Sospechosos
59. Las cosas se van aclarando
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59Las cosas se van aclarando
59. Las cosas se van aclarando
—¡Miguel! Garrincha está en camino, las cosas se van aclarando. Ya lo tiene.
—¿Te lo ha dicho?
—Sí. Adivina —dijo Sara sonriente.
—El cónsul.
—No.
—Me rindo.
—Carlos Echevarría. ¿Sabes lo que te digo? Que no me ha extrañado nada.
—Vamos a ver lo que trae, pero esto no puede ser tan fácil —apuntó Fabretti.
—Solo pido tenerlo resuelto para el diecinueve, el viernes de la semana que viene. ¿Te imaginas? —comentó una Sara resplandeciente.
—Creo que pides demasiado.
Acompañado de una ertzaina y ayudándome con mi elegante bastón, subí con bastante energía las escaleras hasta el segundo piso, donde se encontraba el despacho de Sara. Los inspectores se levantaron solícitos para ayudarme como si fuera un discapacitado pero, haciendo gala de una fuerza que no tenía, les dije:
—Aunque esta comisaría está de puta pena, cada vez está peor, hoy la he subido mucho mejor que cuando me traían en coche patrulla.
—Lo que hace venir con la conciencia tranquila… Cuando su única preocupación es subir las escaleras todo parece más fácil —comentó Sara sonriente, algo muy inusual cuando se dirigía a mí.
—¡Touché! —les contesté, porque era la pura verdad.
Nos sentamos, saqué la revista de la ABAO con la entrevista, las cartas del Comendador, un reparto de la ópera Don Giovanni y la portada de la novela de Murakami.
—Tendrá algo más, ¿no? —preguntó Sara, como diciendo «con esto a dónde voy».
A continuación, lo relacioné todo: la carta, la firma, la ópera, Murakami y cómo algo tan extraño nos llevaba a Carlos, una autoridad sobre Mozart, que estaba preparando la inauguración de la temporada de la ópera de Bilbao y que era un fan de Murakami.
—Estoy de acuerdo, Garrincha. Esto no puede ser una casualidad. Pero si vamos con esto a un juez, va a pensar que nos hemos vueltos locos —dijo Sara convencida—. No constituye ninguna prueba, ni tan siquiera un indicio.
—Algo de eso he pensado y he hecho mis deberes.
No había pasado una hora desde mi conversación con Itxaso y pude reproducirla tal cual, incluyendo voces y gestos. Lo de Jordi Salvat y la enciclopedia tuvo mucho éxito entre los policías, que se rieron con ganas.
—Esto es otra cosa, pero ha tenido mucha suerte. Que la buena de Itxaso le haya desvelado la agenda de Carlos con los nigerianos es algo impropio.
—Lo que quiera, Sara, pero me lo ha dicho. Esta mujer quería convencer a un periodista catalán de que la ABAO es mejor que el Liceo y vuela muy alto.
—Lo de la temporada de ópera en Lagos me imagino que será mentira —comentó Fabretti, que parecía albergar sus dudas.
—Si es verdad, les cuento lo que pasó en Otañes aquella desgraciada noche[6] —dije, aunque de inmediato me arrepentí por bocazas.
—No nos toque los cojones, Garrincha —dijo Fabretti, que era el más moderado de los dos.
—No hemos oído nada —apuntó Sara, a la que tampoco le había hecho ninguna gracia.
—Mis disculpas. Pero, en serio, no se lo cree nadie. Es una tapadera para encontrarse y reunirse toda la banda aprovechando que están en Salzburgo.
—Carlos podría haber viajado igual —apuntó Fabretti.
—Pero de esta forma alguien le paga el viaje, tiene una justificación y una coartada para verse.
—Qué cutre, por favor —dijo Sara.
—Pues sí. La clave para nosotros está en confirmar todo esto. No vaya a ser que sea una fantasía de Itxaso —comenté apoyando que actuaran cuanto antes.
—Mi impresión es que la información es correcta, pero estoy de acuerdo, hay que confirmarlo y debemos conseguir que los identifiquen. Luego decidiremos qué hacer —dijo Sara convencida.
—La INTERPOL va a tener mucho material: asesinatos, banda criminal, mafias, negocios sucios de petróleo, blanqueo… —apunté para reforzar su interés.
—Vamos por partes. Primero, y de inmediato, contactaremos con la INTERPOL y, a través de ella, con la policía austriaca. Estos deberán confirmar e identificar a la banda y situarla en Salzburgo. A partir de ahí, los juzgados de Bilbao y Madrid tendrán que ayudarnos, de ellos dependerá la rapidez con la que podamos actuar y que, seguro, será la clave del éxito —comentó Sara, cada vez más implicada en la operación.
—Me parece bien. Aunque Carlos se quede, los nigerianos pueden volar en cualquier momento. Hay que darse prisa —dije convencido.
—Garrincha, vamos a llamarlos ahora mismo, tenemos buenos contactos. —Sara no quiso explicarle que de otras investigaciones con él de protagonista—. Les plantearemos la urgencia del caso: tres asesinatos, una tentativa y dos bajas de ellos.
—Cuando hay sangre por medio, se lo toman con mucho más interés y premura —dijo Fabretti—. Si fuese por el contrabando de petróleo se tirarían meses.
—Por cierto, ¿estarán hospedados en Salzburgo? —preguntó Sara.
—Lo estarán, si te descuidas, en el mismo hotel —contesté.
—Venga, Garrincha, nos ponemos en marcha y, salvo por alguna chorrada que se podía haber callado, buen trabajo. Sabemos reconocer las cosas —dijo la inspectora, seria pero satisfecha.
Evité contestar con alguna broma fácil que me venía a la cabeza.
—Todo suyo, pero manténgame al tanto, es por pura afición —dije por tocar algo los cojones—. Si no me lo impide el médico, el sábado me largo de vacaciones con Teresa una temporada.
—Lo necesitan, seguro. ¿A dónde van? —preguntó Sara.
—A Cerdeña.
—Me suena a mucha pasta, pero debe de estar bien. En todo caso, si queremos contrastar algo, lo llamaremos —concluyó Sara.
—Por supuesto.
Con más parsimonia bajé las escaleras y Fabretti tuvo la deferencia, por primera vez, de acompañarme hasta la salida de la comisaría. Qué diferencia, otras veces me habían insultado y no me habían dado de hostias por cuestiones de los protocolos y la correspondiente ISO de AENOR que tenían ya en funcionamiento.