Terminal

Terminal


Cuarta parte. Pandemónium » Capítulo 21

Página 36 de 41

21

—¡Ahí está! Matad a esa putilla! —aulló Hermione, mientras intentaba levantarse al mismo tiempo que lanzaba una de sus tenazas contra Elliott.

La combinación del sol permanentemente incandescente y la increíble fertilidad del suelo del centro del mundo, supuso que la tierra pelada de los campos que rodeaban la torre no permanecieran en ese estado mucho tiempo. En ese momento, estaban cubiertos por un verde tapete de yerba, brotes nuevos y diminutos helechos sin desplegar. Y salpicando todo esto como montones de bolos negros, los styx habían aparecido de pronto después de haber sido transportados desde la Superficie.

—¡Atrapadla! —se desgañitó Hermione. La mayoría de los styx estaban completamente desorientados y en el mismo estado que ella; habían caído de cuatro patas cuando se materializaron en forma de un borrón carmesí. Pero a los resistentes y endurecidos Limitadores no les llevó más de unos cuantos segundos recomponerse. Muchos ya tenían los fusiles contra el hombro.

Abrieron fuego, y los proyectiles impactaron en la torre alrededor de Elliott. Ella sabía muy bien que Eddie y sus ex Limitadores también estarían allí fuera, en algún lugar de los campos. Los demás styx los superaban abrumadoramente en número, lo que les convertía en blancos evidentes.

Al golpear el suelo con el tridente en el exterior de San Pablo, Elliott no sólo había desbaratado el plan de Hermione de enviar a los Armagi al resto del mundo, sino que también había dictado una verdadera sentencia de muerte contra su padre. Elliott se dijo que no le había quedado más remedio. Y donde fuera que su padre estuviera en aquella planicie verde, no había absolutamente nada que ella pudiera hacer por él en ese momento; ni siquiera tenía su fusil con ella.

Pero ésa no era la única sentencia de muerte que Elliott había despachado. Hermione y Rebecca Dos, junto con todos los demás miembros de la raza styx, iban a estar todos muertos en cuestión de unos días. Ninguno de ellos había sido vacunado contra el supervirus que seguía presente en el mundo interior.

Mientras aguzaba la vista intentando encontrar a su padre, Elliott permanecía en la entrada de la torre en una pose como de pastora, con el tridente apoyado en el suelo a su lado.

Aunque no mostró ningún temor cuando los disparos de fusil empezaron a menudear a su alrededor, no iba a abusar de su suerte, al menos mientras siguiera teniendo una labor que estaba obligada a terminar.

—¡Matad a esa mestiza! —siguió gritando Hermione, que se cayó al tratar de correr hacia la chica.

Elliott se limitó a dirigirle una pequeña reverencia a la mujer styx y retrocedió un paso para meterse en la torre. Cuando la puerta se cerro rápidamente, el montón de piedras que Will había considerado una salvaguarda en caso de que ocurriera exactamente eso, fueron inmediatamente pulverizadas.

Mientras se dirigía al ascensor, Elliott dedicó un instante a echar un vistazo por la cámara de la entrada. Era evidente que después de que ella y Will se hubieron ido, el nativo se había quedado en la torre durante algún tiempo, a juzgar por los restos de todas las hogueras que había encendido en su interior. Había unos pequeños montones de raíces quemadas junto a los cuales Elliott distinguió unas cáscaras de algarrobas y un par de cráneos de ave. Y una parte del equipo de los hermanos neogermanos seguía apilada contra las paredes, pero no había nada que demostrara que hubieran estado allí recientemente.

Ascendió por la torre en el ascensor, aunque para llegar al nivel superior tuvo que subir por las escaleras. Allí, se dirigió inmediatamente al estrado que se levantaba en medio del espacio, se subio a él y se acercó al pedestal del centro. Con una rápida inspiración, extendió el brazo y sostuvo el tridente justo encima de la peana.

Cuando bajó el tridente y la punta del mango entró en contacto con el pedestal, Elliott vio unas ondulaciones concéntricas que se extendieron por toda la superficie suave y muy sólida de la peana. El efecto era idéntico al que ocurre cuando una piedra impacta en una masa de agua inmóvil. Elliott parpadeó sin dar crédito a lo que veían sus ojos, aunque de inmediato sucedió algo aún más extraño. Se vio obligada a soltar completamente el tridente, porque el artefacto estaba siendo atraído al interior del pedestal y absorbido de nuevo hacia la estructura interna de la propia torre. Al cabo de unos segundos, sólo quedaban las puntas del tridente, y luego también éstas se hundieron bajo la superficie de la peana. Elliott la tocó palpando el lugar donde había desaparecido el tridente y comprobó que la superficie volvía a ser totalmente sólida.

Permaneció un instante mirando el pedestal y el resto de lo que la rodeaba en aquel nivel, pero nada parecía haber cambiado.

La primera vez que había estado allí, le dijo a Will que algo no iba bien, que había desaparecido algo. Ahora que el cetro había retornado finalmente a donde debía estar, Elliott sucumbió a toda la fatiga contenida. Intentó dar un paso, pero le fallaron las piernas y cayó contra el pedestal, al que se agarró para sostenerse.

Había terminado la búsqueda que no había comprendido al principio y que no había tenido más remedio que completar. Desde el instante en que había provocado la cadena de acontecimientos después de tocar el símbolo del tridente en la pirámide, la sangre que compartía con los antepasados de los styx había llevado a aquello. Había estado sometida al hechizo de un patrón de comportamiento genético que la había despojado de su libre albedrío de manera tan absoluta como si hubiera sido un robot que siguiera su programación.

La programación para encontrar y restituir el tridente al sitio que le correspondía.

Aunque no parecía haber cambiado nada en el interior de la torre, fuera de ella sí que se había producido un cambio del que Elliott tenía plena conciencia. En los colosales abismos en las profundidades del planeta —no sólo en el cinturón de gravedad cero por el que ella y sus amigos habían viajado, sino en muchos otros—, los cinturones de cristal habían cobrado vida. Cuando las esferas que llevaban dentro empezaron a rotar más y más deprisa, desprendieron una luz intensa, bastante más brillante que la triboluminiscencia que el doctor Burrows había identificado correctamente.

Y también empezaron a generar enormes cantidades de energía.

Porque esas esferas eran la fuente de propulsión que había llevado a la Tierra a orbitar alrededor del Sol.

Por fin, después de muchísimo tiempo, se habían vuelto a activar.

Los interiores de las cavidades que rodeaban a las esferas relucieron con redes de luz azul que formaban dibujos que sólo una persona en todo el mundo —Jiggs— había visto después de la explosión nuclear en el Poro.

Pero, como gigantes durmientes que hubieran sido despertados de su profundo letargo, ningún humano podría hacer algo para detener el inmenso poder de las esferas.

Y ese poder estaba funcionando.

 

Ir a la siguiente página

Report Page