Sospechosos

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58. Jueves, 11 de julio. En el dentista

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58 - Jueves, 11 de julioEn el dentista

58. Jueves, 11 de julio. En el dentista

Esta mañana tenía cita con el dentista a las diez y media. Una muela me estaba molestando y no quería irme sin solucionar ese incordio.

Mi confesión del día anterior en la comisaría me había liberado de muchas cosas. Dejaba atrás una historia desgraciada en la que, salvo un buen polvo, todo lo demás era para olvidar. Un desastre total, aunque el salir con vida tampoco estaba mal. Intentaría pasar página y que me pesara lo menos posible.

Sabía que siempre lo decía y luego pasaba lo que pasaba, pero quería que esta fuera la última vez que hacía de Robin Hood. La suerte nunca es eterna. Dando vueltas a mi paso por comisaría, era curioso que ni Sara ni su novio tuvieran demasiado interés en saber más del tiroteo del parque. Creí que me iba a resultar más difícil salir airoso de tan espectacular suceso. Ellos sabían que mi acompañante y yo íbamos armados, fuimos más rápidos y disparamos con acierto. Sabían quiénes eran los sicarios, pero no quién los había contratado. Mi propuesta les pareció suficiente y no insistieron. La verdad es que ya era hora de quitarme de en medio. Ahora estaban solos y para mí era la mejor solución.

Le sugerí a Teresa Cerdeña como destino vacacional y no le pareció mala idea. No sabía que Lucía estaba allí pero, en todo caso, no íbamos a coincidir, los entrenamientos de Eduardo con el Athletic comenzaban pronto.

Entró en internet y lo que vio le gustó; además, estaba cerca. Eso sí, los hoteles eran carísimos, pero insistí en que no se preocupara por eso. En Porto Cervo había echado el ojo a uno que tenía una pinta estupenda. En cuanto resolviera lo de la muela y la cura de la herida, haríamos las reservas y saldríamos pitando.

La consulta del dentista estaba en Colón de Larreategui, cerca de los Jardines de Albia, y hacia allí me llevó mi chófer seguido del coche de compañía con los guardaespaldas.

Estaba en la sala de espera y, cuando me disponía a coger una revista cualquiera, me fijé en la portada de una publicación. Enseguida me di cuenta de que era el boletín de la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera (ABAO).

No me hubiera llamado la atención si no hubiese sido porque en la portada aparecía el Don Giovanni de Mozart con una foto del protagonista de la ópera. Debajo aparecía el título: «Con Don Giovanni de Mozart se inaugura en septiembre la temporada de ópera de Bilbao».

Empecé a leer la noticia y casi me desmayo. Allí delante lo tenía todo. En páginas interiores traía una entrevista con Carlos Echevarría, directivo de la ABAO, hijo de uno de los fundadores de la asociación y un reconocido y acreditado especialista en Mozart.

Hablaba de la nueva producción de Don Giovanni, que venía directamente del festival de Salzburgo. Esa producción inauguraría en septiembre la temporada en Bilbao. La entrevista seguía con los elogios a la producción, haciendo un repaso de los protagonistas y los cantantes: don Giovanni, doña Elvira, Leporello… y llegó al Comendador. Cuando habló de este se refirió a la reciente novela de Murakami La muerte del Comendador. Recomendaba leerla y el entrevistador comentaba que Echevarría era un fan de Murakami…

No me creía lo que estaba leyendo y me recordaba a aquel fino detective, un lince en sus deducciones, cuando decía «hay colillas, han fumado».

Teresa iba a tener razón una vez más: ella decía que teníamos que investigar a la familia, que allí se encontraba el asesino.

Leí y releí la entrevista y empezaron a encajarme algunas cosas. Lo había tenido delante de mis narices y yo mirando hacia no sabía dónde. Pero ¿qué disparate era este? La familia conoce las aficiones y actividades culturales de Carlos, llega una carta firmada por el Comendador ¿y nadie se extraña? ¿O estaban todos conchabados y son una banda?

Tenía una caries y el doctor Naté me hizo un empaste enseguida. Salí de la clínica con todo en orden. La enfermera permitió que me llevara la revista y fui a casa a esperar a que se me pasara la anestesia para llamar a la ABAO.

El hecho de que Carlos fuera un directivo, especialista en Mozart y fan de Murakami no implicaba ni generaba en sí mismo una prueba. Pero las casualidades no existen. Carlos y Ramón habían estado en el centro de toda la tormenta desde hacía más de diez años, cuando detuvieron a Ignacio en Lagos. Siempre habían estado ahí. Pero ¿cómo se le ocurrió firmar con el nombre del Comendador? ¿Frivolidad? ¿Soberbia? ¿Y la familia? Quizás lo absurdo de ser tan evidente podía ser una forma de desviar sospechas.

Pero tenía que estar un poco pirado. Ciertas aficiones, y la ópera podía ser una de ellas, tenían el peligro de generar una locura encubierta.

Cuando se me pasó la anestesia llamé a la ABAO y me hice pasar por un periodista de uno de los principales periódicos de Barcelona. Me pusieron con una responsable, de nombre Itxaso, quien me comentó que, aunque no estaba el jefe de prensa, ella me atendería y ayudaría encantada.

Se lo agradecí y le comenté que tenía entendido que Carlos Echevarría era miembro de la junta directiva y un especialista en Mozart, con cuya obra Don Giovanni se inauguraba la temporada de ópera en el Palacio Euskalduna.

Me confirmó todos los datos y añadió:

—El señor Echevarría es una eminencia en Mozart reconocida a nivel mundial. Don Giovanni es su ópera favorita y está volcado en la producción que se estrena en Bilbao.

—Tengo entendido que la producción es la del festival de Salzburgo —comenté interesándome por ella.

—Así es aunque, créame, el elenco de cantantes que viene a Bilbao es mejor que el de Austria.

—Me gustaría tener una entrevista con don Carlos, no sé si estará ahora…

—Precisamente está en Salzburgo. El festival empieza el veinte de julio pero tiene unos compromisos previos. Además, quiere revisar la producción para que todo salga bien. Es muy meticuloso.

—Ya, entonces estará muy atareado estos días…

—Sé que está aprovechando, invitado por unos empresarios e intelectuales nigerianos, para preparar una temporada de ópera en Lagos. Es un proyecto que le hace mucha ilusión y se lo ha tomado como un reto personal. No sería necesario insistir, pero es que el señor Echevarría es una institución en el mundo de la ópera —contestó Itxaso, que babeaba hablando de Carlos.

—Lo sé, me han hecho muchos elogios sobre él. Pero con los nigerianos… ¿está en Austria o en Lagos? —Me partía de risa. Qué maravilla de mujer.

—En Salzburgo. Vienen al festival y han quedado unos días antes. En Bilbao no lo esperamos hasta finales de mes.

—No me importa, tenemos tiempo y, para la temporada del Liceo, aún más. Si le parece, vuelvo a llamar a primeros de agosto.

—Me parece perfecto. ¿Cómo me ha dicho que se llama?

—Jordi Salvat.

—Como la enciclopedia —contestó Itxaso convencida, aportando una nota de cultura general.

—Exactamente.

Adeu, señor Salvat.

—Agur, señorita Itxaso.

No me lo podía creer. Había colado y la buena de Itxaso tan tranquila y servicial. La información que me había dado no podía ser otra casualidad. Lo de los intelectuales nigerianos y la temporada de ópera en Lagos… era de lo mejor que había oído en mucho tiempo. Qué disparate. Tenía ganas de conocer a Itxaso, qué ingenuidad, pensaba que ya no existía gente así.

Solo quedaba comprobar si era cierto, pero estaba convencido de que lo era. Una cosa así no se inventa, en todo caso se oculta, pero se le había escapado o no le daba mayor importancia.

Llamé a Sara de inmediato y, cuando le hice un resumen de lo que sabía, se quedó callada.

—No me sorprende, tiene toda la lógica —dijo finalmente.

En media hora entraba por la puerta de la comisaría de Deusto, llevando detrás toda la parafernalia de mi escolta.

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