Terminal

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Cuarta parte. Pandemónium » Capítulo 18

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18

Con el motor diésel rugiendo, el carro de combate avanzó atronadoramente por Fleet Street, ora apartando los coches a topetazos, ora pasando sencillamente por encima de ellos. En cuanto Jiggs reculó para salir de debajo de los escombros, Drake abandonó el puesto del jefe de carro para que lo ocupara Elliott. Ella sabía exactamene adónde quería que fueran, y ahora estaba controlando el camino a seguir utilizando los periscopios.

Drake lo estaba pasando muy mal por haber estado expuesto a la radiactividad y agradeció la oportunidad de descansar, aunque se esforzaba al máximo por estar a la altura de las circunstancias.

—Vuelves a estar al mando, como en los viejos tiempos —dijo riéndose por lo bajinis, mientras la chica daba indicaciones a Jiggs, que estaba metido en el compartimento del conductor en la parte delantera del carro de combate.

Elliott sonrió a Drake, y cuando llegaron a un cruce, gritó a Jiggs:

—Todo recto. No te pares.

—Ludgate Hill —anunció Jiggs, y el sonido del motor cambió cuando empezaron a subir por la ligera pendiente.

—¡Allí! ¡Allí arriba! —exclamó Elliott.

Jiggs tardó un instante en responder mientras miraba por el periscopio.

—¿La catedral de San Pablo? —preguntó—. ¿Estás de broma?

—¡No, hablo en serio! ¡No te pares! —le respondió—. Tengo que entrar ahí… ¿Puedes hacernos atravesar las puertas?

—¿Quieres entrar? Como tú digas. —Jiggs soltó una carcajada—. Al fin y al cabo hoy ya hemos derribado las puertas de una institución británica, así que ¿por qué no podemos hacerlo de nuevo?

—Una vez dentro, quiero que te pares —añadió Elliott.

Drake negó con la cabeza.

—Si lo hacemos, los Armagi se nos volverán a echar encima antes de que nos demos cuenta. Así que repite la maniobra, entra y da media vuelta y mantenlos a raya con el L-noventa y cuatro —ordenó.

—Ya lo pillo —replicó Jiggs—. ¡Agarraos fuerte! —aulló cuando golpearon un par de postes de piedra en el límite de la zona peatonal delante de la catedral, arrancándolos como si fueran los tocones de unos árboles podridos. Entonces hizo girar el carro de combate bruscamente, y en el camino consiguió desmochar la estatua que se levantaba en la parte delantera de San Pablo.

—¡Vaya! ¡Creo que acabo de decapitar a la reina Victoria! —anunció Jiggs, al mismo tiempo que metía la marcha atrás y pisaba el acelerador a fondo.

Drake y Elliott se mantenían a la espera, y Jiggs, calibrando adónde se estaba dirigiendo por el periscopio trasero, enfiló el vehículo hacia el par de puertas de madera en lo alto de las escaleras. Por desgracia, había un par de descomunales columnas de piedra sin la suficiente distancia entre ellas; con un ruido metálico sordo y retumbante el carro de combate se quedó atascado en medio y se paró en seco.

—Caray, ¿controlas esta cosa o qué? —preguntó Drake, que parecía bastante alterado por tanto zarandeo.

—Hago lo que puedo —replicó Jiggs—. Teniendo en cuenta que hay un par de malditas columnas en medio —añadió entre dientes mientras hacía retroceder el carro de combate para intentar subir de nuevo.

En esta ocasión tuvo más éxito. Una de las columnas se vino abajo con un estrépito descomunal, y aunque lo que quedó del destrozado pilar levantó de un lado al vehículo militar, éste siguió su camino hacia las altas puertas de roble a cierta velocidad. Un crujido ensordecedor, y las dos puertas fueron arrancadas limpiamente de sus goznes.

—Ya estamos en casa, James —exclamó Jiggs, pisando el freno.

—Recuérdame que no te vuelva a dejar conducir —replicó Drake antes de volverse hacia Elliott—. Muy bien, a plena luz del día aquí estamos desprotegidos. Haz lo que tengas que hacer, y salgamos de aquí lo más rápidamente posible. Y confío en que esto no sea una travesura descabellada.

Siguió a la chica cuando ésta salió por la escotilla de la torreta y saltó del carro de combate. Despues de comprobar que en el interior de la catedral no hubiera styx, echaron a correr por la nave a toda velocidad. Al llegar a la zona situada debajo de la enorme cúpula de San Pablo y de la Galería de los Susurros, Drake siguió un trecho en dirección al altar antes de darse cuenta de que la chica había desaparecido. Se dio la vuelta y se encontró con que Elliott se había detenido justo debajo de la cúpula.

—Esto es —dijo ella cerrando los ojos.

Drake puso cara de pocos amigos.

—¿Que es qué? No lo pillo. ¿Qué podría haber aquí que nos vaya a servir de alguna ayuda? —inquirió con un dejo evidente de desesperación en la voz.

—Sinceramente, no lo sé —respondió Elliott, que abrió los ojos y sostuvo el cetro delante de ella.

Drake retrocedió hacia la muchacha.

—Pero esto es una catedral… ¿Qué estás buscando aquí? ¿Y por qué aquí, en particular? ¿Qué tiene este sitio que lo hace tan especial?

—De verdad, todavía no lo sé —admitió Elliott—. Will pensaba que tenía que ver con las líneas telúricas, lo que podría explicar que éste haya sido siempre un lugar sagrado.

Llegados a este punto, Drake estaba perdido.

—¿Líneas telúricas? ¡Un lugar sagrado! ¿Qué especie de nuevo disparate esotérico es éste? Sé que necesitamos un maldito milagro, Elliott, pero esto es tan…

No llegó a terminar la frase porque ella, sujetando el cetro con ambas manos, lo hizo girar media vuelta.

—¿Qué es esto? —preguntó Drake sin respiración, cuando él y Elliott presenciaron el más extraño de los fenómenos. Fue como si la luz que les bañaba y el suelo en torno a ellos hubieran pasado por una especie de desplazamiento del espectro.

El efecto se hizo más pronunciado por momentos, hasta que ambos descubrieron que estaban en el centro de un hemisferio de reluciente luz azul de unos doce metros de ancho. El borde del hemisferio fluía y se desplazaba de la misma manera que una película aceitosa lo hace sobre el agua.

Inesperadamente, un viento recio barrió el interior de la catedral con la suficiente fuerza para enviar los bancos por el suelo entre chirridos y lanzar por el aire los libros de cánticos, que aleteaban como pájaros alborotados que levantaran el vuelo a toda prisa.

Aquello fue seguido inmediatamente de un crujido chirriante increíblemente fuerte, como si toda la sillería del edificio estuviera sometida a una gran presión.

—¡Al suelo! —gritó Drake mirando por encima de ellos.

En menos de un suspiro, la cúpula de San Pablo se despegó del resto.

Y, con la misma rapidez, desapareció por completo de la vista.

—¿Qué has hecho? —inquirió Drake en el momento en que atisbó por primera vez el cielo azul sobre sus cabezas. Se acercó a Elliott dipuesto a protegerla de los pedazos de mampostería y madera que caían al suelo a su alrededor, aunque su intención se reveló innecesaria. Ninguno de aquellos restos estaban cayendo en realidad dentro del círculo azul en el que se encontraban.

Desconcertado, Drake se quedó mirando hacia el cielo.

—¿Adónde ha ido? —balbució, sacudiendo la cabeza de incredulidad. Era como si un gigante hubiera tronchado la parte superior de un huevo cocido con una cuchara.

Elliott se limitó a encogerse de hombros.

—Ya vimos algo parecido en la pirámide.

Sin dejar de mover la cabeza, Drake seguía esforzándose en comprenderlo.

—Bueno, me doy por vencido. —Y se echó a reír—. Contra todo pronóstico este edificio sobrevivió al Blitz*, ¡y nosotros nos lo acabamos de cargar! —Desvió su atención entonces a la reluciente burbuja azul que los envolvía—. ¿Y qué hay del espectáculo de luces?

Elliott se encogió de hombros una vez más sin dar ninguna explicación. Antes bien, miraba en torno a ella con desilusión, como si hubiera esperado algo más.

El renovado tableteo del L94 del carro de combate desde la escalinata delantera recordó a Drake la gravedad de la situación en la que se encontraban.

—Muy bien, se acabó —decidió—. Aquí somos un blanco muy fácil. Es hora de largarnos.

Y como para demostrar que tenía razón, algo bajó en picado a través del techo abierto. El primer Armagi se posó en el suelo, y por fortuna no atacó inmediatamente, dándole tiempo a Drake a que le vaciara encima el cargador de su fusil de asalto. Los trozos de la criatura saltaron como pedazos voladores de hielo antes de que cayera al suelo.

Varios Armagi más aterrizaron sobre el suelo de la catedral, pero mientras Drake cambiaba el cargador, no dieron señales de que fueran a atacar.

Montó el fusil contemplándolos mientras las criaturas permanecían petrificadas.

—¿Qué les pasa a éstos? ¿Por qué no vienen a por mí? —preguntó. Inmóviles, ninguno de los Armagi hizo un movimiento, como si no quisieran entrar en el círculo de luz azul.

Drake y Elliott se miraron, pero ninguno dijo nada por el momento.

Siguieron aterrizando más y más Armagi en el interior de la catedral, pero no los atacaron.

—Ya sé que tú estás a salvo de ellos, pero yo no. ¿Qué está pasando? —preguntó él.

—Quizá sea un efecto de esta luz —sugirió Elliott.

Drake se encogió de hombros y echó un vistazo hacia la entrada de la catedral.

—Seguro que no nos protegerá de los Limitadores. Ese carro de combate es nuestro único medio de salir de aquí, pero ¿cómo podría llegar hasta él ahora? No me puedo abrir camino a tiros entre todos éstos —dijo, escudriñando a los inmóviles Armagi. Súbitamente, se sentó, como si todas sus fuerzas le hubieran abandonado.

Elliott se dio cuenta del descomunal esfuerzo que aquello le había supuesto a su amigo, y de que estaba en un verdadero apuro a causa de la radiactividad a la que había estado expuesto. Se acercó a él sin perder un segundo.

—Sálvate si puedes —le suplicó Drake—. Mírame. De todas formas, estoy acabado.

 

 

—¡Dios santo!, ¿qué es eso? —gritó Parry por el micrófono en el helicóptero que encabezaba la formación que sobrevolaba Londres.

Él y todos los que iban a bordo se quedaron fascinados por lo que parecía ser un tornado recortado contra el cielo matutino. Al principio se había asemejado a un surtidor oscuro que brotara por encima del nivel de los tejados, antes de ensancharse y convertirse en un negro ciclón giratorio que se extendió hacia las nubes.

—¿Alguna especie de explosión? —aventuró el piloto.

—No se parece a ninguna voladura que haya visto con anterioridad —contestó Parry mientras los trozos de escombros empezaban a caer en torno a ellos desde todas partes.

—¿A alguien se le ocurre alguna brillante explicación para lo que está pasando?

—A ese respecto no puedo ayudarte, pero justo en ese momento se produjo la madre de todas las puntas de energía —informó Danforth, al tiempo que contemplaba el indicador LED del artilugio que había estado utilizando para localizar la señal de la baliza.

—¡Dios! —gritó el piloto, cuando una gran sección de un tejado de plomo cayó en picado a una distancia muy cercana y tuvo que desviar bruscamente el helicóptero por su causa. La lluvia de escombros no era muy densa, pero un impacto directo de algunos de los trozos de piedra o madera de más envergadura habría sido suficiente para derribar al aparato.

—¿Los demás siguen con nosotros? —preguntó Parry, que se volvió para comprobar que los otros helicópteros no hubieran sufrido daños.

Eddie estaba observando la lluvia de fragmentos que se esparcía por las calles de abajo y de la que una parte impactaba en los edificios.

—Pero ¿qué puede haber provocado esto? —preguntó a gritos.

—Me parece que estamos a punto de averiguarlo —respondió Parry, señalando lo que quedaba del extraño fenómeno por delante de ellos—. ¿No está justo en nuestro rumbo, Danforth?

—Puede que tengas razón —respondió el científico—. La baliza ya lleva inmóvil un rato, y parece estar en el epicentro de lo que quiera que sea eso. —Consultó el indicador LED de nuevo—. Y casi estamos encima de ella, a unos mil metros… quinientos… ¡y éste es el lugar exacto!

—¡Por Dios bendito! —exclamó Parry, cuando el helicóptero hizo una pasada justo por encima de la catedral de San Pablo y vieron el enorme boquete donde debería haber estado la cúpula.

—En la escalinata está uno de nuestros carros de combate —comentó el piloto.

—Lo he visto. Y alguien se está cargando a los Armagi con el cañón automático del blindado —dijo Parry—. Muy bien, quienesquiera que estén ahí abajo están de nuestro lado, y estoy seguro de que agradecerán cualquier ayuda. —Habló por radio a los demás helicópteros—. Quiero equipos dobles de francotiradores en lo alto de los edificios de alrededor, y hacedlo pronto.

 

 

—¡No! ¿Qué estás haciendo? —gritó Drake sin fuerzas cuando Elliott empezó a cortarse en el antebrazo.

—Cierra los ojos y no te muevas —replicó ella, acercándole su brazo a la cara—. Te voy a cubrir con mi sangre. Con Will dio resultado, así que no encuentro ningún motivo para que no surta efecto contigo.

Drake obedeció, y Elliott empezó a embadurnarle con su sangre.

—Esta situación es algo diferente, ¿sabes? Vamos a estar muy liados con estos langostinos gigantescos en cuanto pongamos un pie fuera del círculo de luz. No va a ser lo mismo que esquivar a un par de ellos en la calle —comentó él.

—Ya lo sé.

Drake guardó silencio un instante antes de volver a hablar.

—Has sido una buena amiga. Siempre estuviste pendiente de mí en las Profundidaes cuando te necesité.

—No me vengas con sentimentalismos y deja que termine de pasarte la sangre por encima —le reprendió ella, riéndose.

Se dirigieron al borde de la burbuja azul, y ya estaban listos para avanzar cuando el motor del carro de combate se puso en marcha. El blindado empezó a recular hacia ellos, aplastando los bancos con sus orugas a medida que avanzaba. El motor se volvió a detener, y Jiggs abrió la escotilla unos centímetros para atisbar fuera.

—Pensé que os vendría bien que os recogiera —dijo, echando un vistazo alrededor.

Todos los Armagi de la catedral estaban casi completamente inmóviles, aunque de tanto en tanto alguno abría y cerraba las alas como un pájaro en reposo.

—Muy oportuno —reconoció Drake, y con Elliott sujetándole cruzaron lentamente el límite reluciente de la luz azul.

—Eh, esto es flipante —masculló Drake.

Elliott estaba callada y no le quitaba ojo a los Armagi, que seguían todos sus movimientos.

Cuando llegaron al blindado, tanto Elliott como Drake se detuvieron un instante. Uno de los Armagi no había logrado apartarse a tiempo y estaba atrapado debajo del blindado con la cabeza aplastada por la oruga. Se hacía muy raro verlo allí, porque los Armagi no paraban de transformarse, adoptando el cuerpo largo y delgado de un styx, para volver luego a convertirse en Armagi. Aquél estaba intentando regenerarse, pero el punto de su nuca que Martha había identificado se encontraba ahora presionado por la oruga del carro de combate, y la criatura estaba atascada a medio camino entre las dos formas.

—Qué chulo —murmuró Drake sarcásticamente—. Tan pronto ves un monstruo, como ves a otro.

—Vamos —le apremió Elliott, que le sujetó mientras rodeaban a la criatura transformista y trepaban al blindado.

En cuanto los dos estuvieron a salvo en el interior y la escotilla fue cerrada, Jiggs miró a Elliott y luego a la sangre que cubría a Drake.

—Bueno, el truco de la mascarilla realmente da resultado. Tu sangre los confude.

Sin esperar a que ninguno de los dos hablara, inclinó la cabeza sobre los mandos del cañón automático.

—No os quiero preocupar innecesariamente, pero deberíais saber que casi nos hemos quedado sin munición. Y aquí hemos montado un barullo de mil pares de narices, así que tenemos que ahuecar el ala antes de que algunos Limitadores decidan unirse a la fiesta.

 

 

Parry y sus hombres estaban en lo alto de un edificio de oficinas desde el que se dominaba San Pablo. Desde detrás del parapeto situado en el mismo borde de la azotea, habían visto al Challenger meterse marcha atrás en la catedral y desaparecer de la vista. Y en ese momento un nutrido número de Armagi estaba llegando a la catedral, aunque se pararon en el patio delantero como esperando algo, como esperando a recibir una orden.

El comandante se disponía consultar con Eddie acerca de la situación, y en particular sobre la manera de comportarse de los Armagi, cuando su teléfono vía satélite sonó intempestivamente.

—Hola, Parry, soy yo, Bob —dijo la voz al otro lado de la línea.

—Bob, ¿podemos hablar luego? —le dijo Parry—. En este momento estoy un poco liado.

—No, ahora —respondió Bob.

Parry frunció el ceño.

—De acuerdo…

Hubo una breve pausa antes de que el norteamericano volviera a hablar.

—No es más que una llamada de cortesía. Me pareció que debías saber que estamos a punto de lanzaros un misil nuclear.

—¡Qué! ¿Aquí? —Parry apretó el teléfono vía satélite con tanta fuerza que la carcasa de plástico crujió. Empezó a hacer gestos como un poseso a Danforth y Eddie para que cambiaran el canal de sus auriculares y pudieran escuchar.

—Así es. Uno de nuestros submarinos en el Atlántico ha recibido instrucciones y está esperando la orden definitva del presidente. Eso significa que tenéis unos quince minutos para salir pitando de ahí.

—¿Y puedo preguntarte la razón de que hagáis semejante cosa?

—Por supuesto, aunque antes de hacerme explicarte la situación, quiero que veas algo. Estoy saltándome todas las puñeteras normas del manual, pero te voy a proporcionar un enlace seguro para que mires. ¿Tienes alguna pantalla cerca?

Danforth fue hasta el portátil más cercano, donde un hombre de Parry estaba trabajando, y tecleó la dirección del enlace a medida que Bob lo recitaba. Una imagen aérea apareció en la pantalla. Sin duda provenía de un avión no tripulado que volaba a considerable altura.

—Muy bien, está en marcha —confirmó Parry—. ¿Qué es lo que me quieres enseñar?

—Un momento —dijo Bob.

El avión no tripulado cambió de rumbo y fue entonces cuando Parry vio la necesidad de la urgencia. A lo largo de un trecho del Támesis en los alrededores de Canary Wharf, se había congregado una cantidad descomunal de Armagi que avanzaban sobre el terreno en densas columnas. Mientras el comandante contemplaba las imágenes en directo, la luz que se reflejaba en aquellas columnas de criaturas las hacía parecer pequeños arroyos de plata fundida que se extendían hasta las márgenes del río y que una vez allí se deslizaban directamente dentro del Támesis.

—La situación es la misma en todo el río desde la isla de Canvey hasta el estuario. En estos momentos se está produciendo un tránsito masivo —explicó Bob—. Y hemos estado rastreando sus movimientos desde que se meten en el agua, y se están desplazando hacia el mar. Lo único que se nos ocurre es que se trata de una fuerza invasora que se dirige hacia el resto del mundo.

—La célula se rompe, y los nuevos virus se derraman —recordó Parry.

—¿A qué te refieres? —preguntó Bob sin entender.

—Algo que mi hijo solía decir de los styx —respondió el comandante—. Bueno, Bob, estoy de acuerdo en que es indudable que los Armagi están en movimiento, pero ¿tan grande es la amenaza? —preguntó, intentando ver si podía encontrar algún motivo para retrasar el ataque del misil—. Quiero decir, ¿por qué no se desplazan por el aire? De esa manera se podrían propagar con más rapidez.

—Por una cuestión de furtivismo, supongo. Son más difíciles de detectar en el agua —respondió Bob—. O tal vez nadando ahorren energía y de esa manera puedan cubrir una distancia mayor. Digamos hasta Estados Unidos, por ejemplo. Al menos es lo que uno de nuestros asesores científicos sugiere. Aunque tu suposición es tan buena como la mía.

—¿Y exactamente quién ha aprobado este ataque? —preguntó Parry con voz inflexible—. ¿En razón de qué autoridad se hace esto? Porque espero que nuestros queridos Estados Unidos no estén jugando de nuevo a ser el policía del mundo por su cuenta y riesgo…

—En fin, ignoro a qué te refieres con todo eso que has dicho, pero la realidad es que hay una serie de ataques, así en plural, una serie de ataques nucleares programados. Y, básicamente, la acción está respaldada por todos los países del mundo —respondió Bob—. El Senado de los Estados Unidos y el Pentágono, Rusia y los países árabes, y hay un consenso unánime del Consejo Militar Europeo, y de todas las naciones sin excepción de Asia Central y Extremo Oriente, salvo en el caso de… bueno… de Kazajistán, que no parece decidirse. Así que en la práctica contamos con el consentimiento global e incondicional para realizar un ataque preliminar contra Londres, seguido de una serie escalonada a lo largo del Támesis, vuestra costa meridional y aguas internacionales.

—Haces que parezca tan frío —replicó Parry—. Es de mi país del que estás hablando.

—Lo lamento, pero al igual que nosotros, el resto del mundo no quiere que la contaminación se propague fuera de Ingla…

—Tienes que darme algo de tiempo —le interrumpió bruscamente Parry—.

¿Puedes demorar el ataque?

—¿Y por qué debería hacerlo? —le desafió Bob.

—Te daré la dirección del enlace de otro satélite y situaremos una cámara en la ubicación en la que me encuentro. Creo que alguien de nuestra gente regresó del mundo interior, y está ocurriendo algo muy extraño. Es posible que estemos a punto de conseguir alguna nueva información que nos pueda ayudar —dijo Parry.

Bob no estaba convencido.

—No me estás dando nada que pueda utilizar…

—Todavía no tengo nada —admitió Parry—. Pero por las imágenes en directo verás que los Armagi se están congregando aquí en un número tremendo, aunque por otro lado no se mueven. Parece que algo los está atrayendo hasta aquí, y, quién sabe, este reciente acontecimiento podría cambiar todo el panorama.

—Mira, veré lo que puedo hacer —respondió el norteamericano, no muy convencido—. Pero necesito que me des algo concreto, y lo necesito para ayer.

—Entendido, Bob. Te voy a pasar con uno de mis hombres un momento, pero no te retires —dijo Parry, pasando el teléfono vía satélite al soldado del ordenador portátil.

Entonces regresó inmediatamente al parapeto para reunirse con Eddie y Danforth.

—Como si no tuviéramos suficiente con lo que tenemos —protestó.

 

 

Drake se había tendido en el suelo del tanque utilizando una lona enrollada a modo de almohada. Tenía los ojos cerrados, y la cara tan pálida y consumida que parecía más muerto que vivo.

—Ojalá pudiera hacer algo por él —le susurró Jiggs a Elliott mientras lo miraban con preocupación.

—Por favor, dejad de hablar de mí como si no estuviera aquí —dijo Drake, sin abrir los ojos, pero consiguiendo sonreír.

—Creía que ya no estabas con nosotros, amigo. —Jiggs se rió.

—Dos peces en una pecera —farfulló Drake—. Y uno le dice al otro: «¿Qué tal se te da conducir este cacharro?»*

—Jo, qué malo —dijo con voz ronca Jiggs, que intercambió una mirada con Elliott. Ambos conocían a Drake demasiado bien; cuanto peor era la situación, peor era el chiste.

—Me temo que sí —balbució Drake—. Bueno, ¿no podemos arrancar este cacharro y salir de aquí? —suplicó—. De camino, podríamos abrirnos una puerta nueva en el otro extremo del edificio, porque a estas alturas habrá sin duda más langostinos en la parte delantera.

—¡No! —prorrumpió Elliott, y fue tal su vehemencia que Drake abrió los ojos—. No me puedo ir. Todavía no.

 

 

Agachado contra el parapeto en la cornisa de la azotea, Parry estaba utilizando los binoculares para intentar ver el lugar al que el blindado había reculado en el interior de la catedral.

—Tenemos que saber quién está en ese Challenger, y qué están haciendo ahí. Porque sea lo que sea lo que tramen, están actuando como un imán para los Armagi.

Eddie asintió con la cabeza.

—Es indudable que parecen haberse desviado de su ruta original hacia el Támesis y en su lugar están abriéndose camino hasta aquí.

Danforth había estado comprobando de nuevo la señal de la baliza y su dirección.

—Puede que sea una obviedad, pero apuesto todo mi dinero a que el carro de combate es el origen de la señal VLF; tiene que ser de ahí de donde procede —dijo.

Parry había desviado su atención a lo que quedaba del techo abovedado de la catedral mientras pensaba en voz alta.

—Ésa no fue una explosión convencional. Aquí ha ocurrido algo muy extraño, y sólo espero que sea algo que podamos utilizar para sacarnos de este atolladero o que al menos nos dé un respiro. —Guardó silencio durante un segundo antes de añadir—: Pero se nos acaba el tiempo. Necesitamos que alguien entre en el edificio para realizar un reconocimiento.

Danforth carraspeó.

—Iré yo. Puedo establecer alguna comunicación y ponerme de acuerdo con quienquiera que esté en el Challenger. Soy la elección evidente.

—Es improbable que consigas pasar teniendo que enfrentarte a esa multitud —dijo Parry, al tiempo que echaba un vistazo a las hordas crecientes de los Armagi.

—Desde un punto de vista general, no creo que suponga una gran diferencia que me quede aquí arriba o pruebe suerte ahí abajo. Tal como están las cosas, las probabilidades de que salgamos de ésta no son muy prometedoras —sentenció Danforth.

Parry hizo una mueca cuando echó un vistazo al horizonte de Londres.

—Me temo que tienes razón, los helicópteros están demasiado lejos. Aunque les ordenara que regresaran ahora mismo, dudo que ninguno de nosotros pudiera alejarse del radio de acción de la explosión.

—Entonces, ¿por qué no me dejas que baje ahí y reconozca el lugar? —insistió Danforth.

—No voy a intentar disuadirte —repondió Parry, mirando su reloj—. Llévate a dos de mis mejores hombres… No lleves mucha cosa encima, para no llamar demasiado la atención. Puedes utilizar el paso de peatones subterráneo para acercarte todo lo que puedas a la catedral, y a partir de ahí tendrás que decidir sobre la marcha. —Durante un momento se centraron en un punto a unos seis metros de la entrada a la catedral donde la señal de una parada de autobús indicaba un tramo de escalones que llevaban bajo la acera.

Danforth corrió a meter algún equipo en un macuto y, al cabo de unos minutos, él y un par de soldados del SAS salían a la calle por la parte trasera del edificio de oficinas. Los tres inspeccionaron los aledaños en busca de Armagi, pero no había ninguno a la vista. Las criaturas parecían concentrarse justo en los alrededores de la catedral, lo que les facilitaba la vida momentáneamente, aunque sería un problema para los tres hombres a medida que se acercaran.

Con un soldado situado detrás de él y otro delante, empezaron a avanzar lentamente pegados a la pared del edificio, bien juntos y haciendo el menor ruido posible.

En cuanto llegaran a la esquina, la entrada al paso subterráneo estaría a muy poca distancia y, dando por supuesto que no habría ningún Armagi deambulando por allí abajo, el pasadizo les llevaría hasta el patio delantero de la catedral en muy poco tiempo. Danforth procuraba no pensar en los últimos seis metros que tendría que recorrer entre una multitud de criaturas. No se llamaba a engaño en cuanto a que todo aquel ejercicio tenía el tufillo a misión suicida desesperada.

Casi estaba en la esquina cuando se oyó un grito detrás de él.

—¡Danforth!

Él y los dos soldados giraron en redondo.

Chester estaba apuntándole con su escopeta. Martha estaba al lado del muchacho, y su ballesta también apuntaba a Danforth, mientras que Stephanie estaba unos pasos más atrás y parecía muy asustada.

—Chester, éste no es un buen momento —contestó el científico sin levantar la voz.

—He estado esperando para hablar con usted —rugió el chico— de lo que le hizo a mis padres. —Avanzó hacia Danforth sin mostrar ningún temor, a pesar del hecho de que los dos soldados le estaban apuntando con sus fusiles de asalto.

—¿Quiere que los eliminemos? —le preguntó a Danforth uno de los soldados.

—¿Eliminarnos? —retrucó Chester encogiendo el labio con ferocidad.

—Espere —dijo Danforth, negando con la cabeza—. En serio, Chester, no tenemos tiempo para esto. Estados Unidos está a punto de lanzar un ataque nuclear contra nosotros, aquí en Londres. Tenemos que…

—¿Eliminarnos? —repitió el muchacho. Volvió la cabeza hacia Martha, a la que dirigió un leve gesto de aprobación.

Como unos rayos de luz blanca, los relámpagos atacaron brutalmente a los soldados, levantándolos en el aire y arrojándolos luego contra la pared. Cuando los dos hombres cayeron al suelo, sus cuerpos estaban retorcidos y descoyuntados.

Danforth se echó las manos a la cabeza.

—Esto era innecesario —comentó sin alterar la voz, pese a lo que acababa de suceder—. Ya veo que estás utilizando a los relámpagos. No estaba seguro de qué era lo que me había salvado de los Limitadores cuando la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno fue atacada.

—¡Usted es el siguiente, Danforth! —dijo Chester. La locura se reflejaba en sus ojos, y el ansia de venganza le contraía el rostro.

—¡No! —gritó Stephanie, incapaz de apartar los ojos de los dos hombres muertos—. ¿Qué estás haciendo? No necesitabas…

No sabía qué pensar acerca de la cruzada de Chester contra Danforth, pero matar a dos hombres que casualmente se habían cruzado en su camino era más de lo que podía consentir. Su hermano mayor se había alistado en el ejército meses antes de que comenzaran los problemas, y no pudo evitar imaginárselo allí desplomado, con su sangre manchando de arriba abajo la pared. Respiró superficialmente mientras las náuseas la asediaban.

—Esto tiene que parar —dijo.

Martha sencillamente la ignoró y siguió con la ballesta en alto.

Chester se acercó a Danforth y empezó a empujarle con el cañón de la escopeta.

—¿Qué decía de eliminarnos, tío mierda? ¿Como eliminó a mi madre y a mi padre?

Danforth seguía teniendo las manos levantadas, pero no reculó en ningún momento mientras el chico blandía el arma contra él.

—Chester, de aquí a unos minutos va a ser totalmente irrelevante si me equivoqué o actué correctamente… —replicó Danforth—. ¿Por qué no escuchas lo que te estoy diciendo? ¡Hemos sido escogidos como objetivo de un ataque con misiles!

—No podría traerme más al fresco —le espetó Chester con una voz que era un rugido sordo.

Pero a Stephanie sí que le importaba. No tenía ningún motivo para no creer a Danforth; la premura en su voz parecía suficientemente sincera, y sin duda no parecía que siguiera conchabado con los styx, o de lo contrario no andaría moviéndose furtivamente por allí y escondiéndose de los Armagi. Y además de todo eso, a ella sí que le importaban, y mucho, los dos soldados muertos.

Así que hizo lo único que se le ocurrió.

Extrajo el enorme cuchillo de caza del cinturón de Martha y, cogiendo a ésta de su mugriento pelo, le echó la cabeza hacia atrás de un tirón y le puso la hoja en el cuello.

Mientras la mujer echaba sapos y culebras por la boca, Stephanie intentó llamar la atención del muchacho.

—Chester —gritó—, has ido demasiado lejos. Y no vas a hacerle daño a nadie más.

—¡No te metas en esto! —replicó él sin ni siquiera volverse para mirarla—. Déjame disfrutar de este momento. El momento en que mato a este apestoso traidor.

—No, Chester, no vas a hacer tal cosa —dijo Stephanie, procurando mantener un tono de voz tranquilo a pesar del golpeteo de su corazón—. Déjale ir, o le clavo este cuchillo a Martha.

Sólo entonces apartó Chester los ojos de Danforth para echar un rápido vistazo detrás de él. Pero su mirada imperturbable y enloquecida volvió al científico casi inmediatamente, y empezó a reírse a carcajadas. Fue una risa ruidosa e inquietante que hizo que todo su cuerpo se sacudiera.

—Adelante, Stepho. Mátala, pues. Haz lo que te venga en gana.

—¿Chester? —preguntó Martha con voz queda—. No hablas en…

—Ah, cállate, bruja apestosa —la interrumpió el chico.

—Chester… —Martha tragó saliva—. Soy yo…, es tu mamá la que habla.

El deseo asesino del chico iba en aumento. Cuando habló, lo hizo sin pensar.

—¿Bromeas? ¿Tú mi madre? Te pareces tanto a ella como un balde de babosas muertas.

Chester empezó a susurrarle furiosamente a Danforth, apretándole el cañón de la escopeta contra la sien.

Stephanie notó que el cuerpo de Martha se tensaba.

—Siento que pienses eso, cariñito.

La mujer apretó el gatillo.

La flecha de la ballesta alcanzó a Chester en la espalda. El muchacho no gritó de dolor ni de sorpresa, pero un espasmo involuntario le hizo extender violentamente los brazos a ambos lados.

Danforth agarró la escopeta y se la arrancó de las manos cuando el chico se desplomó sobre el suelo.

—Uf, gracias Dios —susurró, no porque ahora estuviera a salvo de Chester, sino porque si el arma se hubiera disparado los Armagi habrían acudido en tropel—. Tengo que irme. ¿Tienes la situación bajo control? —le preguntó a Stephanie, hablando tan deprisa que sus palabras apenas resultaron comprensibles. No esperó a recibir una respuesta cuando corrió hasta la esquina y desapareció de la vista.

Stephanie tragó saliva con dificultad.

Permaneció en la misma posición, apretando el cuchillo contra el cuello de Martha.

—Chester —susurró, tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir mientras miraba fijamente al muchacho inmóvil. La sangre abandonó su cabeza y la vista le empezó a dar vueltas y pensó que podría perder el conocimiento.

En ese momento sintió la agitación en el aire y alcanzó a ver los relámpagos que pasaban rápidamente, volando cerca de su cabeza. Martha habia dejado caer la ballesta después de dispararla, pero seguía teniendo las armas más letales a su disposición; sus «hadas» harían lo que fuera para protegerla.

Eso hizo que Stephanie recobrara inmediatamente la razón. Se dio cuenta de la precaria situación en la que se encontraba. «No voy a morir aquí», pensó.

—¡Muévete! —le espetó a Martha, a la que hizo avanzar rápidamente por la acera sin separarse de ella. Sintió la espalda contra la pared, tiró de su rehén para acercársela todo lo que pudo, asegurándose de parapetarse bien detrás de la corpulenta mujer y de su ropa amplia como una tienda de campaña.

Sabía que por el momento podría estar a salvo de los relámpagos, pero no tenía ni idea de adónde ir desde allí. Se preguntó por la puerta por la que habían aparecido Danforth y los soldados, pero desde allí no podía verla.

Martha sollozaba en silencio; Stephanie notaba temblar su cuerpo contra el suyo.

—No pasa nada, chiquilla —dijo Martha al cabo de un momento con voz bastante conmovedora—. No te culpo. No era un buen niño. No se parecía en nada a mi dulce Nathaniel. En nada.

Stephanie y Martha contemplaron a Chester, tendido boca abajo y con la flecha sobresaliendo de su espalda.

—Está muerto de verdad, ¿no? —preguntó la chica.

Martha se encogió de hombros antes de responder:

—No tienes nada que temer de mí. No te culpo de nada. Nos engañó, tanto a ti como a mí.

Stephanie pensó en eso. Si lo que Danforth había dicho era verdad —lo cual era un riesgo teniendo en cuenta su comportamiento en el pasado—, no importaba mucho que los relámpagos la mataran, porque de todas formas iban a morir todos muy pronto por los misiles norteamericanos.

—De acuerdo —dijo finalmente la muchacha, que apartó el cuchillo del cuello de Martha y la soltó—. Siento haberte hecho esto, pero…

La mujer dio varios pasos hasta el borde de la acera.

No se volvió, pero extendió lentamente en el aire su mano con los dedos destrozados y, triste y cabizbaja, lanzó un leve silbido.

«Aquí vienen —pensó Stephanie, preparándose para lo peor—. Voy a acabar como esos soldados muertos.»

Y sí que acudieron los relámpagos, pero en lugar de atacar a la chica, se reunieron alrededor de Martha y la envolvieron rasgando el aire con sus alas.

Era difícil contar cuántos había, pero a Stephanie le pareció que podrían estar todos, los siete.

Y antes de que supiera qué estaba pasando, los pies de Martha se habían levantado de la acera.

La mujer se elevó por el aire, transportada en lo alto por sus hadas.

Y siguió elevándose más y más por el cielo con la cabeza caída sobre el pecho. Entonces los relámpagos se alejaron con ella por encima de los edificios, como en una versión gótica y horripilante de Mary Poppins.

Stephanie casi sonrió al pensarlo.

Martha Poppins.

«Vayamos a volar un relámpago*.»

Sabía que a Chester le habría parecido gracioso. El pobre y malintencionado Chester, el que había pasado las de Caín y había perdido tantísimo, y que había acabado deshecho a causa de ello.

Se encontró mirando fijamente el cuerpo exánime de su amigo, pero no fue capaz de acercarse. Se había sentido atraída por él, por su imprudencia, y tal vez en lo más profundo había creído que podría ayudarle. Salvarle de sí mismo. Pero ya no sentía nada por él.

Y de pronto la conciencia de que quizás estuviera desecha como su amigo la llenó de inquietud.

 

* Blitz, (relámpago, en alemán): nombre por el que se conoce el bombardeo sostenido sobre Londres, llevado a cabo por la Luftwaffe alemana durante la Segunda Guerra Mundial. (N. del T.)

* El chiste no tiene ningún sentido en español. La supuesta gracia reside en la polisemia del término tank en inglés, que, entre otros, tiene el significado de «pecera» y «carro de combate». (N. del T.)

* Alusión a la canción de Mary Poppins «Let’s go Fly A Kite» [«Vayamos a volar una cometa»]. (N. del T.)

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