Sospechosos
1. Sábado, 8 de junio. Lucía se casa
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1 - Sábado, 8 de junioLucía se casa
1. Sábado, 8 de junio. Lucía se casa
El chaqué era de alquiler. Nunca me había puesto uno, ni siquiera de disfraz. En mi boda llevé un sencillo traje azul con una camisa blanca y una corbata escocesa.
Comprarlo para una sola vez me parecía un dispendio y Teresa estuvo de acuerdo. Ahora me miraba y se reía, aunque después de dar varias vueltas a mi alrededor concluyó que me quedaba muy bien.
En esos momentos solo pensaba en salir de casa y subirme en el buga con el que iba a recoger a la novia. Y aunque yo me veía un tanto estrafalario, Teresa no le daba mayor importancia. Tenía una tienda de ropa y todo esto le parecía normal.
Menos mal que ella se había encargado de todo, porque mi aportación comprando una pajarita fue un fracaso. Me aclaró, como si fuera un inútil, que la pajarita se lleva con el esmoquin, nunca con el chaqué, que exigía corbata sobre una camisa blanca.
Todo esto viene a cuento de la boda de Lucía, una mujer a la que he ayudado mucho, incluso demasiado. Se casa con Eduardo Basterra[1], según dicen el mejor futbolista del Athletic.
Es una boda curiosa. Eduardo pertenece a una familia de postín de Neguri. Su abuelo fue consejero del Banco Bilbao y la mayoría de sus miembros coparon, y lo siguen haciendo, muchos cargos en un buen número de consejos de administración. Por contraste, Lucía ancla sus orígenes en el hampa del narcotráfico bilbaíno. Su padre, Gorostiola, fue uno de los grandes padrinos, y dejó huella en sus seguidores y en la policía. Lucía salió muy bien librada; podría estar cumpliendo, y además por méritos propios, una larga condena o, incluso, haber acabado en el otro barrio. Pero, mira por dónde, después de terminar la carrera de Derecho y realizar un máster en Londres, se casa con el mejor partido de la provincia.
Todavía no me lo creo, pero así es. Además, soy su padrino de boda; ella apenas tiene familia cercana y conmigo iría al fin del mundo. No encajo nada en esa boda. Ella lo sabe, pero no le importa. Me lo repitió varias veces: ella es la que se casa y yo la acompaño.
Eduardo me conoce y le pareció bien cuando se lo dijo. Solo le pedí, bueno, le exigí, que no me pidiera su mano. Se rio y enseguida me aclaró que la mano solo se le pide a un padre, nunca a un amigo por muy padrino que fuera.
Mi nombre es Tomás Garrincha —como el genio del dribling, el jugador de fútbol más querido de Brasil— y llevo en esto del delito desde los veinte años. Tengo cuarenta y cinco y cuando cumplí los cuarenta decidí dejarlo. Oficialmente estoy jubilado y ya no debo hacer nada fuera de la ley, pero esto no siempre es así.
El gran arquitecto brasileño Oscar Niemeyer decía que la belleza no se basa en las líneas rectas sino en las curvas, como lo prueban los árboles de El Cerrado y las piernas de Garrincha. Mis piernas no son curvas como las de mi tocayo brasileño, más bien al contrario. Mido uno noventa, soy flaco, desgarbado, y dicen que cuando me enfado se me dibuja un cuchillo en la mirada. Tampoco es para tanto y, además, no me enfado con frecuencia. Eso sí, estoy gastadito por la vida, como mis vaqueros.
Mi pasión es la pesca. Soy un gran aficionado desde que, con diez años, empecé a acompañar a mi padre hasta el Puente Colgante en Portugalete a pasar horas mirando a la ría; ningún pez se dignaba picar y siempre pensé que era una excusa para no estar en casa. Aun así, siempre me fascinó esa quietud, esa especie de paralización del tiempo que fue tan decisiva para triunfar en mi faceta delictiva. Me armó de paciencia y consiguió alejarme de problemas innecesarios.
Me gusta Olabeaga. Además de por poder pescar al lado de casa y seguir estando en Bilbao, sobre todo por ese carácter de barrio cercano, húmedo, a veces escondido por la bruma hasta hacerse invisible. La gente es amable y mantiene esa solera que da la continuidad y la ausencia de cambios. Aunque yo debo de ser el único rentista —es un barrio de trabajadores—, no desentono mucho.
Encajonado entre la ría y las vías del tren, Noruega, como también se lo conoce, creció junto a los Astilleros Euskalduna y los barcos bacaladeros llegados precisamente de ese país nórdico. Mi padre había sido un trabajador de Altos Hornos, a unos pocos kilómetros de allí, y vivíamos en Portugalete. Instalarme en Olabeaga fue como volver a la infancia.
Mi relación con Lucía Gorostiola data de hace algo menos de cinco años. Ella cursaba primero de Derecho en la Universidad de Deusto cuando fue secuestrada.
Su padre era el capo de uno de los grupos más importantes de narcotráfico del norte de España y yo, que entonces acababa de retirarme, conocía bien el sector y quizás también a los autores del secuestro.
El caso es que me involucré, mi ayuda fue decisiva y salvé a la hija de percances mayores que el propio secuestro. Mientras investigaba, el secuestro se complicó y ella, que se mostró impasible y sin ningún escrúpulo, acabó con la vida de varios indeseables. Al final tuve que librarla de otros delincuentes, y ambos nos salvamos por los pelos de terminar con un tiro en una cuneta o con una condena enorme a cuestas[2].
Gorostiola murió de forma natural de un infarto de miocardio. Cuando Lucía estaba terminando la carrera en Madrid, se ennovió con el futbolista y sufrió un chantaje espectacular del que también la libré, aunque hubo algunas bajas por el camino[3].
Me estaba eternamente agradecida y lo cierto es que había mejorado mucho. Ya no era aquella psicópata que conocí cuando el secuestro, pero tenía la virtud de que siempre que me acercaba a ella me complicaba la vida. Fue Teresa la que me lo recordó. Llevábamos dos años muy tranquilos y, mirándome con seriedad, me espetó: «Espero que esto empiece y termine con la boda. Conozco a esa farsante y no me fío». La tranquilicé diciéndole que la boda no podía traerme problemas.
Lucía solo tiene veinticuatro años, los mismos que Eduardo, pero con un millonario es más fácil casarse, a nadie le parece prematuro, todos la animan y, claro, ella está encantada.
El novio parece un buen tío, no se le ha subido la fama a la cabeza y su origen familiar le facilita mucho las cosas. Y, por supuesto, además de jugar muy bien al fútbol y tener mucho dinero, es un joven guapo y con buena planta.
Lucía siempre me comenta que su chico no sabe nada de su historial —nunca añade delictivo, pero se sobreentiende— y, aunque me cuesta creerlo, debe de ser así. Quien sí lo sabe es la policía y si no ha actuado es porque no tiene pruebas suficientes, no por falta de ganas.
El chaqué, por fin, parecía estar en su sitio y solo el perfeccionismo de Teresa retrasaba mi salida de casa. Me despidió con un beso y un «perfecto, ya puedes irte», mientras volvía a reírse.