Sospechosos
5. Esto se complica
Página 7 de 68
5Esto se complica
5. Esto se complica
Ignacio llamó al ascensor y se montó. No lo compartió con nadie y Ramiro, el conserje de la entrada, abrió la puerta al llegar a la planta baja.
—Buenas tardes, don Ignacio, que tenga usted un buen día.
—Muchas gracias, Ramiro, lo mismo digo.
Estas fueron las últimas palabras que Ignacio pronunció en vida. Cuando salió al callejón, antiguo paso de carruajes que lleva hasta la calle Navarra, dos hombres salieron de una zona sombría y le descerrajaron cuatro disparos mortales de necesidad.
Ramiro fue el primero en atenderlo y todo apuntaba a un fatal desenlace. Murió al instante, por lo menos eso certificó el médico forense un rato después.
El cuerpo quedó tendido en el suelo bocarriba, componiendo una figura elegante. Un hilo de sangre salía por una esquina de su boca, pero ninguna deformidad o mueca se dibujaba en su sereno rostro. Una de sus manos parecía sujetarse a uno de sus costados, como si hubiera intentado sacar una Beretta para defenderse a tiros.
La imagen era muy cinematográfica y se acercaba más a un film de los hermanos Coen que de Tarantino. Aquel callejón bastante siniestro, ahora con el cuerpo baleado, recordaba a alguno de los lugares luctuosos de Muerte entre las flores, la genial película que realizaron los Coen adaptando libremente la novela La llave de cristal de Dashiell Hammett.
El cuerpo tendido —vestido con un traje fino de color gris claro, camisa blanca, corbata granate y zapatos negros de cordones— parecía atemporal, y aquel callejón podía trasladarte a finales de los años veinte, cuando transcurre la película.
Ignacio Echevarría era un hombre alto, moreno y fuerte. Estaba en la mitad de los cincuenta y solo los últimos disgustos habían afectado y deteriorado un físico bien conservado.
De inmediato bajaron varios socios, entre ellos el presidente y los comensales Pedro, Julen y Asier. El desbarajuste que se montó fue importante y las primeras medidas fueron llamar a una ambulancia y a la policía.
Los asesinos huyeron por el pasadizo que comienza en el callejón donde lo mataron y, bordeando la parte trasera de la Bolsa y otros edificios, entraron con toda probabilidad en la estación de tren de La Concordia, cruzaron el vestíbulo y pasaron a la calle Bailén y al barrio de Bilbao La Vieja.
Para cuando llegó la Ertzaintza, nada se sabía de ellos y no se pudo conseguir ninguna pista.
El presidente del club pidió de buenas maneras a los acompañantes de Ignacio que esperaran a la policía o que dieran sus datos y la forma de localizarlos. Consciente de lo que se avecinaba y visiblemente desencajado, Pedro se mostró colaborador. Le tendió una tarjeta con su teléfono móvil, y Julen y Asier facilitaron sus nombres y números de teléfono.
—Tenemos la oficina aquí al lado, en el edificio Albia. Como la Ertzaintza querrá hablar con nosotros, podemos venir o que ellos nos visiten, como quieran.
—Están avisados y daremos sus datos.
—Informen a su familia, aunque ya lo habrán previsto.
—Sí. No es nada agradable, pero lo haré yo en persona —comentó el presidente.
En la comisaría de la Ertzaintza de Deusto, le pasaron la llamada a la inspectora jefe de la Brigada de Investigación Criminal, Sara Cohen. Cuando oyó la explicación del presidente de La Bilbaína, enseguida supo que se trataba de un contrato realizado por sicarios. No tuvo dudas de que estaba ante un caso importante cuando añadió:
—Ignacio Echevarría pertenece a una familia muy conocida y apreciada en Bilbao. Sobre todo, en el mundo de los negocios y del deporte.
—¿Es familia del jugador del Athletic? —preguntó la inspectora, intuyendo la respuesta.
—Sí, es su tío. Su hermano Ramón es su padre. Por cierto, Eduardo se casó el sábado.
—Vamos ahora para allá. Espérenos, por favor, necesitaremos el máximo de información y colaboración.
—Estaré aquí a su disposición.
Cuando Sara colgó, sonrió para sí y llamó de inmediato al inspector Miguel Fabretti.
—Miguel, tenemos entretenimiento. No te vas a aburrir.
—Cuéntame, por tu tono de voz deduzco que te gusta.
—Sube, qué digo, baja al garaje que salimos para La Bilbaína de la calle Navarra. Se han cargado ahora mismo a Ignacio Echevarría.
—No sé quién es, me lo cuentas por el camino.
—El tío de Eduardo Basterra, el futbolista, y ahora también de Lucía.
—No jodas. Ya estoy bajando.
Los inspectores eran también pareja en la vida civil. Cuando comenzaron su vida en común, coincidiendo con el secuestro de Lucía, Fabretti, inspector jefe de narcóticos, pidió un traslado de brigada y de comisaría. Estuvo algo más de dos años en la central de Erandio, pero su brillante historial pesó más y volvió a Deusto a dirigir la misma brigada antidrogas. Su relación con Sara no suponía ningún obstáculo para su trabajo en equipo y todos reconocían su buen funcionamiento.
Ella era una mujer especial. Preparada, con gran convicción y carácter, sabía mandar y sus éxitos le habían granjeado el reconocimiento de los suyos y de otros cuerpos policiales. Además de su valía, era guapa, con un cuerpo atlético y bien cuidado, lo que ayudaba a incrementar su legión de seguidores. Con uno setenta y cinco de estatura, ojos castaños y melena del mismo tono recogida habitualmente en una coleta, esta mujer de cuarenta y cuatro años poseía también otras virtudes capaces de generar una curiosidad un tanto enigmática a su alrededor.
Sara Cohen Toledano era una judía practicante y pertenecía a una de las familias más conocidas de la comunidad sefardí española. Su padre, registrador de la propiedad, había ocupado plaza en Bilbao a mediados de los años setenta, donde poco después nació su hija. Su madre pertenecía también a una familia judía de raigambre y su origen se remontaba a la expulsión de los judíos por los Reyes Católicos a finales del siglo XV. La inspectora había crecido en el estudio y conocimiento de la Torá y se había casado por el rito judío con otro compañero de fe, Moisés Salaverri Herzog, al que conoció estudiando en Londres. Ambos inauguraron una pequeña sinagoga abierta al culto en el barrio de Indautxu y se encargaron de su organización y dirección con el apoyo de unos rabinos de Madrid y Biarritz.
Sara tenía dos hijos —Rebeca, de diecinueve años, y David, de dieciséis— que vivían con ella tras la separación. Había comenzado una relación con su compañero de fatigas y funcionaba bien. Además de su personalidad y prestigio como policía, la religión y su pasaporte del Estado de Israel generaban sobre su persona una curiosidad un tanto exótica que la hacía muy popular.
Su pareja, Miguel Fabretti, era un buen policía de más de uno noventa de estatura, fuerte, grande y buena persona; según la mayoría de las mujeres, era un hombre muy atractivo y eso debió de parecerle también a Sara. Aunque se hacía el despistado, tampoco se escondía cuando se interesaban por él. Cuando empezaron a vivir juntos se formalizó y mantenía una relación monógama sin dificultad. Con cuarenta y siete años también estaba divorciado y tenía un hijo, Mikel, ya emancipado y con la carrera de Farmacia recién acabada. Su exmujer, Miren Bego Retortillo, era una ertzaina adscrita a tráfico, igual que su actual marido, Sabino Mirones. Para su alivio, apenas los veía.
Mientras se acercaban a La Bilbaína, Sara relataba la información recibida. Hubiera sido de por sí un crimen importante, muy relevante, por el protagonista y por cómo se había producido, pero que Lucía perteneciera a la familia situaba a los inspectores en el disparadero.
En los dos casos anteriores con Lucía y Garrincha por medio, estos se libraron y los policías cosecharon un rotundo fracaso. Cuando se produjo el secuestro de Lucía, cinco años atrás, y la posterior matanza de Otañes, no pudieron aportar pruebas suficientes, aunque todos sabían quiénes eran los culpables. Dos años después, Lucía sufrió un chantaje espectacular por un grupo ruso asentado en Londres, y aquel asunto acabó incomprensiblemente mal para la policía y bien para Garrincha y Lucía.
Era ya un tema personal, se habían reído de ellos y las ganas que les tenían no se habían disipado.
—Probablemente sea una casualidad y no tengan nada que ver con este crimen —dijo Fabretti.
—Sí, no los veo cargándose a uno de la familia a los tres días de casarse, pero qué casualidad encontrarnos con Lucía otra vez. ¿Te das cuenta de que aparecen en los asuntos más mediáticos? La adrenalina se me dispara, no lo puedo remediar.
—Ahora estarán de viaje de novios en la otra punta del planeta.
—Casi prefiero no ver sus caras, me ponen de muy mala hostia —concluyó la inspectora.
En la entrada del club los esperaba el presidente con el secretario y dos miembros de la junta directiva. Vieron el lugar del crimen, acordonado por una patrulla de la policía vasca que evitaba su contaminación y aguardaba la llegada del médico forense.
El cuerpo estaba tapado con una manta y su posición dibujada con tiza en el suelo; dos biombos impedían que se viera desde la calle. En la acera, justo en la entrada al club, un grupo de curiosos miraba con gravedad y hablaban entre ellos, y sus voces se convertían en un inquieto murmullo.
Tras observar el cadáver, los inspectores accedieron al lugar por donde se había producido la fuga y, probablemente, por donde habían venido los sicarios. El itinerario era el lógico, apenas circulaba nadie y en un par de minutos se habrían perdido por las calles complicadas de Bilbao La Vieja. Debían investigar en la zona, quizás alguien podría haber visto a dos hombres huyendo.
Sara recordaba que, de joven, con quince y dieciséis años, solía venir con sus amigas a los bailes de Navidad que organizaba el club. Se vestían de largo y para ellas era uno de los días más esperados del año. El pasadizo lo utilizaban para beber alcohol y también para morreos apresurados con algún chico que les gustaba. Estaba igual que entonces.
Enseguida subieron a una sala y se sentaron todos alrededor de una mesa. El presidente sacó una cuartilla donde tenía muchos apuntes y explicó todo lo acontecido desde que había llegado Ignacio al Bar Inglés de la planta baja. Cuando empezaban a comer, había entrado él y los saludó.
—Allí pasaba algo, me di cuenta al instante. Conozco a Ignacio desde hace muchos años y su rostro estaba desencajado. Creo que estaba sometido a una presión insoportable. Pero no era un susto repentino, lo traía ya. Ezequiel, el camarero del Bar Inglés, me lo ha confirmado; cuando llegó ya estaba así.
—Entiendo. No fue ningún anuncio grave el que lo descompuso, era la reunión y lo que allí se estaba negociando —indicó con suavidad Sara.
—Así nos pareció. A los tres individuos con los que comió no los había visto nunca; eran fríos, distantes y estaban ejerciendo sus poderes. Inspectores, he estado en muchas reuniones de negocios y sé distinguir el papel de cada uno. A Ignacio lo estaban avasallando.
—Hablaste con él en el baño —comentó el secretario.
—Sí, es cierto. Cuando lo vi dirigirse al baño, salí detrás de él y le comenté lo que estaba viendo. Él quiso quitarle gravedad mientras se echaba agua en la cara y el cuello; estaba empapado. Sus amigos no me gustaban nada. Se lo comenté pero me dirigió una sonrisa forzada y salió del baño sin decir nada.
—No debió de tardar en irse de la mesa, creo que sus acompañantes continuaron… —apuntó Fabretti.
—Ignacio pidió un café de postre y, en cuanto se lo bebió, se despidió y se fue. Los otros continuaron y no dejaron de hablar.
—¿Hicieron alguna llamada? —volvió a preguntar Fabretti.
—Pedro, el jefe, hizo una, pero por el tiempo transcurrido creo que coincidiría con el momento en el que le estaban descerrajando los cuatro tiros.
—¿Pudo ser un aviso?
—Lo he pensado y no lo creo, difícilmente podía tener que ver. Ignacio tenía que estar ya abajo y no aprecié ninguna prisa o agobio en la llamada, incluso podían haber llamado antes.
—Según he entendido, tiene los datos de los tres.
—El que ejercía de jefe me dio esta tarjeta. Está en el edificio Albia y si quieren se acerca por aquí.
—Iremos nosotros. Una impresión de su lugar de trabajo puede ayudar —comentó Sara mientras Fabretti cogía la tarjeta.
—Asesoría de empresas Logística del Norte. Fiscal, laboral, empresas, subvenciones, cobros de morosos, financiación. A continuación, el teléfono, la dirección, el e-mail y la página web —leyó en voz alta Fabretti.
—¿Les suena de algo la asesoría? —preguntó Sara.
—He mirado antes la web y es una empresa opaca. Hay muchas así, a simple vista es difícil saber a qué se dedican realmente.
—Le agradecería si pudiera enterarse de algo de ellos en el sector —apuntó Sara.
—Preguntaré en el despacho. En todo caso, los que venían con Pedro Salgado, Asier y Julen, parecían mucho más unos guardaespaldas, siendo suave, que asesores o abogados.
—Bueno, hay abogados que parecen auténticos delincuentes —soltó Sara, que nunca ocultaba su escasa simpatía por los letrados.
El presidente rio y apuntó:
—Seguro que tiene usted razón.
—Nos gustaría hablar con los empleados que los atendieron.
—Sí, ahora mismo. Ezequiel, el camarero del Bar Inglés; Ramiro, el conserje de la entrada; Miguel Ángel, el metre; y Pablo, el camarero del restaurante.
—Una cosa¸ ¿a qué se dedicaba Ignacio? Parece que usted lo conocía bien.
—Mire, inspectora, preferiría que se lo preguntaran a la familia, a sus hermanos, ellos serán más precisos. En su día trabajó en el Banco Bilbao, donde su padre era consejero, pero no funcionó. Luego se dedicó a negocios diversos, creo que de la familia, y el que tenía más responsabilidad era Ramón, el mayor. Ignacio estaba centrado sobre todo en promociones inmobiliarias, aunque la familia abarca negocios muy distintos.
Sara se dio cuenta de que no le iba a sacar de generalidades, así que no insistió.
—Lo hablaré con los hermanos y con la viuda…
—Se llama Sofía Arrilucea —dijo el presidente.
Los cuatro empleados pasaron por la sala donde estaban los policías. Todos ellos conocían desde hacía tiempo a Ignacio; además, les caía bien. La impresión transmitida por el presidente era acertada. Todos coincidieron en que estaba angustiado y que los otros venían a saldar cuentas.
El camarero incluso oyó a uno de ellos insultarlo, mientras otro lo amenazaba. Las conclusiones no dejaban lugar a dudas: Ignacio estaba hundido y los comensales, directamente o por mandato de otros, se dedicaron a ejercer una presión insostenible.
¿Estaría su asesinato relacionado con las amenazas? Podía ser, aunque parecía una chapuza cargárselo después de dejar tantas pistas.
Algo no encajaba.