Sospechosos

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2. Una boda de postín

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2Una boda de postín

2. Una boda de postín

La boda se celebra en la iglesia de Las Mercedes de Las Arenas, muy cerca de la casa familiar del novio. Aunque sus padres viven en Madrid, María Ucelay, la abuela, reside allí al lado, en Ondategui.

En un piso grande situado en una zona residencial muy cerca de la avenida de Zugazarte y el Abra, Eduardo esperaba nervioso a que fuera la hora para dirigirse a la iglesia con su madre. Aunque podían ir dando un paseo, un impecable Mercedes de color negro con chófer los llevaría hasta la entrada.

Cuando Lucía me informó de que se casaba, le pregunté si estaba embarazada. Tras negarlo, después de una sonora carcajada, me pidió que fuera su padrino. Enseguida comprobé que no tenía otra opción. Tampoco me importó. Mi vida social era escasa y aunque dudaba de cómo se lo tomaría Teresa, que siempre se había negado a tratar con mis amigos del hampa, con la boda de Lucía haría una excepción.

Desde que se resolvió el chantaje de los anglorrusos de Kalinka, apenas había estado con Lucía. Cuando me visitaron aquellos tres sicarios llegados desde Marsella, ya estaba de vacaciones con Eduardo rumbo a Hawái. Lo vivió todo desde la distancia y quedó muy satisfecha.

Aquello pasó y Lucía hizo un máster en Relaciones Internacionales en una de las mejores universidades de Londres, mientras Eduardo se dedicaba a progresar en el Athletic y convertirse en uno de los fijos de la selección.

Seguí sus andanzas y Lucía me tenía al tanto de su vida con los mensajes cariñosos que me enviaba de vez en cuando. Era lo mejor, y en estos últimos dos años no había tenido que preocuparme de mi seguridad ni de la policía. Así se vivía muy bien, aunque, debía reconocerlo, todo era muy aburrido.

Faltaba algo más de una hora para nuestra llegada a la iglesia y tenía que ir a recoger a Lucía a su casa, que era el chalé de su padre en Laukariz, localidad situada a unos veinte kilómetros. Ella vivía ya con su novio en un piso que habían comprado en Bilbao, pero la tradición exigía que los novios no estuvieran juntos antes de la boda.

Un amigo de vida un poco turbia me hacía de chófer. Era como un villano de película: alto, fornido, mal encarado y con aspecto de poder partirte las piernas en cualquier momento. Llevaba un traje gris marengo, con camisa blanca y corbata oscura. Unas gafas de sol con cristales negros lo convertían en un mecánico de Los Soprano. A pesar de su vestimenta no podía disimular su aspecto de bellaco.

Cuando bajé a la calle me sacudí mi vergüenza mientras avanzaba los cincuenta metros que me separaban del Bentley, con un Raúl sonriente apoyado en la puerta del conductor. Se quitó las gafas y, con el dedo gordo hacia arriba, hizo la señal de aprobación.

El automóvil era espectacular, lo había alquilado para la ocasión y llamaba más la atención que mi chaqué. Cuando estaba junto al coche, las miradas de todos los paseantes se centraron en ambos e, incluso, alguno nos sacó una foto. No era ninguna película y eso sorprendió aún más al personal. Desde el balcón, Teresa me saludó de manera exagerada con la mano mientras me lanzaba besos.

Con parsimonia, tratando con distancia al servicio, esperé a que Raúl me abriera la puerta y me acomodé en la parte trasera. Seguidamente salimos por la estrecha cuesta que une el barrio de Olabeaga con la plaza del Sagrado Corazón.

Apenas esperé en la entrada del chalé inmenso y pretencioso. Lucía salió acompañada de una estilista encargada de que luciera resplandeciente. Estaba espectacular.

—Había intentado imaginar cómo te sentaría el chaqué y no lo he conseguido. Chico, me has sorprendido. Parece que llevas toda la vida poniéndotelo, tienes un estilo de lord inglés, extravagante y despistado. ¡Ja, ja!

—No te cachondees, la que está estupenda eres tú.

—Contigo da gusto. Porque la familia de Eduardo es muy tradicional, que si por mí fuera, la verdad es que esta boda sería muy distinta. Desde luego, el vestido sería de flores y mi melena no estaría recogida. Pero hay que quedar bien.

—Chica, conozco tu capacidad para dar el pego, no necesitas convencerme.

—No sé de qué me hablas —dijo mientras se le escapaba la risa y miraba al chófer con reserva.

—Raúl es de fiar, no hay problema, conoce tus andanzas.

—No sabía que fuera tan famosa.

—Continúas levantando pasiones. ¿A que sí, Raúl?

—Desde luego, jefe. No la conocía en persona, pero había oído hablar de la hija de Gorostiola. La verdad es que mejora mucho en las distancias cortas.

—Me vais a abrumar, chicos. Por cierto, Garrincha, te quiero junto a mí como una sombra, no puedo despistarme. ¡Ah! Y no me dejes beber, se me va la olla y acabo con una castaña sin darme cuenta.

—Lucía, cuando salgas de la iglesia pertenecerás a tu marido, yo ya no pinto nada.

—No digas chorradas. Tú eres el padrino hasta que termine la jornada.

—Qué cosas tienes, mujer. ¡Con carabina en tu propia boda!

—Me conoces bien, Tomasín, y hoy mucha gente estará pendiente de mí. Quiero causar buena impresión.

—Los conquistarás. Siempre has sido una excelente actriz.

—¡Cómo eres! ¿Te gusta el anillo de pedida? —Le enseñó el dedo anular izquierdo, en el que llevaba una sortija de película.

—No entiendo, pero es bonita y parece buena.

—Es una pasada. María Ucelay la heredó de su madre. Es un regalo de Eduardo y de su abuela.

Era el segundo sábado del mes de junio y hacía un día espléndido. Al llegar a Las Mercedes la animación era extraordinaria. El tirón del futbolista era evidente y frente a la iglesia se agolpaba un par de centenares de personas que aguardaban impacientes la llegada de los novios y los invitados.

Eduardo Basterra ya se encontraba junto al altar, esperando, como exigían los rigurosos cánones del protocolo. Aun así, Lucía fue recibida con aplausos y gritos de «guapa, guapa», como si fuese una tonadillera.

Cuando entramos en la iglesia por la puerta trasera empezó a sonar «La primavera» de Las cuatro estaciones de Vivaldi, y continuó mientras avanzábamos por el pasillo central ante las miradas y la expectación de todos los asistentes.

Un niño y una niña vestidos de pajes, hijos de una prima de Lucía, llevaban o, más bien, hacían como que llevaban una cola casi inexistente.

Al fondo, algo intranquilo, nos esperaba Eduardo. Su madre, elegante y guapa, iba ataviada con una pamela esplendorosa que realzaba una figura todavía joven.

Le pregunté a Lucía si estaba nerviosa. Me parecía difícil no estarlo y, encogiéndose de hombros, dijo:

—Cuando he pasado por tantas pesadillas esto parece un cuento.

—Tómatelo así, es lo mejor.

—Me gustaría que fuera de otra forma, pero así está bien. No sé si te habrás dado cuenta, pero te miran a ti más que a mí.

—No exageres. Les extraña y estarán pensando: «Qué papa más joven».

—Seguro. Si supieran quién eres…

—Bueno, un colega de tu padre, tampoco hay tanta diferencia.

La iglesia estaba repleta y con los invitados vestidos para la ocasión. Predominaba el traje sobre el chaqué, que parecía reservado a los testigos y familiares cercanos al novio, y en las mujeres los vestidos de corto, con pamelas, sombreros y tocados. Estábamos casi en verano y se notaba.

Eduardo, con un chaqué bastante mejor que el mío, estaba imponente y se le veía encantado con Lucía. Su madre, doña Casilda, estuvo muy simpática y en cuanto terminó la ceremonia me presentó a Ramón, su marido, y a los familiares más cercanos.

Cuando vi a una señora mayor acercarse ya sabía de quién se trataba. Ella también sabía quién era yo. No aceptó mi mano y me dio dos besos.

Galincha, si no me confundo. He oído hablar mucho de usted y tenía ganas de conocerlo.

—Lucía también me ha hablado mucho de María Ucelay y, por cierto, muy bien.

—Lo importante es que se casan y están muy enamorados. Si le soy sincera, no daba nada por esta boda. Pero, mira por dónde, esta chica vale mucho, de eso no hay duda. En el fondo me gusta.

Puse cara de desconcierto, pero no me dejó preguntar nada y añadió:

—Son cosas mías, no me haga caso. Apoyo a Lucía sin ninguna reserva.

No era difícil deducir que la abuela sabía muchas cosas de nosotros y de ahí su extrañeza por este matrimonio.

Lucía me miraba y con un guiño me mandó un aviso de tranquilidad mientras se encogía de hombros sonriente.

La firma de todos los testigos y las consiguientes fotos demoraron la salida del templo, y con la marcha nupcial del Lohengrin de Wagner empezamos a despejar la iglesia. Esta vez a quien llevaba del brazo era a la madre de Eduardo.

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