Sospechosos

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4. Martes, 11 de junio. Ignacio tiene una comida complicada

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4 - Martes, 11 de junioIgnacio tiene una comida complicada

4. Martes, 11 de junio. Ignacio tiene una comida complicada

El martes de la segunda semana de junio, tres días después de la boda, Ignacio Echevarría esperaba intranquilo en el Bar Inglés de La Bilbaína. Era un bar antiguo y con solera, situado en la planta baja del club, junto a la calle Navarra, y separado de ella por unos ventanales tintados que impedían ver el interior desde la calle. Su decoración elegante, de madera noble y con mobiliario de estilo inglés, lo convertía en un lugar idóneo para tomar tranquilamente un aperitivo al mediodía, un café después de comer o una copa al atardecer sin tener que soportar el bullicio habitual de los bares de la villa.

A las dos menos cuarto, el local estaba despejado, como casi siempre. Ignacio era un asiduo y solía quedarse a menudo a comer. A diferencia de la mayor parte de su familia —que también era socia, pero se encontraba diseminada entre Madrid y Neguri—, él residía en Bilbao y se refugiaba de forma habitual en el club.

Hacía años que utilizaba su excelente biblioteca incluso para leer a diario el periódico, rodeado del recogimiento al que te obliga el silencio impuesto por unas normas muy estrictas. En verano, cuando su mujer y sus hijos se instalaban en la urbanización de Vistahermosa en el Puerto de Santa María, solía alojarse en las habitaciones que tenía la sociedad por un precio de risa, pero acabaron llamándole la atención y tuvo que limitar los días de estancia. La verdad es que le sacaba mucho provecho y cuando iba a Londres se instalaba en un club similar por treinta libras la noche.

Estaba concentrado en sus problemas cuando escuchó decir al camarero:

—Don Ignacio, está usted preocupado, estresado y nunca lo había visto así. No deje que los negocios estropeen un buen día, hágame caso, que de esto sé algo.

—Cuánta razón tiene, Ezequiel, pero son cosas que pasan.

En ese momento entraron dos hombres de una edad parecida a la de Ignacio y de aspecto fornido. Se dirigieron a él y lo saludaron con corrección, pero sin ninguna amabilidad.

Ezequiel se dio cuenta de la frialdad. No eran socios del club y tampoco los conocía.

—Pedro irá directamente al comedor. Está terminando una gestión en la oficina —dijo uno de ellos.

—Si queréis, subimos. He reservado una mesa y podemos ir pidiendo la comida —dijo Ignacio en un tono cordial, intentando esconder los nervios.

Necesitaba mostrar normalidad. Se estaba jugando mucho y dentro de un rato tendría que contarles que aún no tenía el dinero. No quería ni pensar en cómo podía acabar aquello.

La mesa reservada estaba en un lugar inmejorable, junto a unos ventanales con vistas a la ría, al teatro Arriaga y al Arenal. Las vistas desde un cuarto piso eran fantásticas y el buen tiempo hacía el resto.

El comedor de madera de Guinea, los cuadros de época, las mesas con manteles de hilo y la cubertería de plata lo convertían en un lugar agradable y discreto para hacer negocios, estar tranquilo o, simplemente, perderse observando el Bilbao antiguo. Los camareros, con una especie de frac azul y rojo, daban un toque victoriano al comedor y al resto de los salones.

Ignacio saludó a casi todos los comensales, conocía a la mayoría, y se sentó mirando a la puerta de entrada con una aprensión propia de una película de gánsteres.

Enseguida llegó Pedro y, sin saludar a nadie, se sentó. Sus dos colegas, Asier y Julen, siguieron leyendo la carta con el menú y le pidieron los platos al metre que se había acercado.

Todos cantaron sus elecciones y, cuando se quedaron solos, Pedro tomó la palabra, mostrando sus galones:

—Ignacio, espero que hayas conseguido el dinero. Sabes que el plazo se ha agotado y no podemos esperar más.

—Me gustaría hablar con vuestros jefes; es más, necesito hablar con ellos. Con el pago quiero cerrar muchas cosas.

—En lo que a ti concierne, nosotros somos los jefes. Sabes perfectamente que tenemos plenos poderes para cobrar los tres millones de euros y darte plenas garantías. Con ese pago no tendrás nada que temer, ni por ti ni por tu familia —respondió Pedro con firmeza.

—Precisamente para conseguir lo que me falta es para lo que necesito hablar con ellos.

—Ignacio, ¿nos estás diciendo que no tienes la tela? —volvió a intervenir Pedro con una expresión que acojonaría a cualquiera.

—Tengo un millón, me faltan dos, pero puedo conseguirlos. Tengo a tres personas pendientes de una garantía que solo pueden dar vuestros jefes. En el momento en el que hablemos, soltarán el dinero.

—Pedro, este imbécil nos está tomando el pelo. Yo me levantaría ahora mismo y que se atenga a las consecuencias. Él ya las conoce. —Asier hizo una mueca. Solo le faltó el gesto de pasarse el dedo índice a lo largo de la garganta.

—Vamos a ver, Ignacio, ¿qué garantías quieres? Llevamos mucho tiempo con este asunto. Solo pedimos lo que es nuestro —atajó Pedro.

—Los que me van a dar el dinero no se fían de mí, quieren saber que esto va en serio. Necesitan quedar con ellos…

—¿Tú crees que somos gilipollas? ¿A quién quieres engañar? Llevamos dos meses con esta historia, hace unos días nos aseguraste que ya estaba. Esto no puede esperar más —contestó de forma desabrida Julen.

En ese momento se acercó el presidente del club, que los había visto entrar, y ahora se disponía a comer en una mesa cercana. Era el socio director en Bilbao de uno de los bufetes de abogados más importantes de España, con gran prestigio en la plaza. Era difícil saber si se había dado cuenta de la tensión acumulada, pero saludó a todos e Ignacio hizo las presentaciones con toda normalidad.

Se retiró y se sentó en una mesa próxima mirando a la de Echevarría y sus acompañantes. Esto supuso un balón de oxígeno para Ignacio, dada la cercanía de la mesa y lo complicado que iba a ser para Pedro y sus dos compinches seguir con las amenazas a la vista de los comensales más cercanos.

El servicio vino a llevarse los platos y traer los segundos, improvisando los cuatro una conversación tan socorrida como el Athletic y su figura, Eduardo Basterra. Cuando ya estuvieron otra vez solos y sin nadie atento a lo que hablaban, Pedro dijo solemne:

—Ignacio, no sé si esto es una tomadura de pelo. Por tu bien, espero que no. Tienes cuarenta y ocho horas para hacer el pago; el jueves a las cinco de la tarde expirará el nuevo plazo y voy a estar los dos días en la oficina. Si alguno de tus prestamistas o colaboradores quiere aclarar alguna cuestión o tratar sobre alguna garantía, puede venir a verme. Puede hacerlo solo o de tu parte, no hay ningún problema. Resolveré cualquier duda que tenga. Ponte en marcha, que no va a haber más prórrogas, tenlo por seguro.

—Y ni se te ocurra escaparte, hijo de puta, estaremos vigilándote —apuntó Asier.

—Si no pagas, estás perdido. Y si te largas, los miembros de tu familia caerán uno detrás de otro, empezando por tu sobrino el futbolista —dijo Julen en voz baja y sonriendo por si alguien lo estaba mirando.

—Pedro, antes del jueves a las cinco estaré contigo, solo o acompañado.

—Como quieras, pero con el dinero. ¿Está claro?

—Lo está.

Siguieron hablando y dando normalidad a la comida, aunque uno de los camareros se dio cuenta de la tensión tan tremenda existente en la mesa.

Ignacio fue al baño y aprovechó para echarse agua por la cara y el cuello. Sudaba y sentía un gran malestar. Justo cuando iba a salir, entró el presidente.

—Ignacio, ¿algún problema? Te veo pálido y angustiado. Puedes contármelo en confianza.

—Lo sé y te lo agradezco. Ya sabes que, la mayoría de las veces, los negocios son ingratos y dan problemas. Si las cosas se complican os pediré consejo. Siempre me habéis asesorado bien.

—No lo dudes. Por cierto, tus invitados no me gustan nada. Soy perro viejo y conozco bien a la gente de esa calaña.

Ignacio sonrió, pero salió del baño sin decir nada. Daba vueltas a la situación en la que se encontraba y pensaba que Pedro y sus acólitos estaban convencidos de que no tenía el dinero. Si el jueves se presentaba con algo más de un millón podría alargar el plazo de pago. Pero estaba ya en las últimas, era gente peligrosa y los creía capaces de cualquier barbaridad. Era consciente de que solo la familia podía ayudarlo y, quizás, Garrincha. Pertenecían al mismo mundo y podía ponerlos en su sitio. Esa misma tarde hablaría con él. Su suerte podía cambiar. ¿Por qué no?

Al volver a la mesa, los tres hablaban sin prestarle atención. Cuando se sentó, se callaron y llamaron al camarero para los postres.

Ignacio pidió un café y comentó con gravedad que varias gestiones lo esperaban.

—Acuérdate, el jueves a las cinco vence el plazo —dijo Pedro.

—Me pasaré por tu oficina, no lo dudes. Os podéis quedar aquí tranquilamente. La comida está pagada.

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