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Tercera parte. El Bosque de los Obispos » Capítulo 15

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Martha no cabía en sí de gozo cuando regresó a la granja.

—Acércate, mi queridísimo niño, acércate —vociferó, haciéndole gestos a Chester para que se aproximara. Stephanie reparó en las manchas de sangre y hollín en las manos de la mujer; eso significaba a buen seguro que otra oveja había encontrado su fin e iba camino del puchero de Martha—. ¡Tengo que darte algunas noticias!

Rodeó a Chester con los brazos y le dio un achuchón mientras él la observaba impasible.

—Bien, ¿de verdad? —preguntó él.

—¡Sí, en serio! —contestó ella—. Una de mis hadas parece haber encontrado el rastro del olor de tu asqueroso hombre.

—¿De Danforth? ¿Estás segura? —preguntó Chester, y su actitud se transformó por completo—. ¿De verdad lo ha localizado?

—Sí, mi hada puede llevarnos hasta él —respondió Martha.

—¡Ah, maravillosa mujer! —exclamó Chester, que sólo entonces correspondió al abrazo de la mujer. Apretó la mejilla contra la suya—. ¡Te comería!

«Cuidado con lo que dices, pensó Stephanie con sarcasmo. ¡Ella también podría comerte a ti!» A la muchacha le habían hablado de la afición de Martha por la carne humana, aunque no había pensado demasiado en la cuestión hasta conocer realmente a la mujer. Pero la consideraba muy capaz de algo así.

—¿Dónde está, pues? ¿Dónde está Danforth? —insistió Chester.

—No sé decirte a qué distancia está, pero mi hada nos lo puede mostrar —contestó ella.

—La verdad, ¿cómo funciona esto? —se apresuró a preguntar Chester, como si de pronto hubiera empezado a dudar de lo que le estaba contando—. ¿Tus hadas te hablan?

Martha asintió con la cabeza.

—En cierto modo, sí, me hablan. Verás, he aprendido a descifrar las señales que se hacen entre sí, y también me las hacen a mí. Y una de las hadas me lo acaba de comunicar, mientras las demás mantienen vigilado al hombre asqueroso.

A Chester pareció satisfacerle la respuesta, y Stephanie empezó a mover la cabeza de un lado a otro mientras los dos seguían abrazados con fuerza emitiendo sonidos guturales de mutuo aprecio. Cada uno a su manera, estaban desquiciados: Martha, debido a la pérdida de su hijo y a los años de aislamiento que había padecido, y Chester a causa de todo lo que había pasado a manos de los styx y que culminó con la muerte prematura de sus padres. Dos personas, las dos profundamente heridas, unidas por sus pérdidas. Pero Stephanie no se engañaba en cuanto a la fragilidad de la relación entre ambos, era como la de dos platos que girasen uno al lado del otro encima de unas varillas. En cualquier momento, uno de los dos platos —cuando no los dos— podría estrellarse contra el suelo.

Por fin, aflojando la presión sobre la rotunda mujer, Chester la mantuvo a la distancia de sus brazos.

—Entonces, deberíamos ponernos en marcha.

Martha titubeó.

—¿Por qué no le pido a mis hadas que nos hagan el trabajo y que maten al hombre asqueroso? Así no tenemos que ir a ninguna parte.

«No, no, no.» Stephanie deseó que Chester no estuviera de acuerdo. Había estado considerando seriamente escapar para librarse de aquella situación increíblemente estrambótica, pero el chico le había dicho que se olvidara de semejante alternativa. No sólo a causa del riesgo que implicaban los Armagi; también le había dicho que él no podría impedir que Martha le echara encima los relámpagos en cuanto se largara.

Chester no había respondido a la sugerencia de la mujer; de hecho, parecía sumamente furioso.

—¿Por qué no les decimos que lo liquiden, cariñito mío? —le volvió a preguntar ella—. Así no habrá necesidad de que nos movamos de aquí, donde somos felices y estamos a salvo.

—¡Ni hablar! Ese cerdo es cosa mía. Y dile a tus condenados relámpagos que no le toquen un puñetero pelo de su repugnante cabeza. De hecho, quiero que le protejan… y que lo mantengan a salvo para mí —refunfuñó Chester, echando chispas por los ojos—. ¡Es mío!

—Pues claro, amorcito, no pasa nada, no pasa nada —dijo Martha con dulzura al tiempo que le acariciaba el pelo de la sien—. Por supuesto que haré eso por ti. Lo que haga falta.

Chester soltó súbitamente a Martha y se apartó de ella. Se quedó quieto un instante, con los dientes apretados, sumido en sus pensamientos.

—Si no sabemos a qué distancia se encuentra Danforth, entonces necesitamos un transporte. Esperad aquí.

Dicho esto, salió al pasillo y cogió su cazadora del perchero. Luego abrió la puerta principal y abandonó la casa hecho una furia.

Stephanie no podía seguirle, así que se recostó en su sillón habitual, se arrebujó en la colcha de plumas de ganso que había cogido en un dormitorio y se quedó mirando fijamente por la ventana. No había ninguna otra cosa que pudiera hacer en aquella casa; no había ninguna revista nueva, y la mayoría de los días ni siquiera una emisora de radio que escuchar. Transcurrieron varias horas, y ya se había abandonado a su habitual sopor —la única manera que tenía de superar el día—, cuando fuera se oyó el rugido de un motor.

Stephanie y Martha, ésta armada con su ballesta, fueron inmediatamente hasta la ventana y miraron atentamente por el cristal para ver de qué se trataba. Chester bajó del vehículo, un coche de doble tracción cubierto de barro. Les hizo un gesto a las dos para que salieran.

—Encontré este cuatro por cuatro en una granja cercana el otro día cuando estaba echando un vistazo por los alrededores, y pensé que podría llegar a ser útil. Cerca de la granja también había algunos bidones de diésel de repuesto, así que los he metido en la parte de atrás, y algunas latas de comida, para que no tengamos que seguir comiendo ese emplasto de oveja —dijo, echando un vistazo a la parte posterior del vehículo. Luego, cuando rodeó el coche por delante, le dio una contundente palmada al capó—. ¡Espabilad, la una y la otra! Recoged vuestras cosas. ¡Nos marchamos!

—No me gusta esto. No voy a viajar en uno de esos artefactos —soltó Martha. Sentía una arraigada desconfianza hacia cualquier cosa más complicada que su ballesta—. En todo caso, ¿quién va a llevar el timón?

—¿Llevar el timón? ¿Querrás decir conducir? Yo voy a conducir, porque ese mamón de Parry me enseñó. —Chester se acercó directamente a Martha—. Vamos, dijiste que harías cualquier cosa por mí. Pues bien, ahora te lo estoy pidiendo. —La mujer pareció indecisa, pero él estaba decidido a hacer aquello a su manera—. Sabes que deseas ayudarme… y sabes hacerlo, mamá. —Y le estampó un beso grande y sonoro en los descamados labios.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! —Turbada, Martha se quedó sin aliento. De inmediato, se puso como un tomate y empezó a balancear los hombros como una niña pequeña—. Ah, de acuerdo, mi querido niño —dijo.

 

 

—A menos que sean animales extraviados que nos estén dando falsos positivos, parece que la fiesta se está animando —declaró Parry.

Dos de sus hombres habían levantado la mano simultáneamente cuando los sensores térmicos que estaban controlando en sus ordenadores portátiles registraron las señales. En el último piso del edificio de viviendas había una docena en total de tales hombres, algunos reclutados del SAS y otros de la Vieja Guardia de Parry, todos mirando atentamente sus ordenadores colocados en diferentes muebles que habían rapiñado en los pisos inferiores. Rodeando a los hombres, estaban las instalaciones de aire acondicionado y los motores de los ascensores, los cuales, por supuesto, llevaban varios meses fuera de servicio a causa de la falta de electricidad.

Otro de los hombres de los ordenadores levantó la mano en ese momento.

—También por el noroeste, jefe. Una señal fuerte —informó.

—Sí, se diría que empieza la partida —convino Eddie, mirando a Parry a los ojos—. Y es como esperábamos: los sensores están captando a los Limitadores mientras ocupan sus posiciones en torno a la instalación para atrapar a cualquiera que trate de huir. —Desvió su atención a una pantalla cercana que mostraba una imagen en vivo de la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno, la agencia estatal de señales y comunicaciones. El edificio estaba situado a unos quinientos metros de donde se encontraban en ese momento, y la imagen estaba siendo enviada desde una de las cámaras colocadas en lo alto del bloque de viviendas—. Así que las tropas de vanguardia, los Armagi, dirigirán el ataque, mientras que mis antiguos camaradas, los Limitadores, actuarán como escuadrón de limpieza —añadió.

—¿Escuadrón de limpieza? Nunca pensé que alguna vez oiría describir a la élite styx de semejante manera. —Parry sonrió, aunque sus ojos expresaban otra cosa diferente. Se acercó a Eddie, y bajó la voz—. Ambos hemos sacrificado a demasiados hombres en las últimas semanas para que la tapadera de Danforth con los styx pudiera preservarse. Quiero que sepas que el comportamiento desinteresado de tus antiguos Limitadores no será pasado por alto.

Como era de esperar, la respuesta de Eddie estuvo desprovista de cualquier emotividad.

—Gracias, pero ellos sabían lo que se jugaban cuando se unieron a mí —dijo—. En cuanto a lo que está a punto de suceder, es posible que mueran más Limitadores, y aunque ellos siguen obedeciendo ciegamente a la jerarquía styx, me gustaría creer que podremos salvar todas las vidas que estén en nuestras manos. Ellos sólo siguen los dictados de la clase dirigente.

—¿Y los Armagi? —preguntó Parry.

—Ésos son un asunto completamente diferente —respondió Eddie—. No tengo ningún escrúpulo en destruirlos, porque no los considero «personas». No son más que un armamento biológico, máquinas de matar producidas por la Fase, y no tienen ninguna utilidad en la Tierra.

Parry asintió con la cabeza y se volvió hacia los hombres de las mesas para hablarles.

—Escuchad. Ahora, delante de todos, os quiero a las cámaras. Quiero que observéis los acercamientos. Cabe la posibilidad de que Danforth se muestre con algunos objetivos de alto valor para los styx. Estad alerta por si lo veis, porque el viejo styx, e incluso Hermione y la gemela Rebecca, podrían no andar lejos. Y es también prioritario que Danforth sea sacado con vida. Ya ha corrido suficientes riesgos para traernos hasta aquí, y quiero sacarlo de ahí de una pieza.

El Limitador metió el coche en el aparcamiento subterráneo y aminoró la velocidad. El vehículo apenas se había detenido cuando el viejo styx se apeó seguido por Danforth.

—¿Qué os retuvo? —les espetó Hermione cuando salió del asiento trasero del Bentley negro azabache que ya esperaba allí. Mientras cruzaba una puerta a grandes zancadas, gritó—: ¡Espabila, Rebecca, date prisa! Y, por Dios, ven tú sola. No traigas a tu mono de feria contigo.

Cuando Rebecca Dos salió del asiento delantero, Danforth reparó en la cortante mirada que le lanzó el viejo styx; o, para ser más exactos, la cortante mirada que lanzó al joven y rubio oficial neogermano sentado detrás del volante.

—¿Todavía dura esa impía unión? —le preguntó el viejo styx a Hermione cuando la alcanzó.

—Ya es hora de que le pongamos fin —respondió ella con frialdad en voz baja. Cruzó con decisión la entrada del aparcamiento y el oscuro pasillo de suelo de cemento sembrado de charcos de agua—. No es aconsejable llevar pasajeros —añadió meneando la cabeza, y sus patas de insecto chocaron entre sí con un chasquido por detrás del cuello de su ancho abrigo.

Danforth no podía tener una certeza total porque, por deferencia a la autoridad de ambos, caminaba varios pasos por detrás de Hermione y el viejo styx, pero estaba bastante seguro de que la mujer styx había vuelto ligerísimamente la cabeza hacia él cuando había pronunciado aquellas palabras. Por el viejo styx sabía que el compañero humano de la gemela Rebecca estaba mal visto, pero tuvo la abrumadora sensación de que Hermione también se había referido a él con esas palabras. Aquello no presagiaba nada bueno. La mujer styx era impredecible, y él se sentía increíblemente inseguro. De forma instintiva se pasó la lengua por la falsa muela que contenía la radio en miniatura y deseó tener una oportunidad para enviar un mensaje.

El grupo recorrió varios pasillos sin luz antes de subir un corto tramo de escaleras que terminaba en una puerta. Cuando salieron a la luz del día y pusieron el pie en la acera, Danforth vio dónde estaban exactamente.

—Ahí está —susurró Hermione—. Uno de los últimos bastiones del patético sistema de defensa de este país a punto de caer en nuestro regazo como una ciruela madura.

—La Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno —masculló Danforth apretando los dientes. Todos se mantuvieron en el lateral de la calle, que atravesaba varias intersecciones antes de llegar al edificio con forma de rosquilla a cuya creación y equipamiento él había contribuido de forma tan decisiva.

Danforth señaló la alta verja apenas visible en la distancia.

—¿Son conscientes de que el perímetro exterior estará fuertemente controlado? —Paseó la mirada por la calle—. Aunque es improbable que haya electricidad en el resto de la ciudad, la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno posee su propio suministro geotérmico, así que sus sistemas seguirán funcionando.

Danforth se apresuró a tomar nota mental del número de Limitadores que podía ver por la calle, tres o cuatro a lo sumo, todos metidos en diferentes portales.

—Ustedes no me consultaron la planificación de ningún ataque, así que ¿qué saben del potencial defensivo de la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno? Habrá cuantiosas, y quiero decir cuantiosas, unidades de respuesta altamente especializadas listas para rechazar cualquier agresión. Y dicho potencial habrá sido fortalecido debido a…

Hermione echó la cabeza hacia atrás y soltó una desagradable carcajada.

—¡Qué hombrecillo tan gracioso! —se burló—. ¿De verdad cree que nos importa un comino algo de eso? —Volvió su atención a la instalación que tenía delante—. ¿Y quién dijo que fuéramos a atravesar el perímetro? Mire esto.

El viejo styx y Rebecca Dos se apartaron de ella cuando Hermione se echó el abrigo por debajo de los hombros. Sus extremidades de insecto se extendieron completamente, se juntaron y empezaron a vibrar.

Cuando Danforth echó un primer vistazo, supuso que el viento había alborotado el avance de las nubes por el cielo; enseguida se le hizo patente que lo que estaba viendo no tenía que ver con las condiciones atmósfericas, y que era algo muy siniestro.

Los Armagi revoloteaban en lo alto formando un remolino, y sus formas refractaban el azul grisáceo del cielo. Entonces empezaron a reunirse y descendieron, formando un círculo sólido que recordaba a un surtidor de agua boca abajo, directamente en la abertura central de la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno.

—Me pregunto qué pensarán de esto esos sacos de carne de sus amigos —Hermione se rió con suficiencia— durante los pocos minutos que les quedan de vida. —Súbitamente se giró hacia el viejo styx—. Ya nos podemos deshacer de este idiota. No le necesitamos para nada, y su presencia me resulta tediosa.

El viejo styx levantó la mano y un par de Limitadores aparecieron de la nada a uno y otro lado de Danforth. Entonces el viejo styx volvió sus ojos vacíos hacia él.

—Es cierto. Nunca le necesitamos, y no nos podemos permitir que se quede con nosotros. Aquí no hay sitio para los humanos.

—Hicimos un trato —replicó Danforth sin alterar la voz—. ¿Lo va a incumplir?

—Si nos hubiera entregado las cabezas de Drake, Elliott y el hijo de Burrows en bandeja, habríamos quedado más convencidos de su compromiso. Pero no lo hizo.

—No obstante, están todos muertos —insistió Danforth.

El viejo styx le miró con escepticismo.

—No le han visto el pelo a ninguno de ellos desde que me uní a ustedes, ¿no es verdad? —señaló Danforth.

—Puede que eso sea cierto, aunque seguimos sin tener noticias del grupo que enviamos al mundo interior, lo cual es sorprendente. Y los posteriores equipos que enviamos para buscarles tampoco han informado de lo sucedido —dijo el viejo styx—. Y eso hace que sospechemos que no todo es lo que parece.

—Si les ocurrió algo, eso no tiene nada que ver conmigo —razonó Danforth—. Está cometiendo un gran error. —Aunque aparentemente mantenía la calma, las ideas se agolpaban en su cabeza. La primera de su lista la ocupaba la manera de poder sacarse la muela y enviar un mensaje de SOS con los Limitadores vigilando todos sus movimientos.

—Lleváoslo y acabad con él —ordenó el viejo styx, y luego bajó la voz—. Y de paso que os encargáis de él, deshaceos de ese neogermano al mismo tiempo. Y aseguraos de que los cuerpos no queden a la vista. —Había bajado la voz para evitar que Rebecca Dos oyera de pasada su orden, pero en cualquier caso la gemela estaba demasiado concentrada en la avalancha de Armagi.

Cuando uno de los Limitadores empezó a empujarle por la calle en sentido opuesto a la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno, Danforth consiguió echar otro vistazo a la cascada continuada de Armagi que caía del cielo.

—Muévete —gruñó el Limitador, golpeándole en los riñones con el cañón del fusil.

A pesar del dolor, Danforth se permitió mostrar una pequeña sonrisa. En ese preciso instante, la mujer styx tenía la impresión de que iba a lograr una victoria considerable. Aunque más bien estaba a punto de tener un brusco despertar. Si todo discurría de acuerdo con el plan, al menos Danforth habría ayudado a propinar un importante golpe a los styx antes de perder la vida. Y todavía no había perdido todas las esperanzas; si el tiempo jugaba a su favor y el ataque tenía lugar antes de que le hubieran asesinado, tal vez pudiera distraer a los Limitadores y conseguir escapar.

No. Suspiró. Con aquel par de soldados letales tan alertas, era esperar demasiado. Estaban demasiado bien entrenados. Nada, salvo una intervención armada, los apartaría de su misión. Estaba muerto. Y lo aceptó.

Fingió que tropezaba.

—Más de prisa —gruñó uno de los Limitadores—. Deja ya de remolonear.

El soldado tenía razón. Danforth intentaba ganar tiempo. Echó un vistazo a los tejados de los edificios de alrededor, preguntándose si Parry le estaría siguiendo con una cámara. Pensó que no era probable; estaba demasiado lejos de la Rosquilla.

Cuando pasaron junto a la entrada al aparcamiento subterráneo, uno de los Limitadores se separó. El otro continuó empujando a Danforth por la calle principal y luego le hizo doblar una esquina para seguir por una transversal.

Allí, el Limitador le lanzó violentamente contra la pared del edificio, y lo hizo con tal fuerza que Danforth acabó tirado en la acera.

—No te levantes —gruñó el soldado, mientras sacaba una hoz de la vaina que colgaba de su cinturón.

Danforth paseó la mirada desde el acero mate de la hoja a las ramas sin hojas de los árboles que salpicaban la calle, y de ahí al cielo.

¿Así que era ahí donde acabaría todo para él? En una calle cualquiera de un pueblo cualquiera de Inglaterra. Resultaba irónico, teniendo en cuenta la de lugares en los que había estado en su vida.

Tanto Danforth como el Limitador se volvieron hacia el extremo de la calle cuando el otro Limitador apareció finalmente empujando al capitán Franz por delante de él.

—Levántate —bramó a Danforth el Limitador de la hoz.

Danforth sabía que cuando el joven neogermano llegara, ambos serían ejecutados tal como había ordenado el viejo styx.

—¿Qué está pasando aquí? —exigió saber el capitán Franz, que intentó enderezar su gorra de chófer cuando el Limitador volvió a empujarle.

—¿Dónde está Rebecca?

El capitán Franz se detuvo delante de Danforth.

—Ella ya no va a poder ayudarte —dijo éste.

El neogermano tenía aquella expresión ligeramente atontada que ocasionaba el exceso de sesiones de Luz Oscura.

—¡Id a buscar a Rebecca! ¡Ahora mismo! —ordenó el capitán Franz a los Limitadores—. Esto es una completa equivocación.

Danforth respiró hondo antes de hablar.

—Ahorra saliva. No conseguirás nada —le dijo al neogermano—. Estas patéticas porquerías de soldados no pueden pensar por sí mismos. —Sonrió con amargura al Limitador más próximo a él, que tenía preparada la hoz en el costado—. No sois más que unos robots. He conocido a muchos soldados profesionales en mi época, y vosotros no les llegáis a la suela de sus zapatos.

Se calló durante un segundo, intentando calibrar el efecto que sus pullas estaban teniendo, pero el Limitador era impenetrable. Aquellos ojos hundidos en el rostro marcado se limitaron a observarle.

—¿Qué problema hay? ¿Es que necesitas que tu jefa insecto te diga lo que tienes que hacer a continuación?

El Limitador de la hoz le atizó en la cara. Danforth cayó al suelo, y aunque sus gafas se habían roto y los ojos le hacían chiribitas, no podía creerse la suerte que había tenido. El Limitador no había utilizado la hoz.

Todavía no, al menos.

—Me has roto un diente —dijo Danforth, poniendo voz lastimera, pero pegando saltos de alegría por dentro. Se metió la mano en la boca, se despegó el molar postizo y lo escondió en la palma.

—De pie —rugió el Limitador de la hoz.

Aunque resbaladiza a causa de la sangre y la saliva, Danforth acababa de lograr presionar el interior de la radio para activarla cuando el Limitador le golpeó de nuevo.

La radio salió volando.

«¡Maldita sea!», pensó Danforth.

El Limitador le apuntó con la hoja.

—Tú, hombrecillo, te has ganado el derecho a ser el primero en morir.

El soldado styx agarró a Danforth por las solapas y lo puso de pie con una sola mano, mientras en la otra balanceaba la hoz.

El capitán Franz estaba balbuciendo algo incomprensible en alemán. Tal vez fuera una oración.

El Limitador se disponía a segar la vida de Danforth.

Todo ocurrió tan deprisa que fue como si el Limitador sencillamente hubiera desaparecido.

Danforth se tambaleó, bizqueando con los ojos llenos de sangre, y se encontró con la mirada aún más aturdida del capitán Franz.

—¿Adónde ha ido? —masculló.

Entonces ambos vieron al Limitador.

Estaba despatarrado en el extremo opuesto de la calle, sin cabeza y con el cuerpo destrozado.

A pesar de las chanzas de Danforth en sentido contrario, los Limitadores eran unos consumados profesionales, y el otro soldado ni se inmutó por la muerte de su camarada. Y no iba a esperar a que le dieran ninguna explicación para reaccionar. Moviéndose por puro instinto, se abalanzó sobre Danforth y lo retuvo.

Quizás había pensado en utilizarlo como escudo en lugar de matarlo de inmediato, pero aun así el relámpago atacó, arrancándole al Limitador buena parte de la cara y el cuello. La cabeza del soldado quedó colgada de un lado, y de la yugular seccionada brotó una fuente roja a presión. Acto seguido, se desplomó a los pies de Danforth hecho un gurruño.

—¿Qué fue eso? —gritó el capitán Franz, mirando boquiabierto hacia el cielo, aunque ya no se veía el relámpago por ninguna parte.

—No tengo ni la más remota idea — contestó Danforth, que recuperó sus gafas. Uno de los cristales había desaparecido, aunque el otro seguía en la montura a pesar de estar rajado—. Y no me voy a quedar aquí para averiguarlo.

Se oyó un aullido procedente de la esquina.

—¡Johan! ¿Qué haces aquí? —Rebecca Dos había aparecido corriendo a toda velocidad por la calle principal, pero al ver a su amado neogermano se detuvo con un patinazo.

—Oh, Rebecca —contestó el capitán, que pareció consternado cuando extendió una mano fláccida hacia ella.

—Me pareció que pasaba algo… Lo presentí —dijo ella.

Danforth no estaba de humor para sentimentalismos.

Pese a ser un hombre bajito, seguía sabiendo cómo apañárselas. Rodeó el cuello del capitán Franz con un brazo para inmovilizarlo con una llave y le apretó la hoz del Limitador contra la garganta. Pensando que podría serle útil, había recuperado el arma al mismo tiempo que las gafas.

—¡Quieta! —le ordenó a Rebecca Dos.

—Vale, pero, por favor, no le haga daño —le imploró a Danforth, y entonces divisó la sangre del Limitador en la cara de su amado capitán. Se dispuso a dar un paso—. Pero ¿qué te ha ocurrido, Johan? ¡Estás sangrando!

—¡Te lo advierto! ¡Quédate ahí! —le ordenó de nuevo Danforth.

—¿Qué te ha hecho este hombre? —preguntó ella, lanzando una furibunda mirada a su capturador.

—No estoy sangrando —contestó el capitán Franz, antes de que Danforth incrementara la presión de la llave para impedir que el neogermano siguiera hablando.

—Mataste a esos Limitadores —acusó Rebecca Dos a Danforth, aunque no pareció muy convencida de lo que decía cuando vio el cuerpo decapitado del soldado al otro lado de la calle y las demás heridas letales.

—Tus hombres tenían órdenes de ejecutarnos a los dos —replicó él.

—¿Por qué? —preguntó ella a gritos.

—¿No resulta un poquito evidente? Ambos somos humanos prescindibles —respondió—. Ahora quiero que bajes la voz, porque vas a venir conmigo.

—De eso nada —retrucó Rebecca Dos.

—Vendrás si quieres que tu novio viva —amenazó él y hundió la punta de la hoz en el cuello del capitán Franz.

—¡No, no lo hagas! Por favor, no le hagas daño —le imploró Rebecca Dos—. Haré lo que dices.

—Y antes de que nos vayamos, necesito que me encuentres una cosa —dijo Danforth. Miró atentamente hacia el centro de la calle—. Parece una muela.

—¿Una muela? —Rebecca había acabado de hacer la pregunta cuando el suelo tembló bajo los tres y se produjo una detonación que les sacudió los sesos. La onda expansiva tiró al suelo a la gemela, y una enorme nube de polvo surgió como una oleada y avanzó a lo largo de toda la calle hacia ella.

—¡La leche! —exclamó Danforth, lanzando una mirada al lugar donde había caído Rebeca Dos—. Parece que sólo quedamos tú y yo, rubito —le susurró al oído al capitán Franz.

—Nein, Rebecca, nein, nein —balbuceaba sin parar el neogermano.

—Te alteras por nada; dudo que esté muerta —dijo Danforth, empujando a su rehén para que se dirigiera al lugar donde había divisado su radio en miniatura. En cuanto la recuperó, le echó otro vistazo a Rebecca Dos—. Es una pena que no me la pueda llevar. Habría sido un sujeto interesante de interrogar —comentó apenado.

El capitán Franz también la estaba mirando, transido de dolor.

—Nein, nein, nein —seguía farfullando cuando Danforth se lo llevó a la fuerza a toda prisa.

—Ahí es cuando estalla —dijo Parry en el momento en que las imágenes de las cámaras parpadearon a causa de la explosión. Cuando se estabilizaron, las vistas de lo que quedaba de la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno estaban oscurecidas por unos mantos mortuorios de polvo y humo. La detonación se había programado para el momento en que la marea de Armagi terminara su entrada aérea y estuvieran en el interior de la instalación, buscando en vano a alguien que matar.

—¿Así que por nuestro lado ninguna baja? —preguntó Eddie.

—Confío sinceramente en que no. El centro fue evacuado hace semanas, salvo, claro está, por el personal mínimo imprescindible para mantener la apariencia de que seguía funcionando como siempre —explicó Parry—. Y esas personas deberían haber escapado por los túneles subterráneos de evacuación… Había varios de…

—Señor —le interrumpió uno de los soldados a cargo de un portátil—, acabamos de recibir un mensaje de Danforth. Nos pide que le evacuemos. Y dice que tiene un rehén.

—¡Todos los demás recoged vuestro equipo! ¡Nos vamos ya! —ordenó Parry mientras se acercaba al soldado—. Muy bien, ¿dónde dice Danforth que está? —preguntó.

Hermione y el viejo styx habían sido afortunados. Estaban bien guarecidos en el lateral de la calle cuando se produjo la explosión, aunque aun así los tiró a ambos al suelo.

Ella se estaba riendo cuando el aire empezó a limpiarse y vio lo poco que quedaba de la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno. La Rosquilla había quedado reducida a un montón de escombros, y las pocas partes que seguían en pie eran pasto de las llamas.

—Así que colocaron cargas explosivas y esperaron a que apareciéramos para volar todo el lugar… ¿Es eso lo mejor que se les puede ocurrir a esos pobres sacos de carne? —dijo.

—Nos han ahorrado el trabajo de demolerlo —abundó el viejo styx, sin apartar la vista de los restos.

Hermione había dejado de reír y en su lugar estaba como cacareando, absorta en la cantidad de polvo que se había depositado en su abrigo.

—Aunque me duele haber perdido a algunos de mis hijos, son Armagi, y ahora son muchísimos —dijo, y empezó a sacudirse el abrigo utilizando sus miembros humanos para la parte delantera y los insectoides para la espalda—. No es lo mismo que cuando se deshicieron de mis Guerreros. Los humanos sólo han conseguido empeorar su situación al cambiar de táctica.

—Sí, y no son del todo conscientes de que cualquier cosa que intenten ya es inútil —convino el viejo styx asintiendo con la cabeza—. Es demasiado tarde para ellos.

Pero Hermione no le estaba escuchando. Había dejado de sacudirse el abrigo y tenía la mirada triste.

—Pero jamás le perdonaré a Will Burrows ni a los demás que masacraran a mi Clase Guerrera, a mis verdaderos hijos, en aquel almacén —dijo en voz baja con ardor.

El viejo styx tenía la cabeza en asuntos más apremiantes. Ya que el humo y el polvo se empezaban a disipar, había estado buscando con la mirada por la calle; un gesto de contrariedad apareció en su rostro generalmente inexpresivo.

—¿Adónde se ha ido Rebecca? —preguntó.

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