que parecía extenderse por la mayor parte de la planta baja. Will vio un piano de cola magnífico y muchas estanterías con libros detrás del instrumento, antes de que su mirada fuera a posarse en la pared del fondo
—Mira —dijo. Unas vitrinas, con la parte delantera acristalada, se extendían a lo largo de la pared. Olvidándose por un instante de dónde estaba, Will fue incapaz de resistirse a examinar más de cerca los objetos arqueológicos que contenía. Fragmentos de ollas lacadas, herramientas y joyas, todo a la vista—. Antigüedades romanas —comentó, estudiando la primera vitrina, antes de dirigirse a la segunda—. Y éstas son griegas, creo… sí…, y esas vasijas podrían ser etruscas. Asombroso —musitaba una y otra vez.
—Sí, asombroso —corroboró Elliott, aunque no con mucho entusiasmo. Era evidente que allí había vivido algún apasionado de la historia, pero ése no era precisamente el momento de detenerse en todo aquello.
Principalmente porque mientras Will iba de vitrina en vitrina, fijándose con entusiasmo en los diferentes objetos, Elliott había hecho un descubrimiento inquietante. Al principio no había reparado en ello, pero en la sala había varios muebles volcados, y su bien aguzado sentido del peligro se disparó cuando divisó una estela oscura en el lustroso suelo de madera. Al examinarlo más detenidamente, descubrió que la estela eran manchas de tierra y lo que parecía sangre y que trazaba una ruta que iba desde la puerta principal a la escalera.
—Voy arriba a inspeccionar —le comunicó a Will señalando la planta superior.
—Estoy contigo en un minuto —replicó él.
Elliott empezó a subir por la escalera, y en el camino se encontró con un zapato suelto y una dentadura postiza. La escalera terminaba en un amplio rellano que conducía a un pasillo igual de amplio. La luz de la luna entraba a raudales por las grandes ventanas panorámicas que se abrían a ambos extremos, lo que le permitía ver hasta dónde llegaba el rastro.
Fue asomando la cabeza en todas las habitaciones a medida que avanzaba por el pasillo, descubriendo que estaban vacías, y todas las camas hechas. Pero entonces, a mitad de pasillo, el rastro se desviaba por un pequeño tramo de escalones de madera labrada que subían a la siguiente planta, que Elliott supuso sería el ático. Con el arma en ristre, empezó a subir.
Sin embargo, cuando llegó arriba, su pie se atascó en algo, y cayó hacia delante; al tratar de evitar la caída, su dedo se crispó sobre el gatillo y se le disparó el fusil.
El disparo resonó ensordecedoramente por la gran habitación.
—¡Joder! —exclamó, y se levantó rápidamente.
Hacía frío. Las claraboyas del empinadísimo tejado situadas a ambos lados de donde se encontraba estaban casi totalmente rotas, así que el ático quedaba expuesto a los elementos.
Lo que explicaba que Elliott no hubiera percibido el olor que desprendían los muchos cadáveres con distintos grados de mutilación.
Lo que había dado con sus huesos en el suelo fue uno de los cadáveres tendidos en lo alto de la escaleras, aunque estaban por todas partes.
Los había que estaban medio devorados, y algunos todavía habían estado llenos de vida cuando las larvas styx habían excavado sus madrigueras dentro de ellos.
—Jo… —empezó a decir, pero se comió la palabra al darse cuenta de con qué había tropezado.
Evidentemente aquél era el lugar al que los Armagi habían llevado a los ocupantes de las casas para reproducirse. Algunos de aquellos pobres desgraciados habían sido fecundados, mientras que los demás habían servido de alimento. Y muchas de las víctimas habían sido ancianos, algo que supo por el escaso pelo blanco y las facciones envejecidas. Eso explicaba por qué la residencia de ancianos estaba vacía.
Entonces, a sólo unos metros de ella, se oyó un escalofriante plañido; Elliott se volvió hacia la parte del techo que tenía más cerca.
Uno de los pequeños Armagi —una criatura con aspecto de lagarto y algo más de un metro de longitud desde el hocico a la cola— estaba aferrado allí. Y en ese momento, giró la cabeza hacia ella.
La cabeza de un niño humano.
Sus fosas nasales se ensancharon cuando su lengua bífida se agitó hacia Elliott.
La criatura volvió a gemir, y otro lagarto se unió al lamento, y luego otro. El ruido del fusil los había asustado; Elliott vio el miedo en sus ojos brillantes.
Los animalejos estaban por doquier, probablemente serían unos veinte, aunque por ningún motivo iba a ponerse a contarlos. Y, aferrados todos a las vigas del techo, la observaban con sus pupilas hendidas y las bocas empapadas de sangre.
Además de los lagartos, Elliott vislumbró unas cosas grandes encajadas en los rincones del espacio que quedaba entre el tejado y el suelo. Parecían capullos de moscas o mariposas, pero a escala gigante.
Oyó a Will llamándola por su nombre, pero no se movió ni un milímetro de donde estaba.
El lagarto que tenía más cerca la estaba olisqueando, pero había dejado de gemir. Sin embargo, algunos de los otros lagartos seguían haciéndolo de forma aleatoria. Y sin duda alguna aquellos pequeños Armagi continuaban alarmados por su aparición.
El lagarto más cercano la olfateó una vez más. Elliott se preparó, preguntándose si aquella cosa estaba a punto de clavarle sus hileras de afilados dientes.
Entonces ocurrió algo de lo más sorprendente. La criatura pareció perder interés sin más y huyó hacia la cúspide del techo, con las garras haciendo un ruidoso tac-tac al fijarse en la superficie.
Ella se quedó petrificada, sin atreverse siquiera a respirar.
La voz nerviosa de Will le llegó de nuevo desde el piso de abajo. Oyó un portazo; aquello pareció alterar una vez más a los lagartos, haciendo que se escabulleran en todas las direcciones. Y entonces otra puerta se cerró con un portazo en el piso de abajo. Will la estaba buscando. Pues claro, había oído el disparo.
Y de un momento a otro aparecería por las escaleras y llegaría al ático.
Elliott tenía que hacer algo.
Retrocedió un paso, y luego otro, levantando el pie sobre el cadáver masacrado. Entonces llegó a la escalera de madera; giró en redondo y se precipitó escaleras abajo, en cuyo pie se dio de bruces con Will.
—¡Por Dios bendito! —gritó él—. ¿Dónde estabas? ¿Qué ha sucedido?
—Cierra el pico —retrucó ella empujándole hacia atrás, lo que siguió haciendo hasta que Will acabó contra la pared del pasillo, donde golpeó y tiró al suelo un cuadro con el hombro.
Cuando la pintura chocó estruendosamente contra el suelo, Elliott se apretó con fuerza contra él, así que Will acabó emparedado entre el cuerpo de su amiga y el muro.
—En serio, éste no es momento ni lu… —empezó a decir él con una risilla nerviosa.
—Capullo —le espetó ella, oyendo la conmoción del piso de arriba. Le aterrorizaba que aquellos seres pudieran bajar la escalera de madera en manada. Pero por encima de eso, sabía, casi con absoluta certeza, que los gritos de los asustados lagartos estaban llamando a los Armagi adultos. Y lo sabía porque los gemidos de los lagartos habían penetrado en su interior, algo que le resultaba imposible de ignorar, como si aquellas pequeñas criaturas hubieran sido sus propios hijos, sus propios bebés, que le pidieran ayuda a gritos.
—Creo que te puedo salvar —le dijo a Will.
Estaba gritando y respiraba entrecortadamente.
—¿Que puedes qué?
—Los Armagi se acercan. Te atraparán.
—¿A mí? Bueno, pues salgamos de aquí —replicó Will.
—No podrás huir de ellos —le respondió jadeando.
—¿Y qué pasa contigo? ¿Acaso no te atacarán a ti también? —preguntó él.
—A mí no me pasará nada. —Palpó al muchacho alrededor de la cintura—. ¿Dónde está tu cuchillo? ¡Dámelo! ¡Rápido!
Will bajó la mano hasta la vaina que colgaba de su cinturón y lo sacó.
Elliott se apartó bruscamente de él y se sacó el guante con una sacudida. Sostuvo el cuchillo sobre la palma de la mano, y se lo hundió con fuerza, abriéndose la mano.
—¿Qué… haces? —preguntó Will con un grito ahogado al ver la profundidad de la incisión. Elliott alargó la mano hacia la cara de su amigo y se limpió la sangre sobre él, manchándole las mejillas de arriba abajo.
—Pero ¿qué puñetas…? —inquirió Will.
—Estate quieto —le susurró apremiantemente—. Los estoy oyendo.
Él también los oía. A menos que fuera el viento, estaba seguro de haber oído una especie de zumbido. Algo se estaba acercando.
Ella siguió apretándose la mano para sacarse más sangre, y se la extendió a Will por todas partes, sobre los brazos, y de ahí bajó hasta los muslos.
—Con que sólo consiga engañarlos para que crean… —estaba diciendo Elliott cuando oyeron un golpetazo en el piso de arriba. Algo había aterrizado sobre el tejano.
—¿Es uno de ellos? —preguntó Will.
Sin saber qué estaba haciendo, intentó liberarse de Elliott.
—No, por amor de Dios, estate quieto —insistió ella, y apretó los dientes cuando volvió a clavar la punta del cuchillo sobre la palma de la mano. La sangre manaba a borbollones mientras le pasaba la mano por la cabeza dejándole unos manchurrones sanguinolentos sobre el pelo blanco.
—No te muevas —insistió en un siseo.
Se oyeron dos topetazos, y el suelo vibró bajo sus pies con cada impacto.
Un par de Armagi habían entrado volando por las ventanas de ambos lados del pasillo.
Totalmente inmóviles, Will y Elliott apenas se atrevieron a respirar.
Oían y sentían cada impacto de las patas de los Armagi, provistas de garras como las de los grifos, mientras las espantosas criaturas avanzaban por el pasillo desde ambos sentidos. Y a través de su monocular Will pudo distinguir mejor su apariencia a medida que se acercaban, las plumas transparentes que brillaban a la luz de la luna, los músculos de sus extremidades, que se montaban unos sobre otros como placas de hielo pulido.
Uno se dirigió directamente hacia la escalera de madera, mientras que el otro se acercó a Will y a Elliott. Ella estaba de espaldas a lo que estaba acaeciendo en el pasillo, y no podía ver.
Pero Will, sí.
Haciendo crujir las tablas del piso con su peso, el Armagi se aproximó a ellos y se detuvo justo detrás de Elliott. De la estatura de un hombre alto, sus ojos compuestos como los de un insecto se posaron en ese momento sobre los dos amigos.
Como la cabeza del engendro era translúcida, Will podía ver con absoluta nitidez a través del monocular cómo los líquidos circulaban en todas direcciones dentro del cráneo, y algo como un diminuto corazón negro latía en lo más alto de su exoesqueleto.
El Armagi tenía un pico como de pájaro. Pero cuando la criatura dio un paso más hacia Elliott, vio que no era un pico sólido, porque se había abierto dividiéndose en cuatro mandíbulas insectoides.
La muchacha se tensó contra el cuerpo de Will cuando el Armagi inclinó la cabeza y le raspó encima del hombro con sus dos mandíbulas superiores. La criatura no dejaba de inhalar, olfateando el aire.
Entonces se quedó inmóvil durante un instante, como si hubiera percibido algo.
Will no se atrevía respirar.
El Armagi giró un cuarto de vuelta y se apartó de él y de Elliott. De la nuca le salían un par de varillas transparentes; tenían el diámetro de unas agujas de hacer punto. Will se quedó mirando cuando empezaron a golpearse entre sí, cada vez más y más deprisa, hasta que adquirieron tal velocidad que se hicieron borrosas. Pero aunque vibraban al unísono, él no oía nada. Se preguntó si Elliott oiría algo. Entonces cayó en la cuenta de que tales apéndices no eran tan distintos de las patas insectoides que brotaban del mismo sitio en las columnas vertebrales de las mujeres styx.
Pero ahora no estaba para pensar en tal cosa. Durante un instante se permitió creer que iban a escapar con vida. O que, si Elliott pensaba que ella no corría peligro, entonces él podría estar a punto de escapar.
Pero entonces el Armagi se giró de nuevo hacia ellos y sacudió la cabeza nerviosamente con un movimiento que recordaba al de los reptiles.
Olfateó de nuevo a Elliott. Luego, durante un buen rato, pareció quedarse allí tan tranquilo, limitándose a observarles.
Will no sabía si el plan de su amiga estaba dando resultado y la criatura estaba confusa, o si estaba en un tris de destrozarlos con sus garras. La situación se parecía bastante a intentar adivinar los sentimientos de una pesada estatua que estuviera a punto de volcarse y aplastarte.
Will sentía el corazón de Elliott palpitando contra el suyo y la sangre de su amiga goteándole por la cara. El ojo que llevaba el monocular estaba protegido, pero el otro no, y parte de la sangre se le había metido dentro, provocándole un desesperado deseo de pestañear, pero no podía.
Entonces, con otro ruidoso crujido, el Armagi salió disparado hacia la escalera de madera que conducía al piso de arriba y desapareció por ella.
Sólo entonces Will se atrevió a soltar el aire.
—Se han ido —susurró de manera casi inaudible al tiempo que parpadeaba repetidamente.
Elliott tardó un instante en responder, y cuando lo hizo, habló casi igual de bajo.
—Tenemos que escapar. Ya.
Se separó de él, y juntos recorrieron el pasillo de puntillas, bajaron la escalera y salieron por la puerta principal. Una vez al aire libre, treparon por el bajo muro delantero de la casa y atravesaron varios caminos privados que llegaron a uno donde crecía una espesa maleza, donde pudieron esconderse y recobrar el aliento.
Will vio que Elliott hacía una mueca de dolor al tratar de mover la mano. Del bolsillo de su abrigo sacó uno de los pañuelos de David que se había agenciado y le vendó la palma con delicadeza. Luego, simplemente la abrazó.
Cuando ella empezó a relajarse, Will dijo:
—Bueno, eso no fue nada. —Soltó un soplido por el flagrante eufemismo, y se sintió tan aliviado que le entraron ganas de reír. Pero no lo hizo—. Al menos ya sabemos qué aspecto tiene un Armagi.
Elliott masculló algo, aunque él no lo entendió.
—Y no alcanzo a comprender cómo supiste lo que tenías que hacer, el truco ese con tu sangre —añadió.
Ella siguió en silencio.
—Pero gracias —dijo Will.

Mientras Drake estaba tumbado en el suelo con los ojos cerrados, Jiggs inspeccionaba la lejana autopista con sus prismáticos.
—Hay un par de camiones en el arcén… Un transporte del ejército. Y se produjo una pequeña colisión múltiple entre algunos coches… Pero no se mueve nada de nada.
Mientras los caballos pastaban, uno resopló ruidosamente. Drake lo imitó y dijo:
—Bueno, si pudiéramos cambiar los caballos por un coche, estaríamos en Londres en menos de una hora. Si al menos a esos pestilentes Armagi no les gustaran tanto los motores…
El caballo resopló de nuevo.
—Pues eso es lo que hay —admitió Jiggs—. Si esto te está resultando excesivo, podemos abandonar la idea de ir a Londres. Quién sabe con qué nos encontraremos cuando lleguemos a las afueras. ¿Con un ejército de Armagi? ¿De verdad vamos a abrirnos camino luchando hasta el centro? ¿Y para qué?
—¿Qué tal para encontrar a alguien con un teléfono vía satélite o averiguar dónde están refugiados algunos militares?
—No sabemos si todavía queda alguien —retrucó Jiggs…
—Alguien tiene que… —Drake soltó un gruñido cuando se sentó. Una de las vendas de su cabeza se había soltado y aleteaba al viento. Se la arrancó de un tirón y examinó las manchas del apósito con asco—. Esto no mejora nada.
—Es una quemadura por radiación. Tarda en cicatrizar —observó Jiggs.
—Pues si no se da prisa, no obtendrá ningún punto —dijo Drake, que se volvió a Jiggs cuando tuvo una idea—. Acabamos de salir de Cambridgeshire y ahora estamos en Essex, ¿no es cierto?
Jiggs asintió con la cabeza.
—Tengo una sugerencia. ¿Te acuerdas del tren subterráneo ultrasecreto en el que viajamos con mi padre y que nos llevó a todos hasta Londres? ¿El que mandó construir el gobierno durante la Guerra Fría para que los capitostes pudieran salvar el pellejo si Rusia atacaba?
—Sí, claro que me acuerdo. Llegaba hasta la misma Torre de British Telecom. Viajé contigo en ese tren —contestó Jiggs con una sonrisa irónica.
—Ah, sí, lo había olvidado. El hombre invisible —replicó Drake—. Bueno, dime, ¿aproximadamente a qué distancia de aquí está la estación?
—A unos veinticinco kilómetros —respondió Jiggs—. Pero no hay electricidad, así que el tren no podrá funcionar.
—Por supuesto que no, pero ¿qué tal si vamos hasta allí a galope tendido en los caballitos, y luego utilizamos el túnel? Podemos ir hasta el final a pie —propuso Drake—. Es mucho mejor que ser destrozados por los Armagi cuando lleguemos a los arrabales.
Sin que mediara una palabra más, montaron en sus caballos y partieron hacia la estación subterránea secreta del depósito.

—Hay tanto silencio —dijo Will, mientras permanecían ocultos en el margen de la maleza delante de la casa—. Esto es Londres. Lo normal es que haya coches, voces…
Más por el susto que por otro cosa, había estado hablando sin parar en un intento de llenar el silencio, pero dejó que su voz se fuera apagando cuando se dio cuenta de que no tenía nada que añadir. Empezó a frotarse la cara con la manga para quitarse la sangre de Elliott.
Ella llevaba un rato sin hablar, pero entonces carraspeó.
—No hagas eso —dijo.
Will la miró a través del monocular, pero no le preguntó por qué.
—No te creerías lo que había en aquella habitación —añadió ella con voz apagada—. Lagartos styx como el que mordió al padre de Chester en el almacén. Larvas… dentro de cuerpos, y los cuerpos eran en su mayoría los de los ancianos de la residencia de la misma calle. Ahí es adonde los llevaron. Y aquellas grandes vainas. Había Armagi dentro, esperando a eclosionar. —Se estremeció—. Pero los cuerpos estaban horriblemente… Eran tantos y estaban a medio devorar… Verdaderamente horrible.
Will asintió con la cabeza.
Elliott se ajustó el pañuelo con el que él le había vendado la mano.
—Y lo extraño de todo es que en cierto modo sabía en dónde me estaba metiendo. Tenía el pálpito de qué iba a encontrar en esa casa…, en aquella habitación del piso de arriba…
—¿De verdad? —preguntó Will—. Pero no lo entiendo. Entonces, ¿por qué entramos en ella?
—Tenía que hacerlo. Fue como si me estuvieran llamando —intentó explicar, y sin terminar apenas la frase empezó a hablar atropelladamente—. Ay, Will, deberías estar con Stephanie, no conmigo. Yo no soy como tú. Soy otra cosa. Soy este monstruo, y no es bueno que estés conmigo, soy peligrosa.
Will tragó saliva con nerviosismo.
—¿Stephanie…? ¿Qué quieres decir? —logró articular.
Elliott meneaba la cabeza lentamente.
—Soy consciente de que te gusta —contestó ella, y entonces bajó la voz—. Se que estuvisteis un rato a solas cuando permanecimos atrapados en el Complejo.
Sorprendido por la asombrosa revelación, Will se quedó momentáneamente sin habla, pero luego empezó a hablar incoherentemente.
—No, yo no… Creo que ella quería, pero no hubo…
Elliott se inclinó sobre él rozándole el brazo con el hombro.
—No pasa nada.
—Sí, sí que pasa —dijo Will.
—No. De verdad, no pasa nada. Porque no te puedo asegurar cuánto tiempo estaremos juntos. Y no deberías estar solo —dijo Elliott en un tono de voz casi inaudible.
—¡No me lo creo! —le rebatió Will, muy alterado en ese momento.
—No tan alto —le advirtió Elliott. Levantó la vista hacia el tejado de la casa gótica, que era perfectamente visible desde la calle—. Los Armagi siguen allí, y no nos conviene que salgan a buscarnos. —Se puso en pie—. Nunca debí traerte conmigo —sentenció—. Si pudiera hacerte regresar, lo haría.
Will empezó a balbucir presa de la indignación.
—¿Qué… qué quieres decir? ¡Estás hablando como si estuviera a tu cargo o algo parecido!
Elliott echó la cabeza hacia atrás y contempló el cielo nocturno.
—Así es —dijo sencillamente—. Todos lo estáis. Porque yo puedo poner fin a todo esto. —Bajó la mirada hacia Will—. Y ahora sé que te puedo proteger de los Armagi. Lo puedo hacer. —Extendió la mano herida como si la estuviera sopesando—. Pero no puedo hacer nada respecto a los Limitadores. Así que tenemos que tomárnoslo con calma y ser tremendamente cuidadosos mientras nos movemos, y hacerlo sólo de noche. Y necesitamos un sitio seguro antes de que llegue el día.

Se oyó un ruido sordo, zump, cuando la cerradura estalló en la puerta de hierro. De hecho, el ruido que hizo la puerta al girar en sus goznes al abrirse y golpear la pared de detrás fue mucho más fuerte y perceptible.
—Buen trabajo —dijo Jiggs, y él y Drake desanduvieron el camino hasta el lugar donde la pequeña carga de explosivo plástico había detonado. Se detuvieron para escudriñar los desmoronados peldaños de hormigón en el hueco del dique que rodeaba el depósito, donde la puerta recién abierta les estaba esperando.
—Estamos dentro —dijo Drake, y descendieron los escalones mojados. Al cabo de varios tramos, entraron en la estación de tren. Cuando dirigieron sus luces por el andén, repleto de grandes bobinas de cable, sacos terreros podridos y piezas metálicas oxidadas que habían sido abandonadas, vieron el tren que les había transportado en su anterior viaje a la Torre de British Telecom.
—Se hace extraño estar aquí de nuevo sin Elliott y Will y el resto del equipo —comentó Drake—. Y no hay ni rastro del tipo aquel de la Vieja Guardia que vigila el lugar. Parry decía que efectivamente vive aquí abajo.
—Puede ser que le hayamos pillado en la hora del té —bromeó Jiggs—. Vamos por ahí —añadió, y avanzaron hasta el final del andén.
—En las entrañas del infierno —susurró Drake, y durante un momento se quedaron inmóviles mirando fijamente la lúgubre oscuridad que se abría frente a la locomotora. El enladrillado que enmarcaba la entrada al túnel estaba manchado de cal y eflorescencias, y el aire apestaba a agua estancada.
—Tengo la sensación de haberme pasado toda la vida entrando en lugares oscuros a los que no quería ir —se lamentó Drake con aire cansado—. Supongo que no hay razón para que eso deba cambiar ahora.
Jiggs dio unos zapatazos contra el suelo, como para demostrar que tenía suficiente energía para los dos.
—Vamos, Drake, arriba esa barbilla, amigo. ¿Qué es lo que dicen acerca de que hay una luz al final del túnel?
—No les hagas caso —replicó Drake—. No tienen ni idea de lo que están hablando.