Sospechosos

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3. El almuerzo y la fiesta en el Club Marítimo del Abra

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3El almuerzo y la fiesta en el Club Marítimo del Abra

3. El almuerzo y la fiesta en el Club Marítimo del Abra

No llegaba a los doscientos metros la distancia que nos separaba del Marítimo, pero aun así, tuve que desplazarme en el Bentley. Me acompañaron Teresa, Nerea, la prima de Lucía, y dos amigas que no perdieron la ocasión de hacerse fotos entrando en el buga, con el chófer, conmigo, todos juntos, solas… Nunca habían montado en un coche tan elegante y les encantaba comprobar que casi cabían de pie.

Mi mujer estaba muy guapa. Había comprado un vestido para la ocasión que le quedaba perfecto, completando el look con un sombrero tipo Ascot que causó sensación. Se conservaba espléndida, con una figura rotunda y unas piernas de cabaretera que siempre habían sido mi perdición. Ese día estaba contenta y parecía haber olvidado quién se casaba.

Nos dieron un cóctel en el primer piso y me acerqué a los ventanales que daban al paseo marítimo y al Abra, junto al puerto deportivo del club, con sus veleros, yates y balandros balanceándose por efecto de la brisa que soplaba en aquel momento. La imagen era preciosa y acompañaba a la boda como si se tratara de una película.

Abundaba el champán de la Veuve Clicquot y me entró francamente bien.

El Marítimo del Abra es uno de los clubs de referencia de la burguesía vasca. Por él han pasado generaciones de hombres y mujeres ligados al desarrollo económico y empresarial de la provincia. Allí se ponían de largo sus hijas, se casaban, hacían sus fiestas y participaban en las regatas de verano a las que, en su día, solía acudir el rey Alfonso XIII y luego su hijo don Juan, el conde de Barcelona.

Ahora predominaban profesionales con los mismos apellidos y de las mismas empresas o de otras similares. Ya no había debutantes entre las chicas, pero las fiestas continuaban iguales, aunque en un formato más moderno.

María Ucelay era una institución en este ambiente y llevaba más de sesenta años asistiendo semanalmente a las partidas de bridge que se celebraban en el salón de cartas. Su marido había sido vicepresidente del club y amigo de don Juan, con quien solía navegar en el Saltillo, un balandro de categoría cedido al conde de Barcelona por el Marítimo.

Éramos algo más de trescientos invitados, muchos de compromiso. La plantilla entera del Athletic, con su entrenador, presidente y varios directivos. Varios jugadores del Real Madrid, del paso de Eduardo por el club merengue, y buena parte de la selección nacional con su entrenador.

Teresa congenió enseguida con los padres y los tíos de Eduardo. Cuando se enteraron de que era la propietaria de Coco Palmer la conversación fluyó con facilidad y alabaron la ropa que vendía. Todos parecían conocerla y eso la animó.

Tuve que mentir descaradamente para explicar mi relación con Lucía, dejándola en que era un buen amigo de la familia. Les extrañó que a mi edad no tuviera oficio conocido. Me definí como un rentista y les conté que ayudaba mucho a mi mujer en las tiendas. Nadie insistió y no sé cómo pasé el examen.

Con unos conocimientos futbolísticos muy escasos, algo extraño en Bilbao, evité aventurarme en los corrillos de los jugadores, a quienes, en su mayoría, no conocía ni de vista.

Hacía tan buen día que volví a acercarme a los ventanales y enseguida se puso a mi lado Lucía, quien no me perdía de vista.

—¡Garrincha, flaco! ¿Cómo va todo?

—La boda es espectacular, nunca había estado en ninguna parecida. Estoy bastante integrado y Teresa también. Tu familia política nos está tratando fenomenal.

—Qué mal suena lo de familia política. Sí, es gente muy educada y, además, creo que les habéis caído bien. Conmigo siempre son encantadores.

—Mira a Teresa, no deja de hablar con tus cuñados, con las tías de Eduardo… se lo está pasando bien.

—Ya me he fijado. En la comida vais a estar con ellos y nosotros en la mesa presidencial. Todo irá bien.

—¿Y tú qué tal?

—A veces pienso que estoy en un sueño y me voy a despertar enseguida. Quiero olvidar todo el pasado, pero a veces se me aparece y me acojona. Hace un rato me ha pegado un susto María Ucelay que no veas. No hagas ningún gesto ni mires, que nos está observando.

—A mí me ha saludado muy simpática, me ha llamado Galincha y me ha plantado dos besos.

—La conozco, sabe quién eres y está al tanto de alguno de los marrones que hemos compartido. Ya te contaré algún día toda la historia con ella.

—Ya me lo imagino.

—Lo que ahora nos importa es que esté callada. Sin venir a cuento me ha soltado: «Pues Galincha no parece un gánster; qué cosas me contaron de él, parece un hombre educado y correcto. Bueno, tu padre también lo parecía…». Como ha visto que se me mudaba la cara, acto seguido ha comentado: «Disculpa, Lucía, no te he dicho nada, aquello está olvidado y, cuanta menos gente lo sepa, mejor». He contestado convencida: «María, no quisiera tener que recordar unos sucesos que, aunque no conozco muy bien, ya sabe que no me gustaron nada».

—Por favor, qué cara tienes.

—Qué remedio, la misma que tú. Me ha respondido: «Tienes razón, para mí también están olvidados».

—Vaya, solo nos falta que empiece a largar.

—No lo va a hacer, estoy convencida de que ella también tiene cosas que ocultar.

El muelle de Las Arenas, un paseo que transcurre por delante del club, estaba muy concurrido. Había mucha gente paseando y haciendo deporte, mientras a lo lejos, en la desembocadura del Abra, una competición de veleros de una plaza estaba en plena faena. Desde el propio puerto del club salían bastantes embarcaciones y me daba envidia verlas pensando en poder pescar en lugares donde no escasearían los peces.

Enseguida nos llamaron para almorzar y divisé a Teresa, que me buscaba con la mirada. Nuestros nombres aparecían en la mesa principal, amplia y redonda, preparada para quince cubiertos.

María Ucelay también se sentaba en nuestra mesa y, aunque no la tenía a mi lado, podía hablar con ella sin dificultad. Los padres de Eduardo, sus hermanos y sus parejas completaban el resto de los comensales.

Hablé con todos los que estaban a mi alrededor de temas muy poco comprometidos: la novia, el fútbol y los balandros, a los que la familia, por tradición, era muy aficionada. Tuve que extenderme sobre mi afición a la pesca tras una frase de la abuela que, sonriente, me soltó:

—Ya sé que usted es muy aficionado a la pesca y que tira la caña en Olabeaga todos los días. —Solo le faltó añadir: «Sí, donde les limpiaron el forro a los tres sicarios enviados por Tania la de Kalinka».

Con una sonrisa expliqué mi afición a la pesca desde crío, cuando acompañaba a mi padre junto al Puente Colgante.

—Ahora la practico al lado de mi casa, en el barrio de Olabeaga.

Nadie mostró ninguna sorpresa, para ellos solo era el nombre del barrio donde estuvieron los Astilleros y donde jamás vivirían, aunque todos se comportaron como si fuera una opción de lo más razonable y siguieron haciendo preguntas inocuas.

—¿Todavía se pesca algo allí? No me pega que entren peces tan dentro de la ría.

—Tiene razón, no pesco nada, pero tampoco me importa mucho, sigo yendo habitualmente.

Aunque no lo entendían, tampoco se sorprendieron. Ramón, el padre de Eduardo, aprovechó para invitarnos a Teresa y a mí a pescar en un barco que tenían atracado en Puerto Banús. Ellos tenían casa cerca, en Guadalmina, donde pasaban los veranos.

Acepté encantado y, aunque había pescado poco en barco, sabía que me acostumbraría enseguida. Ramón me contó que en verano contrataba a un marinero de Lekeitio, todo un fenómeno, que se trasladaba a Marbella y se encargaba del barco. Llevaba muchos años con ellos y era muy bueno; nos llevaría a caladeros que controlaba y teníamos aseguradas unas buenas jornadas de pesca.

De vez en cuando Lucía y yo intercambiamos miradas y nos transmitíamos la idea de que todo iba bien. Cuando estábamos en los cafés se acercaron a saludarnos a Teresa y a mí unos tíos de Eduardo, hermanos de su padre, y se sentaron junto a nosotros. El que se sentó a mi lado, Ignacio, era muy simpático y me contó anécdotas de Eduardo de pequeño como si yo fuera su suegro. Aprovechando un momento en el que Casilda se ausentó, se acercó más a mí y, casi en susurros, pero con gravedad, me comentó que le gustaría hablar conmigo de un asunto de negocios, aunque entendía que hoy no era el día.

Me vio tan sorprendido que, mirando a ambos lados, añadió:

—Tengo problemas muy serios y mi madre me ha aconsejado que hable contigo. Es más, me ha dicho que eres la persona idónea y de toda confianza.

Lacónicamente, sin ni siquiera preguntarle de qué se trataba, le contesté:

—Encantado de escucharlo y ayudarlo si está en mi mano.

No me gustó nada lo que me dijo ni cómo lo hizo, y menos que viniera recomendado por la Ucelay.

A continuación, me estrechó la mano y, con voz muy baja, me contestó:

—Puede confiar en mí, yo confío en usted, seré una tumba.

Creo que no nos oyó nadie, aunque, por la mirada que me lanzó, a Lucía no le pasó desapercibida nuestra conversación.

Enseguida empezó el baile. Como exigen los cánones, El Danubio azul comenzó con los novios solos en la pista y poco después Eduardo me entregó a Lucía, con la que seguí bailando mientras él lo hacía con su madre. En cuanto terminó el vals, la pista se llenó de gente joven y Lucía volvió con su marido. Le comenté en dos palabras lo que me había transmitido Ignacio, pero solo hizo una mueca, ya lo hablaríamos.

Me crucé con Casilda, que miraba feliz a su hijo y a su nuera, y me quedé junto a ella. Compuse una cara sonriente y amable para la ocasión. Pero Teresa no me permitió descansar y regresé con ella a la pista en plan formal, intentando hacerlo bien.

Poco después vi a Ignacio discutiendo acaloradamente con una hermana y un hermano; no era algo relativo a la boda sino algo ajeno y pensé en lo que me había dicho. En un momento posterior se dirigió a donde estaba Lucía con Eduardo y habló con ellos.

Algo se estaba fraguando y sus caras eran de preocupación.

Aprovechando que Teresa hablaba con otros invitados, Lucía se me acercó.

—Ignacio ya me ha contado la conversación contigo.

—Sí, recomendado por su madre.

—Ya. Me ha pedido el número de tu móvil. Se lo he dado, estaba Eduardo presente y quería darle la mayor normalidad, como si se tratara de cualquier gestión sin importancia.

—Qué pereza…

—Ya, pero si te llama, escúchalo y te escaqueas como puedas.

—¿Sabes cuál es el problema?

—Es un tema de algún negocio que debe de irle mal, me lo ha contado Eduardo. Ha discutido con sus hermanos y está de los nervios. A Ramón le ha pedido pasta y a los otros creo que también, pero no sé nada más.

—¿Y le han dado dinero?

—Ramón no y está bastante cabreado, el resto me imagino que tampoco.

—¿Sabes si es mucho dinero?

—Me da que sí, esta bronca no se monta por cualquier cosa. Ya me contarás cuando te llame. Voy a olvidarme, solo falta que me joda mi propia boda.

No quise preguntar más y cada uno se fue por su lado. Me junté con Teresa y pedí un whisky con hielo para tomármelo sentado tranquilamente, disfrutando del paisanaje. En la pista de baile ya solo había gente joven y los futbolistas arrasaban.

Cuando los veía, sentía nostalgia y recordaba lo rápido que se me había pasado la juventud; de mala manera, de delito en delito, con la poli detrás y temblando la mayoría de las veces, cuando no en prisión. Pero, quizás, lo peor fueron los periodos enganchado a la farlopa.

Se me había escapado y ahora, con cuarenta y cinco años, hacía vida de jubilado; bueno, de rentista, que era parecido. Mi oficio era el delito y, aunque lo había dejado, reconocía que me seguía tirando. Mucho tiempo sin hacer nada me aburría, pero ese era mi futuro. Aun así, cada vez que veía a Lucía mi adrenalina se disparaba y me hacía rejuvenecer.

Era curioso comprobar que para las chicas era un ser invisible, ni me veían. También en eso me sentía retirado.

Decía Mario Benedetti que el tiempo siempre nos acompaña, pero no nos damos cuenta, no le hacemos caso hasta que llega un momento en el que la vida se nos escapa como el viento entre los dedos.

La fiesta avanzaba y algunos mayores empezaban a retirarse. Teresa estaba bailona y lo estaba pasando bien. Daba gusto verla en la pista sin ningún recato; de vez en cuando me miraba y me lanzaba besos con la mano.

Tenía la impresión de que la historia de Ignacio Echevarría podía complicarse e implicarnos de mala manera. Lucía debía de estar pensando lo mismo.

Mejor estaría de viaje de novios, pero un compromiso de Eduardo con la selección los obligaba a retrasarlo hasta finales de mes. Tenían ya organizado el viaje de un par de semanas a Cerdeña, pero hasta entonces estarían por aquí.

Varios futbolistas muy simpáticos —a los que no conocía ni de la tele, aunque por la forma de andar debían de ser ya estrellas— vinieron a saludarme. No sabían muy bien qué relación tenía con Lucía, pero solo tuvieron palabras de elogio. A su lado, dejando al margen el fútbol, Lucía era un fenómeno que les daba mil vueltas a todos.

Estuvimos un buen rato relacionándonos con el resto y, pasadas las nueve de la noche, nos despedimos.

Lucía me pidió que nos mantuviéramos en contacto y, guiñándome un ojo, me recordó que no la olvidara. Eduardo, muy correcto y satisfecho, me dio las gracias, aunque no sabía muy bien por qué. Bueno, tener controlada a Lucía sí era de agradecer. Ramón y Casilda también estaban contentos y nos manifestaron lo agradable que había sido conocernos. También nos insistieron en la invitación a pescar en su barco ese mismo verano.

Aceptamos convencidos y nos despedimos. A Ignacio no se le veía.

Mucho mejor así.

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