Terminal

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Cuarta parte. Pandemónium » Capítulo 19

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Los Armagi ocupaban toda la plaza de la catedral, y era tal el número de ellos que sólo había espacio para estar de pie. Esperaban en silencio, con sus ojos compuestos vueltos hacia las puertas astilladas de la entrada. Cuando un Bentley negro azabache ascendió suavemente la colina desde Ludgate Circus, las criaturas se hicieron a un lado para dejarlo pasar. El vehículo hizo sonar insistentemente el claxon cuando se detuvo.

—Algo está pasando ahí delante —informó Jiggs. Estaba utilizando el periscopio para tratar de ver por la puerta de la catedral, pero la concentración de los Armagi se lo dificultaba—. Me parece que acaba de detenerse una limusina —dijo con incredulidad.

—Adivina de quién se trata —replicó Drake, cuando Elliott miró por el periscopio, aunque tampoco pudo ver mucho.

—¿Quieres que les lance un pepinazo con el gran canuto? —sugirió Jiggs señalando los mandos del cañón de ciento veinte milímetros del blindado—. No te prometo que acierte el tiro, pero merece la pena intentarlo.

Volvieron a oír el claxon del coche.

—No te molestes. No son tan imprudentes —dijo Drake—. No aparecerían a menos que quisieran algo.

—Imprudentes, muy imprudentes —dijo Parry observando las puertas del Bentley cuando se abrieron—. Mírales, no pueden saber que estamos aquí arriba. Se están volviendo demasiado confiados —susurró. Le estaba picando el gusanillo de dar la orden a sus hombres de que abrieran fuego, pero en vez de eso siguió evaluando la situación—. Hemos conseguido un lleno completo: el viejo styx, la gemela Rebecca, la mujer styx y…

Hermione sacó a alguien a rastras del asiento trasero del coche. La figura tenía la cara hinchada y magullada y apenas podía abrir los ojos.

—Haz un esfuerzo, hombre —se burló Hermione cuando le apoyó contra el coche. La cabeza del rehén se tambaleaba como la de un borracho.

—¡Dios mío! ¡Si es Will! —susurró Parry—. Así que al menos alguno consiguió regresar. Pero le han dado una paliza de muerte. Sólo espero que no se haya traído con él ese supervirus desde el mundo interior, si es que se liberó. Porque eso sí que alborotaría el gallinero con los yanquis.

—Te he oído —dijo Bob con indignación por el auricular—. ¿Qué supervirus?

—Si vas a escuchar, mantén la boca cerrada —le replicó Parry—. Ahora quiero que todos los puestos me informen.

El auricular del comandante crepitó.

—La cabeza de la mujer styx en el punto de mira confirmado —dijo el primero de los soldados. Luego, uno a uno, los demás francotiradores de los tejados que rodeaban la catedral empezaron a poner al corriente a Parry.

—Muy bien, pero los dedos fuera de los gatillos —ordenó cuando terminaron—. Todavía no se va a actuar. Repito, ninguna acción. Aseguraos simplemente de seguir apuntando a vuestros blancos, y esperad mi orden.

—Parry —le avisó Eddie.

Dos Limitadores habían aparecido de la nada. Entre los dos cogieron a Will cuando Hermione le dio un empujón, y empezaron a arrastrarlo en dirección a la catedral.

—Van a exhibir a Will. Eso significa que debe de haber alguien más del equipo en el carro de combate. Van a utilizar al muchacho como moneda de cambio, ¿verdad? —preguntó Parry, bajando los prismáticos para mirar a Eddie.

El antiguo Limitador asintió con la cabeza.

—Eso es lo que yo haría.

Pavonéandose junto al coche, Hermione empezó a gritar hacia la catedral.

—¡Hola, hola! ¡Venid a jugar!

En el interior del carro de combate todos oyeron su voz y se miraron unos a otros.

—Escuchad eso. Es la Gran Chinche, ¿verdad? —dijo Jiggs—. Quieren parlamentar. Diste en el clavo, Drake.

—Sé que estáis ahí —gritó Hermione—. Hemos estado rastreando esa señal de radio que tan amablemente habéis estado enviando.

Elliott movió rápidamente los ojos por el suelo del carro de combate hasta que dio con la Bergen de Will.

—¡Qué rematadamente idiota soy! Así fue como nos encontraron tan rápidamente. Me olvidé de que la baliza seguía conectada.

Mientras continuaba mirando por el periscopio, Jiggs soltó de pronto un pequeño grito.

—¡Sí! Veo claramente a esa mujer styx, la que se nos escapó antes de que atacáramos el almacén. Vamos, Drake, si hago avanzar este cacharro un poquito, podemos hacer lo que no conseguimos la última vez y arrearle un buen pepinazo.

Drake había conseguido levantarse para poder ocupar el lugar de Elliott en el asiento del jefe de carro. Antes de que pudiera decir nada, Jiggs maldijo.

—Nones, la he perdido. Habría sido una oportunidad de oro —comentó. Seguía mirando por el periscopio cuando resopló con fuerza.

—Ah, no —farfulló Drake.

—¿Qué pasa? —preguntó Elliott.

Se produjo un silencio inquietante mientras la muchacha esperaba a que uno de los dos respondiera.

—¡Decidme qué pasa! —explotó Elliott, incapaz de soportar el suspense un segundo más.

Drake apartó la cara del periscopio y se la quedó mirando.

—Malas noticias, me temo.

Elliott lo apartó para mirar. Un Limitador sujetaba a Will, mientras que los demás miraban fijamente el carro de combate por encima de las cabezas de los Armagi.

—Pero ¿qué le han hecho? —preguntó.

—No seáis tímidos. Venid a reuniros conmigo, ¿eh? —gritó Hermione—. Will «se muere» de ganas de veros.

Elliott perdió de vista a su amigo cuando los Limitadores se lo llevaron.

—Le han cambiado de sitio —informó Elliott a Drake—. Tenemos que averiguar qué es lo que quiere la mujer styx.

—No seas boba —retrucó Drake—. De ninguna manera te voy a dejar poner un pie fuera de este blindado, y mucho menos que salgas de la catedral.

—¡Tienen a Will ahí fuera! —le gritó la chica. No pudo evitar gritar, aunque entonces respiró y procuró recobrar la compostura de nuevo—. La mujer styx podría estar dispuesta a hacer un trato. Siempre quieren hacer tratos.

—Por supuesto, y siempre los incumplen. No, si alguien va a salir, seré yo —razonó Drake—. No me queda mucho tiempo. Y si me liquidan, la única diferencia será el momento.

—No, no lo entiendes —insistió Elliott, que examinó el cetro y luego le sostuvo la mirada a Drake. En ese momento empezaba a comprenderse a sí misma—. Tengo que salir ahí fuera. Es la única manera de detener esta locura. Y de verdad que creo que puedo detenerla.

Jiggs se irguió de pronto.

—Escuchad esto —dijo, señalando el altavoz que tenía junto a la cabeza, al tiempo que se inclinaba para subir el volumen—. Lo están enviando a la radio de onda corta del blindado.

La señal de radio no era muy fuerte y se perdía ocasionalmente, aunque el mensaje era suficientemente claro:

«… mensaje para los ocupantes del Challenger en el interior de San Pablo. No sé quiénes sois, pero tenéis una de mis balizas VLF. Sabed que el comandante ha recibido confirmación de que el ejército de Estados Unidos tiene intención de atacar Londres y el sudeste con cabezas nucleares en cuestión de minutos. Si está en vuestras manos influir en la situación, entonces tenéis que actuar, y hacerlo ya.»

—Es Danforth —dijo Drake, mirando a Jiggs con cara de preocupación.

«No podéis responder a esto. Estoy cerca y sólo estoy transmitiendo. Repito, es un mensaje para los ocupantes del Challenger…»

—Pero ¿de qué lado está ahora? —preguntó Drake—. ¿No se había pasado a los styx?

—En cuyo caso trata de engañarnos para que salgamos —razonó Jiggs.

—Pero no lo está haciendo, ¿no? —replicó Drake—. No nos está diciendo que hagamos otra cosa que ayudar, si podemos. No nos está diciendo que abandonemos el carro de combate para que los styx nos atrapen. Nos está diciendo que hay un ataque nuclear en ciernes. ¿Por qué haría eso?

La cabeza de Drake estaba haciendo horas extraordinarias.

—E incluye la referencia al «comandante» en el mensaje porque cree que hay alguien en este blindado que conoce a Parry. Está dirigido a nosotros.

—Y Parry tiene contactos a ese nivel en el Pentágono —terció Jiggs.

Drake tomó aire.

—De acuerdo, parece que el reloj se está acabando y no tenemos nada que perder… ninguno.

—Quieres decir que el tiempo se acaba —le corrigió Jiggs.

—Lo que quieras. Y la verdad, preferiría no estropear este maravilloso bronceado con más radiación. Por este año, ya he tenido más de lo que en justicia me corresponde —masculló Drake, que colocó la mano en la palanca de cierre de la escotilla principal. Se volvió a Elliott y la miró fijamente—. ¿Decías en serio lo de salir ahí? ¿Estás preparada para reunirte con ellos?

Ella asintió sombríamente con la cabeza.

—He de salir, no sólo por Will, sino porque tengo que parar esto.

—De acuerdo, unámonos al baile —dijo él.

Los Limitadores habían vuelto a arrastrar a Will hasta el Bentley. Lo arrojaron sobre el capó y le dieron la vuelta para dejarlo tumbado de espaldas. El muchacho se movía como si estuviera en trance y trataba de hablar, pero sus labios estaban sellados.

—Dejadlo —ordenó Hermione a los Limitadores—. Me ocupo yo.

Extendió una de sus patas insectoides e inmovilizó a Will contra el capó poniéndole las pinzas sobre el pecho, aunque él no estaba en condiciones de ir a ninguna parte.

En cuanto Drake y Elliott hubieron bajado del carro de combate, los Armagi retrocedieron para abrir un pasillo desde la nave hasta la entrada principal. Manteniéndose muy pegados el uno al otro, ambos avanzaron lentamente mientras aquellas bestias se mantenían a distancia. En esta ocasión, había algo más aparte de la sangre de Elliott que protegía a Drake.

Y cuando ambos salieron de la catedral y llegaron a lo alto de la escalinata, los Armagi del patio delantero también se separaron para abrir un pasillo hasta el coche. Drake y Elliott pudieron ver quién les estaba esperando en el Bentley… y también vieron a Will despatarrado sobre el capó.

—Mi hijo —dijo Parry cuando vio a Drake salir de la catedral a la luz del día—. ¡Sigue vivo!

—Y mi hija también —comentó Eddie al divisar a Elliott a su lado.

—Drake no tiene muy buen aspecto —observó el comandante, que amplificó la visión de sus prismáticos para ver a su hijo con más claridad.

—¿Sabrán que Will está más muerto que vivo? Porque si no, ¿por qué se ponen en la línea de fuego de esta manera? —preguntó Eddie—. A menos que sepan que la situación es deseperada.

—Danforth debe de haber cumplido su misión —señaló Parry. Cambió a una frecuencia distinta de radio y preguntó—. ¿Así que lo conseguiste? ¿Dónde estás?

Danforth estaba a mitad de la escalera de la entrada al paso subterraneo, apretado contra la pared y con un radiotransmisor todavía en las manos. Todo lo que podía ver sobre la acera eran las pantorrillas de los numerosos Armagi allí reunidos.

—No pude llegar al final —contestó a Parry—, pero he hecho lo que he podido. Intenté enviar un mensaje al receptor de onda corta del blindado, y rezo para que lo hayan oído.

—Creo que sí. Mi hijo y Elliott han aparecido en el exterior de la catedral hace unos segundos —dijo el comandante, y miró su reloj—. Mantente en contacto. No tenemos mucho tiempo.

—Ah, mis dos alegres renegados —saludó Hermione a Drake y Elliott—. A juzgar por los informes del Museo Británico, supuse que teníais que ser vosotros. Mis chicos —dijo, haciendo un gesto con el brazo hacia la marea de Armagi— me proporcionaron vuestras descripciones.

Drake y Elliott descendieron lentamente hasta el pie de la escalinata en la parte delantera de la catedral.

—No necesitas esa arma —le advirtió Hermione a Drake—. Deshazte de ella ahora mismo o degüello al muchacho. —Apretó la garra contra el pecho de Will, que soltó un sonoro gemido.

Drake se encogió de hombros y arrojó su Beretta. El arma repiqueteó sobre la acera, el único ruido en todo el lugar.

—Bueno. Ahora, no seáis tímidos. Venid y uníos a mí en la diversión —les ordenó Hermione.

Con los dos Limitadores flanqueándolos, el viejo styx y Rebecca Dos estaban parados al lado del Bentley. No dijeron nada; era evidente que la mujer styx estaba al mando.

—Vale, así es suficiente. Paraos ahí —les ordenó Hermione—. ¿Había alguien más con vosotros en el carro de combate?

—¿De qué quieres hablar? —preguntó Drake.

—Primero, responde —insistió la mujer styx, que casi de inmediato dejó correr el asunto—. No, ya veo que sólo estabais vosotros dos—. Drake y Elliott giraron en redondo para ver a un Limitador en la entrada de la catedral detrás de ellos. Era evidente que había entrado en el blindado para inspeccionarlo.

Si Elliott o Drake hubieran estado en un aprieto menos desesperado, podrían haberse asombrado por la habilidd de Jiggs para mimetizarse en cualquier situación en la que se encontrara. Tal como estaban las cosas, no había tiempo para detenerse en ello.

—Dinos qué quieres —preguntó Drake.

—No quiero nada, y no estáis en situación de exigir nada, ¿no te parece? —respondió Hermione—. Se me ocurrió que a tu puta mestiza le gustaría un asiento de primera fila mientras consumo mi unión con aquí su novio.

—Suelta a Will —dijo Drake.

—Oh, lo tengo pensado —replicó Hermione—. En un santiamén. —Resultaba bastante difícil entender lo que decía porque la punta del tubo carnoso le asomaba por la boca y se retorcía con energía. Cuando ella se echó encima de Will, el tubo se extendió completamente entre sus labios y se metió a presión dentro de la boca del chico.

Drake y Elliott vieron con horror las contracciones de los músculos del ovipositor y que un gran saco de huevos descendía entre apretones por el tubo. Will tosía entre ahogos e intentaba resistirse, pero ya estaba hecho.

Los huevos habían sido depositados profundamente en su interior.

—Esto por haber sacrificado a todas mis crías en el almacén —dijo Hermione cuando se incorporó y empezó a limpiarse los labios negros con el dorso de la muñeca, para quitarse los fluidos que le colgaban de allí en pegajosas madejas—. Ah, he estado reservando esa vaina para un día festivo como éste. Sólo los mejores y más glotones Armagi se encargarán del asqueroso Billy Burrows. Los queridos pequeñines que lleva dentro son tan voraces que se zamparán sus entrañas en un santiamén.

Elliott estaba pálida por la impresión, pero Drake temblaba a causa de la ira.

—Hicimos lo que nos pediste. Salimos del carro de combate y vinimos aquí fuera —dijo con voz ronca, dando una zancada hacia delante—. Podrías haberle ahorrado a Will tanto sufrimiento. ¡Y te aseguro que te voy a hacer trizas con mis propias manos, criatura abominable!

Hermione soltó una risa estridente y desagradable.

—Caray, los sacos de carne sois tan terriblemente petulantes y a…bu…rri…dos.

Sacudiendo como un látigo su levantada extremidad insectoide, hizo un ruido como si hubiera chasqueado los dedos.

Se oyeron dos disparos casi al unísono, y sus detonaciones resonaron desde los edificios.

Cuando las balas le alcanzaron a mitad de la zancada, Drake cayó de rodillas. Se apretó las manos contra el pecho, y la sangre manó a raudales de las dos heridas.

—¡Drake! —Elliott llegó hasta su lado de inmediato, y le ayudó a tumbarse en la acera.

—Le han alcanzado —dijo Parry casi sin respiración—. Mi hijo ha caído.

La radio chisporroteó, pero nadie dijo una palabra, esperando las órdenes del comandante.

Eddie extendió la mano hacia él y le sujetó el brazo un instante.

—Lo siento, Parry, pero… —susurró.

—Ah, sí —dijo el militar, intentando concentrarse—. A todos los puestos, no abráis fuego. —Estaba mirando a Elliott, una pequeña figura entre todos los Armagi, arrodillada junto a su hijo mortalmente herido.

—Por eso estaban tan tranquilos —comentó Eddie—. Tenían hombres apostados en los edificios de alrededor. Esos disparos no procedieron de ninguno de los Limitadores sobre el terreno.

—Tienes razón —contestó Parry, y no perdió tiempo en dirigirse de nuevo por radio a sus hombres—. ¿Alguno ha localizado a esos francotiradores styx? Comprobad todas las ventanas de las fachadas, y hacedlo detenidamente. Seguro que hay varios equipos alrededor de la zona, puede incluso que en los pisos de debajo de vosotros. Cuando lo ordene, los quiero a todos liquidados. ¿Queda entendido?, quiero que os los carguéis a todos, del primero al último.

Eddie le sostuvo la mirada a Parry, que asintió una vez con la cabeza. Uno había perdido a su hijo, y el otro era probable que perdiera a su hija.

Entonces volvieron a centrar su atención en la plaza de la catedral.

La situación era tan tensa que nadie de los que estaban en la azotea con Parry vio cuándo el capitán Franz se escabulló y echó a correr escaleras abajo hasta la calle.

—Eres un idiota —dijo Elliott con ternura mientras mecía la cabeza de Drake en su regazo—. Sabías cómo acabaría esto. ¿Y para qué lo hiciste? —preguntó con las lágrimas resbalándole por la cara.

Drake hizo una mueca cuando el dolor le atenazó.

—Para darte la oportunidad… —susurró— de que hicieras lo que ibas a hacer. Hazlo ahora, amiga, y hazlo por mí… y por todos nosotros.

—Pero yo no… —empezó a decir Elliott, y se contuvo cuando vio lo cerca que estaba su amigo de la muerte.

Drake empezó a ahogarse.

—No se me ocurre ningún chiste —dijo.

Y dejó escapar su último aliento.

Elliott le apoyó cuidadosamente la cabeza en la acera y se levantó con una expresión de absoluta determinación en el rostro.

Y nadie se percató cuando aprovechó la oportunidad que Drake le había dado para deslizar una mano bajo la cazadora hasta su zona lumbar. Ni Hermione ni ninguno de los demás styx tenían ni idea de lo que llevaba metido en su cinturón. Pero Elliott sabía lo que tenía allí; lo podía sentir, notaba el cetro, como si éste estuviera deseando que lo sacara, deseando que lo utilizara.

Empezó a acercarse a Hermione.

Ésta la miró con desprecio.

—Sólo tengo que despachar a esta puta mestiza, y luego habremos acabado aquí. Está bien atar algunos cabos sueltos sin precipitarse, todo a su debido tiempo. —Se volvió hacia Rebecca Dos y el viejo styx—. ¿Se os ocure algún motivo para que la necesitemos viva?

Ni Rebecca Dos ni el viejo styx dijeron nada.

—Entonces, no hay más que desearle buenas noches y dulces sueños a la Niña del Desagüe —declaró Hermione.

Levantó su extremidad insectoide, lista para chasquearla de nuevo.

—Tu hermana tuvo la peor muerte que puedas imaginar —le dijo de pronto Elliott sonriendo con frialdad—. Acabaría con todo el cuerpo cubierto de bubones. No te haces idea de lo que duelen cuando explotan por el pus y la sangre que contienen, aunque lo que acabó con ella fue el líquido de sus pulmones. A causa de sus heridas. Se ahogaría con él.

Elliott echó un vistazo hacia el viejo styx.

—Todos y cada uno de tus hombres del mundo interior murieron así. ¿Sabes?, había un virus allí abajo, y sigue allí, propagado por las aves.

—Eso es muy posible… —respondió Hermione con la voz tomada por la ira—. Pero a quién le importa, porque «este» mundo ya casi está de nuevo en nuestras manos.

Elliott la ignoró y en su lugar le habló a Rebecca Dos.

—Y déjame que te hable de «tu» hermana —dijo—. Se frió como una patata frita con la explosión nuclear. Jiggs la encontró, pero cuando intentó examinarla, se quedó con uno de sus brazos en las manos. Se había convertido en carbón.

Rebeca Dos no dijo nada y evitó su mirada mientras Elliott se acercaba otro paso a Hermione.

—Y en cuanto a ti, qué desastroso es este mundo que siempre ha estado «en tus manos» —le dijo—. No había necesidad de nada de esto.

—¿De qué estás hablando? —gruñó Hermione.

—No lo recordarás, ningún styx lo recuerda, pero hace muchos millones de años, nuestros antepasados llegaron a este sistema solar en una enorme nave.

Hermione soltó un bufido burlón.

—¿Nave? ¿Qué nave?

—La nave en la que estáis… en la que estamos… parados todos ahora mismo.

—¿Qué? ¿Te refieres a la Tierra? —preguntó Hermione, a quien la incredulidad hizo elevar la voz.

—En efecto —confirmó Elliott—. ¿Sabes?, en aquel entonces, parte de la atmósfera se filtró desde el centro, y vinimos a la Superficie para poner las cosas en orden. Pero jamás regresamos, y sin nadie que gobernara la nave, ésta entró a la deriva en la órbita solar. Se suponía que nunca debimos quedarnos aquí.

—Ése es un cuentecillo muy imaginativo… Estás intentando ganar un poco de tiempo, ¿verdad? —A Hermione no se le había escapado que Elliott se había incluido al hablar de los styx—. Y evidentemente piensas que ahora eres una de nosotros, ¿no es así? El partido ya está muy avanzado para cambiar de equipo.

Sin hacer caso del comentario, Elliott señaló las nutridas filas de Armagi que la rodeaban.

—Al principio nuestro aspecto se parecía más a eso, y los styx y los humanos trabajaban y vivían juntos dentro de la nave, porque los habíamos traído con nosotros en el viaje.

—La verdad es que no tengo ninguna necesidad de seguir oyendo estas estupideces —le espetó Hermione, al tiempo que hacía chasquear la extremidad de insecto como había hecho antes.

El ruido, que recordaba al chasquido de una castañuela, resonó por todo el lugar. Pero, para perplejidad de Hermione, ninguno de los Limitadores disparó. Elliott seguía allí parada.

Al ver la confusión de Hermione, la chica sonrió.

—Sólo empezamos a parecer humanos después de nuestra última Fase… Parecernos a la especie que habíamos criado y educado para servirnos. Notable ironía, ¿no?

Hermione chasqueó la extremidad una vez más, y una vez más también su furia aumentó.

Lo que ella no había visto fue que los francotiradores Limitadores habían sido liquidados. Parry había dado la orden, y sus hombres de las azoteas habían conseguido dejar fuera de combate eficazmente a los tres equipos de Limitadores, antes de que hubieran tenido la menor oportunidad de disparar una sola vez contra Elliott.

Hermione había dejado de chasquear la extremidad y en su cara se reflejaba la contrariedad.

—¿Pasa algo? —le preguntó Elliott.

—¡Tú! ¡Tú eres lo que pasa! —gritó Hermione, que se volvió hacia el viejo styx, y luego hacia los dos Limitadores que estaban en la escalinata de la catedral—. Y vosotros —les gritó—, ¿os importa hacer los honores y pegarle un tiro a esta puta fatigosa de una vez por todas? Me está hastiando.

El viejo styx sacó un arma al mismo tiempo que los dos Limitadores levantaban sus largos fusiles.

Se oyeron unos sonidos parecidos a unos susurros lejanos.

El viejo styx fue arrojado contra el suelo de bruces con un agujero limpio en la nuca. Rebecca Dos, que estaba a su lado, retrocedió de un salto por la sorpresa.

Los dos Limitadores de la escalinata también fueron derribados por sendos potentes proyectiles de los francotiradores de Parry.

—Caray —masculló Hermione, como si sus muertes fueran una contrariedad equiparable a romperse una uña.

Elliott conocía demasiado bien el sonido que hacía un fusil de francotirador con silenciador. Cayó en la cuenta de que no estaba sola, de que tenía amigos allí fuera.

Levantó la mano por encima de la cabeza y gritó:

—¡No le disparéis a ella! —señaló a Hermione—. ¡Dejádmela a mí!

—¡Vuelve a entrar en el coche, pequeña mentecata! ¡No te quedes ahí parada! —gritó Hermione a Rebecca Dos, que no dio muestras de que fuera a ir a ninguna parte. Hermione la miró con cara de pocos amigos y se volvió a Elliott—. Al menos, puedo confiar en que los Armagi hagan lo que les pedí.

Empezó a sacudir sus extremidades de insecto entre sí, cada vez más deprisa.

Ni un solo Armagi movió un músculo. Se limitaron a quedarse allí parados en manada, observando.

—¿Qué les pasa? —se quejó Hermione.

—No lo entiendes, ¿verdad? —replicó Elliott—. Ellos no me atacarán porque soy igual que tú. Tu sangre corre por mis venas. Soy tan styx como tú.

—Si quieres que algo se haga como es debido, tienes que hacerlo tú misma —refunfuñó Hermione.

La mujer styx se abalanzó sobre Elliott.

Pero la muchacha no se quedó quieta.

Fue a su encuentro.

Cuando se juntaron, Hermione azotó a Elliott en los ojos con los miembros insectoides, pero no había previsto lo que se encontró.

La muchacha soltó un grito, y entre sus hombros la piel se desgarró.

Y de la base de su cuello brotaron un par de miembros insectoides que se abrieron de golpe hasta alcanzar toda su extensión. Como algo que acabara de nacer, estaban moteados de sangre. Y también eran marrones y de un color bastante más claro que las brillantes patas negras de Hermione.

Pero eran igual de fuertes.

Los dos miembros nuevos de Elliott atraparon los de la mujer styx con sus pinzas, parándola en seco y sujetándola sin esfuerzo.

Hermione se quedó sin habla.

—Parry —dijo Bob por los auriculares—. Dos minutos para el impacto.

—¿Ya lo habéis lanzado? ¿Es que no estás viendo las imágenes en directo? —bramó el comandante—. Tienes que abortarlo.

—Por supuesto que las estamos viendo, y las estamos compartiendo con los gobiernos de todos los demás países del mundo —replicó Bob—. Pero la situación no ha experimentado ningún cambio. Nuestros aviones no tripulados muestran que los Armagi siguen yendo hacia el mar.

—Veré qué puedo hacer —dijo Parry.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó Danforth al capitán Franz con suspicacia, cuando el neogermano apareció junto a él sin aliento y aparentando un gran nerviosismo. Aunque habría preferido estar en cualquier otra parte que no fuera el paso subterráneo, el científico se había quedado allí por si podía ayudar en algo más. Aunque en realidad no podía ver por sí mismo lo que estaba aconteciendo en el exterior de la catedral, se estaba enterando de la mayor parte de lo que necesitaba saber por el canal principal del auricular. Pero nadie le había avisado de que el capitán Franz se iba a reunir con él.

El neogermano había recuperado el aliento y estaba a punto de responder, cuando Parry llamó a Danforth. Éste escuchó durante un instante lo que le estaban diciendo y luego se volvió al neogermano.

—Esto va a ser divertido —susurró, y su expresión distaba mucho del entusiasmo—. Porque ahora voy a salir. —Señaló la multitud de Armagi que podía ver en lo alto de la escalera—. Te quedaría muy agradecido si me sujetaras esto, aunque no sé si regresaré. —Le entregó al capitán neogermano su radio de onda corta y otro artilugio que había estado utilizando.

Se armó de valor, empezó a subir los escalones y en el último momento apretó el paso. Cuando salió del subterráneo, empezó a decir a gritos: «¡Discúlpeme! ¡Perdone!», como si estuviera tratando de abrirse paso entre la muchedumbre en Oxford Street, en vez de entre una melé de criaturas aterradoras.

Elliott y Hermione seguían enzarzadas, manteniéndose a raya mutuamente con sus respectivos miembros de insecto.

—Abridle paso —gritó Elliott en cuanto oyó a Danforth.

Pero éste no quería hacerse notar y miraba a su alrededor con tiento. Uno de los Armagi que había apartado a empujones abrió sus piezas bucales y las hizo repiquetear entre sí, sin dejar de mirarle con sus ojos inhumanos.

—Esto, hola —le dijo Danforth, retrocediendo rápidamente. Entonces se apresuró a trepar a lo alto de la barandilla que había junto a la entrada al subterráneo, para de esa manera poder ver las cabezas de todos los demás Armagi.

—Bueno, lamento entrometerme —dijo a Elliott en tono de disculpa—. Pero Parry quiere que sepas que sólo nos quedan un par de minutos antes de que el primer misil nos alcance.

Cuando Danforth se agachó y desapareció de la vista, Will gimió ostensiblemene. Seguía tumbado en el capó del Bentley, pero por la forma de agarrarse el estómago e intentar darse la vuelta, era evidente que le corroía el más terrible de los dolores.

Hermione soltó una carcajada.

—Mis queridos pequeños se están alimentando, tu novio se está muriendo, y aunque puedas hacer algo, es imposible que logres detener nuestra expansión. He enviado afuera a mis Armagi, y según parece vuestros amigos norteamericanos os van a vaporizar. —Se volvió a reír, estentórea y claramente—. No quedará nadie para revocar la orden impartida a las hordas Armagi. Has llegado demasiado tarde.

—En eso estás equivocada —le retrucó Elliott.

Sin dejar de sujetarla, la muchacha se sacó de la zona lumbar el cetro que había mantenido escondido allí.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Hermione.

Elliott no respondió; cogió el cetro con ambas manos y, como había hecho anteriormente, le dio media vuelta al mango.

La luz azul destelló antes de volverse roja. Pero eso no fue todo. Cuando lo extendió, el cetro empezó a transformarse, aumentando su longitud rápidamente. Y en uno de los extremos surgieron tres puntas del mismo material gris y suave.

—¿Qué es esto? —inquirió Hermione.

—Esto —dijo la muchacha, sosteniendo el tridente en alto— es lo que pone fin a tu locura.

—Elliott, si vas a hacer algo, ¡tienes que hacerlo ya! —la voz de Parry retumbó desde la azotea a través de un megáfono.

—¡Entendido! —le respondió ella con un grito.

Sin dejar de sujetar a Hermione con sus miembros de insecto, Elliott levantó el tridente.

—Es hora de que todos nos vayamos a casa —dijo.

Bajó el tridente y golpeó con fuerza la acera con el extremo inferior del mango.

Una luz roja le anegó la visión. Provenía del interior de la catedral, donde el hemisferio azul, tras cambiar de color, había salido despedido por el techo en ruinas y había terminado por teñir el cielo entero de un rojo intenso. Durante varios segundos todo se cubrió de un resplandor rosáceo, como si hubiera llegado el ocaso de todos los ocasos, pero mucho antes de que terminara el día.

Entonces, como si hubiera comenzado un terremoto, la tierra empezó a temblar. Estuvieran en los tejados o en el suelo, todo el mundo en los alrededores de la catedral lo sintió.

El temblor remitió con la misma rapidez con que había comenzado.

Durante una fracción de segundo todos soltaron un suspiro de alivio por que se hubiera terminado y nadie hubiera resultado herido.

Entonces se oyó un ruido como si un millón de toneladas de peces hubieran golpeado la Tierra, y los Armagi —todos y cada uno de ellos— se desintegraron.

Ni siquiera tuvieron tiempo de recuperar la forma humana. Todo el lugar quedó inundado de los aceitosos trozos de sus cuerpos transparentes cuando se desparramaron por la calle y la plaza de la catedral.

—Parry, ¿qué carajo ha sido eso? —La voz nerviosa de Bob se dejó oír por la radio—. Hasta aquí hemos visto esa luz roja. Y también sentimos una especie de fenómeno sísmico. Dime que tu gente no ha sido la responsable de esto.

—Sinceramente, Bob, no tengo ni la más remota idea de lo que ha ocurrido —respondió el comandante—. Pero mira a los Armagi. Creo que ya es hora de suspender ese ataque con misiles.

El norteamericano no respondió.

El capitán Franz asomó la cabeza por la entrada del paso subterráneo.

Rebecca Dos localizó a su oficial neogermano inmediatamente y le llamó. El hombre echó a correr desenfrenadamente hacia ella, resbalando y cayéndose varias veces en el grasiento mar formado por los cuerpos desmembrados de los Armagi.

—Ah, fantástico, lo que me faltaba —masculló Hermione, aunque lo que más absorta le tenía era el tridente de Elliott.

Danforth apareció de repente junto a ellas con la pistola desenfundada.

—Yo te vigilaré a la Gran Chinche —propuso a Elliott.

—Gracias —replicó la chica, que soltó a la mujer styx y de inmediato extendió por el aire sus nuevos miembros de insecto—. Me estaba empezando a acalambrar.

—¿Qué es eso? —preguntó Hermione a Elliott sin dejar de mirar fijamente el tridente—. ¿Algún tipo de arma?

La chica lo levantó.

—¿Ya empieza a volver la memoria? ¿Estás empezando a recordar? Porque todo empezó… y acabó con esto. —Izó el tridente para examinarlo un instante y meneó la cabeza—. Nos quedamos encallados aquí arriba en la Superficie cuando nos arrebataron esto. A saber cómo sucedió; puede que los humanos se rebelaran contra nosotros o algo parecido —dijo con un encogimiento de hombros—. Y sin nosotros allí para controlarla, la nave jamás prosiguió su viaje. A lo largo de miles de millones de años nosotros, los styx, nos olvidamos sin más de quiénes éramos.

—No me parece… —empezó a decir Hermione titubeando ligeramente, aunque Elliott la había dejado para acudir corriendo al lado de Will.

Jiggs ya había salido sigilosamente de su escondite y le estaba atendiendo. Había rasgado la camisa del muchacho y le estaba examinando el abdomen y el pecho. Luego rebuscó en su bolsa de médico y le administró rápidamente una ampolla de morfina.

—Esto le aliviará el dolor —dijo.

—¿Cómo está? —preguntó Elliott.

El hombre se encogió de hombros.

—Tenemos que abrirle y sacarle la larva de styx. —Echó un vistazo a lo que quedaba de los Armagi—. No podemos arriesgarnos a que sigan vivos, y aunque estén muertos tenemos que averiguar los daños que le han causado.

—Necesito estar un momento con él —dijo Elliott.

—Yo… —empezó a decir Jiggs, reacio a dejar al muchacho.

—Concédeme sólo un instante —insistió ella.

Había algo en Elliott que hizo que Jiggs obedeciera sin preguntar.

La chica agarró a su amigo y le sacudió por los hombros.

—Will, tienes que despertar.

Él tosió con fuerza, expulsando una sangre espumosa de los pulmones que salpicó el negro impoluto del capó del Bentley.

—Vamos, Will, por favor. No tengo mucho tiempo —le suplicó con una nueva sacudida.

Entonces su amigo abrió los ojos con un parpadeo.

—Dios, cómo duele —comentó con la voz ronca y las facciones desfiguradas a causa del dolor.

—Lo sé —replicó ella.

—Elliott, eres tú —dijo Will al darse cuenta de quién le sujetaba—. ¿Qué ha sucedido?

Cuando logró enfocar a su amiga, vislumbró una de sus patas de insecto crispándose sobre su hombro.

—Eso es nuevo —prosiguió, y se echó a reír porque la morfina empezaba a surtir efecto—. Eh, ¿es que vas disfrazada?

Y aunque tenía la vista borrosa y no veía con claridad, su pregunta no resultaba tan extravagante.

Si el doctor Burrows hubiera estado allí, también habría tenido algo que decir del aspecto de Elliott: el tridente, el resplandor carmesí que emitía y los miembros insectoides que se balanceaban detrás de ella y que Will había confundido con una cola.

Y por si todo aquello no hubiera andado sobrado de simbolismo, también se daba la circunstancia de que los styx tenían su origen en el centro de la Tierra, donde un pequeño pero implacabale sol no dejaba nunca de arder. Tomando todo en consideración, sería más que probable que todo ello hubiera inducido al doctor Burrows a perorar sobre la idea del diablo en el insconsciente humano.

Pero el doctor Burrows no estaba allí.

Y su hijo apenas estaba en condiciones de pensar racionalmente.

—¿Es Halloween? —preguntó, y le entró una risa tonta por los efectos de la morfina.

—No, no es Halloween —respondió pacientemetne Elliott—. Y tienes que escucharme. Quiero que recuerdes lo que te voy a decir. Concéntrate, Will, porque no tengo mucho tiempo.

Parry terminó de hablar con Bob y se volvió a Eddie.

—Han suspendido el ataque momentáneamente. Todas las imágenes de los aviones no tripulados muestran que el avance de las hordas de Armagi ha terminado —informó el comandante a todos por radio, lo que suscitó vítores y gritos en todos los tejados alrededor del lugar. Pero cuando Parry se zafó de la radio, estaba mirando fijamente a Eddie.

—¿Qué sucede?

—No lo sé —contestó Eddie. Tenía la mano levantada por delante de él con los dedos extendidos.

Y mientras Parry le observaba, fue como si Eddie se volviera borroso, vibrando como un trozo de película que se hubiera salido de los dientes del engranaje, pero siguiera pasando por el proyector. Y en la azotea, alrededor de Parry, les estaba sucediendo lo mismo a los hombres de Eddie.

Y a Rebecca Dos.

Y a Hermione.

Y a Elliott.

Pero ésta se había preparado para eso.

Levantó la vista y vio que Stephanie se aproximaba desde el paso de peatones subterráneo, todavía con el cuchillo de Martha en la mano.

—Creo que alguien ha venido a verte —le dijo a Will sin animadversión.

—No, quédate. Por favor —suplicó el chico débilmente, mientras trataba de sujetarla.

—No puedo. De todas formas, no me querrías con este aspecto —respondió ella, mientras sus miembros de insecto se movían espasmódicamente en su espalda.

—No me importa. Yo… —Will no terminó de hablar, y apenas fue consciente de que sus manos se habían ido deslizando hasta soltar a Elliott.

—Adiós, Will —le dijo en voz baja, y se inclinó para besarle en la frente. Luego se apartó del Bentley y avanzó unos pasos por la acera. Miró hacia lo alto del edificio donde estaban su padre y Parry.

—¡Papá! —gritó a voz en cuello.

—Toma —dijo Danforth, ofreciéndole sus auriculares.

Elliott se los cogió y se los puso enseguida.

—Papá, ¿puedes oírme? —preguntó.

—Elliott —le saludó su padre, que agitó la mano desde el pretil de la azotea.

—Lo siento —dijo ella—. Era todo o nada —lo miraba fijamente desde abajo—. De todas formas, si no hubiera activado la retirada, habría acabado todo igualmente, y no sólo para nosotros, sino también para el resto del planeta. —Sacudió la cabeza con una expresión de tristeza en el rostro—. No podía hacer nada más.

—Bueno, lo conseguiste, Elliott. Lo paraste —la tranquilizó Eddie, rebosando de orgullo por su hija. Hubo un silencio antes de que preguntara—: ¿La retirada?

Elliott no llegó a contestar jamás.

Ella, su padre y todos los styx de la Superficie empezaron a desdibujarse convirtiéndose en una neblina roja.

Sencillamente se esfumaron.

—¡Rebecca! —gritó desesperadamente el capitán Franz desde el asiento trasero del Bentley. Al sentir que le estaba sucediendo algo, la gemela styx había salido del coche y empezado a desvanecerse rápidamente. El neogermano se abalanzó hacia donde había estado su amada intentando aferrarse a ella, cuando el borrón rojo se desvaneció. Pero, por muy buena voluntad que le pusiera, lo mismo le habría dado intentar atrapar humo. Al no haber nada que lo detuviera, cayó de bruces y resbaló sobre la porquería aceitosa dejada por los Armagi, y allí se quedó, tirado en el suelo llorando a moco tendido.

Y aparte de sus sollozos, nada rompía el silencio de estupefacción alrededor de la catedral.

 

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