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Tercera parte. El Bosque de los Obispos » Capítulo 17
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Elliott no parecía dudar cuando se trataba de escoger el camino que tenían que seguir, aunque en una ocasión puntual simplemente se paró en el sitio, como si estuviera escuchando una voz que Will no podía oír. Luego echó a andar de nuevo, siempre manteniéndole pegado a ella mientras avanzaban de portal en portal, escudriñando la oscuridad atentos a los Limitadores y los Armagi.
—Reconozco esto —comentó Will cuando llegaron a Euston Road y empezaron a recorrer la calle utilizando los vehículos para ponerse a cubierto.
Y más tarde, mientras seguían con su metódico avance a trompicones, llegaron a un lugar que despertó un aluvión de recuerdos en él.
—Russell Square —le dijo a Elliott, cuando doblaron una esquina y entraron en la plaza.
Entonces vieron algo que los paró en seco. Justo delante de ellos, en mitad de la calle, estaba la sección de cola de un avión de pasajeros. Por la manera en que esa parte del fuselaje se había estrellado encima del tráfico, aplastando muchos coches y dejándolos calcinados, el accidente había ocurrido cuando los problemas no habían hecho más que empezar y la gente intentaba marcharse de Londres sin pérdida de tiempo. Y hasta abandonar el país, si conseguían encontrar un asiento en un avión.
Will miraba absorto la pintura quemada y descascarillada de los timones de cola azul y blancos, y sólo reaccionó cuando Elliott le instó a seguir con un codazo. Atravesaron la plaza en diagonal, moviéndose por lo que había sido una zona de césped donde en otro tiempo los paseantes comían sus bocadillos en los bancos a la hora del almuerzo. Ahora la cosa era muy diferente; el combustible de aviación quemado había chamuscado hasta el último palmo de terreno, y los árboles estaban reducidos a unos pinchos negros carbonizados.
En la otra esquina de la plaza tuvieron que sortear más partes del avión, y, cuando enfilaron la calle que salía de allí, Elliott sufrió un cambio. Pareció abandonar toda prudencia y tiró de Will hacia delante sin el cuidado habitual para protegerlo. Lejos de quejarse, él lo aceptó de buena gana, bastante aliviado por no seguir moviéndose a paso de tortuga.
Mientras avanzaban por la calle, Will descubrió por qué la zona le resultaba tan familiar: había hecho ese mismo camino en numerosas ocasiones con su padre, y reparó en que aquel gran edificio era donde él le llevaba a menudo los fines de semana. Como era de esperar, en las verjas había varios carteles que anunciaban las últimas exposiciones y que le confirmaron que estaba en lo cierto.
Le dio una palmadita en el hombro a Elliott.
—¿Así que era aquí donde nos hemos estado dirigiendo desde el principio? —le preguntó, a lo que ella asintió con la cabeza—. Te das cuenta de que esto es el Museo Británico, ¿verdad? —añadió entusiasmado, señalando el ala de tres plantas que se levantaba a unos tres metros detrás de la verja.
Elliott había estado mirando fijamente el edificio, pero entonces desvió su atención a la verja, agarrándose a ella como si estuviera considerando escalarla.
—¿Cómo entramos? —preguntó.
—Vamos a dar la vuelta hasta la parte delantera —contestó él.
Elliott empezó a correr y a Will le costó mantener el paso.
—Espera un segundo —le dijo cuando llegaron a la esquina—. ¿A qué viene tanta prisa? ¿Estás realmente segura de que es aquí donde tienen que estar?
—Lo estoy —respondió ella sin titubear.
Will la llevó hasta las puertas principales. Aunque estaban cerradas, había una entrada más pequeña en un lateral que les permitió acceder a los jardines del museo. Pese al hecho de que estuviera oscuro como boca de lobo, Will llevaba el monocular de Drake en el ojo, lo que volvía el escenario tan claro como si reinara la plena luz del día.
Mientras seguía a su amiga por el patio delantero, la íntima relación de aquel edificio con su pasado le animó. Aquel museo de impresionante fachada de templo griego era algo que conocía muy bien y que le era muy querido.
Durante un instante se sintió transportado a una época más feliz y segura. Muchos de sus primeros recuerdos estaban relacionados con las visitas a los museos, especialmente a aquél, aunque su padre, el doctor Burrows, siempre había tenido su propio programa en cada visita y a su hijo le había facilitado las cosas poco o nada, deteniéndose rara vez a explicarle algo de lo que allí se exponía. Pero a medida que Will se había ido haciendo mayor y más independiente, había dejado que su padre se largara y él se iba a su aire, y sólo se volvía a reunir con él en la entrada, cuando llegaba la hora de regresar a Highfield.
Entonces el viento sopló y agitó toda la basura acumulada en el patio delantero del museo convirtiéndola en un caos animado, y el lugar se le antojó sumamente desolado. Ya no bullía de turistas, como lo recordaba en las soleadas mañanas dominicales, con el constante chirrido de los taxis londinenes que paraban para dejar o recoger a la gente.
—Son como los semáforos de la Colonia —dijo Elliott de pronto, señalando las farolas que salpicaban los jardines.
Aparte del hecho de que no tenían las luminosas esferas resplandecientes en lo alto de sus postes de hierro, tenía razón; Will se percató del parecido. Estaba a punto de darle la razón, cuando su amiga se paró sujetándose la cabeza, como si estuviera escuchando de nuevo su voz inaudible.
Entonces echó a correr hacia el centro de las tres puertas de la entrada principal. Cuando llegó allí, se puso a tirar de la puerta y a sacudirla ruidosamente con tal fuerza que el ruido resonó por todo el patio delantero. Estaba perdiendo el tiempo porque estaba cerrada con llave a cal y canto. Entonces lo intentó con las otras puertas de cristal, haciendo idéntico ruido.
—¡Eh! —siseó Will—. ¿Intentas que llamemos la atención?
Se dio cuenta de que Elliott estaba desesperada por entrar, que miraba desenfrenada de un lado a otro de la entrada como si no se pudiera creer que ninguna de las tres puertas estuviera abierta.
—¿Estás segura de que éste es el lugar que buscas? —preguntó Will.
—Tenemos que forzar la entrada —balbució Elliott al tiempo que le arreaba una patada al cristal inferior de la puerta.
—Para ya. Tranquilízate, por Dios, Elliott —le instó Will sacudiéndola por el brazo—. No podemos hacer eso. Probemos por allí. —Señaló el ala lateral del museo al final del patio delantero.
Elliott echó a correr al lugar que le había indicado, un edificio situado detrás de la parte delantera aunque construido con la misma piedra blanquecina de Portland.
Alguien había utilizado un coche como ariete para abrir las puertas y luego, una vez logrado su propósito, lo había abandonado en los escalones. Will y Elliott treparon por encima del vehículo para llegar a la puerta pintada de negro, que se abrió con un crujido del único gozne que la sujetaba.
Dentro, cerca de la entrada, había unas mugrientas cartulinas tiradas en el suelo de mármol junto con algunas mantas viejas apiladas. A juzgar por los envoltorios de caramelos y bolsas de comida vacías, alguien había utilizado el recinto como vivienda, aunque no había ningún indicio de que, aparte de ellos dos, hubiera más gente por allí.
Will se aseguró de que la puerta quedara cerrada tras ellos. Jamás había estado en aquella parte del museo, y enseguida dedujo por los letreros de las puertas que eran las dependencias administrativas. Entonces alcanzó a Elliott, que ya se estaba dirigiendo hacia las salas abiertas al público. Estuviera o no siguiendo lo que fuera que la guiara, no les resultó complicado encontrar el camino gracias a las rozaduras del suelo y al rastro de las cosas allí abandonadas, que incluían más envoltorios de caramelos y latas de bebidas vacías.
Atravesaron algunas puertas que, por el astillamiento de la madera alrededor de las cerraduras, Will dedujo habían sido forzadas, y por fin entraron en las salas de Grecia Antigua y Roma. Sobre la marcha, él tomó nota de los objetos minoicos y micénicos expuestos en las vitrinas, muchos de ellos viejos amigos suyos.
Y entonces se encontraron en el Gran Atrio, un amplio espacio antaño expuesto a las inclemencias del tiempo y ahora cerrado por un moderno tejado de teselas de cristal. En el centro del Gran Atrio se encontraba la Sala de Lectura. Las botas de ambos resonaron por el descomunal sitio mientras se encaminaban hacia allí.
Will advirtió que su amiga se había desentendido de las más mínimas medidas de seguridad.
—Supongo que aquí dentro estamos bastante seguros —comentó, más para tranquilizarse que para intentar insinuarle algo a ella—. Y quienquiera que haya estado aquí parece haberse ido ya. Imagino que un museo no es el primer lugar que se te ocurre para conseguir comida —añadió. Sus tripas eran de otro parecer, y le sonaron ruidosamente mientras se preguntaba si los saqueadores del coche-ariete habrían expoliado todas las existencias de dulces y coca-colas.
Elliott se paró en seco e inclinó la cabeza a un lado, como si estuviera escuchando de nuevo.
—¿Ahora adónde? —preguntó Will en un susurro.
Ella levantó la mano, se puso un dedo en los labios y cerró los ojos.
—Bueno, puedes escoger entre África, Oriente Medio o Euro… —empezó a decir Will, tratando de impresionarla con sus conocimientos de las diferentes secciones, cuando ella le interrumpió.
—No, ahí arriba —dijo lentamente, y abriendo los ojos con un parpadeo, avanzó muy despacio hasta que la pasarela que se extendía entre la sala de lectura y la pared del fondo del Gran Atrio apareció ante su vista.
—Fantástica elección —observó Will—. Por ahí se va a la sala de Mesopotamia y el Antiguo Egipto.
—Limítate a decirme cómo se llega ahí —le espetó ella.
Will levantó los dedos y los movió como si caminaran.
—Por las escaleras. Por el otro lado —respondió de forma sarcástica y sincopada.
Y avanzó unos pasos cabreado para poder señalar dónde empezaba el tramo circular de escaleras en el lateral de la Sala de Lectura. Pero a ella le pasó totalmente inadvertida su irritación, porque ya había echado a correr hacia las escaleras, que subió a toda velocidad sin decir palabra.
Will la siguió con un gruñido, y cuando por fin llegó a la pasarela de arriba, la cruzó y entró en la primera sala de exposición. Elliott no estaba allí, así que entró en la sala contigua. Resoplando de tanto subir escaleras, la llamó a gritos, pero su voz se perdió en la red de salas intercomunicadas.
—Estoy aquí —murmuró ella.
Will miró por todas partes hasta que la divisó en el centro de la habitación por la que había entrado, tan quieta que no había logrado verla. Elliott tenía los ojos cerrados.
—¡Ah, estás ahí! —Will se echó a reír—. Esta sala es realmente una elección fantástica. Desde mi más tierna infancia venía aquí a ver a las momias porque… —su voz se fue apagando cuando se acercó a una vitrina rectangular.
En su interior había un ataúd de madera toscamente tallado con la tapa abierta. Apretó la cabeza contra el expositor para mirar la momia que le era tan familiar por sus visitas a lo largo de los años. El pequeño cuerpo estaba encogido en posición fetal sobre un lecho de arena en el fondo del féretro.
—Porque molan mogollón —terminó de decir, mientras contemplaba desde arriba la piel seca y la carne cuarteada de la cara de la momia, a la que se le veían los dientes marrones a través de la mejilla resquebrajada.
—Está aquí dentro —anunció Elliott en voz baja.
—¿El qué? —preguntó Will, que se dirigió a la esquina sin pérdida de tiempo. Elliott estaba junto a un enorme sarcófago de piedra cuya superficie estaba cubierta de jeroglíficos.
—¿Qué quieres decir con que está ahí dentro? —inquirió él—. No puede ser. Ahí dentro no habrá nada.
Tras quitarse la Bergen y dejarla junto a su fusil en el suelo, Elliott empezó a pasar las manos por la tapa del sarcófago.
—No, está aquí dentro —repitió—. Lo percibo.
—Ah, genial. —Will exhaló cansinamente—. Espero que hayas escogido el sarcófago más descomunal de todo el lugar.
Ella detuvo las manos sobre un panel situado en el centro de la tapa maciza en el que aparecían dos serpientes entrelazadas a lo ancho.
—Justo aquí —susurró, moviendo los dedos sobre las serpientes. Parecía ser presa del pánico y la desesperación cuando empezó a intentar enganchar los dedos bajo la tapa para levantarla. Era inútil; Will sabía que no tendría ninguna posibilidad debido al enorme peso.
—De acuerdo, espera un segundo —dijo, y depositó la Bergen y el Sten junto al equipo de su amiga—. Tenemos que encontrar algo para hacer palanca. Un trozo de metal servirá.
Elliott se negaba a separarse del sarcófago, así que Will empezó a buscar por allí. Al final descubrió en el pasillo exterior una boca de incendio donde había varios cubos y una manguera enrollada en una bobina. Al lado, había un hacha en una caja con la pantalla de vidrio, la cual rompió de una patada. Regresó con el hacha, y aunque logró introducir la punta bajo la piedra erosionada de la tapa, resultó inservible para levantarla.
—Esto es imposible —masculló, cuando su mirada se posó en el gran ídolo de piedra, una descomunal cabeza de faraón tallada en piedra y de unos tres metros de altura, situada al lado del sarcófago. Rodeó la cabeza para examinarla desde diferentes ángulos, y luego comprobó muy cuidadosamente a qué distancia estaba del sarcófago. Por último, se metió detrás de la cabeza para averiguar qué espacio había entre ésta y la pared.
—Me pregunto… —dijo entre dientes, y se levantó el monocular del ojo para mirar la cabeza a la luz de la luna que se filtraba por una ventana situada en lo alto de la pared.
Entonces asintió con la cabeza para sí.
—Elliott, necesito que vengas aquí. Si podemos volcar esto, calculo que debería caer sobre tu sarcófago y quizá lo abra.
Tardó un rato en convencerla para que abandonara el sarcófago y le acompañara a la parte posterior de la cabeza de faraón. Entonces ella pareció comprender lo que le estaba proponiendo. Mientras trataba de explicarle a Elliott dónde quería que se pusiera, de pronto su amiga se agarró la nuca con la mano.
—¿Qué sucede? —preguntó él.
—No lo sé, acabo de sentir un dolor terrible aquí —respondió—. Ya ha desaparecido.
Will le volvió a explicar su idea, y luego, con las espaldas apoyadas en la pared y los pies apuntalados contra el faraón, ambos se impulsaron verticalmente hasta que estuvieron a dos metros sobre el suelo.
—Tres, dos, uno —contó Will, y empujaron con todas sus fuerzas. La cabeza de faraón se balanceó ligeramente—. ¡Sí! ¡La movimos! —exclamó con entusiasmo—. ¡Elliott, esto puede que dé resultado de verdad!
Volvio un instante la cabeza para echar un vistazo por la ventana, y sus ojos se demoraron en la luna.
—Howard Carter, si estás ahí arriba y estás viendo esto, quiero que sepas que lo siento —masculló—. De acuerdo —dijo, dirigiéndose a Elliott—. Adoptemos un ritmo hasta que volquemos este busto. Sólo espero que caiga del lado correcto, o acabaremos despachurrados como… unas cosas muy despachurradas.
Will repitió: «Empuja… empuja… empuja…» una y otra vez mientras el faraón se balanceaba atrás y adelante, y entonces, con un último «¡empuja!», el busto se inclinó hacia delante. Will y Elliott saltaron hacia un lado cuando la cabeza cayó directamente encima del sarcófago con un golpe seco que hizo retumbar el suelo.
Ambos se habían dirigido rapidamente a la parte delantera para contemplar el sarcófago en el momento en que, pareciendo moverse a cámara lenta, también se desplomaba. Su enorme tapa se deslizó sobre el suelo, aplastando la vitrina de cristal antes de detenerse.
—¿Qué he hecho? —exclamó Will cuando vio los daños ocasionados a la cabeza de faraón, la tapa del sarcófago, que se había partido por la mitad, y la momia de la vitrina.
Pero Elliott no sentía la menor preocupación por nada de eso. Se agachó junto a la tapa rota para recoger algo de entre los trozos. La tapa no era completamente maciza; en su interior había un objeto.
Se levantó con él. Era una especie de porra de unos sesenta centímetros de largo.
—¡Dios mío! —exclamó Will—. Es exactamente igual que la torre.
Y lo era; con la misma división en la punta, podría haber sido un modelo de la torre del mundo interior. Y su superficie lisa y gris también parecía estar hecha del mismo material que la torre.
Y cuando la piel desnuda de la mano de Elliott había entrado en contacto con el objeto, un aro que rodeaba el mango resplandeció con una intensa luz azul. Era idéntica a la luz que habían visto antes tanto en la torre como en la pirámide.
—Ah, así que las pilas siguen en buen estado —susurró Will, intentando no echarse a reír por lo insólito de todo aquello.
—Esto es lo que vine a buscar —murmuró Elliott, cuando se levantó y sujetó reverencialmente el objeto ante ella.
—Pero ¿qué es? ¿Una especie de arma, una maza? —preguntó el muchacho, aunque entonces se le ocurrió algo—. Espero que no se transforme de pronto en otra torre, ¿verdad?
—Es un cetro, y tengo que llevarlo de vuelta —replicó Elliott sin apartar los ojos del objeto.
Will se encogió ligeramente de hombros.
—Muy bien, es un cetro, ¿puedo verlo? —Se adelantó con la mano extendida, pero Elliott lo apartó de él de una sacudida.

—No, no puedes —respondió ella con aspereza—. No debes tocarlo.
—Muy bien, que así sea.
Will volvió a encogerse de hombros y se dedicó a examinar las partes rotas de la tapa del sarcófago donde el cetro había estado escondido. Había un canal circular perforado justo en el centro de la gruesa piedra de la tapa, el cual, por supuesto, estaba ahora vacío.
—Así que este cetro puede llevar escondido ahí dentro desde hace siglos, y nadie tenía ni la más ligera idea de ello —dijo Will, pensando en voz alta—. Y, como es natural, todas estas reliquias fueron traídas a Inglaterra por los coleccionistas victorianos hace cosa de uno o dos siglos, así que, hasta ese momento, este sarcófago habría estado en Egipto durante siglos. ¿Fue entonces cuando se perdió el cetro?
Pero Elliott ya había recogido su fusil y su Bergen y se dirigía fuera de la sala.
—¡Eh, tú y tu palo mágico! ¿Se puede saber dónde vais ahora? —gritó Will cuando oyó cerrarse la puerta de un portazo detrás de su amiga.
Cogió la Bergen y el Sten y cruzó corriendo la pasarela, y acababa de alcanzar a Elliott varios tramos de escalera más abajo cuando se oyó el tableteo de unos disparos, tan fuertes que las ventanas temblaron. Ambos se quedaron paralizados en el sitio.
—Eso ha sido cerca —comentó Elliott—. Y es un arma automática.
—¿Podría ser el ejército? —sugirió él.
Los disparos provenían del exterior del museo, y Elliott tenía razón: se habían hecho muy cerca. Bajaron corriendo la escalera circular hasta que pudieron ver por la entrada principal.
Hubo otra ráfaga de disparos y un gran estruendo.
—¡Un carro de combate! —gritó Will—. ¡Me cago en la leche!
El vehículo subió disparado los escalones delanteros, arremetió directamente contra las puertas y las atravesó con estruendo, machacando metal y cristales.
Entonces se paró allí, la mitad dentro del edificio y la otra mitad fuera. El fuego automático empezó de nuevo, y el ruido ensordecedor se extendió por los confines del museo, mientras que al otro lado del carro los proyectiles barrían el patio delantero.
La escotilla se abrió y alguien saltó fuera.
Elliott fue la primera en reconocerle a través de la mira de su fusil.
—¡Drake! —gritó.
—¿Elliott? —respondió él con un aullido.
Will y Elliott bajaron volando las escaleras. Drake había descendido del carro de combate.
—Captamos la señal de vuestra baliza —dijo él cuando Elliott le estrechó entre sus brazos fuertemente—. ¡Pero no creía que pudierais ser realmente vosotros dos! —añadió. Sacudiendo la cabeza, sonrió a Will—. Pero ¿cómo conseguisteis regresar?
—Explicar eso nos llevará un poco de tiempo —respondió Will, que se interrumpió cuando se le hizo patente el aspecto de su amigo—. Pero, Drake, ¿qué te ha sucedido?
Elliott también había retrocedido para poder ver su palidez cadavérica y que no sólo era su brazo el que estaba vendado; también llevaba la cabeza y las manos cubiertas con vendas.
—Fue la explosión en el Poro —explicó Drake—. La radiacion me alcanzó.
—Ay, no —dijo Elliott casi de manera inaudible.
Justamente entonces la ametralladora empezó a tabletear de nuevo. Cuando se detuvo, se oyó un grito apremiante en el interior del carro de combate.
—¿Quién es? —preguntó Elliott.
—Jiggs —contestó Drake—. Los Armagi se están multiplicando ahí fuera, así que tenemos que largarnos pitando.
Jiggs estaba gritando tanto que su voz pareció enronquecer.
—¡Joder, daos prisa ahí fuera!
—¡Tenemos que irnos! —dijo Drake apremiantemente, volviendo a trepar al carro de combate.
La ametralladora abrió fuego de nuevo, ahogando la voz de Elliott cuando dijo:
—Tengo que proteger esto. —Deshaciéndose del fusil, se metió el cetro dentro de la cazadora y lo sujetó fuertemente con el brazo. A Drake, que había visto lo que acababa de hacer, le resultó difícil creer que se deshiciera del arma. Pero ése no era el momento de pedir explicaciones.
—¡Los hay a montones! ¡No los puedo repeler! —gritó Jiggs, abriendo fuego de nuevo contra los Armagi.
—¡Vosotros dos, daos prisa! —gritó Drake, haciéndoles gestos a los chicos como un poseso desde la torreta.
Elliott extendió la mano hacia él y Drake se la agarró.
—¡No! ¡No hay sitio! ¡Deshazte de la Bergen! —gritó él. Ella así lo hizo, y Drake levantó en vilo a la muchacha para meterla en la torreta. Ya encima del carro de combate, Will se había quitado la mochila de los hombros para pasársela a Drake.
—¡Tú también, deshazte de la Bergen! —ordenó con firmeza Drake.
La ametralladora no paraba ya de disparar.
—¡De ninguna manera! —insistió Will—. ¡Llevo todas mis cosas ahí dentro!
Drake parecía furioso, pero le arrancó la Bergen de las manos, y cuando la estaba metiendo dentro del carro de combate, Jiggs gritó:
—¡Brecha! ¡Han penetrado!
Se oyó un estruendo de cristales justo encima del carro de combate y las dos puertas de los lados estallaron hacia dentro.
Aunque perdió un segundo o dos en protegerse de la lluvia de cristales, Will podría haberlo conseguido si la torreta no hubiera girado en redondo en ese momento. Al retroceder un paso a causa de la sorpresa, resbaló y cayó de rodillas.
—¡Drake! —gritó, alargando desesperadamente la mano hacia su amigo, que estaba haciendo lo mismo desde la torreta.
Pero no sólo estaban cayendo cristales alrededor de Will, sino unos objetos más pesados.
Armagi.
Algo casi le arrancó el brazo a Will cuando lo aferró con sus garras y tiró.
Lo último que Drake vio antes de cerrar la torreta de golpe fue que el chico era arrastrado por la parte posterior del carro de combate por dos Armagi, mientras otros aterrizaban en el interior del museo.
—No, no, no, no —Elliott lloraba mientras forcejeaban con Drake dentro del vehículo cuando éste se puso en marcha—. ¡No podemos abandonarle! ¡Tenemos que regresar!
—Lo siento. Lo han hecho prisionero —replicó Drake, intentando que recuperase algo de cordura—. Son demasiados.
—Drake, te necesito en el L-noventa y cuatro —dijo Jiggs, que ahora estaba conduciendo, en lugar de encargarse del cañón automático del carro de combate. Cuando atravesó las verjas y enfiló la calle de delante del museo, se oyeron unos batacazos secos producidos por los golpes de los Armagi contra la carrocería.
Jiggs maldecía entre dientes. No porque hubiera ni la más remota posibilidad de que los Armagi pudieran atravesar el blindaje Chobham del carro de combate, que era el doble de resistente que el acero, sino porque tenía dificultades tremendas para ver hacia dónde se estaba dirigiendo. La enorme cantidad de Armagi que se interponían en el camino lo hacía imposible. Y mientras conducía adivinando dónde estaba la calzada, el Challenger iba chocando con los coches abandonados en la calle
—Si consigo ver aunque sólo sea un poco, giraré a la izquierda en Southampton Row —anunció sin aliento—. Y luego me dirigiré hacia el norte. Tendremos que averiguar cómo…
Eliott dejó de llorar de repente.
—¡No! ¡Sigue recto! —ordenó.
—¿Recto! Pero no sabes… —había empezado a decir Drake, cuando Elliott sacó el cetro del interior de su cazadora. Durante un instante los dos hombres se quedaron en silencio, atónitos al ver la luz azul que inundó por completo el vehículo.
—Creo que tenemos que quitarnos de encima a esos malditos Armagi—dijo Drake— y luego encontrar algún lugar tranquilo donde podamos ponernos al día.
—¿Qué tal el salón de té de Fortnum? —propuso sombríamente Jiggs.

Tras caer del carro de combate, Will aterrizó cuan largo era sobre su espalda. Se golpeó contra el suelo con fuerza y se quedó completamente sin aire. Lo único que pudo hacer fue quedarse allí tumbado, tratando de que sus pulmones le volvieran a funcionar.
Y cuando por fin consiguió recuperar el aliento y tragó aire, el poderoso motor diésel del carro de combate aceleró y una nube de gases calientes del tubo de escape se arremolinó a su alrededor.
Aquél fue el peor sonido del mundo, porque sabía muy bien lo que significaba: que Drake y Elliott ya no podían hacer nada por él.
Se marchaban.
Sin él.
Cuando el carro de combate salió rodando, Will se esforzó al máximo por concentrarse en el entorno inmediato. No llevaba puesto el monocular de visión nocturna de Drake, así que no sería un problema que sus ojos se acostumbraran a la luz de la luna, aunque seguía teniendo los sentidos bastante alterados. Unas formas se movían en torno a él, muchas.
Y en la relativa calma que siguió una vez que el ruido del carro de combate se perdió en la distancia, oyó a los Armagi moviéndose cerca de él, triturando los cristales rotos con sus pezuñas.
Permaneció tumbado de espaldas un segundo o dos sin que sucediera nada. Pero en cuanto trató de levantar la cabeza, algo le golpeó en la boca. El golpe fue tan fuerte que oyó el crujido de uno de sus dientes al romperse.
No se engañaba en cuanto a lo desesperado de la situación. Durante un instante deseó que el carro de combate hubiera reculado pasándole por encima y le hubiera matado, porque no iba a recibir ninguna ayuda. No en ese momento, tumbado en medio de todas esas bestias, que no se detendrían ante nada, y a las que no podría suplicarles por su vida como podría haber hecho con un ser humano.
Los miró de reojo. Vio los oscuros ojos inhumanos recortados contra los planos translúcidos de sus cuerpos; vio los bordes dentados de sus alas como dagas negras.
Iba a morir.
Y sabía que probablemente era lo último que debía hacer, pero intentó levantarse.
Uno de los Armagi se tiró de pronto contra su pecho, con tanta fuerza que lo lanzó de nuevo de espaldas contra el suelo de mármol.
A eso siguió otro golpe. Una patada en la cabeza propinada por algo punzante. En esta ocasión llegó a verlo antes de que le alcanzara: parecía la pata de un enorme pájaro.
Will tenía sangre en los ojos, y lo único que podía oír era el bum-bum de su propio pulso.
«Me voy a desmayar» —pensó—. «Pero no pasa nada.»
Entonces se oyó otra cosa. Un sonido diferente.
Sólo lo percibió cuando la manta negra de la insconciencia empezó a caer sobre él.
Era la bocina de un coche.
Y se desmayó.

—Los llevamos pegados a nosotros —dijo Jiggs. Kingsway estaba razonablemente despejada de vehículos, así que no se contuvo y puso el blindado casi al máximo de su velocidad, a cincuenta y seis kilómetros por hora. Aun así, los Armagi no dejaban de seguirles obstinadamente, volando alrededor como un enjambre de avispas furiosas.
En el puesto del jefe de carro, Drake parecía agotado mientras observaba a las criaturas que les perseguían por el periscopio trasero.
—Tenemos que encontrar una manera de quitárnoslas de encima —masculló.
—¿Te acuerdas de la maniobra del cangrejo fantasma? —preguntó Jiggs.
—Algo recuerdo, pero ¿por qué la llaman así? —respondió Drake.
Su amigo hizo girar el carro de combate para meterse en Aldwych.
—No estoy seguro, pero ya sabes a qué me refiero. Por aquí tiene que haber un edificio adecuado.
—¿Por qué no sigues dando vueltas a esa manzana hasta que encontremos algo? —sugirió Drake.
Jiggs le hizo caso y serpenteó por Bush House y los demás edificios del centro del Strand, de manera que al cabo de unos minutos había vuelto de nuevo a Adlwych desde el este.
—Y, Elliott —dijo Drake—, vamos a tener que lanzar un poco de humo, como quien dice. Echa un vistazo y mira si puedes encontrar el mando para…
—Las granadas de humo L-ocho. Deberían estar junto al mando de elevación —terció Jiggs—. Si no es así, hay otra manera de hacerlo, que es quemando diésel en los colectores de los escapes.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Drake.
—En una ocasión robé uno de éstos para darme una vuelta —respondió Jiggs.
—Muy bien, creo que lo he encontrado —dijo Elliott, señalando una serie de interruptores numerados.
—Ármalas —le dijo Jiggs a la chica, que encendió un interruptor general en el panel y esperó.
—Jiggs, he conseguido un probable candidato —anunció de pronto Drake—. ¿Ves ese restaurante justo en la esquina de Kingsway? Si puedes sortear los árboles e impactar contra él, puede que consigamos arrasar las columnas principales.
—Parece prometedor.
—¿Qué estáis tratando de hacer? —preguntó Elliott con preocupación.
—Drake intenta enterrarnos —respondió Jiggs.
—Es un viejo truco. Creas un poco de confusión con humo, y luego, si penetramos en el interior del edificio adecuado y la cosa sale como queremos, acabamos enterrados en los escombros —explicó Drake, que entonces se volvió hacia Jiggs—. Inténtalo en la próxima vuelta —dijo.
Cuando serpentearon una vez más alrededor de los edificios de la isleta central de Aldwych y el restaurante apareció ante su vista de nuevo, Drake ordenó a Elliott que disparase las granadas. Éstas rebotaron contra los edificios de ambos lados, explotando y extendiendo una densa nube gris a lo ancho de la calle.
—Bueno, sujetaos —avisó Jiggs cuando lanzó el Challenger directamente contra el edificio de la esquina—. Y deseadme suerte, porque no tengo ninguna visibilidad.
Segundos más tarde se oyó un estruendo descomunal y el carro de combate fue perdiendo velocidad hasta pararse, lanzándolos a todos hacia delante. Pero Jiggs volvió a empujar a fondo el acelerador, y el blindado avanzó suavemente un poco antes de que apagara el motor.
Entonces se oyó un chirrido y el ruido de los escombros al golpear la carrocería.
Jiggs miró por encima del hombro desde el asiento del conductor y levantó el pulgar.
—Ahora guarda silencio absoluto —ordenó Drake a Elliott.
La maniobra había sido un éxito. El carro de combate había atravesado la parte delantera del restaurante y, cuando derribó varias columnas de apoyo, una parte del suelo de la planta superior se había desplomado encima del vehículo, cubriéndolo por completo. Cuando el viento empezó a disipar el humo, el carro de combate estaba casi totalmente oculto, y los Armagi se quedaron sin nada a lo que dirigir su atención.
—¿Qué os parece? —susurró Jiggs al cabo de un rato.
—¿Dio resultado? —preguntó Elliott.
—No veo nada a través de los periscopios, pero creo que sí. Supongo que sólo sabremos que no ha funcionado si los Armagi llaman a los Limitadores para que utilicen explosivos de alta potencia contra nosotros —respondió Drake—. Sólo confío en que haya suficiente aire para los tres en esta lata de sardinas. —Sacudió la cabeza cuando miró por la cabina—. Nunca había estado en un carro de combate… Detesto los espacios pequeños. —Se dirigió a Elliott—. Muy bien, ¿y qué pasa con esa varita luminosa gigante que llevas dentro de la cazadora?