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Tercera parte. El Bosque de los Obispos » Capítulo 16
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—¡Hurra! Aquí estamos de nuevo —dijo Chester, poniendo los limpiaparabrisas cuando los trozos de Armagi y el líquido que corría por sus venas salpicaron el parabrisas por enésima vez.
Había estado conduciendo como un lunático, sin disminuir la velocidad pese a que la autopista estaba llena de obstáculos. En varias ocasiones había golpeado ligeramente a los coches abandonados que le estorbaban, a punto de perder el control del cuatro por cuatro mientras zigzagueaba por la carretera por ir tan deprisa. Y cada vez que había chocado, se lo había tomado a risa, aunque Martha parecía petrificada, y sentada a su lado se aferraba al cinturón de seguridad como si la vida le fuera en ello. Por su parte, Stephanie no se permitió ni un momento de respiro, porque si iban a estrellarse, quería estar preparada para ello.
Hicieron un bienvenido alto en el camino para calentar algunas latas de comida. Pero antes de que hubieran terminado de comer, Martha se había alejado. Stephanie la localizó en lo alto de una pequeña colina, donde aparentemente no hacía otra cosa que mirar atentamente el cielo. Cuando finalmente regresó, le dijo a Chester que se había enterado por los relámpagos de que el «hombre asqueroso» se estaba moviendo, aunque ellos seguían yendo en la dirección correcta para alcanzarlo. También le dijo que un relámpago permanecería todo el rato con él para rastrear sus movimientos.
A pesar de lo que le había contado a Chester, Stephanie no acababa de explicarse cómo Martha podía saber tal cosa por aquellas criaturas con aspecto de moscas grandes que rara vez parecían dejar de volar como centellas de aquí para allá. Chester no pareció muy interesado en aquella noticia, más preocupado, en cambio, en reservarse para él solo un lata entera de judías estofadas con salchichas, mientras que Stephanie tuvo que compartir la segunda lata con Martha.
Y luego, después de que Chester hubo llenado de diésel el depósito hasta los topes, se pusieron en marcha de nuevo. Por una vez el tramo de autopista que se abrió ante ellos estaba relativamente despejado, así que dio lo mismo que el chico pisara a fondo el acelerador.
Pero después de que les llovieran más trozos de Armagi, Martha no dejaba de estirar el cuello para escudriñar el cielo a través del parabrisas delantero.
—El cansancio va a poder con ellos —dijo finalmente.
Chester no respondió, antes bien empezó a balancear la cabeza de un lado a otro como si estuviera escuchando una música que sólo él pudiera oír. Y no hizo ningún intento de aminorar la velocidad.
—¿Sabes, cariñín?, no pueden estar ahí arriba todo el día —intentó Martha de nuevo—. Tienen que descansar, como nosotros.
Chester empezó a juguetear con los mandos del aire acondicionado para aumentar la intensidad y orientar la rejilla, de manera que la brisa le dio de lleno en la cara y le alborotó el pelo.
—Empieza a hacer un poco de calor aquí dentro —dijo.
Lo que no dijo fue que la combinación del aire viciado y caliente del vehículo y la falta de higiene de Martha resultaba especialmente desagradable. Cuando Stephanie había abierto su ventanilla trasera, Chester y Martha le habían dicho a gritos que eso era demasiado peligroso. Pero donde estaba sentada, el aire acondicionado no le era de gran utilidad. Así que en su lugar cogió el frasco de perfume del neceser que llevaba en la Bergen y de vez en cuando le quitaba el tapón para olfatearlo, lo que le proporcionaba un alivio pasajero. Había llegado incluso a echarse una o dos gotas en el pañuelo, pero eso le granjeó unas miradas tan feroces de Martha que no se atrevió a hacerlo de nuevo.
—Si no reducimos la velocidad y nos lo tomamos con más calma, esos Armagi matarán a algunas de mis hadas —dijo Martha.
No hubo respuesta por parte de Chester, que volvió a bambolear la cabeza una vez más y frunció los labios como si estuviera silbando en silencio.
—De verdad, cariñín, tenemos que ir más despacio —insistió Martha, que parecía ya bastante desesperada.
Stephanie acababa de quitar el tapón a su perfume una vez más y lo estaba oliendo, cuando Chester aulló a la mujer:
—¿Te quieres callar de una vez?
La chica se asustó tanto por su reacción que estuvo en un tris de dejar caer el perfume. Y entonces se sorprendió siendo presa del impulso casi irrefrenable de atizarle un puñetazo a Chester en la nuca. Era tan egoísta, las había arrastrado a su cruzada de venganza sin la menor consideración. «Ni siquiera se ha preocupado por mí», se dijo para sus adentros Stephanie.
De pronto había tenido más de lo que estaba dispuesta a soportar. Quizá fuera la atmósfera sofocante y bastante desagradable del coche, o posiblemente su cansancio, pero ya le traía todo sin cuidado.
—¡Para el coche! ¡Me quiero bajar! —le gritó a Chester justo en el oído. Ella apenas había dicho una sola palabra durante todo el viaje, así que su exabrupto fue aún más imprevisible.
—¿Qué? —preguntó Chester con un grito ahogado, y el cuatro por cuatro empezó a dar bandazos por la carretera de forma descontrolada.
—He visto anunciada un área de servicio más adelante —contestó Stephanie—. Déjame allí.
Él no esperó tanto y se detuvo en la cuneta. Cuando tanto él como Martha se giraron hacia el asiento trasero para mirarla, Stephanie no dijo nada, sencillamente cogió su neceser y salió del coche. En el momento en que empezó a alejarse del coche, Chester echó a correr tras ella.
—¿Qué puñetas te pasa? —preguntó él.
Stephanie se detuvo de inmediato.
—¿Que qué me pasa a mí? ¿Y qué pasa contigo? —Sacudió la cabeza—. Muy bien. Deja que te lo aclare: te estás comportando como una verdadera mierda y me he hartado.
Chester señaló el campo abierto a ambos lados de la autopista.
—Pero si estamos en medio de la nada. Morirás.
—Como si te importara —le espetó ella—. De todas formas, prefiero correr el riesgo aquí fuera que contigo dentro de ese apestoso coche.
—Como quieras —soltó él, que se giró sobre sus talones y regresó al coche dando pisotones—. Haz lo que te dé la gana.
—De todas formas nos matarás a todos si sigues conduciendo de esa manera —le gritó ella mientras él se alejaba. Stephanie soltó un bufido para mostrar su desprecio—. ¡Eres tan hipócrita! Seguro que a tu hermana la atropelló un idiota que conducía igual que tú.
Chester se paró en seco, aunque siguió dándole la espalda a Stephanie. No sabía qué responder. El comentario de la chica le había alcanzado de lleno; en ese momento, algo caló en su ira y en el deseo devorador de venganza.
Pero Stephanie no había terminado.
—Hay algo verdaderamente idiota: ¿no te has percatado de que sólo hay Armagi cuando nos acercamos a las ciudades? Así que si ahora perdemos a algunos relámpagos, ¿cómo nos las arreglaremos cuando lleguemos a Londres, que parece que es adonde se están dirigiendo? —Se encogió de hombros—. Lo más probable es que la ciudad esté llena de Armagi, así que sin las hadas de Martha tanto nos da estar muertos.
—Tengo que decir que ella tiene razón, cariñito —manifestó de pronto una voz. Martha se había acercado a escuchar—. Tenemos que dejar que mis hadas se den un respiro y coman algo. Y tienes que timonear un poco más despacio.
—Es conducir, Martha. Uno «conduce» un coche. —Chester se volvió hacia Stephanie y carraspeó—. Sí, puede que me haya pasado de la raya, y creo que todos podríamos tener un merecido descanso. ¿A cuántos kilómetros está esa área de servicio que viste? —preguntó.
Stephanie no contestó.
—Vamos. Vuelve a poner tus cosas en el coche. Londres no está tan lejos, y a ti te encanta Londres —arguyó en un intento de consolar a su amiga, sonriéndole con timidez.
Ella respondió con indignación.
—Sí, ¿y qué haremos cuando lleguemos allí? Lo único que sé es que va a ser como el lugar más terrible de la Tierra. Estoy segura.
—Pero sigue siendo Londres, con todas esas tiendas que te encantan. Y además, seguro que hay algo abierto —insistió él sin perder la sonrisa. Era evidente que estaba haciendo un esfuerzo tremendo para mostrarse agradable con ella, pero Stephanie se dio cuenta de que aquel brillo enloquecido no había desaparecido de su mirada—. Vuelve al coche, ¿de acuerdo, Stepho?
—¿Stepho? A mí nadie me llama Stepho —dijo ella entre dientes. Pero en contra de su buen juicio, echó andar hacia el vehículo arrastrando los pies y preguntándose qué puñetas estaba haciendo.

—Y pensamos que tenía mala pinta la última vez que estuvimos aquí —susurró Drake. Él y Jiggs habían avanzado a gatas hasta las ventanas y levantaron las cabezas lo suficiente para contemplar Londres.
Deteniéndose numerosas veces en el camino para permitir que Drake se recuperase, habían recorrido todo el túnel del tren desde Essex hasta el centro de Londres. Cuando por fin llegaron al andén debajo de la Torre de British Telecom, se habían apresurado a subir las escaleras hasta la misma planta de la torre, desde la que habían observado los resultados de los primeros intentos de los styx por alborotar las cosas en la capital. Pero eso había sucedido varios meses atrás, y en ese momento la situación era inconmensurablemente peor.
—No hay electricidad en ningún sitio. Así que toda la red eléctrica debe de estar inutilizada —comentó Drake—. Confiaba en que pudiéramos activar alguna de las parabólicas de la torre y enviar una señal a Parry.
—Mira aquel edificio de oficinas de allí —dijo de pronto Jiggs, escudriñando la oscuridad mientras la noche empezaba a caer—. Es difícil de ver con esta luz, pero ¿distingues lo que hay en la azotea?
—¡Caray! —exclamó Drake, cuando vio las numerosos formas cristalinas de los Armagi reunidas en la azotea—. ¿Cuántos hay?
—En realidad todo el lugar está plagado de ellos. Están por todas partes —replicó Jiggs, cuando localizó más en otras azoteas.
—Esto ha ido demasiado lejos —comentó Drake, que se desplomó sobre el suelo—. ¿Cómo vamos a salir de ésta?
Jiggs consultó el rastreador antes de responder.
—No hay ninguna duda de que la baliza se ha movido desde que estábamos bajo tierra. —Como fuera que Drake se limitó a quedarse allí tirado, Jiggs se preocupó—. Sé que esa caminata por el túnel ha debido ser como varias maratones para ti. ¿Cómo lo llevas, amigo?
—Estoy hecho polvo, con unas náuseas que me muero, y dolorido por todas partes… ¿Continúo? —masculló Drake—. Y lo peor de todo es que esta jodida pierna me arde como si tuviera fuego —añadió, tocándosela por encima de la rodilla con una mueca de dolor.
—Déjame echar un vistazo —sugirió Jiggs.
Se acercó a él a gatas. Remangó los pantalones de combate de Drake empezando desde el tobillo hasta que pudo ver el vendaje que llevaba en la parte baja del muslo, el cual empezó a retirar lentamente.
—Me temo que la infección de esta herida es bastante grave.
—Ya me preguntaba yo qué olor sería ése.
Jiggs le dio una palmada a la Bergen donde guardaba el equipo médico.
—Alejémonos de las ventanas y te cambiaré los vendajes.
—De acuerdo, pero antes quiero comprobar una cosa —dijo Drake.
Y tras bajarse el pantalón, empezó a arrastrarse sobre el vientre por la vieja moqueta de losetas siguiendo el contorno de la torre, hasta que llegó a un tramo de los ventanales.
—¿Te acuerdas de aquel puesto de control de Charlotte Street? —le preguntó a Jiggs.
Entonces, gruñendo por el esfuerzo, se levantó para poder ver la vista de abajo.
—Confías en que se hayan dejado una radio —aventuró Jiggs—. Sabes que aquello era algo más que un puesto de control. La última vez que me di un paseo por allí no vi ningún equipo de comunicación, aunque en el camión de reabastecimiento había alguna munición pesada —añadió, y señaló el camión de aspecto macizo parado junto a la marquesina caqui.
A pesar de su malestar, Drake estaba sonriendo abiertamente.
—¿Y conseguiste fisgar allí dentro delante de sus narices?
Jiggs asintió con la cabeza.
—Fue pan comido. La verdad es que nos podría venir bien reabastecernos de munición si se olvidaron algo cuando huyeron.
Drake seguía estudiando el escenario de abajo con preocupación en el rostro.
—Esto… sí, sería fantástico… Pero… ¿no deberías apuntar un poco más alto?
Jiggs se sintió intrigado.
—Bueno, ¿qué tienes en mente? —preguntó.
Drake señaló hacia un lugar al lado del camión del que había estado hablando su amigo.
—Si no me equivoco, lo que hay allí aparcado es un Challenger dos último modelo esperando que alguien se lo lleve.
Jiggs asintió mientras contemplaba el último modelo de carro de combate del ejército británico.
—Bueno, ésa sería una manera muy elegante de moverse por la ciudad —dijo, riéndose entre dientes.
—¿Verdad que sí?

Algunos de los edificios habían sido tiendas, pero ahora era imposible saber qué habían vendido, ya que habían quedado destrozadas por el fuego.
Y en otros edificios las cortinas aleteaban en las ventanas superiores cuando el viento corría por la calle, y cuando soplaba con todas sus fuerzas, los papeles y la basura esparcidos por las aceras y la calzada empezaban a girar y bailotear.
—Este sitio no ha cambiado mucho —comentó Will mientras avanzaban a rastras sin que Elliott dejara de protegerle a cada paso que recorrían.
—¡Cuidado! —susurró ella de pronto, y se quedó inmóvil.
Por la puerta de un bar salió rápidamente un joven lagarto styx. Miró hacia ellos.
Se oyó el ruido que hacía al deslizarse y los chasquidos al abrir y cerrar las fauces.
Antes de que se dieran cuenta, salieron más lagartos por todas las ventanas del mismo edificio de la esquina y echaron a correr como centellas por la fachada de estuco.
La sangre con que Elliott había embadurnado a Will parecía seguir surtiendo efecto, porque tras su interés inicial ninguno de los lagartos les prestó demasiada atención. Cuando todos los reptiles volvieron a entrar de nuevo en el edificio, se oyó un estrépito de cristales rotos. Durante un instante fugacísimo Will se imaginó que reinaría la normalidad dentro del local y que a uno de los clientes se le había caído la pinta al intentar dejarla en la barra.
Pero entonces Elliott le volvió a dar un codazo para que siguiera adelante, y Will vislumbró los capullos que colgaban de las falsas vigas rústicas que atravesaban el techo del bar, unas vainas de aspecto fibroso en las que los Armagi estarían madurando.
Más adelante, mientras recorrían lentamente la ancha calle llena de tiendas, el cielo empezó a mostrar los primeros grises fríos que anunciaban el alba. De algún sitio lejano les llegó un aullido terrible.
—Brrrr. Esto es espantoso —dijo Will, hablando también por Elliott. La oscuridad, el frío y la absoluta desolación estaban empezando a afectarles.
La muchacha estaba mirando fijamente un cine en la acera de enfrente.
—Deberíamos encontrar un lugar donde escondernos. ¿Qué tal ahí? —propuso.
—Claro —aceptó Will, echando a andar inmediatamente hacia el local. En la entrada del multicine, vio de pasada el póster de una película que debía de estar proyectándose cuando los Armagi habían empezado su expansión. En él se veía a una creciente muchedumbre de zombis con las caras de color verde desvaído y las bocas manchadas de rojo carmesí.
—Ya no parece tan apropiado, ¿verdad? —preguntó él señalando el póster—. La gente quería gore, y ahora lo tienen a paletadas.
Elliott guardó silencio mientras ascendían por una escalera mecánica al vestíbulo, con mostradores para las palomitas y los helados; luego condujo a Will al interior de la sala más pequeña, con sus filas de butacas vacías y la pantalla en blanco.
—Esto servirá hasta que se vuelva a hacer de noche —dijo ella, dejándose caer a plomo en una de las butacas.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Will, preocupado porque su amiga parecía muy agotada. Sabía que le estaba complicando la vida y retrasando cuando estaba tan desesperada por llegar cuanto antes adonde fuera que necesitara llegar. Y tenía la mano hecha un verdadero desastre, porque se la había cortado una y otra vez para extraer más sangre de la herida para ayudarle. Will no estaba seguro de si no sería eso lo que la estaba debilitando.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó de pronto al oír ruidos encima de ellos.
—Estamos debajo de un nido —respondió ella—. Como el de esa casa en la que entramos. —Sin levantar ni mover la cabeza, que tenía apoyada en el respaldo de la butaca, movió los ojos hacia el techo—. Los Armagi se están reproduciendo ahí arriba.
—Ah, genial. ¿Y por qué narices escogiste entonces este lugar para parar?
Elliott bostezó abriendo enormemente la boca.
—Es mejor estar delante de sus narices, es más seguro.
Will recordó lo que le había contado ella sobre haberse sentido atraída hacia el nido en el que se había metido por error en aquel ático.
—Ya, pero ¿para quién es más seguro, para ti o para mí? —preguntó él.
Jamás recibió una respuesta, porque Elliott se había quedado dormida en la butaca.

—No la conocen. No es una mala persona. —El capitán Franz le dio una calada con delectación al cigarrillo que sujetaba en la mano libre, mientras tenía la otra esposada a la mesa.
Parry y Danforth lo miraban fijamente al mismo tiempo, y la expresión del primero no era precisamente amistosa.
—¿Estás de broma, amiguito? ¿Dices que la gemela Rebecca no es mala, después de todo lo que ella y su hermana han hecho? ¿Después de todas las vidas destruidas por los styx, y de la muerte y devastación desplegada con toda su osadía por nuestro país? ¿Que no es una mala persona? No puedes estar hablando en serio. Porque si es así, eres más estúpido de lo que pareces —bramó Parry dirigiéndose al oficial neogermano.
—No se parece en nada a los otros —insistió el capitán Franz.
Danforth había cogido uno de sus Purgadores de donde lo había dejado encima de la mesa y no paraba de conectar y desconectar la luz púrpura.
—Puede que éste esté defectuoso, lo que explicaría por qué no he conseguido desprogramar aquí a nuestro amigo —sugirió sarcásticamente.
El capitán Franz se indignó.
—Sé lo que estoy diciendo. Y les he contado todo lo que soy capaz de recordar y, sí, presencié algunas cosas terribles. Puede que haya estado deambulando envuelto en una nube por culpa de la Luz Oscura, pero también vi su lado bueno. No le queda más remedio que aceptar lo que se espera de ella. Sólo obedece órdenes.
—¡Bah! —explotó Parry—. La vieja cantinela. «Yo sólo obedecía órdenes.» No, tu pequeña styx es tan malvada como cualquiera de ellos.
—Estás completamente equivocado con ella —replicó el capitán Franz indignado—. Y de todas formas, no es ninguna niña. Los styx crecen más deprisa que…
Parry levantó una mano.
—¡Por Dios santo, tío, ya he oído suficiente!
Reparó en que Eddie y uno de sus hombres estaban esperando a la entrada de la tienda.
—No te muevas de ahí —le ordenó innecesariamente al capitán Franz, y se levantó de la silla apoyándose con más fuerza de la habitual sobre su bastón debido al cansancio. Danforth le siguió adonde esperaban los dos hombres.
—El niño bonito es todo vuestro. Mira a ver si le puedes sacar algo útil —le dijo Parry a Eddie en voz baja, echando un vistazo por encima del hombro al neogermano rubio, que estaba contemplando la punta incandescente de su cigarrillo.
—¿Así que no ha dicho nada que nos sirva? —preguntó Eddie.
—No, a menos que estés interesado en la moda femenina o en la afición de los styx por los coches de lujo —terció Danforth.
Parry negó con la cabeza.
—No tiene muy claro los lugares donde ha estado, y todos los que nos ha indicado ya son historia. Los styx hace mucho que los abandonaron. También está absolutamente engañado respecto a la gemela Rebecca. No sé en qué medida eso se debe al daño neuronal provocado por la sobreexposición a la Luz Oscura o a su pasión por ella.
—¿La pasión es auténtica? —preguntó Eddie.
—Eso parece —respondió Parry, arqueando las cejas con incredulidad.
—Así que quieres que utilice unos métodos más extremos con él —propuso Eddie.
El comandante asintió con la cabeza.
—Pero no se te vaya la mano, porque podría sernos de gran ayuda si llegamos a necesitar que influya sobre Rebecca —precisó Parry, y él y Danforth salieron de la tienda.
Este último se detuvo con sorpresa cuando divisó la hilera de helicópteros negros posados en el terreno contiguo al campamento provisional que habían levantado.
—¿Cuándo aparecieron éstos? —preguntó.
—Mientras estábamos con el capitán Franz —contestó Parry—. Cinco de los más recientes helicópteros artillados Sikorsky UH-sesenta, una generosa oferta de paz de mi amigo Bob.
Los norteamericanos están trasladando más unidades de su flota a nuestro lado del Atlántico, y esta remesa procede directamente de uno de sus portaaviones.
—Pues no les oí llegar —comentó Danforth.
Parry se frotó las manos con impaciencia.
—Ésa es en buena medida la intención. Son el último grito en tecnología furtiva, con motores muy silenciosos y colectores de escapes con filtros, así que la firma térmica es mínima. Creo que Bob ha sido tan generoso sólo porque quiere ver si los Armagi son capaces de oírlos.
Los ojos de Danforth resplandecieron de interés.
—Quizá pueda sugerir que los utilicemos inmediatamente.
Vieron a un soldado que salía de una de las muchas tiendas con un pequeño artilugio en las manos.
—Si ese soldado —prosiguió Danforth— me ha construido el escáner que le pedí para rastrear la señal de aquella baliza VLF que capté anteriormente, quizá podamos averiguar quién es el emisor.
Parry se quedó pensativo durante un instante.
—Sí, si es uno de nuestro equipo que ha regresado del mundo interior, entonces quizá, sólo quizá, tenga algo que pueda ayudarnos. —Levantó la vista hacia las amenazantes nubes que se iban acumulando en el cielo—. En este momento, me conformaría incluso con un pequeño milagro.